25 de octubre de 2020

Magallanes y el dulce de membrillo


El 21 de octubre de 1520 Fernando de Magallanes y sus intrépidos navegantes doblaron un cabo que llamaron de las Once Mil Vírgenes. Venía hace rato con rumbo norte-sur buscando un paso para llegar a lo que Vasco Núñez de Balboa llamó Mar del Sur cuando lo descubrió mirando al sur desde el istmo de Panamá. Era la segunda expedición enviada por los reyes de España a buscar por este lado del globo una grieta en el nuevo continente que les permitiera llegar a las Islas de las Especias. La primera fracasó en 1516 cuando los guaraníes se comieron a Juan Díaz de Solís y otros seis marineros en las costa uruguaya del río de la Plata. Quizá por eso Magallanes siguió de largo hacia el sur desconocido. Se ilusionó en el cabo Corrientes (Mar del Plata) donde el continente vuelve a entrar fuerte hacia el oeste, pero se trancó en Bahía Blanca. Lo mismo le pasó en el golfo de San Matías, pero siguió contando decepciones, cada vez más al sur y cada día con más frío, sin saber hasta dónde. Fue así que decidió invernar, primero en San Julián y luego en puerto Santa Cruz, desde el 1 de abril al 11 de octubre de 1520.

Hasta hace poco existía entre algunos cristianos la costumbre de poner a los hijos el nombre del santo del día del nacimiento; era un modo de darle patrono y no era necesariamente el primer nombre ni el día exacto, pero por ahí andaba. Por eso Saavedra se llama Cornelio, Alberdi Juan Bautista, y la N de Leandro Alem le viene de Nicéforo. Lo mismo ocurría con los descubrimientos; pero lo de las 11.000 vírgenes tiene su historia, porque el 21 de octubre es el día de santa Úrsula y otras once vírgenes mártires de Colonia, pero como la palabra mártires tenía solo la inicial, alguien interpretó 11m como 11.000. Magallanes y su exagerado cronista italiano Antonio Lombardo, apodado Pigafetta, llamaron patagones a los aborígenes y Patagonia a su patria. Cuando la expedición cayó en la cuenta de que por fin habían descubierto el estrecho que unía el Océano con el Mar del Sur era el 1 de noviembre, así que Magallanes le puso de Todos los Santos al estrecho que hoy lleva su apellido.

Aquella fue la parte más feliz de una de las aventuras más notables de la humanidad. En Santa Cruz, y en plena invernada, naufragó la Santiago, la más chica de las cinco naves que partieron de Sevilla el 10 de agosto de 1519. En el estrecho y ante un descuido de Magallanes, la San Antonio –que era la más grande– decidió volver a España para adjudicarse el descubrimiento, convencidos de que los locos que querían seguir no llegarían vivos a dar la vuelta al globo. Al terminarse el estrecho, la Victoria, la Concepción y la Trinidad subieron hacia el norte y se adentraron en el océano rumbo a las Molucas. Pacífico llamaron al mar de Balboa porque pasaron semanas de calma chicha en el medio de la nada. Lo que no podían creer es que no terminara nunca, porque sabían que la tierra era una esfera, pero nadie conocía sus dimensiones reales, así que creían ver a cada rato las Molucas en el horizonte, pero no aparecía nada por aquella derrota: solo se toparon con una isla que llamaron San Pablo por ser el 25 de enero, ya de 1521, pero era imposible apearse por ser puro risco. El 4 de febrero le pusieron de los Tiburones a otra en la que tampoco pudieron desembarcar, pero algo pudieron birlarles a los escualos desde sus esquifes. Lo curioso es que si hubieran navegado unos grados más al sur, o más al norte, se habrían encontrado con paraísos sin hoteles ni turistas, pero es fácil decirlo con el mapa del lunes.

Los navegantes de entonces saciaban su sed con vino porque el agua se les pudría a la par de cualquier otro alimento. Desde el estrecho hasta la primera isla donde pudieron desembarcar, que llamaron De los Ladrones, siguieron compitiendo con los tiburones para robarles algún pescado y así aguantaron tres meses y 20 días sin aprovisionarse, bajo el sol tropical y sin que les cayera ni una gota de lluvia sobre sus barquitos. Se comieron hasta las suelas de sus zapatos, que ablandaban durante varios días en agua de mar y después asaban para engañarse. Cada día moría alguno de escorbuto, pero los oficiales tardaban más en enfermarse y dicen que fue porque en su ración privilegiada tenían dulce de membrillo que les aportaba algo de vitamina C.

