22 de mayo de 2022

Democracia en la cornisa

La democracia está sintiendo el vértigo que provoca la posibilidad, nada remota, de un paso en falso cuando se anda por caminos peligrosos. Y con lo de la cornisa no me refiero solo a la democracia argentina sino a toda la democracia, por el impacto tremendo que están teniendo las redes sociales en la vida pública de las naciones.


Ucrania es un caso bien actual. Allí se libra una guerra (según von Clausewitz es la continuación de la política por otros medios) relatada en tiempo real, en la que los soldados llevan una cámara en el casco y el celular en la cartuchera. Resulta que hoy podemos ver en una cuenta de Twitter a un francotirador ucraniano reventando un tanque ruso con un lanzamisiles y presenciamos la toma de Mariupol en Instagram como si fuera una Play Station.

No sabemos cómo terminará esta la guerra, pero no cabe duda de que, entre Putin y Zelenski, quien mejor maneja las redes sociales –la opinión pública– es el presidente de Ucrania, que tiene a casi todo el mundo de su lado. Es cierto que todos tendemos a defender al débil que pelea contra el poderoso, pero Zelenski tiene, además, la condición de David: puede ganar.

Lo mismo pasa en la política, digamos pacífica. Si nos preguntaran quién va a ganar las elecciones presidenciales del año que viene en la Argentina, podemos contestar que ni lo conocemos porque no es ninguno de los que aparecen hoy como candidatos. Es perfectamente posible que en junio alguien invente un candidato que gane en agosto, y después no sepa qué hacer. Y esa posibilidad, que es real y que estamos viendo en unos cuantos países del mundo, es la causa del fracaso de esos mismos gobiernos, salvo alguna excepción debida a la suerte. Es que Tik-tok puede servir para ganar elecciones pero no sirve para gobernar.

Las redes sociales son hoy la peor amenaza para los procesos electorales, que no son la esencia de la democracia pero sí un ingrediente elemental. Lógicamente el peligro no son las redes en sí mismas, que como toda cosa inerte, depende de la voluntad de quienes las usan. La impresión rápida es que el mundo será de quienes las sepan aprovechar para manipular a las masas que votan para elegir candidatos. Y da verdadero pavor pensar en esa herramienta a merced de la imbecilidad colectiva o en manos de los que tienen pretensiones despóticas, de los tiranos banderas y de los patriarcas otoñales.

Frente a esta realidad hay tres problemas que resolver.

El primero es el anacronismo de los políticos, que siguen pensando en manifestaciones multitudinarias en las que no juntan a nadie si se las compara con los números de las redes sociales. La inexperiencia anacrónica los deja desnudos frente a los que sí saben y los lleva a confiar en ellos solo para llegar al poder.

El segundo es la velocidad del cansancio social. Lo estamos viendo en la Argentina y es una de las razones por las que probablemente nadie acierte a predecir quién será próximo Presidente de la Nación ni para qué lado rumbearemos.

El tercero es la ignorancia, que es la verdadera pobreza de nuestro pueblo y de cualquiera, la que nos deja inermes a merced de cualquiera que nos quiera manipular. La educación es el remedio contra la manipulación de las redes y también contra la velocidad de los cambios sociales. Un pueblo educado sabrá elegir, pero sobre todo y más que nada, sabrá vivir en democracia, que es bastante más que elegir a las autoridades.

15 de mayo de 2022

Casero y el silencio de los periodistas

 

El viernes de la semana pasada a Alfredo Casero se le soltó la cadena en un programa de televisión. Si no lo vio en directo, quizá lo haya visto por cualquier plataforma digital o linkeado a una red social: con tal de conseguir clics, todos se apuraron a ofrecerlo con la excusa que fuera. Igual, no importa si no lo vio porque ese no es el tema de esta columna. El tema es el silencio de los periodistas, pero voy a describirle brevemente el hecho para que entienda de qué estoy hablando.

Casero estaba sentado a la derecha de Luis Majul en su mesa de LN+ (el canal de TV de La Nación) cuando empezó a levantar presión porque Majul le preguntaba cosas pero no lo dejaba hablar, hasta que en un momento explotó y dio un fuerte puñetazo en la mesa. Ahí empezó un stand-up en el que Casero acusó a Majul y al resto de los periodistas de la mesa de ser cómplices de los políticos. A Casero no le faltan tablas como para improvisar en un set de televisión, así que el espectáculo resultó interesante y quizá también por eso fue repetido hasta el cansancio. Entre las frases que dijo hay algunas imperdibles como "lo primero que hacen es ponerse chupines y ganar plata" referidas a los periodistas críticos del gobierno que cobran buen dinero por ahondar la grieta, a la vez que pregonan a los cuatro vientos que la grieta es una desgracia nacional. Cuando Casero se iba aparatosamente del estudio, Majul le gritó que no le tenía miedo, entonces Casero volvió a la mesa y lo encaró: "cuando alguien dice no te tengo miedo es porque está cagado en las patas..."

La gota que rebalsó el vaso y provocó el puñetazo en la mesa fue una mueca –una burla con la cara– que hizo Majul cuando Casero trataba de articular sus palabras para decir algo muy serio, pero ni esa gota ni ninguna justifica la furia en vivo y en directo de Casero: el que pierde los estribos también pierde la razón porque ya no importan los argumentos ni la lógica: pasa a importar más la forma que el fondo de lo que se dice y ahí se queda todo. Una lástima porque creo que valía la pena lo que estaba diciendo.

El hecho suscitó una discusión generalizada en el ecosistema de los periodistas de todo el país, que se pusieron más del lado de Casero que de Majul. Al final, casi todos hablaron de hartazgo y de que al pobre Casero se le soltó la cadena porque el país no da más, porque la gente está repodrida y todas esas cosas absolutamente incomprobables. Puede ser que estemos un poco cansados de esta Argentina vueltera que nunca termina de llegar al fondo de la grieta, pero eso no justifica la más mínima expresión altisonante y mucho menos un ataque de furia. En realidad nada lo justifica: ser bien educados es más importante de lo que generalmente se cree en esta era dominada por el sentimentalismo a ultranza.

Hay gente que habla mucho y gente que habla poco. Es un condicionamiento de la genética, de la etnia, del carácter o de las pasiones, que no sabemos o no podemos controlar; también puede ser cosa de la voluntad y le aseguro que no es mal ejercicio. Lo malo no es hablar mucho sino hablar de uno mismo, interrumpir con la autorreferencia constante todas las conversaciones: eso es lo que cansa a los que escuchan. Por eso, hable de lo que hable, desconfíe del periodista que habla mucho, porque la obligación del periodista no es hablar sino escuchar. También oír, mirar, tocar, oler, gustar... sentir. Y para todo eso es preciso callarse la boca y contemplar la realidad con todos los sentidos. Si no, nunca sabremos decir la verdad, porque para decir la verdad primero tenemos que acercarnos a la realidad hasta que nos duela; y cuanto más nos acerquemos a la realidad, más nos acercaremos también a la verdad. Oírnos a nosotros mismos solo nos permite hablar de nosotros mismos: esos son los periodistas de las falsas verdades, subjetivos, autocomplacientes, de preguntas inducidas, que pueden gustarnos dos minutos porque piensan parecido o no gustarnos nada porque piensan al revés, pero terminan cansando a sus audiencias porque las hartan y las sobrecargan de sus propias palabras.

8 de mayo de 2022

La Constitución de 1853

El viernes la vicepresidenta nos sorprendió en el Chaco con una declaración maravillosa. Dijo que si le dan a elegir entre la Constitución de 1994 y la de 1853, prefiere la de 1853. También dijo que antes de esas dos prefiere una constitución peronista, refiriéndose seguramente a la de 1949. Y aclaró, por si alguien no se acordaba, que tanto ella como su marido fueron convencionales constituyentes en la de 1994. Sostienen los panelistas de ocasión que lo dijo para tirarle onda a Javier Milei, con la sola intención de ensalzar a quien puede sacarle votos al Juntos por el Cambio. Vaya uno a saber, pero no tengo por qué creer que lo que dijo no sea lo que piensa y no puedo estar más de acuerdo con ese pensamiento, pero por razones bien comerciales: son evidentes tanto el éxito de la de 1853 como el fracaso de la de 1994.

Antes de 1853 hubo en la Argentina otras constituciones, además de los pactos preexistentes que menciona el preámbulo que integra la Constitución desde 1853. Los precedentes más remotos son el Cabildo Abierto del 22 de mayo de 1810 y el Congreso de Tucumán de 1816, pero la primera Constitución es la de las Provincias Unidas de Sudamérica de 1819. Le siguen la Constitución de la Nación Argentina de 1826, el Pacto Federal de 1831 y el Proyecto de 1852, que convirtió a Juan Bautista Alberdi en el padre de la actual. Fue sancionada en 1853 y refrendada con escasas reformas en 1860, cuando se incorporó Buenos Aires a la Confederación Argentina. En 1898 sufrió dos modificaciones menores relacionadas con cantidades. En 1949 se sancionó la ya citada Constitución Peronista, hija de Arturo Sampay, pero fue derogada en 1956 por un gobierno de facto sin que nadie, hasta hoy, diga esta boca es mía. En 1957 se agregó el artículo 14 bis y un inciso del 67 (funciones del Congreso). La última es la de 1994, que rige actualmente. Igual que el preámbulo, en ninguna de las reformas se cambió la declaración de derechos y garantías establecidas en 1853 bajo la inspiración de Alberdi.

Desde 1810 hasta 1860 la Argentina vivió una larga temporada de guerras civiles, asesinatos políticos, encuentros y desencuentros entre unitarios y federales, caudillos provinciales que convivieron con fracasados intentos de unidad. Por fin, en 1853 y gracias a la clarividencia de Alberdi, se redactó la síntesis de esa Argentina que en pocos años pasó del desorden al orden institucional y nos rigió sin mayores problemas, por lo menos hasta el primer golpe de estado que alteró el orden constitucional en 1930, pero hay que decir que ninguno de los golpes de estado que alteraron el orden constitucional pudo contra ella, ya que volvió a levantarse una y otra vez.

