Me gusta la idea de una patria sudamericana, grande, libre y hermosa; desarrollada, culta, amable y trascendente. Y amante erótica de la naturaleza. Y respetuosa y hospitalaria con todos los habitantes del mundo, con sus creencias y sus culturas y con quienes habitaron este suelo antes de venir mis abuelos a mezclarse y formar este pueblo variopinto, mestizo y caótico que ama con pasión y no gasta un segundo en el odio a sus semejantes. Me enamora una patria sudamericana tal como la soñaron nuestros libertadores y sueño yo también con que un día se hará realidad.
Como soy optimista, veo muchas veces señales súper interesantes en la política exterior de nuestros gobiernos. Pero tengo que confesar que tantas veces como me alegro por los avances, me desaliento a causa de los desencuentros. Y entonces espero que alguna vez las cosas empiecen a avanzar a buen paso: será cuando los avances superen a los retrocesos en este plan de unión de nuestra América mestiza.
Con todas estas advertencias me dispuse a ver por televisión la reunión extraordinaria de presidentes de la Unión de América del Sur. Confieso que me di un atracón de presidentes y descubrí que la televisión no es solo buena para los partidos de fútbol, las recetas de cocina o las películas nostálgicas. En algún momento me imaginé lo que hubiera ocurrido si se televisaba en vivo y en directo a Bolívar y San Martín en la primera Cumbre Sudamericana del 26 de julio de 1822 en Guayaquil: quizá se parecieran a los de ahora, peleando cada uno por sus ideales cuando la patria era inmensa y el enemigo vivía en un palacio de Madrid. A propósito, y ya que estamos, creo que Guayaquil debería reivindicar para sí la condición de primera sede de una cumbre americana y obligar en el conteo a agregar ese número a las que van contabilizadas.
Vi y oí los discursos y discusiones en el Hotel Llao Llao de Bariloche con una ansiedad desconocida. No me importaron esta vez las diferencias porque sé que tiene que haberlas. Lo único que me preocupó es caer en la cuenta de que quien divide a nuestra América es la droga que se consume en Estados Unidos y Europa. Mientras una mercancía tan pequeña valga tan cara, esto seguirá siendo un berenjenal. Y mientras quienes sufren el flagelo del consumo sigan atacando el tráfico, lo único que harán es aumentar el precio y mejorar el negocio de los traficantes: No se evitan las muertes persiguiendo al fabricante de ataúdes.
Pero eso no es nada y además es casi un lugar común: Resulta que también descubro que los países grandes y perfectos, donde se consume casi toda la droga que se produce en nuestro suelo, fabrican y venden armas eficacísimas para matarse los seres humanos, sobre todo nosotros, los que estamos lejos de ellos… y aquí no quiero nombrar a los países sudamericanos más ricos, que venden armas a sus hermanos más pobres. Si al final aquella discusión de Bariloche parecía una reunión de angelitos con traficantes de drogas y de armas, entreverados por momentos y a ratos distanciados; y que cada cual se ponga el sayo que le quepa, que no estoy yo para sastre de trajes a medida. Fue entonces cuando me pregunté con un nudo en la garganta si no hay nada más urgente en nuestra América querida.
Otra realidad terrible que percibí mientras oía los chistes con segundas intenciones, las guiñadas de ojo y los cuchicheos esporádicos: nadie está dispuesto a hacer ni medio milímetro de lo que exige a su vecino. Y eso no debe ser así. Todos somos celosos para que nadie se meta en nuestros asuntos y todos nos metemos en los asuntos ajenos ¡Vaya canallada! Todos queremos que nos acepten como somos, y maldecimos al mundo porque los demás no son como queremos ¿Estamos locos? Todos queremos imponer nuestras ideas después de decir a los gritos que respetamos las ajenas ¡Muy mal!
Pasarán. Los gobiernos y las personas pasarán como pasaron los que nos precedieron y como pasaremos nosotros. Un día nuestros presidentes de hoy serán un mal o un buen recuerdo. Unos tendrán monumentos y otros una calle periférica en la Ciudad del Olvido. Nuestros países, en cambio, seguirán. Y seguirán cada día más unidos a pesar de sus diferencias. Necesitamos conversar entre nosotros y educar a nuestros pueblos. Lo demás vendrá solo.
7 de septiembre de 2009
10 de agosto de 2009
Federico Peltzer
La muerte de Federico Peltzer, que era más pariente de mi padre por sus madres que por el apellido que compartían, me hizo acordar de mi examen de Economía Política. No sería difícil conseguir la fecha ni el nombre del profesor, de los que no me acuerdo. De la nota sí que me acuerdo.
Habíamos cursado la materia en épocas locas de la Argentina y de la Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires. Ahora sé que épocas locas son casi todas las que viví, pero en aquellos años teníamos esperanzas, aunque pasábamos a los ponchazos de la izquierda montonera a la derecha legionaria. Nos acostumbramos a las asambleas y al gas lacrimógeno y a los tiroteos y a las bombas. Un día en el bar de la planta baja repartieron armas a muchos de los presentes. A José, que tomaba una coca conmigo, lo llamaron para preguntarle que hacía con ese facho.
Rendimos Economía Política con Ricardo, un uruguayo que estudiaba en Buenos Aires porque en Montevideo las cosas andaban también complicadas. La mesa estaba convocada en el Instituto, que controlaba aquella cátedra: un entrepiso al que se accedía desde el pasillo sur de la planta principal, casi llegando al hall de pasos perdidos que da a las vías de Retiro.
La sala estaba llena de estudiantes alrededor de una mesa grande. El tribunal se había instalado a un lado, sobre un estradito en el que había una mesa más chica. En la pared de sus espaldas presidía la sala un gran mapa de la República Argentina. Nos sentamos en un banco corrido, dando la espalda a la pared lateral, a mitad de la sala. De vez en cuando hacíamos comentarios, pero nos habremos puesto cargosos porque el profesor que presidía el tribunal nos miraba de vez en cuando. Entonces nos callábamos un rato. Pero volvíamos a la charla alentados por algún error del que rendía en ese momento o para contestarnos antes entre nosotros, como en los concursos de la televisión. Los exámenes orales en la facultad eran una amansadora, pero agradezco al Cielo haber ligado más de la mitad del alfabeto antes de mi apellido, porque aprendí más oyendo exámenes que en las clases o en los libros.
¡Peltzer, haga el favor de callarse! me gritó ya cansado el profesor canoso, colorado y regordete. Y dijo algunas cosas más sobre el respeto a los profesores y estudiantes que sonaban a bochazo inminente: ahora debía enfrentarme a un profesor enojado que para colmo había hecho gala de conocerme, aunque era la primera vez que lo veía.
Subí al cadalso poco después del altercado. No tuve ni tiempo de pedir perdón ni de rezar mis últimas oraciones. En cuanto me senté, aquel hombrecito me contó que gracias a mi padre acababa de ganar un juicio descomunal... A mi padre el camarista civil que había fallado a favor de su cliente en una causa complicada. Supongo que habrá dicho que el mérito era suyo y todas esas cosas que dicen los mandapartes, pero no lo recuerdo. Si, en cambio, recuerdo que expresó su amistad con Federico -mi padre, el juez- y también que hablaba con una seguridad absoluta sobre mi filiación. Intenté con timidez aclarar el error, pero el verdugo se había vuelto tan verborrágico que no me dejaba meter ni un monosílabo. Lo dejé seguir, con vértigo de muerte, hasta que nos abocamos a la ejecución.