Fue así como el membrillo salvó a la expedición de Magallanes en el océano Pacífico, que se ganó el adjetivo sin quererlo porque solo fue pacífico aquel año y por esa ruta que después todos evitaron, pero alguien tenía que poder contarlo. Solo sabían que más allá estaban las islas Molucas, a donde había que llegar a buscar algo más caro que el oro: el clavo de olor, el mismo que le ponían al dulce de membrillo como hoy se lo ponemos al mamón en almíbar.

11 de octubre de 2020

Paternalismo y pandemia

Que la costumbre es una fuente del derecho lo sabemos desde la época de los romanos. Cualquier estudiante de primer año de derecho lo puede explicar: consuetudo servanda est, decían Cayo y Ulpiano para significar que aunque no haya una ley que obligue, si existe la costumbre de hacer las cosas de un modo, debe tenérsela por ley. Pero lo más interesante de la costumbre como fuente del derecho no viene por el lado positivo sino por el negativo, porque también existe la desuetudo, que es como los romanos y todo el derecho occidental llaman a la costumbre contra legem, en contra de la ley. Quiere decir que una ley que no se cumple deja de tener valor. Un ejemplo: por la ley 23.512 sancionada por el Congreso Nacional el 27 de mayo de 1987, la capital federal de la Argentina es un territorio que incluye a las ciudades de Viedma y Carmen de Patagones, pero la falta de cumplimiento terminó con el sueño de Raúl Alfonsín de fundar la Segunda República Argentina y de enfriar a los funcionarios en la Patagonia.

Se llama anomia a la ausencia de normas, no porque no las haya sino porque son tan confusas y contradictorias que nadie las cumple. Ocurre especialmente cuando quienes no las cumplen son los primeros que tendrían que hacerlo. Es una consecuencia lógica y esperable del mal ejemplo, porque la gente no sigue al que manda sino al que con su conducta confirma lo que ordena: eso se llama autoridad moral.

La Argentina vive desde hace muchos años en una situación de anomia. Pasa con las normas constitucionales, con las impositivas y aduaneras, con las leyes laborales y sindicales, con las resoluciones del Ministerio de Economía y con la prohibición de estacionar en las entradas de autos... Será porque nuestros bisabuelos vinieron a la Argentina a ser más libres y nosotros heredamos esa genética: no nos gusta que nos ordenen nada y basta que alguien lo haga para que empecemos a buscar cómo zafar.

Más o menos hasta el primer mes del confinamiento salíamos solo cuando era necesario para nuestra subsistencia, tanto que muchos agotamos las despensas y hasta lo que guardábamos para momentos especiales, convencidos de que quizá nunca llegarían si nos tocaba el Covid-19. Todo lo que entraba en casa era bañado en alcohol y lavandina, hasta nosotros mismos y nuestra ropa. Hoy, en cambio basta con asomarse a las calles de Posadas o de cualquier ciudad de la Argentina para comprobar que ya nadie le hace caso a las leyes que todavía pretenden hacernos vivir como ermitaños que respiran a través de una compresa. Fue así como la vida misma –y no la ley– terminó con la cuarentena. Lo sostuvo varias veces el presidente cuando le preguntaron por la cuarentena que él mismo decretó el 19 de marzo: "¿qué cuarentena?" contesta como buen gallego. 


Para saber lo que nos pasa con la anomia y la cuarentena alcanza con salir a caminar al final de la tarde por la costanera de Posadas. Allí puede ver y oír a los patrulleros de la policía que ordenan a los caminantes que se pongan el barbijo y vuelvan a sus casas. Lo curioso es que lo dicen enfrente de bares y restaurantes abarrotados de parroquianos ávidos de cerveza artesanal, de helados de tiramisú, de pizza con champiñones y panceta... todos en alegre chacoteo, sin barbijos ni distancias imposibles de cumplir. Y lo más loco es que la autoridad sanitaria sabe que lo mejor para evitar la peste sería ordenar a los que toman cerveza que se vayan a pasear por la costanera... 

