Entré con dos personas (sí, eran mujeres, pero no daré más datos) en el supermercado de una ciudad lejana de la Argentina. Teníamos que comprar algo para comer en el auto antes de cruzar la frontera con Bolivia. Yo llevaba la plata y ellas la experiencia, así que entramos los tres juntos. El cuarto se quedó en el coche.
Al pasar la fila de las cajas y sin mediar palabras, una de ellas se quedó en la cola mientras la otra siguió rauda hacia los fiambres y los panes. Iba seleccionando mercadería que desechaba cuando encontraba algo mejor. Pan, queso, salames, mayonesa... quedaban en el lugar de las pastas, las conservas o el papel higiénico. Cuando llegamos a las cajas, la que esperaba vio lo que llevábamos y decidió corregirlo, así que ocupamos su lugar mientras ella volvió a las góndolas. Por supuesto que no llegó al tiempo que nos alcanzaba la caja, así que paramos toda la cola un buen rato, pero a nadie le importó porque todos hacen lo mismo.
Al ver cantidad de mercadería perecedera regada cerca de las cajas pregunté una vez a la cajera si esto ocurre a menudo: todo el tiempo me contestó. Cuando hacen las cuentas los clientes dejan cosas y no les importa dónde; así se echan a perder muchos alimentos. Me contaron que quedan carritos repletos de mercadería en los pasillos: es gente que viene a pasear y hace que compra, quizá para sentirse prósperos por un rato. Y también es habitual que sigan comprando desde la cola con artimañas de todo tipo. O que casi nadie respeta las cajas rápidas: cuando hay cola y la cajera cuenta los productos ya es imposible volver para atrás.
Hace tiempo que tenía esa sensación de soledad en los supermercados y aquel día aprendí por qué.
30 de diciembre de 2015
9 de diciembre de 2015
Mi tía de Banfield
Los españoles hablan con frases hechas que funcionan como palabras. Dicen “eres de lo que no hay” en lugar de cualquier otro modo de decir que alguien se sale de lo normal; o “como comer con las manos” para decir sencillamente que algo gusta mucho. Una de esas es la de la tía de Alcalá, cuando alguien se inventa un pariente, porque el que tiene una tía en Alcalá “no tiene tía ni tiene na”.
Pero resulta que siempre tuve una tía en Alcalá, así que hace tiempo que, copiando el dicho español, inventé una tía en Banfield, la populosa ciudad del sur del Gran Buenos Aires con nombre ferroviario en inglés, como corresponde. Y mi tía de Banfield me viene genial para oponerme a los discursos autorreferenciales de mis contertulios ocasionales o habituales. La cosa es más o menos así y perdone si se siente reflejado en este espejo:
En la charla de amigos alguien dice que está leyendo El Quijote de la Mancha y enseguida uno interrumpe para decir que él también lo leyó y que tiene una edición en cuero de cabritilla que era de su abuelita que leía El Quijote cuando iba al baño. Otro cuenta que acaba de volver de Cuba y el pesado sale con que también estuvo en Cuba y que las playas y la ciudad y el malecón y los cigarros y Fidel Castro y la plaza de la Revolución… Estoy exagerando, claro… o quizá estoy quedándome corto.
Hace un tiempo escribía de las selfies como expresión bien cabal del narcisismo contemporáneo: somos capaces de sacarnos fotos de nosotros mismos delante de un accidentado en lugar de ayudarlo porque lo que importa es que nosotros estamos ahí. No dije entonces que las selfies son también el resultado de que todo está en internet y por tanto es inútil la foto de la Fontana di Trevi o de la torre Eiffel sin nosotros adelante: están mucho mejor en las imágenes de Google. Al final resulta que somos lo más grande que ha dado la humanidad y nadie se está dando cuenta.
Pero el descubrimiento de estos últimos tiempos sobre la autorreferencia es que los que hablan mucho hablan mucho de ellos mismos. Los que hablan todo el tiempo hablan todo el tiempo de ellos mismos. Y los que hablan poco hablan poco de ellos mismos. Por eso –estoy seguro– nos gusta más la gente que habla menos y nos aburre la gente que habla sin parar. Claro que hay grandes excepciones: dos o tres personas en todo el mundo aunque hablan mucho no hablan de ellos.
Bueno. Hace un tiempo que mi inexistente tía de Banfield me sirve para recordarlo: cada vez que alguien empieza con la cantaleta autorreferencial digo que tengo una tía en Banfield. Y siempre sale con que él también. Entonces me muero de risa.
