27 de noviembre de 2022

Disparatón argentino

En las rutas argentinas se pueden ver miles de disparates. Hace tiempo que en esta columna critico los retenes inútiles de las fuerzas de seguridad, esos que matan el tiempo mirando el teléfono y también los retenes de las mismas fuerzas de seguridad que se divierten molestando a los viajeros. Además están los negocios espontáneos que invaden las banquinas y la profusa cartelería que los antecede, completamente prohibidos; algunos con instalaciones permanentes y otros son apenas tenderetes que deben dar buena carne a juzgar por la cantidad de camiones que paran y dificultan la vista y el tránsito...

Hay otros disparates que hacemos con los autos y que tampoco son pasibles de sanción alguna, aunque estén prohibidos por las leyes. Y si no lo hacen las leyes, déjenme por lo menos que me desahogue aquí de la indignación que me producen los necios que van con las luces de niebla prendidas cuando no hay niebla. Las de adelante solo muestran esa necedad, pero la trasera es pura imbecilidad, dada la luz intensa que encandila a los que vienen detrás. También están los que circulan con las balizas prendidas, quizá para decir acá estoy yo, que es lo mismo que hacemos con la bocina casi todos los argentinos, siempre autorreferenciales. No me diga que no es un disparate que se multe a los que llevan apagada la luz que debe ir prendida y no se multe a los que llevan prendida la luz que debe ir apagada.

Pero hay un disparate que supera todos. Es el más disparatado. El disparate superlativo.

Es tan disparate que seguramente ha producido muchos accidentes, pero no podemos saber cuántos, porque nadie lo controla. Tampoco hay estadísticas. Y es un dispare nacional porque los argentinos vamos a contracorriente del resto del mundo, pero también en contra de la Ley de Tránsito (Ley 24.449, artículo 42, inciso f), que deberíamos saber, pero nadie toma en el examen teórico ni práctico de la licencia de conducir. Tampoco hay autoridad que sancione por esta infracción. Nada.

El disparatón es la señal que indica la inconveniencia de pasar al que viene atrás (y por carácter transitivo la que avisa que se puede pasar), que los argentinos hacemos con el guiño de la derecha para desaconsejar el paso y con el de la izquierda para darlo.
No haría falta ninguna ley que lo establezca porque es lógica pura, pero igual lo hacemos al revés. El guiño a la izquierda significa inequívocamente que uno va a girar a la izquierda y el guiño a la derecha que uno va a girar a la derecha; a eso lo entendemos a pesar de nuestra adolescencia colectiva. Precisamente por eso es tan peligroso el guiño a la izquierda para dar paso, ya que es imposible saber si el de adelante puso el guiño a la izquierda para girar a la izquierda, para sobrepasar un vehículo, o para dar paso. En cambio, si la señal de dar paso es el guiño de la derecha, da lo mismo si es para girar a la derecha o para dar paso, ya que no se correrá ningún peligro de colisión en el caso de que efectivamente el que va adelante gire a la derecha.

Decía que es imposible saber la cantidad de accidentes que se producen porque alguien intentó sobrepasar al de adelante cuando vio el guiño de la izquierda y un segundo después se los tragó porque estaba anticipando, correctamente, el giro a la izquierda o el sobrepaso de otro vehículo.

También es imposible entender cómo un país entero comete semejante disparate sin que nadie diga nada; sin una campaña nacional para arreglarlo; sin que las fuerzas de seguridad se muevan ni un milímetro; sin que el sindicato de camioneros le dedique ni un segundo; sin que se active un pelo de toda la organización pública que debería asegurarse de las condiciones de conducción de los ciudadanos que sacan o renuevan su carnet.

20 de noviembre de 2022

Disparates argentinos

Viajé a Buenos Aires en avión por el mismo precio que el ómnibus premium: nunca sé si los vuelos son baratos o los ómnibus son caros... Cuando llegaba al aeropuerto de Posadas con mi valijita para iniciar el vieje, caigo en la cuenta de que había salido de mi casa sin nada de efectivo. Como por suerte tenía la Sube de Buenos Aires, sabía que podría viajar en colectivo y en tren sin necesidad de efectivo, por lo menos hasta que encontrara un cajero. Es lo que hice desde el Aeroparque Jorge Newbery, pero con tanta mala suerte que justo esos días los trenes no llegan a Retiro por una obra grande que están haciendo en las vías.

