6 de septiembre de 2020

La hidrovía


Las ciudades más antiguas –y hoy más grandes– de la Mesopotamia se fundaron y crecieron sobre los ríos navegables, que durante siglos fueron la principal y casi única vía de comunicación y de transporte que bien pudieron llamar hidrovía los adelantados Pedro de Mendoza, Juan de Garay, Juan de Ayolas o Domingo Martínez de Irala. El tránsito terrestre debía hacerse por las zonas más altas para evitar los bañados y los cruces de los ríos en sus tramos más caudalosos, por eso hasta bien entrado el siglo XX casi todo el transporte, hasta el de ganado, se hacía embarcado por nuestros ríos.

Hasta fines de los años 60 del siglo pasado casi no hubo caminos realmente transitables en toda la región, que recién empezó a conectarse con el resto de la Argentina por una vía terrestre en 1969, con la inauguración del túnel subfluvial entre Paraná y Santa Fé. En 1973 se terminó el puente General Belgrano, entre Corrientes y Resistencia. Y el 14 de diciembre de 1977 se habilitaron al tránsito los puentes de Zárate (Buenos Aires) y Brazo Largo (Entre Ríos), que hoy se llaman Complejo Unión Nacional. Curioso es que la Mesopotamia haya estado conectada antes con Brasil que con el resto de la Argentina, a través del puente que une Paso de los Libres con Uruguayana, habilitado en 1947; este es el único que no fue inaugurado por un presidente de facto, aunque también era general.

El río Uruguay es navegable hasta Concordia en la Argentina y Salto en el Uruguay porque no le hicieron esclusas a la represa de Salto Grande: aunque no usted lo crea no las tiene porque antes de la represa –y como su nombre lo indica– había allí un bonito salto de lado a lado del río. Los constructores razonaron que si antes no se podía pasar por culpa del salto, no había ninguna necesidad de permitir en el futuro el paso de embarcaciones...

El Paraná y el Paraguay son ríos mucho más caudalosos que el Uruguay. Por el mismo motivo que Salto Grande, tampoco tiene esclusas la represa de Itaipú. Así que el Uruguay hasta la presa de Salto Grande, el Paraná hasta la de  Itaipú y el Paraguay hasta Cáceres, en el estado de Mato Grosso, forman una red de vías navegables larguísima y utilísima para el transporte. Ya lo demostraron la historia y los siglos en los que se llegaba a todas nuestras ciudades en barco. Pero ahora surcar los ríos es mucho más fácil que antes, ya que la tecnología de geoposicionamiento satelital permite navegar sin boyas, de noche y hasta con niebla. Además hay sonares y radares para prever obstáculos y bajantes.

Un convoy de barcazas empujadas por un remolcador –de esos que se ven a seguido con bandera paraguaya– puede transportar 24.000 toneladas de carga. Eso equivale a 533 camiones de 45 toneladas. Esos convoyes miden como máximo 290 metros de largo x 60 de ancho y pueden llegar a Posadas, Corrientes, Resistencia, Formosa o Asunción y todos los puertos fluviales situados río abajo. Con menor tamaño y calado llegan sin drama hasta Puerto Iguazú, Ciudad del Este, Foz do Iguaçu; o hasta Cáceres, en el medio de Brasil.

El 80% de la producción argentina que sale al exterior lo hace desde algún puerto del Paraná y casi todos los de gran movimiento están emplazados cerca de Rosario. Solo hace falta conectar esos puertos con los del norte para transportar la producción desde los puntos más lejanos y transbordarla en los puertos de más movimiento, a los que llegan barcos de gran calado. 

Una hidrovía es una autopista fluvial que abarata los costos del transporte y despeja las rutas de camiones de largo alcance. Mejora el trasiego de mercancías y el mantenimiento de los caminos. Pero además no se pierden puestos de trabajo entre los choferes de camión; al contrario, hace su tarea más humana ya que aumentan los recorridos pero hacia lugares más cercanos.

30 de agosto de 2020

Ruta 14

Desde que empezó la cuarentena he tenido que viajar ya varias veces a Buenos Aires por razones urgentes y humanitarias. Ningún problema si se tienen todos los permisos y certificados, ya que todas las situaciones están contempladas. Como no hay ómnibus ni aviones, no hay otra que viajar en auto, así que volví en estos días otra vez a la ruta 14, al camino... que siempre es una metáfora de la vida. 

Es mucho más fácil ir que volver. Por el tránsito, solo se extrañan los ómnibus, sobre todo los mañaneros que llegan a Misiones y complican el tramo estrecho de la ruta. La vuelta es cuesta arriba, porque te agarra cansado la parte angosta y sinuosa, sobre todo entre Virasoro y Posadas, pero más todavía porque los controles se ponen estrictos para preservar del contagio a los que vivimos en el paraíso.

Decía que la ruta es una metáfora de la vida porque la vida es un viaje que empieza y se termina, con sus paradas, sus controles, sus peajes... y transcurre en un lugar geográfico. Quizá por eso nos gusta viajar, hacemos peregrinaciones, tours, tienen éxito las road stories y jugamos al golf, que también es un camino. 


Como en La Divina Comedia, a mitad de ese camino entre Posadas y Buenos Aires, hay un hito que parece central por la cantidad de carteles que lo anuncian durante todo el trayecto. Ya no importa cómo se llama el local de artículos regionales que engaña con su fachada, instalado a la vera de la ruta, en la mano que va a Buenos Aires, a la altura de Concordia. Ahí estuvo impidiendo en ese tramo la obra de la autovía, y ahí sigue ahora invadiendo el espacio público. No creo que sus dueños hayan estudiado las consecuencias de esa publicidad, que lo mismo anuncia escabeche de tatú mulita que mermelada de remolacha; pero tanto anuncia que sobrepasa las expectativas del que entra desprevenido y se lleva un chasco fenomenal, porque uno no está para comprar una bondiola diminuta que cuesta un ojo de la cara.

Los tenderetes se han multiplicado porque el mal ejemplo siempre cunde más que el bueno: han surgido como hongos negocios que lo imitan en toda la extensión de la autovía. Algunos hasta quizá sean más antiguos y también más legales –o legales del todo– porque no invaden el espacio público ni contaminan el paisaje, pero convengamos que son los menos. Es así como toda la ruta está plagada de locales de diverso tamaño, gusto y calidad que ofrecen los productos más desparejos, cada uno con profusión de carteles pintados a mano alzada. 

