25 de septiembre de 2022

La parte enferma de la democracia

La democracia es un sistema de gobierno que permite la convivencia pacífica de los que piensan distinto. Con esas pocas palabras alcanza, porque todas las otras cosas que decimos de ella son consecuencias de esta idea central. Y el sistema republicano se podría describir como la austeridad del poder: limitarlo en el espacio y en el tiempo para evitar la tiranía, que es una tendencia tan humana como el resto de nuestros instintos animales.

La elección popular parece el colmo de la democracia, pero no es más que una consecuencia de esa necesidad de convivir en paz. Por eso cualquier elección establece un ganador, pero también unos perdedores y las proporciones de representatividad de las mayorías y las minorías, de modo que el poder quede repartido como para que no haya abusos e imposiciones de las mayorías sobre las minorías sino convivencia entre unos y otros. El sistema parlamentario es más adecuado a este balance; el presidencial, en cambio, desequilibra la balanza para el lado del poder ejecutivo.

Es cierto que –como suele decir la vicepresidenta refiriéndose al siglo XVIII– la división de poderes es un invento de cuando no había luz eléctrica. Pero tampoco había luz eléctrica en el siglo V antes de Cristo, que es cuando realmente empezó la idea y hasta le pusieron el nombre. Desde entonces los sistemas para convivir en paz están en continua evolución, aunque es cierto que fueron importantes en ese proceso las revoluciones del siglo XVIII, primero la americana y después la francesa.

El desafío de nuestra era no es la adaptación de la división de poderes sino la actualización del sistema electoral a la sociedad de la información y a un pueblo cada día más numeroso y variopinto, para colmo menos ilustrado y por tanto más manipulable. Es por ese lado por donde hoy le está entrando agua a la democracia.
 

Fíjese que todavía votamos como en 1869, cuando el primer censo de la Argentina contó 1.877.490 personas y votaban solo los varones. Hoy cualquier acto eleccionario es una complejísima tarea logística que podría ahorrarse votando desde el celular, siempre que se guarden los recaudos que ocupa cualquier banco en sus transacciones on line. Ya casi no hay excusas para el home-voting como no las hay para el home-banking que hace años nos ahorra un tiempo más valioso que el dinero, que casi tampoco existe en su acepción contante y sonante.

Pero hay algo mucho más urgente que aplicar los medios electrónicos...

Se dice que ganar una elección tiene un precio. Se tarifa cada intendencia, cada gobernación y también la presidencia. No porque estén en venta sino porque cualquier campaña electoral supone siempre una inversión en publicidad, prensa, viajes, movilizaciones, mitines, locales, seguridad... y al final –te dicen– gana el que pone más plata, entre otras cosas porque también se compran voluntades y el clientelismo sigue tan activo como en la época de Caligula. No es siempre así, pero cada día que pasa se acerca más a esa realidad que enferma el sistema electoral. Para ganar, hay que tener muchísima plata, así que hay que buscar a los que más tienen para invertir en poder político. Y los que ponen plata buscan un rédito proporcional a esa inversión. Fue así como el poder político se volvió rehén del poder económico. Pero el problema es todavía más grave...

Es más grave porque hoy quienes tienen más dinero y más necesidad de la impunidad del poder son los narcotraficantes. En toda nuestra América el crimen organizado va llegando a niveles cada vez más altos del poder. Y no solo en el ejecutivo: de su arremetida no se salvan ni los legisladores ni los jueces.

18 de septiembre de 2022

Siempre hay que dialogar

Si todos pensamos igual y decimos lo mismo, no hay diálogo sino monólogo. Sin diálogo lo que reina es la tiranía del pensamiento único. El diálogo presupone ideas diferentes que se expresan: unos hablan y los otros escuchan. No es persuasión porque su fin no es convencer a nadie. El diálogo enriquece el conocimiento y también hace progresar el pensamiento humano. Por eso no hay política sin diálogo: porque sin diálogo no hay modo de avanzar hacia ningún lado.

La característica esencial de la democracia no es la elección popular de sus gobernantes. Eso es apenas una consecuencia y tampoco es la más importante. La idea esencial de la democracia es la convivencia pacífica de los que piensan distinto. Para colmo, esa es la clave que ha hecho progresar a los países más desarrollados del planeta, sencillamente porque el pensamiento único tiene el insalvable defecto de quedar congelado en el tiempo, no avanza porque no le hace falta contrastar con nadie.