Encaré el Subte en Retiro con la idea de llegar hasta Cabildo y Congreso y tomar después el 60 del Alto hasta Martínez. Como buen pajuerano me puse a ver el mapa de la red de subterráneos para confirmar el lugar de la combinación. Volví a constatar otro de los disparates argentinos: el Subte de Buenos Aires tiene nombres distintos en estaciones superpuestas y el mismo nombre en distintas estaciones, cosa de complicarle la vida lo más posible a los inocentes pasajeros. De paso me enteré de que les están cambiando el nombre a algunas estaciones, así que se puede abrigar la esperanza de que le pongan Obelisco a las tres estaciones que están ahí abajo: Carlos Pellegrini (línea B), Diagonal Norte (línea C) y 9 de Julio (línea D). Lo curioso es que las líneas B y D tienen estaciones Callao y Pueyrredón donde se cruzan con esas avenidas de Buenos Aires, pero una lo hace por debajo de Corrientes y la otra por debajo de Santa Fe. No me diga que no es un disparate que las estaciones se llamen distinto si están en el mismo lugar y que se llamen igual si están en sitios diferentes.


Después del Subte vino el Metrobús. Ese gran invento de Curitiba que se ha extendido por toda nuestra América y que ya se ha instalado en casi todas las avenidas de Buenos Aires. Es un carril exclusivo para los colectivos, con estaciones bien precisas para subir y bajar. Las estaciones tienen techo y hasta wifi, además de buena información sobre las líneas que pasan por ellas. Pero aquí el disparate es que ese sistema de carriles exclusivos no es un invento de los curitibanos y existía en Buenos Aires hace 60 años: se llamaba tranvía y no consumía combustibles fósiles porque era eléctrico, y tampoco quemaba cubiertas contra el pavimento porque usaba vías y ruedas de acero. Ahora no me diga que no es un disparate que hayamos inventado algo que ya estaba inventado, pero que además era mucho más cuidadoso con el medio ambiente cuando a nadie le preocupaba el medio ambiente.

En Posadas tenemos también algunos disparates, como el reloj que da la hora exacta dos veces al día. Está en la plaza del Mástil, donde la avenida Uruguay se topa con la Mitre. Hace rato que en esta columna me ocupo de ese y de los otros relojes de la ciudad que no dan ninguna hora porque funcionan a destiempo, mientras que el del Mástil lleva parado como diez años. Así que ninguno de los relojes públicos de Posadas marcan la hora, pero sí marcan el desinterés de las autoridades municipales. Un reloj que no da la hora es la cosa más inútil que hay, tanto que si no los piensan arreglar sería mejor sacarlos; claro que también los pueden reparar y mantenerlos, que es lo que hace cualquier municipio del mundo con sus relojes públicos si tienen un poco de sensibilidad por su gente.

Aunque hay muchos otros disparates, menciono ahora el recurrente de los semáforos de Posadas. Insisto en esta columna hace años en que es un disparate poner los semáforos antes de atravesar la calle y no después, de modo que se puedan ver sin problemas y también que se puedan hacer efectivas las fotomultas, ya que es imposible probar que uno pasó en rojo una vez que ya pasó, pero además es un contrasentido poner la línea blanca de detención donde es imposible ver el semáforo. Un disparate que podría empezar a dejar de serlo si colocan en el lugar correcto los nuevos semáforos de la Travesía Urbana en la antigua Ruta 12.

13 de noviembre de 2022

Lo más democrático que hay

El domingo que viene empieza el espectáculo más universal y apasionante de algo tan inexplicable como el fútbol. El Mundial, que nos tendrá en vilo hasta el 18 de diciembre, esta vez se juega una península llena de petróleo del Golfo Pérsico, pero también Catar es un emirato absolutista con escasas libertades. Ya están allí trabajando los periodistas que lo transmiten para el resto del mundo y quizá nos cuenten algo de eso que no se ve. En la pantalla de la televisión parece que se divierten, pero le advierto es un trabajo extenuante, sin descanso, en un lugar extraño, comiendo cosas raras, con seis horas de diferencia y una competencia bestial.

Los periodistas hablan, leen y escriben en el idioma de sus audiencias. Aunque es una verdad tonta y evidente, la enuncio aquí para seguir con el razonamiento, porque para todo periodista es una obligación tener audiencia, y si no para qué van... por eso son ellos los primeros en estudiar, aprender y practicar el lenguaje de sus públicos.