Una de dos: dejadez de la empresa concesionaria o un negocio por debajo de la mesa, pero lo cierto es que la ruta está cada día más invadida por estos locales completamente informales. Y curioso es que policía no falta, porque también hay que pasar controles de fuerzas policiales de todos los colores: soldaditos con barbijo que también invaden la carretera con retenes debajo de cada puente o donde encuentran una construcción que les sirva de garita. 


El más notable está entre Paso de los Libres y Parada Pucheta; es una vieja estación de peaje que nunca funcionó y se convirtió en un campamento desordenado y sucio de Gendarmería que interrumpe la autovía como una ruina de Mad Max. A este viacrucis hay que sumar los radares móviles y fijos instalados como trampas para pescar a los incautos que no logran pasar de 120 a 60 en los 50 metros de carteles ridículos que obligan a reducir la velocidad: es más barato pagar la multa que cambiar las cubiertas. 

Un poco más allá del retén de Mad Max se cruza sobre la ruta provincial 125 por un nuevo puente que se construyó con la autovía y que estuvo clausurado durante años por defectos de construcción, como está clausurado casi desde su inauguración el distribuidor de Cuatro Bocas porque sus terraplenes se desmoronan.

Entre tanto chiringuito, vivero, puesto, tinglado, carpa y pastizales, se pasa la ruta como pasa la vida. Mientras viajaba se me ocurría que la ruta 14 no solo es metáfora de nuestra vida sino que también es un espejo de la Argentina, donde las leyes se cumplen por casualidad y donde nos vamos acostumbrando a convivir con bandidos.

23 de agosto de 2020

Argumento adolescente argentino


El argumento adolescente consiste en rebatir las críticas acusando de lo mismo a los que las esgrimen. Es muy argentino porque somos un país adolescente. Mire:

–Vos sos un vago.
–Más vago sos vos.
–Y sos pichado.
–Pero más pichado sos vos.
–¡Qué mentiroso que sos!
–¡Ah! ¿vos decís siempre la verdad?

Otro diálogo familiar:

–Hija, no estás estudiando nada.
–Isabel tampoco.
–¿Te peleaste con Isabel?
–Ella me pegó primero...

El problema es cuando seguimos con el mismo argumento en la supuesta madurez. Le recuerdo, simplificado, un famoso diálogo entre un intendente del sur y un periodista de Buenos Aires:

–Usted vendió tierras fiscales a precio vil.
–Y a mí me dijeron que usted es homosexual.

Hay uno que es el colmo del argumento adolescente, entre Magdalena Ruiz Guiñazú y Aníbal Fernández (por si le pasa lo mismo que a Magdalena, le cuento que Boston es vos):

–Usted es un autoritario
–¿Y Boston...?

Y en otra conversación el entrevistado había encajado Michigan para significar mí...

–Cuando yo hablo usted me baja el volumen.
–Yo no le bajo el volumen a nadie.
–¿Y a Michigan...?

Lo lamentable es que los periodistas suelen aceptar estas respuestas sin chistar, con lo que demuestran ser tan adolescentes como sus entrevistados. Supongamos:

Periodista: Tenemos pruebas de que usted se quedó con un vuelto.
Funcionario: Con más vueltos se quedó el General Urquiza.
Título: "Con más vueltos se quedó Urquiza".

Cuando el periodismo pregunta a un político o funcionario sobre temas, digamos discutibles, de su gestión, la reacción inmediata no intenta rebatir esos datos sino embarrar a los opositores o al periodista. Así, alegan su inocencia con la culpabilidad ajena, sin advertir que de ese modo lo que sostienen es precisamente lo contrario: la propia culpabilidad. Una conducta adolescente y también contradictoria si uno es de verdad inocente. Digo que una acusación sobre nuestra propia conducta o la de la oposición, a los periodistas nos suele parecer respuesta negativa suficiente, sin advertir que el entrevistado está contestando afirmativamente a la pregunta: si te dicen autoritario y contestás ¿y vos?, estás aceptando que sos autoritario.

16 de agosto de 2020

No hay rey traidor

Espero que no me culpen ahora por haber compartido, hace años, un buen rato con don Juan Carlos de Borbón. Fue durante su primera visita oficial a la Argentina, en noviembre de 1978. Yo estudiaba en la Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires y tenía clase de Procesal con Fernando de la Rúa el día que la UBA le entregaba el doctorado honoris causa. Ese día, en lugar de ir a clase –y de puro caradura– me presenté en el acto de investidura en el imponente salón de actos de la Facultad y en la recepción posterior en la estupenda sala de profesores. Allí me encontré con el director del Instituto de Cultura Hispánica, un buen amigo de mi padre que conocía la relación de don Juan Carlos con mi familia materna. Antes de presentarme a los reyes me dio algunas indicaciones: se les dice majestad, solo debés hablar cuando ellos te pregunten y a la reina no se la toca... Quizá por esta u otras advertencias, nadie se animaba a darles conversación, así que en cuanto nos presentaron me quedé charlando con ellos, contestando las preguntas del rey sobre mi abuelo y mis tías, a quienes conocía bien por haber pasado largos ratos –días enteros– en su casa cuando era cadete de la Academia Militar de Zaragoza de la que mi abuelo era director. Mientras hablábamos trajeron el libro de visitas para que escribiera algo el flamante doctor; don Juan Carlos firmó "El Rey" y doña Sofía "La Reina", como si fueran nuestros legítimos monarcas. 


Debió de impresionar mi confianza a las autoridades, tanto que se acercaron a pedirme si podía acompañar a los reyes a dar un paseo por el edificio: 

–Majestades, qué mejor que un estudiante para mostrarles la facultad...  se jugó el rector de la Universidad. 

Así que salimos desde la sala de profesores hacia el gran hall de las estatuas barrigonas de juristas argentinos, la que da a las vías del ferrocarril que llegan a Retiro. Mientras les contaba curiosidades del edificio o contestaba alguna pregunta sobre mi familia, se me ocurrió llevar a los reyes hasta mi clase, así que bajamos a las mazmorras del edificio a interrumpir a Fernando de la Rúa y el Derecho Procesal. Abrí la puerta y entré de sopetón; detrás venían los reyes, la plana mayor de la UBA y unos guardaespaldas desorientados. Entonces, además de profesor, de la Rúa era senador nacional, pero impedido de ejercer por el gobierno militar.

