3 de julio de 2022

Las puertas abiertas de la Argentina

Le transcribo completo el preámbulo de la Constitución Nacional; si es argentino es probable que lo recuerde, aunque sea vagamente:

Nos, los representantes del pueblo de la Nación Argentina, reunidos en Congreso General Constituyente por voluntad y elección de las provincias que la componen, en cumplimiento de pactos preexistentes, con el objeto de constituir la unión nacional, afianzar la justicia, consolidar la paz interior, proveer a la defensa común, promover el bienestar general, y asegurar los beneficios de la libertad, para nosotros, para nuestra posteridad, y para todos los hombres del mundo que quieran habitar en el suelo argentino: invocando la protección de Dios, fuente de toda razón y justicia: ordenamos, decretamos y establecemos esta Constitución, para la Nación Argentina.


En el texto original la Nación Argentina se llamaba Confederación Argentina. Y aclaro, por las dudas, que hombres son los varones y las mujeres, que es lo que siempre se entendió con esa palabra hasta que los españoles confundieron hombre con varón y nos metieron en este lío de género, que entró un mal día al servicio de la dialéctica política. 

El texto es una copia ampliada y mejorada del breve preámbulo de la Constitución de los Estados Unidos de América, sancionada 77 años antes que la nuestra y trece años antes de la Revolución Francesa. A esa altura de la historia, los Estados Unidos de América mostraban al mundo una democracia consolidada que provocaba la envidia de nuestras jóvenes repúblicas sudamericanas.

Una de las mejoras de nuestro preámbulo respecto del norteamericano es la afirmación fundacional y categórica de que la República Argentina es para nosotros, para nuestra posteridad, y para todos los hombres del mundo que quieran habitar el suelo argentino. Y no es la única alusión a los extranjeros; ahora solo quiero agregar la del artículo 25: El Gobierno federal fomentará la inmigración europea; y no podrá restringir, limitar ni gravar con impuesto alguno la entrada en el territorio argentino de los extranjeros que traigan por objeto labrar la tierra, mejorar las industrias, e introducir y enseñar las ciencias y las artes.

Se calcula que la República Argentina tenía entonces, en 1853, los habitantes que tiene hoy Misiones: poco más de un millón. Una extensión inmensa, fértil y despoblada, y gran parte de su territorio era todavía desconocido, por lo menos para los que redactaron la Constitución y para quienes ejercían el gobierno en Buenos Aires. Pero el espíritu de nuestra Carta Magna no ha cambiado. La Argentina debe recibir con los brazos abiertos a todos los habitantes de mundo que vengan con ganas de sumarse a un país dispuesto a compartir sus riquezas con quien quiera trabajar y enseñar, especialmente si son europeos.

El decreto 29.337 del 22 de noviembre de 1949 confirmó esta hospitalidad para la universidad pública argentina (no había privadas). Estableció que es gratuita para todo el que quiera estudiar en ella, sea argentino o extranjero. A muchos no les gusta que los extranjeros no paguen, o que no pague ninguno, pero la universidad gratuita para todos significó la llegada a la Argentina de cientos de miles de estudiantes de nuestra América, que vinieron a hacer su carrera, nos conocieron y se convirtieron en propagandistas de la Argentina en sus países y en el mundo; eso cuando no se quedaron a vivir aquí, enamorados de la Argentina... o de una argentina, o de un argentino, que para el caso es lo mismo.

Lo paradójico es que haya tantos argentinos que se quieran ir del país. Entiendo que es parte del mismo código genético, porque las puertas están abiertas tanto para entrar como para salir. Y tampoco podemos saber cuántas generaciones hacen falta para que los argentinos echemos raíces profundas en nuestra Patria como para quedarnos a ponerla en su sitio. Hay que tener un poco de paciencia.

26 de junio de 2022

Periodismo y poesía


El sábado 18 de junio el Papa Francisco mantuvo una reunión con las autoridades de la Sociedad de San Pablo que estaban reunidas en Roma y pidieron esa audiencia para recibir la bendición y los consejos del Santo Padre. La Sociedad de San Pablo, también llamados Paulinos, es una familia de instituciones eclesiásticas que tienen por fin difundir el cristianismo a través de los medios la comunicación social. Fue fundada en 1914 por el padre Santiago Alberione en Alba, Italia.

La reunión tuvo lugar en la renacentista Sala del Consistorio del Palacio Apostólico y, nada más comenzar, pasó algo que pocas veces pasa y que es siempre digno de mención. Cuando le trajeron el discurso, el Papa se lo devolvió y dijo en italiano a los presentes: aquí está el discurso que tengo que pronunciar... Pero, ¿por qué perder el tiempo diciendo esto cuando ustedes lo pueden leer después? Y empezó a improvisar un discurso que no tiene una palabra de más y que es a todas luces su pensamiento, sin los filtros del speechwriter.