Me señaló entonces el mapa a sus espaldas. “Si la línea de la oferta va de Salta a Bahía Blanca y la de la demanda va de Misiones a Neuquén, ¿dónde queda el precio?” preguntó. “En Córdoba” contesté y me puso un nueve.
Supongo que el punto que falta para el diez fue la penitencia por hablar con Ricardo, porque el examen fue impecable. Con el tiempo averigüé que uno de los hijos de Federico -que mi padre llamaba Marcelo- tiene mi edad y que esos Peltzer de Adrogué, aunque sean parientes lejanos, se nos parecen bastante a los de San Isidro. En la esquela de La Nación veo dos varones que deben tener más o menos mi edad, Federico y Juan Francisco: a uno de ellos le debo toda la Economía Política. A Marcelo, mi tío, lo conocí muchos años después en Posadas, cuando vino a presentar Aquel sagrado suelo.
Habíamos cursado la materia en épocas locas de la Argentina y de la Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires. Ahora sé que épocas locas son casi todas las que viví, pero en aquellos años teníamos esperanzas, aunque pasábamos a los ponchazos de la izquierda montonera a la derecha legionaria. Nos acostumbramos a las asambleas y al gas lacrimógeno y a los tiroteos y a las bombas. Un día en el bar de la planta baja repartieron armas a muchos de los presentes. A José, que tomaba una coca conmigo, lo llamaron para preguntarle que hacía con ese facho.
Rendimos Economía Política con Ricardo, un uruguayo que estudiaba en Buenos Aires porque en Montevideo las cosas andaban también complicadas. La mesa estaba convocada en el Instituto, que controlaba aquella cátedra: un entrepiso al que se accedía desde el pasillo sur de la planta principal, casi llegando al hall de pasos perdidos que da a las vías de Retiro.
La sala estaba llena de estudiantes alrededor de una mesa grande. El tribunal se había instalado a un lado, sobre un estradito en el que había una mesa más chica. En la pared de sus espaldas presidía la sala un gran mapa de la República Argentina. Nos sentamos en un banco corrido, dando la espalda a la pared lateral, a mitad de la sala. De vez en cuando hacíamos comentarios, pero nos habremos puesto cargosos porque el profesor que presidía el tribunal nos miraba de vez en cuando. Entonces nos callábamos un rato. Pero volvíamos a la charla alentados por algún error del que rendía en ese momento o para contestarnos antes entre nosotros, como en los concursos de la televisión. Los exámenes orales en la facultad eran una amansadora, pero agradezco al Cielo haber ligado más de la mitad del alfabeto antes de mi apellido, porque aprendí más oyendo exámenes que en las clases o en los libros.
¡Peltzer, haga el favor de callarse! me gritó ya cansado el profesor canoso, colorado y regordete. Y dijo algunas cosas más sobre el respeto a los profesores y estudiantes que sonaban a bochazo inminente: ahora debía enfrentarme a un profesor enojado que para colmo había hecho gala de conocerme, aunque era la primera vez que lo veía.
Subí al cadalso poco después del altercado. No tuve ni tiempo de pedir perdón ni de rezar mis últimas oraciones. En cuanto me senté, aquel hombrecito me contó que gracias a mi padre acababa de ganar un juicio descomunal... A mi padre el camarista civil que había fallado a favor de su cliente en una causa complicada. Supongo que habrá dicho que el mérito era suyo y todas esas cosas que dicen los mandapartes, pero no lo recuerdo. Si, en cambio, recuerdo que expresó su amistad con Federico -mi padre, el juez- y también que hablaba con una seguridad absoluta sobre mi filiación. Intenté con timidez aclarar el error, pero el verdugo se había vuelto tan verborrágico que no me dejaba meter ni un monosílabo. Lo dejé seguir, con vértigo de muerte, hasta que nos abocamos a la ejecución.
Me señaló entonces el mapa a sus espaldas. “Si la línea de la oferta va de Salta a Bahía Blanca y la de la demanda va de Misiones a Neuquén, ¿dónde queda el precio?” preguntó. “En Córdoba” contesté y me puso un nueve.
Supongo que el punto que falta para el diez fue la penitencia por hablar con Ricardo, porque el examen fue impecable. Con el tiempo averigüé que uno de los hijos de Federico -que mi padre llamaba Marcelo- tiene mi edad y que esos Peltzer de Adrogué, aunque sean parientes lejanos, se nos parecen bastante a los de San Isidro. En la esquela de La Nación veo dos varones que deben tener más o menos mi edad, Federico y Juan Francisco: a uno de ellos le debo toda la Economía Política. A Marcelo, mi tío, lo conocí muchos años después en Posadas, cuando vino a presentar Aquel sagrado suelo.
28 de julio de 2009
El rey
Aquel día me puse un traje con chaleco. Lo odiaba porque es para barrigones: tienen que quedar muy justos para lucirlos y yo era un flaco escopeta al que toda la ropa le quedaba grande. Tenía clase en los sótanos de la Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires. No había materia ni profesor más aburridos y entonces nadie se imaginaba que alguna vez aquel abogado cordobés de apellido gallego y hablar soporífero llegaría a presidente de la Nación.
Pero no me había puesto traje por el derecho procesal. Esos días estaba en Buenos Aires el rey de España y aquella mañana le regalarían el título de doctor en nada. Un honoris causa de cortesía y para que me lo des también a mí, supongo. El chaleco aquel no me debía quedar tan mal porque entré por la puerta grande, la de las columnas dóricas monumentales al final de la escalinata y las puertas musolinianas que dan al inmenso hall de pasos perdidos. Entré como Pancho por su casa hasta el salón de actos, el del cuadro de la fundación de la universidad en la iglesia de San Ignacio. Me senté en la misma butaca de pana colorada en la que había esperado el número 605 que me tocó el día de mi examen de ingreso, cuando rendí toda la historia universal sobre aquel escenario, debajo de Martín Rodríguez y Antonio Sáenz.
En la investidura el rector se afanó con mismos y vuestros como una azafata de Aerolíneas Argentinas. Después, una voz militar leyó el acta policial que estampaba el doctorado a su majestad por sus méritos sobrados en busca de la paz y la concordia de los pueblos. Luego el rey pronunció su clase magistral, preparada por el gost-writer académico. Al final se anunciaron unos sanguchitos en la sala de profesores. Era hora de dejar a los próceres en su rutina oficial, pero al salir me topé con el director del Instituto de Cultura Hispánica, amigo de mis padres. “-¡Gonzalo!”, me llamó “¡qué suerte que te veo!” y me explicó que durante los días de la visita real preparaba temas de conversación para no quedar mudo ante su majestad. Y que uno de esos temas había sido mi abuelo el general y mi madre que vive en la Argentina desde su matrimonio con mi padre. Mi abuelo había sido director de la academia militar de Zaragoza en tiempos del príncipe cadete, que se refugiaba seguido en casa del general para escapar a ciertos amontonamientos molestos de la vida militar.
Me aleccionó en el protocolo real y en la sala de profesores me presentó a su majestad, que tenía curitas en dos o tres dedos de las manos por jugar al squash y no por los flippers de palacio, según me contó después. Creo que hice todo bien porque el rey en persona me presentó a su mujer “-ven que te voy a presentar a la reina” justo cuando le traían un libro de visitas ilustres que sus majestades firmaron como Juan Carlos, Rey y Sofía, Reina.
