14 de enero de 2022
9 de enero de 2022
Felicitaciones
Creo fervientemente en la felicidad, pero descreo de las felicitaciones. Quiero decir que las agradezco sinceramente, pero no creo que vayan a aumentar ni un pelín mi felicidad. Entiendo los buenos deseos, si es que lo son de verdad, pero no considero que sean de verdad los que están comprados en una librería, los flyers o los gifs, graciosos pero que para colmo vienen marcados con una etiqueta que confiesa que fueron reenviados muchas veces por WhatsApp. Bueno... tampoco creo en los igualmente y no le digo nada de los si no nos vemos, dos estándares que se han puesto de moda en nuestras felicitaciones lentas. Ya sé que son modos de decir, pero lo que dicen no me gusta nada.
Pruebe contestar igualmente a un te amo y va a ver lo ridículo que queda. Y la próxima vez que esté por decir igualmente para contestar una felicitación, haga un esfuerzo por saludar de corazón, con lo que tenga ahí adentro, y va a ver cómo se rompe un blindex entre dos personas.
Si no nos vemos, ¡feliz navidad! dicen los que ponen una condición para felicitar. A esos hay que contestarles: entonces mejor que no nos veamos, para no correr el riesgo de la infelicidad. Por eso me pregunto siempre en estas fechas y ante tantos si no nos vemos ¿cuál es la necesidad de desear solo una vez la felicidad? ¿no vale la anterior si hay una posterior?
Las felicitaciones de navidad o de año nuevo se han convertido en un buen deseo exclusivo para esa noche, y está pasando lo mismo con las felicitaciones por los cumpleaños: que tengas un lindo día, que lo pases bien... con emojis de tortas, botellas de champán, bonetes de payaso, matracas y serpentinas. Y para que no queden dudas, los días siguientes preguntamos: ¿cómo pasaste? como si el año no durara 365 días (siempre que no sea bisiesto). Es otra debilidad de nuestra inteligencia colectiva: el año nuevo no va a ser mejor o peor por la cantidad de sidra que tomemos exactamente a las 12 de la noche del 31.
Es lindo esperar el año nuevo y brindar por él y es una ocasión –una más– de celebrar con la familia y los amigos, pero el cambio de fecha del calendario no cambia nada: para el caso es lo mismo el 1 de enero que el 22 de agosto, y si hay algo que cambiar no es una hoja del calendario. Lo que nos hace más felices es el esfuerzo por ser más buenos, por dejar de pensar en nosotros y ocuparnos de los demás, por cumplir la palabra, por ser mejores amigos, por trabajar más duro para realizar nuestros sueños, por cuidar a la familia...
Quizá haya sido la interconexión global permanente de las redes sociales lo que devaluó las felicitaciones a un deseo de pasarlo bien un par de horas. Por eso creo que sería bueno que volvamos al sentido elemental de las felicitaciones de navidad, de año nuevo, de cumpleaños o de lo que sea: desear felicidad en serio, de corazón y para siempre. Y no le digo nada si los buenos deseos vienen acompañados por un regalo, que es la más pura materialización de la felicidad. O usted pensaba que hacemos regalos porque es un invento de los vendedores de regalos. No es así: los vendedores de regalos se aprovechan de nuestros buenos deseos, y lo bien que hacen.
Quizá haya sido la interconexión global permanente de las redes sociales lo que devaluó las felicitaciones a un deseo de pasarlo bien un par de horas. Por eso creo que sería bueno que volvamos al sentido elemental de las felicitaciones de navidad, de año nuevo, de cumpleaños o de lo que sea: desear felicidad en serio, de corazón y para siempre. Y no le digo nada si los buenos deseos vienen acompañados por un regalo, que es la más pura materialización de la felicidad. O usted pensaba que hacemos regalos porque es un invento de los vendedores de regalos. No es así: los vendedores de regalos se aprovechan de nuestros buenos deseos, y lo bien que hacen.
2 de enero de 2022
Qué celebramos
Para los que tenemos fe, lo que celebramos estos días es el nacimiento del Salvador. Y los que no tienen fe supongo que acompañan, pero también celebran, a su modo, la venida al mundo del que lo cambió definitivamente, cosa que ocurrió ahora hace 2022 años, porque hasta los años se cuentan para adelante y para atrás desde ese momento de la historia.
El nacimiento de Cristo está más probado que el de Napoleón. Otra cosa es que no creamos que es Dios: es la diferencia entre los que tienen fe y los que no la tienen. Y el que no cree que Jesús es Dios, lógicamente tampoco cree en los otros misterios del cristianismo: básicamente que vino a establecer una nueva alianza de Dios con los hombres y que murió y resucitó para salvarnos, que es lo verdaderamente importante en una persona de fe, porque, como dice Jorge Manrique, este mundo es el camino para el otro que es morada.
Quienes no creen en esos misterios básicos del cristianismo, entienden y creen el mensaje, digamos más humano, de Jesús, que también encarna el cristianismo en su sentido más amplio, contenido en la cultura ya dos veces milenaria de todo el occidente más parte de Asia y de África subsahariana, que son más cristianos que muchos países de nuestra América (en Nigeria hay más católicos que en la Argentina).
Bastaría imaginarnos como sería el mundo si no hubiera nacido Cristo, para felicitarnos unos a otros todos los días y no solo cuando cada año conmemoramos su nacimiento. Por lo pronto nos estaríamos comiendo unos a otros si es que todavía existiera la humanidad y no un enjambre de cucarachas sobre nuestros despojos. Con escasas excepciones, la humanidad antes de Cristo no tenía muchas esperanzas. Hubo intentos racionales precristianos, como los de los filósofos griegos, que vislumbraron un mundo con cierta justicia, pero siempre faltaba el amor a los semejantes y también al resto de la creación: nada distinto de lo que todavía se encuentra en el mundo en aquellos lugares donde ignoran la existencia de un Dios misericordioso. Los críticos del cristianismo suelen armarse con los muchos errores que se cometieron a lo largo de la historia, pero nadie puede dudar de que el amor a los semejantes es su mensaje elemental, opuesto completamente al de cualquier cultura donde todavía impera el sojuzgamiento del más débil.