Cuando la política es la imposición a las minorías del pensamiento de las mayorías, o –mucho peor– la imposición a las mayorías del pensamiento de las minorías, no hay ni diálogo ni democracia y tampoco hay progreso. Y no se crea que es tan raro eso de la imposición de las minorías: toda tiranía de las mayorías sobre las minorías se termina cuando la mayoría se cansa de la misma cantinela; entonces la mayoría se convierte en minoría, se aferra al poder y no lo cede hasta que las nuevas mayorías hacen tronar su escarmiento, como decía Juan Perón.

Siempre hay que dialogar. Siempre. Siempre. Siempre.

Y eso no quiere decir que debamos pensar igual ni que nuestro pensamiento sea débil; ni siquiera quiere decir que debamos resignar nuestros principios, nuestra ideología, nuestra moral o nuestros proyectos. El diálogo no implica eso sino la apertura mental para conversar con el adversario, o con el enemigo si fuera el caso. Pensar que el diálogo significa claudicar es una excusa tonta para no hacerlo. Es al revés: quien dialoga solo intenta conocer la versión de la otra parte, y eso ya es suficiente para empezar a reconocer que el adversario debe tener sus razones y le aseguro que siempre vale la pena conocerlas.

Decía el Papa Francisco la semana pasada que el diálogo no excluye ni siquiera a los países que provocan guerras. A veces el diálogo se debe hacer así, pero se debe hacer. Apesta, pero se debe hacer. Siempre dar un paso adelante, tender la mano, siempre. Porque de lo contrario cerramos la única puerta razonable para la paz, según la versión libre en castellano de lo que dijo en italiano, sentado en el pasillo de un avión entre periodistas de todos los colores. Fue a la vuelta de su viaje Kazajistán, en la habitual rueda de prensa que mantiene con los periodistas que viajan en la parte de atrás del avión que lo lleva a sus destinos.
El Papa se refería a Vladimir Putin sin nombrarlo cuando decía que puede apestar juntarse con algunos. Es evidente porque el nombre estaba en la pregunta. Con mucha más razón es necesario dialogar en estos momentos en los que pareciera que hay que terminar la guerra en Ucrania antes de que sea mucho más cruenta por la estúpida idea de los apostadores compulsivos, que suponen que cuando se pierde es cuando más hay que jugar para desquitarse de lo que ya se perdió.

Lo mismo pasa en la política argentina. O dialogamos o seguiremos apostando hasta agotarnos en una pelea estéril.

11 de septiembre de 2022

No nos burlemos tanto de las monarquías

La monarquía sigue existiendo. Las dinastías también. Cuatro días después de la muerte de Isabel II, podría decirse que están más vivas que nunca. Entre el jueves y ayer, el mundo asistió en directo al espectáculo del rey muerto y rey puesto. No hubo medio periodístico, del país que sea, que no dedicara su tapa a la reina muerta.
 

No es ni tan anacrónico ni tan raro. Si se cuentan los países más desarrollados del mundo, la mitad de ellos son monarquías. Y no son solo los más desarrollados, más industrializados y más ricos: además tienen reyes los más abiertos a la modernidad. Es cierto que son todas monarquías constitucionales, donde convive sorprendentemente el ideal democrático de igualdad ante la ley con la aparente desigualdad entre nobles y plebeyos: hoy los nobles de esos países están sujetos a las leyes como cualquier ciudadano, cosa que no ocurre donde todavía hay monarquías absolutas, que tampoco se crea que son tan pocas: ya lo veremos durante el Mundial de Catar...

Hay monarquías absolutas –donde el monarca es rey, legislador y juez, y además propietario de todo y dueño de la vida y la muerte de sus súbditos– en África, en Medio Oriente y en el Sudeste Asiático, pero también puede considerarse una monarquía absoluta hereditaria la de Corea del Norte, que aunque se llame República Popular Democrática ya va por el tercer miembro de la misma dinastía –abuelo, hijo, nieto– gobernando el país como en la época del Gran Mongol. Quizá Corea del Norte sea la más extrema de las monarquías que no se llaman monarquías que hoy se reproducen en gran parte del mundo.