Ahí Francisco dijo lo que piensa de los periodistas y de los medios de comunicación, tanto que esa charla improvisada debería ser el preámbulo de la constitución de cualquier escuela de periodismo, sea de inspiración cristiana o no cristiana y también anticristiana. Por suerte y gracias a Dios –y aunque no les guste a los feligreses de Maradona y de Messi– Jorge Bergoglio llegará a ser el argentino más influyente en la historia de la humanidad y no es de balde cada palabra que dice, aunque todavía no tengamos ni una pizca de la perspectiva histórica que habrá cuando estas cosas se valoren de verdad.

Según la traducción oficial de la Santa Sede, en uno de los párrafos que quería destacar Francisco dijo, entre otras cosas: lo primero que comunica un comunicador es a sí mismo, sin quererlo, quizá, pero es él mismo. Este habla de este tema, pero es importante cómo habla: claro, transparente; es él mismo que habla. Esto es originalidad. En este sentido, los comunicadores son poetas.

El periodismo es un arte y su verdad es la verdad de las artes. Lo decía hace unas semanas en este mismo espacio cuando El Territorio cumplía 97 años. Insistía entonces, como hace tiempo, que nuestra verdad es tan verdad como la de los científicos o de los jueces, y ahora agrego la verdad de las religiones. Decía el medievalista alemán-norteamericano Ernst Kantorowicz (1895-1963), que hay tres profesiones que visten toga para significar que solo rinden cuenta a Dios de las verdades que sostienen: los jueces, los universitarios y los sacerdotes.

Los periodistas no usamos toga y rendimos cuenta a los hombres y a sus leyes de lo que sostenemos, pero lo que sostenemos siempre tiene que respetar la realidad, los hechos; y en ese respeto consiste la verdad. Nuestro modo de buscar la verdad es asintótico, no llegamos nunca definitivamente a ella, pero tenemos obligación de acercarnos aunque eso suponga involucrarnos con lo que pasa, mojarnos con las lágrimas de los que sufren, mancharnos con la sangre de los heridos y también celebrar con los que festejan sus triunfos. Tampoco llega a la verdad absoluta nada que busque un ser humano, pero debe acercarse todo lo que pueda a la realidad si quiere decir la verdad más cabalmente. Eso es propio de la pintura, la música, la literatura, el teatro o la poesía... y también del periodismo. Y es la razón por la que las escuelas de periodismo deberían integrarse en las facultades de letras de las universidades a las que pertenezcan.

Como en cualquier arte, la obra se parece al artista como el hijo a sus padres: nada más certero ni más justo. Y también dice Francisco que el periodismo es una vocación, y por ser una vocación no es tanto un estudio o una carrera como un llamado a servir a la verdad.

19 de junio de 2022

Madre superiora y bella durmiente

Ya se sabe que el idioma es lo más democrático que hay. Lo hacemos los hablantes hablando y no hay autoridad que pueda imponerlo. Todos los intentos –que no han sido pocos– de imponer a la fuerza un modo de hablar, han fracasado. Podría decirse que cada vez que hablamos, votamos. Pero además de las pretensiones autoritarias de imponer vocablos o modos de expresarnos, también hay campañas para que hablemos como le gusta a un grupo, generalmente minoritario, que intenta volverse mayoritario a fuerza de hacernos hablar a todos como ellos quieren, porque atrás de algunos modos de decir hay toda una ideología. Los nacionalismos, por ejemplo, intentan que prevalezcan los dialectos o lenguas locales, mientras que los movimientos centralistas prefieren las lenguas francas. Cada vez más gente habla inglés o castellano, al mismo tiempo que se refuerzan lenguas minoritarias como el catalán, el euskera o los idioma nativos de nuestra América. Son dos fuerzas, una centrífuga y otra centrípeta, que se repelen pero también conviven.

Las dos expresiones del título vienen a confirmar lo difícil que será imponer el lenguaje inclusivo en nuestra cultura. A nadie le choca la madre superiora ni la bella durmiente, sin embargo no decimos superiora como adjetivo de ningún otro sustantivo femenino: no decimos instancia superiora ni cubierta superiora, mientras que la madre superiora cabe perfectamente en nuestro lenguaje cotidiano. Y nadie diría la bella durmienta, porque tampoco decimos atacanta, ni farsanta, ni dibujanta... pero sí decimos presidenta y también clienta, pero por razones bien distintas o por ninguna razón aparente.