Pero resulta que siempre tuve una tía en Alcalá, así que hace tiempo que, copiando el dicho español, inventé una tía en Banfield, la populosa ciudad del sur del Gran Buenos Aires con nombre ferroviario en inglés, como corresponde. Y mi tía de Banfield me viene genial para oponerme a los discursos autorreferenciales de mis contertulios ocasionales o habituales. La cosa es más o menos así y perdone si se siente reflejado en este espejo:
En la charla de amigos alguien dice que está leyendo El Quijote de la Mancha y enseguida uno interrumpe para decir que él también lo leyó y que tiene una edición en cuero de cabritilla que era de su abuelita que leía El Quijote cuando iba al baño. Otro cuenta que acaba de volver de Cuba y el pesado sale con que también estuvo en Cuba y que las playas y la ciudad y el malecón y los cigarros y Fidel Castro y la plaza de la Revolución… Estoy exagerando, claro… o quizá estoy quedándome corto.
Hace un tiempo escribía de las selfies como expresión bien cabal del narcisismo contemporáneo: somos capaces de sacarnos fotos de nosotros mismos delante de un accidentado en lugar de ayudarlo porque lo que importa es que nosotros estamos ahí. No dije entonces que las selfies son también el resultado de que todo está en internet y por tanto es inútil la foto de la Fontana di Trevi o de la torre Eiffel sin nosotros adelante: están mucho mejor en las imágenes de Google. Al final resulta que somos lo más grande que ha dado la humanidad y nadie se está dando cuenta.
Pero el descubrimiento de estos últimos tiempos sobre la autorreferencia es que los que hablan mucho hablan mucho de ellos mismos. Los que hablan todo el tiempo hablan todo el tiempo de ellos mismos. Y los que hablan poco hablan poco de ellos mismos. Por eso –estoy seguro– nos gusta más la gente que habla menos y nos aburre la gente que habla sin parar. Claro que hay grandes excepciones: dos o tres personas en todo el mundo aunque hablan mucho no hablan de ellos.
Bueno. Hace un tiempo que mi inexistente tía de Banfield me sirve para recordarlo: cada vez que alguien empieza con la cantaleta autorreferencial digo que tengo una tía en Banfield. Y siempre sale con que él también. Entonces me muero de risa.
8 de noviembre de 2015
El jacarandá de la calle Rioja
Rápidamente se presentaron los bomberos y luego los empleados municipales que –nunca mejor dicho– hicieron leña del árbol caído para restablecer el tránsito y recuperar los autos que habían quedado debajo del tronco y de la copa ya florecida en plena primavera del pobre jacaranda mimosifolia, como lo llaman los científicos.
Calculo que ese jacarandá tendría unos... 50 años, diez más diez menos. Su diámetro en la parte más ancha es de 50 centímetros y su circunferencia de metro y medio. Un botánico o cualquier aficionado que sepa de estas cosas puede sacar la edad aproximada con solo mirar el tronco, cortado el mismo sábado por los empleados municipales.
En el Jardín Botánico de la Universidad de Lisboa hay un jacarandá con más de 150 años y el más antiguo de Pretoria –llamada Jacaranda City en Sudáfrica– se calcula que fue plantado en 1888. Como el jacarandá es de estas tierras, aquí nadie mide la edad porque nadie los planta: crecen solos. Pero ese jacarandá de la calle Rioja sí fue plantado y en la Municipalidad de Posadas podría haber algún registro, pero lo dudo porque entonces nadie anotaba estas cosas.
Y si es trabajoso saber cuántos años vive, es imposible saber cuánto vale un jacarandá como ese. No digo su madera, que ya es leña, sino su sombra, sus flores, su frescura, su belleza… ¿50 veces más que tres autos? ¿200 veces? Es inútil calcularlo porque lo más valioso de este mundo es lo que no vale nada.
Lo que no se entiende es por qué lo cortaron… Costaba solo un poco más de trabajo y ocupaba algo más de tiempo darle una buena podada y volver a ponerlo vertical con una grúa, bien apuntalado hasta que las raíces y el suelo recuperen su concordia. También podían haberlo trasplantado a algún lugar señalado de la larga y casi desierta costanera de Posadas. Los autos, en cambio, son todos iguales, tienen seguro y se recuperan en un buen taller de chapa y pintura. Y hasta podemos aprovechar la ocasión para comprar uno nuevo, si el seguro o la Municipalidad pagan los daños.
