7 de agosto de 2022

Don Toco

Adolfo Navajas Artaza nació el martes 26 de mayo de 1925 y El Territorio el martes siguiente, 2 de junio de 1925. Iban juntos por la vida, pero la relación de Las Marías y El Territorio no viene de esa coincidencia sino del peculiar interés de don Humberto Pérez en que los Navajas Artaza fueran accionistas del diario, en tiempos en que El Territorio ya era el medio de referencia del nordeste argentino y Las Marías un modelo de empresa que ya revelaba su condición de pionera en la industria yerbatera.

Por esa razón conocí a don Adolfo, poco después de empezar a trabajar en una consultoría para El Territorio. Fue en 1997, en Las Marías. Luego nos vimos unas cuantas veces, en El Territorio, en Las Marías, o en aviones y aeropuertos donde coincidíamos.

Hacía tiempo que trabajaba en diarios y sabía algo del negocio del periodismo, pero me interesaba conocer la cultura empresarial de Las Marías, entre otras cosas para ver si podía descubrir una llave para el diarismo. Era apenas un ensayo de tantos que a uno se le ocurren y que –quién te dice– podía encontrar la clave definitiva de la industria. Con el tiempo me convencí de que cualquier colectivo de periodistas es impermeable a lo que le echen. Nos entendemos entre nosotros, pero como los lobos en su guarida; y sabemos que nadie más en este mundo puede meternos una cuña que no sea del mismo palo. Quizá de ahí nos viene el aire de desalmados, pero advierto que es muy difícil hacer compatible la búsqueda y difusión de la verdad con las relaciones sociales. La amistad, por suerte, trasciende estas cuestiones.

En aquellos años, don Adolfo no leía, estudiaba el diario. A veces lo recortaba y mandaba comentarios. En nuestras conversaciones, su visión era siempre ajena: le interesaban los otros. Lógicamente lo movía la industria y el desarrollo de la región, pero porque le preocupaba la gente y también la tierra. Hay dos anécdotas de su vida que lo muestran en cuerpo y alma:

En la época de Martínez de Hoz un joven de Virasoro había abandonado los estudios porque no tenía plata ni para chipa y lo único que le quedaba era conseguir un trabajo. Se lo fue a pedir y ahí nomás don Adolfo le preguntó: ¿Y no preferís seguir estudiando? Como el chico contestó que sí, en lugar de darle trabajo, le bancó los estudios hasta que se recibió en la facultad.

En los años 90 del siglo pasado, apareció por algunos lugares de Misiones la versión argentina de los sem terra brasileños. Intrusaban campos y acampaban a la vera de las rutas con carpas de plástico y aparatosas banderas. A don Adolfo no le preocupaba tanto que se metieran en campos abandonados; le preocupaban más bien los parásitos que desde la sombra sacaban provecho, pero más todavía le inquietaba que esa gente no amara la tierra, presupuesto básico para hacer algo de provecho en ella.


Nuestras últimas conversaciones fueron en la mayoría de Las Marías, a veces en el escritorio y otras en el comedor, en tiempos duros para él por la sombra oscura de una persecución judicial a causa de ciertas denuncias que siempre presumí infundadas, producto de la codicia y de un rencor que no podía entender que alguien tuviera en su contra. Nunca le oí ni una palabra, ni le vi el más mínimo gesto en contra de esa gente, ni a él ni a nadie de Las Marías.

Lo recuerdo mirándome medio de reojo, pícaro, después de decir algo y para comprobar si lo había entendido cabalmente. Con el tiempo me animé a llamarlo don Toco, para no ser el único que desentonaba. Murió el martes pasado y fue enterrado el miércoles en el cementerio de Las Marías. Descansa en paz, en su tierra.

31 de julio de 2022

El poder y los zanguangos

En esta vida, para todo, basta que alguien sostenga una idea para que otro elabore la contraria. Así el mundo se divide en dos, los que están de un lado y los del otro: pasta o pollo; Coca o Pepsi; izquierda o derecha; conservadores o laboristas; demócratas o republicanos; Boca o River; Ford o Chevrolet; asociación mundial o federación mundial; Corea del Norte o Corea del Sur... En cuanto a las decisiones humanas, están muy nítidas las dos vertientes... y no le digo nada en la política. En todo gobierno, y también en la oposición, hay segurolas y audaces; miedosos y temerarios; tímidos y desvergonzados; cuidadosos y despreocupados; pudorosos y obscenos, gradualistas y terminantes; halcones y palomas...

Como al que nació barrigón es al ñudo que lo fajen, está difícil cambiar de bando. Y más difícil vencer la inercia, porque la comodidad es parte de una de esas actitudes, por eso los audaces están siempre más cerca de cambiar de opinión si se equivocan. Es que cambiar de opinión –y de rumbo– es la fortaleza más necesaria de los que toman decisiones.