Después de 205 días de aislamiento obligatorio y dados los magros resultados, quizá haya llegado la hora de apelar a la responsabilidad de los ciudadanos y bajarnos del paternalismo que nos viene tratando como adolescentes durante los largos meses que llevamos de pandemia. Siempre es mucho mejor contar con la responsabilidad que con la irresponsabilidad de las personas.

4 de octubre de 2020

Renace un tren


El primer día de octubre de 2020 un coche-motor unió las ciudades de Apóstoles y Garupá, en la provincia de Misiones. Tardó dos horas en recorrer los 70 kilómetros de rieles que separan las dos ciudades. La noticia parece de 1912 pero es de 2020, con la diferencia que en 1912 tardaba menos de dos horas y llegaba a la estación de Posadas, que aquel año estaba reluciente esperando la llegada del primer tren y ahora es un fósil que se exhibe en la costanera como en un museo.

En 1912 llegó el primer tren a Posadas y en 1913 ya estaban navegando los ferry-boats a Encarnación. Desde ese año se pudo viajar de Buenos Aires a Asunción sin bajarse del tren, ya que tenía camarotes, baños, comedor... Las formaciones cruzaban dos veces el Paraná; desde 1908 cuatro ferrobarcos unieron Zárate con Ibicuy, rodeando la isla Talavera en un trayecto de 82 kilómetros que duraba unas tres horas. Los dos que unían Posadas con Encarnación funcionaron desde 1913: son los barcos que ahora descansan medio hundidos en el nuevo puerto de Posadas. 

Hoy al Paraná lo cruzan tres grandes puentes y por los puentes pasan las vías del ferrocarril que hubieran conseguido acelerar considerablemente el viaje, pero cuando se terminaron esos puentes ya casi no había trenes... Ahora aprovecha las vías solo el servicio internacional Posadas-Encarnación, que lleva meses cerrado por culpa de la pandemia; la última vez que un tren con pasajeros viajó de Misiones a Buenos Aires fue en 2012 y no quiero ni recordar cuánto tardó.

El mismo presidente que inauguró el puente San Roque González fue quien aniquiló el ferrocarril que pasaba por sus vías. Como en el cuento de Borges, desparramadas por toda la geografía argentina hoy se encuentran miles de kilómetros herrumbrados de vías férreas, vagones descarrilados, terraplenes carcomidos, estaciones fantasma y hasta pueblos abandonados porque un presidente argentino y su ministro de economía confundieron negocio con inversión.

Por fin, 111 años después del primer tren, volvió a probar las vías entre Apóstoles y Garupá un coche-motor. Es cierto que tardó dos horas en recorrer esos 70 kilómetros, pero era un viaje piloto para reconocer el trayecto, ir resolviendo los arreglos y el mantenimiento de este tramo que incluye las estaciones, bastante abandonadas, de Pindapoy, San José y Parada Leis. La empresa que explotará ese servicio es la misma del tren internacional y espera todavía la autorización del ministerio de transporte para poner en marcha esos trenes de pasajeros.

La buena noticia es que se están volviendo a utilizar –hacer útiles– 70 kilómetros de la antigua traza ferroviaria que unía Buenos Aires con Asunción, que ahora se suman a los escasos dos kilómetros del puente. Está resucitando de a poco el tren que funcionó hace más de un siglo y que tiramos a la basura en los años 90. Esta nueva vida es la prueba más patente de la barbaridad que se hizo con esos activos.

Hay que seguir avanzando, estación por estación, hasta revivir el troncal completo de Buenos Aires a Asunción. La traza está deteriorara, pero está. Un tren de alta velocidad uniría Posadas con Buenos Aires en poco más de cuatro horas (y los hay el doble de rápidos). Es cierto que para que pueda correr hay que renovar completamente las vías, mejorar la traza en algunos lugares y también levantar viaductos para evitar los pasos a nivel... pero casi no hay que expropiar y no parece lógico gastar tanto dinero en poner en valor la traza de hace un siglo. Ese tren de alta velocidad debería ser el objetivo: una obra pública de primer orden para recuperar el medio de transporte más cómodo, más barato, más práctico, más seguro... y casi tan rápido como el avión.