Quizá todo lo que digo es un error y no había más remedio que sacrificar ese árbol en lugar de respetar su derecho a morir de pie. Pero ahora, cuando paso por el lugar de la catástrofe, miro lo que quedó del tronco, medio inclinado en el cantero en ruinas desde aquel sábado de octubre, y pienso en el poco respeto que tenemos por la naturaleza y en el desmedido amor a nuestro tiempo. Porque si este planteo es un error y no había más remedio que destrozar un jacarandá de 50 años para que no moleste al tránsito justo en un tramo de calle que se pasa meses cortado por relocalizados y otros indignados con la Entidad Binacional Yacyretá, tampoco nadie se ocupó de terminar de sacar lo que queda del árbol y plantar allí otro jacarandá que reponga al caído en el cumplimiento del deber.
Conmueve la asimetría entre el prócer que hace más de 50 años plantó ese árbol para que otros lo disfruten… y nosotros, preocupados solo por liberar la calle cuanto antes para pasar con nuestro autito de cuatro ruedas.
4 de noviembre de 2015
Narcisos
Parece que las chicas se enamoraban de su hermosura, pero Narciso no les daba ni la hora, hasta que la que se enamoró fue la ninfa Eco. La historia es larga, pero resulta que a Narciso tampoco le entraron las balas de Eco y por eso Némesis –la diosa de la venganza– lo condenó a enamorarse de su propia imagen reflejada en una fuente.
En la Grecia clásica no tenían telefonitos que sacan fotos, los mismos que han provocado la multiplicación hasta el infinito de los Narcisos y las Narcisas enamorados de su propia imagen en este siglo XXI. Tanto que el narcisismo se está imponiendo como uno de los signos de lo que va de la centuria. Millones de Narcisos lo certifican a cada rato estirando el brazo para tomarse una nueva selfie.
Hace poco tiempo lo más común era confiar en cualquier transeúnte que pasaba para pedirle que nos tome una foto con un paisaje o monumento detrás y hasta le explicábamos dónde había que apretar el botón. Hace unos días dos chicas me pidieron en Rio de Janeiro que les tome una foto, pero antes me preguntaron si no les iba a robar el teléfono... Para colmo cuando me agaché para lograr un buen efecto me explicaron que querían al revés: de arriba para abajo. Entonces se sacaron las camisetas y posaron con las caras pegadas, como hace todo el mundo para entrar en cada selfie colectiva.
Por suerte para los Narcisos y las Narcisas si no hay distancia suficiente tienen el recurso del selfie stick: el bastoncito telescópico que permite alejar un poco el teléfono y tener más perspectiva para que se vea el castillo de cartón-piedra y además entren las 34 personas del Disneytour.
Pero las historias más notables con las selfies están ocurriendo en entre policías y ladrones. Resulta que los delincuentes han caído también en el vicio del siglo XXI y los tipos se sacan fotos en pleno trabajo como para dejar testimonio de su intrepidez o quizá pasar un mensaje a sus compinches. El problema es precisamente el testimonio, ya que sus propias fotos los delatan, sobre todo cuando se olvidan el celular donde robaron.
En una casa de Bahía Blanca el ladrón entró a robar de noche en la casa, hasta que se encontró con el dueño que lo interpelaba detrás de una puerta y le avisaba que estaba llamando a la policía con su propia máquina de sacar selfies. Entonces salió corriendo, pero dejó olvidado el celular encima de una mesa. El pobre ladrón se sacaba fotos en los espejos porque su teléfono era medio viejo y hacía malabarismos para registrar sus tatuajes en los omóplatos. Para colmo tenía registrados números y chats que lo delataban tanto como sus tatuajes.
La cazaron de una oreja cuando intentaba robar las alcancías de una iglesia. En la comisaría se enteró dónde había dejado olvidado el telefonito que saca fotos. Los policías todavía se están riendo.
6 de octubre de 2015
El sirito de la playa
No había que ser Mandrake el mago ni el profeta Malaquías para saber que esto iba a pasar, porque pasa siempre que hay estas desigualdades tan cercanas y a veces lejanas. Ocurre hace 50.000 años y seguirá pasando: con tal de conseguir paz y libertad, gente de todas las condiciones navegan entre tiburones, subidos en llantas recauchutadas de tractor se lanzan al mar de la China en botes destartalados, atraviesan muros enmarañados de alambre de púa, se esconden en los compartimientos de los trenes de aterrizaje de los aviones, caminan por desiertos infernales o se pierden en la selva del Congo.
