22 de febrero de 2016

El mosquito


Parece que hay unas 3.000 especies de mosquitos, casi todas inofensivas porque no pican ni muerden a nadie. Pero hay tres que hacen estragos: el Anopheles de la malaria o paludismo, el Culex y el Aedes aegypti que transmite la fiebre amarilla, el dengue, la chikungunya y el zika. Algunos de estos nombres vienen de los lugares donde se descubrió cada enfermedad, igual que el Aegypti del aedes, que se ve que salió de Egipto y llegó a todos los lugares del mundo donde hay un poco de agua y temperatura suficiente para criarse y andar jorobando a los humanos. Pero no todos los Anopheles ni los Aedes, sino solo las hembras, que son las que nos sacan la sangre que les sirve de fuente de proteínas para criar sus huevos.

No hay vacunas para estas enfermedades así que no queda otra que padecerlas estoicamente si nos toca el dengue o cualquiera de las pestes. Bueno, sí, la otra es atacar al mosquito que la transmite sin ninguna mala intención. Ya se sabe: muerto el perro se acabó la rabia.

El problema es que para matar miles de millones de mosquitos hay que fumigar mucho con un veneno que nos hace daño a todos: basta con leer las tremebundas instrucciones de cualquier repelente para saberlo. Lo que mata al mosquito o lo ahuyenta es lo mismo que mata o ahuyenta al elefante: si lo ataca con un flit de su escala, lo mata como si fuera un mosquito gigante.

Quizá por eso me sorprendió ver estas semanas en diarios de todo el mundo a unos eternautas fumigando calles, cementerios, colegios, mercados... Se visten con escafandra y monos herméticos para que no les afecte el veneno que disparan a congéneres que andan en calzones. Es cierto que esa gente está más tiempo expuesta al humo tóxico que mata mosquitos y cuanto ser vivo se entrometa en su camino, pero sería mejor avisar a la población que no se exponga a estas fumigaciones para que no sea peor el remedio que la enfermedad.

Y tal como van las cosas, la humanidad va a tener que exprimir su cerebro colectivo para descubrir el modo ecológico de terminar con las pestes. Algo que no sea tóxico ni dañino para ningún animal o vegetal. Para colmo resulta que si no hay mosquitos se interrumpen cantidad de procesos naturales, desde la polinización de muchas plantas hasta los platos favoritos del sapo cururú de la galería de mi casa.

Por suerte hay gente que está investigando qué hacer con los mosquitos para que ellos no nos maten a nosotros ni nosotros nos matemos matando a los mosquitos. Científicos de una empresa de biotecnología con sede en la Universidad de Oxford han logrado modificar genéticamente los machos Aedes aegypti. Les ha puesto un gen que evita que sus crías se desarrollen adecuadamente y muera prematura la segunda generación, antes de reproducirse y hacerse portadores de las pestes. Han logrado reducir drásticamente (más del 90%) la cantidad de mosquitos en las Islas Caimán y en algún lugar de Brasil donde lo han probado.

Quizá sea la solución, pero lo ideal sería reemplazarlos por esos otros mosquitos que son inofensivos y que cumplen todos los oficios deseables del Aedes aegypti.

12 de febrero de 2016

Dakar

Imagínese que los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro se llamen de Porto Alegre, que el Mundial de Fútbol de Rusia se llame de China o que el rally de Montecarlo se llame de Chivilcoy y que su emblema sea gaucho tomando mate... Bueno es lo que pasa con el Dakar, una competición con colores e insignias bereberes que recorre países del sur de Sudamérica en autos, buggies, pick-ups, camiones, motos, cuatriciclos a motor... precedidos y seguidos por un circo pintoresco de más camiones, pick-ups, helicópteros, aviones, food-trucks, móviles de exteriores, tráileres, motorhomes y millones de curiosos.