Los ejemplos de ese mundo nuevo –por el que vale la pena felicitarnos, hacernos lindos regalos y brindar todo el día– son tantos que no caben en un libro bien gordo. Pero hay botones de muestra incuestionables. Van dos... o tres, depende cómo los cuente.
Por no ser culturas cristianas o poscristianas, todavía en vastas regiones del mundo no se respeta la igualdad esencial entre todos los hombres. El divorcio o el aborto, contrarios a la moral católica, solo son posibles donde el cristianismo estableció esa igualdad. Y la monogamia también es resultado de la igualdad, no solo entre el varón y la mujer sino entre los mismos varones. La poligamia supone, además de la degradación de la mujer, la preeminencia del más fuerte sobre el más débil, como ocurre entre muchos animales bastante cercanos a nosotros: el macho fuerte tiene las hembras de la manada y los débiles deben vivir aislados, aullando voglio una donna! como el protagonista de Amarcord arriba del árbol.
¿No le parece suficiente para que celebremos, brindemos con un buen espumante y nos hagamos regalos que aumentan nuestra felicidad? Nadie lo haría en un mundo en que no reine el amor al prójimo, y eso es lo más cristiano que hay; o poscristiano, que es otro modo de ser cristiano.
El nacimiento de Cristo está más probado que el de Napoleón. Otra cosa es que no creamos que es Dios: es la diferencia entre los que tienen fe y los que no la tienen. Y el que no cree que Jesús es Dios, lógicamente tampoco cree en los otros misterios del cristianismo: básicamente que vino a establecer una nueva alianza de Dios con los hombres y que murió y resucitó para salvarnos, que es lo verdaderamente importante en una persona de fe, porque, como dice Jorge Manrique, este mundo es el camino para el otro que es morada.
Quienes no creen en esos misterios básicos del cristianismo, entienden y creen el mensaje, digamos más humano, de Jesús, que también encarna el cristianismo en su sentido más amplio, contenido en la cultura ya dos veces milenaria de todo el occidente más parte de Asia y de África subsahariana, que son más cristianos que muchos países de nuestra América (en Nigeria hay más católicos que en la Argentina).
Bastaría imaginarnos como sería el mundo si no hubiera nacido Cristo, para felicitarnos unos a otros todos los días y no solo cuando cada año conmemoramos su nacimiento. Por lo pronto nos estaríamos comiendo unos a otros si es que todavía existiera la humanidad y no un enjambre de cucarachas sobre nuestros despojos. Con escasas excepciones, la humanidad antes de Cristo no tenía muchas esperanzas. Hubo intentos racionales precristianos, como los de los filósofos griegos, que vislumbraron un mundo con cierta justicia, pero siempre faltaba el amor a los semejantes y también al resto de la creación: nada distinto de lo que todavía se encuentra en el mundo en aquellos lugares donde ignoran la existencia de un Dios misericordioso. Los críticos del cristianismo suelen armarse con los muchos errores que se cometieron a lo largo de la historia, pero nadie puede dudar de que el amor a los semejantes es su mensaje elemental, opuesto completamente al de cualquier cultura donde todavía impera el sojuzgamiento del más débil.
Los ejemplos de ese mundo nuevo –por el que vale la pena felicitarnos, hacernos lindos regalos y brindar todo el día– son tantos que no caben en un libro bien gordo. Pero hay botones de muestra incuestionables. Van dos... o tres, depende cómo los cuente.
Por no ser culturas cristianas o poscristianas, todavía en vastas regiones del mundo no se respeta la igualdad esencial entre todos los hombres. El divorcio o el aborto, contrarios a la moral católica, solo son posibles donde el cristianismo estableció esa igualdad. Y la monogamia también es resultado de la igualdad, no solo entre el varón y la mujer sino entre los mismos varones. La poligamia supone, además de la degradación de la mujer, la preeminencia del más fuerte sobre el más débil, como ocurre entre muchos animales bastante cercanos a nosotros: el macho fuerte tiene las hembras de la manada y los débiles deben vivir aislados, aullando voglio una donna! como el protagonista de Amarcord arriba del árbol.
¿No le parece suficiente para que celebremos, brindemos con un buen espumante y nos hagamos regalos que aumentan nuestra felicidad? Nadie lo haría en un mundo en que no reine el amor al prójimo, y eso es lo más cristiano que hay; o poscristiano, que es otro modo de ser cristiano.
26 de diciembre de 2021
Provincias de Buenos Aires
Roma fue capital más por ser la cuna del imperio que por ser la sede del emperador, que no tenía sede. Lo confirmó Tiberio, que gobernó su vasto territorio desde la isla de Capri, cansado de las intrigas, las presiones y el clima de Roma. En la Edad Media y hasta las llamadas revoluciones atlánticas de fines del siglo XVIII, la capital era el lugar donde estaba el rey, generalmente una carpa en plena campaña y un castillo prestado donde lo sorprendía el invierno. Para alegría de Alain Minc –que califica a esta época como la Nueva Edad Media– también en esto nuestra era se parece a aquella: hace rato que para gobernar un país no hace falta residir en ninguna ciudad y los ministerios pueden estar en La Quiaca, en Río Cuarto o en Ushuaia; quizá sea mejor así que juntarlos a todos en una ciudad.
Decía el domingo pasado que tanto la idea de la nueva capital como la reestructuración de la provincia de Buenos Aires, parecen proyectos fundacionales de la República (refundacionales, digamos). Eso fue lo que quería Raúl Alfonsín cuando se llevó la capital a la Patagonia, lejos del poder fáctico. El nuevo plan de división de la provincia de Buenos Aires podría ser fundacional, pero para eso debería dejar de ser una división para pasar a ser una reorganización geográfica profunda y necesaria para la Patria, que incluya algo más que la intención de ganarle las elecciones al peronismo.