La Constitución de 1853 fue un parto difícil, pero exitoso. La de 1994, en cambio, empezó con un paseo por la quinta de Olivos donde se fraguó el pacto político y terminó entre las ciudades de Santa Fe y Paraná, históricamente constitucionales. No cambió las declaraciones de derechos y garantías de 1853 –la parte que Cristina llamó pétrea, de piedra, inmodificable– pero reformó el periodo presidencial, terminó con la elección indirecta, estableció una curiosa mayoría para ganar en la primera vuelta electoral y subió a rango constitucional los tratados internacionales firmados por la Argentina: todas ideas bastante discutibles. Entre las buenas está el Consejo de la Magistratura, pero por no ponerse de acuerdo los convencionales, quedó para más adelante su conformación, cosa que todavía nos trae dolores de cabeza, especialmente en estos días.

Un viejo profesor español de derecho, don Carmelo de Diego-Lora, sostenía que la mejor constitución es la más corta. La que explica con pocas palabras los principios fundamentales del pacto de convivencia entre los que forman una misma nación. Muchos artículos –decía– no hacen más que embrollar su interpretación. Esos principios están contenidos en la parte pétrea de la Constitución Nacional, la que realmente vale y ha perdurado a pesar de las sucesivas reformas, tanto que podríamos dejar lo secundario para leyes que dicte el congreso con una mayoría calificada y nos quedamos para siempre con el preámbulo y la primera parte de la Constitución de 1853.

7 de mayo de 2022

Tacuruses

Posadas, 7 de mayo de 2022.

30 de abril de 2022

Un restyling para la democracia

Perdón por usar la expresión en inglés del título, pero es que también entre los que hablamos castellano así se significa la renovación de una marca, de una imagen, de un estilo gráfico… y todavía en castellano tenemos que usar tres o cuatro palabras para decirlo.

Y si restyling está en inglés, democracia está en griego. Señal de que es un concepto muy antiguo, que se ha ido renovando con el tiempo, porque los tiempos cambian y todo necesita cada tanto renovar su concepto, su imagen y hasta sus fundamentos. Pero en cualquier proceso de este tipo nos encontramos con un escollo difícil porque depende de la inteligencia o de la imbecilidad humanas: confundir lo esencial con lo accidental. Quiero decir que corremos el riesgo de cambiar lo que no hay que cambiar y no cambiar lo que sí había que cambiar...

La democracia es el gobierno del pueblo. Lo dice, en griego, la misma palabra, pero quien completó el concepto fue Abraham Lincoln, el 19 de noviembre de 1863 en Gettysburg: gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo. Desde antes de Aristóteles hasta Abraham Lincoln la idea de la democracia incluye necesariamente a todo el pueblo. Eso quiere decir que no es la imposición a las minorías del pensamiento de las mayorías sino la convivencia pacífica de los que piensan distinto. Supone también, necesariamente, un fin común en el que todos están de acuerdo, y que está incluido en el concepto de nación.

Insiste cada vez más la vicepresidenta en que las ideas en que se basa el sistema democrático y republicano están viejas, tanto como el barón de Montesquieu y las revoluciones americana y francesa, en ese orden. Es verdad, pero hay que aclarar lo dicho más arriba: lo que hay que renovar no es lo esencial sino el estilo, no el fondo sino la forma. Entre esos conceptos esenciales están los límites al poder en el espacio y en el tiempo, reflejados en la división de poderes y en la caducidad de los mandatos.
 

El domingo pasado hubo elecciones generales en Francia. Le ahorro la historia, solo lo traigo a colación por la portada del diario Libération del sábado: Contra la extrema derecha, votemos a Macron: hay que votar a un candidato que no nos gusta porque la alternativa es mucho peor; y lo hizo el sábado y no el domingo porque Libération no sale los domingos. ¿Le hace dudar de la democracia francesa ese mensaje que entre nosotros está absolutamente prohibido? Claro que no, porque lo que está viejo en nuestro sistema es el paternalismo electoral que trata a los electores como si fueran estúpidos, los lleva a votar como borregos por candidatos ignotos en listas interminables en las que hay entreverados grandes candidatos con payasos de circo, psicópatas, cleptómanos y tontos de capirote.

Estamos jugados en nuestra América cuando nos sorprenden gobernantes que nadie se explica cómo llegaron hasta allí, pero tampoco dudamos de que fue democráticamente, por lo menos la primera vez, cuando usaron la democracia para atentar contra la democracia. Por eso el restyling de la democracia debería incluir los cortafuegos que impidan llegar a estos extremos y uno de ellos debiera ser un test psicofísico en vivo y en directo en lugar de esos debates inútiles que son duelos de monólogos.

Europa viene haciendo restyling de la democracia desde la época de Juan Sin Tierra en el siglo XIII, si no se cuenta un antecedente en el Reino de León en el siglo XII. En esas época nació el parlamentarismo, que limitaba el poder del soberano y daba voz y voto a las minorías. Ese sistema se fue depurando, especialmente en el siglo pasado, y hoy hay tantos parlamentarismos como países en la Europa occidental y democrática. Ahí tiene el restyling para nuestras democracias sudamericanas, mucho más cercanas a las europeas que al presidencialismo norteamericano, que copiamos porque era lo que entonces estaba de moda.

24 de abril de 2022

Caídos o trasplantados

No estaba en Posadas a fines de febrero cuando me llegó la foto de un árbol caído en la bajada de la avenida Roque Pérez de Posadas. Me acordé entonces de esta ampliación de la realidad que supone que todos andemos con una cámara de fotos y filmadora en el bolsillo, que para colmo está conectada a internet, tanto que podemos hacer que todo el mundo vea lo que estamos viendo, en tiempo real, o hacer fotos de lo que pasa a nuestro alrededor. Pensaba que todo se volvió público y que, lejos de ser una debilidad de nuestra época por situarnos todo el tiempo en el ojo de todo el mundo, es un progreso notable para la transparencia de las conductas públicas que ya casi no se pueden esconder. Supongo que también fortalece el concepto mismo de intimidad, cada vez más reservado al propio hogar y a la decisión de mantenerla alejada de la mirada indiscreta de los terceros que no tienen nada que hacer allí.
 

Como solo lo he visto en fotos, por la apariencia supongo que aquel árbol era un ficus ya grande, al que la obra de una acequia de cemento que baja entre el cerro y la calle dejó sin sustento y lo tumbó cuan largo era a lo ancho de la avenida. El ficus no es autóctono y su verde es un poco tonto, pero ahí estuvo años, creciendo algo inclinado sobre la avenida a la que daba sombra. La sombra y los años son los que importan, porque no se recuperan así nomás. Y cayó por una obra que no tuvo en cuenta ni la sombra ni los años, ya que se podía transplantar a un lugar donde siguiera brindando lo mismo que nos daba, pero a unos metros de su emplazamiento original, donde hay otros árboles, entre ellos un samuhú, ahora apuntalado para que no le pase lo mismo que al ficus.

Es lo que ocurrió hace unos días en la obra de la la Travesía Urbana, sobre la avenida Quaranta y Las Heras, a la altura del acceso a la residencia del Gobernador, donde había una garita de la Policía y también un puente de curiosa arquitectura que ya desapareció. Allí daban sombra varios árboles añosos, que quedaron en el medio de la traza de la nueva colectora en la mano hacia la Rotonda. Con muy buen tino –y supongo que cumpliendo estrictas condiciones del contrato– la empresa constructora corrió uno metros los árboles para darles lugar junto a la colectora; y para que nadie se enoje al ver a sus operarios manipulado esas plantas, la empresa colocó un cartel que aclaraba que los estaban trasplantando y no talando. Bien hecho y señal de que se pueden trasplantar árboles grandes en lugar de talarlos o de socavar sus raíces hasta que caigan.

Como con otros temas en los que se sugieren mejoras en la ciudad, no es la primera vez que digo lo que sigue y supongo que tampoco será la última. Hay que insistir…

Los árboles son seres vivos, del reino vegetal. Nacen chiquitos y crecen: unos más y otros menos, unos más rápido y otros más despacio; y para crecer necesitan tierra y agua. Está muy bien plantarlos, pero no es lo único que se requiere para que crezcan: luego hay que cuidarlos hasta que se pongan grandes, se defiendan solos y lleguen con sus raíces al agua de alguna napa subterránea. Y no solo regarlos: hay que cuidarlos, con tutores para que no los tuerza el viento y vallas para protegerlos de algún desprevenido. También se mueren: de viejos, por pestes o por la misma falta de cuidados, y a veces a pesar de los cuidados; entonces hay que reemplazarlos por nuevos.

Además, una cosa es una explotación forestal y otra un parque urbano. Es la diferencia entre una plantación y un paisaje. Por eso insisto en que no hace falta poner los árboles en fila en los parques de la ciudad, como si fueran plantas de mandioca… No le vendría mal contratar un buen paisajista a la Municipalidad de Posadas, pero mientras tanto, se puede romper un poco la geometría de chacra desviándose de las líneas rectas en la reposición de los árboles que se pierden.

17 de abril de 2022

La banda, el bastón y la suerte


Hablamos de poder cuando alguien toma, adopta, una decisión y esa decisión es respetada por el conjunto de la sociedad. Eso es el poder. Que te pongan una banda y te den el bastón, un poquito es… La frase es textual de la vicepresidenta argentina, pronunciada el miércoles en su presentación ante la Asamblea Parlamentaria Europea-Latinoamericana que se realizaba en el Centro Cultural Kirchner de Buenos Aires. Faltan los gestos y un poco de contexto como para concluir que se refería a alguien en particular, pero igual el periodismo porteño se apuró a asegurar que era una alusión al Presidente, entre otras cosas porque después dijo …ni te cuento si además no se hacen las cosas que hay que hacer.