Ahora, ya rey jubilado, le ha tocado el destierro por bastante menos de lo que hizo cualquiera de sus antecesores, a pesar de lo mucho que le deben España y la democracia española. Es que los reyes ya no son lo que eran hace 200 años y ni siquiera hace 40. En los tiempos de nuestra independencia estábamos más preocupados por librarnos del despotismo monárquico que de España, que aquí llamaban la Metrópoli porque los de acá eran tan españoles como los de allá. Nos hamacábamos entre Napoléon y la Revolución Americana, y aunque Bolívar y algunos de nuestros próceres eran más napoleónicos, al final triunfó el sistema presidencialista norteamericano: una monarquía electiva y bastante absoluta, pero con fecha de vencimiento.

El artículo 56 de la Constitución Española establece que la persona del Rey es inviolable y no está sujeta a responsabilidad. Es fuerte, sobre todo por lo tajante, pero hay que tener en cuenta que no es muy distinto de nuestras inmunidades y que los reyes que reinan en las democracias europeas son símbolos patrios, como el escudo o la bandera, y quizá un poco más: son la Patria misma. Por eso, mientras haya monarquía, no hay rey traidor: son parte del pacto entre los ciudadanos y la Patria, que los sostiene como el mástil sostiene a la bandera. De paso le recuerdo que la bandera argentina desciende directamente de la Virgen María, pasando por Carlos III y parida por Manuel Belgrano.

Por cierto, tampoco hay rey traidor en las monarquías absolutas que todavía campan en el mundo como campan las democracias mentirosas, las repúblicas dinásticas, las tiranías familiares y las dictaduras vitalicias. Viviremos siempre intentando salvarnos de las pretensiones despóticas que aparecen como hongos en todos los niveles del poder. Está en el código genético de la humanidad, tanto que la historia no es otra cosa que el relato de la lucha por la libertad del pueblo llano frente esas pretensiones despóticas de sus malos gobernantes.

9 de agosto de 2020

Los árboles también dan pájaros


Antes de la pandemia del coronavirus almorcé varias veces en la casa de unos amigos en Paso de la Patria. Todavía se podían hacer reuniones sociales y familiares que –supongo sin saber nada– es la mejor vacuna de todas, la que refuerza el sistema inmune y espanta cualquier virus: abrazar a los hijos y a los nietos y compartir la mesa con los amigos.

La última vez que estuve allí comimos un cordero asado por manos expertas. Entonces volví a contemplar un espectáculo magnífico de aquel quincho generoso. Los dueños de casa inventaron un artilugio bien casero para compartir las sobras del asado con los pájaros que viven en los árboles de la zona. Me cuentan que, cuando ven movimiento en la casa, se empiezan a acercar y en cuanto les ponen comida en ese comedero, aparecen en parejas y por especies como en el arca de Noé: primero vienen los más chicos a comer chucherías y después los más grandes que corren a los chicos y se llevan los buenos pedazos, y al final, vuelven los chicos a limpiar las sobras. No le puedo describir las especies porque apenas distingo un pitogüé de un pirincho, pero recuerdo tordos amarillos, urracas azules, cardenales colorados y una inmensa variedad de aves que se acercaron a compartir con nosotros el cordero.

Pensaba entonces que, además de todos los beneficios de los árboles que nos faltan en Posadas, hay que agregar los pájaros. Ya sabemos que los árboles nos alargan la vida; que su sombra reduce la radiación del sol; que evitan el cáncer de piel; que facilitan el ejercicio; que bajan la temperatura y el gasto de energía; que mejoran la calidad del aire... bueno, además de todo eso y de muchas otras fortalezas, los árboles traen pájaros a la ciudad.

Los pájaros, pajarracos y pajaritos que habitan nuestras selvas están directamente relacionados con nuestros árboles (los pajarones, ya se sabe, son seres humanos bastante pavotes). Las aves tienen sus propios árboles que les dan cobijo y sustento y por eso es tan importante mantener el ecosistema de árboles y pájaros. Quiero decir que traemos eucaliptos de Australia y pinos de Carolina del Norte y por suerte no traemos los koalas ni las ardillas, pero nuestros monos y pica-paú tienen que adaptarse a plantas que nos son de aquí, o no se adaptan para nada. Ahí le erró don Carlos Thays, que era muy buen paisajista pero no tenía en cuenta a las cotorras parlanchinas ni a los loros barranqueros. El mismísimo Sarmiento, con todo el respeto que nos merece su amor por la naturaleza y su pasión por educar al soberano, se fregó en la convivencia de plantas y animales, seguramente porque en aquellos años nadie pensaba en eso.

Es difícil de ver porque se esconde en la vegetación, pero ahora nomás, cuando llegue la primavera, empezará el lamento del urutaú que pasa las noches en la copa de la grevillea nada autóctona de mi vecino. Al atardecer se instala en una rama seca y comienza su conversación nocturna con otro (u otra) que a veces dura toda la noche. ¿Hay en la Argentina algo comparable? Quizá el parloteo de los zorzales del viejo San Isidro, o la chicharra sorda de los coyuyos de Salta, que dicen que no es canto sino el revolotear ultrasónico de sus alas de celofán.

Ahí tiene otra ventaja –y no menor– de los árboles en la ciudad. Por eso tenemos que conseguir sombra y paisaje, selva urbana y sombra nativa en lugar de paseos de cemento, para que nuestros pájaros aniden tranquilos, coman felices y canten alegres desde el Mártires al Garupá. También los monos, que en esta época en que florecen los lapachos hacen equilibrio en las ramas más flacas para comer sus pimpollos como si fuera un festín de garotos en sus cajas de cartón.

2 de agosto de 2020

Somos parte de la naturaleza

Hay un dicho popular que decimos rápido y sin pensarlo mucho, pero es tan cierto que asusta: Dios perdona siempre, los hombres a veces y la naturaleza nunca. Los creyentes sabemos que el amor es parte de la esencia de Dios y el amor perdona siempre, los hombres somos capaces de amar y por tanto de perdonar y en eso nos parecemos un poco a Dios y la naturaleza, en cambio, tiene leyes inexorables que se cumplen a rajatabla; es cierto que Dios las podría suspender, pero no lo hace porque para algo las puso: visto así, los milagros son contrarios a las leyes que Dios estableció para que se cumplan. Eso sí, de vez en cuando muestra que puede caminar sobre el agua o hacer que las vacas vuelen; quizá por eso no hay que asombrarse tanto cuando alguien se cae al suelo ante algún fenómeno que parece sobrenatural: es por la ley de la gravedad.

