22 de enero de 2023

El sexo de los animales


Salvo casos excepcionales, en organismos muy básicos, todos los animales tienen dos sexos y se reproducen apareándose entre ellos de los modos más diversos y curiosos. Los mamíferos nos parecemos mucho, en eso como en tantas otras cosas, pero también se aparean las aves, los reptiles, los peces y hasta los insectos.

Pero lo que quiero explicar tiene más que ver con el género y pasa con las moscas y los mosquitos, con los sapos y las ranas y con todos los animales, pero se vuelve mucho más interesante en los genéricos de los más cercanos al hombre y que, precisamente por convivir cerca de nosotros hace milenios, distinguimos en la lengua su variedad y condición: caballo, yegua, potro, potrillo, potranca, montado, jamelgo, matungo, penco, redomón... vaca, toro, novillo, vaquilla, vaquillona, ternero, buey... oveja, carnero, cordero... perro, can, cuzco, cachorro, podenco, sabueso, mastín...

La jirafa y el elefante no son una hembra y un macho sino los nombres genéricos de las jirafas y los elefantes, sean machos o hembras. El perro, el gato y el caballo son masculinos, mientras que la vaca, la oveja y la cabra son femeninos, aunque incluyan a las hembras y los machos de esas especies. Cuando nos cruzamos con una tropa de vacas, toros y terneros, decimos que son vacas y cuando comemos su carne también decimos que es de vaca, aunque sea de novillo. Si vemos caballos, no hacemos la distinción entre caballos, potros, yeguas, potrillos y potrancas. Los leones se distinguen de lejos de las leonas pero en el conjunto todos son leones, igual que los tigres y las panteras. Las gallinas son femeninas y los gansos son masculinos, como los cerdos o los pavos, pero las gallinas dan nombre hasta al gallinero, que vendría a ser el gineceo que alberga también a los gallos y a los pollos. Y el hombre –el ser humano– cayó en masculino como pudo caer en femenino y quién sabe si un día no termina siendo la hombre.

Si van a respetar la inclusión, los que ocupan el dialecto inclusivo deberían referirse a los animales con la misma distinción: no dirán más vacas ni vacuna porque son términos que discriminan a los toros; tampoco pueden decir caballos si además hay yeguas, ni abejas porque estarían dejando de lado a los zánganos, ni perros ni gatos si entre ellos hay perras y gatas; ni ballenas a las ballenas y sus maridos; o pingüinos a los pingüinos porque la mitad son pingüinas. Y así podemos repasar una por una todas las especies que entraron en el Arca de Noé. Y no le digo nada cuando un oso polar se autoperciba libélula: ahí se pudre todo.

Hace 70 años la palabra hombre incluía a los varones y las mujeres, pero hoy es casi imposible usarlo en ese sentido –como lo hice en esta columna– que es la primera acepción del diccionario. Así es el lenguaje cuando está vivo, y al paso que vamos, no falta mucho para que nos obliguen a hablar de los animales como hoy nos están forzando a hacerlo con las personas: en los insecticidas y en su publicidad habrá que anunciar que matan insectos e insectas, mosquitos y mosquitas, cucarachas y cucarachos, polillas y polillos, hormigas y hormigos, ratas, ratos, ratones y ratonas... Y el alimento para gatos y perros deberá incluir a las gatas y a las perras.

Como estas cosas van y vienen, aviso que falta un poco más de tiempo, pero no tanto, para la reacción contraria, brutal, contra toda esta tontería. Sin ir más lejos, Basta de todes es el eslogan de campaña de un candidato a gobernador de la provincia Buenos Aires. Solo hay que esperar que los que vengan del otro lado de la grieta nos dejen pensar y expresarnos como se nos dé la gana.

15 de enero de 2023

Caos en el puente


Las fronteras son de la época de mi abuelita, pero como vienen con su pedacito de poder, siguen ahí, para jorobar a los ciudadanos y beneficiar a los que aprovechan ese espacio para exprimir a los sufridos fronterizos, como los posadeños, que vivimos en una de las más transitadas del mundo. El puente San Roque González, que une y separa las ciudades de Posadas y Encarnación, está imposible desde que se volvió a abrir al tránsito general después de la pandemia y sobre todo por las asimetrías, acentuadas hace años debido al cada día más escaso valor de nuestra moneda.