La vicepresidenta expresó el concepto de poder en el sentido más amplio y cabal. Sabe, por experiencia (también lo dijo) que el poder político no es el que tiene toda la capacidad para tomar decisiones respetadas por el conjunto de la sociedad. En este dilema se basa toda la filosofía de una parte más o menos importante del arco ideológico, en la Argentina y en el mundo. Y da igual el momento en que lo exprese: habría valido lo mismo en sus épocas de presidenta, de senadora, o retirada cuidando nietos en El Calafate. Además, esta expresión es la base de otra que usó durante sus años en la Casa Rosada, cuando decía vamos por todo… Quería decir que no le alcanzaba con el poder político: si quería cambiar la realidad necesitaba tener el poder real, el que no dura solo cuatro u ocho años; el poder que se queda para siempre en la Casa Rosada aunque los presidentes cambien.

Basta con buscar cualquier entrevista a los empleados más antiguos de la Casa Rosada o de la Quinta de Olivos. Invariablemente contarán que conocieron a muchos presidentes, todos muy distintos, pero cuando les preguntan por el resto de los que pasaron por allí, contestan que esos son siempre los mismos. Son los que tienen el poder real mientras que el de los presidentes es efímero. Cualquier cargo electivo tiene plazo de vencimiento porque nuestras leyes republicanas han establecido un límite al poder en el tiempo. En cambio, el poder real no tiene límites en el tiempo y a veces tampoco en el espacio.

Así es la historia del poder. Los reyes absolutos eran los dueños de todo: no solo de los bienes sino también de la vida de sus súbditos. Pero cuando las sucesivas revoluciones, desde la época de Robin Hood a nuestros días, fueron recortando los despotismos, el poder real (el de verdad) se corrió a personas o corporaciones que hoy mantienen su base dinástica y acumulativa, sin cortapisas ni almanaques que lo limiten.

Permítame dar una vuelta más de rosca a esta improvisada teoría ilustrada del poder. Hoy, en nuestras sociedades democráticas, el poder debe servir para cambiar la realidad, mejorar la vida de la gente de acuerdo a unos criterios que son distintos de un lado u otro del espectro ideológico, y aunque cambien las personas, ese poder se mantiene en la medida que se consiguen los objetivos. No sirve, en cambio, cuando el único fin del poder es detentarlo, mantenerlo o acrecentarlo a como dé lugar sin un proyecto, sin un objetivo o una meta. Y lamento comunicarle que algo de eso nos está pasando hoy en la Argentina y no solo en la Argentina. Es la razón de la desilusión de los jóvenes con lo que hay y también del progreso inusitado en las encuestas, sobre todo entre los mismos jóvenes, de candidatos desconocidos, pero que por lo menos dicen para dónde van.

El peligro de la falta de objetivos es que al final nos agarramos de cualquier proyecto que aunque sea vaya para algún sitio. Entonces aparecen los outsiders desconocidos, a los que votan multitudes desilusionadas con quienes prometieron mucho pero después nos acercaron más al abismo. En ese escenario dependemos de la suerte, que no es nunca un buen prospecto. ¿Quiere ejemplos? Están en toda nuestra América, Argentina incluida.

10 de abril de 2022

Autoridad, poder y lomos de burro


Los lomos de burro son la expresión más cabal de la ineficacia de la autoridad para hacer cumplir las leyes. Es la renuncia a cualquier política civilizada para conseguir que los conductores reduzcan la velocidad y para eso se apela a la violencia contra los conductores y sus vehículos, a veces ante una bocacalle, otras delante de un colegio y otras no se sabe bien por qué. Se supone que la velocidad permitida en calles y avenidas es de 60 kilómetros por hora, pero si los pasa a esa velocidad, los nuevos reductores metálicos que están instalando en Posadas le arruinarán el tren delantero a la cuatro por cuatro más pintada.

Mutatis mutandis (y por favor perdonen la comparación, pero creo que es solo una cuestión de escala) lo que hace el estado con nosotros es como Rusia invadiendo Ucrania: si no puede conseguir que haga lo que quiere, la somete, la sojuzga y la viola. Es usar la violencia para conseguir un fin que se supone que es un bien, por lo menos para algunos ya que no lo es para los propietarios de los autos rotos por esas instalaciones. Y todo con el supuesto fin de mejorarle la vida a la gente, pero a fuerza de empeorarla por otro lado, y con saldo negativo en el balance final de este tira y afloja, porque nos acostumbrará a cumplir las leyes solo por temor a la violencia física y no para respetar los derechos de los demás.

Se puede ir un poquito más allá todavía en este razonamiento y concluir que es completamente absurdo pavimentar las calles de una ciudad para que los autos viajen sin contratiempos y después agregar –a propósito y unilateralmente– los contratiempos. Es como asfaltar una calle y después romperla. La lógica pura indica que sería mejor no pavimentar las calles, ya que de ese modo los conductores tendrían que reducir la velocidad a la fuerza, que es lo que se pretende con los lomos de burro o de toro, vigilantes dormidos, policías acostados, túmulos, rompemuelles, lomadas y lombadas (en toda nuestra América se repite el flagelo aunque cambien los nombres). Unos son filosos, otros romos. Unos parecen colinas, otros mesetas. Unos semejan una procesión de tortugas, otros son filas de tachuelas gigantes, pero todos coinciden en hacer daño al que pase inadvertido a velocidades permitidas.

Es tan ilógico poner obstáculos en las calles de la ciudad como construir una autovía para que los autos no puedan sobrepasar los 60 kilómetros por hora. Un acceso que es una contradicción en sí misma ya que se supone que se agregaron carriles para permitir el sobrepaso y mejorar la entrada y salida más transitada de la ciudad, pero después se impide sobrepasar hasta a los camiones más lentos con ese ridículo límite de velocidad.

Y no ocurre solo con la velocidad máxima en la autovía que va desde Garupá a San José. Cada retén de la policía con sus conos anaranjados en un atentando a las millonarias inversiones en vías de comunicación: para qué queremos dobles trochas o rutas más anchas si después las obstaculizan a cada rato con piquetes de la Policía Provincial, de la Gendarmería Nacional, de la Prefectura Naval, de la Policía Federal y hasta de la Policía de Seguridad Aeroportuaria… que nos paran para preguntarnos a dónde vamos o miran sus celulares a la vera del camino.

Los lomos de burro y el resto de los obstáculos son una comprobación empírica de lo que es el poder sin autoridad. Como no hay autoridad que consiga que cumplamos las leyes, se ejerce solo el poder de rompernos los autos, jorobarnos el tiempo del viaje, o simplemente mostrarnos quién manda en la carretera.

Dirán que no hay otro modo de lograr que la gente maneje más despacio porque son todos unos maleducados. Toda una confesión… de la falta de enseñanza, de igualar para abajo a los buenos y a los malos y de la escasa autoridad de los que gobiernan, a quienes no les queda otra que recurrir al poder y a la violencia sobre los gobernados.

3 de abril de 2022

Semáforos de Posadas


El sábado de la semana pasada se inauguró la mano única en otras dos avenidas de Posadas. Santa Catalina ahora corre de norte a sur, desde Urquiza hacia la terminal de ómnibus y la estación de transferencia de la avenida Quaranta; y Lavalle, al revés, va de sur a norte, desde Quaranta hacia Urquiza. Se está imponiendo un esquema más funcional de tránsito en la ciudad, pero sobre todo más racional. Y no solo eso: los comerciantes, que al principio de quejaban, ahora están bastante más conformes.

Pero la nuevas manos únicas de las avenidas dejan todavía pendientes dos reformas que pueden servir para mejorar toda la circulación de la ciudad, y aclaro que a las dos me he referido otras veces, pero me consta que hay que repetirlas para que al fin alguien caiga en la cuenta y se anime a encararlas. A veces se rechazan las sugerencias solo porque se les ocurrieron a otros, quizá para que esos otros no se adjudiquen los beneficios de los cambios. Lástima, porque es evidente no es un criterio sano para decidir nada.

Las bicisendas de Posadas no son bicisendas: son el antiguo cordón cuneta más un metro de avenida, delimitados por pintura y señalización vertical. Impiden el estacionamiento en uno de los lados, que es lo que sí molesta a los comerciantes que no cuentan con estacionamiento en sus locales. Toda la obra que se ha hecho es pintar ese carril, que es precisamente el que usaban los automovilistas para estacionar. La mitad de la bicisenda es cordón cuneta, casi imposible de transitar en bicicleta, lo que vuelve difícil cruzarse con otro ciclista. Pero además están las alcantarillas, las bajadas de autos que invaden el carril y cantidad de obstáculos que nadie se atrevió a modificar, no se sabe si por desidia o por la urgencia de parecernos a Amsterdam. Solo la avenida Tomás Guido tiene algo parecido una bicisenda de verdad y es el ejemplo de lo que sí hay que hacer. Esa avenida, en forma de paseo, nació como una compensación por la línea de 132.000 voltios que la recorre hacia la estación transformadora de la avenida Centenario. Al ser Tomás Guido doble mano, mantiene, además, los semáforos para ambos lados de circulación, cosa que no ocurre en las avenidas que se han vuelto de una sola mano, aunque sus bicisendas sean de ida y vuelta: en esas, los ciclistas que van a contramano de la circulación de los automóviles, tienen que pasar las bocacalles sin saber si tienen o no tienen el paso liberado por el semáforo. Solución: construir bicisendas de verdad, ponerlas en las avenidas de doble mano, o hacerlas pasar por calles internas y no por las avenidas. Es que, al final, las bicisendas son un obstáculo a la circulación más rápida de las avenidas.