Cuando el rector de la Universidad decidió con audacia que había llegado el momento de mostrar el edificio al nuevo doctor, solo le señaló el camino. Los reyes se pusieron en marcha hacia la puerta que después de un vestíbulo comunica con el otro gran hall de pasos perdidos, el que mira las vías de Retiro. Esas salas estaban mugrientas y llenas de estudiantes, incluida la Campesina Rusa. Los demás señorones los seguían detrás con los hombros encogidos de espanto. Se me ocurrió entonces que un estudiante sería buen guía por aquel edificio peronista. Así que me acerqué y les pregunté qué les gustaría conocer, con la aclaración presuntuosa de que nadie conocía ese edificio como yo. “Lo que tú digas” contestó don Juan Carlos y le contesté que los llevaría a mi clase.
Así fue como un día entré en mi clase de derecho procesal con un rey de cada lado y se los presenté a Fernando de la Rúa y al resto de mis compañeros.
Pero no me había puesto traje por el derecho procesal. Esos días estaba en Buenos Aires el rey de España y aquella mañana le regalarían el título de doctor en nada. Un honoris causa de cortesía y para que me lo des también a mí, supongo. El chaleco aquel no me debía quedar tan mal porque entré por la puerta grande, la de las columnas dóricas monumentales al final de la escalinata y las puertas musolinianas que dan al inmenso hall de pasos perdidos. Entré como Pancho por su casa hasta el salón de actos, el del cuadro de la fundación de la universidad en la iglesia de San Ignacio. Me senté en la misma butaca de pana colorada en la que había esperado el número 605 que me tocó el día de mi examen de ingreso, cuando rendí toda la historia universal sobre aquel escenario, debajo de Martín Rodríguez y Antonio Sáenz.
En la investidura el rector se afanó con mismos y vuestros como una azafata de Aerolíneas Argentinas. Después, una voz militar leyó el acta policial que estampaba el doctorado a su majestad por sus méritos sobrados en busca de la paz y la concordia de los pueblos. Luego el rey pronunció su clase magistral, preparada por el gost-writer académico. Al final se anunciaron unos sanguchitos en la sala de profesores. Era hora de dejar a los próceres en su rutina oficial, pero al salir me topé con el director del Instituto de Cultura Hispánica, amigo de mis padres. “-¡Gonzalo!”, me llamó “¡qué suerte que te veo!” y me explicó que durante los días de la visita real preparaba temas de conversación para no quedar mudo ante su majestad. Y que uno de esos temas había sido mi abuelo el general y mi madre que vive en la Argentina desde su matrimonio con mi padre. Mi abuelo había sido director de la academia militar de Zaragoza en tiempos del príncipe cadete, que se refugiaba seguido en casa del general para escapar a ciertos amontonamientos molestos de la vida militar.

Cuando el rector de la Universidad decidió con audacia que había llegado el momento de mostrar el edificio al nuevo doctor, solo le señaló el camino. Los reyes se pusieron en marcha hacia la puerta que después de un vestíbulo comunica con el otro gran hall de pasos perdidos, el que mira las vías de Retiro. Esas salas estaban mugrientas y llenas de estudiantes, incluida la Campesina Rusa. Los demás señorones los seguían detrás con los hombros encogidos de espanto. Se me ocurrió entonces que un estudiante sería buen guía por aquel edificio peronista. Así que me acerqué y les pregunté qué les gustaría conocer, con la aclaración presuntuosa de que nadie conocía ese edificio como yo. “Lo que tú digas” contestó don Juan Carlos y le contesté que los llevaría a mi clase.
Así fue como un día entré en mi clase de derecho procesal con un rey de cada lado y se los presenté a Fernando de la Rúa y al resto de mis compañeros.
22 de julio de 2009
La hermana mayora
En el interior del Paraguay piensan en guaraní y dicen que por eso feminizan mayora y menora, sobre todo a las hermanas o a los hijos que tienen esa condición: "-aquí viene la mayora, que está para cumplir los quinces años" dice la madre (con toda lógica si nos oye decir madre superiora y hojas verdes). Y también llaman tambora al tambor, pero cuando lo busqué en el diccionario me entero de que, como casi siempre ocurre, en el campo hablan castellano rabioso.
25 de mayo de 2009
Esta gripe me enferma
En todos los aeropuertos latinoamericanos hay una monjita. A veces dos, o más todavía. En el de Buenos Aires, además, siempre hay un rabino. Bueno, yo les digo rabino, con respeto y admiración, a los judíos de traje y sombrero negros y camisa blanca y ya sé que son Lubavitch. Pero ni las monjitas ni los lubavitches se salvaron esta vez de la gripe porcina, la que se nos pegó del chancho y justo en algún lugar de México por estricta casualidad. En seguida unos castigaron a México y otros a los cerdos, que también son inocentes.
Llevo unas semanas de aviones y aeropuertos y la cosa está muy pesada. Las lindas azafatas de mostrador se han vuelto cirujanas, con barbijo y guantes y un bolígrafo para extraer apéndices y cambiar válvulas del corazón de los pasajeros. Los changarines y emplasticadores de maletas se convirtieron en bandidos asaltantes de diligencias. En la Argentina, para mantener nuestro estilo nacional, casi ningún empleado del aeropuerto tiene puesto el barbijo donde debe ser: lo llevan en el cuello, como los motoqueros llevan el casco ensartado en el brazo por la visera. Y hacen con los ojos muecas de “¡lo que tenemos que aguantar!”
Siempre hubo que rellenar un par de formularios de esos en los que hay que encajar el nombre en cuatro casilleros y el sexo en diecisiete: preguntan si uno piensa atentar contra el vicepresidente de la nación o si trae un oso polar entre sus pertenencias. Ahora han sumado otro en el que hay que consignar si le duelen los ojos, si ha sentido escalofríos adentro de los huesos y si se ha estado besando con extraños. No deben creer una palabra de la declaración jurada porque después miden la temperatura con un rayo infrarrojo de esos para encontrar vietcongs en la oscuridad. Y preguntan en qué asiento viajó y el número de celular, por las dudas haya que guardarlo en cuarentena en la Isla de los Estados.
La gripe porcina ha complicado los viajes, pero no tanto como la estupidez colectiva. Ha conseguido exacerbar la histeria generalizada de los habitantes de los aeropuertos, de los comunicólogos estupidizados y de los imbéciles consuetudinarios. Ahora sabemos que lo que se dice gripe -sin adjetivos ni nacionalidades- mata a 36.000 norteamericanos por año... sin contar a los chinos de la China o indios de la India que mueren con la misma gripe que nos toca a todos y que algunos pasan de pié sin más curas que un poco de paracetamol.
“Durará lo que dure en los informativos” leí de ojito en la contratapa de La Vanguardia en el aeropuerto de Barcelona. Dice el doctor entrevistado -un tal Amiguet- que esta gripe es más benigna de lo que imaginaba en un principio, que está resultando suave, poco contagiosa y poco peligrosa. Los cientos de miles de muertos anuales por gripe no merecen ni un segundo de televisión ni un titular de periódico, ni siquiera en Internet; pero ésta, justo ésta, merece que nos alarmen por la televisión los presidentes, reyes y primeros ministros. Y termina pidiendo que utilicemos el circuito neuronal de la razón y el sentido común humanos y que bloqueemos el centro neuronal del miedo que compartimos con los animales.
¿Habrá algún negocio detrás? Seguro, pero no son los fabricantes de barbijos o los laboratorios: esos aprovechan la volada como los vendedores de paraguas bailan cuando llueve. El negocio de la gripe no es la medicina sino la anestesia, pero la anestesia colectiva, la que duerme al pueblo. Si hay un tema en la agenda informativa que tapa los escándalos y la corrupción hay que inflarlo como un globo aerostático. Desde entonces sospecho que los funcionarios que hablan de mucho de la gripe mexicana están desviando la atención al cerdo. Y ya se sabe que la culpa no es del chancho.
