Darwinion

Debe haber pocos lugares en el mundo con una geografía tan borgeana como el Barrio Parque Aguirre de San Isidro. Las calles circulares se cruzan hasta dos o tres veces entre sí o se vuelven tangentes, sin casi molestarse. Forman un laberinto en el que pocos saben cómo encontrar una casa o salir del barrio y los taxistas no quieren entrar, asustados por las horas que perderán buscando la avendia Libertador. A la noche hay que usar las piedritas de Hansel y Grettel...

Pero hay un lugar que solo se encuentra cuando uno ya está perdido: un pequeño palacio estilo art deco que nadie sabe qué hace allí. Una pesadilla para todos, pero en especial para mi madre que lo tenía por templo de una religión extraña, potenciado el misterio por la sombra pesada de las tipas y las plantas salvajes que lo rodean. En el portal unas letrotas apretadas de palo seco dicen DARWINION.

Años después Marcelo Vázquez -un amigo biólogo con quien compartimos república cuando éramos estudiantes- trabajó en el Darwinion. Entonces supe que aquello era un instituto de botánica. Después de graduarse, Marcelo investigó allí unos ficus y la avispita que los fecunda. Viajaba a la selva vestido de Indiana Jones con una ballesta de Guillermo Tell que le permitía bajar las ramas de los árboles para llevarse muestras a su herbario. Esos árboles inmensos solo pueden reproducirse si el insecto preciso que le corresponde -ninguna otra especie ni género- anida en su fruto. Por eso, me explicaba Marcelo, no se reproducen los gomeros gigantes de Buenos Aires, los que mandó traer Sarmiento de la India: las avispitas no resisten el desarraigo y se quedan en la India o se mueren por el estrés del viaje.

Volví a encontrarme con Charles Darwin en las islas Galápagos hace unos pocos días, entre el vaivén materno de las olas y el arrullo abrigado del motor: los barcos son máquinas perfectas de dormir. En mi equipaje llevaba una edición antigua de El viaje del Beagle. Se cumplían 200 años, casi día por día, de su nacimiento y el de su mellizo Abraham Lincoln. En nuestro Beagle con GPS y yaccuzi viajaban también dos matrimonios argentinos, de la casi desconocida localidad de Punta Alta. Desconocida para todo el mundo menos para Darwin, que descubrió allí más fósiles que en ningún otro sitio de su jornada alrededor del mundo: le sorprendía comparar los armadillos vivos con los gliptodontes desenterrados en la ría de Bahía Blanca. Coincidencias de la vida porque aquellos paisanos no tenían ni idea del parentesco darwiniano de las islas con su pueblo.

Un dentista de urgencias me aseguró una vez que mi generación era la última con muelas del juicio: los más jóvenes ya vienen si ellas. Justo a mi me había tocado ser la bisagra de este cambio fenomenal en la especie humana que hace dos millones de años necesitaba más muelas que ahora para desgarrar mamuts. Maldije la manía de meterse en medio del proceso: si nos hubieran dejado evolucionar tranquilos, como a los armadillos en sus pastizales, me libraba de la escabechina en cuatro ocasiones.

Con las tortugas de las islas pasa lo mismo porque crecieron a sus anchas sin las ansiedades humanas. Son las mismas del pet-shop de la esquina, pero grandes y pesadas como un becerro. Estoy seguro de que si las alimentamos unos 400 años, las de Santiago del Estero se ponen como un caballo. Por cierto, en España llamaban galápagos a las tortugas antes de que aparecieran por allí los romanos y así le dicen también a una montura tan incómoda como un carapacho.

Unos exploradores que recorrían la isla Pinta en 1972 notaron que se movían los palosantos y así se encontraron con George, sobreviviente de la subespecie aislada hacía miles de siglos y extinguida por culpa de las cabras que alguien llevó allí cuando se cansó de comer tortuga. Se lo llevaron a la reserva de Puerto Ayora, en Santa Cruz, a ver si se reproducía con unas amigas de otra subespecie que le presentaron. Cada vez que las hembras ponen huevos hay que esperar a ver si el Solitario George hizo bien su parte: hasta hoy parece que ni las toca y eso que tiene apenas unos 120 años. Quizá sea porque también le tocó la bisagra de la evolución y las tortugas que le arriman se le antojan armadillos.