Los semáforos siguen siendo un suplicio en Posadas, sobre todo a quienes por la edad ya no tenemos las articulaciones del cuello tan flexibles como los más jóvenes. Salvo en muy contadas excepciones están antes de la arteria que hay que cruzar, lo que obliga a los conductores de las primeras filas ha hacer contorsiones imposibles para verlos desde el lugar donde hay que detenerse. Hacer contorsiones imposibles o esperar a que uno de los de atrás toque la bocina impaciente cuando deja de mirar el celular y se da cuenta de que la luz del semáforo se puso verde.

Pero hay otro defecto –muy notable y muy aprovechable para los simples mortales que somos objeto de multas peregrinas– que las autoridades municipales deberían tener en cuenta: es imposible probar con fotos la infracción por pasar una semáforo en rojo cuando está antes de la calle que impide cruzar con la luz roja, ya que siempre el conductor podrá alegar que cuando la cruzó no estaba en rojo.

Por pura serendipia, al cambiar las manos de las avenidas y girar los semáforos sin modificar su emplazamiento, ya hay unos cuantos cruces que tienen semáforo del lado que tienen que estar. Pero no es una buena idea dejar que esas cosas ocurran por casualidad.

27 de marzo de 2022

El futuro es lo que vale


Dice Andrés Calamaro que no se puede vivir del amor. Es discutible y conste que soy de los que piensan que sí que se puede, no porque el amor sirva para comérselo o bebérselo sino porque es la única fuerza que consigue todo en este mundo.

De lo que estoy seguro que no se puede es de vivir del pasado. No lo puede hacer ni una persona ni un conjunto de ellas que forman una persona jurídica tan grande como una provincia, o un conjunto de provincias que forman una nación precisamente por ser un proyecto común, aunque puedan compartir también algún pasado. Fíjese que no tenemos el mismo pasado Tierra del Fuego que Misiones o Misiones que Mendoza o Mendoza que Formosa y sin embargo nos une el futuro porque tenemos el mismo destino desde que formamos las Provincias Unidas del Río de la Plata, que tenía vocación de incorporar todos los territorios del antiguo virreinato.

También ese futuro se llama destino, que no es lo que la suerte nos depara sino el que nos forjamos colectivamente. Ese destino es lo que nos define y describe, mucho más que el pasado.

Concentrarnos en el pasado no es una buena idea, entre otras cosas porque nos puede desviar del futuro. Es lo que ocurre hoy entre Rusia y Ucrania. Rusia tiene pasado y Ucrania futuro. Rusia quiere volver a la grandeza de la época de los zares y Ucrania está peleando su guerra de independencia en pleno siglo XXI. Ucrania tiene más pasado que Rusia, pero mira al futuro, a su propio futuro como nación independiente y con un destino común. Y Rusia, que tiene menos pasado que Ucrania –o un pasado común– se está aferrando a no perder lo que tenía. La situación es perfectamente comparable con la independencia de toda América, cuando los imperios europeos trataron de aferrarse a su pasado inmenso y glorioso, con una fuerza descomunal y desproporcionada, pero que nada pudo hacer contra la pasión libertaria de quienes habían decidido independizarse de la Metrópoli, con ejércitos desharrapados, en territorios casi desiertos y desde ciudades que eran apenas rancheríos confundidos con el barro de sus calles.

No sabemos todavía lo que pasará en Ucrania. Anticipé hace un par de columnas que saldría unida y victoriosa a pesar de las pérdidas de la guerra y también dije que a Vladimir Putin y Aleksandr Lukashenko les espera un destino parecido al de Nicolae Ceaușescu o Erich Honecker, los dictadores comunistas de Rumania y Alemania Oriental. No hay que ser muy suspicaz para sostenerlo: solo hay que tener memoria para comprobarlo el día que suceda.

Pero creo que es hora de que los argentinos nos apliquemos en serio la lección del pasado y del futuro. El viernes un diario de Buenos Aires titulaba CON LA MEMORIA DE BANDERA, y me hacía pensar que un país que establece las heridas de su pasado como bandera y que las revuelve todos los días para evitar que cicatricen, es un país enfermo de memoria. Un país que mira a sus próceres y a sus villanos, a sus tragedias y a sus apoteosis más que a sus sueños, es un país que va para atrás y no para adelante. Un país que se revuelca en sus errores con placer onanista, está perdido en el tiempo. Un país cuyos ciudadanos son incapaces de perdonarse y mirar para adelante, no tiene destino. No es fácil olvidar pero siempre se puede perdonar, por eso no digo que debemos olvidar pero sí que tenemos que perdonar.

Mirar al pasado sin proyecto de futuro es quizá el más grave error colectivo de los argentinos: pura memoria pero nada de sueños. Entonces solo queda un plan: el poder.

20 de marzo de 2022

Mariúpol

Las ciudades habitadas son un dolor de cabeza para cualquier estratega, desde Sun Tzu hasta Erwin Rommel, pasando por Julio César y Napoleón. No se trata de la dificultad de tomar por asalto una fortaleza repleta de enemigos armados, sino una ciudad enemiga con sus habitantes, que también son enemigos, muchos de ellos con sus armas, impredecibles y con un odio visceral a quienes los están violando. Es imposible avanzar en un frente urbano sin dejar cabos sueltos si no se hace limpieza casa por casa, edificio por edificio, departamento por departamento. Así y todo, las bajas propias son inmensas porque hay que luchar contra guerrilleros profesionales o improvisados, que conocen cada rincón, como dueños de sus casas y de sus calles y lugares públicos.

En la Guerra Civil Española apareció la expresión quinta columna para expresar las fuerzas amigas en territorio enemigo: cuatro columnas el ejército de Franco avanzaban sobre Madrid, pero el general Emilio Mola llamaba quinta columna a la integrada por muchos ciudadanos de Madrid que esperaban ansiosos la liberación y que caerían sobre las tropas leales a la República cuando la desbandada. En la Segunda Guerra Mundial se usó la táctica de ciudad abierta, que consistió en rodear las ciudades sin entrar en ellas en los avances de los aliados por Europa; así, una vez que cayera toda la región y sin salida posible, los defensores de esas ciudades depondrían las armas. Había, además de la humanitaria, una razón cultural: no destruir los invaluables tesoros arquitectónicos. Se cumplió en ciudades como Roma o Florencia, cuyas poblaciones eran más afines a los aliados que avanzaban que a los alemanes que retrocedían. En cambio, unas cuantas ciudades hostiles de Alemania y Japón fueron reducidas a escombros por los bombardeos aliados, con su población civil incluida y por supuesto, con sus tesoros, sus monumentos, sus catedrales, iglesias, castillos, teatros y palacios. Aunque conocemos más las bombas atómicas de Hiroshima y Nagasaki que produjeron unos 240.000 muertos, el caso más sonado de destrucción completa de una ciudad histórica, con su población incluida, fue el bombardeo de Dresde del 13 al 15 de febrero de 1945; y hay un antecedente similar, en otra escala, en el bombardeo de la ciudad vasca de Guernica el 26 de abril de 1937 durante la Guerra Civil Española.

La táctica rusa no puede ser la de la quinta columna porque no son amigos los que están adentro de las ciudades ucranianas que pretenden conquistar. Aunque podrían haberlo elegido, tampoco es el caso de la ciudad abierta, probablemente por el inmenso negocio de la reconstrucción. Y parece que la idea de los generales de Putin tampoco es el bombardeo masivo de las ciudades, con la matanza de sus habitantes como daño colateral. Aunque ya el mundo ha reconocido los crímenes de guerra que están cometiendo las fuerzas armadas rusas en Ucrania, está claro que lo que pretenden los rusos es lo que se llama táctica de la alfombra, porque, como una alfombra que se enrolla o como un tubo de pasta de dientes, se aprieta a los civiles de las ciudades para que huyan, y una vez vacías destruirlas a fuerza de bombas. Rusia ha provocado el éxodo de ya más de tres millones de ucranianos que se abandonan sus ciudades hacia a lugares más seguros. Lo que no sabemos es si Rusia calculó que Ucrania dejaría a los combatientes en sus puestos adentro de las ciudades vacías de inocentes. Esos combatientes son los maridos (a veces con sus mujeres), los hijos o los padres de los que se van, que se quedan con el firme convencimiento de defender su tierra, sus calles, sus casas y departamentos a como dé lugar y hasta la última gota de su sangre. Es una táctica no tan nueva la de Rusia (ya la ensayó en Grozny y en Alepo) pero sí es nueva la de Ucrania y también son nuevas las armas portátiles provistas a los ucranianos, que revientan tanques y helicópteros como si fueran pichones de Plaza Francia.

Dicen que queda en pie solo el 20% de la ciudad de Mariúpol, el estratégico puerto de Ucrania sobre el Mar de Azov. Mariúpol quedará como ciudad mártir en los anales de la historia, como Guernica, Dresde, Hiroshima o Nagasaki: ciudades enteras destruidas sin sentido por la barbarie humana.

13 de marzo de 2022

Ucrania es igual

Margaryta Yakovenko nació en Ucrania hace 29 años, pero vive en España desde los siete. En su cuenta de Twitter se presenta como escritora, periodista e inmigrante. Hoy trabaja en el diario en El País de Madrid y también ha publicado una novela, Desencajada, en la que relata las angustias de las distintas generaciones de migrantes en la España de hoy. El viernes apareció en un podcast de El País, en el que otra periodista le pregunta sobre Ucrania, pero no sobre la invasión de Rusia que estos días nos tiene a todos en vilo, sino sobre cómo era la vida en Ucrania antes de la guerra.

Ucrania es independiente desde el 28 de junio de 1996. Todavía no cumplió 26 años, así que los jovencísimos padres de Margaryta emigraron a España poco después de la independencia cuando los rublos que habían ahorrado se convirtieron en papel mojado. Hay que figurarse lo que fue aquello: al caerse la antigua Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, dejó unos cuantos países libres de su protectorado, detrás de lo que llamábamos Telón de Acero. Otros, los más cercanos a Rusia, integraban la URSS. Entre ellos quedaron dentro de Europa los tres bálticos –Estonia, Letonia y Lituania–, Bielorrusia, Moldavia y Ucrania.