Lo que ocurre ahora con los refugiados sirios en Europa es lo que pasó a fines de los años 70 con los boat people del sudeste asiático que escapaban de las venganzas sociales que siguieron a la Guerra de Vietnam y salían de sus países con lo puesto en barcos muy precarios. Pero no hay que ir a buscar a los desplazados por las guerras o las persecuciones políticas. Cualquier gran migración es impulsada por la búsqueda de un mundo mejor y expulsada por la miseria. La Argentina es producto de esas desigualdades: nuestros abuelos o bisabuelos emigraron de toda Europa, Japón o Medio Oriente y no vinieron porque no les gustaba la comida o el clima de sus países. El problema era que no había comida y la Argentina prometía una vida mucho mejor, llena de abundancia y de paz.
En toda América hay sirios y libaneses a quienes decimos turcos porque traían pasaporte del Imperio turco: apellidos muy establecidos del Ecuador, la Argentina y Brasil (no hace mucho había más libaneses en San Pablo que en Beirut) son claros testimonios de esa migración, y muy conocidos dada su relación sensual con el poder político. A veces por culpa de un funcionario de migraciones se llaman Romero o Flores, pero siguen siendo tan turcos como los Saadi o los Manzur.
Las migraciones no son buenas ni malas. Lo bueno es el sueño y malo es lo que se deja. Pero entre el sueño y lo que se deja aparece el negocio de unos cabrones que se vuelven millonarios con el tráfico de personas. La desesperación por salvar la vida propia y de los familiares más cercanos hace subir el precio de billetes sin garantía en vehículos frágiles y sin control de nadie. Los traficantes de personas se frotan las manos cuando alguna autoridad dificulta el tránsito de sus pasajeros, porque eso encarece el costo de su contrabando al paraíso prometido.
Europa no podrá evitar la estampida de emigrantes de África y del Cercano Oriente con controles, muros, zanjas o cañones. Pongan lo que pongan serán rebasados por las masas hambrientas y sedientas de pan y de agua, pero empachadas de programas soñados de la Deutsche Welle. Si quieren que los sirios se queden en su casa, tienen que convencerse de que ellos también lo quieren: huyen de la guerra y del hambre, no de sus casas y sus afectos.
Si los húngaros o los alemanes no los quieren, hay lugar y parientes de sobra en nuestra América para alojar a los que se tienen que ir de su tierra perseguidos por el califato que degüella a quienes no piensan como ellos. Antes y ahora siempre fue su casa.
8 de septiembre de 2015
No somos nadie
La universidad me tocó dos veces: la primera como estudiante y la segunda como profesor, pero recuerdo con más nostalgia la época en que me dedicaba a estudiar, que fue la segunda. Aclaro que durante gran parte de la primera trabajaba todo el día para mantenerme y dormía como una marmota en las clases de la facultad. En la segunda, en cambio, la inmersión en la universidad fue total durante los años que duró y también fue total la juventud infinita de los estudiantes.
En esa época de contacto diario entre adultos y postadolescentes pasaba a menudo que alguno se ponía pesado y venía con eso de “a mí me tienen bronca”. Es una excusa bastante habitual, tanto en el colegio como en una universidad y es probable que esté fundada en alguna percepción peculiar del interesado, casi siempre producto de la paranoia o de la necesidad de echarle a otro la culpa de sus fracasos estudiantiles.
Ante ese reclamo, los profesores y las autoridades de la facultad teníamos siempre la misma sensación. Era un razonamiento que hacíamos después de valorar seriamente –y por las dudas– si podría ser verdad la afirmación del interesado: este chico o esta chica creen que estamos todo el día pensando en ellos para hacerles daño y resulta que nosotros dedicamos con suerte apenas unos segundos del día para pensar en alguno de ellos con nombre y apellido. La imagen más cabal de esta realidad se da en los exámenes, cuando el estudiante se juega la vida ante un pelotón de fusilamiento mientras los profesores que integran la mesa examinadora charlan entre ellos de sus planes de vacaciones.
Mutatis mutandis debe pasar en todas las actividades en las que hay jefes y subordinados y sobre todo en las relaciones de poder, donde uno cree que manda y otros hacen que obedecen. Hay súbditos que piensan que la autoridad está pensando todo el día en cómo fregarlo, mientras que las autoridades están en otro nivel de pensamiento, casi siempre más estratégico o quizá también resolviendo dónde pasar las vacaciones.
Esta triste asimetría es la causa de muchísimos malos entendidos. Mire si no es gracioso lo que nos pasa siempre que estamos apurados y tenemos que correr contra reloj. En esos momentos todos van despacio: los semáforos se desincronizan, nos toca la fila más lenta del supermercado, la calle por la que tenemos que pasar está cortada, el ascensor está en el último piso, los empleados que nos van a atender cambian de turno y nos llama por teléfono un inoportuno que no termina nunca de explicarnos lo que nos tiene que decir.