Tanto como adjetivo o como sustantivo, la palabra presidenta no sigue la lógica de otros derivados de participios activos como estudiante, adolescente, paciente o ardiente. Presidenta no deriva de ninguna regla gramatical sino de la lógica de la madre superiora. Ocurre lo mismo con jueza, fiscala o concejala porque, igual que presidenta, son cargos que durante siglos fueron ocupados solo por varones y tienen –tenían– una connotación masculina. También, y hace mucho más tiempo, feminizamos alcalde en alcaldesa y príncipe en princesa. Pero no decimos criminala ni principala; y nuez es palabra claramente femenina, casi idéntica a juez, que ha quedado solo como masculina. Tampoco decimos tenienta ni sargenta y creo que no lo vamos a decir nunca. Ni decimos dentisto, artisto, paisajisto ni periodisto, pero sí decimos modisto, por la misma lógica de madre superiora pero al revés. Y para colmo, no hay nada más femenino que la mano.

Al final –o a la final, que también se puede decir– la pretensión de los inclusivistas se reduce a chiques y algún otro término que les molesta, que tiene el masculino en o y el femenino en a, y al uso poco económico de artículos y pronombres. La economía lingüística es el verdadero obstáculo para que se imponga y también la regla no escrita que hará fracasar cualquier intento de fabricar un idioma artificial.

Advierto que los que empiezan sus discursos en inclusivo con el consabido todos y todas cometen un error tras otro, todos muy poco inclusivos, cada vez que a continuación generalizan en compañeros, ciudadanos, trabajadores, argentinos, misioneros... y peor todavía cuando les clavan los artículos como las y los argentinos, las y los compañeros, las y los ciudadanos, las y los trabajadores, las y los misioneros... porque está diciendo las argentinos, las compañeros, las trabajadores, las misioneros... que es lo menos inclusivo y lo más machista que hay.

Le recuerdo que el castellano es el idioma más evolucionado por su capacidad de significar la abstracción de los conceptos universales, y que la distinción de los géneros muchas veces es una regresión a tiempos o a idiomas que todavía platean problemas para organizar el pensamiento. A eso el castellano lo superó hace ya más de cuatro siglos, en la época de Miguel de Cervantes y El Quijote de la Mancha. Los que hablan en inclusivo están borrando cuatro siglos de evolución del castellano, pero además ponen en evidencia su escasa cultura.

12 de junio de 2022

La lengua de los caballos


Ludwig Wittgenstein (1889-1951) es quizá el más importante filósofo del lenguaje. Austríaco de nacimiento y británico por adopción, fue profesor en la Universidad de Cambridge, en Inglaterra, donde murió y está enterrado. A raíz de la polémica sobre el lenguaje inclusivo en las escuelas de Buenos Aires, se me ocurrió preguntarle a Wittgenstein cómo es la relación entre inclusivismo y pensamiento. Ya no está entre nosotros, pero por suerte les podemos preguntar a sus obras, el Tractatus Logico-Philosophicus y cantidad de manuscritos sistematizados y publicados por sus discípulos después de su muerte.

La posibilidad humana de formar conceptos universales es esencial para el pensamiento: por eso podemos distinguir a los individuos de la especie (cuando vemos un perro sabemos que es un perro porque tenemos incorporado el universal perro). Para pensar necesitamos los conceptos universales ya que si no, cada cosa que vemos o experimentamos sería nueva y no podríamos ni razonar ni decir nada de nada. A los conceptos los expresamos con palabras y las palabras forman la lengua en la que pensamos y hablamos. A una lengua que no tiene palabras para expresar ciertos conceptos, le faltan herramientas para pensar, y a una persona con escaso vocabulario le faltan todavía más: está claro que no es lo mismo razonar con 10.000 conceptos que con 500. Esto explica la importancia de leer y también que haya lenguas más adecuadas para la filosofía, o la teología, o para las ciencias duras, la lógica o la matemática.


Carlos V –el rey y emperador políglota que vivió cuatro siglos antes que Wittgenstein– decía que hablaba en castellano con Dios, en italiano con las mujeres, en francés con los varones y en alemán con su caballo. Lo diga o no lo diga Carlos V, lo cierto es que el castellano evolucionó hacia los niveles más avanzados de abstracción de los conceptos universales y también es cierto que parece que quienes hablan lenguaje inclusivo pretenden que involucionemos hasta los relinchos de los caballos.