Nació como la carrera vale-todo que unía París con la capital de Senegal, cosiendo de norte a sur primero Francia y luego el Sahara. Por eso durante muchos años se llamó París-Dakar y resultaba una diversión muy europea, de pilotos y marcas de ese continente, pero más que nada franceses. El tramo europeo era especialmente marquetinero: los corredores paseaban en caravana por las rutas de Francia, España, Portugal, Italia, mostrando sus vehículos a los civilizados habitantes del viejo continente para luego lanzarse al frenesí en los desiertos africanos. Hasta que un día los tuaregs, los beduinos, los bereberes, los moros y hasta los chicos malos de Boko Haram se cansaron de ver pasar por sus pueblos apacibles el descontrol multicolor de intrusos europeos en sus artefactos escandalosos y empezaron a atacarlos. Fue cuando en lugar de afrontar el peligro o bajarse de la moto, el Dakar se mudó a los inocentes desiertos sudamericanos, pero no cambió de nombre ni de insignia.

Fue así como los primeros días de los últimos años parte de nuestra América se convirtió en un infierno. Infierno en las ciudades y en los campos, los montes y los desiertos que nadie tocaba, que empezaron a ser hollados por corredores sin vértigo y sin vergüenza, amenizados por espectadores suicidas, alentados por ministros de turismo y afines, por subsecretarios de medio ambiente y por las infaltables novias de parque cerrado. Todos quieren estar donde rugen los motores y disfrutar el segundo de gloria junto a los mismos corredores que cada año están... un año más viejos.

Pensaba que si quieren vértigo y desiertos, hoy no hay como los de Irak y Siria para escaparle a la muerte en una carrera sin freno. Como está mucho más cerca de las grandes audiencias, no tendrán que viajar tanto y podrán desfilar triunfales por las mismas rutas que caminan hambrientos cien mil migrantes. Hasta se me ocurrió que puede ser una buena idea vendérselo como promoción al Califato que llaman Estado Islámico y, esta vez sí, cambiarle el nombre por Rally Daesh y agregarle al emblema una Toyota Hilux artillada. Pero como puede que esta idea tarde en concretarse, se me ocurría también que por qué no se dejan de embromarnos y se van a llenar de arena sus monos antiflama a las dunas del Mar del Norte después de una partida simbólica desde adentro de la catedral de Amberes. Luego atropellan unos viñedos de Burdeos, se empantanan en las marismas del Ródano, se estrellan contra olivares de Jaén y hacen añicos algunos pueblos de la Toscana...

En fin, se friegan unos días entre ellos mismos, se riegan con tierra y barro para quedar bien embadurnados, que es lo que les gusta, y nos dejan vivir tranquilos en nuestra plácida América.

30 de diciembre de 2015

Supermercado

Entré con dos personas (sí, eran mujeres, pero no daré más datos) en el supermercado de una ciudad lejana de la Argentina. Teníamos que comprar algo para comer en el auto antes de cruzar la frontera con Bolivia. Yo llevaba la plata y ellas la experiencia, así que entramos los tres juntos. El cuarto se quedó en el coche.

Al pasar la fila de las cajas y sin mediar palabras, una de ellas se quedó en la cola mientras la otra siguió rauda hacia los fiambres y los panes. Iba seleccionando mercadería que desechaba cuando encontraba algo mejor. Pan, queso, salames, mayonesa... quedaban en el lugar de las pastas, las conservas o el papel higiénico. Cuando llegamos a las cajas, la que esperaba vio lo que llevábamos y decidió corregirlo, así que ocupamos su lugar mientras ella volvió a las góndolas. Por supuesto que no llegó al tiempo que nos alcanzaba la caja, así que paramos toda la cola un buen rato, pero a nadie le importó porque todos hacen lo mismo.