Llevo unas semanas de aviones y aeropuertos y la cosa está muy pesada. Las lindas azafatas de mostrador se han vuelto cirujanas, con barbijo y guantes y un bolígrafo para extraer apéndices y cambiar válvulas del corazón de los pasajeros. Los changarines y emplasticadores de maletas se convirtieron en bandidos asaltantes de diligencias. En la Argentina, para mantener nuestro estilo nacional, casi ningún empleado del aeropuerto tiene puesto el barbijo donde debe ser: lo llevan en el cuello, como los motoqueros llevan el casco ensartado en el brazo por la visera. Y hacen con los ojos muecas de “¡lo que tenemos que aguantar!”
La gripe porcina ha complicado los viajes, pero no tanto como la estupidez colectiva. Ha conseguido exacerbar la histeria generalizada de los habitantes de los aeropuertos, de los comunicólogos estupidizados y de los imbéciles consuetudinarios. Ahora sabemos que lo que se dice gripe -sin adjetivos ni nacionalidades- mata a 36.000 norteamericanos por año... sin contar a los chinos de la China o indios de la India que mueren con la misma gripe que nos toca a todos y que algunos pasan de pié sin más curas que un poco de paracetamol.
“Durará lo que dure en los informativos” leí de ojito en la contratapa de La Vanguardia en el aeropuerto de Barcelona. Dice el doctor entrevistado -un tal Amiguet- que esta gripe es más benigna de lo que imaginaba en un principio, que está resultando suave, poco contagiosa y poco peligrosa. Los cientos de miles de muertos anuales por gripe no merecen ni un segundo de televisión ni un titular de periódico, ni siquiera en Internet; pero ésta, justo ésta, merece que nos alarmen por la televisión los presidentes, reyes y primeros ministros. Y termina pidiendo que utilicemos el circuito neuronal de la razón y el sentido común humanos y que bloqueemos el centro neuronal del miedo que compartimos con los animales.
¿Habrá algún negocio detrás? Seguro, pero no son los fabricantes de barbijos o los laboratorios: esos aprovechan la volada como los vendedores de paraguas bailan cuando llueve. El negocio de la gripe no es la medicina sino la anestesia, pero la anestesia colectiva, la que duerme al pueblo. Si hay un tema en la agenda informativa que tapa los escándalos y la corrupción hay que inflarlo como un globo aerostático. Desde entonces sospecho que los funcionarios que hablan de mucho de la gripe mexicana están desviando la atención al cerdo. Y ya se sabe que la culpa no es del chancho.
4 de marzo de 2009
Darwinion
Debe haber pocos lugares en el mundo con una geografía tan borgeana como el Barrio Parque Aguirre de San Isidro. Las calles circulares se cruzan hasta dos o tres veces entre sí o se vuelven tangentes, sin casi molestarse. Forman un laberinto en el que pocos saben cómo encontrar una casa o salir del barrio y los taxistas no quieren entrar, asustados por las horas que perderán buscando la avendia Libertador. A la noche hay que usar las piedritas de Hansel y Grettel...
Pero hay un lugar que solo se encuentra cuando uno ya está perdido: un pequeño palacio estilo art deco que nadie sabe qué hace allí. Una pesadilla para todos, pero en especial para mi madre que lo tenía por templo de una religión extraña, potenciado el misterio por la sombra pesada de las tipas y las plantas salvajes que lo rodean. En el portal unas letrotas apretadas de palo seco dicen DARWINION.
Años después Marcelo Vázquez -un amigo biólogo con quien compartimos república cuando éramos estudiantes- trabajó en el Darwinion. Entonces supe que aquello era un instituto de botánica. Después de graduarse, Marcelo investigó allí unos ficus y la avispita que los fecunda. Viajaba a la selva vestido de Indiana Jones con una ballesta de Guillermo Tell que le permitía bajar las ramas de los árboles para llevarse muestras a su herbario. Esos árboles inmensos solo pueden reproducirse si el insecto preciso que le corresponde -ninguna otra especie ni género- anida en su fruto. Por eso, me explicaba Marcelo, no se reproducen los gomeros gigantes de Buenos Aires, los que mandó traer Sarmiento de la India: las avispitas no resisten el desarraigo y se quedan en la India o se mueren por el estrés del viaje.
Volví a encontrarme con Charles Darwin en las islas Galápagos hace unos pocos días, entre el vaivén materno de las olas y el arrullo abrigado del motor: los barcos son máquinas perfectas de dormir. En mi equipaje llevaba una edición antigua de El viaje del Beagle. Se cumplían 200 años, casi día por día, de su nacimiento y el de su mellizo Abraham Lincoln. En nuestro Beagle con GPS y yaccuzi viajaban también dos matrimonios argentinos, de la casi desconocida localidad de Punta Alta. Desconocida para todo el mundo menos para Darwin, que descubrió allí más fósiles que en ningún otro sitio de su jornada alrededor del mundo: le sorprendía comparar los armadillos vivos con los gliptodontes desenterrados en la ría de Bahía Blanca. Coincidencias de la vida porque aquellos paisanos no tenían ni idea del parentesco darwiniano de las islas con su pueblo.
Un dentista de urgencias me aseguró una vez que mi generación era la última con muelas del juicio: los más jóvenes ya vienen si ellas. Justo a mi me había tocado ser la bisagra de este cambio fenomenal en la especie humana que hace dos millones de años necesitaba más muelas que ahora para desgarrar mamuts. Maldije la manía de meterse en medio del proceso: si nos hubieran dejado evolucionar tranquilos, como a los armadillos en sus pastizales, me libraba de la escabechina en cuatro ocasiones.
Con las tortugas de las islas pasa lo mismo porque crecieron a sus anchas sin las ansiedades humanas. Son las mismas del pet-shop de la esquina, pero grandes y pesadas como un becerro. Estoy seguro de que si las alimentamos unos 400 años, las de Santiago del Estero se ponen como un caballo. Por cierto, en España llamaban galápagos a las tortugas antes de que aparecieran por allí los romanos y así le dicen también a una montura tan incómoda como un carapacho.
Unos exploradores que recorrían la isla Pinta en 1972 notaron que se movían los palosantos y así se encontraron con George, sobreviviente de la subespecie aislada hacía miles de siglos y extinguida por culpa de las cabras que alguien llevó allí cuando se cansó de comer tortuga. Se lo llevaron a la reserva de Puerto Ayora, en Santa Cruz, a ver si se reproducía con unas amigas de otra subespecie que le presentaron. Cada vez que las hembras ponen huevos hay que esperar a ver si el Solitario George hizo bien su parte: hasta hoy parece que ni las toca y eso que tiene apenas unos 120 años. Quizá sea porque también le tocó la bisagra de la evolución y las tortugas que le arriman se le antojan armadillos.
Pero hay un lugar que solo se encuentra cuando uno ya está perdido: un pequeño palacio estilo art deco que nadie sabe qué hace allí. Una pesadilla para todos, pero en especial para mi madre que lo tenía por templo de una religión extraña, potenciado el misterio por la sombra pesada de las tipas y las plantas salvajes que lo rodean. En el portal unas letrotas apretadas de palo seco dicen DARWINION.