Después de 500 años bajo la sombra de Rusia, Ucrania se convirtió en independiente de la noche a la mañana. La bandera resultó cielo sobre trigo dorado, el típico paisaje ucraniano, y el escudo un tridente que parece moderno pero tiene mil años. Al mismo tiempo que la independencia vino la desmembración de la organización política y administrativa, la justicia, la infraestructura, la economía... y las fronteras, que ya se ve que para Rusia resultó un desgarro de lo que siempre consideraron bastante propio y empezaron a recuperar en 2014, cuando tomaron impunemente la península de Crimea.

Cuenta Margaryta que todos los ucranianos pueden hablar en ruso, muchos de ellos –ella misma– como lengua materna; al final hablan un yopará entre ruso y ucraniano como lengua franca para entenderse entre todos. También cuenta que los ucranianos son profundamente cristianos: ortodoxos rusos en el este, ortodoxos ucranianos en el centro y católicos en Galitzia, medio polaca, medio ucraniana... y bastante argentina por sus migrantes a estas playas: el obispo católico de rito ucraniano de Kiev habla en castellano con acento porteño.

Zelensky es un caso aparte. Un actor cómico famoso y rico, que se presentó a las elecciones y arrasó. Le costó gran parte de su carisma el enfrentamiento con el sistema corrupto, así que empezó a bajar su popularidad, tanto que todos pensaban que al empezar la invasión se rajaría del país. Pero entonces apareció un actor desconocido, que decide enfrentar a las rusos sin cuartel, en una guerra desigual pero que equilibra el fuego de la pasión de Ucrania contra la potencia de fuego de Rusia.

Desde su independencia y con sus idas y vueltas, Ucrania intenta convertirse en un país democrático, acercarse a la Unión Europea y despegarse de la Federación Rusa, para no caer en una dictadura lamebotas de Moscú como Bielorrusia o Kazajstán. La corrupción campaba y campa todavía, en manos de los oligarcas que se quedaron con todo cuando la caída de la URSS. Los hospitales no tienen insumos ni remedios, así que los pacientes los tiene que comprar en la farmacia de la esquina. Los colegios dependen del estado, pero los pagan y arreglan los padres de los alumnos, que gastan días enteros pintando sus paredes o arreglando su calefacción. Pero Ucrania también es como la Argentina en sus fortalezas: un país joven, lleno de vida y rico en recursos, que puede levantarse con una firme voluntad colectiva y un gobierno honesto que la dirija. Hoy no tenemos perspectiva suficiente, pero estoy seguro de que tarde o temprano Ucrania se levantará de esta guerra como un país fuerte, unido e independiente. Solo ruego que la Argentina no necesite una guerra para renacer desde sus ruinas.

6 de marzo de 2022

життя переможе смерть

En ucraniano dice el título que la vida vencerá a la muerte. Se pronuncia algo así como zitia peremoze smert. Miles de hijos de ucranianos de Misiones podrán mejorarlo, si es que todavía conservan su idioma. Confieso que lo tomé, letra por letra, de la portada de la edición internacional de la revista Time de esta semana. Citan a Volodymir Zelensky, el presidente de Ucrania, que también dijo que la luz vencerá a las tinieblas. Que la luz vence a la oscuridad lo experimentamos cada vez que la prendemos, pero para quienes creen que la muerte es el final, la vida pierde siempre porque a todos nos alcanza, por mucho que corramos.
No deja de sorprender que en pleno siglo XXI un país haya invadido a otro. Pero más sorprende que lo haga a sangre y fuego, destruyendo todo lo que encuentra a su paso, que es una señal de castigo y no un acto posesorio (algún oligarca ruso estará calculando los negocios de la reconstrucción). Se entiende ahora la ordalía, el juicio de Dios, al que se sometían a veces los reyes de la antigüedad y hasta la Edad Media. ¿Porqué hacer sufrir a los pueblos si los que están peleados son sus gobernantes? ¡Mátense entre ustedes y déjennos en paz! al final, nos da lo mismo que nos mande uno u otro: son todos muy parecidos...

Cualquier manual de estrategia explica que solo se puede atacar de frente al enemigo cuando la superioridad es aplastante. De ese modo se ahorra tiempo, que puede ser un factor clave. En cambio, la estrategia de la aproximación indirecta establece que siempre hay que buscar los flancos del enemigo: derrotarlo en escaramuzas, dejarlo sin suministros, matar al cacique... En el ataque de frente las pérdidas serán cuantiosas; en cambio por los flancos se pierde tiempo pero se ahorran combatientes y armamento. Aquí se terminó mi ciencia de la estrategia, pero diría, por las noticias que sigo, que las tropas rusas están intentando el ataque frontal amparadas en su enorme superioridad y que no pretenden quedarse en Ucrania: solo someterla como un violador a su víctima. Mala idea, que está dejando a Putin y a Rusia en soledad frente a un mundo consternado por la violencia atroz de su avance por un país que nunca fue enemigo. Ahora está claro que más que la defensa de los prorrusos del Dombás, lo que Putin quiere es convertir a Ucrania en un protectorado, con un presidente títere como Aleksandr Lukashenko en Bielorrusia.

Putin eligió la guerra sin cuartel –o la violación– del siglo XIV y se puede decir que ya perdió solo porque estamos en el siglo XXI. Podrá matar a millones de ucranianos como lo hizo Stalin, podrá destruir sus ciudades como lo hizo con Grozny o con Alepo, pero ¿para qué? ¿para convertir a Ucrania en la cárcel de los ucranianos? ¿por cuánto tiempo? En el caso hipotético de que termine ocupando todo el país, necesitará un carcelero ruso por cada ucraniano o deberá matarlos a todos. Antes de eso veremos a Putin colgado en la Plaza Roja por sus propios camaradas.

Como están las cosas daría la impresión de que solo China puede arreglar los tantos de este conflicto, desatado más en oriente que en occidente, aunque todo ocurra en el este de Europa, que es una península de Asia, como dice Oswald Spengler. Con Estados Unidos sin recursos morales para defender el orden económico mundial, China no quiere destruirlo: lo quiere gobernar; y el mundo le está sirviendo en bandeja a Vladimir Putin asado y con una manzana en la boca.

Zelensky consiguió unir al mundo en contra de Rusia usando solo la bomba atómica de su carisma y la voluntad inquebrantable de un pueblo dispuesto a morir defendiendo su patria. Ni hoy ni nunca se puede vivir en contra de todo el mundo y mucho menos declararle la guerra así como así.

27 de febrero de 2022

Cuarto jinete


Primero fue la peste. Después el fuego. Y ahora la guerra...

Cualquiera que lo pensara con un poco de tremendismo diría que se están abatiendo sobre el mundo las plagas de Egipto sumadas a las del Apocalipsis. Pero para que nadie se llame al engaño integrista, hay que decir que lo mismo habrá pensado cada generación desde que los humanos habitamos el planeta. Siempre están los que presumen que el fin del mundo no puede a ocurrir sin que ellos estén presentes: son los ególatras que se creen el centro de la historia, aunque la historia pasa sin acordarse de ellos.

Todas las cosas que vemos ocurrieron ya alguna vez, y si no las experimentamos porque no estábamos todavía entre los vivos, las leímos en novelas o las vimos en el cine. Hay miles de historias que desafían a los tiempos: la última, rodada en plena pandemia, refleja un mundo distraído por la superficialidad de la opinión pública mientras se abate la peor catástrofe posible, y hace acordar a la frivolidad de las noticias más leídas de cualquier diario o portal: farándula, bloopers y recetas...

Siempre habrá pestes, guerras y catástrofes en el mundo. A algunas las podemos evitar y a otras las podemos prever para minimizarlas, pero no hay caso: nos siguen y nos seguirán maltratando... Es parte de nuestra condición y parece que no podemos salir de esa espiral que nos muestra inválidos a los ojos de cualquier extraterrestre, pero no hace falta ser marciano para confirmar esta característica peculiar de la condición humana. El cristianismo explica que somos una naturaleza caída y que no queda otra que acercarse a Dios y cumplir sus mandamientos. Pero no todos tienen fe, así que pueden ir los Putin del momento a decirle al Papa que vivirán en paz y al día siguiente invadir a sangre y fuego a sus vecinos sin que se les mueva un pelo.

Quizá no podamos escaparle a nuestra naturaleza, o no tengamos ni medio gramo de confianza en el proyecto humano; pero a pesar de eso, las guerras, las pestes y las catástrofes deberían ser un llamado constante a mejorar colectivamente. Cada año que pasa, cada día, cada minuto, debería ser mejor que el anterior, y en la resultante final lo deberíamos comprobar. Puede ser que nos toquen tiempos oscuros de la historia, pero siempre la humanidad se ha superado y hemos terminado mejores que antes. También es cierto que todavía queda mucho por recorrer y quién sabe lo que nos tocará a nosotros, a nuestros hijos y nietos. Por lo pronto podemos agradecer al cielo y a nuestros antepasados lo que ya nos tocó: un lugar pacífico y amable del mundo, donde apenas sentimos alguna diferencia entre nosotros que no nos impide vivir en paz unos con otros.

Nadie sabe bien qué representan los cuatro jinetes del capítulo sexto del Apocalipsis. Hay uno negro, otro rojo y otro amarillo. Se supone que traen la guerra, el hambre y la muerte. El cuarto es blanco; en realidad es el primero y debería ser el que termine con esos flagelos. Hay que ver las películas de Bergman o de Tarkovsky para empezar a desentrañarlo. Y se puede leer a Tolkien o a Robert Hugh Benson y de paso sumar alguna interpretación estrafalaria de Leonardo Castellani. La mitología fantástica de Game of Thrones también se inspira en estas profecías. La tradición cristiana sostiene, con algunas dudas, que el jinete del caballo blanco es Jesucristo, pero habrá que esperar milenios para saberlo.