Los que cruzan la frontera juegan a la lotería, aunque tengan que hacerlo como parte de un largo viaje, por una emergencia, por trabajo, por su salud, por estudios... Nunca se sabe si habrá cola ni cuánto tiempo se perderá para pasar. Es mejor cruzar en colectivo o en tren, pero todo depende del viaje o lo que uno vaya a hacer al otro lado y de los horarios muy limitados del transporte público. Las lanchas no estaban sometidas al tráfico del puente pero desaparecieron cuando llegó el tren. Y el tren cuando no es acosado por la codicia de un concejal encarnaceno, no circula por paro de la UTA y tampoco rueda los fines de semana. En auto pueden tocarle hasta seis horas de cola y más todavía, con trámites oxidados en las dos cabeceras del puente, ya que hay que pasar por migraciones y aduana del lado argentino y paraguayo, tanto a la ida como a la vuelta. Las casillas rara vez dan abasto y no siempre coinciden las habilitadas con la afluencia de autos, porque se ocupan según el reglamento redactado por unos burócratas lejos de las fronteras que nunca conocieron.

Mientras uno espera en la cola sempiterna, ve pasar contrabandistas que se friegan en todas las leyes... impunemente, descaradamente. No hay que ser Sherlock Holmes para deducir que algunos controles son cómplices del contrabando. Y un razonamiento con un poco de lógica concluye que a los paseros les convienen las colas y las esperas porque así encarecen sus servicios. Los que están flojos de papeles no pasan por donde se controlan en serio los papeles y el contrabando no se hace a escondidas, se hace coimenado.

Los controles solo sirven a los controladores, para sacar una tajada o quizá solamente para disfrutar de un minuto de poder multiplicado por miles de veces. Es una generalización injusta, pero estoy exagerando a propósito, hiperbólicamente, para contraponer estos argumentos a la desmesura del caos en el puente, que nadie quiere arreglar porque todos se lavan las manos.

Hay tecnología más que suficiente y al alcance de la mano para solucionar todo esto. Hoy podemos pasar casi todos los peajes de la Argentina con un dispositivo pegado en el parabrisas. Ahí quedan registrados todos los datos de los que pasan, que también pueden servir a migraciones o a las fuerzas de seguridad. No puede ser que haya que pasar por una casilla para que un funcionario haga lo que puede hacer un scanner con el sticker del parabrisas, sin que sea necesario ni disminuir la velocidad del auto. Esos datos pueden ir a migraciones, tanto de un país como del otro, ya que en ambas fronteras se hace la mismísima operación con el documento (cosa que hace rato podría hacerse en un centro de frontera unificado, pero ni eso hemos conseguido).

Algo paralelo pasa con las aduanas, que en el mundo globalizado son tan antiguas y tan inútiles como las fronteras. El contrabando no se persigue esperando que pase un avivado con dos botellas de Johny Walker; se persigue con inteligencia y sobre todo deben perseguirse el narcotráfico y la trata de personas, y no a los sufridos vecinos de Encarnación o de Posadas, solo para mantener la economía informal y el derrame de los que delinquen impunemente aprovechándose de los que sufrimos las asimetrías de nuestra frontera.

8 de enero de 2023

Benito 16


A fin de año los medios también hacen cuentas y balances de lo que pasó. Por la misma exigencia de la edición queda en el tintero lo que ocurre en la última semana y siempre son noticias importantes, que no aparecen en los anuarios y hasta es probable que tampoco entren en el del año que empieza porque ya son del que pasó. Esta vez fueron las muertes de Pelé el 29 y de Benedicto XVI el 31 de diciembre.

Benedicto fue enterrado el jueves en la cripta de la Basílica de San Pedro de Roma, donde acompaña los restos de la mayoría de los Papas, desde san Pedro a san Juan Pablo II. Lo curioso es que esta vez un papa enterró a otro papa, cosa que no suele suceder. Sí hay un caso de un papa que fue desenterrado por otro papa, pero esa es otra historia...

Lo de la renuncia de Benedicto XVI también es otra historia. No ocurría desde 1415, cuando Gregorio XII abdicó para terminar con el llamado Cisma de Occidente. Fue una abdicación política y obligada, ya que si no renunciaba lo borraban de la lista. Antes que él, quien renunció, como Ratzinger, por sentirse sin fuerzas para gobernar la Iglesia, fue Celestino V en 1294. Se llamaba Pietro da Morrone y no tuvo una vida fácil después de su renuncia: murió en la cárcel en 1296 y fue canonizado en 1313; sus restos no descansan en San Pedro sino en L'Aquila.

Tanto Joseph Ratzinger como sus predecesores que eligieron el mismo nombre, desde Benedicto I (elegido en 575) hasta Benedicto XV (1914 a 1922), lo tomaron de san Benito de Nursia, el abad que inventó los monjes y los monasterios, muerto en 547; un santo muy popular, patrono de Europa, venerado también por los ortodoxos y protestantes por ser anterior a las grandes divisiones del cristianismo.