Todos los seres humanos con un cerebro más o menos normal tendemos a creernos mucho más de lo que somos. No me equivoco si digo que no somos el centro del universo, ni usted, ni yo ni nadie que lea estas líneas. El poder que tenemos es mucho menor del que pensamos, nos conoce un tercio de la gente que creemos y casi nadie está pendiente de nosotros. Y le advierto que, aunque seamos verdaderos expertos, esto de creernos más de lo que somos no es capital exclusivo de los argentinos: es un virus que se puso de moda en todo el mundo y vuelve a la gente insoportable.
Ante ese reclamo, los profesores y las autoridades de la facultad teníamos siempre la misma sensación. Era un razonamiento que hacíamos después de valorar seriamente –y por las dudas– si podría ser verdad la afirmación del interesado: este chico o esta chica creen que estamos todo el día pensando en ellos para hacerles daño y resulta que nosotros dedicamos con suerte apenas unos segundos del día para pensar en alguno de ellos con nombre y apellido. La imagen más cabal de esta realidad se da en los exámenes, cuando el estudiante se juega la vida ante un pelotón de fusilamiento mientras los profesores que integran la mesa examinadora charlan entre ellos de sus planes de vacaciones.
Mutatis mutandis debe pasar en todas las actividades en las que hay jefes y subordinados y sobre todo en las relaciones de poder, donde uno cree que manda y otros hacen que obedecen. Hay súbditos que piensan que la autoridad está pensando todo el día en cómo fregarlo, mientras que las autoridades están en otro nivel de pensamiento, casi siempre más estratégico o quizá también resolviendo dónde pasar las vacaciones.
Esta triste asimetría es la causa de muchísimos malos entendidos. Mire si no es gracioso lo que nos pasa siempre que estamos apurados y tenemos que correr contra reloj. En esos momentos todos van despacio: los semáforos se desincronizan, nos toca la fila más lenta del supermercado, la calle por la que tenemos que pasar está cortada, el ascensor está en el último piso, los empleados que nos van a atender cambian de turno y nos llama por teléfono un inoportuno que no termina nunca de explicarnos lo que nos tiene que decir.
Todos los seres humanos con un cerebro más o menos normal tendemos a creernos mucho más de lo que somos. No me equivoco si digo que no somos el centro del universo, ni usted, ni yo ni nadie que lea estas líneas. El poder que tenemos es mucho menor del que pensamos, nos conoce un tercio de la gente que creemos y casi nadie está pendiente de nosotros. Y le advierto que, aunque seamos verdaderos expertos, esto de creernos más de lo que somos no es capital exclusivo de los argentinos: es un virus que se puso de moda en todo el mundo y vuelve a la gente insoportable.
18 de agosto de 2015
La bandera de Posadas
La nueva bandera se suma a las que hay que izar, arriar, enarbolar, flamear y hasta abrazar. En Posadas ya hay por lo menos cuatro: la nacional, la provincial, la de Posadas y la del Mercosur. Al paso que vamos en los colegios van a ser abanderados hasta los últimos de la clase.
Las banderas son símbolos abstractos precisamente porque significan una sola cosa, pero formada por infinidad de significantes. Por eso son sobre todo los colores los que identifican a las banderías detrás de sus banderas y cosas las que significan en los escudos. No hace falta poner la cara de Tévez y la silueta de la Bombonera para crear la bandera de Boca Juniors: basta con el azul y oro que, por si no lo sabe, descienden de la bandera sueca, que es de las más antiguas y simples del mundo.
Las banderas son esencialmente colores, compuestos por telas cosidas. No son dibujos sobre telas, que para eso están los escudos. En todo caso tendrán algún bordado, pero cuantos menos, mejor. Las banderas con escudos son una confusión de lenguajes y no es nada grave que coincidan los colores de diferentes banderas del mundo como coinciden los colores de River Plate, la selección peruana o Estudiantes de La Plata. También pasa con las banderas de Venezuela, Colombia y Ecuador o las de algunos países centroamericanos con la argentina gracias a las andanzas de don Hipólito Bouchard por aquellas playas.
Hace muchos años que existe la vexilología, que es la ciencia de las banderas. Hasta hay una Asociación Argentina de Vexilología y una institución mundial que las reúne: algo así como la Real Academia de las Banderas. Además hay una rama de la publicidad llamada branding que es la que se ocupa de las marcas, logotipos e isotipos y que tiene a su vez una especialidad llamada marca país, dedicada a hacer estas cosas, pero con pienso. Todo bien ahí peor mire lo que pasó: la bandera de Posadas se eligió entre las diseñadas en un concurso popular y luego se votó por internet y en en los colegios...