Al ver cantidad de mercadería perecedera regada cerca de las cajas pregunté una vez a la cajera si esto ocurre a menudo: todo el tiempo me contestó. Cuando hacen las cuentas los clientes dejan cosas y no les importa dónde; así se echan a perder muchos alimentos. Me contaron que quedan carritos repletos de mercadería en los pasillos: es gente que viene a pasear y hace que compra, quizá para sentirse prósperos por un rato. Y también es habitual que sigan comprando desde la cola con artimañas de todo tipo. O que casi nadie respeta las cajas rápidas: cuando hay cola y la cajera cuenta los productos ya es imposible volver para atrás.

Hace tiempo que tenía esa sensación de soledad en los supermercados y aquel día aprendí por qué.

9 de diciembre de 2015

Mi tía de Banfield

Los españoles hablan con frases hechas que funcionan como palabras. Dicen “eres de lo que no hay” en lugar de cualquier otro modo de decir que alguien se sale de lo normal; o “como comer con las manos” para decir sencillamente que algo gusta mucho. Una de esas es la de la tía de Alcalá, cuando alguien se inventa un pariente, porque el que tiene una tía en Alcalá “no tiene tía ni tiene na”.

Pero resulta que siempre tuve una tía en Alcalá, así que hace tiempo que, copiando el dicho español, inventé una tía en Banfield, la populosa ciudad del sur del Gran Buenos Aires con nombre ferroviario en inglés, como corresponde. Y mi tía de Banfield me viene genial para oponerme a los discursos autorreferenciales de mis contertulios ocasionales o habituales. La cosa es más o menos así y perdone si se siente reflejado en este espejo:

En la charla de amigos alguien dice que está leyendo El Quijote de la Mancha y enseguida uno interrumpe para decir que él también lo leyó y que tiene una edición en cuero de cabritilla que era de su abuelita que leía El Quijote cuando iba al baño. Otro cuenta que acaba de volver de Cuba y el pesado sale con que también estuvo en Cuba y que las playas y la ciudad y el malecón y los cigarros y Fidel Castro y la plaza de la Revolución… Estoy exagerando, claro… o quizá estoy quedándome corto.

Hace un tiempo escribía de las selfies como expresión bien cabal del narcisismo contemporáneo: somos capaces de sacarnos fotos de nosotros mismos delante de un accidentado en lugar de ayudarlo porque lo que importa es que nosotros estamos ahí. No dije entonces que las selfies son también el resultado de que todo está en internet y por tanto es inútil la foto de la Fontana di Trevi o de la torre Eiffel sin nosotros adelante: están mucho mejor en las imágenes de Google. Al final resulta que somos lo más grande que ha dado la humanidad y nadie se está dando cuenta.

Pero el descubrimiento de estos últimos tiempos sobre la autorreferencia es que los que hablan mucho hablan mucho de ellos mismos. Los que hablan todo el tiempo hablan todo el tiempo de ellos mismos. Y los que hablan poco hablan poco de ellos mismos. Por eso –estoy seguro– nos gusta más la gente que habla menos y nos aburre la gente que habla sin parar. Claro que hay grandes excepciones: dos o tres personas en todo el mundo aunque hablan mucho no hablan de ellos.

Bueno. Hace un tiempo que mi inexistente tía de Banfield me sirve para recordarlo: cada vez que alguien empieza con la cantaleta autorreferencial digo que tengo una tía en Banfield. Y siempre sale con que él también. Entonces me muero de risa.

8 de noviembre de 2015

El jacarandá de la calle Rioja


Un día de octubre cayó un jacarandá de buen tamaño en la calle La Rioja entre Rivadavia y Buenos Aires de Posadas. Había llovido casi toda la noche y se ve que el agua aflojó la tierra que sujetaba las raíces y el viento hizo el resto. Cayó entero, sin partirse, a las 11 de la mañana, sobre un Renault Clío y otros dos autos que sufrieron daños menores. Por suerte no lastimó a ninguna persona ni animal que podía pasar por allí en ese momento.

Rápidamente se presentaron los bomberos y luego los empleados municipales que –nunca mejor dicho– hicieron leña del árbol caído para restablecer el tránsito y recuperar los autos que habían quedado debajo del tronco y de la copa ya florecida en plena primavera del pobre jacaranda mimosifolia, como lo llaman los científicos.