Y el lenguaje es lo más democrático que hay: lo hacemos los hablantes hablando, votando en cada sílaba que pronunciamos, por eso es inútil intentar poner reglas a una lengua viva y por eso también las academias de la lengua nunca imponen modos de decir a nadie. Es al revés: recogen lo que hacemos los hablantes para que todos nos entendamos a pesar del paso del tiempo y de la amplia geografía del castellano.


Cuando los periodistas argentinos estaban haciendo las valijas o preparando los estudios centrales en sus respectivos medios, apareció un manual de Recomendaciones para la cobertura del Mundial de Fútbol Qatar 2022, elaborado por el Instituto Nacional contra la Discriminación, la Xenofobia y el Racismo junto con la Defensoría del Público de Servicios de Comunicación Audiovisual. Sorprenden esos nombres tan largos y advierto que en el mismo título de las recomendaciones el INADI comete el error de escribir Catar en inglés: cualquiera que fue al colegio primario sabe que en castellano la Q va solo antes de UI o de UE.

Lo que pretende el INADI es que los periodistas hablemos como ellos quieren. Recomienda no usar el adjetivo negro por ser negativo, así que no hay negros en los equipos africanos sino jugadores de piel oscura y los negros de las otras selecciones son afrodescendientes aunque sean tamiles. Tampoco hay mercado negro sino circuito clandestino. No se debe decir indios a los originarios de las antiguas Indias, aunque todo el mundo sabe que los únicos originarios de América son los carpinchos o las llamas. No se debe comparar a nadie con ningún animal, así que se puede decir gorilas a los que piensan distinto pero no se puede calificar a nadie de burro, mono, toro, tigre, águila, cuervo, gallina, leona, hormiga, puma... Imagínese la transmisión de un partido de rugby entre Argentina y Nueva Zelanda en el que no se puede mencionar ni a Los Pumas ni a los All Blacks. Insiste también el INADI en que no se debe calificar a ninguna mujer como linda, ni se puede hacer referencia a nada femenino solo por ser femenino: en todo caso hay que tratarlas como si fueran varones.

Intentar regular un idioma es de un autoritarismo extremo, por eso no es una buena señal que se le pase por la cabeza a cualquier autoridad ponerle cortapisas a la lengua. El último que lo intentó en la Argentina fue el subcomisario Luis Patti, que en 2002 cuando era intendente de Escobar, prohibió los carteles en otros idiomas en todo el municipio. Antes, en 1994, cuando Jorge Asís era Secretario de Cultura del gobierno de Carlos Menem, mandó al Congreso un proyecto de Ley de Defensa del Idioma que pretendía castellanizar todas las expresiones que usamos en otras lenguas. Patti lo consiguió en Escobar, pero no terminó bien su carrera política. Asís tuvo que renunciar por esa estupidez fascistoide.

6 de noviembre de 2022

Retenes y vocación de servicio

Si tiene que viajar alguna vez con chicos en el auto, le recomiendo distraerlos contando soldaditos; hasta puede pedirles que distingan los uniformes de cada fuerza de seguridad y cuántos hay en cada retén. Es un juego, como otro cualquiera, pero muy entretenido y didáctico.


En un viaje reciente de Posadas a Buenos Aires, un amigo contó con sus hijos catorce retenes entre policías provinciales, Gendarmería y Policía Federal (esta vez no apareció ninguno de Prefectura). De esos catorce, cuatro los hicieron parar en la banquina para pedirles algún documento, preguntar a dónde iban o de dónde venían. Si hace el promedio entre los kilómetros recorridos y los retenes, da uno cada 71 kilómetros, y si cuenta unos cinco efectivos por cada retén, da la friolera de 70 uniformados por turno, por lo menos 210 por día, y sumando los francos rotativos nos ponemos fácil en los 400 agentes, cada uno con su sueldo, viáticos, móviles y cantidad de gastos de logística...

Probablemente esos retenes hayan servido en tiempos de pandemia para evitar el tránsito inútil, sospechoso de dispersar virus que podían enfermar y matar a otros ciudadanos. Ahora da la impresión de que esos nichos de poder, que se crearon con el covid, se mantienen solo porque son una ocasión para ejercerlo: es el mismo sello de la política rastrera, de la corrupción que busca el poder en todos los niveles solo para aprovecharlo en beneficio propio.