27 de septiembre de 2020

Dinamitar el puente

La larga cuarentena de 2020 ha evitado la fuga mensual de 10.000 millones de pesos desde Misiones a los países vecinos. Fuga es un modo de decir, porque si nadie lo evita tampoco alguien se está fugando, pero tuvo que venir la pandemia con su cuarentena y cierre de las fronteras para sumar estos números al comercio de Misiones: lo que nunca pudo evitar la aduana lo evitó el coronavirus y, como suele ocurrir, no hay mal que por bien no venga. La fuente del dato es la Agencia Tributaria de Misiones, que discrimina el comercio minorista con un incremento de 6.500 millones de pesos y el mayorista con los 3.500 millones restantes.


Da para pensar que la solución es cerrar definitivamente las fronteras de Misiones con Paraguay y Brasil. Y, por supuesto, habría que volar el puente San Roque González que une Posadas con Encarnación, por ser la principal vía de escape de ese dinero hacia el Paraguay. Sin dudas sería una solución y un gran espectáculo, pero también sería volver al siglo XIX... Digo que no parece muy viable y también que junto con la alegría por los buenos datos para el comercio de Posadas, el de Encarnación sufre una malaria sin precedentes y se quejan amargamente por el cierre del puente. Hay que decir que el bloqueo fue promovido más radicalmente por las autoridades del Paraguay, que con siete veces más habitantes que Misiones, en sus hospitales tiene la misma cantidad de camas críticas que nuestra provincia.

Las fronteras parecían cosa del pasado en el siglo XXI, pero ahora se han potenciado ante la necesidad del confinamiento, que a su vez es resultado de la carencia mundial de recursos médicos ante la sorpresa de este coronavirus. No sabemos todavía cómo serán en la era de la nueva normalidad, pero descuento que la hermandad y la cercanía promoverán una solución por el lado de la integración. Es que, como anticipaba el domingo pasado, no se trata de fomentar la separación sino de convertir la aparente debilidad de nuestra situación geográfica en fortaleza estratégica de primer orden, dada nuestra ubicación en el mapa sudamericano. Lo está diciendo el gobernador de Misiones casi todos los días: para volver simétricas las asimetrías de la frontera no queda otra que igualar las condiciones de Misiones con las de sus vecinos; y para eso son imperiosos los beneficios impositivos de una zona franca que abarque todo el territorio de la provincia.

Pero hay una vuelta más de rosca para darle al asunto. Se podrían integrar los mercados de Posadas y Encarnación bajo las mismas oportunidades comerciales, como si fuera un solo conurbano en el que circulan dos monedas. Esto implicaría englobar en una sola zona franca común a las dos ciudades y trasladar las fronteras aduaneras hacia las periferias de Posadas y Encarnación, de modo que el río que nos separa empiece por fin a unirnos con pase libre entre nosotros. Un esquema que permitiría convivir tranquilos a posadeños y encarnacenos, que para colmo tenemos una historia común y una hermandad incuestionable. Cada uno con su dinero y sus autoridades, pero sin fronteras, como ocurre en muchas ciudades del mundo donde basta con cruzar una calle para cambiar de nación.

Si los controles migratorios y aduaneros para entrar o salir de Encarnación y Posadas estuvieran en tierra firme en lugar de molestar en el puente y en las costas del Paraná, uniríamos los mercados de las dos ciudades en una zona franca internacional con beneficios impositivos que igualen las oportunidades para todos y que atraigan al comercio y a la industria: un gran free-shop a cielo abierto, con actores de los dos países y de más lejos, como ocurre con la amazónica Manaos. Ya tenemos una autoridad común con sede en ambas márgenes y con injerencia decisiva en la urbanización y desarrollo de las dos ciudades: la Entidad Binacional Yacyretá.

Si lo logramos, los que harán cola ya no seremos los posadeños y encarnacenos en el puente sino los que lleguen a ambas ciudades, a comprar cantidad de mercaderías que hoy ni pensamos vender por falta de compradores.

20 de septiembre de 2020

La península de Misiones

En algo se parecen Misiones y Tierra del Fuego. Tierra del Fuego es una ínsula y nosotros una península. Ellos limitan con Chile y con las corrientes marinas y nosotros limitamos con Brasil, Paraguay y Corrientes... En el resto no nos parecemos nada, pero si hay algo que nos diferencia completamente es nuestra situación geográfica: Tierra del Fuego está en el confín destemplado del Traste del Mundo y nosotros en el corazón caliente América del Sur... Su enclave lejano y frío dio a Tierra del Fuego beneficios impositivos para igualarla con el resto del país. Misiones tiene mejor clima y no queda tan lejos de los grandes centros poblados de la Argentina como Tierra del Fuego, pero sí lo suficiente como para salir perdiendo en la competencia con casi todas las demás provincias.