Calculo que ese jacarandá tendría unos... 50 años, diez más diez menos. Su diámetro en la parte más ancha es de 50 centímetros y su circunferencia de metro y medio. Un botánico o cualquier aficionado que sepa de estas cosas puede sacar la edad aproximada con solo mirar el tronco, cortado el mismo sábado por los empleados municipales.

En el Jardín Botánico de la Universidad de Lisboa hay un jacarandá con más de 150 años y el más antiguo de Pretoria –llamada Jacaranda City en Sudáfrica– se calcula que fue plantado en 1888. Como el jacarandá es de estas tierras, aquí nadie mide la edad porque nadie los planta: crecen solos. Pero ese jacarandá de la calle Rioja sí fue plantado y en la Municipalidad de Posadas podría haber algún registro, pero lo dudo porque entonces nadie anotaba estas cosas.

Y si es trabajoso saber cuántos años vive, es imposible saber cuánto vale un jacarandá como ese. No digo su madera, que ya es leña, sino su sombra, sus flores, su frescura, su belleza… ¿50 veces más que tres autos? ¿200 veces? Es inútil calcularlo porque lo más valioso de este mundo es lo que no vale nada.


Lo que no se entiende es por qué lo cortaron… Costaba solo un poco más de trabajo y ocupaba algo más de tiempo darle una buena podada y volver a ponerlo vertical con una grúa, bien apuntalado hasta que las raíces y el suelo recuperen su concordia. También podían haberlo trasplantado a algún lugar señalado de la larga y casi desierta costanera de Posadas. Los autos, en cambio, son todos iguales, tienen seguro y se recuperan en un buen taller de chapa y pintura. Y hasta podemos aprovechar la ocasión para comprar uno nuevo, si el seguro o la Municipalidad pagan los daños.

Quizá todo lo que digo es un error y no había más remedio que sacrificar ese árbol en lugar de respetar su derecho a morir de pie. Pero ahora, cuando paso por el lugar de la catástrofe, miro lo que quedó del tronco, medio inclinado en el cantero en ruinas desde aquel sábado de octubre, y pienso en el poco respeto que tenemos por la naturaleza y en el desmedido amor a nuestro tiempo. Porque si este planteo es un error y no había más remedio que destrozar un jacarandá de 50 años para que no moleste al tránsito justo en un tramo de calle que se pasa meses cortado por relocalizados y otros indignados con la Entidad Binacional Yacyretá, tampoco nadie se ocupó de terminar de sacar lo que queda del árbol y plantar allí otro jacarandá que reponga al caído en el cumplimiento del deber.

Conmueve la asimetría entre el prócer que hace más de 50 años plantó ese árbol para que otros lo disfruten… y nosotros, preocupados solo por liberar la calle cuanto antes para pasar con nuestro autito de cuatro ruedas.


4 de noviembre de 2015

Narcisos


Parece que las chicas se enamoraban de su hermosura, pero Narciso no les daba ni la hora, hasta que la que se enamoró fue la ninfa Eco. La historia es larga, pero resulta que a Narciso tampoco le entraron las balas de Eco y por eso Némesis –la diosa de la venganza– lo condenó a enamorarse de su propia imagen reflejada en una fuente.

En la Grecia clásica no tenían telefonitos que sacan fotos, los mismos que han provocado la multiplicación hasta el infinito de los Narcisos y las Narcisas enamorados de su propia imagen en este siglo XXI. Tanto que el narcisismo se está imponiendo como uno de los signos de lo que va de la centuria. Millones de Narcisos lo certifican a cada rato estirando el brazo para tomarse una nueva selfie.