Recordaba otro dicho que se atribuye a los sabios de la Universidad de Salamanca en tiempos de Cristóbal Colón: lo que la naturaleza no te da, Salamanca no te lo presta. La frase se aplica a los estudiantes, a quienes les recuerda que si la naturaleza no los dotó con inteligencia, los sabios de la universidad no podrán hacer nada por ellos. Y tampoco pensaban demostrar si la tierra era redonda como una pelota o plana como una pizza...

La admiración por la naturaleza hace que nos sintamos espectadores ajenos, como si la viéramos por el canal 64 de Cablevisión. Y no es así: los humanos somos parte de la naturaleza. Somos cien por cien animales. Racionales, pero animales al fin. Somos blancos, negros, amarillos, marrones, petisos, viejos, jóvenes, gordos, flacos, altos, rubios, crespos, peludos lampiños, pelirrojos, morochos, orejudos, narigones... pero somos todos de una sola especie de animales inteligentes y libres que habitamos todos los climas, las alturas y bajuras, las longitudes y latitudes; andamos por tierra, por agua y por aire hasta salir al espacio sideral. Somos depredadores capaces de degradar la naturaleza o conservacionistas incapaces de matar un mosquito. Somos los amos y señores de la creación, pero somos parte de ella y no nos podemos salir por más libertad que tengamos. La naturaleza cuenta con nosotros, convive con nosotros, se defiende de nosotros, se sirve de nosotros, nos regala sus frutos, nos enferma y nos cura, nos parasita y nos mata... y termina engulléndonos, como a todos los animales y vegetales de la creación. 


En plena pandemia de Covid-19 sentimos esa realidad. Seremos los amos y señores pero también somos incapaces de ganarle a un virus invisible que ni siquiera sabemos si es animal, vegetal o mineral. Llevamos meses dándole vueltas a la rosca de la cuarentena porque lo único que atinamos es a escondernos en la caverna hasta que pase la peste. Hemos avanzado mucho pero no hemos avanzado nada, estamos igual que hace dos millones de años y también igual que hace cuatro meses, siempre contando el cuento de la buena pipa.

La naturaleza nos está dando una lección que podemos aprender aunque seguramente la olvidaremos enseguida, cuando volvamos a creernos sabiondos y todopoderosos. Nuestra fucking soberbia nos convirtió en el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra. Creemos que lo sabemos todo y no sabemos nada. Quiero decir que nos tiene en jaque un virus que ni tiene cerebro ni piensa. Somos tan poca cosa y a la vez nos la creemos tanto que nos hemos convertido en inexplicables.

26 de julio de 2020

Quod natura non dat

Allá por el 20 de marzo tuvimos que ponernos al día con los programas de reuniones a distancia. Muchos de nosotros solo conocíamos Skype, que usábamos ocasionalmente para videollamadas, lo mismo que WhatsApp y otros sistemas de mensajería que permiten ese tipo de conversaciones con imágenes. Enseguida aparecieron las tecnologías del encierro, entre las que se popularizó Zoom. Google llegó con Meet y Cisco con Webex Meeting. De todos los que me tocó usar, el más sorprendente fue Firestorm, una aplicación que contrató la Sociedad Interamericana de la Prensa. Allí el presentador y los asistentes entran como muñequitos de un videojuego en un salón virtual donde interactúan y conversan, igual que en Zoom pero sentados cada uno es su butaca y mirando al presentador y su pantalla. En la primera reunión una de las asistentes apareció desnuda porque no entendió que al entrar en el programa había que elegir color de piel, peinado y vestimenta...


Dos semanas después de aquel 20 de marzo nos enteramos de que esto iba a durar un poco más, que al final no fue tan poco... tanto como para hartarnos y que la cuarentena terminara con nuestra paciencia antes de tiempo. Era imposible entonces –y también ahora– medir lo que iba a pasar con el coronavirus en cada rincón de nuestro país. Tan imposible que empezamos a hablar de la nueva normalidad como si a partir de esta pandemia muchos hábitos de nuestro comportamiento colectivo cambiarían para siempre. Cuando esto se termine quizá dejemos de darnos besitos mafiosos entre varones y de compartir el mate, pero lo que no sabemos todavía es cómo encarar lo más contagioso de todo, que son las reuniones de muchas personas en locales cerrados...

Ante la necesidad de dar clases, atender las preguntas de los alumnos, tomar exámenes y hasta graduarse a distancia, surgió la pregunta que dio origen a la serie de artículos sobre la naturaleza de la universidad, que por las dudas le recuerdo que no tiene nada que ver con docentes que enseñan y alumnos que la aprenden, sea en modo presencial o a distancia. La universidad es la reunión de maestros y discípulos, el lugar donde todos estudian, empezando por los que enseñan. Y de paso le recuerdo que la universidad a distancia existe mucho antes de que existiera la tecnología que ahora nos permite algo bastante parecido a una clase presencial.

Casi todas las grandes revoluciones del pensamiento nacieron en las universidades. Bastaría con citar la demostración del heliocentrismo de Nicolás Copérnico en la Universidad de Bolonia o la Reforma de Martín Lutero en la de Wittenberg. Entre nosotros hay algunos breves reflejos de la universidad en la que todos estudian; el más notable por su impacto en la opinión pública es el informe mensual de pobreza que no emiten ni el Indec ni ninguna empresa de estadísticas sino la Universidad Católica Argentina.

En la carrera para encontrar la vacuna contra el coronavirus no van ganado los laboratorios sino las universidades. Esta semana han sido noticia por los resultados alentadores las pruebas realizadas en las universidades británicas de Oxford y de Birmingham y en el Imperial College de Londres; a esas se suma la Universidad Johns Hopkins de Baltimore (USA) por dar todos los días los datos más seguros del avance o retroceso de la peste en todo el mundo. Todas ellas son de corte medieval, por tanto no contaminadas por el espíritu profesionalista de Bonaparte que influyó decididamente en nuestro modelo de universidad.


Justo ahora deberíamos tener bien claro el principio de otra universidad medieval: Quod natura non dat, Salmantica non præstat (lo que la naturaleza no te da, Salamanca no te lo presta) Pongámoslo así: es de balde enfrentarnos con la naturaleza porque está demostrado –lo llaman inmunidad del rebaño– que los humanos vencemos a los virus cuando se contagia un porcentaje determinado y no tan grande de sus individuos. Los esfuerzos de la autoridad sanitaria procuran prolongar en el tiempo esos contagios para evitar el colapso y poder atenderlos a todos. Gracias a Dios ya pasaron varios meses y sabemos que falta menos.