Misiones limita con los tres estados del sur del Brasil; entre los más ricos después de San Pablo, que no toca nuestra provincia pero está acá nomás. Si calculamos las distancias desde un lugar central de Misiones como Aristóbulo del Valle, encontramos que está más cerca de San Pablo que de Buenos Aires, y mucho más cerca todavía de las capitales de los tres estados del sur de Brasil, y eso que están todas sobre el Atlántico; el resto de Paraná, Santa Catalina y Rio Grande del Sur están todavía más cerca de nosotros. Según datos de 2012, esos cuatro estados del sur del Brasil suman 73.600.000 habitantes, y con Paraguay –que más cerca no puede estar– pasan los 80 millones, casi el doble que la Argentina. Hasta acá los datos incuestionables de la geografía. Solo falta agregar que vivimos pegados a una de las mayores fuentes de energía del mundo.

Así que resulta que Misiones está más cerca del inmenso mercado brasileño que de los grandes centros poblados de la Argentina, y sin embargo desde esos centros de la Argentina es de donde viene casi todo lo que consumimos y hacia donde va casi todo lo que producimos. Nadie se explica por qué no están en Misiones las fábricas de todo lo que exportamos a Brasil. Aviso que puedo ensayar algunas explicaciones, pero también advierto que es difícil hacerlo sin que me quieran fusilar algunos fanáticos, a quienes debería recordarles que estamos hace tiempo adentro del siglo XXI.

La situación geográfica de Misiones no es un factor negativo como puede serlo para Tierra del Fuego. Por el contrario: es una fortaleza imposible de calcular, pero para que sea realmente una fortaleza hacen falta los instrumentos legales, políticos, económicos... estratégicos en una palabra, que lo permitan. La asimetría con Brasil y Paraguay, pero también con el resto de nuestro país debido a las distancias y a la centralidad radial de la Argentina, debe convertirse en igualdad de condiciones para que podamos competir en buena ley.

Pero la igualdad no basta: si queremos tener éxito, a partir de allí debemos abonar las condiciones para que germine el desarrollo y esas mejoras están dadas por el conocimiento, por las comunicaciones y por la inteligencia política para encarar estos desafíos. Es hora de establecer una zona franca, libre de impuestos para exportadores y proveedores, que atraiga las inversiones que generen empleo y hagan crecer las exportaciones al triple del valor actual. Ya es hora de explotar la gran fortaleza que la geografía le regaló a Misiones.

13 de septiembre de 2020

El camino de Belgrano


Todo camino es metáfora de la vida porque la vida es un camino que empieza y se termina en una geografía determinada y debe ser por eso que nos atraen los caminos. Además está comprobado que los humanos pensamos mejor mientras caminamos, y si no pregúntele al viejo Aristóteles de Estagira y su escuela peripatética del siglo IV antes de Cristo. 

Camino por antonomasia es el de Santiago que recorren peregrinos desde hace mil años y deja una marca indeleble en los que lo transitan, tanto que la humanidad se divide entre los que lo hicieron y los que no. Además establece una hermandad peculiar entre quienes alguna vez peregrinaron a la tumba del apóstol en Compostela.

Cualquiera que pretenda recrear el camino que en 1817 siguió el ejército de San Martín por el Paso de los Patos a través de los Andes, no tiene más que contratar una excursión de varias que se ofrecen. Basta con googlearlo para enterarse de esa oferta que suele partir de Barreal, en San Juan. También puede seguir el camino de Gregorio de Las Heras por Uspallata, o cantidad de cruces imponentes que no tienen relación con la gesta libertadora: los Andes se pueden cruzar desde Jujuy a Santa Cruz en auto, a caballo, en mulas, caminado y hasta corriendo y le aseguro que vale la pena.