Siempre es mejor equivocarse que no tomar decisiones. Quiero decir que, en una escala del éxito al fracaso, primero está el éxito, segundo el fracaso y tercero la inacción. Y no hay que estudiar en una escuela de negocios para saber que quien se equivoca tiene que aceptarlo para corregir el rumbo todas las veces que haga falta: el que mantiene una ruta equivocada por no aceptar sus errores, nunca llega a ningún lado.

La política argentina está llena de ejemplos, sobre todo en los últimos meses, y no le digo nada en las últimas semanas. La coalición de gobierno protagoniza una lucha sorda entre la decisión y la indecisión, entre la lapicera y la tinta invisible. Para colmo, el presidencialismo está de capa caída, porque no tiene resuelto qué hacer cuando el presidente resulta indeciso, o inepto, o inútil... y que conste que no me estoy refiriendo a ninguno en particular.

Estamos presenciando el ocaso del sistema electoral, porque no encuentra el modo de librarse de los parásitos que se sirven de las elecciones para atentar contra la democracia. Hay que encontrarle la vuelta para salvar a la democracia, pero también estamos ante el fracaso del presidencialismo. Los nuevos sistemas de comunicación y las redes sociales han cambiado todo. No puede ser que cualquiera se presente de candidato, sin siquiera pasar el test psicofísico obligatorio para un chofer de colectivos. Y tampoco puede ser que las elecciones se diriman entre consultores riquísimos que consiguen que la gente vote por un zanguango, y que en la siguiente elección tengan de cliente al zanguango que en la elección anterior fue su competidor.

En la Argentina nos falta madurez, que es el único antídoto contra los zanguangos. Y la madurez se consigue con educación. Quizá por eso nos sobra adolescencia y nos falta continuidad, que es lo mismo, porque la falta de perseverancia es una señal de la adolescencia. Si tenemos unos años, sabremos que la constancia es lo más importante en cualquier proyecto, y que cambiar a cada rato lleva irremediablemente al fracaso. Por eso también necesitamos políticas de estado nítidas, resultado de un proyecto de país en el que todos estemos de acuerdo, del primero al último, en unión y libertad, como reza nuestra moneda desde 1813.
La continuidad parece contrapuesta a lo de las decisiones equivocadas, pero no lo es. El que se equivoca en todas las decisiones no sirve para tomar decisiones; en cambio, el que se corrige cuando toma una decisión errónea es el que más sirve. Y el que no se corrige porque no acepta que se equivocó... ese es un imbécil marca Cañón.

28 de julio de 2022

Posadas, Misiones (Argentina), 28 de julio de 2022

24 de julio de 2022

A favor o en contra del Papa

La columna del domingo pasado provocó algunos comentarios que me decidieron a seguir escribiendo sobre Francisco, pero solo desde un punto de vista... digamos político. Dejo de lado el abismo entre lo inmanente y lo trascendente, lo temporal y lo eterno, origen de juicios equivocados y de peleas estériles. Pero además resulta que los cristianos (o musulmanes, o judíos, o budistas, o lo que sea) no están de un solo lado del arco político y sus líderes lo son de todos, sin banderías. Aclarado este punto, voy a tratar de explicar por qué es un error político oponerse al Papa en la Argentina de hoy. Y eso está ocurriendo en gran parte del espectro social argentino, pero especialmente en el círculo rojo anti-K y también en el católico más tradicional, pero muy especialmente entre los periodistas y analistas opositores, que no paran de denostar al Papa sin darse cuenta del inmenso error en el que están cayendo.


El 13 de marzo de 2013 fue elegido como Papa el arzobispo de Buenos Aires, Jorge Bergoglio. La noticia cayó como un baldazo de agua fría sobre la cabeza de la entonces presidenta, Cristina Fernández de Kirchner, que se llevaba muy mal con el cardenal. Con bastante fundamento suponía que Bergoglio venía de la derecha católica peronista, del lado contrario de la izquierda montonera, también peronista, a la que ella adscribía. No hay más que ver las tapas de Página 12 de aquellos primeros días del pontificado de Francisco: en la del 14 de marzo, mandaron ¡Dios mío! como único título, y encima lo acusaban de encubridor de delitos de lesa humanidad, cómplice de dictaduras y enemigo de los gobiernos kirchneristas. Las ediciones del 15, 16, 17 y 18 de marzo siguieron violentas contra el nuevo Papa, pero las del 19 y 20 ya son fanáticas de Jorge Bergoglio. Es que el 18 había estado Cristina en Roma para la asunción de Francisco y ahora todo eran sonrisas, besos y regalos.