Es cierto que hay reflejos monárquicos en muchas de nuestras democracias, pero en algunas más que en otras. La nuestra y cualquier república presidencialista, inspiradas todas en la norteamericana, se puede decir que son monarquías con plazo de vencimiento. Así lo decía Juan Bautista Alberdi en las Bases: al Poder Ejecutivo debe dársele todo el poder posible, solo limitado por el tiempo para ejercerlo. Pienso que fue un error adoptar el sistema presidencial, porque no es buena idea darle tanto poder a nadie, y menos a un argentino, pero sobre todo por la tentación absolutista que integra el código genético humano.

La democracia norteamericana es la más antigua y ejemplar. Ininterrumpida durante ya casi 250 años, ha sobrevivido a una guerra de secesión, los asesinatos de tres presidentes y Donald Trump. Sin embargo no ha sido inmune a las familias dinásticas, ni siquiera en la presidencia de la Nación: los Bush lo lograron; los Clinton y los Kennedy, no. De la tentación absolutista no se salva ni el comunismo cubano, donde Fidel Castro fue sucedido por su hermano menor, Raúl. Las repúblicas sudamericanas padecen esa misma enfermedad y no zafan ni siquiera Chile o Uruguay, y no le digo nada si bajamos a circunscripciones menores de gobierno.

En la Argentina tenemos también el caso de un padre y su hijo presidentes: los Sáenz Peña. Nuestras dos presientas mujeres heredaron el poder directamente de sus maridos. El gobierno de la provincia de Santiago del Estero se alterna sin drama entre marido y mujer y hay familias gobernantes en San Luis, Neuquén, Santa Cruz, Catamarca... En Formosa el gobernador lleva 27 años en el poder, y en el partido de San Isidro (provincia de Buenos Aires) el año que viene cumplirá 40 años ininterrumpidos en el poder la dinastía de los Posse.

Ya se ve que no es patrimonio de un partido, ni de un país. La monarquía tiende a instalarse con el nombre que sea y en el estamento que toque. Por eso quería decir que no nos riamos tanto de las de Europa.

4 de septiembre de 2022

Todo es política

En castellano, llamamos historia tanto a lo que pasó como al relato de lo que pasó, que nunca es lo mismo, aunque la ciencia de la historia tenga obligación de acercarse a lo que realmente ocurrió en el pasado. El periodismo, que es la primera versión de la historia, tiene esa debilidad: le falta la perspectiva, la distancia de la historia, que es esencial para juzgar los hechos que relata y por eso su verdad sale siempre cruda, en proceso. Quería aclararlo antes de meterme con toda la prudencia del caso en los hechos de esta semana. Usted ya los conoce por los medios que elige para enterarse de las noticias: poco antes de las 21 del jueves intentaron asesinar a la vicepresidenta, Cristina Fernández de Kirchner. Repudiar el hecho es lo mínimo, pero confieso que me suena a la formalidad de las conversaciones menores, como si se pudiera estar a favor o en contra. La violencia, pero especialmente la violencia política como este atentando contra la Vicepresidenta, produce un íntimo rechazo, que lógicamente se expresa con todas las palabras que tenemos para hacerlo. Pero además es preciso que se renueve el compromiso integral de defender la paz, la democracia, la república, la justicia y la libertad. Los medios son protagonistas de ese compromiso y El Territorio lo reafirma en este momento con la convicción de siempre, como hace casi 100 años lo viene haciendo todos los días.
 

Por desgracia, la división ya enfermiza de nuestra sociedad nos ha vuelto a colocar a los argentinos de un lado y del otro de la grieta. Unos dicen que todo esto es un montaje a partir de un hecho aislado –o quizá también montado– que sirve a Cristina Fernández de Kirchner para posicionarse en las elecciones de 2023. Del otro lado suponen que si bien el autor material es un perejil medio loco, los autores intelectuales son los partidos opositores, los medios de comunicación y el poder judicial. Del lado opositor al gobierno piensan que si Cristina quisiera planear un cambio de imagen para recuperar intención de voto, este era el Plan A. Quizá por eso sus trolls anónimos están tirando la idea de que es todo un montaje fríamente calculado: conspiranoia revuelta con noticia deseada. Del lado del gobierno nacional, los más audaces opinan que esa suposición es resultado del odio de todos los colores, sembrado desde la oposición, el periodismo, el partido judicial y la Embajada de los Estados Unidos...