La Mesopotamia argentina tiene un camino histórico y heroico, anterior al de San Martín y fundador de nuestra nacionalidad. Es el que recorrió Manuel Belgrano con el Ejército del Norte. Pasó por las actuales provincias de Entre Ríos, Corrientes y Misiones en los últimos meses de 1810. La expedición partió de San Nicolás de los Arroyos en la provincia de Buenos Aires, pasó por Rosario y cruzó el río Paraná el 16 de octubre de 1810 desde Santa Fe hasta La Bajada, en la actual capital de Entre Ríos. Siguió cerca del Paraná hasta que se topó con grandes ríos que lo obligaron a buscar la divisoria de aguas. Pasó por Santa Helena y bordeando el arroyo Feliciano llegó al Basualdo. De allí entró en Corrientes y encaró la meseta del Pay Ubre. Refundó y bautizó como Nuestra Señora del Pilar de Curuzú Cuatiá el rancherío y la capilla del Pilar de Curuzú Cuatiá. Siguió por Mercedes hasta el paso de Caaguazú para cruzar el río Corriente hacia la actual Chavarría. Desde Chavarría subió por la traza actual de la ruta provincial 22 hasta Concepción del Yaguareté Corá.

En cada etapa el Ejército del Norte perdía pertrechos, suministros y hombres que morían o desertaban. También reclutaba nuevos soldados, como el niño Pedro Ríos en Concepción. Desde Yaguareté Corá subió hasta el Paraná, a donde llegó el 1 de diciembre de 1810. Quiso cruzar por la isla Apipé a la antigua misión de San Cosme y San Damián, pero no estaba fácil la cosa por falta de embarcaciones, así que siguió –casi sin desviarse– la traza actual de la ruta 12 hasta Santa María de la Candelaria, otra misión de las que habían sido expulsados los jesuitas en 1767. Belgrano llegó a Candelaria el 15 de diciembre de 1810, pero parte del ejército debió esperar del otro lado del arroyo Garupá porque estaba crecido por las intensas lluvias. Luego de cruzar el Paraná, la expedición persuasiva de Belgrano al Paraguay se abrió paso en Campichuelo y llegó hasta Paraguarí, donde lo enfrentó el gobernador Velasco. A la vuelta fue derrotado en Tacuarí (actual Carmen del Paraná), donde murió Pedro Ríos tocando el tambor.

Cuando pasó Belgrano no había pinos, ni eucaliptus ni torres de alta tensión. El resto está igual: hasta los caminos, los ranchos y las estancias. Ya es hora de que intentemos recrear ese camino, como se ha hecho con el paso de los Andes. Quizá así se nos pegue algo del amor desinteresado a la Patria de don Manuel Belgrano.

6 de septiembre de 2020

La hidrovía


Las ciudades más antiguas –y hoy más grandes– de la Mesopotamia se fundaron y crecieron sobre los ríos navegables, que durante siglos fueron la principal y casi única vía de comunicación y de transporte que bien pudieron llamar hidrovía los adelantados Pedro de Mendoza, Juan de Garay, Juan de Ayolas o Domingo Martínez de Irala. El tránsito terrestre debía hacerse por las zonas más altas para evitar los bañados y los cruces de los ríos en sus tramos más caudalosos, por eso hasta bien entrado el siglo XX casi todo el transporte, hasta el de ganado, se hacía embarcado por nuestros ríos.

Hasta fines de los años 60 del siglo pasado casi no hubo caminos realmente transitables en toda la región, que recién empezó a conectarse con el resto de la Argentina por una vía terrestre en 1969, con la inauguración del túnel subfluvial entre Paraná y Santa Fé. En 1973 se terminó el puente General Belgrano, entre Corrientes y Resistencia. Y el 14 de diciembre de 1977 se habilitaron al tránsito los puentes de Zárate (Buenos Aires) y Brazo Largo (Entre Ríos), que hoy se llaman Complejo Unión Nacional. Curioso es que la Mesopotamia haya estado conectada antes con Brasil que con el resto de la Argentina, a través del puente que une Paso de los Libres con Uruguayana, habilitado en 1947; este es el único que no fue inaugurado por un presidente de facto, aunque también era general.

El río Uruguay es navegable hasta Concordia en la Argentina y Salto en el Uruguay porque no le hicieron esclusas a la represa de Salto Grande: aunque no usted lo crea no las tiene porque antes de la represa –y como su nombre lo indica– había allí un bonito salto de lado a lado del río. Los constructores razonaron que si antes no se podía pasar por culpa del salto, no había ninguna necesidad de permitir en el futuro el paso de embarcaciones...