19 de julio de 2020

Donde todos estudian

A raíz de esta cuarentena intercambiamos unos mensajes de WhatsApp con un buen amigo, que además es una autoridad universitaria en Posadas. Estaba preocupado con el estilo de universidad que se ha ido improvisando en estos meses de pandemia y sobre todo en los meses o años que vienen. Parece que por mucho tiempo no habrá clases presenciales, que es como las conocíamos hasta ahora, pero a la vez comprobamos que las clases a distancia por medios digitales terminan cansando, aburriendo y sobrecargando a profesores y alumnos. Además de la evidente debilidad de las clases remotas para todo lo que sea trabajos prácticos, laboratorios, talleres o seminarios, las actividades a distancia no tienen la riqueza incomparable de la comunicación presencial. Se pierde la interacción profesor-alumno, profesor-profesor y alumno-alumno, que están presentes en las clases, pero también –y sobre todo– en la convivencia de todos los involucrados en el proceso de la educación superior que se llama universidad.

Pensaba entonces que la cuarentena es una ocasión de volver al concepto fundacional de la universidad, y también pensaba que eso puede resultar un gran bien para la sociedad argentina, necesitada como nunca de la sabiduría colectiva que la saque de una vez de su interminable adolescencia.

La universidad es el invento más fabuloso de la Edad Media. La definición que todavía la explica cabalmente es de Alfonso X el Sabio (rey de Castilla en el siglo XIII) cuando la llamó en las Siete Partidas “el ayuntamiento de maestros y escolares con voluntad y entendimiento de aprender los saberes”.


Ahora le tenemos que preguntar a don Alfonso cómo hacemos para juntarnos maestros y estudiantes en época de pandemia. No nos va a contestar él sino la historia, porque desde el siglo XIII hasta nuestros días, pestes ha habido las que uno quiera y ninguna ha terminado con este ayuntamiento de académicos y de saberes.

La universidad no debe ser el lugar donde unos enseñan y otros aprenden sino donde todos estudian. El espacio geográfico no es parte de su definición, pero para conseguir que todos estudien –y estudien juntos– hace falta un lugar común que desde hace siglos se llama campus. El campus permite la interacción entre los estudiantes –maestros y discípulos– que hace avanzar el saber gracias al principio elemental de la sinergia.

El campus es una piscina donde uno puede sumergirse o apenas mojar el dedo gordo del pie. En mi época de estudiante llamábamos inmersión total a la posibilidad de dedicarse full-time a la universidad durante los años de estudiante, algo que se conserva bastante intacto en la universidad anglosajona, donde son full-time tanto los profesores como los estudiantes. Materialmente esa piscina es un campus donde se juntan (ayuntamiento) los maestros y los estudiantes y donde se aprende en las clases, en los seminarios, talleres, laboratorios... pero sobre todo se aprende en la convivencia de profesores con profesores, profesores con estudiantes y estudiantes con estudiantes. En los campus de verdad son más estudiantes los profesores que los alumnos y se aprende más en una conversación de pasillo o de cantina, motivada por el verdadero interés; es la lógica de la pregunta –picada por la curiosidad intelectual– de los que se acercan al profesor al terminar la clase, mientras sale el malón de alumnos indiferentes.

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Nuestra universidad no es hija de la Edad Media sino de Napoleón Bonaparte, que con su manía reglamentadora, la organizó en profesiones: en enseñar haceres más que saberes. Allí donde llegó la influencia de Napoleón se conserva este concepto de reunión de escuelas profesionales, que lo mismo pueden enseñar literatura contemporánea que danzas clásicas eslovacas. En el mundo anglosajón, a donde no llegó la nube de Bonaparte, se mantuvo el concepto medieval del ayuntamiento de maestros y estudiantes que hoy vemos en las universidades británicas o norteamericanas.

La vida cambió desde la época de Napoleón y esa es la razón del éxito del sistema anglosajón, donde se ha conservado el modelo medieval de universidad ligada más a los saberes que a los haceres. La universidad debe enseñar a pensar, y para eso es necesario saber. No es lo mismo ser arquitecto que saber arquitectura o construir una casa (aquí ponga cualquier profesión)

La universidad napoleónica era un lindo proyecto, pero para vidas cortas. En estos dos siglos cambió definitivamente la cantidad de años que vivimos. En aquella época (la misma de nuestra independencia) la esperanza de vida promedio era de 37 años. Es cierto que entonces se tardaba más para viajar, pero la verdad es que se vivía a gran velocidad y desde lo que hoy nos parece todavía la infancia.

Vivimos por lo menos el doble de esos años y los procesos vitales son también por lo menos el doble de largos. Quienes van hoy a la universidad después de terminar el secundario eligen profesiones cuando están lejos de poder decidir semejante cosa. Se explica entonces el éxito del modelo medieval, heredado por las universidades anglosajonas (sobre todo las británicas y norteamericanas), dedicadas a abrir la cabeza y por tanto el futuro de los estudiantes, en lugar de cerrarlo en especifidades estériles.

Quiero decir que no es una buena idea apurar la especialidad a una edad en que no se ha decidido nada importante de la vida y cuando no tenemos la más remota idea de qué será de nosotros, y en cambio sí es una buena idea formar el pensamiento y abrir la cabeza de los que llegan a la universidad. En la universidad ideal de nuestro tiempo las carreras deberían ser pocas y amplias, y dejar para el futuro la especialidad, cuando ya se ha corrido un tiempo en la vida profesional. Esto explica el auge de las maestrías, que son precisamente eso: una especialidad académica para los que ya están inmersos en la vida profesional que les ha tocado y han tomado las decisiones importantes de su juventud.

Eso no quiere decir que no se pueda aprender a hacer cosas, lo que digo es que ese no es el fin de la universidad sino de las escuelas profesionales, a donde cada uno puede asistir cuando le toque en la vida y deberían estar reguladas por los colegios profesionales, pero nunca por la universidad. Del mismo modo que no le toca a la universidad regular profesión alguna: eso es incumbencia de los mismos colegios. Así, la universidad puede dar el título genérico de licenciado (bachellor en el sistema anglosajón), por ejemplo en leyes, pero quien debería dar la matrícula de abogado y regular la profesión y sus especialidades debe ser el Colegio de Abogados. Aquí vuelva a poner la licenciatura que se le ocurra, pero la abogacía me sirve porque es una de las carreras que han reemplazado en la universidad napoleónica a las artes liberales de la universidad medieval, por eso hay tantos abogados que se dedican a las profesiones más insólitas.