Dejar los emblemas en manos de aficionados inexpertos o a merced de votaciones populares no es lo más indicado aunque parezca muy democrático. A la bandera hay que quererla y puede que los posadeños se acostumbren a ella y también que la amen, el tiempo lo dirá... La picardía es que por clientelismo juntavotos se perdieron una gran bandera y se quedaron con una del montón.
Nadie está pendiente de usted
La universidad me tocó dos veces: la primera como estudiante y la segunda como profesor, pero recuerdo con más nostalgia la época en que me dedicaba a estudiar… que fue la segunda. Aclaro que durante gran parte de la primera trabajaba todo el día para mantenerme y dormía como una marmota en las clases de la facultad. En la segunda, en cambio, la inmersión en la universidad fue total durante los años que duró y también fue total la juventud infinita de los estudiantes.
En esa época de contacto diario entre adultos y post-adolescentes pasaba a menudo que alguno se ponía pesado y venía con eso de “a mi me tienen bronca”. Es una excusa bastante habitual, tanto en el colegio como en una universidad y es probable que esté fundada en alguna percepción peculiar del interesado, casi siempre producto de la paranoia o de la necesidad de echarle a otro la culpa de sus fracasos. Ante ese reclamo los profesores y las autoridades de la facultad teníamos siempre la misma sensación. Era un razonamiento que hacíamos después de valorar seriamente –y por las dudas– si podría ser verdad la afirmación del interesado: este chico o esta chica creen que estamos todo el día pensando en ellos para hacerles daño y resulta que nosotros dedicamos con suerte apenas unos segundos del día para pensar en alguno de ellos con nombre y apellido. La imagen más cabal de esta realidad se da en los exámenes, cuando el estudiante se juega la vida ante un pelotón de fusilamiento mientras los profesores que integran la mesa examinadora charlan entre ellos de sus planes de vacaciones.
Mutatuis mutandis debe pasar en todas las actividades en las que hay jefes y subordinados y sobre todo en las relaciones de poder, donde uno cree que manda y otros hacen que obedecen. Hay súbditos que piensan que la autoridad está pensando todo el día en cómo fregarlo, mientras que las autoridades están en otro nivel de pensamiento, casi siempre más estratégico o quizá también resolviendo dónde pasar las vacaciones.
Esta triste asimetría es la causa de muchísimos malos entendidos como nos pasa siempre que estamos apurados y tenemos que correr contra reloj. En esos momentos todos van despacio: los semáforos se desincronizan, nos toca la fila más lenta del supermercado, la calle por la que tenemos que pasar está cortada, el ascensor está en el último piso, los empleados que nos van a atender cambian de turno y nos llama por teléfono un inoportuno que no termina nunca de explicarnos lo que nos tiene que decir.
Todos los seres humanos con un cerebro más o menos normal tendemos a creernos mucho más de lo que somos: el centro mismo del universo. La verdad es que el poder que tenemos es mucho menor del que pensamos, nos conoce un tercio de la gente que creemos y casi nadie está pendiente de nosotros. Aunque seamos verdaderos expertos, esto de creernos más de lo que somos no es capital exclusivo de los argentinos: es un virus que se puso de moda en todo el mundo y vuelve a la gente insoportable.
En esa época de contacto diario entre adultos y post-adolescentes pasaba a menudo que alguno se ponía pesado y venía con eso de “a mi me tienen bronca”. Es una excusa bastante habitual, tanto en el colegio como en una universidad y es probable que esté fundada en alguna percepción peculiar del interesado, casi siempre producto de la paranoia o de la necesidad de echarle a otro la culpa de sus fracasos. Ante ese reclamo los profesores y las autoridades de la facultad teníamos siempre la misma sensación. Era un razonamiento que hacíamos después de valorar seriamente –y por las dudas– si podría ser verdad la afirmación del interesado: este chico o esta chica creen que estamos todo el día pensando en ellos para hacerles daño y resulta que nosotros dedicamos con suerte apenas unos segundos del día para pensar en alguno de ellos con nombre y apellido. La imagen más cabal de esta realidad se da en los exámenes, cuando el estudiante se juega la vida ante un pelotón de fusilamiento mientras los profesores que integran la mesa examinadora charlan entre ellos de sus planes de vacaciones.
Mutatuis mutandis debe pasar en todas las actividades en las que hay jefes y subordinados y sobre todo en las relaciones de poder, donde uno cree que manda y otros hacen que obedecen. Hay súbditos que piensan que la autoridad está pensando todo el día en cómo fregarlo, mientras que las autoridades están en otro nivel de pensamiento, casi siempre más estratégico o quizá también resolviendo dónde pasar las vacaciones.