Ese proyecto, presentado por el saliente senador Esteban Bullrich, es uno más de unos cuantos que se han hecho en los últimos 100 años. Basta con recordar que el diario de Bahía Blanca tiene más de un siglo y se llama La Nueva Provincia. Hay otro proyecto reciente y más realista, de Lucas Llach, que la divide en tres y deja el nombre de Buenos Aires solo para la capital de la República; las nuevas provincias se llamarían El Indio, Cien Chivilcoy y Atlántica y reparte el conurbano entre la segunda y la tercera. La propuesta de Bullrich sugiere cinco provincias: Buenos Aires del Norte, con capital en San Nicolás; Buenos Aires del Sur, con capital en Bahía Blanca; Buenos Aires Atlántica, con capital en Mar del Plata; Luján, con capital en la ciudad de Luján; y Río de la Plata, con capital en La Plata. Las dos últimas son urbanas, las tres primeras rurales.
No parece una buena idea elegir como capitales las ciudades más grandes de cada nueva circunscripción, manteniendo el poder político en las sedes del poder fáctico. Y para colmo todas ellas están en un confín del nuevo territorio. Otra mala idea es el reparto de los actuales partidos respetando su identidad y sus límites, salvo el caso de La Matanza y ya se sabe para qué. Mirando el mapa de Buenos Aires es evidente que su extremo sur patagónico no tiene nada que ver con el resto y que debería pertenecer a la provincia de Río Negro. Otro capricho de escritorio es su exagerado límite occidental de más de 700 kilómetros en el meridiano 63º23' (el quinto al oeste de La Plata). Cuando se establecieron sus límites, la provincia de Buenos Aires era un desierto recién conquistado a los indios y aquella línea podía estar en cualquier meridiano, mientras que el poder real estaba en las viejas provincias, con identidad desde el virreinato y fundadoras de la República. Después cambió la historia y dejamos que pasen las cosas que pasaron.
Es una excelente idea actualizar toda nuestra geografía política. Decía que eso depende de un fuerte proceso fundacional de la Argentina y que no debería ser consecuencia de una estrategia electoral. Pero la historia está llena de serendipia...
Decía el domingo pasado que tanto la idea de la nueva capital como la reestructuración de la provincia de Buenos Aires, parecen proyectos fundacionales de la República (refundacionales, digamos). Eso fue lo que quería Raúl Alfonsín cuando se llevó la capital a la Patagonia, lejos del poder fáctico. El nuevo plan de división de la provincia de Buenos Aires podría ser fundacional, pero para eso debería dejar de ser una división para pasar a ser una reorganización geográfica profunda y necesaria para la Patria, que incluya algo más que la intención de ganarle las elecciones al peronismo.
Ese proyecto, presentado por el saliente senador Esteban Bullrich, es uno más de unos cuantos que se han hecho en los últimos 100 años. Basta con recordar que el diario de Bahía Blanca tiene más de un siglo y se llama La Nueva Provincia. Hay otro proyecto reciente y más realista, de Lucas Llach, que la divide en tres y deja el nombre de Buenos Aires solo para la capital de la República; las nuevas provincias se llamarían El Indio, Cien Chivilcoy y Atlántica y reparte el conurbano entre la segunda y la tercera. La propuesta de Bullrich sugiere cinco provincias: Buenos Aires del Norte, con capital en San Nicolás; Buenos Aires del Sur, con capital en Bahía Blanca; Buenos Aires Atlántica, con capital en Mar del Plata; Luján, con capital en la ciudad de Luján; y Río de la Plata, con capital en La Plata. Las dos últimas son urbanas, las tres primeras rurales.
No parece una buena idea elegir como capitales las ciudades más grandes de cada nueva circunscripción, manteniendo el poder político en las sedes del poder fáctico. Y para colmo todas ellas están en un confín del nuevo territorio. Otra mala idea es el reparto de los actuales partidos respetando su identidad y sus límites, salvo el caso de La Matanza y ya se sabe para qué. Mirando el mapa de Buenos Aires es evidente que su extremo sur patagónico no tiene nada que ver con el resto y que debería pertenecer a la provincia de Río Negro. Otro capricho de escritorio es su exagerado límite occidental de más de 700 kilómetros en el meridiano 63º23' (el quinto al oeste de La Plata). Cuando se establecieron sus límites, la provincia de Buenos Aires era un desierto recién conquistado a los indios y aquella línea podía estar en cualquier meridiano, mientras que el poder real estaba en las viejas provincias, con identidad desde el virreinato y fundadoras de la República. Después cambió la historia y dejamos que pasen las cosas que pasaron.
Es una excelente idea actualizar toda nuestra geografía política. Decía que eso depende de un fuerte proceso fundacional de la Argentina y que no debería ser consecuencia de una estrategia electoral. Pero la historia está llena de serendipia...
19 de diciembre de 2021
Capital de la República
Todos los días pienso si la capital no debería estar en un lugar distinto y venirse al norte; ¿no será tiempo de que empecemos a tomar estos desafíos? fue textualmente lo que dijo el presidente Alberto Fernández el martes pasado en la ciudad de Morteros, provincia de Tucumán.
Suena a maniobra de distracción, pero es imposible saberlo y hay que suponer que son palabras genuinas: el presidente piensa todos los días en eso. Lo curioso, y con todo respeto, es que un presidente ande diciendo lo que piensa así como así. Y si fue una maniobra de distracción, le salió bastante bien: los medios opositores le dedicaron horas a decir barbaridades de lo que piensa el presidente y dejaron de dedicarle esas mismas horas a temas más urgentes.
La capital de la República debería ser un territorio federalizado de 240 mil hectáreas, cedidas bajo condición por las provincias de Buenos Aires y Río Negro, que incluye las ciudades de Viedma y Carmen de Patagones y otras localidades menores. Lo dispuso la ley 23.512, sancionada por el Congreso de la Nación el 27 de mayo de 1987. Era presidente Raúl Alfosín, que consiguió la sanción de la ley porque la mayoría estaba de acuerdo con el sustrato básico de la medida: la austeridad del poder. Alfonsín quería desplazar el punto de gravedad del poder hacia el sur, hacia el frío, hacia el desierto despoblado de la Patagonia; pero sobre todo quería refundar la República y aquella era la primera piedra de una Argentina en la que el poder político estuviera lejos del poder fáctico.
