25 de febrero de 2024

Los países también maduran

Al final de la columna del domingo pasado planteaba que los países maduran como las personas. No es un gran descubrimiento. La madurez es una analogía vegetal muy extendida en el mundo animal, pero sobre todo entre los humanos. Lo que puede parecer un poco tirado de los pelos es aplicarlo a colectivos como un país o cualquier organización social, desde la familia a las Naciones Unidas.

El derecho —que siempre sigue a la vida— ha inventado las personas jurídicas, también llamadas morales, pero le costó sus años. Esta vez no fueron los romanos, que algo vislumbraban pero no les gustaba mucho esa especie de ficción. Tuvo que evolucionar la idea hasta llegar al concepto actual en la época de la Revolución Francesa y luego durante el pragmatismo napoleónico.

Las personas de existencia ideal, como también se las llama, tienen estándares jurídicos análogos a los de las personas físicas, con nacimiento y muerte, con voluntad, deberes y derechos, con patrimonio y responsabilidades, salvo la responsabilidad penal, cosa que algunos juristas discuten en el ámbito de los límites del resarcimiento económico. Está claro que la pena que no le cabe a una persona moral es la cárcel, pero sí todas las demás, en su debida proporción y análogamente a las sanciones penales aplicables a las personas de carne y hueso, como multas, inhabilitaciones o retiro de la personería, que sería algo así como la pena de muerte.

También análogamente y en sentido figurado se puede decir (y se dice) que una sociedad es inmadura cuando actúa colectivamente de un modo infantil o adolescente. Y al igual que ocurre con las personas físicas, esa madurez no es necesariamente paralela al crecimiento vegetativo, a la madurez que dan los años: hay adolescentes de 90 y hay maduros a los doce.

Las frutas maduran con el sol y el calor y cuando están en la planta a casi todas les viene bien un golpe de clima para ser más dulces. Las personas de carne y hueso maduramos con los golpes de la vida, pero en eso somos más parecidos a las piedras que a las frutas. Las piedras se pulen entre ellas hasta volverse canto rodado, lisas y redondas, sin aristas. Maduramos a fuerza de caer y volver a levantarnos una y otra vez, pero sobre todo maduramos cuando las adversidades nos sacan las aristas y nos enseñan a convivir con personas que también están perdiendo las suyas.

Las sociedades maduran con los golpes de la historia. Con los fracasos, las adversidades, las vueltas del destino. Maduran con cataclismos, catástrofes y guerras... y a veces se pasan de tanto madurar. Europa es el ejemplo más evidente: fue el campo de batalla de todas las guerras hasta llegar a la madurez de la Unión Europea. Japón es otro caso paradigmático.

Nuestro mayor déficit de madurez sigue siendo la confusión entre lo esencial de lo accidental, que es la más palmaria muestra de adolescencia y lo que casi siempre se aprende a los golpes. ¿Será que a la Argentina le faltan esos golpes? Capaz que sí... o quizás sea mejor que sigamos siendo campeones mundiales de la inmadurez.

Hace casi once años se me ocurre que la elección de Jorge Bergoglio como Papa en Roma podía provocar esa madurez colectiva, porque Francisco pasaría a ser el modelo argentino por antonomasia, desbancando a ídolos que no se lo merecen y que ahora no pienso nombrar. Tengo todavía esa esperanza.

18 de febrero de 2024

Argentina inmadura

Hay países infantiles, adolescentes, adultos y ancianos. Pero no por su historia o sus ruinas, ya que según como se mire, Italia puede ser mucho más joven que la Argentina o el Nuevo Mundo más antiguo que la Vieja Europa. Me refiero a la edad colectiva de su gente, al modo de pensar y de razonar de la inmensa mayoría de sus ciudadanos.

Se puede catalogar a los países como jóvenes o viejos, del mismo modo que clasificamos a sus economías como fracasadas o emergentes; a sus culturas como decadentes o ascendentes, y tantos calificativos que ponemos a las cosas y a las personas. Hay países que se ponen de moda y otros que huelen a podrido. Pero no me refiero a estas categorías sino a una que represente a la edad colectiva de toda una nación. Y hay un pensamiento colectivo, o un modo de pensar común de cada país, que identifica a sus ciudadanos y no tanto por el estilo o el tono de voz sino por los temas de conversación, por las palabras que usan –que son vehículo del pensamiento– por la arrogancia, la ignorancia o la sabiduría que muestran al hablar. Alcanza con llegar a la sala de embarque de un vuelo hacia la Argentina en cualquier aeropuerto del mundo para medir la edad colectiva de los Argentinos; y es más fácil hacerlo en esos lugares porque se puede comparar con la edad mental de la gente que acabamos de dejar en el país que visitamos.
 