Hace poco tiempo lo más común era confiar en cualquier transeúnte que pasaba para pedirle que nos tome una foto con un paisaje o monumento detrás y hasta le explicábamos dónde había que apretar el botón. Hace unos días dos chicas me pidieron en Rio de Janeiro que les tome una foto, pero antes me preguntaron si no les iba a robar el teléfono... Para colmo cuando me agaché para lograr un buen efecto me explicaron que querían al revés: de arriba para abajo. Entonces se sacaron las camisetas y posaron con las caras pegadas, como hace todo el mundo para entrar en cada selfie colectiva.

Por suerte para los Narcisos y las Narcisas si no hay distancia suficiente tienen el recurso del selfie stick: el bastoncito telescópico que permite alejar un poco el teléfono y tener más perspectiva para que se vea el castillo de cartón-piedra y además entren las 34 personas del Disneytour.

Pero las historias más notables con las selfies están ocurriendo en entre policías y ladrones. Resulta que los delincuentes han caído también en el vicio del siglo XXI y los tipos se sacan fotos en pleno trabajo como para dejar testimonio de su intrepidez o quizá pasar un mensaje a sus compinches. El problema es precisamente el testimonio, ya que sus propias fotos los delatan, sobre todo cuando se olvidan el celular donde robaron.

En una casa de Bahía Blanca el ladrón entró a robar de noche en la casa, hasta que se encontró con el dueño que lo interpelaba detrás de una puerta y le avisaba que estaba llamando a la policía con su propia máquina de sacar selfies. Entonces salió corriendo, pero dejó olvidado el celular encima de una mesa. El pobre ladrón se sacaba fotos en los espejos porque su teléfono era medio viejo y hacía malabarismos para registrar sus tatuajes en los omóplatos. Para colmo tenía registrados números y chats que lo delataban tanto como sus tatuajes.

La cazaron de una oreja cuando intentaba robar las alcancías de una iglesia. En la comisaría se enteró dónde había dejado olvidado el telefonito que saca fotos. Los policías todavía se están riendo.

6 de octubre de 2015

El sirito de la playa


La foto del sirito Aylan Kurdi en la playa turca de Ali Hoca Burnu se convirtió en el icono de la tragedia. Fue tomada por la fotoperiodista Nilufer Demir, que llegaba al lugar a la vez que los rescatistas que encontraron el cadáver. Junto con sus padres y su hermano Galib de 5 años intentaban llegar a la isla griega de Kos. La guardia costera turca los detuvo cuando intentaban salir, pero finalmente los liberó y vamos a suponer que no fue por dinero. Entonces consiguieron un gomón y se hicieron a la mar remando hacia la isla de Kos, pero al poco tiempo y a unos 500 metros de la costa, el bote empezó a hacer agua y entró la desesperación. Uno de ellos se paró y el gomón volcó. El padre de Aylan y Galib es quien contó cómo sus hijos se le resbalaron de las manos y cómo tampoco pudo salvar a su mujer. También murió otro de los acompañantes en aquel bote desgraciado.

No había que ser Mandrake el mago ni el profeta Malaquías para saber que esto iba a pasar, porque pasa siempre que hay estas desigualdades tan cercanas y a veces lejanas. Ocurre hace 50.000 años y seguirá pasando: con tal de conseguir paz y libertad, gente de todas las condiciones navegan entre tiburones, subidos en llantas recauchutadas de tractor se lanzan al mar de la China en botes destartalados, atraviesan muros enmarañados de alambre de púa, se esconden en los compartimientos de los trenes de aterrizaje de los aviones, caminan por desiertos infernales o se pierden en la selva del Congo.

Lo que ocurre ahora con los refugiados sirios en Europa es lo que pasó a fines de los años 70 con los boat people del sudeste asiático que escapaban de las venganzas sociales que siguieron a la Guerra de Vietnam y salían de sus países con lo puesto en barcos muy precarios. Pero no hay que ir a buscar a los desplazados por las guerras o las persecuciones políticas. Cualquier gran migración es impulsada por la búsqueda de un mundo mejor y expulsada por la miseria. La Argentina es producto de esas desigualdades: nuestros abuelos o bisabuelos emigraron de toda Europa, Japón o Medio Oriente y no vinieron porque no les gustaba la comida o el clima de sus países. El problema era que no había comida y la Argentina prometía una vida mucho mejor, llena de abundancia y de paz.