En italiano, a san Benito y también al Papa que murió, los llaman Benedetto; en inglés Benedict y en alemán Benedikt. En cambio en francés, en portugués y en catalán, tanto al santo como a Ratzinger les dicen Benoît, Bento y Benet. Lo que nunca entendí es por qué en castellano le decimos Benedicto a Benito XVI y a los otros papas que llevaron ese nombre.

Benito es apócope castellano de bendecido o bendito, el participio de bendecir. Lo mismo pasa con Benoît, Bento y Benet, cercanos a Benito, que tampoco quieren decir estrictamente bendecido, ya que en francés se usa bení, en portugués abençoado y en catalán beneït.

Algunos redichos (esos que se complican cuando hablan) le decían Paulo a Pablo VI, quizá porque se olvidan de que los nombres de los santos, de los papas y de los reyes siempre se traducen. Esos errores se impone en el idioma, como tantas cosas que decimos equivocadas pero terminan siendo aceptadas a fuerza de repetirlas. Pasa también con nombres como Santiago o Isabel, cuyas numerosas variantes ya no asociamos con el original.

No tenía buena prensa el 16º Benito, quizá por su carácter tímido, quizá por su buen gusto, o quizá por su expresión siempre un poco mefistofélica. Pienso que ahora, después de su muerte, empezará a crecer su dimensión como sabio y prudente; no solo por su inteligencia, sus escritos y su firme posición ante los abusos de algunos eclesiásticos, sino también por su humilde renuncia al papado, que ha abierto las puertas a otro modo de medir el tiempo en el gobierno de la Iglesia.

31 de diciembre de 2022

Generación tres estrellas


Brasil tiene cinco. Italia y Alemania cuatro. Nosotros tres. Siguen Francia y Uruguay con dos y luego Inglaterra y España con una.

Ya se ve que es un club exclusivo el de los campeones del mundo; que no es para cualquiera. También se ve, como en todos los clubes, que hay algún colado y hasta uno que no paga la cuota hace rato... Y todo hay que decirlo: estamos más cerca de Italia y Alemania, pero Brasil nos lleva dos estrellas de ventaja.

La Argentina tiene el carnet al día y sabemos cómo hacerlo: jugando a la pelota. No es chiste la expresión que usan casi todos los futbolistas profesionales. Pero como ganan millones y viajan en jets privados, sus vidas se parecen más a las de los artistas de Hollywood que la de unos chicos que juegan a la pelota.

Jugar a la pelota implica algo elemental en todo deporte asociado, jugado en equipo: es el esfuerzo colectivo de un grupo de personas. Y mientras eso no se entienda, es imposible ganar, por más cracks que se cuenten en el equipo. Esa es la razón del éxito de selecciones impensadas y del fracaso de algunas candidatas en cualquier Mundial. Y esa es la lección que debíamos haber aprendido cada vez que fracasamos por confiar en que nos salvaría un solo jugador, o dos.

Pasa desde la Copa América del año pasado: está claro que hay un ídolo indiscutible, pero ahí nomás están los otros. Desde que terminó el Mundial en Catar, los medios siguieron a Messi hasta Rosario, pero también al barrio de Ángel Di María, a Julián Álvarez lo siguieron hasta Calchín, a Alexis Mac Allister hasta Santa Rosa, a Lautaro Martínez hasta Bahía Blanca, a Dibu Martínez hasta Mar del Plata, a Enzo Fernández y Exequiel Palacios hasta San Martín, a Nahuel Molina hasta Embalse, a Lionel Scaloni hasta Pujato, a Chiqui Tapia a cumplir con la Difunta Correa y a Rodrigo de Paul a cumplir con Tini Stoessel... y en cada una de esas localidades se organizaron festejos parecidos. Messi no ganó solo y él lo sabe mejor que nadie.

También sabemos que el esfuerzo del conjunto no es el amontonamiento de cracks jugando a la pelota. Entre otras cosas que hay que aprender para ganar está la de saber perder: hay que reponerse de las derrotas porque en los deportes se gana, pero sobre todo se pierde y si no, pregúnteles a todas las selecciones que volvieron a sus países sin la copa o a las que ni siquiera clasificaron para jugar la última fase en Catar (de paso le recuerdo que la FIFA tiene más miembros que la ONU).

Ahora resulta que descubrimos cómo se agregan estrellas a la camiseta de la selección. Así que hay que empezar a pensar en la cuarta para llegar con envión. Porque esa es otra condición que marcó al equipo argentino: el envión ganador, que es una cuestión psicológica, difícil de medir, pero casi tan importante como la humildad, el trabajo en equipo y la habilidad para jugar a la pelota.