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La idea de la universidad como el conjunto de maestros y discípulos que estudian tiene por lo menos... 900 años, pero además es lógica pura, ya que no se podría enseñar lo que no se sabe. Sin embargo nuestra universidad muchas veces es un lugar incómodo, al que los profesores llegan cansados después de un largo día de trabajo, con pocas ganas de dar clases a unos alumnos que intentan conseguir un título estudiando lo menos posible.

¿Cómo fue que la idea original de universidad centrada en los saberes derivó hacia un conjunto cada vez más numeroso de escuelas que enseñan a hacer cosas cada vez más precisas? Empezó con la racionalización napoleónica, pero siguió avanzando en los últimos 200 años hasta convertirse en una feria de títulos habilitantes, tanto que el reclame publicitario de una universidad de Buenos Aires grita confianzudo a sus potenciales clientes lo contrario del concepto elemental de universidad:


Por esta misma tergiversación entendemos ahora que la relación entre las empresas y las universidades debería ser la provisión de empleados calificados. Las universidades ofrecen a sus candidatos salidas laborales rápidas, y para afinar la puntería se asocian con las industrias que demandan esos empleos. Fue así como las pasantías se convirtieron en trabajo temporal barato bajo el pretexto de la práctica laboral: las empresas prueban sin riesgos a los candidatos y los candidatos seducen a los empresarios para conseguir su primer empleo.

La relación de la empresa con la universidad es otra cosa, y por eso pongo ahora en singular a las dos partes de esta sociedad. La universidad en la que todos estudian es la que hace progresar a las ciencias. Por ejemplo –y para no perder la bisagra de la pandemia– la de Oxford va a la delantera en la invención de la vacuna contra el coronavirus. No va a ser la Universidad de Oxford la que la comercialice, sino uno o varios laboratorios que tienen la capacidad industrial. Los laboratorios ganarán muchísimo dinero y aportarán a la universidad parte de ese dinero. Así se mantiene la universidad de Oxford y casi todas las que no hacen negocio con las cuotas de sus alumnos.

En nuestro sistema de escuelas profesionales, las empresas tienen que instalar sus propios laboratorios y dedicar grandes sumas de dinero a la investigación y el desarrollo, cuando podrían aprovecharse mucho mejor esos recursos si la que investiga es la universidad y el resultado de esa investigación es aprovechado por la industria. El estudio y la investigación es el fin propio de la universidad, mientras que la producción, la logística, la comercialización... son tareas propias de las empresas. Esta cooperación convierte en eficaz y prolífica la relación entre las empresas y las universidades en una cantidad inmensa y variada de fórmulas a lo ancho del mundo. Como botón de muestra pongo el Parque Científico de la universidad de Lovaina, en Lovaina la Nueva (Bélgica), donde se han instalado los laboratorios y oficinas de empresa tecnológicas de primer nivel, que así aprovechan la masa crítica de estudiantes (maestros y discípulos estudiando). Otro botón es el Laboratorio de Medios del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT), que es parte de la organización de la universidad, pero auspiciada por empresas de medios de todo el mundo que orientan las investigaciones y tienen acceso a sus resultados.

La universidad argentina debe liberarse de su espiral decadente de profesores cansados que enseñan lo que hacen a unos alumnos que solo pretenden un título que los habilite para conseguir un trabajo.

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En el actual territorio de la República Argentina hubo universidad más de 200 años antes de nuestra independencia. La Universidad de Córdoba y las cinco anteriores fundadas en la América española nacieron más cerca de la Edad Media que de Napoleón Bonaparte y por tanto bajo el concepto original de universidad, ese que dice que es un lugar donde todos estudian y no donde unos enseñan y otros aprenden. La universidad de Buenos Aires fue fundada en 1821, pero todavía faltaban unos cuantos años para que se colara la idea napoleónica de convertir a las universidades en agrupaciones de escuelas profesionales, donde se aprende más a hacer cosas que a dominar una ciencia.


Hasta 1885 la universidad argentina no daba títulos habilitantes: solo certificaba que esa persona había estudiado lo que fuera. Eran las profesiones las que lo daban, lo quitaban y lo regulaban. Tanto que Dalmacio Vélez Sárfield, el autor de nuestro primer código civil y a quien nadie niega su condición de gran jurista, abandonó en primer año la carrera de Derecho... Y Marcelino Ugarte, uno de los primeros juristas de Buenos Aires, consiguió muy joven el título de doctor en jurisprudencia, pero para conseguir el de abogado tuvo que trabajar en un estudio, hacer prácticas durante tres años y rendir examen ante la Academia de Jurisprudencia. Ya se ve que una cosa era ser licenciado o doctor y otra abogado, contador, arquitecto, médico, veterinario, ingeniero...

Desde esa ley de la época de Nicolás Avellaneda hasta nuestros días se ha ido exacerbando la habilitación profesional desde la universidad. Los títulos y solo los títulos dan derecho a ejercer profesiones y esta realidad llegó a pasar los límites del sentido común, tanto que durante unos cuantos años rigió una ley que establecía incumbencias profesionales para las carreras; así al registrar una nueva carrera ante el Ministerio de Educación había que listar taxativamente las incumbencias del título y si se olvidaban de alguna, los graduados nunca iban a poder profesar esa incumbencia bajo pena de ejercicio ilegal de la profesión. Las incumbencias multiplicaron las carreras porque buscaron ofertas y salidas laborales cada vez más específicas; así llegaron a inscribirse 1.500 carreras.

La ley que rige actualmente la educación superior es de 1995 (24.521), con algunas leves modificaciones posteriores. Se apeó entonces del concepto de las incumbencias, pero lo único que hizo fue borrar esa horrible palabra para establecer casi lo mismo en su artículo 42: Los títulos con reconocimiento oficial certificarán la formación académica recibida y habilitarán para el ejercicio profesional respectivo en todo el territorio nacional (...). Los conocimientos y capacidades que tales títulos certifican, así como las actividades para las que tienen competencia sus poseedores, serán fijados y dados a conocer por las instituciones universitarias, debiendo los respectivos planes de estudio respetar la carga horaria mínima que para ello fije el Ministerio de Cultura y Educación, en acuerdo con el Consejo de Universidades. Y el artículo 43 establece requisitos especiales para las carreras que otorguen títulos correspondientes a profesiones reguladas por el Estado, cuyo ejercicio pudiera comprometer el interés público poniendo en riesgo de modo directo la salud, la seguridad, los derechos, los bienes o la formación de los habitantes... solo se salvan pocas carreras, esas que siguen los poetas, los escritores y otros artistas... siempre que no sean profesorados.