Como de la abundancia del corazón habla la boca, nuestra conversaciones nos delatan enseguida, individual y colectivamente. La gente madura, culta, leída, habla de temas interesantes: de política y economía, pero también de historia, de arte, de viajes, de libros... y de vez en cuando de comidas y bebidas. Los inmaduros hablan solo de temas primarios: sexo, comidas, fútbol y plata. La gente adulta come fettuccine alla Carbonara y los inmaduros se contentan con hamburguesas aplastadas y queso derretido.

Sabemos todo. Nunca aceptamos que no sabemos. Jamás nos equivocamos y somos capaces de cambiar toda una posición ideológica solo para no reconocer un error. Los adultos, en cambio, cuando no saben algo, dicen que no saben y no pasa nada. Y si se equivocan, lo aceptan sin dramas y corrigen su error.

Ponemos excusas para todo. Echamos la culpa a los demás. Argumentamos nuestra inocencia con la culpabilidad ajena, como hacen los adolescentes cuando se pelean, pero lo seguimos haciendo aunque seamos el Presidente de la Nación, Ministro, Senador, Diputado, Juez de la Corte Suprema, capitán de corbeta, futbolista o panelista de televisión; y ni nos damos cuenta de que hacerlo es el modo más rápido y eficaz de aceptar la propia culpa.

Nos dominan tres demonios con el mismo apellido: Pensé Qué, Creí Qué, Entendí Qué y sus primos procrastinadores Mañana y Después. Y vivimos peleando por tonterías, como los chicos en el asiento de atrás del auto, todo el día, todos los días, sin parar.

Es el espectáculo que hoy brinda la política inmadura de un país adolescente. Y los países maduran por razones variadas, casi siempre complicadas, como maduramos los hombres con los golpes de la vida. Dios quiera que no sea un cataclismo, pero por lo menos hay que agradecer al Cielo que seamos adolescentes, porque todavía tenemos la posibilidad de madurar.

11 de febrero de 2024

La pelea no es el cambio

El resultado y el mensaje de la segunda vuelta de las elecciones del año pasado mostró que la mayoría de los argentinos quiere un cambio en el rumbo de la política y del modo de ejercer el poder en la Argentina. Alguien podría decir que no fue tan abultada la diferencia entre casi el 56 % de la fórmula ganadora y un poco más del 44 % de la perdedora, pero sí se puede afirmar que fue contundente; y para ponerlo más a favor del argumento que quiero esgrimir, hay que suponer que el candidato del oficialismo también representaba un cambio importante en el estilo de gobierno de su coalición, especialmente en lo que se refiere a terminar con la grieta que divide a los argentinos hace ya muchos años.

Un análisis más o menos grueso de los números, pueden dar que los que querían un cambio total –una vuelta en U– son los que votaron a Milei en la elección de octubre: casi el 30 % de los votantes. Y en noviembre ganó la suma de los que votaron en contra del modelo K, que se plegaron al proyecto de Milei, precisamente por ser el cambio. No es una gran novedad en el país que en 2003 puso en el poder durante 20 años a los Kirchner desde un exiguo 22 % y gracias a la suposición de que la mayoría votaría el cambio en contra de Menem.
 

Anticipaba la semana pasada que la pelea es una teoría política que puso de moda la dialéctica marxista hace más de 150 años. Esa teoría se renovó con la lucha como fábrica de poder, sin importar entre quiénes ni las razones para luchar. En resumidas cuentas, la lucha de clases de Karl Marx hoy se aplica a la pelea entre no importa quienes, porque lo que sirve es pelear. De ahí el contrasentido de mantener viva la revolución, ya que cuando se eterniza en el tiempo se vuelve tan conservadora y autoritaria como las mismas dictaduras que enfrentaron en su etapa romántica: una cosa es la Sierra Maestra y otra muy distinta anquilosarse 70 años en el poder en La Habana. El Che Guevara fue víctima de esta paradoja y hoy vemos envejecer a algunos patriarcas, otrora revolucionarios, en el largo otoño de nuestra América.

Hoy los mismos enemigos del marxismo llegan al poder con la lucha como bandera. Algo parecido a lo que pasa con la democracia, que en muchos lugares del mundo está sirviendo a los antidemocráticos para hacerse con el poder: otra paradoja de tantas que hay en nuestra era. Quizá no debiera sorprender la lucha en el proceso de llegar al poder, pero sí que la pelea siga siendo para ellos el modo habitual de conservarlo.