Cualquiera que haya viajado últimamente por cualquier país de la Unión Europea, por los Estados Unidos, o por Brasil, sin ir más lejos, comprueba que no hay un solo retén para vigilar nada: es el principio universal de inocencia aplicado en su más pura expresión, el mismo que debiera regir en nuestro país en lugar del de sospecha que solo sirve a los corruptos para sacar provecho de una situación de poder. En cualquier lugar en que se sigue una lógica sana, se sabe que a los delincuentes se los persigue con arpón, con trabajo de inteligencia y no esperando que caigan por casualidad, como quien pesca con anzuelo en la costa del río.

Para eso me viene al pelo lo que le pasó a Eduardo, un lector de El Territorio que vive en Córdoba. Cuenta que en la época de los gobiernos militares, cansados de tantos controles y ante la insistencia de los soldaditos que preguntaban de dónde venían y a dónde iban, su padre contestaba con el pueblo anterior o el siguiente. Ya grande, viajando de Córdoba a Posadas lo para un retén de Gendarmería en una de las rotondas cercanas a Resistencia y le preguntan a dónde va:

A Corrientes.
¿A qué lugar de Corrientes?
A la calle Tal, inventa impaciente.
Por acá está yendo a Formosa... le contesta el gendarme contundente.

El ejemplo es de lo más cabal que se me ocurre. Lo salvó a Eduardo, cansado del camino, de hacer unos cuantos kilómetros de más. Para eso sirven los retenes: para avisar a los viajeros que la ruta se pone peligrosa por el humo, o que hay que tener precaución por la niebla, o por un accidente más adelante, o porque hay ganado suelto. Para eso hay que dar buena formación y los agentes deben saber su oficio, pero sobre todo deben tener ganas de ayudar a los demás, que para eso están y no para ejercer el poder a su favor, buscando el modo de sacar provecho de esa situación. En mi pueblo y hace años eso se llamaba vocación de servicio.

30 de octubre de 2022

Fronteras de Misiones


La humanidad siempre se divide en dos: habladores y callados; Ford y Chevrolet; medialunas saladas y dulces... también izquierda y derecha; progresistas y conservadores; los que miran para adelante y los que prefieren el espejo retrovisor; los que aprietan en acelerador con los dos pies y los que van por la vida frenando todo el tiempo... 

Audaces son los que, cuando miden riesgos, los toman como desafíos para seguir adelante. Los segurolas, en cambio, reculan cuando ven un obstáculo; los primeros se sienten bien entre barreras, semáforos, límites y fronteras; los segundos, por las dudas prefieren que no haya límites para nada. Los segurolas aman las paredes de su cuarto, los audaces disfrutan el placer de la aventura. Los audaces construyen puentes, los segurolas los dinamitan.

No sé de qué lado se siente usted, pero déjeme decirle que las fronteras son una antigüedad; tan atrasadas como cualquier barrera que pretenda ponerle límites a la vida. Por eso, en todo el mundo los límites tienden a desaparecer, borrados primero por las comunicaciones, las tecnologías, los medios electrónicos y luego por el mercado: cada vez es más difícil controlar el tráfico de lo que compramos y vendemos en el comercio global. Pero hay algo más: cualquier barrera que impida el paso no evita que pasen los productos, solo los encarecen... y a nadie le gusta pagar más de lo que valen las cosas: al final los contrabandistas, los narcotraficantes y los funcionarios corruptos son los únicos que se benefician con las barreras de la frontera.

Fíjese en el caso de la medicina, cuya eficacia sigue ligada también al bolsillo del paciente y a la posibilidad de viajar para conseguir mejores prestaciones médicas o mejores remedios. Lo mismo ocurre con cantidad de productos, cuyos precios no dependen tanto de lo que cuesta fabricarlos como de los impuestos y las aduanas de cada país. En contra de esa fuerza, que trata de impedir el paso, el mundo se ha vuelto un colador, y por más que lo intentemos, es cada día más difícil cuidar las fronteras; y cuanto más fronteras, más difícil.