Toda guerra empieza con una piedra que cruza el alambrado, o con una bolita de pan tirada desde el otro lado de la mesa. Quizá por eso deberíamos conformarnos con tenernos paciencia unos con otros. Si conseguimos que haya un poco de paz allí donde estamos, seremos cada uno el cuarto jinete en su caballo blanco.

20 de febrero de 2022

Volverá a ocurrir


A los datos del domingo pasado hay que sumar algo más de 250.000 hectáreas de campos que se quemaron en Corrientes durante esta semana. Los medios nacionales, que por fin ponen su foco en esta tragedia, resaltaban ayer un dato del INTA: las 785.000 hectáreas incendiadas hasta el viernes son el 9 % del territorio de la provincia; un dato real, pero incompleto, porque por lo menos el 25 % del territorio de la provincia de Corrientes son bañados, humedales, esteros... lo que, en una cuenta rápida, da que se han quemado ya el 20 % de las tierras productivas de la provincia. A esto hay que agregar que, si no llueve, el porcentaje seguirá creciendo a razón de unas 30.000 hectáreas por día y aumentará la dimensión de la catástrofe ambiental y económica, pública y privada de la provincia.

Para colmo y sin ánimo de compararnos, también en el sur de Misiones han aparecido nuevos focos de incendio, alguno de ellos muy cerca de la ciudad de Posadas, tanto que el viernes se estaba evacuando el campus de la Universidad Nacional de Misiones, junto con sus vecinas, la Biofábrica y la Estación de Transferencias. A la zozobra por los incendios se agregó ayer el corte de la energía eléctrica en toda la provincia de Misiones entre las 13 y las 15, por una falla en el sistema de enlace de la empresa distribuidora mayorista en la estación de Rincón Santa María. Pareciera que la falla no se debió a los incendios, pero queda una pregunta flotando en el aire: ¿toda la energía eléctrica de Misiones depende de un solo cable de 500 KV, que en caso de cortarse en cualquier parte de su trayecto deja sin energía a la provincia entera?

En la columna del domingo pasado pedía aviones bomberos de verdad, porque la Argentina no tiene todavía ni uno solo de esos grandes aviones tanques capaces de cargar miles de litros en segundos acuatizando en espejos de agua. Esos aviones son especiales para los incendios forestales y deben actuar junto con los brigadistas que trabajan en el campo, pero no son tan eficaces en los incendios de pastizales ya que el agua no apaga las brasas que corren bajo tierra por las raíces de las plantas y los viejos tocones de las talas rasas. Lo que se necesita en los casos de fuego en pastizales y plantaciones son cortafuegos hechos a fuerza de máquinas viales que remueven la tierra incandescente. Esos brigadistas y esas máquinas –de Corrientes, de Misiones, del resto del país y hasta de Brasil– trabajan a destajo estos días y estas noches en los focos activos.

Los pronósticos meteorológicos dicen que esta semana que empieza va a llover en Corrientes y en Misiones. Dios quiera que así sea. Ahora sabemos con cierta anticipación si va a llover o no, pero confieso que me gustaba más el vértigo de mi infancia, cuando nos hacían rezar para que llueva y lo conseguíamos sin mucho esfuerzo. Ahora no podemos saber si la sequía se debe a nuestra falta de fe o de oraciones, o quizá sea pura falta de previsión, ya que si sabemos que no va a llover durante dos meses en pleno verano correntino, este desastre sobrevendrá indefectiblemente.

El fuego, igual que nosotros y nuestras macanas, es parte de la naturaleza, que a veces se presenta tremenda, feroz, exuberante, imparable. Ante esos fenómenos poco podemos hacer una vez que se desatan. La sequía y el calor actúan como la erupción de un volcán. Solo podemos prever y minimizar los daños evacuando gente, asignando recursos, abriendo surcos... y evitando los errores de quienes queman campos con la buena intención de hacerlo antes de que los consuman las llamas ajenas o para hacer cortafuegos.

Probablemente las lluvias apaguen esta semana los incendios que quedan activos, pero mientras tenemos que prever que volverá a ocurrir y que por el cambio climático será más temprano que tarde. No hay que ser profeta ni agorero para asegurarlo; solo tenemos que estar preparados.

13 de febrero de 2022

Corrientes en llamas


Noticias de Corrientes dan cuenta de que se han quemado ya 520.000 hectáreas de campos productivos de la provincia. El diario El Litoral calcula que el fuego avanza a razón de unas 20.000 hectáreas por día y que, en caso de no llover, serán catastróficos los daños para las explotaciones agropecuarias y para la economía de la provincia. Para colmo, basta con ver el pronóstico, que hoy nos entrega cualquier celular, para constatar que no hay lluvias a la vista, por lo menos en los próximos diez días. La sequía no da tregua hace meses, y sumada a las altas temperaturas se volvió un combo letal porque basta un envase de plástico o un vidrio roto que haga de lupa para que se prenda fuego el pasto seco y sus llamas se propaguen a donde el viento las lleve.

Aunque hace meses que las noticias están en los medios de la provincia, las proporciones bíblicas de esos incendios llegaron recién esta semana a las tapas de los diarios de Buenos Aires. El martes fue foto de portada de Clarín y el viernes de La Nación. No solo las fotos del fuego, también se instaló en los medios nacionales la pelea adolescente entre el Gobierno de la Provincia y el Ministerio de Ambiente y Desarrollo Sostenible de la Nación: unos se quejan porque no los ayudan y los otros contestan que nunca les pidieron ayuda.

El fuego no respeta forestaciones, plantaciones, animales silvestres, ganado, alambrados, instalaciones, viviendas... Bastaría con decir que el fuego no respeta nada, pero aquí debo anticipar la razón de esta columna; algo sí respeta el fuego y en Corrientes de eso tienen tanto como campos: el agua.

Corrientes tiene unos 25.000 kilómetros cuadrados de humedales. El sistema del Iberá es el segundo más grande de América del Sur, después del Pantanal de Brasil. Quiere decir que –sin contar los ríos Paraná y Uruguay– la superficie de la provincia cubierta por el agua es poco menos que un tercio de su superficie total y todavía es mucho mayor que la extensión de los campos quemados. Por eso es una paradoja que la provincia que tiene más agua dulce de la Argentina tenga a su vez tanto fuego en sus campos.

Hace años que la humanidad lucha contra los grandes incendios aprovechando los espejos de agua cercanos. Para eso se usan aviones hidrantes de gran tamaño que permiten cargar miles y miles de litros de agua a gran velocidad porque acuatizan y sin siquiera parar cargan sus tanques para volver a subir y lanzar el agua sobre el fuego. El más popular de los hidrantes es el turbohélice Bombardier 415. Pero si –por razones obvias– no nos gusta hacer negocios con los americanos (en este caso canadienses), también hay un modelo ruso que puede mandarnos el amigo Putin: es el anfibio BE-200 Altair, un jet multipropósito con una versión hidrante de gran eficacia.

Mientras no tengamos estos aviones, seguiremos apagando incendios con los que ahora tenemos: los Dromedar o AirTractor, dos modelos concebidos para fumigaciones agrícolas y adaptados como aviones bomberos. Cargan entre 2.000 y 3.000 litros de agua, pero deben hacerlo en aeropuertos que no siempre están cerca de los incendios, y se llenan con mangueras, una tarea que puede llevar horas.

Es urgente que la Argentina compre por lo menos diez aviones hidrantes anfibios grandes, nuevos o usados, para su Plan Nacional de Manejo del Fuego. Siempre harán falta en algún lugar de nuestra geografía. Hoy Corrientes los agradecería y está claro que resulta mucho más barato tenerlos que no tenerlos.

6 de febrero de 2022

Ucrania

Un gran país, con una extensa y rica geografía, pero ubicado justo en uno de los lugares más complicados del globo terráqueo. Lo que nos habría pasado a nosotros si en lugar del fin del mundo hubiéramos estado donde le tocó a Ucrania, entre Asia y Europa y justo por donde pasan todos los circos: en plan de conquista con onda bizantina; con ánimo depredador como los vikingos; o quizá solo con ganas de colonizar y asentarse donde la tierra es más fértil, hay sol en verano y un mar para remojarse los pies cansados del surco.

Es una de las naciones más grandes de Europa, con una historia riquísima, a la que le viene costando dolores de parto constituirse en país, con el concepto de país que nosotros tenemos. Hace 1.200 años fue la Rus de Kiev, un reino extenso desde el Mar Negro hasta el Ártico, y su capital la ciudad más grande de Europa entre los siglos X y XIII. Pero desde la invasión de los mongoles, en 1256, y con breves intervalos, fue parte del principado de Moscú y luego de la Madre Rusia (que para colmo era su hija). Primero mandaron príncipes, luego zares y finalmente un tirano que en lugar de corona se tocaba con una gorra ferroviaria. Así hasta 1991, cuando se desintegra la Unión Soviética y Ucrania consigue su independencia, pero hoy de nuevo está en juego su integridad territorial.

Es imposible entender lo que está pasando en Ucrania si no se conoce la historia del Holodomor, el genocidio ucraniano perpetrado por Iósif Stalin en 1933. La palabra, que parece sacada de El señor de los anillos, significa literalmente matar de hambre y se refiere a las hambrunas que padecieron Ucrania y otras regiones fértiles del sur de la Unión Soviética cuando Stalin impuso la colectivización de la tierra. Algunos dicen que fue para aplacar las ansias independentistas de los ucranianos; otros que fue nomás el precio de la sovietización, pero lo cierto es que murieron de hambre por lo menos 1.500.000 ucranianos, y se calcula que indirectamente fueron 12.000.000 los afectados que murieron o tuvieron que emigrar de sus tierras, como los judíos en los pogroms de los zares.