Fue Rafael Correa, el presidente del Ecuador, quien llamó a Cristina para rogarle que cambiara de actitud y seguramente le dio también un par de consejos cristianos, como que pida perdón. Pero no importaba tanto la ideología como la habilidad política para hacerse con la amistad de quien está llamado a ser el argentino más importante de la historia. Cristina lo entendió volando y la bajada de línea llegó a todo el kirchnerismo y, por supuesto, a su periódico insignia Página 12, y a sus columnistas, que se dieron vuelta en el aire sin decir esta boca es mía. Cristina mostró una cintura política digna del Gattopardo, mientras las fuerzas anti-K, en lugar de aprovechar el vacío y primerear a Cristina, o de competir con ella para ganarse el favor del Papa, se pusieron en contra de Bergoglio porque los amigos de mis enemigos son mis enemigos.

La historia está plagada de enemigos de la Iglesia que intentaron destruirla. Desde Nerón hasta Stalin, pasando por Napoleón, hay una larguísima lista de personajes poderosos que confundieron lo temporal con lo eterno. Nerón pensaba que terminaría con los cristianos matándolos en el circo y Stalin preguntó cuántas divisiones tenía el Papa cuando Churchill mencionó a Pio XII en Yalta. Cayeron los imperios uno tras otro, precisamente porque son temporales, mientras que la Iglesia sigue en pie, a pesar de los pesares, porque su imperio no es de este mundo.

Decía la semana pasada que no hay que extrañarse de que un cristiano ame a sus enemigos y por eso hay que suponer que hasta Sergio Massa puede llegar a abrazarse con Francisco si pide perdón por su propia estupidez, como el emperador Enrique IV ante el Papa Gregorio VII en Canossa. Pero en esta columna solo quería resaltar que aunque las palabras, la conducta y las decisiones de Francisco superan el plano de lo temporal, igual es una falta descomunal de cintura política ponerse en contra de un Papa que, además de ser argentino, no parece que vaya a ser uno más de la fila. Bastaría con mirar dónde está él y dónde sus detractores. Pero, además, Cristina demostró que todo se puede arreglar en cinco días.

22 de julio de 2022

Chaco

Barranqueras (Chaco, Argentina) 22 de julio de 2022.

17 de julio de 2022

Jorge Bergoglio y Raúl Castro

Hasta la pandemia, como parte de los festejos del aniversario de El Territorio, era costumbre celebrar una misa en la redacción del diario. A pesar de pedir silencio, no dejaban de sonar los teléfonos y de moverse la gente por las urgencias del periodismo, así que esas misas se volvían caóticas, pero era una vieja costumbre que formaba parte del folclore del aniversario. 

No entendía por qué no se hacía en una iglesia, que es el lugar natural de las misas. –Es que no va a ir nadie, argumentaba Mecha Villalba, a quien le retrucaba que no me parecía bien obligar a los empleados de El Territorio a asistir a una misa, ya que no la podían evitar por celebrarse en su propio lugar de trabajo. Felizmente, después de la pandemia, hemos conseguido que la misa del aniversario –que se encarga por todos los empleados vivos y difuntos de El Territorio– se celebre en una iglesia de la ciudad y que vaya el que quiera.

Desde 2007 hasta 2013 fue el obispo emérito de Iguazú, Joaquín Piña, quien celebró esa misa. Y muerto Piña, durante unos años le tocó al padre Jorge Chichizola, como heredero del encargo de don Joaquín. Chichizola era el superior de los jesuitas de Posadas y párroco de Nuestra Señora de Itatí, en la calle Herrera casi Comandante Espora, cerca de la Rotonda.


En la esquina de la parroquia que hace ochava entre Herrera y Espora, hay una ermita de la Virgen de Itatí. Entre seis y ocho escalones emparejan la altura de la vereda y el nivel de la calle Herrera, que en ese lugar forma un leve cuesta. A parir del mediodía y durante la larga siesta posadeña, esos escalones sirven de asiento y de pasarela a unas chicas que esperan sentadas a sus clientes. Siempre que las veía me resultaba interesante el contraste entre la Virgen de Itatí y las, digamos, profesionales del sexo. Se me ocurría, antes del episodio que voy a relatar en el próximo párrafo, que estas cosas pasan solo en nuestra América, donde se puede ser a la vez puta y devota, y donde se cumple cabalmente la profecía del Evangelio: ellas van a estar adelante de todos en el Reino de los Cielos.