En el medio está la crónica de la decadencia argentina. Una inmensa avalancha que se despeña hacia un abismo que parece no tener fin, en un país que hace muchos años no encuentra su destino. Políticos que buscan el poder por el poder mismo, sin importar las consecuencias, preocupados obscenamente por quedarse con los últimos despojos de un país que una vez fue rico. Como si no tuviéramos ningún problema, asistimos impávidos al espectáculo deplorable de referentes políticos paneleando en medios amigos –cada lado de la grieta tiene los suyos– azuzados por conductores que inducen la respuesta de sus entrevistados. Acusan, adolescentes, a sus contrarios de hacer lo mismo que ellos hacen y los contrarios a su vez hacen lo mismo que los que los acusan, pero del otro lado.

En la Argentina de hoy todo es política, hasta comerse una empanada, cantar una chacarera o cargar combustible. Ir a misa es política, jugar al fútbol es política, trabajar en un medio es política, el color de la camisa es política, la corbata es política y la camiseta también. El idioma es política. La sonrisa del Papa es política. La manera de hablar también es política. La barba siempre fue política, y las patillas, y la melena, y el pelo corto. Vacunarse es política y no vacunarse también es política. Sputnik y Pfizer son pura política. Los tatuajes son política. Las alpargatas, el gaucho, el dulce de leche y el gusto del helado son política. Es política el barrio, la manzana y la esquina. Los nombres y los sobrenombres de los hijos son política y hasta las mascotas son política... Todo está politizado porque todo tiene un significado y es aprovechable para la política: nada se desperdicia en la lucha por el poder porque la política en la Argentina se ha vuelto el asalto al poder que no se tiene, o aguantar a toda costa en el poder que sí se tiene.

No nos extrañe que se busque rédito político de uno y otro lado a un atentando que en sí mismo es una desgracia tremenda para la Argentina, absolutamente repudiable, y que puede tener efectos tremendos si no empezamos a hacer Política con mayúsculas, Alta Política, como le gusta decir al Papa Francisco, para significar la dedicación a solucionar los problemas de los demás.

28 de agosto de 2022

Esperando el gasoducto


A raíz del retraso en las obras del aeropuerto de Posadas, insistía el domingo pasado en la necesidad de mejorar la conexión de la provincia de Misiones, con Buenos Aires, con el resto de la Argentina y con el mundo. Uno de esos puntos de encuentro es el aeropuerto, por donde pasa una parte importante de los negocios que llegan y salen de la provincia, pero también van y vuelven empresarios, turistas, funcionarios, profesores, parientes, amigos... Y está claro que no es lo mismo estar a 300 que a 1000 kilómetros de Buenos Aires, porque el viaje por otros medios de transporte es una opción inversamente proporcional al valor del tiempo de quienes viajan.

Misiones debe aceptar que está lejos del resto de la Argentina. Su situación en el mapa es tan curiosa como emblemática: le da forma a la silueta nacional en la geografía americana por quedar enclavada como una cuña entre Paraguay y Brasil.

Además de la del aeropuerto, otra debilidad que nos ha deparado la geografía es la provisión de gas natural. La Argentina es un privilegiado poseedor de inmensas reservas de gas que hoy Europa necesita, sedienta por el corte de suministro de Rusia debido al apoyo europeo a Ucrania. Pero nuestro gas todavía está bajo tierra y mientras no se construya la infraestructura para sacarlo y transportarlo a los puertos hay que importar el gas que ahora necesitamos en lugar de usar el que tenemos.

Hace años que Misiones clama por la llegada de un gasoducto que le provea el gas que ya tienen el resto de las provincias argentinas (incluyo a Corrientes porque llega a su rincón sudeste). La obra del Gasoducto del Nordeste, que iba a traer el gas desde Salta y Bolivia, está parada; solo se han construido 1147 kilómetros de los 3041 originales.