Como consecuencia del Holdomor, del genocidio y la migración obligada de millones, fueron los rusos quienes ocuparon las tierras fértiles del este de Ucrania. Lo mismo ocurrió en la península de Crimea, pero con la excusa de instalar el personal de la inmensa base militar de la armada soviética en Sebastopol, enclavada en territorio ucraniano. Fue así como en Crimea y en todo el este de Ucrania se habla en ruso y no en ucraniano: algunas de sus provincias son completamente prorrusas y otras lo que quieren es independizarse de lo que sea porque se autoperciben más ucranianos que los mismos ucranianos. En Crimea y en el este de Ucrania crecieron el fundamentalismo y el independentismo como los hongos en otoño y ahora la Federación Rusa se aprovecha de la situación. De hecho, toda la península de Crimea fue ocupada y anexada por Rusia en 2014 aprovechándose de la debilidad política interna de Ucrania. Desde entonces, y por la misma debilidad, dos regiones del este –Donetsk y Lugansk– se proclaman repúblicas populares independientes y están en guerra de secesión con la propia Ucrania. Y del otro lado de la frontera hay ahora unos 100.000 soldados rusos con sus tanques y misiles, esperando que se derrita la nieve porque ya se sabe que ninguna guerra empieza en invierno.

No es la primera vez ni será la última que la integridad territorial de un país corre peligro por la colonización de sus vecinos, por migraciones obligadas o espontáneas, o por guerras que nadie se explica... Si hurgamos en la historia, ningún pueblo estaba antes donde está ahora. Y originarios –lo que se dice originarios– no son ni los osos hormigueros. Los hechos contundentes siempre se imponen al derecho, que es esencialmente discutible. Por eso los límites de las naciones seguirán cambiando a fuerza de razones que ni sabemos ni podemos predecir, pero vale la pena conocer la historia para explicarnos un poco el presente y no asombrarnos tanto con el futuro.

30 de enero de 2022

Cables vs. árboles


De vez en cuando se ve por las calles de Posadas una patrulla de Energía de Misiones destrozando árboles para hacer lugar a los cables de la luz. Quizá tengan un permiso especial de la Municipalidad de Posadas, o del Ministerio de Ecología, o de quién sabe quién, pero no parecen los indicados para andar destruyendo un activo tan escaso como la sombra pública de la ciudad. Y no solo Energía de Misiones, también las empresas proveedoras de televisión, de internet y de telefonía fija, que hoy son la misma cosa.

Los árboles son seres vivos. Los cables, en cambio, están tan muertos como un adoquín y necesitan de operarios que les abran paso ante el crecimiento de las plantas. Los árboles cambian de forma pero no de lugar, mientras que el tendido de los cables sí puede cambiar, si los que lo hacen tienen algo de inteligencia y buena voluntad. Si hay un árbol en la línea de un tendido, bastaría con sortearlo aunque haya que agregar unos metros de cable, que es una inversión mucho menor que destrozar un árbol que tardó 10, 20, 40, 80... años en crecer hasta ahí. Fíjese que sortear obstáculos es lo que nos obligan hacer a los automovilistas cada vez que a las autoridades viales o a la policía se les ocurre cortar una calle de la ciudad por cualquier motivo, a veces bastante estúpido.

Pero se puede ir todavía un poco más allá y dejar que convivan los árboles con los cables, como conviven de hecho en gran parte de la ciudad, y que todos podamos tener a la vez energía en nuestras casas y sombra en las calles y veredas.

En muchas ciudades del mundo –en las que se respetan los árboles a pesar de no ser tan necesaria su sombra como en Posadas– los árboles conviven pacíficamente con los cables, tanto que los que están en el camino de un cable le sirven de apoyo y hasta ahorran una notable cantidad de postes. Ni siquiera hace falta dañarlos con clavos o soportes, ya que tienen una forma mucho más adecuada para sostener un cable que el palo pelado de un poste, que si es de madera es también un árbol menos del bosque.

Hasta el razonamiento económico es sencillo: solo habría que dedicar a mantener la convivencia de cables y plantas los mismos recursos que se emplean en destrozar las copas de nuestros árboles para abriles camino a los cables intrusos. Y si no alcanza no importa, ya que será una inversión en sombra, que como decía más arriba, es un patrimonio cada vez más escaso en la ciudad que crece con mucho cemento y pocas plantas.

No es la primera vez que aparece el drama de la sombra en esta columna, y acepto que algo se está logrando, quizá como reacción al grito ¡QUEREMOS SOMBRA! que es esencialmente salud. Es inexplicable que no haya árboles, por lo menos de la misma edad que las veredas, en todas las calles de nuestras ciudades. Cuando cualquier autoridad planea o diseña un nuevo barrio, una nueva calle, un parque y hasta una ruta... tiene que prever los árboles que le van a dar sombra y plantarlos; y luego tiene que responsabilizar a los frentistas de su cuidado y reposición. Pero también tiene que cuidar y reponer los que están en los parques públicos. A ver si se entiende: si tiene una mascota y no quiere que se muera, le da de comer y la vacuna contra los parásitos; y si tiene una planta y quiere que viva, tiene que regarla y fumigarla.

Pero si resulta que después de tanto esfuerzo, vienen la empresa de energía o la de telefonía y destrozan los árboles que plantamos, que regamos, que cuidamos mientras crecían lentamente, entonces estamos en el horno... en el horno de nuestras calles con 65 grados de temperatura a nivel del pavimento.

28 de enero de 2022


Corrientes, 28 de enero de 2022.

26 de enero de 2022

Lluvia


Paso de la Patria (Corrientes) 26 de enero de 2022.

23 de enero de 2022

Premios de ropero


Nunca entendí las tiendas que venden regalos: llaman regalo a lo que ofrecen, pero la condición de regalo se la da el que compra y no el que vende. Lo mismo pasa con las tiendas de copas y trofeos, que suelen ser bastante mágicas: venden todo tipo de premios sin tener ni idea de para qué son. Uno los compra como su fuera una docena de bananas y después los adjudica según sus reglas, ya que la condición de premio la pone el que los otorga.

A raíz de la entrega del Misionero del Año, bromeábamos en el diario acerca de esa facilidad para comprar premios y se nos ocurría preguntar cuánto puede salir un Premio Nobel o un Másters de Augusta, porque puestos a comprar, no se trata tanto de esperar a que la Academia Sueca o el Augusta National Golf Club nos den los premios por nuestros méritos, sino de tener los trofeos en una vitrina de casa y el horrible saco verde en el ropero. Solo es cuestión de averiguar dónde se consiguen y comprarlos para grabarlos con nuestro nombre. Los premios valen más por la credibilidad de quien otorga que por los méritos de quienes los reciben y parecen lo más fácil de falsificar que hay: cualquiera compra un Oscar en una tienda de souvenirs en Los Ángeles y nadie se acuerda del Oscar al mejor guion del año pasado.

Me acordaba en esos días de dos premios en los que tuve algo que ver y que, junto con casi todos los otros en los que he participado, me han hecho descreer por defecto de los premios en general y de algunos en particular. Prometo no deschavar a los protagonistas, porque mi intención no es hacerlos quedar mal sino demostrar la fatuidad de los halagos humanos.

Hace ya muchos años, el diario El Territorio venía con un periódico económico y comercial, muy bien hecho, que se distribuía junto con otros diarios del interior y de Buenos Aires (tenía su propia cabecera, pero lo voy a llamar El Económico). Se entregaba una vez por semana junto con el diario y tenía muy buena aceptación. No recuerdo ahora cuánto duró, pero sí que uno de aquellos años –que resultó ser el último– se le ocurrió a la dirección de El Económico en Buenos Aires seleccionar al Líder Empresario Argentino. La mecánica era sencilla: cada diario en los que circulaba debía elegir en su zona a su propio candidato y luego se elegiría entre todos ellos al ganador nacional. En El Territorio nos pusimos a pensar en el Líder Empresario misionero y después de un debate franco y transparente, decidimos quién podía ser y lo propusimos, convencidos de que era quien se lo merecía en nuestra región; pero como abarcamos parte de Corrientes, para no pisarnos se nos ocurrió preguntar a un diario colega de esa provincia. Nos contestaron que ellos habían elegido... a su propio director general. Una rápida ronda de consultas nos desveló que cada periódico había elegido a su propietario, y a los pocos días apareció con gran destaque en El Económico que el Líder Empresario Argentino era el director general de El Económico.

Hace menos años me tocó participar como ponente en un taller de periodismo y nuevos medios organizado por una asociación continental de periódicos. Al final se entregarían unos premios a la innovación, o algo parecido, y los ponentes aparecíamos como jurados de esos premios. Cuando nos reunieron para elegir a los ganadores y ante una opinión mía que no les gustó, me explicaron que los trofeos ya estaban grabados, así que había que elegir a los que había seleccionado la burocracia de la entidad organizadora. Por supuesto que eran los que siempre ganan premios, que son los que pagan más inscripciones en sus seminarios. Abrazos y besos para todos ellos.

Un consejo: nunca haga nada para ganar un premio. Y si se lo dan, guárdelo en un ropero.

16 de enero de 2022

Libertad para hacer tonterías

¿A quién no le gusta la libertad? A todos, pero los latinoamericanos la necesitamos como el aire para respirar, tanto que todos cantamos en nuestros himnos nacionales que preferimos morir a antes que no ser libres. Con algunas excepciones africanas, en el resto del mundo sostienen que está antes la vida que la libertad, con un razonamiento muy humano pero a la vez muy conservador: solo los vivos pueden ser libres; pero nosotros preferimos la muerte a cualquier esclavitud y es uno de los sellos de nuestra identidad común.