Esta triste asimetría es la causa de muchísimos malos entendidos como nos pasa siempre que estamos apurados y tenemos que correr contra reloj. En esos momentos todos van despacio: los semáforos se desincronizan, nos toca la fila más lenta del supermercado, la calle por la que tenemos que pasar está cortada, el ascensor está en el último piso, los empleados que nos van a atender cambian de turno y nos llama por teléfono un inoportuno que no termina nunca de explicarnos lo que nos tiene que decir.
Todos los seres humanos con un cerebro más o menos normal tendemos a creernos mucho más de lo que somos: el centro mismo del universo. La verdad es que el poder que tenemos es mucho menor del que pensamos, nos conoce un tercio de la gente que creemos y casi nadie está pendiente de nosotros. Aunque seamos verdaderos expertos, esto de creernos más de lo que somos no es capital exclusivo de los argentinos: es un virus que se puso de moda en todo el mundo y vuelve a la gente insoportable.
13 de julio de 2015
Francisco apretó el acelerador
Raúl Castro amenaza con volver a rezar, Obama aparece a cada
rato en el Vaticano, Putin se hace el encontradizo con Francisco, Cristina no
pierde ocasión para hacer manitos con el Papa... Cuando esto escribo el Papa
está en el Paraguay y sigue asombrando a propios y extraños con sus
declaraciones, pero sobre todo con sus gestos, que son los que van quedar en la
memoria de la mayoría de la gente. En este viaje cada uno de los mandatarios
llevó agua a su molino y hacen bien: al fin y al cabo son políticos y tienen en
su casa de invitado al Papa.
Pero volvamos a eso de asombrar a propios y extraños.
Los extraños (los que no son católicos o aunque lo sean van
por la vida de agnósticos y hasta de ateos) se asombran porque nunca oyeron a
nadie en la Iglesia decir semejantes cosas. Cosas con las que están de acuerdo
cien por cien, pero que les parecen revolucionarias, sobre todo en boca de un
Papa. Primero les tengo que decir que si fueran a la iglesia seguramente
tendrían los oídos más acostumbrados a frases revolucionarias: está todas en el
Evangelio y los curas no hace más que repetirlas. A veces los medios y los
periodistas somos injustos o quizá somos también extraños y prejuzgamos en
lugar de ir a las fuentes. Otras nos fijamos más en quién lo dice que en lo que
dice. Y ahora aclaro que no solo los periodistas tenemos prejuicios. ¿Usted
sabía con detalles lo que hace años hacen los curas en las inmensas favelas de
Buenos Aires? Llegan a donde no llega nadie, ni la policía ni la autoridad
civil, para ocuparse de los más extraviados entre los desamparados. Y eso pasa
con los apestados por el ébola en África, con los intocables en la India, con
los adictos de los suburbios de las grandes ciudades y con cuanto desharrapado
anda por el mundo.
La doctrina de la Iglesia sobre la hipoteca social de la propiedad
no es invento del siglo XXI sino del siglo I, como la igualdad esencial de
todos los seres humanos que sigue escandalizando a la mayor parte del mundo. Tampoco
la idea básica sobre el medio ambiente, que es tan antigua como Noé: vivimos en
una casa prestada que recibimos de nuestros mayores y tenemos obligación de
entregarla intacta a nuestros descendientes.
Muchos propios (los creyentes, sean cristianos o no, y
también por inclusión los católicos) creían que el Papa era más conservador.
Pero ellos también se tragaron la bola que hicieron correr los que preferían
que Francisco fuera una momia porque les convenía políticamente. Unos sabihondos
dicen que el Papa es comunista porque no hace más que hablar de los desheredados,
se molesta por la explotación de los débiles, abraza a los desvalidos y
prefiere visitar una cárcel antes que una catedral (aviso a los más jóvenes que
el comunismo es otra cosa, pero sobre todo era algo que había cuando los
grandes éramos chicos). Otros piensan que Francisco debería ocuparse del caso
Nisman, de la independencia de la Justicia, dejar de recibir a Cristina… y
todas esas cuestiones domésticas que no son misión del Papa.
Está claro en sus escritos, en sus discursos y homilías, que
su objetivo es la Iglesia a la que comparó con un hospital de campaña, fuera de
los templos, audaz y atrevida, accidentada por los riesgos de la intemperie
antes que enferma de endogamia y enrarecida por el encierro. No solo la Iglesia
y los fieles, a quienes quiere recuperar si se perdieron en estos años de
sobrecarga y aburrimiento; el Papa sabe también que puede hacer lo que nadie
por el entendimiento entre las naciones y los pueblos, que es presupuesto
básico para la paz.