Años después Marcelo Vázquez -un amigo biólogo con quien compartimos república cuando éramos estudiantes- trabajó en el Darwinion. Entonces supe que aquello era un instituto de botánica. Después de graduarse, Marcelo investigó allí unos ficus y la avispita que los fecunda. Viajaba a la selva vestido de Indiana Jones con una ballesta de Guillermo Tell que le permitía bajar las ramas de los árboles para llevarse muestras a su herbario. Esos árboles inmensos solo pueden reproducirse si el insecto preciso que le corresponde -ninguna otra especie ni género- anida en su fruto. Por eso, me explicaba Marcelo, no se reproducen los gomeros gigantes de Buenos Aires, los que mandó traer Sarmiento de la India: las avispitas no resisten el desarraigo y se quedan en la India o se mueren por el estrés del viaje.
Volví a encontrarme con Charles Darwin en las islas Galápagos hace unos pocos días, entre el vaivén materno de las olas y el arrullo abrigado del motor: los barcos son máquinas perfectas de dormir. En mi equipaje llevaba una edición antigua de El viaje del Beagle. Se cumplían 200 años, casi día por día, de su nacimiento y el de su mellizo Abraham Lincoln. En nuestro Beagle con GPS y yaccuzi viajaban también dos matrimonios argentinos, de la casi desconocida localidad de Punta Alta. Desconocida para todo el mundo menos para Darwin, que descubrió allí más fósiles que en ningún otro sitio de su jornada alrededor del mundo: le sorprendía comparar los armadillos vivos con los gliptodontes desenterrados en la ría de Bahía Blanca. Coincidencias de la vida porque aquellos paisanos no tenían ni idea del parentesco darwiniano de las islas con su pueblo.

Con las tortugas de las islas pasa lo mismo porque crecieron a sus anchas sin las ansiedades humanas. Son las mismas del pet-shop de la esquina, pero grandes y pesadas como un becerro. Estoy seguro de que si las alimentamos unos 400 años, las de Santiago del Estero se ponen como un caballo. Por cierto, en España llamaban galápagos a las tortugas antes de que aparecieran por allí los romanos y así le dicen también a una montura tan incómoda como un carapacho.
Unos exploradores que recorrían la isla Pinta en 1972 notaron que se movían los palosantos y así se encontraron con George, sobreviviente de la subespecie aislada hacía miles de siglos y extinguida por culpa de las cabras que alguien llevó allí cuando se cansó de comer tortuga. Se lo llevaron a la reserva de Puerto Ayora, en Santa Cruz, a ver si se reproducía con unas amigas de otra subespecie que le presentaron. Cada vez que las hembras ponen huevos hay que esperar a ver si el Solitario George hizo bien su parte: hasta hoy parece que ni las toca y eso que tiene apenas unos 120 años. Quizá sea porque también le tocó la bisagra de la evolución y las tortugas que le arriman se le antojan armadillos.
11 de enero de 2009
Hurto famélico
Un fin de semana largo del invierno de 1967 nos fuimos de campamento a la quinta Canale de Bella Vista. Seríamos cinco o seis, de unos trece años. No curtíamos de boy scouts, pero lo éramos y de la patrulla de los Bisontes de la tropa de La Lucila. La moda entonces y creo que también ahora consistía en parecer zaparrastrosos y mal entrazados. Ninguno de nosotros tenía pinta de explorador y no usábamos, jamás, el uniforme.
Pero aquel fin de semana había que ganar puntos y por eso decidimos hacer algo. No teníamos un peso, así que nos aprovisionamos en nuestras casas según un plan bastante bien trazado para resistir en las carpas en Bella Vista y jugar a las cartas y cocinar polenta y hacer alguna tropelía por los alrededores y volver victoriosos para enrostrar a los Zorros quiénes eran los mejores. Entonces yo era el jefe de la patrulla por renuncia de mi antecesor.
Viajamos en tren. Primero el Mitre hasta Retiro y luego el San Martín hasta Bella Vista, que entonces se llamaba Teniente General Pablo Ricchieri. Desde allí caminamos varios kilómetros hasta la quinta, que quedaba un trecho largo después de pasar la calle Gaspar Campos, en medio del campo, como su nombre lo indica. Era una chacra de la familia Canale que el dueño prestaba para campamentos, igual que la chacra Gallardo o algún regimiento de Campo de Mayo. Hacía un frío de pelarse: como en todos los campamentos de invierno lo difícil era pasar la noche en una tienda con el olor arrugado y húmedo de meses de desván.
Cuando nos levantamos al día siguiente, entre la bruma congelada de la madrugada y el olor concentrado de pis de vaca, descubrimos que los chanchos de don Canale nos habían comido nuestras provisiones. Habían lamido los platos y las ollas como un lavadero a presión. No nos quedaba ni plata ni comida y había que aguantar hasta el domingo a la tarde si no queríamos perder los puntos ni caer en el ridículo absoluto. Así que nos organizamos como la banda de Jesse James y caímos sobre el pueblo de Bella Vista...
Había que conseguir, por los medios que fuera, algo para comer esos días. Valía todo porque la necesidad lo exigía, pero lo suyo era mendigar a los almaceneros alguna prepizza, arroz, fideos o leche que nos permitiera subsitir. Nos dispersamos al entrar al pueblo y nos volvimos a encontrar en la estación a una hora señalada para volver al campamento con lo que consiguiéramos. Todos, menos Jorge Fernández Alonso, nos dedicamos con esmero a robar cosillas de almacenes, quioscos y supermercados. Nada de polenta: chocolates, mantecol, latas de paté, sardinas... y ropa. Nos probamos remeras y nos las llevamos puestas. Jorge -a quien llamábamos Frito- se hizo amigo de un almacenero que le dio de comer en su casa y lo llenó de regalos. Allí fuimos con nuestro botín a recoger más vituallas.
Después aprendí lo que era el hurto famélico. En la Facultad de Derecho y en la estación Retiro de Buenos Aires.
Un día de 1971 volvía en tren de San Isidro a Buenos Aires bastante tarde. El hambre y las ganas de comer un buen pebete de jamón y queso se juntaron de repente, así que me senté en el banco de los grandes de un bar alargado del gran hall de la estación Retiro. Gente de la noche tomaba grapas o ginebras y hablaría de fútbol o de mujeres o de carreras de caballos con la curiosa experiencia sabelotodo de los porteños, siempre lista para nunca decir que no sabe y que tampoco tiene la culpa. Cuando me trajeron mi cocacola y mi sándwich, un chiquito que no había visto se lo llevó como un relámpago. Mi propia distracción me apartó del cuidado de la botella que se tomó su hermanita, despreocupada y lo más campante, mientras caminaba para el otro lado.
Bien hecho. Por las remeras de Bella Vista.
Pero aquel fin de semana había que ganar puntos y por eso decidimos hacer algo. No teníamos un peso, así que nos aprovisionamos en nuestras casas según un plan bastante bien trazado para resistir en las carpas en Bella Vista y jugar a las cartas y cocinar polenta y hacer alguna tropelía por los alrededores y volver victoriosos para enrostrar a los Zorros quiénes eran los mejores. Entonces yo era el jefe de la patrulla por renuncia de mi antecesor.
Viajamos en tren. Primero el Mitre hasta Retiro y luego el San Martín hasta Bella Vista, que entonces se llamaba Teniente General Pablo Ricchieri. Desde allí caminamos varios kilómetros hasta la quinta, que quedaba un trecho largo después de pasar la calle Gaspar Campos, en medio del campo, como su nombre lo indica. Era una chacra de la familia Canale que el dueño prestaba para campamentos, igual que la chacra Gallardo o algún regimiento de Campo de Mayo. Hacía un frío de pelarse: como en todos los campamentos de invierno lo difícil era pasar la noche en una tienda con el olor arrugado y húmedo de meses de desván.