Quiero insistir hoy en la idea de que el conflicto como estrategia no lleva a ningún lado que no sea el mismo conflicto. No es peleando unos con otros como se va a arreglar la Argentina, sino uniéndonos en la búsqueda del fin común, minimizando las diferencias y fortaleciendo las semejanzas, que son muchas más que las diferencias.

No sé de dónde sacamos la idea de que los que ganan las elecciones deben imponerse con toda su fuerza sobre los que pierden y los que pierden deben empeñarse en no dejar gobernar a los que ganan. Si queríamos el cambio, seguir peleando no es el cambio sino la continuidad, solo que ahora están arriba los que antes estaban abajo y el proceso se repite en un remolino del que no podemos salir, como si fuera un destino inexorable de continuidad aplastante.

Por enésima vez quiero gritar que por el camino de la confrontación no vamos a ningún lado y que junto con la libertad lo que hizo y hará grande a la Argentina es la unión. Estoy seguro de que los de mi generación conocemos de memoria el consejo de Martín Fierro a sus hijos, pero quizá lo tengan que aprender los más jóvenes: los hermanos sean unidos porque es la ley primera; tengan unión verdadera en cualquier tiempo que sea, porque si entre ellos pelean los devoran los de afuera.

4 de febrero de 2024

Peleando no se consigue nada

Si le dijera a Miguel Martín de Güemes que peleando no se consigue nada, probablemente me fusilaba por traidor... Es que casi todos los grandes pasos de la historia de la humanidad fueron frutos de grandes batallas y de largas guerras, y no solo por los cambios geopolíticos que producen, sino, y sobre todo, porque aguzan en ingenio hasta límites insospechados.

Digo casi todos porque la revolución más grande de la historia no la produjo ningún enfrentamiento, ninguna guerra, ninguna grieta... y es la prueba más patente de que peleando no vamos a ninguna parte. Tan fuerte fue esa revolución que los violentos no consiguieron pararla ni matando al revolucionario y a sus discípulos más cercanos, ni persiguiendo a sus seguidores durante 300 años. Ya van más de 2000 y la historia cuenta que los que persiguen a los pacíficos terminan perdiendo y consiguen lo contrario de lo que buscaban: en lugar de exterminarlos, los reproducen.

Ya está claro que me refiero a Jesucristo y a los cristianos (a los cristianos pacíficos). Pero no hace falta llegar a esos extremos para confirmar que siempre tendremos más éxito en nuestras empresas si en lugar de pelear para conseguir los fines lo hacemos amigablemente. Y además viviremos más tranquilos.

Hace ya casi dos siglos que se planteó en el mundo, como teoría, la lucha como forma de crear poder. No es mala idea si lo que se quiere el llegar, pero no hay que ser muy inteligente para advertir que es un modo violento. Tan violento que no duda en aniquilar a los enemigos si hiciera falta, y solo porque es el modo más rápido de ganar.

Hace tiempo que intento explicar que el camino es el contrario. El conflicto como estrategia no lleva a ningún lado que no sea el mismo conflicto, pero además cansa como cansó a la mayoría de los argentinos que votaron el cambio en noviembre. No es peleando unos con otros como se va a arreglar la Argentina, sino uniéndonos en pos del fin común, minimizando las diferencias y fortaleciendo las semejanzas, que son muchas más que las diferencias.

Hoy, sin embargo, la sociedad argentina parece mantener la idea de que los que ganaron en las últimas elecciones deben imponerse con toda su fuerza sobre los que perdieron y los que perdieron parecen empeñados en no dejar gobernar a los que ganaron. Seguir peleando no es el cambio sino la continuidad, solo que ahora están arriba los que antes estaban abajo. Y es tan evidente que así no vamos a ningún lado que enternece nuestra edad del pavo colectiva, de la que un día debemos desprendernos para siempre.


La UNIÓN es principio fundacional de nuestra Patria, junto con la LIBERTAD. Sin la unión no iremos nunca a ningún lado, como muestra ese esquema didáctico y siempre actual de los dos burros atados por el pescuezo que pretenden comer sus raciones de pienso, una a la derecha y otra a la izquierda. Tirando cada uno para su lado nunca alcanzarán el almuerzo, en cambio si se unen para ir juntos, primero a uno de los lados y luego al otro, sí que lo conseguirán, y todos felices y bien alimentados.
 
Alcanza y sobra con la unión para enfrentar cualquier adversidad y aunque no se conozca la solución. La unión implica por sí misma la voluntad de buscar juntos las soluciones a todos nuestros problemas. Y también implica ceder de los dos lados para ir juntos en esa búsqueda.