Esa ley nunca se aplicó. Carlos Menem anuló la creación del ente que debía ocuparse de su construcción y ordenó la devolución de sus bienes, y ahí quedó la cosa. Pero hay un dato curioso: el 31 de julio de 2009, los diputados misioneros Miguel Iturrieta y Fabiola Bianco presentaron un proyecto de resolución solicitando al Poder Ejecutivo de la Nación que cumpla con lo establecido en la ley 23.512 y traslade la Capital Federal (ya se ve que tampoco prosperó). En 2014 esa ley no se incluyó en el Digesto Jurídico Argentino entre las vigentes, por lo que la derogación quedó implícita.
Aunque no hacía ninguna referencia, la frase del presidente parece provocada por la publicación del proyecto del ahora exsenador Esteban Bullrich, de dividir la provincia de Buenos Aires en cinco nuevas provincias. Otro acto fundacional que cambiaría la Argentina radicalmente, lástima que en este caso huela demasiado a proyecto electoral. Prometo dedicarle la próxima columna a la idea de desmembrar –como a Tupac Amaru– la provincia de Buenos Aires, y anticipo que tampoco parece una mala idea, siempre que en lugar de dividirla, se funden tres, cuatro o cinco nuevas Provincias Unidas del Río de la Plata, con el fin de mejorar la equidad entre los estados que componen la República.
Quizá sea el momento de empezar a estudiar un verdadero reordenamiento geográfico de la Argentina, pensando en un país más equitativo, donde el peso del poder territorial esté mejor distribuido y el poder político se aleje del poder fáctico, como quería Alfonsín, seguramente cansado de las mismas presiones que al final se cargaron su proyecto. Eso no se logrará dividiendo provincias o mudando la capital. Es al revés: ese nuevo ordenamiento debe ser la consecuencia de una verdadera refundación de la Patria.
Suena a maniobra de distracción, pero es imposible saberlo y hay que suponer que son palabras genuinas: el presidente piensa todos los días en eso. Lo curioso, y con todo respeto, es que un presidente ande diciendo lo que piensa así como así. Y si fue una maniobra de distracción, le salió bastante bien: los medios opositores le dedicaron horas a decir barbaridades de lo que piensa el presidente y dejaron de dedicarle esas mismas horas a temas más urgentes.
La capital de la República debería ser un territorio federalizado de 240 mil hectáreas, cedidas bajo condición por las provincias de Buenos Aires y Río Negro, que incluye las ciudades de Viedma y Carmen de Patagones y otras localidades menores. Lo dispuso la ley 23.512, sancionada por el Congreso de la Nación el 27 de mayo de 1987. Era presidente Raúl Alfosín, que consiguió la sanción de la ley porque la mayoría estaba de acuerdo con el sustrato básico de la medida: la austeridad del poder. Alfonsín quería desplazar el punto de gravedad del poder hacia el sur, hacia el frío, hacia el desierto despoblado de la Patagonia; pero sobre todo quería refundar la República y aquella era la primera piedra de una Argentina en la que el poder político estuviera lejos del poder fáctico.
Esa ley nunca se aplicó. Carlos Menem anuló la creación del ente que debía ocuparse de su construcción y ordenó la devolución de sus bienes, y ahí quedó la cosa. Pero hay un dato curioso: el 31 de julio de 2009, los diputados misioneros Miguel Iturrieta y Fabiola Bianco presentaron un proyecto de resolución solicitando al Poder Ejecutivo de la Nación que cumpla con lo establecido en la ley 23.512 y traslade la Capital Federal (ya se ve que tampoco prosperó). En 2014 esa ley no se incluyó en el Digesto Jurídico Argentino entre las vigentes, por lo que la derogación quedó implícita.
Aunque no hacía ninguna referencia, la frase del presidente parece provocada por la publicación del proyecto del ahora exsenador Esteban Bullrich, de dividir la provincia de Buenos Aires en cinco nuevas provincias. Otro acto fundacional que cambiaría la Argentina radicalmente, lástima que en este caso huela demasiado a proyecto electoral. Prometo dedicarle la próxima columna a la idea de desmembrar –como a Tupac Amaru– la provincia de Buenos Aires, y anticipo que tampoco parece una mala idea, siempre que en lugar de dividirla, se funden tres, cuatro o cinco nuevas Provincias Unidas del Río de la Plata, con el fin de mejorar la equidad entre los estados que componen la República.
Quizá sea el momento de empezar a estudiar un verdadero reordenamiento geográfico de la Argentina, pensando en un país más equitativo, donde el peso del poder territorial esté mejor distribuido y el poder político se aleje del poder fáctico, como quería Alfonsín, seguramente cansado de las mismas presiones que al final se cargaron su proyecto. Eso no se logrará dividiendo provincias o mudando la capital. Es al revés: ese nuevo ordenamiento debe ser la consecuencia de una verdadera refundación de la Patria.
12 de diciembre de 2021
Abrazo alemán
Hace tiempo que me preocupa hondamente la grieta, en un país que puso a la unión al mismo nivel que la libertad cuando decidió su destino hace ya más de 200 años.
Pero de la grieta lo que más preocupa no es el abismo que nos separa sino que sea método del poder. Hoy lo están mostrando quienes lo ostentan en casi todos los países de Nuestra América: hablan de unidad al mismo tiempo que insultan a sus oposiciones. Y los opositores buscan también ahondar la grieta para conseguir votos de los descontentos con los que gobiernan hoy, para arrebatarles el poder y convertirse ellos en los que avasallan a los que antes los estuvieron avasallando a ellos.
Esta es la gran debilidad de nuestras democracias presidencialistas, en las que basta con ganar por un voto para imponerse a la otra mitad del país, aunque piense exactamente lo contrario. Y así es imposible gobernar, a no ser que quien ganó las elecciones se convierta en un déspota, que es lo que está pasando en los países en los que no se respeta la voluntad de todos los votantes: los que ganan las elecciones y los que las pierden.
Si nuestros países tienen hoy tan marcada esa división ideológica en casi dos mitades que parecen irreconciliables, la solución es abrazarnos en un proyecto que nos incluya a todos. Todos queremos que nuestras democracias alienten proyectos de países a largo plazo y no proyectos de poder sin brújula.