Aquel 2 de junio, que posiblemente fue de 2013, me tocó ir a buscar al padre Chichizola para celebrar la misa en el diario, que iba a ser a las cuatro de la tarde. Llegué puntual, seguramente un par de minutos antes de las 15.45. La esquina de la ermita era paso obligado y aquel día estaba ocupado con las chicas de siempre, que debían tener poco trabajo. El padre Jorge las saludó con una sonrisa y les dio la bendición. Me explicó que siempre lo hacía, y ante un comentario mio sobre el contraste, me aseguró que confiaba en la protección de la Virgen sobre esas mujeres, que quién sabe las penurias que las habrían llevado a esa situación, a este oficio duro y riesgoso para su salud y su seguridad.

Me acordaba de este acontecimiento cuando un amigo me proponía escribir sobre las declaraciones en las que el Papa confesó (es el verbo que usó) su relación humana con Raúl Castro, que tuvieron durísimas críticas en la opinión pública. ¿Por qué medimos el cristianismo con la vara de la política? ¿Si ser cristiano es parecerse a Jesús, por qué está mal que el Papa ame a todo el mundo? ¿Qué mérito tiene ser amigo solo de los que piensan igual? ¿Quiénes somos nosotros para juzgar a nadie? ¿Cuál es la razón para pensar que el Papa tiene que decir lo que uno quiere y no lo que él piensa?

Jesús no le hizo asco a nadie y anduvo todo el tiempo de su vida pública entre pecadores. No se defendió ante Herodes Antipas y argumentó su divinidad ante Poncio Pilatos; los dos quedaron convencidos de su inocencia, pero no fue suficiente por la presión de la opinión pública. Y la opinión pública lo crucificó después de que Pilatos se lavara las manos para no meterse en líos. Lo mismo pasa hoy con Francisco.

10 de julio de 2022

Boris Johnson y el presidencialismo

El despeinado primer ministro británico renunció esta semana porque su partido le dio la espalda. Renunció después de que 56 funcionarios censuraran su conducta. Y su mala conducta no fue tanto política como escandalosa: fiestas durante la cuarentena en el número 10 de la calle Downing, sede del ejecutivo y domicilio del primer ministro. Pero lo que colmó la paciencia de su propia tropa fue la defensa del jefe de la bancada conservadora, acusado de manosear a dos invitados en otra fiesta de estos días.

En nuestra cultura el presidente debe durar hasta el final de su mandato. Lógicamente y porque somos un país libre, puede renunciar por los motivos que quiera, pero no es un resorte de nadie provocar su renuncia. Si sigue esta columna, recordará que más de una vez he expresado que el presidencialismo es el culpable remoto de muchos de nuestros problemas, porque cuando un presidente no funciona, no queda otra que sentarse a esperar el colapso de su desgobierno. La otra alternativa es la de la triste historia argentina: el golpe de estado, que es el delito que cometió el partido militar varias veces durante el siglo pasado. Antes, en 1890 y sin alterar el orden constitucional, la Revolución del Parque volteó a un gobierno que no servía; y ya en el siglo XXI se impulsaron desde un oscuro escritorio los desmanes que provocaron la caída de otro que tampoco funcionaba.

Fortaleza grande del sistema parlamentario es el esquema de fusibles que se dispara ante los cortocicuitos del poder. Cada parlamentarismo tiene sus particularidades y también sus propios fusibles, pero el Reino Unido es el inventor del sistema. El caso de Boris Johnson tiene la singularidad de que fue su propio partido el que le retiró el apoyo y por tanto también es el encargado de encontrar un nuevo primer ministro para presentárselo a la reina, y lo hará entre los diputados conservadores de la Cámara de los Comunes. El Partido Conservador tiene mayoría en esa casa, y el primer ministro suele ser el líder de la bancada de la mayoría: eso era Johnson hasta que cayó en desgracia el jueves pasado.

El gobierno de Johnson estuvo marcado por los desajustes del Brexit, como se llamó la salida del Reino Unido de la Unión Europea, una decisión muy discutible, porque fue resultado de un referéndum convocado por David Cameron en 2016 para distraer la atención de otros problemas. El Brexit se terminó de concretar el 31 de enero de 2020 y dejó a Gran Bretaña sin parte de su fuerza laboral; perdió insumos y le quedó una importante deuda con Europa. Para colmo se sumó el separatismo cada día más fuerte de Escocia y Gales, donde el referéndum de 2016 salió a favor de permanecer en Europa.

Los británicos van a arreglar ahora su crisis de poder de un modo bastante pacífico: si hay peleas, quedarán entre las paredes de un despacho del edificio del Big-Ben. Nosotros, en cambio, tenemos que esperar que nuestros gobernantes dejen de pelearse como adolescentes a la salida del colegio. Mientras tanto, tenemos que sujetarnos fuerte para no caernos del carrito de la montaña rusa.