28 de enero de 2024

En unión y libertad

Lo de la unidad no es solo para casos extremos como el de la Hermandad de la Nieve, que relata la epopeya de los uruguayos en los Andes en 1972. Ya lo sabían los padres de nuestra Patria y los de cualquiera. No hay país que base su independencia o su cultura de poder en la división. Tanto que a veces basta con la unión para decidirse a cualquier aventura, desde la independencia nacional al matrimonio de dos personas que solo se tienen a ellos mismos. La unión es más importante que el dinero, que la edad, que la salud, que la inteligencia... y está directamente relacionada con el amor al prójimo.

Más de una vez he insistido en la necesidad de la unión y no solo en la Argentina: también en nuestra América y en el mundo, en el que una importante cantidad de países llevan la unión en su propio nombre aunque se olviden de ella. Al paso que vamos, o los humanos nos ponemos de acuerdo con lo que queremos hacer o dejaremos el planeta sin gente.


En 1813, tres años antes de nuestra independencia, se acuñó la primera moneda patria, era de ocho reales y tenía de un lado el Sol de Mayo, rodeado por el nombre del país que estábamos fundando: PROVINCIAS DEL RIO DE LA PLATA. Y en el reverso dice clarito EN UNIÓN Y LIBERTAD alrededor del escudo, sin sol pero bien acompañado por los laureles que todavía conserva. La primera versión acuñada, la más difícil de encontrar, tiene en la base del escudo dos cañones cruzados y un tambor, y en cada flanco dos banderas. Desde entonces, todas las monedas y billetes argentinos llevan la inscripción EN UNIÓN Y LIBERTAD y si quiere comprobarlo, mire un billete cualquiera y la va a encontrar, siempre debajo de REPÚBLICA ARGENTINA. 

El sol de esa moneda es el que también da vida a nuestra bandera y asoma sobre nuestro escudo. Tiene 32 rayos, intercalados entre flamígeros y rectos, y es el mismo del emblema de la Compañía de Jesús, que hoy campa, dorado como el nuestro, en el escudo papal y de la Santa Sede, porque era el escudo episcopal de Jorge Bergoglio, que conservó como Papa.


Decía también al final de la columna del domingo pasado que sería una macana confundir la unidad con uniformidad. Por desgracia muchos argentinos entienden una cosa por otra. La unidad incluye en su concepto la diversidad, ya que si todos somos iguales, si todos pensamos igual, si somos uniformes, ya no hace falta la unidad. La unidad supone la libertad, la uniformidad no. La unidad es el destino común de los que piensan distinto. La uniformidad es la entronización del pensamiento único. Y la democracia nunca es la imposición de las mayorías a las minorías sino la convivencia pacífica –en unión y libertad– de los que piensan distinto.

La Argentina no saldrá de su estancamiento si seguimos divididos. Hoy más que nunca es preciso que nos unamos y que superemos nuestras diferencias de adolescentes, pero no resignando las ideas detrás de las ajenas, a no ser, claro, que descubramos que estamos equivocados. Es urgente que fortalezcamos lo que nos une y minimicemos lo que nos separa. Hoy está de moda la libertad, y aunque solo el gobierno la exalte, a nadie le cabe duda de que es un activo esencial para todos. Ahora toca emparejar la unión y ponerla también de moda, junto con la libertad.

21 de enero de 2024

Unidad no es uniformidad


Si no vio todavía La sociedad de la nieve, se la recomiendo vivamente. Primero por que es una gran historia, segundo porque es una gran película y tercero porque es una lección formidable. Le advierto también que es un film fuerte: la historia es el relato audiovisual de una epopeya de la humanidad, que quizá no valoramos tanto por estar cerca en el tiempo y en la geografía.

Como todo el mundo conoce el final, no hay riesgo de spoilear el guion. Bueno, no sé si todo el mundo; quizá solo los más grandes, los que teníamos uso de razón en aquellos días dramáticos, hace poco más de 51 años, que hoy ya no somos mayoría. Pero intuyo que aunque ya sean muchos más los que no siguieron en directo la tragedia, todos saben lo que pasó en los Andes entre el 13 de octubre y el 23 de diciembre de 1972.