El parlamentarismo europeo parece una solución mucho más a medida de las democracias latinoamericanas que el presidencialismo norteamericano, que copiaron nuestros constituyentes de 1853 y no reformaron los de 1860, ni los de 1994; y tampoco la vigencia efímera de la de 1949. Es hora de que nos planteemos el parlamentarismo en serio.
Hoy le está tocando a Chile darse una nueva constitución y las noticias dan cuenta de que sus constituyentes se están acercando tímidamente al parlamentarismo. Ojalá sea la expresión de una tendencia que se instale y crezca en el continente. Y repito ahora, ya un poco cargoso, que al puntapié inicial de este proceso para toda la Argentina lo puede dar una provincia como Misiones, que sancione su propia constitución parlamentaria.
El domingo próximo será la segunda vuelta de las elecciones presidenciales de Chile, entre dos candidatos que están en las antípodas ideológicas, y para colmo quien gane lo hará por una diferencia exigua, y se verá tentado de avasallar a sus contrincantes en lugar de llamarlos a compartir el poder.
Bien lejos de Chile, en la Vieja Europa, el miércoles pasado tomó posesión el nuevo gobierno alemán que sucede a los 16 años de Angela Merkel en el poder. El flamante canciller, Olaf Scholz, del partido Socialdemócrata y ganó las elecciones con algo más del 25 % de los votos, formó gobierno junto con los Verdes y los Liberales, después de tres meses de negociaciones –y de la redacción de un contrato de 177 páginas– que firmaron el martes pasado. El acuerdo no incluyó a la Democracia Cristiana, el segundo en la elección, el partido de Angela Merkel peleado con Angela Merkel. Para colmo, los liberales alemanes son lo opuesto a los socialdemócratas, pero eso no quiere decir que no puedan pactar un gobierno de coalición –en el parlamento y en el gabinete de ministros– quienes sumen una mayoría suficiente para gobernar a todos los alemanes.
¿Quiere comprobar usted mismo la eficacia de abrazarse en un proyecto común en lugar de tratar de imponer sus ideas a la otra mitad que piensa lo contrario? En los próximos años mire cada tanto hacia Alemania y compárela con Nuestra América.
Pero de la grieta lo que más preocupa no es el abismo que nos separa sino que sea método del poder. Hoy lo están mostrando quienes lo ostentan en casi todos los países de Nuestra América: hablan de unidad al mismo tiempo que insultan a sus oposiciones. Y los opositores buscan también ahondar la grieta para conseguir votos de los descontentos con los que gobiernan hoy, para arrebatarles el poder y convertirse ellos en los que avasallan a los que antes los estuvieron avasallando a ellos.
Esta es la gran debilidad de nuestras democracias presidencialistas, en las que basta con ganar por un voto para imponerse a la otra mitad del país, aunque piense exactamente lo contrario. Y así es imposible gobernar, a no ser que quien ganó las elecciones se convierta en un déspota, que es lo que está pasando en los países en los que no se respeta la voluntad de todos los votantes: los que ganan las elecciones y los que las pierden.
Si nuestros países tienen hoy tan marcada esa división ideológica en casi dos mitades que parecen irreconciliables, la solución es abrazarnos en un proyecto que nos incluya a todos. Todos queremos que nuestras democracias alienten proyectos de países a largo plazo y no proyectos de poder sin brújula.
El parlamentarismo europeo parece una solución mucho más a medida de las democracias latinoamericanas que el presidencialismo norteamericano, que copiaron nuestros constituyentes de 1853 y no reformaron los de 1860, ni los de 1994; y tampoco la vigencia efímera de la de 1949. Es hora de que nos planteemos el parlamentarismo en serio.
Hoy le está tocando a Chile darse una nueva constitución y las noticias dan cuenta de que sus constituyentes se están acercando tímidamente al parlamentarismo. Ojalá sea la expresión de una tendencia que se instale y crezca en el continente. Y repito ahora, ya un poco cargoso, que al puntapié inicial de este proceso para toda la Argentina lo puede dar una provincia como Misiones, que sancione su propia constitución parlamentaria.
El domingo próximo será la segunda vuelta de las elecciones presidenciales de Chile, entre dos candidatos que están en las antípodas ideológicas, y para colmo quien gane lo hará por una diferencia exigua, y se verá tentado de avasallar a sus contrincantes en lugar de llamarlos a compartir el poder.
Bien lejos de Chile, en la Vieja Europa, el miércoles pasado tomó posesión el nuevo gobierno alemán que sucede a los 16 años de Angela Merkel en el poder. El flamante canciller, Olaf Scholz, del partido Socialdemócrata y ganó las elecciones con algo más del 25 % de los votos, formó gobierno junto con los Verdes y los Liberales, después de tres meses de negociaciones –y de la redacción de un contrato de 177 páginas– que firmaron el martes pasado. El acuerdo no incluyó a la Democracia Cristiana, el segundo en la elección, el partido de Angela Merkel peleado con Angela Merkel. Para colmo, los liberales alemanes son lo opuesto a los socialdemócratas, pero eso no quiere decir que no puedan pactar un gobierno de coalición –en el parlamento y en el gabinete de ministros– quienes sumen una mayoría suficiente para gobernar a todos los alemanes.
¿Quiere comprobar usted mismo la eficacia de abrazarse en un proyecto común en lugar de tratar de imponer sus ideas a la otra mitad que piensa lo contrario? En los próximos años mire cada tanto hacia Alemania y compárela con Nuestra América.
5 de diciembre de 2021
Árboles, banderas, semáforos, relojes...
Árboles. Se están plantando más árboles en los espacios públicos y eso es una gran noticia. Hay que seguir hasta conseguir que todas las veredas de la ciudad tengan árboles, pero también hasta que se pueda caminar bajo la fresca sombra de plantas nativas por la costa del Paraná, desde el Mártires hasta el Garupá y el motivo principal es la salud de los posadeños. Una cosa nomás: las plantes en la naturaleza no crecen en fila... quizá un paisajista pueda mejorar esas plantaciones para que no parezcan una forestación.