Posadas, Puerto Iguazú o Bernardo de Irigoyen son tan argentinas como Mar del Plata, Córdoba o Rosario, pero a Misiones hay que traer el gas especialmente y no de paso para ningún lugar. Ese es el problema, pero la distancia nunca debería ser una excusa para relegar a los argentinos que viven en un sector más alejado de nuestra geografía. Todo lo contrario: la distancia debería ser un motivo de especial cuidado por parte de las políticas nacionales, preocupadas ahora por la construcción del gasoducto Néstor Kirchner, que unirá el inmenso yacimiento de Vaca Muerta con la red nacional, hasta Salliqueló en su primera etapa y hasta San Nicolás en la segunda. Mientras apuran estas obras, que permitirán sustituir importación por exportación de gas, Misiones seguirá teniendo que importar gas desde la Argentina, a mucho mayor precio que el gas natural, envasado y transportado en camiones que consumen combustible, cubiertas y asfalto, en lugar de abastecernos por ductos, tal como hoy nos llegan el agua o la electricidad a cada vecino.

El aeropuerto abandonado a su suerte, con una infraestructura obsoleta, y el gasoducto que se nos niega, son dos pruebas claras del olvido al que el gobierno nacional, uno tras otro, someten a Misiones, que no tiene la culpa de estar lejos. A eso se suma el rechazo a la Zona Aduanera Especial que convertiría en fortalezas algunas debilidades geográficas de la provincia. Hay que volver a insistir, una y otra vez, hasta conseguirlo.

Estar lejos no tiene por qué ser una debilidad, si sabemos aprovecharlo, claro. Misiones está lejos de Buenos Aires pero cerca de los estados más ricos de Brasil, donde más produce y más consume nuestro principal socio comercial. Gran parte de las exportaciones argentinas a Brasil debieran producirse en nuestra región, con beneficios fiscales y energéticos que podrían convertirla en la provincia más rica de la Argentina, pero hay que seguir esperando...

21 de agosto de 2022

Aeropuerto retrasado

A los argentinos nos quedó de la época de Carlos Menem la tara de confundir inversión con negocio. La privatización de los ferrocarriles fue, en mi opinión, el error mayor que cometió contra la Argentina: dilapidó en dos meses la inversión de 100 años que hizo grande a nuestro país. El Estado debe hacer estas inversiones, que no son negocio si se lo mira con un criterio de lucro inmediato, pero a largo plazo significan una ganancia inmensa para todos. Algo semejante pasó con 35 aeropuertos de la Argentina que quedaron en manos privadas, más preocupadas por los negocios colaterales que por la necesidad de servir de medio de comunicación y transporte entre distintas regiones del país. Esta realidad es especialmente grave en Misiones, que por quedar arrinconada en el mapa y lejos del resto de la Argentina, necesita imperiosamente de la infraestructura que le permita llegar sin contratiempos a Buenos Aires, al resto del país y al mundo.
 

Desde el 15 de junio el aeropuerto de Posadas está cerrado por refacciones, y esta semana anunciaron que en cambio de reabrirlo el próximo 15 de septiembre, como estaba previsto, la pista recién estará operativa a partir del 5 de octubre; pero si ya les falló el cálculo una vez ¿quién asegura que no fallarán otra? La prórroga significa la pérdida de unas 10.000 reservas de pasajes, pero sobre todo afecta a los negocios, especialmente al turismo y a la necesidad de conexión permanente de la capital de la provincia con el resto del país y del mundo. Bastaría con mencionar que el Parque Nacional del Iberá pasó las vacaciones de invierno sin vuelos en su aeropuerto más cercano.

Todavía el aeropuerto no tiene mangas que permitan abordar los aviones desde las salas de embarque sin tener que subir y bajar de balde tres escaleras, empaparse los días de lluvia y asarse buena parte del año. Da la impresión de ser un aeropuerto abandonado a su suerte, sin ninguna instalación moderna, donde cada uno hace lo que puede: no dan abasto las salas ni los asientos, las colas son eternas y campan a sus anchas taxistas y remiseros adueñados de la rampa de acceso. Curiosamente, en estos meses en que estuvo cerrado, solo están renovando la pista y la plataforma, y no han aprovechado la ocasión para la modernización de la estación de pasajeros.