El Paraná y el Paraguay son ríos mucho más caudalosos que el Uruguay. Por el mismo motivo que Salto Grande, tampoco tiene esclusas la represa de Itaipú. Así que el Uruguay hasta la presa de Salto Grande, el Paraná hasta la de  Itaipú y el Paraguay hasta Cáceres, en el estado de Mato Grosso, forman una red de vías navegables larguísima y utilísima para el transporte. Ya lo demostraron la historia y los siglos en los que se llegaba a todas nuestras ciudades en barco. Pero ahora surcar los ríos es mucho más fácil que antes, ya que la tecnología de geoposicionamiento satelital permite navegar sin boyas, de noche y hasta con niebla. Además hay sonares y radares para prever obstáculos y bajantes.

Un convoy de barcazas empujadas por un remolcador –de esos que se ven a seguido con bandera paraguaya– puede transportar 24.000 toneladas de carga. Eso equivale a 533 camiones de 45 toneladas. Esos convoyes miden como máximo 290 metros de largo x 60 de ancho y pueden llegar a Posadas, Corrientes, Resistencia, Formosa o Asunción y todos los puertos fluviales situados río abajo. Con menor tamaño y calado llegan sin drama hasta Puerto Iguazú, Ciudad del Este, Foz do Iguaçu; o hasta Cáceres, en el medio de Brasil.

El 80% de la producción argentina que sale al exterior lo hace desde algún puerto del Paraná y casi todos los de gran movimiento están emplazados cerca de Rosario. Solo hace falta conectar esos puertos con los del norte para transportar la producción desde los puntos más lejanos y transbordarla en los puertos de más movimiento, a los que llegan barcos de gran calado. 

Una hidrovía es una autopista fluvial que abarata los costos del transporte y despeja las rutas de camiones de largo alcance. Mejora el trasiego de mercancías y el mantenimiento de los caminos. Pero además no se pierden puestos de trabajo entre los choferes de camión; al contrario, hace su tarea más humana ya que aumentan los recorridos pero hacia lugares más cercanos.

30 de agosto de 2020

Ruta 14

Desde que empezó la cuarentena he tenido que viajar ya varias veces a Buenos Aires por razones urgentes y humanitarias. Ningún problema si se tienen todos los permisos y certificados, ya que todas las situaciones están contempladas. Como no hay ómnibus ni aviones, no hay otra que viajar en auto, así que volví en estos días otra vez a la ruta 14, al camino... que siempre es una metáfora de la vida. 

Es mucho más fácil ir que volver. Por el tránsito, solo se extrañan los ómnibus, sobre todo los mañaneros que llegan a Misiones y complican el tramo estrecho de la ruta. La vuelta es cuesta arriba, porque te agarra cansado la parte angosta y sinuosa, sobre todo entre Virasoro y Posadas, pero más todavía porque los controles se ponen estrictos para preservar del contagio a los que vivimos en el paraíso.

Decía que la ruta es una metáfora de la vida porque la vida es un viaje que empieza y se termina, con sus paradas, sus controles, sus peajes... y transcurre en un lugar geográfico. Quizá por eso nos gusta viajar, hacemos peregrinaciones, tours, tienen éxito las road stories y jugamos al golf, que también es un camino. 


Como en La Divina Comedia, a mitad de ese camino entre Posadas y Buenos Aires, hay un hito que parece central por la cantidad de carteles que lo anuncian durante todo el trayecto. Ya no importa cómo se llama el local de artículos regionales que engaña con su fachada, instalado a la vera de la ruta, en la mano que va a Buenos Aires, a la altura de Concordia. Ahí estuvo impidiendo en ese tramo la obra de la autovía, y ahí sigue ahora invadiendo el espacio público. No creo que sus dueños hayan estudiado las consecuencias de esa publicidad, que lo mismo anuncia escabeche de tatú mulita que mermelada de remolacha; pero tanto anuncia que sobrepasa las expectativas del que entra desprevenido y se lleva un chasco fenomenal, porque uno no está para comprar una bondiola diminuta que cuesta un ojo de la cara.