Y la decadencia de nuestra educación es la causa de nuestros fracasos como país y mientras la universidad argentina no se despegue del racionalismo napoléonico seguirá sumida en su propia decadencia. La idea de que sea la universidad la que otorgue títulos habilitantes con incumbencias taxativas las convierte en tiendas de diplomas para buscadores de trabajo. Pero peor es el lobby de las profesiones, a las que les conviene que su título sea necesario para trabajar, así obligan a la industria a contratar solo afiliados al colegio profesional y así pueden mangonear a su antojo.

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Emilio Fermín Mignone y José Luis Cantini tenían edades parecidas: uno nació en 1922 y el otro en 1924. Mignone murió en 1998 y Cantini el 28 de enero de este año. Se conocían y apreciaban porque además de ser expertos en educación, los dos ocuparon cargos semejantes en gobiernos también parecidos y fueron rectores de universidades nacionales. No pensaban para nada igual en muchas cosas, pero los dos eran inteligentes además sabios y también hombres de fe.


Mignone era un peronista católico (todo un género dentro del peronismo); un tipo con una inmensa formación y un bocho descomunal. Su vida cambió completamente el 14 de mayo de 1976 cuando un comando de la Armada se llevó a su hija Mónica por el delito de ser asistente social en una parroquia del Bajo Flores. Mónica nunca apareció a pesar de que Mignone movió cielo y tierra para encontrarla, pero sus desvelos sirvieron para salvar de la muerte a otras personas. Emilio era amigo de mi padre y conocí bien a su familia, sobre todo a otro de sus hijos con quien compartimos la misma edad y batallitas de nuestra época universitaria.

A principios de los años 90, Emilio me orientó en los trámites de acreditación de la Facultad de Ciencias de la Información de la Universidad Austral y de paso me terminó de convencer de las bondades de la universidad medieval. Ante la deriva de las viejas escuelas de periodismo hacia las ciencias de la información y de la comunicación, hacia la publicidad, las relaciones públicas, el marketing político, la acción psicológica, el diseño, la fiesta, el entretenimiento y los subibajas de la plaza de la esquina... yo pensaba que había que abrir una Escuela de Periodismo dentro de una Facultad de Letras y hasta me animé a sugerir que cabíamos entre las inexistentes Ciencias Sociales que coronaban el solemne nombre de la Facultad de Derecho recién creada, pero no logré convencer a las autoridades de la universidad, ni al consejo que me acompañaba, ni a nadie.

Me volví a encontrar con Emilio Mignone y José Luis Cantini mientras buscaba documentación sobre las incumbencias, ese término que significaba lo peor de la acreditación de nuevas carreras universitarias y que fue anulado por la Ley de Educación Superior de 1995 (24.521). Anticipaba la semana pasada que la ley anuló unos trámites escabrosos pero no anuló la universidad napoleónica: una lástima porque Bonaparte terminó con el concepto esencial que traían hacía más de 200 años las primeras universidades americanas. Por si no leyó las columnas de los domingos anteriores, le recuerdo que la universidad original es el lugar donde todos estudian, mientras que la de Napoleón es donde unos enseñan profesiones y otros las aprenden.

Con la colaboración de Cantini y de otras personas, Mignone elaboró un sesudo documento llamado Las Incumbencias que publicó en 1994 el Centro de Estudios Avanzados de la UBA. Pero además consiguió del presidente Carlos Menem el decreto que anulaba las incumbencias para las carreras que no comprometieran el interés público y también para los aspectos que no fueran de interés público en las carreras que sí lo fueran (decreto 256/94). El concepto entró luego en la redacción de la Ley 24.521, pero esa ley amplió el criterio de interés público a la formación universitaria, así que por las dudas cualquier carrera debe establecer sus incumbencias aunque no las llame así: hay que enumerar de manera precisa y taxativa todo lo que se le permitirá hacer a los graduados, bajo pena de ejercicio ilegal de la profesión si se pasan un pelo de esa lista exhaustiva. Tan loco es lo de las incumbencias que si en la carrera de gastronomía no pusieron el budín de pan entre las incumbencias, sus graduados cometen un delito cada vez que hacen un budín de pan.

La universidad es un invento de la Iglesia medieval, así que su sostenimiento seguía entonces la lógica de los bienes eclesiásticos y de las relaciones de la Iglesia con los príncipes. Hoy está clara la ecuación económica de la universidad que enseña profesiones, que es mantenida por el estado en el caso de las públicas y por las cuotas de los alumnos en las privadas. En cambio, la universidad anglosajona, heredera directa de la medieval, se sostiene de dos recursos complementarios:
1. Las rentas del endowment de la universidad: una torta de plata que siempre se acrecienta y nunca se reduce; por eso sus presidentes no son académicos sino expertos fundraisers
2. Las donaciones de los graduados, que aportan mucho más que las cuotas de los estudiantes, porque saben que su título valdrá según el prestigio de la universidad en el presente: cualquier inversión en el alma mater es una inversión en uno mismo.
La educación es la única palanca capaz de sacar a la Argentina de su espiral de decadencia: es la inversión más necesaria, la más barata y la más urgente para conseguirlo. Mire si un día aprendemos a pensar, como querían Emilio Fermín Mignone y José Luis Cantini...

14 de junio de 2020

Las preguntas del coronavirus


Supongamos que tengo un cáncer avanzado y que no me queda mucho tiempo en este mundo. Ante una recaída me internan en la terapia intensiva de un hospital de alta complejidad. Sin querer y sin saberlo, una enfermera me contagia de coronavirus, así que me instalan en una burbuja de plástico hasta que me muero solo como loco malo. Lo reportan como muerte por Covid-19 y por eso mismo no me hacen autopsia y nadie se acerca ni siquiera a mi entierro. A los tres días llaman a mi viuda para entregarle una cajita con mis cenizas, pero nadie está seguro de que sean las mías. ¿Morí de cáncer o de Covid-19?

En los geriátricos españoles murieron dos tercios del total de los 27.139 fallecidos hasta ayer. También hasta ayer los casos de infectados llegaban a 243.209, número que cabe de sobra dentro de las 372.985 plazas distribuidas en 5.417 geriátricos. Si las cuentas no me fallan, en lo que va de la pandemia y por causa del coronavirus, murió el 4,9% de los internos en residencias de ancianos españolas. Ese porcentaje es mayor pero parecido a los de Italia, Francia, Alemania, Suecia, Gran Bretaña, Bélgica y Holanda, países que sumaban hasta ayer 161.981 muertos por el nuevo coronavirus... y estamos contando solo a la mitad de Europa. ¿Cuántos ancianos mueren un año cualquiera en todos los geriátricos del Viejo Continente?