3 de julio de 2022

Las puertas abiertas de la Argentina

Le transcribo completo el preámbulo de la Constitución Nacional; si es argentino es probable que lo recuerde, aunque sea vagamente:

Nos, los representantes del pueblo de la Nación Argentina, reunidos en Congreso General Constituyente por voluntad y elección de las provincias que la componen, en cumplimiento de pactos preexistentes, con el objeto de constituir la unión nacional, afianzar la justicia, consolidar la paz interior, proveer a la defensa común, promover el bienestar general, y asegurar los beneficios de la libertad, para nosotros, para nuestra posteridad, y para todos los hombres del mundo que quieran habitar en el suelo argentino: invocando la protección de Dios, fuente de toda razón y justicia: ordenamos, decretamos y establecemos esta Constitución, para la Nación Argentina.


En el texto original la Nación Argentina se llamaba Confederación Argentina. Y aclaro, por las dudas, que hombres son los varones y las mujeres, que es lo que siempre se entendió con esa palabra hasta que los españoles confundieron hombre con varón y nos metieron en este lío de género, que entró un mal día al servicio de la dialéctica política. 

El texto es una copia ampliada y mejorada del breve preámbulo de la Constitución de los Estados Unidos de América, sancionada 77 años antes que la nuestra y trece años antes de la Revolución Francesa. A esa altura de la historia, los Estados Unidos de América mostraban al mundo una democracia consolidada que provocaba la envidia de nuestras jóvenes repúblicas sudamericanas.

Una de las mejoras de nuestro preámbulo respecto del norteamericano es la afirmación fundacional y categórica de que la República Argentina es para nosotros, para nuestra posteridad, y para todos los hombres del mundo que quieran habitar el suelo argentino. Y no es la única alusión a los extranjeros; ahora solo quiero agregar la del artículo 25: El Gobierno federal fomentará la inmigración europea; y no podrá restringir, limitar ni gravar con impuesto alguno la entrada en el territorio argentino de los extranjeros que traigan por objeto labrar la tierra, mejorar las industrias, e introducir y enseñar las ciencias y las artes.

Se calcula que la República Argentina tenía entonces, en 1853, los habitantes que tiene hoy Misiones: poco más de un millón. Una extensión inmensa, fértil y despoblada, y gran parte de su territorio era todavía desconocido, por lo menos para los que redactaron la Constitución y para quienes ejercían el gobierno en Buenos Aires. Pero el espíritu de nuestra Carta Magna no ha cambiado. La Argentina debe recibir con los brazos abiertos a todos los habitantes de mundo que vengan con ganas de sumarse a un país dispuesto a compartir sus riquezas con quien quiera trabajar y enseñar, especialmente si son europeos.

El decreto 29.337 del 22 de noviembre de 1949 confirmó esta hospitalidad para la universidad pública argentina (no había privadas). Estableció que es gratuita para todo el que quiera estudiar en ella, sea argentino o extranjero. A muchos no les gusta que los extranjeros no paguen, o que no pague ninguno, pero la universidad gratuita para todos significó la llegada a la Argentina de cientos de miles de estudiantes de nuestra América, que vinieron a hacer su carrera, nos conocieron y se convirtieron en propagandistas de la Argentina en sus países y en el mundo; eso cuando no se quedaron a vivir aquí, enamorados de la Argentina... o de una argentina, o de un argentino, que para el caso es lo mismo.

Lo paradójico es que haya tantos argentinos que se quieran ir del país. Entiendo que es parte del mismo código genético, porque las puertas están abiertas tanto para entrar como para salir. Y tampoco podemos saber cuántas generaciones hacen falta para que los argentinos echemos raíces profundas en nuestra Patria como para quedarnos a ponerla en su sitio. Hay que tener un poco de paciencia.

26 de junio de 2022

Periodismo y poesía


El sábado 18 de junio el Papa Francisco mantuvo una reunión con las autoridades de la Sociedad de San Pablo que estaban reunidas en Roma y pidieron esa audiencia para recibir la bendición y los consejos del Santo Padre. La Sociedad de San Pablo, también llamados Paulinos, es una familia de instituciones eclesiásticas que tienen por fin difundir el cristianismo a través de los medios la comunicación social. Fue fundada en 1914 por el padre Santiago Alberione en Alba, Italia.

La reunión tuvo lugar en la renacentista Sala del Consistorio del Palacio Apostólico y, nada más comenzar, pasó algo que pocas veces pasa y que es siempre digno de mención. Cuando le trajeron el discurso, el Papa se lo devolvió y dijo en italiano a los presentes: aquí está el discurso que tengo que pronunciar... Pero, ¿por qué perder el tiempo diciendo esto cuando ustedes lo pueden leer después? Y empezó a improvisar un discurso que no tiene una palabra de más y que es a todas luces su pensamiento, sin los filtros del speechwriter.