La tercera estrella puede marcar el fin de la Argentina pendenciera, egoísta, agrietada, peleadora, soberbia... Ojalá lo hayamos aprendido en este año que se termina para todas nuestras actividades y sobre todo para la política, que no debe ser nunca la búsqueda del poder solo para tener poder.

El año 2023 puede ser el de la generación de las tres estrellas, marcada por esta selección de Messi, pero no solo de Messi. El fin de un estilo y el comienzo de otro. Estos acontecimientos tienen un efecto paradigmático inmenso, que aunque no se ve de un día para otro, hace que toda una sociedad cambie de era, y un día la historia le ponga nombre a ese gran cambio colectivo. Es un deseo de fin de año: mire si se cumple...

24 de diciembre de 2022

Prejuicio racista gringo

La vorágine del Mundial y todo lo que ya se dijo me exime de hablar de Messi, del ejemplo de unidad, trabajo, humildad y constancia de la selección. Ya está, ahora hay que celebrar que nuestra camiseta tiene tres estrellas y ponernos a pensar en cómo vamos a conseguir la cuarta. Fue por el Mundial que la Navidad llegó de repente, pero con un regalo que valió la pena. Que la improvisación nacional no empañe esa felicidad.

Pero de la cobertura del Mundial quedó un tema pendiente que me interesa puntualizar ahora. Es el prejuicio racista de los gringos (me gusta decirles gringos, como ocurre en casi toda nuestra América Mestiza). Y déjeme que me burle de los que se la pasan arbitrando lo que podemos decir y lo que no debemos decir; esos tienen el mismo prejuicio al que me estoy por referir: el de los gringos.


Resulta que uno de los días del Mundial, y cuando ya se perfilaba el avance de la selección argentina hacia la final, apareció una nota en el Washington Post que se preguntaba en el título por qué no había negros en la selección argentina. Después de comprobar que la nuestra es una de las pocas selecciones que no tiene integrantes negros y sus apellidos son europeos, mientras que, salvo la de Croacia, el resto de las selecciones europeas tienen jugadores de color en sus equipos. La francesa es el caso más notable, porque los blancos son la excepción.

Los argumentos con que el mismo Washington Post se contestaba la pregunta del título son entre regulares y malos, pero sobre todo son estúpidos. No importan tanto para lo que quiero decir, así que lo resumo en una sola oración: en la Argentina llaman negros a los morochos.

Es cierto que entre un descendiente de eslavos o alemanes y uno del sur de Italia o España, hay una diferencia notable de color de piel, de ojos y de pelo. Y también es cierto que en la Argentina, acostumbrados a ponerle apodo a todo el mundo, le decimos Negro, así, como sobrenombre, a cualquiera un poquitito más oscuro. Y lo decimos sin drama, sin prejuicios, sin que signifique ninguna discriminación, aunque los gringos piensen que sí lo es. También le decimos Gordo a los gordos; Flaco a los flacos; Lungo a los altos; Petiso a los bajos; Pelado a los calvos... ¿Y qué?

A fines del siglo XIX y principios del XX, la Argentina recibió una inmigración masiva de italianos y españoles y menor de otros países de Europa. Desde el día que llegaron, esos europeos se mezclaron entre ellos y se fue creando una raza mestiza bastante blanca, pero eran tantos que licuaron a los indios y a los negros (llamo indios a los habitantes de las Indias Occidentales, que no son originarios de América; y negros a los descendientes de los pocos esclavos que quedaron después de su liberación en 1813 y 1853). Para colmo, esos indios y esos negros ya se venían mezclando con europeos mucho antes de la inmigración. Y en el caso de los indios –o de las indias–, se mestizaban con los castellanos en cuanto se bajaban de los barcos. Bueno: la selección es una muestra perfecta de ese crisol de razas de la Argentina que empezó con Gaboto y con Solís.

La pregunta del Washington Post es la expresión patética del prejuicio racista gringo. Por eso creo que la respuesta más cabal al Washington Post –después de decirles que se vayan a freír espárragos– es que nadie se hace esa pregunta jamás en la Argentina porque no tenemos ningún prejuicio sobre el origen de nuestra gente. Somos felices queriéndonos entre todos y no descartamos a nadie, porque somos una cultura que se mezcló desde que se fundó. Quizá a ellos les repugne eso de mezclarse. Bueno, a nosotros no.