En la cuenta total de casos argentinos el Ministerio de Salud de la Nación suma los trece contagiados de las islas Malvinas. Está claro que las Malvinas son argentinas y también que son compatriotas de pleno derecho todos los malvinenses, aunque ellos no lo sepan ni lo quieran. Pero si ni siquiera están bajo la jurisdicción sanitaria argentina... ¿Qué necesidad hay de sumar a los de las Malvinas a la cifra total de contagiados del país? ¿Contaríamos a los malvinenses si los 3.400 habitantes de las islas estuvieran infectados?

Si hiciéramos el dichoso hisopado a la totalidad de la población de cualquier ciudad de la Argentina nos asombraríamos ante la cantidad de positivos. Es la razón elemental para cuidarnos, pero sobre todo para cuidar a los demás, especialmente a la población de más riesgo, que son los ancianos y los que tienen las defensas bajas por enfermedades crónicas. El barbijo ahora es obligatorio y sirve especialmente para no contagiar al prójimo; es porque que si estamos infectados podemos contagiar a los que están cerca cuando respiramos, hablamos, tosemos o estornudamos. Entonces... ¿Por qué hay gente que todavía no usa barbijo? ¿Por qué la mayoría de los que se lo ponen, lo usan por debajo de la nariz? ¿Y por qué casi nadie respeta a rajatabla la distancia social?

El 80% de los infectados no lo sabrá nunca. Para saberlo deben hacerse el test que cuesta entre 5.000 y 6.000 pesos que ninguna obra social cubre a quien no ha presentado síntomas de coronavirus. Esta semana que pasó y después de tres meses de declarada la pandemia, la Organización Mundial de la Salud ha declarado que los asintomáticos difícilmente contagien. Lo curioso es que tanto la cuarentena, como la distancia, el barbijo y otros cuidados molestos, se deben a que los asintomáticos contagiaban. ¿Para qué hicimos la cuarentena? ¿Para qué usamos barbijo? ¿Para qué pagamos hisopados? ¿Para qué sirve la OMS?

Fue Georges Clemenceau quien dijo que la guerra es un asunto demasiado serio para dejarla en manos de los militares. Hoy diría que no hay que dejar las pandemias en manos de los médicos. Mucho más grave es dejarla en manos de los burócratas de la OMS.

Durante los tres meses desde que se declaró la pandemia hemos puesto un número a cada caso. También contamos los muertos, enfermos, contagiados, sospechosos, importados, autóctonos, comunitarios, asintomáticos, testeados, encuarentenados, recuperados... Además contabilizamos los kits, las camas, los respiradores y los días que pasamos en confinamiento... Pero los únicos números que valen de verdad son los del final de esta historia, que nadie sabe cuándo llegará.

7 de junio de 2020

Los afectos y la soledad


Me propuse contestar una pregunta en esta columna. Adelanto que tengo serias dudas de lograrlo, pero antes de eso debo aclarar dos cosas. Primero, que no lo hago como médico, ni como estadístico, ni como científico de ninguna ciencia; lo intento como periodista y con ánimo de honrar nuestro día, que hoy se celebra en la Argentina. Y segundo, que tampoco tengo ninguna intención de juzgar decisiones de las autoridades: es solo un ejercicio que ojalá nos ayude a pensar a todos.

Podría formularla de otros modos, para que se entienda mejor, pero esta es la pregunta básica que quiero responder:

¿Qué cura más: los afectos o la soledad?

Se entiende lo de los afectos, pero aunque la soledad tampoco necesita explicación, se trata ahora de la soledad del encierro de la cuarentena, que sufrimos por culpa el maldito coronavirus, que ya nos tiene la paciencia al límite de la resistencia.

La cuarentena obligatoria –ahora el aislamiento– nos ha encerrado a todos en nuestras casas con la consiguiente imposibilidad de vernos los padres con sus hijos y los hijos con sus padres, los abuelos con sus nietos, los novios, los hermanos, los tíos, los sobrinos, los amigos... A medida que el confinamiento se ha ido flexibilizando, hemos podido encontrarnos con socios, compañeros de trabajo, colegas, clientes... y también ahora con nuestros afectos más cercanos; pero para oírse o verse con quienes están lejos, seguimos pendientes del locutorio carcelario de Skype, Zoom, o lo que cada uno consiga usar para vencer la distancia.

El pasado 20 de marzo hemos quedado separados unos de otros, quizá solo por una pared, por una calle, por un límite interprovincial, por un puente clausurado, por un terraplén municipal, por las fuerzas de seguridad. Dependiendo de los lugares de la Argentina en que a cada uno le ha tocado la cuarentena y gracias a certificados, salvoconductos y apps oficiales, algunos han logrado superar las barreras. Pero en la mayoría de los casos ha sido imposible, entre otras razones porque es mejor no verse para no contagiarse, ya que a pesar de que estamos bien nos han dicho que podemos estar mal y complicarle la vida hasta la muerte a quienes más queremos, hasta el extremo de que si llegaran a morirse, tampoco podríamos estar con ellos...

Además hay familias a la que la cuarentena ha sorprendido con uno o varios de sus miembros lejos de casa. Ahí estaban y están todavía tratando de volver a sus hogares, cantidad de varados en cualquier lugar del mundo. Anteayer entraron por el puente Posadas-Encarnación 198 misioneros que estaban por cumplir tres meses de espera en Paraguay.

Ya dije que no se trata de juzgar ninguna decisión de la autoridad sanitaria: solo estoy aprovechando la ocasión del coronavirus para plantear la necesidad de pelearla acompañados y de darnos tiempo para juntarnos cuando aparezca la próxima pandemia.

No despreciemos la formidable vacuna de tener cerca a los que queremos: es bueno para el alma, pero también es una incalculable fortaleza para el sistema inmune.

Pregúntele a un futbolista si es lo mismo jugar con o sin hinchada; a un ciclista si es más fácil pedalear solo o acompañado; a un piloto si se anima a correr sin escudería; a un soldado si iría a la batalla separado de su pelotón... Pregúntele a un anciano que cuenta los días más caros de su vida sin ver a sus hijos, a sus nietos o bisnietos, si prefiere la soledad o los afectos; le va a contestar que es mejor morir por el virus antes que ahogarse de tristeza.