Banderas. Las de los países de Nuestra América que adornan la rotonda de Mitre y la Costanera tienen dos errores. Desde el año 2001, no existen más las letras compuestas, así que las 27 letras de nuestro abecedario son todas simples. La ch y la ll dejaron de existir como letras independientes. Así que en el orden alfabético la ch va adentro y no después de la c. Como consecuencia, Chile va antes y no después de Colombia en el orden de las banderas. Entre esas banderas figura la de la Guayana Francesa, así que se puede argumentar con toda lógica que si está la bandera de una colonia francesa, debería estar también la de las Falkland: la otra colonia europea en suelo americano. Solución: reemplazar esa bandera por la de Trinidad y Tobago.
Semáforos. Hace años que Posadas tiene la mayoría de los semáforos colocados antes de cruzar la bocacalle y no del otro lado. Gracias a los cambios de mano de algunas avenidas los semáforos han quedado donde deben por pura seredipia y no por disposición de nadie. Los semáforos antes de cruzar la calle hacen que se pierda espacio, ya que solo se pueden ver a una distancia de por lo menos dos autos que entrarían en esos lugares, que para colmo son ocupados por motos, generalmente bastante lentas. Además, casi todas las multas por pasar los semáforos en rojo pueden ser impugnadas, ya que el infractor puede alegar que pasó en verde o en amarillo y se puso rojo mientras pasaba.
Motos. Se está volviendo difícil circular en auto y en moto por las avenidas por la cantidad de motos que las transitan. Si sigue aumentando el número de motos y no se reglamenta su circulación, aumentarán drásticamente los accidentes protagonizados por motociclistas. Al paso que vamos, habrá que dedicar calles y avenidas (o un sector de ellas) exclusivamente para motos.
Bicicletas. También van en aumento y quizá puedan compartir esas calles y avenidas en lugar de usar bicisendas de ocasión, que se armaron sin más infraestructura que un poco de pintura y palitos verticales que obligan a los usuarios a pedalear por un cordón cuneta, sortear bajadas de autos, tachos de basura, alcantarillas y otros obstáculos habituales en nuestras avenidas. Para colmo las bicisendas se trazaron con doble mano en avenidas que ahora son de una sola, así que la mitad de los ciclistas no tienen más remedio que circular a contramano y pasar los semáforos a ciegas.
Taxis. No se puede creer la cantidad de taxis y remises de la ciudad que circulan con las patentes tapadas por una cinta roja. Eso es impunidad obscena.
Relojes. Por vandalismo o por desidia, ningún reloj público de la ciudad da la hora: ni los del centro, ni los de las Costanera, ni el del Mástil. Y un reloj que no da la hora es tan inútil como quienes los pusieron sin prever ni un segundo de mantenimiento. Hay que arreglarlos y mantenerlos, pero si han decidido no hacerlo, lo mejor sería sacarlos y poner árboles en su lugar, que por lo menos darán sombra y la sombra da la hora a los humanos mucho antes de que se inventara el reloj de agujas.
Banderas. Las de los países de Nuestra América que adornan la rotonda de Mitre y la Costanera tienen dos errores. Desde el año 2001, no existen más las letras compuestas, así que las 27 letras de nuestro abecedario son todas simples. La ch y la ll dejaron de existir como letras independientes. Así que en el orden alfabético la ch va adentro y no después de la c. Como consecuencia, Chile va antes y no después de Colombia en el orden de las banderas. Entre esas banderas figura la de la Guayana Francesa, así que se puede argumentar con toda lógica que si está la bandera de una colonia francesa, debería estar también la de las Falkland: la otra colonia europea en suelo americano. Solución: reemplazar esa bandera por la de Trinidad y Tobago.
Semáforos. Hace años que Posadas tiene la mayoría de los semáforos colocados antes de cruzar la bocacalle y no del otro lado. Gracias a los cambios de mano de algunas avenidas los semáforos han quedado donde deben por pura seredipia y no por disposición de nadie. Los semáforos antes de cruzar la calle hacen que se pierda espacio, ya que solo se pueden ver a una distancia de por lo menos dos autos que entrarían en esos lugares, que para colmo son ocupados por motos, generalmente bastante lentas. Además, casi todas las multas por pasar los semáforos en rojo pueden ser impugnadas, ya que el infractor puede alegar que pasó en verde o en amarillo y se puso rojo mientras pasaba.
Motos. Se está volviendo difícil circular en auto y en moto por las avenidas por la cantidad de motos que las transitan. Si sigue aumentando el número de motos y no se reglamenta su circulación, aumentarán drásticamente los accidentes protagonizados por motociclistas. Al paso que vamos, habrá que dedicar calles y avenidas (o un sector de ellas) exclusivamente para motos.
Bicicletas. También van en aumento y quizá puedan compartir esas calles y avenidas en lugar de usar bicisendas de ocasión, que se armaron sin más infraestructura que un poco de pintura y palitos verticales que obligan a los usuarios a pedalear por un cordón cuneta, sortear bajadas de autos, tachos de basura, alcantarillas y otros obstáculos habituales en nuestras avenidas. Para colmo las bicisendas se trazaron con doble mano en avenidas que ahora son de una sola, así que la mitad de los ciclistas no tienen más remedio que circular a contramano y pasar los semáforos a ciegas.
Taxis. No se puede creer la cantidad de taxis y remises de la ciudad que circulan con las patentes tapadas por una cinta roja. Eso es impunidad obscena.
Relojes. Por vandalismo o por desidia, ningún reloj público de la ciudad da la hora: ni los del centro, ni los de las Costanera, ni el del Mástil. Y un reloj que no da la hora es tan inútil como quienes los pusieron sin prever ni un segundo de mantenimiento. Hay que arreglarlos y mantenerlos, pero si han decidido no hacerlo, lo mejor sería sacarlos y poner árboles en su lugar, que por lo menos darán sombra y la sombra da la hora a los humanos mucho antes de que se inventara el reloj de agujas.
28 de noviembre de 2021
El poder, en la unión y no en la división
Solo para compararlas, le recuerdo la elección presidencial del pasado 11 de abril en el Perú. Ese día el candidato de la izquierda, Pedro Castillo, obtuvo el 18,92 % y la de la derecha, Keiko Fujimori, el 13,41 %, y como es lógico con estos números, los demás candidatos estaban muy cerca. En la segunda vuelta –el 6 de junio– ganó Castillo con 50,13 % sobre Keiko con 49,87 % (apenas un cuarto de punto porcentual, formado por tan solo 44.263 votos). Como suele ocurrir con estas diferencias, estuvieron contando y recontando votos hasta pocos días antes de la fecha fijada para la jura del nuevo presidente.