Cuando nos levantamos al día siguiente, entre la bruma congelada de la madrugada y el olor concentrado de pis de vaca, descubrimos que los chanchos de don Canale nos habían comido nuestras provisiones. Habían lamido los platos y las ollas como un lavadero a presión. No nos quedaba ni plata ni comida y había que aguantar hasta el domingo a la tarde si no queríamos perder los puntos ni caer en el ridículo absoluto. Así que nos organizamos como la banda de Jesse James y caímos sobre el pueblo de Bella Vista...
Había que conseguir, por los medios que fuera, algo para comer esos días. Valía todo porque la necesidad lo exigía, pero lo suyo era mendigar a los almaceneros alguna prepizza, arroz, fideos o leche que nos permitiera subsitir. Nos dispersamos al entrar al pueblo y nos volvimos a encontrar en la estación a una hora señalada para volver al campamento con lo que consiguiéramos. Todos, menos Jorge Fernández Alonso, nos dedicamos con esmero a robar cosillas de almacenes, quioscos y supermercados. Nada de polenta: chocolates, mantecol, latas de paté, sardinas... y ropa. Nos probamos remeras y nos las llevamos puestas. Jorge -a quien llamábamos Frito- se hizo amigo de un almacenero que le dio de comer en su casa y lo llenó de regalos. Allí fuimos con nuestro botín a recoger más vituallas.
Después aprendí lo que era el hurto famélico. En la Facultad de Derecho y en la estación Retiro de Buenos Aires.
Un día de 1971 volvía en tren de San Isidro a Buenos Aires bastante tarde. El hambre y las ganas de comer un buen pebete de jamón y queso se juntaron de repente, así que me senté en el banco de los grandes de un bar alargado del gran hall de la estación Retiro. Gente de la noche tomaba grapas o ginebras y hablaría de fútbol o de mujeres o de carreras de caballos con la curiosa experiencia sabelotodo de los porteños, siempre lista para nunca decir que no sabe y que tampoco tiene la culpa. Cuando me trajeron mi cocacola y mi sándwich, un chiquito que no había visto se lo llevó como un relámpago. Mi propia distracción me apartó del cuidado de la botella que se tomó su hermanita, despreocupada y lo más campante, mientras caminaba para el otro lado.
Bien hecho. Por las remeras de Bella Vista.
7 de noviembre de 2008
A freír buñuelos
“Adolescentes ¿ellos o nosotros?” gritaba rebelde el título de una revista que tuve en mis manos por los años 60, cuando yo lo era sin remedio. Creo que el autor era Rodolfo Patuel, un tipo que llegó a pensar mucho y que se nos murió pronto. En aquellos días éramos rebeldes a los catorce y entusiasmaba endilgarle a los mayores su condición bastante precaria, por lo pronto más que la nuestra, a juzgar por el contenido del artículo. Al final concluía que los verdaderos adolescentes son los mayores porque les pasa lo mismo que a los que lo son por derecho propio, pero multiplicado por su edad.
Todavía los semiólogos discuten la etimología de la palabra. Parece que no viene de adolecer que según los diccionarios significa "...padecer alguna dolencia habitual; caer enfermo; tener o estar sujeto a vicios, pasiones o afectos, o tener malas cualidades, causar enfermedad o dolencia". Es decir que los adolescentes serían gentes a las que les faltan plata, aptitudes y hasta salud. Carestía de lo que fuera era lo que nos vendían entonces. Pero ahora resulta que entre los romanos la adolescentia no era una edad en la que se adolecía de algo o se sufriera. Dicen que en latín la palabra proviene del verbo adolesco, que no deriva de ad y doleo, sino de ad y oleo, un verbo que expresa la idea del ungido, "del crepitar de los fuegos sagrados; los que llevan y transmiten el fuego; el crecer, desarrollarse, desenvolverse la razón, el ardor". Los semiólogos son capaces de engañarnos a todos...
Sean tipos que carezcan de razón o de salud o se abrasen en el fuego sagrado, que es tres cuartos de lo mismo, se puede descubrir a un adolescente más por sus desplantes que por sus padecimientos. Son las respuestas adolescentes las que me están preocupando en nuestra América trasnochada de ideologías. Pero resulta que no son los verdaderos adolescentes los que las formulan.
Si fuéramos más pragmáticos mandaríamos a freír buñuelos a los que nos argumentan con razonamientos de teenagers aunque tengan edad para regalar. Como si la respuesta fuera suficiente y hasta sabia, nos quedamos tal cual, como antes de preguntar, porque no nos contestaron nada. Es la señal de los ideólogos latinoamericanos en casi todas las discusiones, igual en las cumbres de jefes de estado que en los abismos de la adolescencia nostálgica de pensamiento. Lo que resulta es un diálogo de sordos, o de mudos, que para el caso es lo mismo. Incoherencia fatal que vuelve estéril la reunión más pintada. Y así seguimos, sin avanzar ni retroceder.
Contesta como adolescente el sofista de barricada que se enfrenta con la policía que le exige que libere la ruta y argumenta que es más delito hambrear al pueblo con políticas neoliberales. Y el ideólogo de café y vino tinto que zafa con un “no le parece que debería hacerle esa pregunta al gobierno”. O el presidente que raja “usted es un mandado y se lo voy a demostrar” en lugar de contestar la pregunta con una respuesta adecuada a su obligación de funcionario público.
Pero resulta que últimamente muchos periodistas nos quedamos –me meto en el ruedo- con la respuesta quinceañera como si fuera buena y coherente. Y las escribimos en el diario o las difundimos por radio y televisión ¡como si fueran inteligentes! Cuando presidentes, gobernadores, diputados o intendentes salen con evasivas de adolescentes resulta que los periodistas no repreguntamos ni les exigimos que nos contesten la pregunta. Lo que indica que los periodistas nos volvemos a veces tan adolescentes como ellos. O peor: que nos tragamos los sapos de la política como se los tragan ellos... Nos cuadran estas magníficas palabras –también en primera persona- del viejo hijueputa de Allen Neuharth: “los periodistas nos vamos demasiado de copas con nuestras fuentes y acabamos convertidos en ellos, apresados en el síndrome de Estocolmo”.
Si. Deberíamos mandarlos a freír buñuelos en lugar de tomar copas con ellos.
Todavía los semiólogos discuten la etimología de la palabra. Parece que no viene de adolecer que según los diccionarios significa "...padecer alguna dolencia habitual; caer enfermo; tener o estar sujeto a vicios, pasiones o afectos, o tener malas cualidades, causar enfermedad o dolencia". Es decir que los adolescentes serían gentes a las que les faltan plata, aptitudes y hasta salud. Carestía de lo que fuera era lo que nos vendían entonces. Pero ahora resulta que entre los romanos la adolescentia no era una edad en la que se adolecía de algo o se sufriera. Dicen que en latín la palabra proviene del verbo adolesco, que no deriva de ad y doleo, sino de ad y oleo, un verbo que expresa la idea del ungido, "del crepitar de los fuegos sagrados; los que llevan y transmiten el fuego; el crecer, desarrollarse, desenvolverse la razón, el ardor". Los semiólogos son capaces de engañarnos a todos...
Sean tipos que carezcan de razón o de salud o se abrasen en el fuego sagrado, que es tres cuartos de lo mismo, se puede descubrir a un adolescente más por sus desplantes que por sus padecimientos. Son las respuestas adolescentes las que me están preocupando en nuestra América trasnochada de ideologías. Pero resulta que no son los verdaderos adolescentes los que las formulan.