Aeropuertos Argentina 2000 justifica el retraso en que no habían calculado bien los días de lluvia y algunos problemas logísticos como la demora en instalar la planta de asfalto. Pero resulta que los días de lluvia fueron menos que los habituales y los contratistas no habrían aceptado la oferta de máquinas ni la planta asfáltica de la Dirección Provincial de Vialidad. El consorcio constructor está integrado por Helport S.A. (de misma corporación que AA2000) y Lemiro Pablo Pietroboni S.A., con sede en Concepción del Uruguay.

El aeropuerto que sirve a la capital de la provincia debería tener una relación muy fluida con las autoridades de Misiones, por ser vital para su desarrollo, para sus negocios, para su industria y para su su conexión con el mundo. Por eso no se entiende que las autoridades provinciales se hayan enterado del cierre por un comunicado de la empresa concesionaria. Y si no es con AA2000, el contacto fluido debiera ser con el Organismo Regulador del Sistema Nacional de Aeropuertos (ORSNA). Son las provincias y su capacidad de lobby las que consiguen que el ORSNA o AA2000 se pongan las pilas con cada aeropuerto local. Por eso, si el aeropuerto de Posadas aparece retrasado en comparación con otros de ciudades y provincias parecidas –como el supermoderno, bien equipado, y atractivo aeropuerto de Jujuy– es también por falta de conexión, digamos política, con el ORSNA y con AA2000.

Y ya que estamos, hay que reservarle un nombre más local y despojado de la política al interminable Aeropuerto Internacional Libertador General José de San Martín. San Martín era mucho más parco que ese despropósito y no se va a enojar porque ya tiene más que suficientes homenajes.

14 de agosto de 2022

Culpa de la lapicera


Los hechos están demostrando que el presidente argentino puede ser el Jefe del Estado, pero no el Jefe del Gobierno, que es uno de los presupuestos de todo parlamentarismo, especialmente diseñados para las monarquías constitucionales que hoy rigen en la mitad de los países más industrializados del mundo. En esos países el Jefe del Estado es el monarca y el Jefe del Gobierno es el Primer Ministro. Les ponen nombres distintos, pero las funciones son las mismas o muy parecidas. En los presidencialismos, en cambio, el Jefe del Estado es el Jefe del Gobierno, como en los Estados Unidos y en toda nuestra América, donde copiamos a los gringos solo porque entonces estaba de moda y sin preguntarnos mucho si era lo que nos convenía.

El sistema francés es el más presidencialista de los parlamentarismos republicanos. En Francia casi nadie sabe quién es la Primera Ministra, Élisabeth Borne. El Alemania, en cambio, se conoce al Canciller, Olaf Scholz, que está a cargo del gobierno después de los doce años de Angela Merkel, pero pocos saben que el Presidente se llama Frank-Walter Steinmeier. En las monarquías constitucionales, como Bélgica, Holanda o Dinamarca, conocemos a Jefes de Estado más por su glamour que por lo relacionado con el poder. Son algo más que un símbolo, como el escudo o la bandera, pero no vaya a creer que el presidente de Italia o el de Austria tienen más injerencia que esos reyes en los asuntos del poder de sus propios países.

Para averiguar si estamos ante un presidencialismo o un parlamentarismo se puede usar una imagen que impuso la vicepresidenta con una expresión y una herramienta un poco antigua: la lapicera, instrumento de escribir posterior a la pluma y anterior al bolígrafo. Bastaría con preguntarse en cada caso quién tiene la lapicera, ya que cuando Cristina Fernández habla de la lapicera se refiere a quien tiene el poder de decisión, reflejado en la firma de los decretos, los nombramientos, los pactos, las renuncias... y los cheques.

En los parlamentarismos el que tiene la lapicera es el Jefe del Gobierno, aunque se reserva su uso al Jefe del Estado en casos de acefalía; es su función principal después de la representativa o simbólica: mandar en los cortos períodos en los que no hay Jefe del Gobierno, pero con el único fin de que se vuelva a instalar un gobierno, elegido por el pueblo o por el parlamento. Lógicamente estos mecanismos del poder dependen mucho de las personas que lo ostentan y de su carácter o estilo.