La novedad y la gran diferencia de esta nueva película, comparada con otra que se estrenó en 1983 y se llamó ¡Viven!, es un defecto de origen: ¡Viven! es una película norteamericana, basada en un libro, también de autor norteamericano, publicado a las apuradas en 1974. La historia de La sociedad de la nieve es la misma, pero muchísimo mejor contada en el libro del uruguayo Pablo Vierci, con guion y dirección de Juan Antonio García Bayona. El gran acierto de Vierci y Bayona es el relato, en el que los 29 muertos son protagonistas tan principales como los 16 sobrevivientes. Pero además la película está muy bien realizada y representada por actores mucho más cercanos a los verdaderos protagonistas de la epopeya.

Tan cercanos son que uno de los actores interpreta a su propio padre: Carlitos Páez, que hace el papel de Carlos Páez Vilaró. Páez Vilaró fue figura principal del arte uruguayo y también de los negocios inmobiliarios y turísticos, siempre asociados a Punta Ballena y Casa Pueblo, trece kilómetros antes de llegar a Punta del Este. Por su posición y porque su hijo era uno de los pasajeros, Páez Vilaró lideró y financió la búsqueda de los accidentados en la tragedia y nunca se dio por vencido, y cuando las fuerzas de seguridad chilenas dieron por terminada la búsqueda, siguió porfiando para encontrarlos vivos o muertos. Fue él mismo quien el 22 de diciembre de 1972 dio la noticia de los sobrevivientes que todavía estaban en la montaña, sumados a los dos que habían llegado a la civilización en busca de auxilio para los catorce que quedaron en el glaciar de Las Lágrimas. Los dio por teléfono, con nombres y apellidos, repitiendo uno por uno, al Uruguay y al mundo. Es quizá la escena más conmovedora de la película, para la que Carlitos tuvo que adelgazar unos cuantos kilos si quería salir cercano a su padre en los escasos tres minutos que dura su bolo.

En una entrevista que le hicieron esta semana en una radio de Buenos Aires, Carlitos Páez Rodríguez –que sigue siendo Carlitos aunque ya tenga 70 años– dio algunas claves de la historia y un consejo a los argentinos. Dijo que si hubiera sido un avión de línea habrían muerto todos en la montaña, peleando entre ellos. Se refería al hecho de que el avión en el que se estrellaron –un Fairchild bimotor de la Fuerza Aérea Uruguaya– había sido charteado para el viaje del equipo de rugby de los Old Christians, antiguos alumnos del colegio Stella Maris de los Christian Brothers irlandeses, la misma congregación y el mismo estilo de colegio que el Cardenal Newman de Buenos Aires. La unidad y la disciplina del equipo salvó a los sobrevivientes.

Los argentinos no van a salir adelante si no se unen, dijo también por la radio. Y es cierto: son muchas más las cosas que nos unen que las que nos separan, pero nos alimentamos de las que nos separan y rechazamos las que nos unen. El Uruguay, en cambio, es un país unido por un ideal republicano en el que la gente piensa distinto sin dramas. Pensar distinto no es nunca una debilidad; es una fortaleza inmensa y también es la base elemental de la unidad, que no hay que confundir con uniformidad: eso sí es pensar igual y es una macana.

14 de enero de 2024

Tarumba tropical

Lope de Aguirre fue un conquistador español de origen vasco (nació en Guipúzcoa en 1510) pero no fue uno más sino el más chiflado de todos. Entre sus locas aventuras está documentada una que empieza en Potosí en 1551, cuando el juez Francisco de Esquivel lo arresta por infringir las leyes de protección de los indios. En su defensa, Aguirre argumentó su nobleza, pero igual el juez lo condenó a ser azotado públicamente. Con la sangre la espalda y también en el ojo, Lope esperó hasta el fin del mandato de Esquivel y empezó a perseguirlo, pero el exjuez se escondía y cambiaba de domicilio y de ciudad constantemente. Lo persiguió hasta Quito y después, de vuelta, al Cusco; recorrió 6.000 kilómetros a pie durante tres años y cuatro meses, hasta que lo asesinó en la biblioteca de su casa en el Cusco. Fue condenado a muerte por ese asesinato, pero huyó hasta Tucumán. En 1554 Alonso de Alvarado lo perdona para incorporarlo al ejército que combatía a un encomendero rebelde en plena guerra civil entre españoles del Perú. Quedó rengo para siempre por una herida en batalla y una espingarda defectuosa le quemó las manos.

Se la hago corta para llegar al final: en 1560 el virrey del Perú se lo quiere sacar de encima y lo manda a buscar El Dorado en una expedición que baja al Amazonas por el río Marañón. La expedición fracasa, como todas las que buscaron El Dorado, pero entre el Marañón y el Atlántico, Aguirre mata a los jefes, se proclama emperador y le declara la guerra al rey de España desde la isla Margarita. La aventura termina cuando lo arrestan y es ajusticiado en Barquisimeto el 27 de octubre de 1561.