Ahí Francisco dijo lo que piensa de los periodistas y de los medios de comunicación, tanto que esa charla improvisada debería ser el preámbulo de la constitución de cualquier escuela de periodismo, sea de inspiración cristiana o no cristiana y también anticristiana. Por suerte y gracias a Dios –y aunque no les guste a los feligreses de Maradona y de Messi– Jorge Bergoglio llegará a ser el argentino más influyente en la historia de la humanidad y no es de balde cada palabra que dice, aunque todavía no tengamos ni una pizca de la perspectiva histórica que habrá cuando estas cosas se valoren de verdad.

Según la traducción oficial de la Santa Sede, en uno de los párrafos que quería destacar Francisco dijo, entre otras cosas: lo primero que comunica un comunicador es a sí mismo, sin quererlo, quizá, pero es él mismo. Este habla de este tema, pero es importante cómo habla: claro, transparente; es él mismo que habla. Esto es originalidad. En este sentido, los comunicadores son poetas.

El periodismo es un arte y su verdad es la verdad de las artes. Lo decía hace unas semanas en este mismo espacio cuando El Territorio cumplía 97 años. Insistía entonces, como hace tiempo, que nuestra verdad es tan verdad como la de los científicos o de los jueces, y ahora agrego la verdad de las religiones. Decía el medievalista alemán-norteamericano Ernst Kantorowicz (1895-1963), que hay tres profesiones que visten toga para significar que solo rinden cuenta a Dios de las verdades que sostienen: los jueces, los universitarios y los sacerdotes.

Los periodistas no usamos toga y rendimos cuenta a los hombres y a sus leyes de lo que sostenemos, pero lo que sostenemos siempre tiene que respetar la realidad, los hechos; y en ese respeto consiste la verdad. Nuestro modo de buscar la verdad es asintótico, no llegamos nunca definitivamente a ella, pero tenemos obligación de acercarnos aunque eso suponga involucrarnos con lo que pasa, mojarnos con las lágrimas de los que sufren, mancharnos con la sangre de los heridos y también celebrar con los que festejan sus triunfos. Tampoco llega a la verdad absoluta nada que busque un ser humano, pero debe acercarse todo lo que pueda a la realidad si quiere decir la verdad más cabalmente. Eso es propio de la pintura, la música, la literatura, el teatro o la poesía... y también del periodismo. Y es la razón por la que las escuelas de periodismo deberían integrarse en las facultades de letras de las universidades a las que pertenezcan.

Como en cualquier arte, la obra se parece al artista como el hijo a sus padres: nada más certero ni más justo. Y también dice Francisco que el periodismo es una vocación, y por ser una vocación no es tanto un estudio o una carrera como un llamado a servir a la verdad.

19 de junio de 2022

Madre superiora y bella durmiente

Ya se sabe que el idioma es lo más democrático que hay. Lo hacemos los hablantes hablando y no hay autoridad que pueda imponerlo. Todos los intentos –que no han sido pocos– de imponer a la fuerza un modo de hablar, han fracasado. Podría decirse que cada vez que hablamos, votamos. Pero además de las pretensiones autoritarias de imponer vocablos o modos de expresarnos, también hay campañas para que hablemos como le gusta a un grupo, generalmente minoritario, que intenta volverse mayoritario a fuerza de hacernos hablar a todos como ellos quieren, porque atrás de algunos modos de decir hay toda una ideología. Los nacionalismos, por ejemplo, intentan que prevalezcan los dialectos o lenguas locales, mientras que los movimientos centralistas prefieren las lenguas francas. Cada vez más gente habla inglés o castellano, al mismo tiempo que se refuerzan lenguas minoritarias como el catalán, el euskera o los idioma nativos de nuestra América. Son dos fuerzas, una centrífuga y otra centrípeta, que se repelen pero también conviven.

Las dos expresiones del título vienen a confirmar lo difícil que será imponer el lenguaje inclusivo en nuestra cultura. A nadie le choca la madre superiora ni la bella durmiente, sin embargo no decimos superiora como adjetivo de ningún otro sustantivo femenino: no decimos instancia superiora ni cubierta superiora, mientras que la madre superiora cabe perfectamente en nuestro lenguaje cotidiano. Y nadie diría la bella durmienta, porque tampoco decimos atacanta, ni farsanta, ni dibujanta... pero sí decimos presidenta y también clienta, pero por razones bien distintas o por ninguna razón aparente.