Hay que celebrar que la Cámara de Diputados de la Nación haya incluido en el presupuesto 2023 la posibilidad de crear zonas aduaneras especiales en la Argentina. Pero sobre todo hay que celebrar la tozudez del gobierno de Misiones, porque ese es el modo de lograrlo. El ante año pasado fue el Presidente de la Nación, a pedido del ministro Guzmán, quien vetó la posibilidad de zonas aduaneras especiales que habían entrado en la Ley de Presupuesto sancionada por el Congreso en 2020. El año pasado se repitió el fracaso debido al rechazo por parte de la oposición a la Ley de Presupuesto de 2022, lo que provocó que para este año rigiera el que se había sancionado para 2021.

La distancia con Buenos Aires y las zonas de mayor consumo de la Argentina son una debilidad para Misiones. Lo que no puede ser es que también sea una debilidad la cercanía con los estados más ricos del Brasil y con la zona más productiva del Paraguay. Hace tiempo que Misiones intenta transformar esa debilidad en fortaleza: el confín geográfico argentino en que se encuentra la provincia puede ser un notable centro de producción y negocios del Mercosur, pero para eso hay que cambiar las asimetrías de la frontera, que son el resultado de leyes y no de la naturaleza o de la cultura de nuestros pueblos.

La Ley de Presupuesto tiene ya media sanción en la Cámara de Diputados. Falta pasar por el Senado, pero sobre todo por el posible veto del Presidente. Esta vez la ley no menciona provincias ni zonas limítrofes concretas, lo que la hace más viable. Pero mientras esperamos esos trámites, no parece buena idea insistir desde la provincia en derogar las PASO del año que viene, a ver si todavía el Presidente se enoja y vuelve a vetar el artículo.

23 de octubre de 2022

Irrespeto a la autoridad


Me pregunta un amigo si es verdad lo que contaba en la columna anterior y debo suponer que la pregunta es retórica, un modo de mostrar asombro y no una cuestión sobre el apego esencial del periodismo a la verdad. Se refería a cuando un gendarme me mandó a la banquina en penitencia por contestarle exactamente lo que me había preguntado, pero la gracia es que la pregunta estaba mal hecha y los gendarmes son impermeables a la ironía... La primera vez le hice caso, pero la segunda no tuve paciencia y después de explicarle que no pensaba obedecer a un abuso de poder, me fui lo más campante mientras el agente hacía que escribía mi patente en su celular. Quizás cuando renueve mi carnet aparezca una infracción "por no hacer caso a un abuso de poder".

El corolario que quiero sacar de este y de otros sucedidos que ocurren cada vez más a menudo, es que los argentinos estamos perdiendo el respeto por la autoridad, y el causante es el abuso del poder de los que deberían ejercerlo con autoridad, con apego a las leyes, y no arbitrariamente.

Si hiciéramos que se respeten nuestros derechos, aun en los casos de menor cuantía, se transformarían en una buena cifra con un solo abogado que se anime a litigar contra esos abusos recolectando miles de casos que se producen todos los días. El mejor resultado de una sentencia que condene al estado a pagar las consecuencias de sus abusos será el respeto por los derechos individuales y por las leyes que son para todos.

Si hay algo que nos saca de quicio a los seres humanos es la injusticia; podemos aguantar una vez, dos veces, tres... quizá más y depende de cada uno, pero cuando nos damos cuenta de que los que queremos que se nos respete somos la inmensa mayoría, el abuso de poder lleva al irrespeto y termina mal porque entonces viene la revolución en modo Mahatma Gandhi, como las mujeres de hoy en Irán, que cansadas del abuso del gobierno integrista islámico y sus policías morales, están dando vuelta todo un país.

El razonamiento es simple y hasta adolescente, pero es así: si la autoridad no respeta las leyes yo tampoco lo hago. El caso del cumpleaños de la mujer del presidente en pleno aislamiento es el que está más a mano, pero hay muchos más y hace tiempo: los uniformados que piquetean en las rutas retrasando sin motivo a los automovilistas; los funcionarios que se guardan espacio público –que es de todos– para estacionar, con carteles que recuerdan los privilegios abolidos en la Asamblea del año 1813; los taxistas que circulan impunemente por Posadas con la patente tapada; los lomos de burro, que son el colmo porque ejercen violencia física contra los automovilistas y su propiedad, además de ser la confesión paladina del abuso de poder por falta de autoridad.