Dicen los que escribieron las locas andanzas de Lope de Aguirre, que lo enloqueció el sol. Parece que el casco trabajó de cacerola en la que el sol le cocinó el cerebro hasta provocarle lo que llamaban la tarumba equinoccial. El libro La aventura equinoccial de Lope de Aguirre, de Ramón J. Sender, y las películas Aguirre la ira de Dios de Werner Herzog (1972) y El Dorado de Carlos Saura (1987), son relatos formidables de las locuras de don Lope.


Me acordaba de la tarumba de Lope de Aguirre cuando esta semana me subí al auto después de tomar un café con un amigo en Posadas. Lo dejé estacionado en un espacio de cortesía de la misma cafetería. No suelo ir en auto al centro por lo difícil que es estacionar dentro de las Cuatro Avenidas, pero ese día venía de lejos y me sugirieron ese local precisamente porque tiene lugar donde dejar los coches. Todo genial, la conversación, el café, el local... hasta que salí, apenas pasado el mediodía para llegar a mi casa a tiempo. A mi pobre autito le había dado el sol de justicia que cae a pico en esta latitud y a estas alturas del año. Entrar en el auto era como meterse en el infierno y el volante quemaba como la espingarda de Lope de Aguirre. Las tarjetas de plástico que había olvidado adentro, estaban arrepolladas y por suerte no había dejado el celular porque creo que se habría derretido.

No es una queja, ya que probablemente en la calle habría sido igual y por lo menos allí conseguí un espacio que me resultaba útil. Solo quería referirme a este hecho para recordar los efectos del sol sobre nosotros: si hace eso con la tarjeta SUBE, imagínese lo que puede hacer en su piel, en su cabeza, en sus ojos o en su cerebro.

Esta columna no es un anuncio de protector solar, aunque le recomiende vivamente que lo use si se expone a sus rayos. Esta columna es otra más, y van unas cuantas, sobre la necesidad de sombra en nuestras ciudades. Y no hay que ser astrónomo ni conquistador para saber que solo los árboles dan sombra en las horas del mediodía, cuando el sol cae vertical, sobre nosotros y a pesar de eso tenemos que seguir trabajando en lugar de escondernos en una cueva para que no nos asesine.

7 de enero de 2024

Plantas como mascotas


Decía hace un mes en este espacio que un día, que ojalá no sea tan lejano como para no verlo, los árboles convertirán a Posadas y a las ciudades y los caminos de Misiones en un atractivo turístico de valor incalculable. Pero todo eso ocurrirá si entendemos que los árboles son una inversión en sombra y por tanto en salud; también en belleza, paisajes, frescura y, por supuesto, en turismo. Pero es mucho más que sombra lo que necesitamos de las plantas.

Hace, pongamos 300 años, los perros que nos acompañan desde los confines de la historia trabajaban casi tanto como los caballos y a la par de sus amos. Cuidaban las casas, arriaban ganado, ayudaban en la caza o iban a la guerra como un soldado más. Las legiones romanas peleaban con perros y también la conquista de América se hizo con canes tan conquistadores como sus dueños. Las razas se distinguían y se buscaban por sus utilidades, y su fidelidad era tan valorada como ahora. Los gatos son otra historia, pero también nos acompañan, y cada vez son menos enemigos de los perros. Además de los propios, los de la familia, siempre hubo perros y gatos de nadie: cimarrones, callejeros, silvestres o asilvestrados; lo que no perdieron nunca es su condición social que comparten con el género humano: con nosotros evolucionaron hasta sentirse tan cómodos como nosotros con ellos y muchos siguen trabajando, especialmente con las fuerzas de seguridad.

Hace menos tiempo, quizá en los últimos 50 años, los perros y los gatos pasaron a ser mascotas tal como hoy entendemos esa palabra: animales de compañía, parte de la familia. Dejaron de comer las sobras de las casas y pasamos a comprarles comida casi tan cara como la nuestra. Proliferaron las tiendas y las góndolas de supermercados dedicadas a las mascotas. Les ponemos nombres de hijos, llevan apellido y hasta se parecen a sus amos que ahora llamamos padres. Les hablamos como si nos entendieran; los vestimos, les hacemos regalos, celebramos sus cumpleaños; los bañamos, van al médico, les damos remedios, los operamos si hace falta, los enterramos en cementerios y quizá nos pasamos de la raya cuando los mutilamos o los clonamos. En países más desarrollados y ricos ocupan asientos en los transportes públicos con el mismo derecho que las personas, y gastan en ellos más que la suma de 30 humanos de regiones más pobres. En muchos lugares del mundo hoy es delito maltratar a cualquier animal, cosa que hace esos mismos 50 años no estaba penado por ninguna ley. Hay algunas exageraciones, pero nada especialmente reprochable: respetar a los animales es clara señal de humanidad.