Tanto como adjetivo o como sustantivo, la palabra presidenta no sigue la lógica de otros derivados de participios activos como estudiante, adolescente, paciente o ardiente. Presidenta no deriva de ninguna regla gramatical sino de la lógica de la madre superiora. Ocurre lo mismo con jueza, fiscala o concejala porque, igual que presidenta, son cargos que durante siglos fueron ocupados solo por varones y tienen –tenían– una connotación masculina. También, y hace mucho más tiempo, feminizamos alcalde en alcaldesa y príncipe en princesa. Pero no decimos criminala ni principala; y nuez es palabra claramente femenina, casi idéntica a juez, que ha quedado solo como masculina. Tampoco decimos tenienta ni sargenta y creo que no lo vamos a decir nunca. Ni decimos dentisto, artisto, paisajisto ni periodisto, pero sí decimos modisto, por la misma lógica de madre superiora pero al revés. Y para colmo, no hay nada más femenino que la mano.

Al final –o a la final, que también se puede decir– la pretensión de los inclusivistas se reduce a chiques y algún otro término que les molesta, que tiene el masculino en o y el femenino en a, y al uso poco económico de artículos y pronombres. La economía lingüística es el verdadero obstáculo para que se imponga y también la regla no escrita que hará fracasar cualquier intento de fabricar un idioma artificial.

Advierto que los que empiezan sus discursos en inclusivo con el consabido todos y todas cometen un error tras otro, todos muy poco inclusivos, cada vez que a continuación generalizan en compañeros, ciudadanos, trabajadores, argentinos, misioneros... y peor todavía cuando les clavan los artículos como las y los argentinos, las y los compañeros, las y los ciudadanos, las y los trabajadores, las y los misioneros... porque está diciendo las argentinos, las compañeros, las trabajadores, las misioneros... que es lo menos inclusivo y lo más machista que hay.

Le recuerdo que el castellano es el idioma más evolucionado por su capacidad de significar la abstracción de los conceptos universales, y que la distinción de los géneros muchas veces es una regresión a tiempos o a idiomas que todavía platean problemas para organizar el pensamiento. A eso el castellano lo superó hace ya más de cuatro siglos, en la época de Miguel de Cervantes y El Quijote de la Mancha. Los que hablan en inclusivo están borrando cuatro siglos de evolución del castellano, pero además ponen en evidencia su escasa cultura.

12 de junio de 2022

La lengua de los caballos


Ludwig Wittgenstein (1889-1951) es quizá el más importante filósofo del lenguaje. Austríaco de nacimiento y británico por adopción, fue profesor en la Universidad de Cambridge, en Inglaterra, donde murió y está enterrado. A raíz de la polémica sobre el lenguaje inclusivo en las escuelas de Buenos Aires, se me ocurrió preguntarle a Wittgenstein cómo es la relación entre inclusivismo y pensamiento. Ya no está entre nosotros, pero por suerte les podemos preguntar a sus obras, el Tractatus Logico-Philosophicus y cantidad de manuscritos sistematizados y publicados por sus discípulos después de su muerte.

La posibilidad humana de formar conceptos universales es esencial para el pensamiento: por eso podemos distinguir a los individuos de la especie (cuando vemos un perro sabemos que es un perro porque tenemos incorporado el universal perro). Para pensar necesitamos los conceptos universales ya que si no, cada cosa que vemos o experimentamos sería nueva y no podríamos ni razonar ni decir nada de nada. A los conceptos los expresamos con palabras y las palabras forman la lengua en la que pensamos y hablamos. A una lengua que no tiene palabras para expresar ciertos conceptos, le faltan herramientas para pensar, y a una persona con escaso vocabulario le faltan todavía más: está claro que no es lo mismo razonar con 10.000 conceptos que con 500. Esto explica la importancia de leer y también que haya lenguas más adecuadas para la filosofía, o la teología, o para las ciencias duras, la lógica o la matemática.


Carlos V –el rey y emperador políglota que vivió cuatro siglos antes que Wittgenstein– decía que hablaba en castellano con Dios, en italiano con las mujeres, en francés con los varones y en alemán con su caballo. Lo diga o no lo diga Carlos V, lo cierto es que el castellano evolucionó hacia los niveles más avanzados de abstracción de los conceptos universales y también es cierto que parece que quienes hablan lenguaje inclusivo pretenden que involucionemos hasta los relinchos de los caballos.

Para el inglés, el francés, el alemán o el italiano, las mujeres y los varones son conceptos distintos ya que usan diferentes palabras: brother and sister, frère et soeur, Bruder und Schwester, fratello e sorella. En castellano, en cambio, decimos hermano y hermana, porque es el mismo concepto con dos géneros distintos, que además están contenidos en el plural masculino: alcanza con decir hermanos para incluirlos a todos, porque el nivel de abstracción nos permite usar un solo término para el único concepto de ser hijos de los mismos padres, algo que no se puede decir en inglés, francés, alemán o italiano, y que paradójicamente también nos permite decir hermanes, cosa que es imposible en casi todos los otros idiomas que se hablan en el mundo.