En toda América hay sirios y libaneses a quienes decimos turcos porque traían pasaporte del Imperio turco: apellidos muy establecidos del Ecuador, la Argentina y Brasil (no hace mucho había más libaneses en San Pablo que en Beirut) son claros testimonios de esa migración, y muy conocidos dada su relación sensual con el poder político. A veces por culpa de un funcionario de migraciones se llaman Romero o Flores, pero siguen siendo tan turcos como los Saadi o los Manzur.

Las migraciones no son buenas ni malas. Lo bueno es el sueño y malo es lo que se deja. Pero entre el sueño y lo que se deja aparece el negocio de unos cabrones que se vuelven millonarios con el tráfico de personas. La desesperación por salvar la vida propia y de los familiares más cercanos hace subir el precio de billetes sin garantía en vehículos frágiles y sin control de nadie. Los traficantes de personas se frotan las manos cuando alguna autoridad dificulta el tránsito de sus pasajeros, porque eso encarece el costo de su contrabando al paraíso prometido.

Europa no podrá evitar la estampida de emigrantes de África y del Cercano Oriente con controles, muros, zanjas o cañones. Pongan lo que pongan serán rebasados por las masas hambrientas y sedientas de pan y de agua, pero empachadas de programas soñados de la Deutsche Welle. Si quieren que los sirios se queden en su casa, tienen que convencerse de que ellos también lo quieren: huyen de la guerra y del hambre, no de sus casas y sus afectos.

Si los húngaros o los alemanes no los quieren, hay lugar y parientes de sobra en nuestra América para alojar a los que se tienen que ir de su tierra perseguidos por el califato que degüella a quienes no piensan como ellos. Antes y ahora siempre fue su casa.

8 de septiembre de 2015

No somos nadie

La universidad me tocó dos veces: la primera como estudiante y la segunda como profesor, pero recuerdo con más nostalgia la época en que me dedicaba a estudiar, que fue la segunda. Aclaro que durante gran parte de la primera trabajaba todo el día para mantenerme y dormía como una marmota en las clases de la facultad. En la segunda, en cambio, la inmersión en la universidad fue total durante los años que duró y también fue total la juventud infinita de los estudiantes. En esa época de contacto diario entre adultos y postadolescentes pasaba a menudo que alguno se ponía pesado y venía con eso de “a mí me tienen bronca”. Es una excusa bastante habitual, tanto en el colegio como en una universidad y es probable que esté fundada en alguna percepción peculiar del interesado, casi siempre producto de la paranoia o de la necesidad de echarle a otro la culpa de sus fracasos estudiantiles.

Ante ese reclamo, los profesores y las autoridades de la facultad teníamos siempre la misma sensación. Era un razonamiento que hacíamos después de valorar seriamente –y por las dudas– si podría ser verdad la afirmación del interesado: este chico o esta chica creen que estamos todo el día pensando en ellos para hacerles daño y resulta que nosotros dedicamos con suerte apenas unos segundos del día para pensar en alguno de ellos con nombre y apellido. La imagen más cabal de esta realidad se da en los exámenes, cuando el estudiante se juega la vida ante un pelotón de fusilamiento mientras los profesores que integran la mesa examinadora charlan entre ellos de sus planes de vacaciones.

Mutatis mutandis debe pasar en todas las actividades en las que hay jefes y subordinados y sobre todo en las relaciones de poder, donde uno cree que manda y otros hacen que obedecen. Hay súbditos que piensan que la autoridad está pensando todo el día en cómo fregarlo, mientras que las autoridades están en otro nivel de pensamiento, casi siempre más estratégico o quizá también resolviendo dónde pasar las vacaciones.