La libertad no es no tener obligaciones sino todo lo contrario: implica precisamente la capacidad de obligarnos, tanto que ningún acto jurídico tiene valor si falta la libertad: la capacidad humana para determinarse, para obrar según la propia voluntad. Así que las obligaciones no nos coartan la libertad sino que la confirman. Por eso –aunque no los comparto– pienso que se puede entender a los que han decidido no vacunarse porque no les gusta que los obliguen a nada. Digo que se los puede entender, pero también permítanme que los califique de inmaduros. Oponerse a algo solo porque nos obligan es propio de adolescentes, cosa bastante frecuente, por desgracia, en nuestra cultura colectiva.

Hay otros –a estos no los entiendo para nada– que no se vacunan por pura conspiranoia, que es una paranoia colectiva bien difícil de explicar en sociedades avanzadas. Son los que piensan que la vacuna les inyecta un chip para dominarlos o cosas por el estilo. Ahora hay una corriente que dice haber comprobado que el covid es un invento precisamente para inyectarnos óxido de grafeno y envenenarnos y reducir la población mundial. No vale la pena perder un segundo intentando rebatir lo del óxido de grafeno ni ninguna de esas tonterías estrafalarias. Quienes piensan esas cosas las confirmarán con cada argumento, sea a favor o en contra: así funciona la conspiranoia.

Pero todavía hay una tercera tribu. Son los que dicen que no se vacunan porque se ponen en las manos de Dios y que sea lo que Dios quiera. Se autoperciben tan creyentes como yihadistas del Islam, pero ni siquiera saben que Dios nos creó libres y se traicionaría a sí mismo si forzara esa libertad. Por eso, abandonarse absolutamente en sus manos es tan error como no contar para nada con ellas: a Dios rogando y con el mazo dando, reza el dicho con toda verdad del universo.

Desde que nos subimos al auto y nos ponemos el cinturón de seguridad cumplimos con obligaciones que nos imponen quienes pueden y deben hacerlo. Respetamos los semáforos y las velocidades máximas, no circulamos a contramano, no estacionamos donde no se debe, contratamos seguro de responsabilidad civil, hacemos la VTV, pagamos la patente... y quien no lo hace, se atiene a las consecuencias. Fuera ya del auto, vamos a la escuela primaria y secundaria, pagamos una cantidad infinita de impuestos, no matamos ni robamos, no andamos desnudos por la calle y cumplimos hasta los horarios del supermercado... Pero resulta que algunos no quieren que los obliguen a vacunarse; y lo más curioso es que el mismo estado que impone otras obligaciones no se anima a imponer la vacunación obligatoria a los que han decidido fregarse en las vacunas, que son imprescindibles para que salgamos todos de una vez de la pesadilla de la pandemia.


A cualquiera de los antivacunas les diría que, cuando los pare un policía de tránsito y le pida el seguro del auto, le conteste que no lo tiene porque es un rebelde sin causa que no piensa hacer nada por obligación; o que no lo contrata porque al aportar sus datos personales, seguro que entra en la lista de controlados por la CIA; o que es objetor de conciencia y su responsabilidad civil está en las manos de Dios y no en las propias...

14 de enero de 2022

Chuva de ouro


 Lluvia de oro (casia fistula). Posadas.

9 de enero de 2022

Felicitaciones


A estas alturas de enero uno se pregunta si hay que seguir felicitando por el Año Nuevo o ya está suficientemente transitado el 2022 como para saludar derecho viejo con buenos días y buenas tardes. Curioso, porque con el criterio de los buenos días (nadie dice buenas mañanas), deberíamos desear buen año hasta el 30 de junio...

Creo fervientemente en la felicidad, pero descreo de las felicitaciones. Quiero decir que las agradezco sinceramente, pero no creo que vayan a aumentar ni un pelín mi felicidad. Entiendo los buenos deseos, si es que lo son de verdad, pero no considero que sean de verdad los que están comprados en una librería, los flyers o los gifs, graciosos pero que para colmo vienen marcados con una etiqueta que confiesa que fueron reenviados muchas veces por WhatsApp. Bueno... tampoco creo en los igualmente y no le digo nada de los si no nos vemos, dos estándares que se han puesto de moda en nuestras felicitaciones lentas. Ya sé que son modos de decir, pero lo que dicen no me gusta nada.

Pruebe contestar igualmente a un te amo y va a ver lo ridículo que queda. Y la próxima vez que esté por decir igualmente para contestar una felicitación, haga un esfuerzo por saludar de corazón, con lo que tenga ahí adentro, y va a ver cómo se rompe un blindex entre dos personas.

Si no nos vemos, ¡feliz navidad! dicen los que ponen una condición para felicitar. A esos hay que contestarles: entonces mejor que no nos veamos, para no correr el riesgo de la infelicidad. Por eso me pregunto siempre en estas fechas y ante tantos si no nos vemos ¿cuál es la necesidad de desear solo una vez la felicidad? ¿no vale la anterior si hay una posterior?

Las felicitaciones de navidad o de año nuevo se han convertido en un buen deseo exclusivo para esa noche, y está pasando lo mismo con las felicitaciones por los cumpleaños: que tengas un lindo día, que lo pases bien... con emojis de tortas, botellas de champán, bonetes de payaso, matracas y serpentinas. Y para que no queden dudas, los días siguientes preguntamos: ¿cómo pasaste? como si el año no durara 365 días (siempre que no sea bisiesto). Es otra debilidad de nuestra inteligencia colectiva: el año nuevo no va a ser mejor o peor por la cantidad de sidra que tomemos exactamente a las 12 de la noche del 31.

Es lindo esperar el año nuevo y brindar por él y es una ocasión –una más– de celebrar con la familia y los amigos, pero el cambio de fecha del calendario no cambia nada: para el caso es lo mismo el 1 de enero que el 22 de agosto, y si hay algo que cambiar no es una hoja del calendario. Lo que nos hace más felices es el esfuerzo por ser más buenos, por dejar de pensar en nosotros y ocuparnos de los demás, por cumplir la palabra, por ser mejores amigos, por trabajar más duro para realizar nuestros sueños, por cuidar a la familia...

Quizá haya sido la interconexión global permanente de las redes sociales lo que devaluó las felicitaciones a un deseo de pasarlo bien un par de horas. Por eso creo que sería bueno que volvamos al sentido elemental de las felicitaciones de navidad, de año nuevo, de cumpleaños o de lo que sea: desear felicidad en serio, de corazón y para siempre. Y no le digo nada si los buenos deseos vienen acompañados por un regalo, que es la más pura materialización de la felicidad. O usted pensaba que hacemos regalos porque es un invento de los vendedores de regalos. No es así: los vendedores de regalos se aprovechan de nuestros buenos deseos, y lo bien que hacen.

2 de enero de 2022

Qué celebramos

Para los que tenemos fe, lo que celebramos estos días es el nacimiento del Salvador. Y los que no tienen fe supongo que acompañan, pero también celebran, a su modo, la venida al mundo del que lo cambió definitivamente, cosa que ocurrió ahora hace 2022 años, porque hasta los años se cuentan para adelante y para atrás desde ese momento de la historia.

El nacimiento de Cristo está más probado que el de Napoleón. Otra cosa es que no creamos que es Dios: es la diferencia entre los que tienen fe y los que no la tienen. Y el que no cree que Jesús es Dios, lógicamente tampoco cree en los otros misterios del cristianismo: básicamente que vino a establecer una nueva alianza de Dios con los hombres y que murió y resucitó para salvarnos, que es lo verdaderamente importante en una persona de fe, porque, como dice Jorge Manrique, este mundo es el camino para el otro que es morada.

Quienes no creen en esos misterios básicos del cristianismo, entienden y creen el mensaje, digamos más humano, de Jesús, que también encarna el cristianismo en su sentido más amplio, contenido en la cultura ya dos veces milenaria de todo el occidente más parte de Asia y de África subsahariana, que son más cristianos que muchos países de nuestra América (en Nigeria hay más católicos que en la Argentina).

Bastaría imaginarnos como sería el mundo si no hubiera nacido Cristo, para felicitarnos unos a otros todos los días y no solo cuando cada año conmemoramos su nacimiento. Por lo pronto nos estaríamos comiendo unos a otros si es que todavía existiera la humanidad y no un enjambre de cucarachas sobre nuestros despojos. Con escasas excepciones, la humanidad antes de Cristo no tenía muchas esperanzas. Hubo intentos racionales precristianos, como los de los filósofos griegos, que vislumbraron un mundo con cierta justicia, pero siempre faltaba el amor a los semejantes y también al resto de la creación: nada distinto de lo que todavía se encuentra en el mundo en aquellos lugares donde ignoran la existencia de un Dios misericordioso. Los críticos del cristianismo suelen armarse con los muchos errores que se cometieron a lo largo de la historia, pero nadie puede dudar de que el amor a los semejantes es su mensaje elemental, opuesto completamente al de cualquier cultura donde todavía impera el sojuzgamiento del más débil.

Los ejemplos de ese mundo nuevo –por el que vale la pena felicitarnos, hacernos lindos regalos y brindar todo el día– son tantos que no caben en un libro bien gordo. Pero hay botones de muestra incuestionables. Van dos... o tres, depende cómo los cuente.

Por no ser culturas cristianas o poscristianas, todavía en vastas regiones del mundo no se respeta la igualdad esencial entre todos los hombres. El divorcio o el aborto, contrarios a la moral católica, solo son posibles donde el cristianismo estableció esa igualdad. Y la monogamia también es resultado de la igualdad, no solo entre el varón y la mujer sino entre los mismos varones. La poligamia supone, además de la degradación de la mujer, la preeminencia del más fuerte sobre el más débil, como ocurre entre muchos animales bastante cercanos a nosotros: el macho fuerte tiene las hembras de la manada y los débiles deben vivir aislados, aullando voglio una donna! como el protagonista de Amarcord arriba del árbol.

¿No le parece suficiente para que celebremos, brindemos con un buen espumante y nos hagamos regalos que aumentan nuestra felicidad? Nadie lo haría en un mundo en que no reine el amor al prójimo, y eso es lo más cristiano que hay; o poscristiano, que es otro modo de ser cristiano.