18 de diciembre de 2022

Días felices


Los campos de golf tienen 18 hoyos y, como es lógico, se numeran del 1º al 18º, pero también está el 19, que es como se llama la cantina de todos los clubes del mundo; pero también se llama así al momento que pasan los golfistas comentando lo que hicieron en la cancha, en los negocios, en la política, en la vida en general... y de paso toman una copa, ya que un trago sirve para celebrar a los que ganaron y para a olvidar a los que perdieron.

Hay otro momento que no se suele nombrar, pero calculo que es, lejos, el mejor de todos los golfistas. Sería el hoyo cero, antes de empezar el recorrido. Es el mejor momento porque entonces son todos campeones, tanto que a veces no dan ganas de empezar porque ya se sabe que con el primer golpe todo se puede malograr. Bueno: el hoyo cero es lo más parecido a los casi cinco días completos que estamos disfrutando desde antes que terminara el partido del martes contra Croacia, hasta hoy al mediodía, cuando empiece a rodar la pelota en la final del Mundial de Catar contra Francia.

Ya está. Ya valió la pena. Ya alcanza. Esta semana hemos pasado los mejores días del año... o quizás los mejores de unos cuantos años, signados por frustraciones, por la pandemia, por la inflación, por la falta de plata... Pienso que a eso se debe la explosión de júbilo que invadió las calles de todo el país, que no tiene ni punto de comparación con los mismos días inmediatamente anteriores a la final del Mundial de Brasil hace ocho años.

Nadie nos va a quitar estos momentos magníficos y ojalá queden para el recuerdo de lo que podemos hacer todos juntos, sin banderías, sin peleas, sin grieta...

Ahora ya no importa tanto ganar o perder, entre otras cosas porque Brasil quedó en el camino y porque vamos a jugar contra el Campeón del Mundo. Uno de los dos, Francia o Argentina, pondremos la tercera estrella en la camiseta. Ojalá sea en la celeste y blanca, pero insisto en que, después de estos cinco días geniales, ya no importa tanto.

Piense en la causa ejemplar que significa la vocación para conseguir un objetivo de todos integrantes de la selección. No es menor ninguna de estas cosas para la urgente necesidad de autoestima de los argentinos; para mostrarnos que podemos ser mejores; que trabajar en equipo, con unidad, esfuerzo, mérito y sacrificio, es el único modo de sacar a nuestro país del pozo en el que estamos hace años. Es una gran cosa que el modelo ya no sea Maradona, extraordinario futbolista pero también ventajero, sobrador, inestable, drogón, malhumorado y malhablado... Gracias a Dios Maradona es Maradona y Messi es Messi y hasta ahora la frase más picante que conocemos de Leo se ha convertido en el lema del Mundial: qué mirás bobo, andá pallá.

Estoy convencido de que estas cosas influyen en la sociedad como ninguna otra, y la Argentina las necesita como la sequía necesita de la lluvia. Pero quiero insistir en que ya no importa si a la tercera estrella se la lleva la selección francesa o la argentina. Es que para que uno gane, otro tiene que perder. Es así en todos los deportes y también es verdad que el último que gana es el mejor de todos, pero en el camino quedaron todos, menos uno.

Es sábado a la tardecita cuando esto escribo y el envión parece imposible de parar. Ya veremos qué pasa en la tarde del domingo, pero que nada nos arrebate la alegría de estos días felices de nuestra historia.

11 de diciembre de 2022

Política enferma


El miércoles 7 hubo un golpe de estado en el Perú. En realidad fue un autogolpe de dos horas del Presidente contra el Congreso –del Poder Ejecutivo contra el Legislativo– porque el Congreso pretendía ese mismo día declarar la incapacidad moral permanente de Pedro Castillo para ejercer la presidencia, y lo hacía por tercera vez desde que inauguró su periodo hace 16 meses. Castillo estaba seguro de que esta vez lo iban aa destituir porque el martes se supo que dos ministros le pagaron buena plata para que no los eche y también se supo que el mismísimo Castillo había coimeado a algunos congresistas para que voten a su favor en los intentos anteriores de declarar la vacancia por incapacidad moral.

Castillo se adelantó al Congreso, y a las 11.42 de la mañana, en un mensaje a la nación, declaró a su gobierno en excepción, instauró el estado de sitio, disolvió el Congreso y decidió gobernar por decreto hasta que se elijan nuevos congresistas que tendrían la misión de reformar la constitución. Dos horas después el Congreso había destituido a Castillo y lo mandaba a buscar con la policía antes de que llegue a la embajada de México, donde intentaba asilarse. Al mismo tiempo le tomaba juramento a su vice como nueva presidenta del Perú. Ahora Castillo está preso y andan buscando a otros golpistas para procesarlos, pero no hay tantos porque la debilidad de Castillo era tan evidente que ya se le habían dado vuelta hasta los más cercanos.