Esta triste asimetría es la causa de muchísimos malos entendidos. Mire si no es gracioso lo que nos pasa siempre que estamos apurados y tenemos que correr contra reloj. En esos momentos todos van despacio: los semáforos se desincronizan, nos toca la fila más lenta del supermercado, la calle por la que tenemos que pasar está cortada, el ascensor está en el último piso, los empleados que nos van a atender cambian de turno y nos llama por teléfono un inoportuno que no termina nunca de explicarnos lo que nos tiene que decir.

Todos los seres humanos con un cerebro más o menos normal tendemos a creernos mucho más de lo que somos. No me equivoco si digo que no somos el centro del universo, ni usted, ni yo ni nadie que lea estas líneas. El poder que tenemos es mucho menor del que pensamos, nos conoce un tercio de la gente que creemos y casi nadie está pendiente de nosotros. Y le advierto que, aunque seamos verdaderos expertos, esto de creernos más de lo que somos no es capital exclusivo de los argentinos: es un virus que se puso de moda en todo el mundo y vuelve a la gente insoportable.

18 de agosto de 2015

La bandera de Posadas


Cuando los que ahora somos grandes éramos chicos, conocíamos una sola bandera: la celeste y blanca de la Patria. En esa época era más azul y llamábamos bandera de guerra a la que tenía el sol, autorizada sólo para uso de las fuerzas armadas y lugares oficiales y prohibida para los simples civiles del pueblo llano. Por suerte y por una ley de la Nación desde 1985 tenemos una sola bandera con el Sol de Mayo de 32 rayos –intercalados rectos y flamígeros– que redondean su cara mofletuda. El sol no estaba en la bandera de Belgrano de 1812 pero no le disgustó a don Manuel cuando Juan Martín de Pueyrredón lo agregó en 1818. Parece que es incaico y que recuerda el nacimiento de una gran nación que en aquellos días incluía el Alto Perú. Y aquí advierto que no tiene nada de incaico el sol con 32 rayos rectos y flamígeros intercalados que adorna el emblema de los jesuitas, el mismo que ahora forma parte del escudo papal, así que mire por dónde el Sol de Mayo se instaló en el emblema de la Santa Sede.


También tiene medio sol (o un sol naciente) la bandera de Posadas: los flamígeros están intercalados cada tres rectos y hay una cruz circunscripta entre el medio sol y medio engranaje, unas espigas que nacen en un escudo en el que hay un ancla antigua y se convierten arriba en unas manos entrelazadas; los colores azul y rojo significan el río Paraná y la tierra colorada… El manual de instrucciones dice que las manos son de guaraníes y colonos, el sol y la cruz son jesuitas, el engranaje es la industria, el ancla es el puerto y las espigas son laureles...


La nueva bandera se suma a las que hay que izar, arriar, enarbolar, flamear y hasta abrazar. En Posadas ya hay por lo menos cuatro: la nacional, la provincial, la de Posadas y la del Mercosur. Al paso que vamos en los colegios van a ser abanderados hasta los últimos de la clase.

Las banderas son símbolos abstractos precisamente porque significan una sola cosa, pero formada por infinidad de significantes. Por eso son sobre todo los colores los que identifican a las banderías detrás de sus banderas y cosas las que significan en los escudos. No hace falta poner la cara de Tévez y la silueta de la Bombonera para crear la bandera de Boca Juniors: basta con el azul y oro que, por si no lo sabe, descienden de la bandera sueca, que es de las más antiguas y simples del mundo.

Las banderas son esencialmente colores, compuestos por telas cosidas. No son dibujos sobre telas, que para eso están los escudos. En todo caso tendrán algún bordado, pero cuantos menos, mejor. Las banderas con escudos son una confusión de lenguajes y no es nada grave que coincidan los colores de diferentes banderas del mundo como coinciden los colores de River Plate, la selección peruana o Estudiantes de La Plata. También pasa con las banderas de Venezuela, Colombia y Ecuador o las de algunos países centroamericanos con la argentina gracias a las andanzas de don Hipólito Bouchard por aquellas playas.