El ejemplo es el principio elemental de la autoridad moral. La gente no hace lo que se le dice que haga sino lo que ve que hacen los demás. Por eso quienes primero tienen que cumplir las leyes son los que las promulgan; si no resulta que los que tienen poder hacen lo que quieren y los que no lo tienen hacen lo que quiere el que lo tiene. Ya en el año 60 antes de Cristo se decía que la mujer del César, además de serlo debe parecerlo; y hace 900 años que los dominicos dicen que fray Ejemplo es el mejor predicador.

Esta distinción entre autoridad (auctoritas) y poder (potestas) es de la antigua Roma, cuando ya se distinguía entre la autoridad moral y el ejercicio real del poder, que deben ir juntos en el gobierno de la sociedad, como dos caballos que tiran del mismo carro. Si no es así, se pierde el respeto por la autoridad y el poder se queda sin fundamento, hasta llegar a la anomia en la que nos sumergimos los argentinos hace años.

16 de octubre de 2022

Abuso de poder a cada rato


Comentaba el domingo pasado las peripecias que tuve que pasar para renovar el carnet de conducir y me quejaba del embudo: ante la imposibilidad de hacer cumplir la ley por las buenas, la autoridad aprovecha el embudo del carnet, por el que hay que pasar sin remedio, para meter ahí cantidad de cosas que no son las estrictamente necesarias para manejar un auto, como las multas pendientes; a esas alturas ya no importa que sean justas o injustas, estén vigentes o prescritas: hay que pagarlas porque el tiempo apremia y será más grave y más caro quedarnos sin carnet.

En medio de aquellos trámites ocurrió un diálogo propio del realismo mágico: cuando pedí hablar con el jefe ante la necesidad urgente de tener el carnet porque debía viajar al día siguiente, me contestaron que no podía ser, no porque no estaba sino porque estaba enfermo. Ante mi sorpresa, la empleada me aclaró que estaba sin voz y no iba a poder hablar con él porque no iba a escuchar lo que decía. Le contesté que tengo buen oído y seguí esperando... pero no hizo falta, porque al rato la empleada me dio un turno para rendir examen esa misma tarde en el Parque de la Ciudad. Lo que me quedó claro es que estuve por quedarme sin carnet y sin viaje porque el jefe estaba afónico...

Una semana después, con mi carnet flamante y un par de viajes encima, compruebo que podría haber viajado sin él porque ya que nadie lo pide. Es que ahora los retenes de las fuerzas de seguridad solo preguntan de dónde venimos y a dónde vamos; curiosidad que no se entiende porque nadie anota nada, así que no están haciendo ni siquiera una estadística. Para colmo, hay algunos agentes que en lugar de preguntar como corresponde, en segunda persona, lo hacen en primera del plural, quizá creyendo que así son más amigables, o más cultos...

–Buenos días, señor... saluda un gendarme mientras bajo el vidrio. 
–Buenas... contesto. 
–¿De dónde venimos? 
 –Los argentinos venimos de los barcos, como dice el presidente... 
–¿Cómo dijo? 
–Bueno, no estoy seguro de dónde venimos ni a dónde vamos. ¿Usted lo sabe?
–Póngase ahí al costado... Y me señala la banquina donde me deja un buen rato en penitencia.

Hace unos días me volvieron a preguntar en el Arco:

–¿Buenas tardes señor, a dónde vamos?
–Yo voy a Resistencia, pero no sé a dónde va usted.
–Póngase ahí al costado... 

Esta vez me salté la penitencia y me fui sin pestañear. ¿Qué culpa tengo yo de que esos funcionarios no sepan conjugar los verbos más elementales?

Está configurado el abuso de autoridad en cada retén que nos detiene para preguntar una tontería, y mucho más si nos ponen en penitencia por contestar justamente lo que nos preguntan. También hay abuso de autoridad y se comete un delito constitucional en cada oficina que nos obliga a hacer lo que la ley no manda o nos priva de lo que ella no prohibe. Abuso de autoridad, delito constitucional y presunción de sospecha hay en cada lomo de burro que, con violencia, nos obliga a bajar la velocidad mucho más de lo que prescribe cualquier norma de tránsito. Hay muchísimos más casos, todos los días, en situaciones públicas o privadas, a las que ya nos acostumbramos, como la rana al agüita tibia que empieza a cocinarla.