Los tenderetes se han multiplicado porque el mal ejemplo siempre cunde más que el bueno: han surgido como hongos negocios que lo imitan en toda la extensión de la autovía. Algunos hasta quizá sean más antiguos y también más legales –o legales del todo– porque no invaden el espacio público ni contaminan el paisaje, pero convengamos que son los menos. Es así como toda la ruta está plagada de locales de diverso tamaño, gusto y calidad que ofrecen los productos más desparejos, cada uno con profusión de carteles pintados a mano alzada. 

Una de dos: dejadez de la empresa concesionaria o un negocio por debajo de la mesa, pero lo cierto es que la ruta está cada día más invadida por estos locales completamente informales. Y curioso es que policía no falta, porque también hay que pasar controles de fuerzas policiales de todos los colores: soldaditos con barbijo que también invaden la carretera con retenes debajo de cada puente o donde encuentran una construcción que les sirva de garita. 


El más notable está entre Paso de los Libres y Parada Pucheta; es una vieja estación de peaje que nunca funcionó y se convirtió en un campamento desordenado y sucio de Gendarmería que interrumpe la autovía como una ruina de Mad Max. A este viacrucis hay que sumar los radares móviles y fijos instalados como trampas para pescar a los incautos que no logran pasar de 120 a 60 en los 50 metros de carteles ridículos que obligan a reducir la velocidad: es más barato pagar la multa que cambiar las cubiertas. 

Un poco más allá del retén de Mad Max se cruza sobre la ruta provincial 125 por un nuevo puente que se construyó con la autovía y que estuvo clausurado durante años por defectos de construcción, como está clausurado casi desde su inauguración el distribuidor de Cuatro Bocas porque sus terraplenes se desmoronan.

Entre tanto chiringuito, vivero, puesto, tinglado, carpa y pastizales, se pasa la ruta como pasa la vida. Mientras viajaba se me ocurría que la ruta 14 no solo es metáfora de nuestra vida sino que también es un espejo de la Argentina, donde las leyes se cumplen por casualidad y donde nos vamos acostumbrando a convivir con bandidos.

23 de agosto de 2020

Argumento adolescente argentino


El argumento adolescente consiste en rebatir las críticas acusando de lo mismo a los que las esgrimen. Es muy argentino porque somos un país adolescente. Mire:

–Vos sos un vago.
–Más vago sos vos.
–Y sos pichado.
–Pero más pichado sos vos.
–¡Qué mentiroso que sos!
–¡Ah! ¿vos decís siempre la verdad?

Otro diálogo familiar:

–Hija, no estás estudiando nada.
–Isabel tampoco.
–¿Te peleaste con Isabel?
–Ella me pegó primero...

El problema es cuando seguimos con el mismo argumento en la supuesta madurez. Le recuerdo, simplificado, un famoso diálogo entre un intendente del sur y un periodista de Buenos Aires:

–Usted vendió tierras fiscales a precio vil.
–Y a mí me dijeron que usted es homosexual.

Hay uno que es el colmo del argumento adolescente, entre Magdalena Ruiz Guiñazú y Aníbal Fernández (por si le pasa lo mismo que a Magdalena, le cuento que Boston es vos):

–Usted es un autoritario
–¿Y Boston...?

Y en otra conversación el entrevistado había encajado Michigan para significar mí...

–Cuando yo hablo usted me baja el volumen.
–Yo no le bajo el volumen a nadie.
–¿Y a Michigan...?

Lo lamentable es que los periodistas suelen aceptar estas respuestas sin chistar, con lo que demuestran ser tan adolescentes como sus entrevistados. Supongamos:

Periodista: Tenemos pruebas de que usted se quedó con un vuelto.
Funcionario: Con más vueltos se quedó el General Urquiza.
Título: "Con más vueltos se quedó Urquiza".

Cuando el periodismo pregunta a un político o funcionario sobre temas, digamos discutibles, de su gestión, la reacción inmediata no intenta rebatir esos datos sino embarrar a los opositores o al periodista. Así, alegan su inocencia con la culpabilidad ajena, sin advertir que de ese modo lo que sostienen es precisamente lo contrario: la propia culpabilidad. Una conducta adolescente y también contradictoria si uno es de verdad inocente. Digo que una acusación sobre nuestra propia conducta o la de la oposición, a los periodistas nos suele parecer respuesta negativa suficiente, sin advertir que el entrevistado está contestando afirmativamente a la pregunta: si te dicen autoritario y contestás ¿y vos?, estás aceptando que sos autoritario.