Todo lo dicho se aplica al reino vegetal. Las plantas son sustento y son remedio, y no existiríamos sin ellas. Algún día las respetaremos como hoy respetamos a los animales y serán protegidas por las leyes porque son un activo tan valioso como un quirófano. Como al ganado podemos cultivarlas para nuestra subsistencia y como a las mascotas las necesitamos para nuestra compañía.

Tenemos que cuidar las plantas si nos queremos cuidar a nosotros, porque son esenciales para respirar, para curarnos de mil enfermedades y para que el clima no haga estragos en el planeta. Con los adelantos tecnológicos de hoy y los que vendrán, podemos vivir debajo de una selva vegetal mucho mejor que lo hacemos en la jungla de cemento.

Hay que empezar de una vez, porque cada día que pasa está más claro que es cuestión de tomar conciencia individual y colectiva, seguros de que esa conciencia es la que cambiará el planeta en el que convivimos con animales y vegetales, y que será la más provechosa política de medio ambiente de nuestros gobiernos. Pero además pueden convertir a Misiones en un verdadero paraíso, para que lo disfrute todo el mundo.

31 de diciembre de 2023

Bisiesto

Los días se alargan y se acortan, el sol se aleja y se acerca, las noches siguen a los días... y las plantas y los animales perciben mejor que los seres humanos la cadencia anual del planeta. Los seres racionales hemos intentado expresar esos cambios con cálculos, números y letras. Cada cultura tiene su sistema, relacionado con la religión, con la naturaleza, con la política o la razón; y no le extrañe que aparezcan terraplanistas o antivacunas a poner en tela de juicio hasta la extensión de los años.

El sistema universal con el que contamos los años, los meses, los días y las horas, es el calendario juliano-gregoriano. Creado por Julio César 46 años antes de Cristo y modificado por el papa Gregorio XIII en 1582.
Antes del 46 AC, el año romano contaba 304 días divididos en diez meses (seis de 30 días y cuatro de 31), y cada dos o tres años, agregaban un mes para volver a cuadrar las estaciones. Cuando Julio César decretó el año de 365 días, los egipcios llevaban 15.000 años sumando la misma cantidad: el Nilo crecía puntualmente todos los años y les marcaba las fechas casi con tanta precisión como la luna y el sol.

Julio César contrató a un sabio egipcio que sabía bastante de cuadrar fechas y sobre todo encajar las fiestas que jalonaban el año. El 44 antes de Cristo fue el primer bisiesto, porque ya sabían también que cada cuatro años había que agregar un día si no querían que el invierno se volviera otoño. El día que se agregaba era un segundo 24 de febrero, seis días antes de marzo: ante diem sextum kalendas martias, y como en esos años había dos 24 de febrero, el segundo se llamaba bis sextus.

Después se metieron con los meses y los días que tiene cada uno, pero nunca cambiaron la cantidad de días del año ni el bisiesto cada cuatro. Octavio Augusto le puso su nombre al sexto, que ya no era sexto sino octavo, imitando la decisión del Senado de ponerle el nombre de Julio César al quinto, que ya tampoco era quinto sino séptimo.

Para los sabios egipcios que trabajaron para Julio César, el año tenía 365 días y 6 horas, por eso lo arreglaban cada cuatro. Pero con los siglos, los años se volvieron a desfasar. Es que, bien calculado, el año tiene 365 días, 5 horas, 48 minutos y 45,16 segundos. Ese arreglo tuvo efecto bajo en pontificado de Gregorio XIII, que decretó que había que comerle diez días al calendario, y la orden se cumplió la noche del 4 al 15 de octubre de 1582. Como fue después de la Reforma y hacia tiempo que los orientales no obedecían al Papa, no todos acataron al Papa y tardaron en aceptar los cambios. Sin ir más lejos, en 1616 todavía los ingleses no tenían las mismas fechas que los españoles, y por eso no es verdad que Shakespeare y Cervantes murieron con pocas horas de diferencia y sí es verdad que uno murió el 22 y otro el 23 de abril de 1616. Otra curiosidad tiene que ver con la muerte de Teresa de Ávila, que no se sabe bien qué día fue porque partió justo la larga noche del jueves 4 al viernes 15 de octubre de 1582.