Una vez proclamado vencedor, Pedro Castillo asumió el 28 de julio, pero acto seguido hizo lo contrario de lo que indicaría la prudencia política: armó su gobierno con personajes extremos y no hizo ninguna concesión a la oposición, que, como es evidente, representa la mitad de la población del Perú. Decía entonces, y lo sigo sosteniendo, que es una picardía del sistema de doble vuelta electoral, pensado para ensanchar las diferencias más que para emparejarlas, y así dar más poder al vencedor. Pero la paridad era una posibilidad, y en ese caso lo que indicaría la prudencia política es conseguir el poder en el consenso, armando un gobierno de coalición con políticas acordadas entre las dos posiciones tan opuestas. Pero Castillo no apostó al consenso sino al disenso y en pocos meses de gobierno ya cuenta tres crisis bastante serias y su gestión se está volviendo cuesta arriba. Por más imprudente que parezca, está en pleno derecho de intentarlo: así funciona el sistema presidencial, aunque en el caso del Perú tiene leves reflejos parlamentarios, como el voto de confianza por el que debe pasar todo gabinete de ministros ante el Congreso de la Nación.
Ahora pareciera que en Chile se va a repetir la paridad del Perú en la segunda vuelta de diciembre. Y salga quien salga electo, no parece buena idea radicalizar las posturas. Hasta ahora, y ante la necesidad de ganar los votos moderados, ambos candidatos están volviéndose más parecidos a los votantes tradicionales que llevaron al poder dos veces a Piñera y y otras dos a Bachelet.
Es imposible gobernar solo la mitad de un país. Por eso es necesario acordar; ceder de los dos lados, que es la única forma de ponerse de acuerdo en todo. La lección del Perú debería servir a los chilenos para que el gobierno –de Kast o de Boric– no se vuelva un infierno. Y también es una lección para nosotros, que no estamos pudiendo escapar de dos posturas que solo buscan el poder en la división cuando es evidente que hay que encontrarlo en la unión de los argentinos.
21 de noviembre de 2021
Política que atrasa
Nuestra política atrasa. No digo que vaya para atrás porque ir para atrás es una forma de avanzar, aunque sea hacia otro lado, que es lo mejor que puede pasar cuando uno está equivocado. Estoy diciendo que nuestra política tiene el almanaque de hace por lo menos 40 años. Lógicamente todo esto es discutible, por eso aclaro que se trata de un ensayo, de una tesis que que trataré de demostrar a partir de algunas hipótesis que me parecen suficientes. Se entiende que la política vaya detrás de los cambios sociales, pero no tan atrás. Y lo que no se entiende es que intente contener esos cambios como un dique retiene el agua de un río.
La política es el arte de buscar el bien común y no el bienestar de los políticos. De alcanzar el poder para ocuparse de la felicidad de cada uno y de la sociedad a la que sirve, y no la búsqueda del poder por el poder mismo. El Papa Francisco dedica un capítulo entero –el quinto– de la encíclica Fratelli Tutti a desarrollar esta idea y me consta que años antes de ser Papa llamaba Alta Política a esta idea, y lo pongo con mayúsculas porque se lo merece. Traigo ahora solo esta cita para recordarlo, pero vale la pena que nuestros políticos lean y relean ese capítulo entero por lo menos una vez al año:
Es caridad acompañar a una persona que sufre, y también es caridad todo lo que se realiza, aun sin tener contacto directo con esa persona, para modificar las condiciones sociales que provocan su sufrimiento. Si alguien ayuda a un anciano a cruzar un río, y eso es exquisita caridad, el político le construye un puente, y eso también es caridad. Si alguien ayuda a otro con comida, el político le crea una fuente de trabajo, y ejercita un modo altísimo de la caridad que ennoblece su acción política.
La política debe seguir la voluntad de todos los votantes (los que ganan y los que no) antes de intentar adaptar el pensamiento de ellos al de los políticos. Por eso es curiosos que quienes no ganan una elección intenten a toda costa ganar la siguiente comprando la voluntad de los electores. El clientelismo, todavía habitual en nuestra cultura política, es tan anacrónico como la veda de propaganda y de encuestas días antes de las elecciones, o la prohibición de vender bebidas alcohólicas, o el voto obligatorio, o las listas sábana; y tan antediluviano como fue, durante la mitad del siglo pasado, el voto solo masculino. El voto femenino llegó a nuestro país 40 años después del mal llamado voto universal, secreto y obligatorio de la Ley Sáenz Peña. Quiere decir que oficialmente, y durante por lo menos 40 años, nuestros políticos no consideraron a la mujer dentro del concepto universal... Ya se ve que el atraso no es cosa tan nueva.
Esa brecha, redondeada en 40 años, da una probable cifra del retraso de la política argentina. Lógicamente es una estimación retórica, una licencia que sirve, por ejemplo, para explicar las sorpresas electorales. La política está siempre atrás de los cambios tecnológicos y sociales; no tiene ni idea de lo que pasa por la cabeza del pueblo y mucho menos de la generación más joven. El mismo concepto de clase política es otra muestra. A veces pareciera que viven en una isla de afortunados, o en una pecera de oro, disfrutando de las mieles del poder y completamente alejados de las necesidades del pueblo que representan como gobierno o como oposición, que en esto son iguales.
Y para terminar con las hipótesis, formulo la de los marketineros políticos: esos personajes bien caros, capaces de crear candidatos como un producto que hay que vender a un público medio tonto y bastante aborregado. Elegimos candidatos y no gobernantes, porque el negocio de marketing es ganar elecciones a como dé lugar y sin importar lo que pasa después. Así solo prosperan los proyectos de poder que se imponen a los proyectos de país, de los que la Argentina está huérfana hace bastante más que 40 años.