El Congreso del Perú tiene autoridad legal, pero ninguna autoridad moral para destituir al presidente. Lo que pasó el miércoles en Lima fue una pelea de corruptos ganada por el más astuto: quiero decir que la corrupción no está en un solo poder del estado peruano porque son todos cómplices del mismo delito. Desde 1985 a nuestros días solo uno de los expresidentes peruanos no está preso, ni exiliado, ni procesado: el que duró cinco días. Y el que no está ni preso, ni exiliado, ni procesado, se suicidó para evitar la condena...

Al conocer estas noticias, Inés San Martín, una periodista argentina que cubrió la visita del Papa al Perú en 2018, citaba unas palabras de Francisco: La política está enferma, está muy enferma y hay excepciones, pero en general está más enferma que sana. ¿Qué pasa en Perú que todos los presidentes van a la cárcel? y agregaba que para ella esa sigue siendo una de las frases más grandes y menos citadas de Francisco y recordó también que los periodistas no lo informaron porque el Papa lo dijo a los obispos peruanos mientras los periodistas se dirigían a la misa de clausura de su visita.

Es cierto que algo de culpa de lo que pasa en el Perú la tiene la polarización y quizá también el sistema constitucional híbrido entre presidencial y parlamentario, que permite al Congreso las mociones de vacancia, equivalentes a las de censura de los parlamentarismos europeos. Pero el caso del Perú es un paradigma, representa a toda la política latinoamericana y también a gran parte de la política mundial. Tal como lo dijo Francisco, está claro, por lo menos para mí, que miraba al Perú y a sus expresidentes presos, pero se refería a la política en general.

La política de nuestra América está enferma porque cayó en el remolino del crimen organizado, que es hoy el que tiene la billetera más gorda y ningún escrúpulo para conseguir impunidad al precio que sea. Ese dinero también compra opinión pública y corrompe el sistema electoral, enfermando la democracia. Para colmo, el poder está contagiado de crimen y ya no tiene vergüenza para mostrarnos su trapacería, sus contradicciones, sus malversaciones, su lucha por el poder solo para detentar el poder, que es impunidad. Y los ciudadanos asistimos a ese lamentable espectáculo como testigos acostumbrados...

Como dice el Papa, hay excepciones, pero nadie está en condiciones de decir cuáles son.

4 de diciembre de 2022

Árboles y cables

Los diarios dan sombra. Es la conclusión de un silogismo fácil que voy a expresar de este modo: el papel sale de árboles que se plantan para hacer diarios. Y toda industria que se sirve de los árboles, como la mueblería, la construcción o el papel, antes plantó inmensos bosques que le dan su materia prima. Por eso se puede decir que tenemos grandes bosques gracias al papel higiénico y al que envuelve regalos, a las casas de madera, a las sillas, los roperos y las mesas, y claro, a los diarios, a las revistas, a los libros... Al contrario, también se puede decir que, en la medida que decrece el número de páginas o de ejemplares de la industria gráfica, también se achicará la cantidad de árboles del planeta, porque nadie los plantará. Esta es también la base equivocada de un sofisma que se oye a menudo en los ambientes ecologistas: dicen que si cada edición del New York Times consume 25.000 pinos (invento rápido el número), hay que terminar con el New York Times; cuando el razonamiento correcto indica que esos 25.000 pinos se plantaron para esa edición del New York Times. Así que es al revés: gracias a una edición del New York Times hubo 25.000 pinos más en la naturaleza durante unos 15 o 20 años, renovando el aire, dando sombra, bajando la temperatura, cuidando el agua...

El mismo razonamiento se puede aplicar a toda industria relacionada con la madera, ya que –salvo casos excepcionales y casi siempre ilegales– usan como materia prima árboles que se plantaron para esa industria. Al fin y al cabo es como cualquier cultivo vegetal o ganado animal, que son muy numerosos solo en cuanto sirven para su explotación (si no comiéramos su carne, quizás los cerdos se habrían extinguido). El día que no usemos más papel ni madera, nuestros campos se volverán interminables planicies sin una sombra.

Los postes de madera que sostienen los cables que nos proveen de luz, telefonía, televisión e internet, también fueron árboles –casi siempre eucaliptos– así que se puede decir que dan sombra como los diarios porque la dieron antes de ser postes. Pero los cables que sostienen esos postes compiten con los árboles en nuestras veredas, y en Posadas por desgracia en esa competencia ganan los cables...
No hay ninguna razón de peso para no dar prioridad a los árboles sobre los cables, al revés de como lo estamos haciendo. Ninguna razón para que las cuadrillas municipales o de Energía de Misiones se entretengan destrozando los árboles que dan sombra, frescura y salud en las ciudades y en las rutas. Quiero decir que perfectamente pueden convivir en lugar de competir, pero si fuera el caso de elegir entre uno y otro, no hay ninguna duda de que hay que elegir al árbol. Es que los intrusos son los cables, no los árboles.