Y lo hace. A su paso por Bolivia el Papa acaba de realizar
otro de sus milagros (de milagro
nada, es puro trabajo discreto y gestos nada discretos): desde la Guerra del
Pacífico, chilenos y bolivianos están peleados y ahora reanudarán relaciones y
discutirán a fondo la salida al mar de Bolivia que Chile les birló al ganar esa
guerra. Cuba y Estados Unidos estuvieron peleados 50 años, pero Chile y Bolivia
llevaban 140 sin hablarse oficialmente, hasta anteayer.
El Papa es el Papa y este Papa es este Papa, que está apretando el acelerador y sabe por qué lo hace. Y los tiempos son los tiempos: ahora disfrutemos de estos que son excepcionales. Si es católico y le asusta la velocidad, ajústese el cinturón y relájese. Y si descubre que era más cristiano de lo que se creía, quizá sea porque la Iglesia apretaba más el freno que el acelerador: eran otros tiempos, nada más.
El Papa es el Papa y este Papa es este Papa, que está apretando el acelerador y sabe por qué lo hace. Y los tiempos son los tiempos: ahora disfrutemos de estos que son excepcionales. Si es católico y le asusta la velocidad, ajústese el cinturón y relájese. Y si descubre que era más cristiano de lo que se creía, quizá sea porque la Iglesia apretaba más el freno que el acelerador: eran otros tiempos, nada más.
La palabra
El martes 30 de junio la selección argentina paseó a la de
Paraguay en una de las semifinales de la Copa América.
Los diarios de Asunción de ese día anticipaban en sus tapas que
su selección albirroja estaba preparada para darle el gran pesto a la
albiceleste. Fotos a toda página de los jugadores, títulos pasados de tono,
referencias a la Guerra de la Triple Alianza porque Uruguay y Brasil ya estaban
afuera y ahora le tocaba a la Argentina… Hay que decir que los paraguayos
venían agrandados después de ganarle a Brasil en cuartos. Y aquí permítanme
recordarles –mientras hago pito catalán– que le ganaron por penales al equipo
que el año pasado perdió 7 a 1 en su Mundial y que a ese Mundial Paraguay ni
siquiera clasificó.
Después vino el 6 a 1. ¿Y sabe lo que hicieron los diarios
ABC Color y Extra de Asunción al día siguiente de la derrota? La ignoraron en
sus portadas como si el partido no hubiera ocurrido. Ese día la Copa América
dejó de existir. Tampoco apareció en los diarios del sábado 4 el triunfo de
Perú sobre Paraguay por el tercer puesto, ni siquiera en Última Hora, el diario
que sí reconoció en su portada la derrota de Paraguay ante Argentina. No
informaban de la noticia que el día anterior consideraban la más importante de
la jornada.
Esta actitud de los diarios paraguayos es paraguaya pero
también muy latinoamericana. El 30 de junio de 2005 el diario deportivo Olé de
Buenos Aires publicó su tapa en negro con un post-it que decía que por errores
técnicos no habían podido imprimir la portada. El día anterior la selección
había perdido 4 a 1 contra Brasil por la Copa de las Confederaciones y River Plate
fue eliminado de la Libertadores por el San Pablo. Un filósofo diría que es una
disociación entre los hechos y los relatos, pero yo prefiero llamar por su
nombre a este defecto deleznable: es poco respeto por la palabra.
La realidad ocurre aunque no la queramos ver y las palabras deben expresarla cabalmente. Ignorar lo que nos sale mal diciendo una cosa por otra solo sirve para que nos siga saliendo mal. Los errores no dejan de existir porque no los reconozcamos, o dicho de otro modo: solo reconociendo los errores somos capaces de corregirlos. Y este no es un mensaje para los paraguayos que prefirieron ignorar la derrota: es para todos nosotros, pero sobre todo para los que nunca se equivocan, que cada vez son más.
No vamos a ninguna parte si las palabras no expresan la realidad. Y vamos para atrás si no cumplimos lo que decimos. Además ganar o perder un partido o un campeonato no es el fin del mundo ni nada que se le parezca. Hoy estamos igual que cuando todos pensaban que los argentinos iban a ganarle a Chile por goleada en la final de la Copa América. Es una estupidez entristecerse por un partido de fútbol: en todos los deportes son muchos más los que pierden que los que ganan y siempre hay otra oportunidad.
Pero que lindo es ganar…
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