Si fuéramos más pragmáticos mandaríamos a freír buñuelos a los que nos argumentan con razonamientos de teenagers aunque tengan edad para regalar. Como si la respuesta fuera suficiente y hasta sabia, nos quedamos tal cual, como antes de preguntar, porque no nos contestaron nada. Es la señal de los ideólogos latinoamericanos en casi todas las discusiones, igual en las cumbres de jefes de estado que en los abismos de la adolescencia nostálgica de pensamiento. Lo que resulta es un diálogo de sordos, o de mudos, que para el caso es lo mismo. Incoherencia fatal que vuelve estéril la reunión más pintada. Y así seguimos, sin avanzar ni retroceder.
Contesta como adolescente el sofista de barricada que se enfrenta con la policía que le exige que libere la ruta y argumenta que es más delito hambrear al pueblo con políticas neoliberales. Y el ideólogo de café y vino tinto que zafa con un “no le parece que debería hacerle esa pregunta al gobierno”. O el presidente que raja “usted es un mandado y se lo voy a demostrar” en lugar de contestar la pregunta con una respuesta adecuada a su obligación de funcionario público.
Pero resulta que últimamente muchos periodistas nos quedamos –me meto en el ruedo- con la respuesta quinceañera como si fuera buena y coherente. Y las escribimos en el diario o las difundimos por radio y televisión ¡como si fueran inteligentes! Cuando presidentes, gobernadores, diputados o intendentes salen con evasivas de adolescentes resulta que los periodistas no repreguntamos ni les exigimos que nos contesten la pregunta. Lo que indica que los periodistas nos volvemos a veces tan adolescentes como ellos. O peor: que nos tragamos los sapos de la política como se los tragan ellos... Nos cuadran estas magníficas palabras –también en primera persona- del viejo hijueputa de Allen Neuharth: “los periodistas nos vamos demasiado de copas con nuestras fuentes y acabamos convertidos en ellos, apresados en el síndrome de Estocolmo”.
Si. Deberíamos mandarlos a freír buñuelos en lugar de tomar copas con ellos.
3 de noviembre de 2008
La venganza de don Julio
El presidente de la Asociación del Fútbol Argentino se fregó en todas las opiniones y eligió a Maradona como director técnico de la selección nacional. Raro porque estaba peleado con el astro, pero no tan raro si se sabe que era el único modo de jorobarlo a Carlos Bianchi, con quien está más peleado todavía. Es decir que la elección de Diego Maradona no es para ganar el campeonato mundial de la FIFA ni la copa América: es para molestar al que realmente puede ganarlos. Parece que a don Julio Grondona no le interesa ganar otra cosa que no sea plata, mucha plata.
Hay que decirlo con todas las letras. Aunque sea el mejor jugador de fútbol que haya tenido jamás la Argentina, Diego Armando Maradona es un adicto maleducado y pendenciero.
Maradonas hay por todos lados. Son esos astros que se malogran, mareados por el éxito y quizá por una falta congénita de resto moral para enfrentarse con el dinero y la fama. A eso se suman los malos amigos (las malas compañías se decía en mi adolescencia) que solo sirven para la diversión y el trago. Pero aunque haya muchos maradonas, hay muchos más ídolos ejemplares a quienes el éxito no se les sube a la cabeza, no se creen dioses ni desafían al planeta. Usan el dinero para ellos y para otros que lo necesitan más que ellos. Se ocupan de sus familias y de su salud. Saben que la suerte y el esfuerzo los han puesto en el pedestal de la fama y que muchos jóvenes los imitarán. Eso los alienta a comportarse como personas y no como animales (con el perdón de todos ellos).
Es fácil imaginar a don Julio Grondona haciendo migas con Alfio Basile porque son tal para cual, hasta en el modo de hablar aguardentoso y sobrador. Carlos Bianchi no encaja en ese casillero: ese estilo no le va al mejor técnico argentino, capaz de sacar campeón lo que le pongan delante. Por eso había un peligro después de la renuncia de Basile a la selección nacional. Todos lo sabíamos. Hasta el periodismo deportivo, que sabe aprovechar los exabruptos y la idiotez, hizo fuerza para que, a pesar de sus diferencias con Grondona, sea Bianchi quien reemplace a Basile. Salía primero en todas las votaciones y aporto que no sería una mala idea elegir al seleccionador nacional por el voto popular, como a los presidentes y gobernadores.
Pero ocurrió lo inevitable. No podía ser de otro modo. Es la histeria nacional que malogra nuestro futuro una y otra vez. Hace tiempo que la Argentina actúa colectivamente como si alguien le hubiera envenenado la voluntad. Elegimos el insulto en lugar de la sabiduría, el show en lugar del trabajo, la vanidad en lugar de la humildad, el alarido en lugar de la calma, la guerra en lugar de la paz... Si la selección Argentina tenía alguna posibilidad de ganar el próximo campeonato del mundo, ahora lo que tiene es la gran oportunidad de convertirse en un cabaret de primer orden. Con mercadería de la mejor calidad, de esa que sólo consiguen nuestros astros idolatrados. Diversión no va a faltar. Ni excentricidades. Ni dinero que las pague para alimentar al empobrecido público nacional. Por eso Maradona era también el candidato de los Kirchner.
Alguien dijo que no había otra salida y que nadie quiere dirigir la selección contra la opinión de Maradona, porque escorcha al más pintado con sus comentarios repetidos hasta el infinito por todos los medios del país. Es otro vicio nacional: no tener agallas para enfrentarse contra la estupidez bobalicona de los famosos.
Pero hay todavía otra explicación... terrible. Es evidente que el vértigo de la fama le hace un daño incalculable a Diego Armando Maradona. Tanto que lo ha llevado más de una vez hasta el umbral de su mausoleo, eso sí, acompañado de toda la imbecilidad nacional. Julio Grondona no puede no saberlo y a pesar de ello acaba de elegirlo en la anciana soledad de su gobierno despótico de la Asociación del Fútbol Argentino. Para nombrarlo ha tenido que hacer las paces con el astro. Algunos dicen que es la venganza de don Julio.
Hay que decirlo con todas las letras. Aunque sea el mejor jugador de fútbol que haya tenido jamás la Argentina, Diego Armando Maradona es un adicto maleducado y pendenciero.
Maradonas hay por todos lados. Son esos astros que se malogran, mareados por el éxito y quizá por una falta congénita de resto moral para enfrentarse con el dinero y la fama. A eso se suman los malos amigos (las malas compañías se decía en mi adolescencia) que solo sirven para la diversión y el trago. Pero aunque haya muchos maradonas, hay muchos más ídolos ejemplares a quienes el éxito no se les sube a la cabeza, no se creen dioses ni desafían al planeta. Usan el dinero para ellos y para otros que lo necesitan más que ellos. Se ocupan de sus familias y de su salud. Saben que la suerte y el esfuerzo los han puesto en el pedestal de la fama y que muchos jóvenes los imitarán. Eso los alienta a comportarse como personas y no como animales (con el perdón de todos ellos).
Es fácil imaginar a don Julio Grondona haciendo migas con Alfio Basile porque son tal para cual, hasta en el modo de hablar aguardentoso y sobrador. Carlos Bianchi no encaja en ese casillero: ese estilo no le va al mejor técnico argentino, capaz de sacar campeón lo que le pongan delante. Por eso había un peligro después de la renuncia de Basile a la selección nacional. Todos lo sabíamos. Hasta el periodismo deportivo, que sabe aprovechar los exabruptos y la idiotez, hizo fuerza para que, a pesar de sus diferencias con Grondona, sea Bianchi quien reemplace a Basile. Salía primero en todas las votaciones y aporto que no sería una mala idea elegir al seleccionador nacional por el voto popular, como a los presidentes y gobernadores.