La misma inclusión –la de verdad– en un solo concepto, y por tanto en una sola palabra, expresa la inferioridad de los varones respecto de las mujeres y no lo contrario, como parece suponer el hembrismo peleador. El femenino es exclusivo para las mujeres mientras que el masculino nos incluye a varones y mujeres porque así fue el orden que el Génesis relata de menor a mayor y termina con la mujer coronando toda la Creación. No importa ahora si creemos o no creemos o si el texto de la Biblia es una metáfora. Es lo que hay y es lo que configuró nuestra cultura en los últimos cinco mil años. Será por eso que todavía no se entiende la necesidad que tiene el feminismo combativo de devaluar a las mujeres para hacerlas iguales a los varones, cuando durante 50 siglos todos tuvimos la certeza de que son superiores.

Dicen Carlos V y Ludwig Wittgenstein que no es una buena idea rebajar el nivel de abstracción del castellano, que es lo que ocurre cada vez que alguien clava un todos y todas.

5 de junio de 2022

Periodistas de copetín

El Día del Periodista, que en la Argentina se celebra el 7 de junio, fue una idea del Primer Congreso de Periodistas que se celebró en Córdoba en 1938. Recuerda Lloyd Jorge Wickström que el 31 de mayo de 1942 se fundó el Círculo de Periodistas de Misiones en una reunión que tuvo lugar en la sede del diario La Tarde y que, como es costumbre entre los periodistas, terminó con un vermú en la confitería Tokio. Los reunidos aquel 31 de mayo decidieron, además, celebrar el Día del Periodista con una buena cena. Y al cumplirse un año de la fundación del Círculo, empezaron la celebración en la tardecita el 6 de junio de 1943 con un cóctel en la confitería La Palma y luego esperaron el 7 con una cena en el restaurante Cervantes de Posadas. Esos festejos están confirmando que eran buenos periodistas: es parte de nuestro código genético, pero no es la única.

Periodista es una persona que ve historias donde los demás no ven nada. Esa puede ser una descripción bastante cabal de un periodista, pero hay más. El periodismo es la pasión por la verdad urgente, esa que comparaba la semana pasada con el aire para respirar. Y por ser urgente explicaba que la verdad del periodismo es siempre una verdad cruda, en proceso, sin terminar. Quiero decir que la verdad de los periodistas es una obligación como la de los jueces o la de los científicos, pero tiene otro ritmo, otra cadencia... y puede que nunca lleguemos a la verdad total, definitiva, a la que tampoco llegan los jueces o los científicos, por lo menos en este mundo.

El modo de acercarse a la verdad de los periodistas es el de las artes y no el de las ciencias, aunque muchas veces se sirva de métodos científicos para alcanzarla y de su lenguaje para difundirla. ¿Y cómo se acerca a la verdad un artista? Por el camino indirecto de la metáfora, de la proporcionalidad y la analogía. ¿Quién dice la verdad más cabalmente? ¿Gabriel García Márquez o Louis Pasteur? ¿Pablo Picasso o Marie Curie? ¿Wolfgang Amadeus Mozart o Albert Einstein? Todos los grandes artistas dicen verdades que quedarían sin decir si ellos no las dijeran. Son verdades tan grandes, tan puras, tan relevantes... que tienen la fuerza de conformar más nuestra sociedad que miles de tesis científicas.

El periodismo tiene siempre el deber de buscar la verdad y de hacerla pública. Esas dos obligaciones –que también son pasiones– definen y describen nuestra profesión. Pero lo que la diferencia de otras profesiones que también buscan la verdad es que nosotros la buscamos para publicarla a los cuatro vientos. Esta condición es la que nos pone tantas veces del otro lado de los que tienen cosas que esconder o de los que prefieren que no se sepa lo que hacen. También la que nos convierte en desalmados, sobre todo a los que todavía trabajamos en medios que se imprimen en una tira de papel, porque no solo publicamos la verdad: la imprimimos para que quede allí para siempre. Creo que esa condición de la prensa gráfica no se perderá nunca y que aunque un día dejen de venderse periódicos, imprimiremos uno, lo rubricaremos como notarios de la actualidad y quedará guardado en un lugar seguro, como los protocolos de una escribanía.

No hay profesión más humana ni más cercana a los dramas de la gente, pero también es una profesión de Zeligs, porque los periodistas nos mimetizamos con nuestros interlocutores. Es una desgracia que pasemos más tiempo cerca del poder que con quienes necesitan que los amparemos de los abusos de los poderosos. Es que no somos inmunes a las mieles lícitas del poder; y tampoco a la corrupción, al dinero, a los privilegios y prebendas del poder mal entendido.

Un periodista que vende su pluma, primero vendió su alma... y ese día dejó de ser periodista.