La política es el arte de buscar el bien común y no el bienestar de los políticos. De alcanzar el poder para ocuparse de la felicidad de cada uno y de la sociedad a la que sirve, y no la búsqueda del poder por el poder mismo. El Papa Francisco dedica un capítulo entero –el quinto– de la encíclica Fratelli Tutti a desarrollar esta idea y me consta que años antes de ser Papa llamaba Alta Política a esta idea, y lo pongo con mayúsculas porque se lo merece. Traigo ahora solo esta cita para recordarlo, pero vale la pena que nuestros políticos lean y relean ese capítulo entero por lo menos una vez al año:
Es caridad acompañar a una persona que sufre, y también es caridad todo lo que se realiza, aun sin tener contacto directo con esa persona, para modificar las condiciones sociales que provocan su sufrimiento. Si alguien ayuda a un anciano a cruzar un río, y eso es exquisita caridad, el político le construye un puente, y eso también es caridad. Si alguien ayuda a otro con comida, el político le crea una fuente de trabajo, y ejercita un modo altísimo de la caridad que ennoblece su acción política.
La política debe seguir la voluntad de todos los votantes (los que ganan y los que no) antes de intentar adaptar el pensamiento de ellos al de los políticos. Por eso es curiosos que quienes no ganan una elección intenten a toda costa ganar la siguiente comprando la voluntad de los electores. El clientelismo, todavía habitual en nuestra cultura política, es tan anacrónico como la veda de propaganda y de encuestas días antes de las elecciones, o la prohibición de vender bebidas alcohólicas, o el voto obligatorio, o las listas sábana; y tan antediluviano como fue, durante la mitad del siglo pasado, el voto solo masculino. El voto femenino llegó a nuestro país 40 años después del mal llamado voto universal, secreto y obligatorio de la Ley Sáenz Peña. Quiere decir que oficialmente, y durante por lo menos 40 años, nuestros políticos no consideraron a la mujer dentro del concepto universal... Ya se ve que el atraso no es cosa tan nueva.
Esa brecha, redondeada en 40 años, da una probable cifra del retraso de la política argentina. Lógicamente es una estimación retórica, una licencia que sirve, por ejemplo, para explicar las sorpresas electorales. La política está siempre atrás de los cambios tecnológicos y sociales; no tiene ni idea de lo que pasa por la cabeza del pueblo y mucho menos de la generación más joven. El mismo concepto de clase política es otra muestra. A veces pareciera que viven en una isla de afortunados, o en una pecera de oro, disfrutando de las mieles del poder y completamente alejados de las necesidades del pueblo que representan como gobierno o como oposición, que en esto son iguales.
Y para terminar con las hipótesis, formulo la de los marketineros políticos: esos personajes bien caros, capaces de crear candidatos como un producto que hay que vender a un público medio tonto y bastante aborregado. Elegimos candidatos y no gobernantes, porque el negocio de marketing es ganar elecciones a como dé lugar y sin importar lo que pasa después. Así solo prosperan los proyectos de poder que se imponen a los proyectos de país, de los que la Argentina está huérfana hace bastante más que 40 años.
14 de noviembre de 2021
Hacia dónde vamos
En la Argentina también discutimos poder, no discutimos proyecto de Nación, no discutimos a dónde vamos, no pensamos a dónde tenemos que ir. No nos podemos poner a pensar juntos, sino que discutimos poder; poder mediático, poder económico, poder político (...) así como los apóstoles discutían quién era el primero, Jesús se desangraba tratando de comunicarse con ellos para que lo entendieran. Así también muchas veces nosotros –y también en la Argentina– caemos en la trampa de las discusiones de poder, sin animarnos a pensar juntos lo esencial, hacia dónde vamos.

Curiosa coincidencia entre Oscar Ojea y Julio Sanguinetti, que hoy, día de elecciones de medio término, me sirven para volver a decir para quien quiera oírlo que la Argentina necesita con urgencia saber a dónde va y quienes debemos decidirlo somos el pueblo de la nación. El pueblo –el verdadero soberano– es el que manda y los candidatos que elige son sus mandatarios. Aunque haya pasado muchas veces en la Argentina, las elecciones no son un cheque en blanco para que los que resulten elegidos hagan con el poder lo que quieran.
Nos hemos acostumbrado considerar las elecciones como el único reflejo democrático de nuestra sociedad y eso nos ha llevado a votar candidatos fabricados para proyectos de poder. Los elegimos para que, una vez ganadas las elecciones, hagan con el poder lo que quieran o ni siquiera sepan qué hacer con el poder que les otorgamos. Por eso dice don Ojea que hay proyectos de poder y no proyectos de país y don Sanguinetti que no vamos a ningún lado porque nuestros políticos suelen ser solo cazadores de poder, para ellos y para sus organizaciones. Supongo que aquí hay responsabilidad compartida de los fabricantes de candidatos, que viven del sistema con muy buenas ganancias, pero ese es otro tema que merece una columna aparte.
Las elecciones no son un concurso ni una lotería y no debieran ser festejadas como si lo fueran. Salir elegido es una responsabilidad muy grande, que debe tener en cuenta la voluntad de todo el pueblo, porque el mensaje de las urnas es completo, del primero al último voto. Así es la democracia.
Nos hemos acostumbrado considerar las elecciones como el único reflejo democrático de nuestra sociedad y eso nos ha llevado a votar candidatos fabricados para proyectos de poder. Los elegimos para que, una vez ganadas las elecciones, hagan con el poder lo que quieran o ni siquiera sepan qué hacer con el poder que les otorgamos. Por eso dice don Ojea que hay proyectos de poder y no proyectos de país y don Sanguinetti que no vamos a ningún lado porque nuestros políticos suelen ser solo cazadores de poder, para ellos y para sus organizaciones. Supongo que aquí hay responsabilidad compartida de los fabricantes de candidatos, que viven del sistema con muy buenas ganancias, pero ese es otro tema que merece una columna aparte.
Las elecciones no son un concurso ni una lotería y no debieran ser festejadas como si lo fueran. Salir elegido es una responsabilidad muy grande, que debe tener en cuenta la voluntad de todo el pueblo, porque el mensaje de las urnas es completo, del primero al último voto. Así es la democracia.
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