Pero ocurrió lo inevitable. No podía ser de otro modo. Es la histeria nacional que malogra nuestro futuro una y otra vez. Hace tiempo que la Argentina actúa colectivamente como si alguien le hubiera envenenado la voluntad. Elegimos el insulto en lugar de la sabiduría, el show en lugar del trabajo, la vanidad en lugar de la humildad, el alarido en lugar de la calma, la guerra en lugar de la paz... Si la selección Argentina tenía alguna posibilidad de ganar el próximo campeonato del mundo, ahora lo que tiene es la gran oportunidad de convertirse en un cabaret de primer orden. Con mercadería de la mejor calidad, de esa que sólo consiguen nuestros astros idolatrados. Diversión no va a faltar. Ni excentricidades. Ni dinero que las pague para alimentar al empobrecido público nacional. Por eso Maradona era también el candidato de los Kirchner.
Alguien dijo que no había otra salida y que nadie quiere dirigir la selección contra la opinión de Maradona, porque escorcha al más pintado con sus comentarios repetidos hasta el infinito por todos los medios del país. Es otro vicio nacional: no tener agallas para enfrentarse contra la estupidez bobalicona de los famosos.
Pero hay todavía otra explicación... terrible. Es evidente que el vértigo de la fama le hace un daño incalculable a Diego Armando Maradona. Tanto que lo ha llevado más de una vez hasta el umbral de su mausoleo, eso sí, acompañado de toda la imbecilidad nacional. Julio Grondona no puede no saberlo y a pesar de ello acaba de elegirlo en la anciana soledad de su gobierno despótico de la Asociación del Fútbol Argentino. Para nombrarlo ha tenido que hacer las paces con el astro. Algunos dicen que es la venganza de don Julio.
14 de octubre de 2008
Lorenzo
Volvíamos del colegio arrastrando las tardes perezosas de San Isidro. Mi hermano mayor decidía el camino y también las paradas: mirábamos aviones para armar en la vidriera de Marietta o robábamos sin querer algún chocolate en Bonafide y hasta rezábamos en la puerta cerrada de la catedral. Al llegar a casa tomábamos café con leche y pan con manteca en cantidades que asustan. A las cinco en punto prendíamos la radio para oír una lista impenetrable de kurnikovas y estravinskis y algún Antonio perdido de tanto en tanto. La voz solemne de Radio Nacional pedía antes y después que quienes conocieran a alguno de los nombrados dieran cuenta a un número de teléfono. Aclaraba que eran desaparecidos en las guerras y buscados por sus parientes de distintos lugares del planeta. La Guerra Mundial había terminado hacía unos 20 años.
Esperábamos en vano que nombraran a Lorenzo Rubinstein, un vagabundo que vivía en la glorieta de los fondos de una casa de la parroquia que llamábamos La Fundación. Era uno de los linyeras de San Isidro, como el loco Pedro, que manejaba en alpargatas su camión de aire por las calles empedradas de adoquines, o María, la de los ojos azules y la boca sucia, que dirigía el tráfico con autoridad de mariscal. Decían que Lorenzo había sido mayordomo en la quinta de los Anchorena y que tenía derecho a habitar aquellos fondos al final de la barranca. Tenía mala bebida y pésimo genio. Reaccionaba con furia cuando lo provocábamos, que era uno de nuestros deportes de entonces. Hasta desbarrancó unos escombros desde arriba la loma con ganas merecidas de aplastarnos. A veces andaba con un cuchillo con el que pelaba las gallinas que le regalaba otro antiguo empleado de los Anchorena. Las cocía enteras, con la cabeza enganchada en el borde de la lata renegrida. Parece que don Peruca –que ahora era carnicero- también le prestaba el baño de su casa. Nunca supimos si era un criminal de guerra o un pobre enajenado por los desastres de la historia, pero muchas veces sospechamos que su locura era una cortina de humo.
Cuando hago el cálculo, me sale que Lorenzo debió nacer con el siglo veinte. La guerra lo habría pescado a los 40 en el peor lugar de Europa. Pudo ser oficial del ejército alemán, judío enloquecido por los horrores de la persecución o un eslavo perdido entre las ingenierías étnicas soviéticas. No pudimos sacarle más que ese nombre de mentira y unos pocos insultos en castellano. Hablaba mucho, solo o con nosotros, pero con palabras imposibles. Si éramos varios nos contaba uno por uno en troposlovaco. Tenía el pelo blanco y largo. Y la cara polaca, digo ahora, después de conocer la de Juan Pablo II.
Cada vez que ocurre una catástrofe se me ocurre que muchos sentirán la tentación de hacerse humo, mientras los servicios de inteligencia blanquean muertos que guardan en sus placares de acero inoxidable: unos se hacen los muertos y otros mueren por fin. Me recordó a Lorenzo el que se hizo pasar por cónsul de Chile para anunciar su muerte en el accidente se Spanair en Barajas. En todas las catástrofes habrá gente más o menos pirada que se libra de una vida acorralada y se convierte en Lorenzo, que vivía como hoy le gustaría a miles de turistas de la ecología, pero gratis.
Esperábamos en vano que nombraran a Lorenzo Rubinstein, un vagabundo que vivía en la glorieta de los fondos de una casa de la parroquia que llamábamos La Fundación. Era uno de los linyeras de San Isidro, como el loco Pedro, que manejaba en alpargatas su camión de aire por las calles empedradas de adoquines, o María, la de los ojos azules y la boca sucia, que dirigía el tráfico con autoridad de mariscal. Decían que Lorenzo había sido mayordomo en la quinta de los Anchorena y que tenía derecho a habitar aquellos fondos al final de la barranca. Tenía mala bebida y pésimo genio. Reaccionaba con furia cuando lo provocábamos, que era uno de nuestros deportes de entonces. Hasta desbarrancó unos escombros desde arriba la loma con ganas merecidas de aplastarnos. A veces andaba con un cuchillo con el que pelaba las gallinas que le regalaba otro antiguo empleado de los Anchorena. Las cocía enteras, con la cabeza enganchada en el borde de la lata renegrida. Parece que don Peruca –que ahora era carnicero- también le prestaba el baño de su casa. Nunca supimos si era un criminal de guerra o un pobre enajenado por los desastres de la historia, pero muchas veces sospechamos que su locura era una cortina de humo.
Cuando hago el cálculo, me sale que Lorenzo debió nacer con el siglo veinte. La guerra lo habría pescado a los 40 en el peor lugar de Europa. Pudo ser oficial del ejército alemán, judío enloquecido por los horrores de la persecución o un eslavo perdido entre las ingenierías étnicas soviéticas. No pudimos sacarle más que ese nombre de mentira y unos pocos insultos en castellano. Hablaba mucho, solo o con nosotros, pero con palabras imposibles. Si éramos varios nos contaba uno por uno en troposlovaco. Tenía el pelo blanco y largo. Y la cara polaca, digo ahora, después de conocer la de Juan Pablo II.
Cada vez que ocurre una catástrofe se me ocurre que muchos sentirán la tentación de hacerse humo, mientras los servicios de inteligencia blanquean muertos que guardan en sus placares de acero inoxidable: unos se hacen los muertos y otros mueren por fin. Me recordó a Lorenzo el que se hizo pasar por cónsul de Chile para anunciar su muerte en el accidente se Spanair en Barajas. En todas las catástrofes habrá gente más o menos pirada que se libra de una vida acorralada y se convierte en Lorenzo, que vivía como hoy le gustaría a miles de turistas de la ecología, pero gratis.
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