En países y ciudades donde la sombra no es tan necesaria porque por su latitud el sol está muy sesgado o hay nubes durante gran parte del año, los árboles se protegen mucho más que en nuestras calles, donde el sol cae a pico durante la mitad del año. En esas ciudades a nadie se le ocurre, jamás, cortar una rama para que pase un cable. Es que conocen la fortaleza superior de la sombra, de la buena temperatura y del aire puro, y saben que con eso no se juega. Lo curioso es que nosotros lo ignoremos.

Y no hay que ir tan lejos. Basta con recorrer las calles arboladas de Buenos Aires o de su inmenso conurbano, para comprobarlo. En muchos casos esos árboles sirven de postes naturales, son solidarios en lugar de enemigos de los cables y a nadie se le ocurre podarlos.

Bastaría con que los mismos funcionarios que hoy destrozan sin ningún criterio los árboles de nuestras veredas, se ocuparan de acomodar los cables entre ramas y horquetas cuando hay algún conflicto, en lugar de tronchar años de crecimiento y cuidado de los vecinos con una estúpida motosierra.

27 de noviembre de 2022

Disparatón argentino

En las rutas argentinas se pueden ver miles de disparates. Hace tiempo que en esta columna critico los retenes inútiles de las fuerzas de seguridad, esos que matan el tiempo mirando el teléfono y también los retenes de las mismas fuerzas de seguridad que se divierten molestando a los viajeros. Además están los negocios espontáneos que invaden las banquinas y la profusa cartelería que los antecede, completamente prohibidos; algunos con instalaciones permanentes y otros son apenas tenderetes que deben dar buena carne a juzgar por la cantidad de camiones que paran y dificultan la vista y el tránsito...

Hay otros disparates que hacemos con los autos y que tampoco son pasibles de sanción alguna, aunque estén prohibidos por las leyes. Y si no lo hacen las leyes, déjenme por lo menos que me desahogue aquí de la indignación que me producen los necios que van con las luces de niebla prendidas cuando no hay niebla. Las de adelante solo muestran esa necedad, pero la trasera es pura imbecilidad, dada la luz intensa que encandila a los que vienen detrás. También están los que circulan con las balizas prendidas, quizá para decir acá estoy yo, que es lo mismo que hacemos con la bocina casi todos los argentinos, siempre autorreferenciales. No me diga que no es un disparate que se multe a los que llevan apagada la luz que debe ir prendida y no se multe a los que llevan prendida la luz que debe ir apagada.

Pero hay un disparate que supera todos. Es el más disparatado. El disparate superlativo.

Es tan disparate que seguramente ha producido muchos accidentes, pero no podemos saber cuántos, porque nadie lo controla. Tampoco hay estadísticas. Y es un dispare nacional porque los argentinos vamos a contracorriente del resto del mundo, pero también en contra de la Ley de Tránsito (Ley 24.449, artículo 42, inciso f), que deberíamos saber, pero nadie toma en el examen teórico ni práctico de la licencia de conducir. Tampoco hay autoridad que sancione por esta infracción. Nada.

El disparatón es la señal que indica la inconveniencia de pasar al que viene atrás (y por carácter transitivo la que avisa que se puede pasar), que los argentinos hacemos con el guiño de la derecha para desaconsejar el paso y con el de la izquierda para darlo.
No haría falta ninguna ley que lo establezca porque es lógica pura, pero igual lo hacemos al revés. El guiño a la izquierda significa inequívocamente que uno va a girar a la izquierda y el guiño a la derecha que uno va a girar a la derecha; a eso lo entendemos a pesar de nuestra adolescencia colectiva. Precisamente por eso es tan peligroso el guiño a la izquierda para dar paso, ya que es imposible saber si el de adelante puso el guiño a la izquierda para girar a la izquierda, para sobrepasar un vehículo, o para dar paso. En cambio, si la señal de dar paso es el guiño de la derecha, da lo mismo si es para girar a la derecha o para dar paso, ya que no se correrá ningún peligro de colisión en el caso de que efectivamente el que va adelante gire a la derecha.

Decía que es imposible saber la cantidad de accidentes que se producen porque alguien intentó sobrepasar al de adelante cuando vio el guiño de la izquierda y un segundo después se los tragó porque estaba anticipando, correctamente, el giro a la izquierda o el sobrepaso de otro vehículo.