En la Constitución de 1994 la Argentina estableció una especie de Primer Ministro: el Jefe de Gabinete, que permite tanto un presidente débil –o vago– que deja el gobierno en manos de ese superministro; o uno con carácter fuerte, mandón, que usa al Jefe de Gabinete de secretario para hacerle los mandados.

Sergio Massa quería la Jefatura de Gabinete, con lapicera incluida, pero se quedó apenas con el Ministerio de Economía. El Jefe de Gabinete, que iba a gobernar, tampoco tiene la lapicera porque está en el bolsillo del saco del presidente. La vicepresidenta, que tampoco la tiene, le pide al presidente que la use de una vez. Y el que tiene la lapicera no tiene ganas de usarla, pero mientras, se va fagocitando uno por uno a todos lo que se acercan con la intención de sacarle la lapicera del bolsillo.

La culpa es del presidencialismo, que es un sistema para presidentes que usan la lapicera. No funciona con presidentes débiles, pero cuando se comprueba esa debilidad, ya es tarde. En cambio, con el sistema parlamentario otro gallo cantaría.

7 de agosto de 2022

Don Toco

Adolfo Navajas Artaza nació el martes 26 de mayo de 1925 y El Territorio el martes siguiente, 2 de junio de 1925. Iban juntos por la vida, pero la relación de Las Marías y El Territorio no viene de esa coincidencia sino del peculiar interés de don Humberto Pérez en que los Navajas Artaza fueran accionistas del diario, en tiempos en que El Territorio ya era el medio de referencia del nordeste argentino y Las Marías un modelo de empresa que ya revelaba su condición de pionera en la industria yerbatera.

Por esa razón conocí a don Adolfo, poco después de empezar a trabajar en una consultoría para El Territorio. Fue en 1997, en Las Marías. Luego nos vimos unas cuantas veces, en El Territorio, en Las Marías, o en aviones y aeropuertos donde coincidíamos.

Hacía tiempo que trabajaba en diarios y sabía algo del negocio del periodismo, pero me interesaba conocer la cultura empresarial de Las Marías, entre otras cosas para ver si podía descubrir una llave para el diarismo. Era apenas un ensayo de tantos que a uno se le ocurren y que –quién te dice– podía encontrar la clave definitiva de la industria. Con el tiempo me convencí de que cualquier colectivo de periodistas es impermeable a lo que le echen. Nos entendemos entre nosotros, pero como los lobos en su guarida; y sabemos que nadie más en este mundo puede meternos una cuña que no sea del mismo palo. Quizá de ahí nos viene el aire de desalmados, pero advierto que es muy difícil hacer compatible la búsqueda y difusión de la verdad con las relaciones sociales. La amistad, por suerte, trasciende estas cuestiones.

En aquellos años, don Adolfo no leía, estudiaba el diario. A veces lo recortaba y mandaba comentarios. En nuestras conversaciones, su visión era siempre ajena: le interesaban los otros. Lógicamente lo movía la industria y el desarrollo de la región, pero porque le preocupaba la gente y también la tierra. Hay dos anécdotas de su vida que lo muestran en cuerpo y alma:

En la época de Martínez de Hoz un joven de Virasoro había abandonado los estudios porque no tenía plata ni para chipa y lo único que le quedaba era conseguir un trabajo. Se lo fue a pedir y ahí nomás don Adolfo le preguntó: ¿Y no preferís seguir estudiando? Como el chico contestó que sí, en lugar de darle trabajo, le bancó los estudios hasta que se recibió en la facultad.

En los años 90 del siglo pasado, apareció por algunos lugares de Misiones la versión argentina de los sem terra brasileños. Intrusaban campos y acampaban a la vera de las rutas con carpas de plástico y aparatosas banderas. A don Adolfo no le preocupaba tanto que se metieran en campos abandonados; le preocupaban más bien los parásitos que desde la sombra sacaban provecho, pero más todavía le inquietaba que esa gente no amara la tierra, presupuesto básico para hacer algo de provecho en ella.