Pero la reforma gregoriana no solo fue comerse esos días de 1582. Habían hecho bien los deberes –¡con los relojes de esa época!– para compaginar en lo posible los tiempos de la rotación de la tierra con la traslación alrededor del sol. Así que establecieron como bisiestos (de 366 días) los años divisibles por 4, pero exceptuando los múltiplos de 100, de los que se exceptúan a su vez aquellos que también sean divisibles por 400; por eso 2000 no fue bisiesto y sí lo será 2400, pero no pensamos estar para certificarlo. Divisible por 4 es 2024, así que tendrá un día más y también Juegos Olímpicos, otro acontecimiento que ocurre en los bisiestos, siempre que no haya pandemia ni guerra mundial.

24 de diciembre de 2023

Juramento fue el de Belgrano

Manuel Belgrano enarboló por primera vez la bandera nacional el 27 de febrero de 1812, a orillas del río Paraná, en la actual ciudad de Rosario, que entonces no era ni pueblo y se llamaba Villa de la Virgen del Rosario de los Arroyos. El 25 de mayo de 1812, al cumplirse el segundo aniversario de la Revolución de Mayo y a pedido de Belgrano, el canónigo Juan Ignacio Gorriti bendijo y bautizó la nueva bandera en Jujuy, pero por decisión del Segundo Triunvirato la jura tuvo que esperar todavía hasta febrero de 1813.

Belgrano, obediente a la autoridad, solo izó y arrió en Rosario la bandera que había creado y que describía como blanca y celeste. Mientras tanto, sus tropas siguieron luchando bajo la enseña española, entre otras cosas porque eran tan americanos y tan españoles como los enemigos con que se enfrentaban, a quienes llamaban realistas, pero de un rey que no querían (que ese año todavía era el hermano de Napoleón). Esa bandera no era la rojigualda sino la del imperio español, con la Cruz de Borgoña, formada por dos troncos aspados, con los gajos cortados, rojos sobre fondo blanco, que todavía flamea en el regimiento Patricios de Buenos Aires.


Desde las invasiones inglesas, las tropas del virreinato usaron una escarapela o blasón con los colores celeste y blanco de la Orden de Carlos III, que hasta hoy decoran a los reyes de España. Esa escarapela fue la que distinguió a las tropas del Ejército del Norte de las realistas en la batalla de Tucumán, ya que ambos ejércitos pelearon bajo la misma bandera el 24 de septiembre de 1812. Lo de la misma bandera ponía loco al general, que insistía con la blanca y celeste ante el gobierno de Buenos Aires porque quería distinguirse pero sobre todo quería la independencia, pero los pesados del Triunvirato volvían a prohibirle el uso de otra que no fuera la española. Recién en la batalla de Salta, librada el 20 de febrero de 1813, se usó por primera vez la enseña nacional, tres años, cuatro meses y 17 días antes de la Independencia, cuando la escarapela tenía ya por menos seis años.

Después del triunfo de Tucumán, el Ejército del Norte salió apresurado para Salta en persecución de las tropas de Pío Tristán. Al vadear el río Pasaje, llegó un chasqui con la noticia: la Asamblea del Año XIII había destituido al Triunvirato y autorizaba el uso de la bandera de Belgrano. El general se apresuró entonces a tomar el juramento a sus tropas, acampadas a orillas de ese río, que ahora se llama Juramento. Fue el 13 de febrero de 1813 y estas fueron las palabras de don Manuel:


Soldados de la Patria: en este punto hemos tenido la gloria de vestir la escarapela nacional que ha designado nuestro excelentísimo Gobierno (...) Juremos vencer a los enemigos interiores y exteriores, y la América del Sur será el templo de la independencia y de la libertad. En fe de que así lo juráis, decid conmigo ¡Viva la Patria!

Me acordaba de esta jura la semana pasada, después de escribir sobre los juramentos apócrifos, cada vez más estrambóticos, en todos los poderes y en todos los niveles de gobierno. Decía que los que no se hacen según las formas que prescribe la ley son nulos o inválidos, pero sobre todo trataba de explicar que al deconstruirse, los juramentos terminan reducidos a unas declaraciones altisonantes, narcisistas y autorreferenciales.

El juramento a la bandera es el más esencial de todos. Juramos defenderla hasta morir, sin intermediarios ni más testigos que los que nos oyen decirlo. A Manuel Belgrano le bastó con un ¡Viva la Patria! y pienso que ese debería ser el modelo y la fórmula de todo juramento: cumplir con la Constitución y las leyes de la Patria. Y no tomar en vano el nombre de Dios ni nada que no sea la palabra empeñada de argentinos honrados.