9 de octubre de 2022

El carnet y el embudo


La semana pasada venció mi carnet de conducir. Lo tenía anotado una semana antes, en la agenda del teléfono y con una buena alarma, para empezar el trámite con tiempo. Bueno, no sirve: hay que empezar por lo menos un mes antes...

Resulta que pedí turno para ir al Centro de Atención al Vecino de las avenidas Urquiza y San Martín, en Posadas, dado que paso por allí cuatro veces al día. Allí me comunican que no puedo empezar el trámite hasta no solucionar un par de multas pendientes. Una de ellas de hace diez años, en una ruta provincial de Córdoba, de la que nunca tuve noticia. La otra, de Posadas, por un semáforo en rojo que nunca pasé, ya que en la fecha de la infracción ese auto no era mío.

Cuando pregunté a la empleada que me atendía si sabía cómo solucionar una multa prescrita de Córdoba, me dio un número de teléfono de la Municipalidad de la ciudad de Córdoba. Le expliqué que nadie atendería en ese número y que la Municipalidad de Córdoba no tenía nada que ver con una infracción entre Cruz del Eje y Capilla del Monte. Insistió en que era todo lo que tenía y que llamando a ese número me darían la solución, así que lo intenté: nunca atendió nadie. Cuando al final encuentro alguien que conteste en la Policía Caminera de la Provincia de Córdoba, me aclara que es competente el Tribunal de Faltas de La Falda. En La Falda me contestan que tengo que enviar mi descargo –o el pedido de prescripción– por correo postal y que la respuesta me llegará también por correo postal. Le explico que la prescripción debería ser automática y que basta con la fecha, pero no hay caso: ni en el CAV ni en La Falda tienen la más mínima voluntad de entender un principio tan elemental del derecho.

La otra multa, otro problema. Tenía que encontrar al dueño actual de un auto que fue mio y pedirle que pagará la multa, ya que había que suponer que había sido cometida por esa persona. Por suerte pude solucionar el problema por otra vía, ya que también resulta evidente que si el auto no era mío, tampoco era yo quien había cometido la infracción: alguien había presentado formularios a destiempo.

Cuando dos días después consigo librarme de las infracciones, vuelvo al CAS de Urquiza y San Martín, pero resulta que ahora no está el médico para la revisión y tampoco saben cuándo va a venir. –Venga esta tarde, me dicen. Vuelvo a la tarde, en mi paso habitual, a las 18.15, pero cuando entro no hay nadie, solo un policía que desde un balcón interno me dice que no hay nadie. –Pero si aquí dice que están hasta las 19, le señalo la puerta de la oficina donde está pintado el horario de atención. –Sí, pero esta gente se va cuando quiere... y me anima a hacer una denuncia en la comisaría por incumplimiento de los deberes de funcionario público.

Al día siguiente me voy al CAV de la avenida Las Heras. Paso la prueba médica, pero ahí me entero que por mi edad tengo que volver a rendir examen de manejo. Me dan turno para dos días más tarde, pero como mi carnet ya vence al día siguiente, debo ir con alguien que lleve mi propio auto hasta el lugar de la prueba. Como tengo que viajar a Corrientes al día siguiente, les ruego que me dejen rendir ese mismo día a la tarde... Me contestan que es imposible. Les explico lo que pasó en el otro CAV y pido hablar con el jefe... 

–El jefe está enfermo. 
–¡No puede ser! ¿No está?
–Sí. Está, pero habla muy bajito, así que no lo va a oír. 
–Tengo buen oído. Lo espero. 

Al rato viene la empleada y me dice que vaya a las 16 a la pista de pruebas del Parque de la Ciudad. Voy con tiempo. En la pista de pruebas no saben nada. Tienen que comunicarse con el CAV de Las Heras. Al final me dejan hacer el examen, pero tengo que esperar. Antes me piden la cédula, el seguro, el matafuego y la baliza. Como el matafuego está vencido, me recomiendan a un par de lugares donde los recargan. En el primero, nada. En el segundo, tampoco. Lo consigo hacer en el centro de Posadas y ahí me cuentan que la mayoría no los recarga: solo cambian la etiqueta. También me entero de que hay gente que presta matafuegos para pasar el examen. Vuelvo con el matafuego recargado como Dios manda, espero al final de la cola, rindo el examen y me voy volando al CAV de Las Heras donde finalmente y cerrando la jornada, consigo mi carnet para viajar al día siguiente.