También es imposible entender cómo un país entero comete semejante disparate sin que nadie diga nada; sin una campaña nacional para arreglarlo; sin que las fuerzas de seguridad se muevan ni un milímetro; sin que el sindicato de camioneros le dedique ni un segundo; sin que se active un pelo de toda la organización pública que debería asegurarse de las condiciones de conducción de los ciudadanos que sacan o renuevan su carnet.

20 de noviembre de 2022

Disparates argentinos

Viajé a Buenos Aires en avión por el mismo precio que el ómnibus premium: nunca sé si los vuelos son baratos o los ómnibus son caros... Cuando llegaba al aeropuerto de Posadas con mi valijita para iniciar el vieje, caigo en la cuenta de que había salido de mi casa sin nada de efectivo. Como por suerte tenía la Sube de Buenos Aires, sabía que podría viajar en colectivo y en tren sin necesidad de efectivo, por lo menos hasta que encontrara un cajero. Es lo que hice desde el Aeroparque Jorge Newbery, pero con tanta mala suerte que justo esos días los trenes no llegan a Retiro por una obra grande que están haciendo en las vías.

Encaré el Subte en Retiro con la idea de llegar hasta Cabildo y Congreso y tomar después el 60 del Alto hasta Martínez. Como buen pajuerano me puse a ver el mapa de la red de subterráneos para confirmar el lugar de la combinación. Volví a constatar otro de los disparates argentinos: el Subte de Buenos Aires tiene nombres distintos en estaciones superpuestas y el mismo nombre en distintas estaciones, cosa de complicarle la vida lo más posible a los inocentes pasajeros. De paso me enteré de que les están cambiando el nombre a algunas estaciones, así que se puede abrigar la esperanza de que le pongan Obelisco a las tres estaciones que están ahí abajo: Carlos Pellegrini (línea B), Diagonal Norte (línea C) y 9 de Julio (línea D). Lo curioso es que las líneas B y D tienen estaciones Callao y Pueyrredón donde se cruzan con esas avenidas de Buenos Aires, pero una lo hace por debajo de Corrientes y la otra por debajo de Santa Fe. No me diga que no es un disparate que las estaciones se llamen distinto si están en el mismo lugar y que se llamen igual si están en sitios diferentes.


Después del Subte vino el Metrobús. Ese gran invento de Curitiba que se ha extendido por toda nuestra América y que ya se ha instalado en casi todas las avenidas de Buenos Aires. Es un carril exclusivo para los colectivos, con estaciones bien precisas para subir y bajar. Las estaciones tienen techo y hasta wifi, además de buena información sobre las líneas que pasan por ellas. Pero aquí el disparate es que ese sistema de carriles exclusivos no es un invento de los curitibanos y existía en Buenos Aires hace 60 años: se llamaba tranvía y no consumía combustibles fósiles porque era eléctrico, y tampoco quemaba cubiertas contra el pavimento porque usaba vías y ruedas de acero. Ahora no me diga que no es un disparate que hayamos inventado algo que ya estaba inventado, pero que además era mucho más cuidadoso con el medio ambiente cuando a nadie le preocupaba el medio ambiente.

En Posadas tenemos también algunos disparates, como el reloj que da la hora exacta dos veces al día. Está en la plaza del Mástil, donde la avenida Uruguay se topa con la Mitre. Hace rato que en esta columna me ocupo de ese y de los otros relojes de la ciudad que no dan ninguna hora porque funcionan a destiempo, mientras que el del Mástil lleva parado como diez años. Así que ninguno de los relojes públicos de Posadas marcan la hora, pero sí marcan el desinterés de las autoridades municipales. Un reloj que no da la hora es la cosa más inútil que hay, tanto que si no los piensan arreglar sería mejor sacarlos; claro que también los pueden reparar y mantenerlos, que es lo que hace cualquier municipio del mundo con sus relojes públicos si tienen un poco de sensibilidad por su gente.

Aunque hay muchos otros disparates, menciono ahora el recurrente de los semáforos de Posadas. Insisto en esta columna hace años en que es un disparate poner los semáforos antes de atravesar la calle y no después, de modo que se puedan ver sin problemas y también que se puedan hacer efectivas las fotomultas, ya que es imposible probar que uno pasó en rojo una vez que ya pasó, pero además es un contrasentido poner la línea blanca de detención donde es imposible ver el semáforo. Un disparate que podría empezar a dejar de serlo si colocan en el lugar correcto los nuevos semáforos de la Travesía Urbana en la antigua Ruta 12.