Nuestras últimas conversaciones fueron en la mayoría de Las Marías, a veces en el escritorio y otras en el comedor, en tiempos duros para él por la sombra oscura de una persecución judicial a causa de ciertas denuncias que siempre presumí infundadas, producto de la codicia y de un rencor que no podía entender que alguien tuviera en su contra. Nunca le oí ni una palabra, ni le vi el más mínimo gesto en contra de esa gente, ni a él ni a nadie de Las Marías.

Lo recuerdo mirándome medio de reojo, pícaro, después de decir algo y para comprobar si lo había entendido cabalmente. Con el tiempo me animé a llamarlo don Toco, para no ser el único que desentonaba. Murió el martes pasado y fue enterrado el miércoles en el cementerio de Las Marías. Descansa en paz, en su tierra.

31 de julio de 2022

El poder y los zanguangos

En esta vida, para todo, basta que alguien sostenga una idea para que otro elabore la contraria. Así el mundo se divide en dos, los que están de un lado y los del otro: pasta o pollo; Coca o Pepsi; izquierda o derecha; conservadores o laboristas; demócratas o republicanos; Boca o River; Ford o Chevrolet; asociación mundial o federación mundial; Corea del Norte o Corea del Sur... En cuanto a las decisiones humanas, están muy nítidas las dos vertientes... y no le digo nada en la política. En todo gobierno, y también en la oposición, hay segurolas y audaces; miedosos y temerarios; tímidos y desvergonzados; cuidadosos y despreocupados; pudorosos y obscenos, gradualistas y terminantes; halcones y palomas...

Como al que nació barrigón es al ñudo que lo fajen, está difícil cambiar de bando. Y más difícil vencer la inercia, porque la comodidad es parte de una de esas actitudes, por eso los audaces están siempre más cerca de cambiar de opinión si se equivocan. Es que cambiar de opinión –y de rumbo– es la fortaleza más necesaria de los que toman decisiones.

Siempre es mejor equivocarse que no tomar decisiones. Quiero decir que, en una escala del éxito al fracaso, primero está el éxito, segundo el fracaso y tercero la inacción. Y no hay que estudiar en una escuela de negocios para saber que quien se equivoca tiene que aceptarlo para corregir el rumbo todas las veces que haga falta: el que mantiene una ruta equivocada por no aceptar sus errores, nunca llega a ningún lado.

La política argentina está llena de ejemplos, sobre todo en los últimos meses, y no le digo nada en las últimas semanas. La coalición de gobierno protagoniza una lucha sorda entre la decisión y la indecisión, entre la lapicera y la tinta invisible. Para colmo, el presidencialismo está de capa caída, porque no tiene resuelto qué hacer cuando el presidente resulta indeciso, o inepto, o inútil... y que conste que no me estoy refiriendo a ninguno en particular.

Estamos presenciando el ocaso del sistema electoral, porque no encuentra el modo de librarse de los parásitos que se sirven de las elecciones para atentar contra la democracia. Hay que encontrarle la vuelta para salvar a la democracia, pero también estamos ante el fracaso del presidencialismo. Los nuevos sistemas de comunicación y las redes sociales han cambiado todo. No puede ser que cualquiera se presente de candidato, sin siquiera pasar el test psicofísico obligatorio para un chofer de colectivos. Y tampoco puede ser que las elecciones se diriman entre consultores riquísimos que consiguen que la gente vote por un zanguango, y que en la siguiente elección tengan de cliente al zanguango que en la elección anterior fue su competidor.

En la Argentina nos falta madurez, que es el único antídoto contra los zanguangos. Y la madurez se consigue con educación. Quizá por eso nos sobra adolescencia y nos falta continuidad, que es lo mismo, porque la falta de perseverancia es una señal de la adolescencia. Si tenemos unos años, sabremos que la constancia es lo más importante en cualquier proyecto, y que cambiar a cada rato lleva irremediablemente al fracaso. Por eso también necesitamos políticas de estado nítidas, resultado de un proyecto de país en el que todos estemos de acuerdo, del primero al último, en unión y libertad, como reza nuestra moneda desde 1813.
La continuidad parece contrapuesta a lo de las decisiones equivocadas, pero no lo es. El que se equivoca en todas las decisiones no sirve para tomar decisiones; en cambio, el que se corrige cuando toma una decisión errónea es el que más sirve. Y el que no se corrige porque no acepta que se equivocó... ese es un imbécil marca Cañón.