El carnet es como los lomos de burro: ante la incapacidad del estado por hacer cumplir las leyes, te las hacen cumplir a la fuerza en estos embudos, que son injustos como todo embudo; y además son inconstitucionales porque no respetan el principio universal de inocencia.

2 de octubre de 2022

Gran error de Putin


Desde la Segunda Guerra Mundial, Europa quedó dividida en oriente y occidente. El llamado Telón de Acero (o Cortina de Hierro) separaba los países que después de la guerra quedaron bajo la órbita soviética de los que quedaron del lado de los aliados occidentales: Estados Unidos, el Reino Unido y Francia. Y el Telón de Acero pasaba por la mitad de Alemania, el país que había empezado la guerra y la había perdido. El esfuerzo de la guerra había dado a los soviéticos el control del lado oriental de Europa y a los aliados occidentales el otro costado. Y eso se replicó en la misma Alemania y en Berlín, su capital, que quedó dividida artificialmente por un muro infranqueable, zona de nadie, alambres de púa, guardias, casamatas... y un paso fronterizo que se volvió famoso: el check-point Charlie.

Mijaíl Gorbachov fue quien terminó con la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas en 1985. Entonces reapareció Rusia y cantidad de países que integraban la URSS, tanto en Europa como en Asia. De este lado del mapa estaban Ucrania, Estonia, Letonia y Lituania, Bielorrusia, Moldavia... También se liberaron del yugo soviético los países orientales de Europa que mantuvieron una relativa independencia como satélites de la URSS: Polonia, Hungría, Rumania y Bulgaria mantienen su identidad, mientras que  Checoslovaquia y Yugoslavia se desintegraron en la República Checa, Eslovaquia, Eslovenia, Croacia, Bosnia y Herzegovina, Serbia, Kosovo, Montenegro y Macedonia del Norte, que nacieron como nacen todos los países, independizados de realidades anteriores. Pero el caso de Alemania Oriental es un país que desapareció fagocitado por otro, como si el Uruguay pasara a ser mañana el estado más austral del Brasil. Tenía territorio, gobierno, bandera, himno, fuerzas armadas, embajadas, selección de fútbol, atletas... pero a partir del 3 de octubre de 1990 no quedó nada de un país que duró solo 49 años y desapareció de la faz de la tierra, absorbido por la Alemania Federal el 3 de octubre de 1990.

Podría decirse que desapareció por los efectos de la perestroika, la reforma política y económica impulsada en la Unión Soviética por Gorbachov, que menguó el poder de Moscú sobre sus aliados forzosos y terminó con la Guerra Fría entre el modelo comunista y el capitalista. Esa fue la causa remota, ya que cada país tenía su propio destino y hoy, en el mundo poscomunista, todos ellos continúan siendo países independientes aunque hayan cambiado de bando. Solo Cuba, en Occidente, sigue tan comunista como hace 63 años.

Alemania Oriental desapareció por culpa del mismo telón de acero, que fue incapaz de contener las nuevas tecnologías de información y comunicación. El día que los alemanes orientales supieron que había otro mundo donde la gente era libre, se fueron en masa por un agujero del telón que se abrió en Checoslovaquia. Solos o en familia, abandonaban todo en la frontera y seguían con lo puesto hacia la libertad. Solo los viejos quedaron en sus casas. A la RDA se le escapó la fuerza laboral: se quedaron sin gente joven y en poco tiempo se hundió el país.

Putin acaba llamar a 300.000 reservistas para su guerra imposible contra Ucrania y ha provocado la huida en masa de jóvenes rusos hacia los países vecinos de Europa y de Asia. Va a tratar de contener los que pueda y llevarlos a la guerra contra su voluntad. Es que los jóvenes rusos ven por Tik Tok lo que pasa en Ucrania con su ejército de oficiales corruptos y su material bélico anticuado y mal mantenido contra armas e inteligencia provistas por Estados Unidos, Gran Bretaña y los países de la NATO. Como los alemanes en 1990 ahora los rusos se escapan de morir achicharrados en una guerra que no les interesa. Son los aptos para la guerra, pero también para trabajar. En el mundo globalizado ya no hay modo de contener a la gente contra su voluntad, a no ser que sea una isla, como Cuba, y de Cuba también se escapan...