Hace muchos años que existe la vexilología, que es la ciencia de las banderas. Hasta hay una Asociación Argentina de Vexilología y una institución mundial que las reúne: algo así como la Real Academia de las Banderas. Además hay una rama de la publicidad llamada branding que es la que se ocupa de las marcas, logotipos e isotipos y que tiene a su vez una especialidad llamada marca país, dedicada a hacer estas cosas, pero con pienso. Todo bien ahí peor mire lo que pasó: la bandera de Posadas se eligió entre las diseñadas en un concurso popular y luego se votó por internet y en en los colegios...

Dejar los emblemas en manos de aficionados inexpertos o a merced de votaciones populares no es lo más indicado aunque parezca muy democrático. A la bandera hay que quererla y puede que los posadeños se acostumbren a ella y también que la amen, el tiempo lo dirá... La picardía  es que por clientelismo juntavotos se perdieron una gran bandera y se quedaron con una del montón.

Nadie está pendiente de usted

La universidad me tocó dos veces: la primera como estudiante y la segunda como profesor, pero recuerdo con más nostalgia la época en que me dedicaba a estudiar… que fue la segunda. Aclaro que durante gran parte de la primera trabajaba todo el día para mantenerme y dormía como una marmota en las clases de la facultad. En la segunda, en cambio, la inmersión en la universidad fue total durante los años que duró y también fue total la juventud infinita de los estudiantes.

En esa época de contacto diario entre adultos y post-adolescentes pasaba a menudo que alguno se ponía pesado y venía con eso de “a mi me tienen bronca”.  Es una excusa bastante habitual, tanto en el colegio como en una universidad y es probable que esté fundada en alguna percepción peculiar del interesado, casi siempre producto de la paranoia o de la necesidad de echarle a otro la culpa de sus fracasos. Ante ese reclamo los profesores y las autoridades de la facultad teníamos siempre la misma sensación. Era un razonamiento que hacíamos después de valorar seriamente –y por las dudas– si podría ser verdad la afirmación del interesado: este chico o esta chica creen que estamos todo el día pensando en ellos para hacerles daño y resulta que nosotros dedicamos con suerte apenas unos segundos del día para pensar en alguno de ellos con nombre y apellido. La imagen más cabal de esta realidad se da en los exámenes, cuando el estudiante se juega la vida ante un pelotón de fusilamiento mientras los profesores que integran la mesa examinadora charlan entre ellos de sus planes de vacaciones.

Mutatuis mutandis debe pasar en todas las actividades en las que hay jefes y subordinados y sobre todo en las relaciones de poder, donde uno cree que manda y otros hacen que obedecen. Hay súbditos que piensan que la autoridad está pensando todo el día en cómo fregarlo, mientras que las autoridades están en otro nivel de pensamiento, casi siempre más estratégico o quizá también resolviendo dónde pasar las vacaciones.

Esta triste asimetría es la causa de muchísimos malos entendidos como nos pasa siempre que estamos apurados y tenemos que correr contra reloj. En esos momentos todos van despacio: los semáforos se desincronizan, nos toca la fila más lenta del supermercado, la calle por la que tenemos que pasar está cortada, el ascensor está en el último piso, los empleados que nos van a atender cambian de turno y nos llama por teléfono un inoportuno que no termina nunca de explicarnos lo que nos tiene que decir.

Todos los seres humanos con un cerebro más o menos normal tendemos a creernos mucho más de lo que somos: el centro mismo del universo. La verdad es que el poder que tenemos es mucho menor del que pensamos, nos conoce un tercio de la gente que creemos y casi nadie está pendiente de nosotros. Aunque seamos verdaderos expertos, esto de creernos más de lo que somos no es capital exclusivo de los argentinos: es un virus que se puso de moda en todo el mundo y vuelve a la gente insoportable.