Para el inglés, el francés, el alemán o el italiano, las mujeres y los varones son conceptos distintos ya que usan diferentes palabras: brother and sister, frère et soeur, Bruder und Schwester, fratello e sorella. En castellano, en cambio, decimos hermano y hermana, porque es el mismo concepto con dos géneros distintos, que además están contenidos en el plural masculino: alcanza con decir hermanos para incluirlos a todos, porque el nivel de abstracción nos permite usar un solo término para el único concepto de ser hijos de los mismos padres, algo que no se puede decir en inglés, francés, alemán o italiano, y que paradójicamente también nos permite decir hermanes, cosa que es imposible en casi todos los otros idiomas que se hablan en el mundo.

La misma inclusión –la de verdad– en un solo concepto, y por tanto en una sola palabra, expresa la inferioridad de los varones respecto de las mujeres y no lo contrario, como parece suponer el hembrismo peleador. El femenino es exclusivo para las mujeres mientras que el masculino nos incluye a varones y mujeres porque así fue el orden que el Génesis relata de menor a mayor y termina con la mujer coronando toda la Creación. No importa ahora si creemos o no creemos o si el texto de la Biblia es una metáfora. Es lo que hay y es lo que configuró nuestra cultura en los últimos cinco mil años. Será por eso que todavía no se entiende la necesidad que tiene el feminismo combativo de devaluar a las mujeres para hacerlas iguales a los varones, cuando durante 50 siglos todos tuvimos la certeza de que son superiores.

Dicen Carlos V y Ludwig Wittgenstein que no es una buena idea rebajar el nivel de abstracción del castellano, que es lo que ocurre cada vez que alguien clava un todos y todas.

5 de junio de 2022

Periodistas de copetín

El Día del Periodista, que en la Argentina se celebra el 7 de junio, fue una idea del Primer Congreso de Periodistas que se celebró en Córdoba en 1938. Recuerda Lloyd Jorge Wickström que el 31 de mayo de 1942 se fundó el Círculo de Periodistas de Misiones en una reunión que tuvo lugar en la sede del diario La Tarde y que, como es costumbre entre los periodistas, terminó con un vermú en la confitería Tokio. Los reunidos aquel 31 de mayo decidieron, además, celebrar el Día del Periodista con una buena cena. Y al cumplirse un año de la fundación del Círculo, empezaron la celebración en la tardecita el 6 de junio de 1943 con un cóctel en la confitería La Palma y luego esperaron el 7 con una cena en el restaurante Cervantes de Posadas. Esos festejos están confirmando que eran buenos periodistas: es parte de nuestro código genético, pero no es la única.

Periodista es una persona que ve historias donde los demás no ven nada. Esa puede ser una descripción bastante cabal de un periodista, pero hay más. El periodismo es la pasión por la verdad urgente, esa que comparaba la semana pasada con el aire para respirar. Y por ser urgente explicaba que la verdad del periodismo es siempre una verdad cruda, en proceso, sin terminar. Quiero decir que la verdad de los periodistas es una obligación como la de los jueces o la de los científicos, pero tiene otro ritmo, otra cadencia... y puede que nunca lleguemos a la verdad total, definitiva, a la que tampoco llegan los jueces o los científicos, por lo menos en este mundo.

El modo de acercarse a la verdad de los periodistas es el de las artes y no el de las ciencias, aunque muchas veces se sirva de métodos científicos para alcanzarla y de su lenguaje para difundirla. ¿Y cómo se acerca a la verdad un artista? Por el camino indirecto de la metáfora, de la proporcionalidad y la analogía. ¿Quién dice la verdad más cabalmente? ¿Gabriel García Márquez o Louis Pasteur? ¿Pablo Picasso o Marie Curie? ¿Wolfgang Amadeus Mozart o Albert Einstein? Todos los grandes artistas dicen verdades que quedarían sin decir si ellos no las dijeran. Son verdades tan grandes, tan puras, tan relevantes... que tienen la fuerza de conformar más nuestra sociedad que miles de tesis científicas.

El periodismo tiene siempre el deber de buscar la verdad y de hacerla pública. Esas dos obligaciones –que también son pasiones– definen y describen nuestra profesión. Pero lo que la diferencia de otras profesiones que también buscan la verdad es que nosotros la buscamos para publicarla a los cuatro vientos. Esta condición es la que nos pone tantas veces del otro lado de los que tienen cosas que esconder o de los que prefieren que no se sepa lo que hacen. También la que nos convierte en desalmados, sobre todo a los que todavía trabajamos en medios que se imprimen en una tira de papel, porque no solo publicamos la verdad: la imprimimos para que quede allí para siempre. Creo que esa condición de la prensa gráfica no se perderá nunca y que aunque un día dejen de venderse periódicos, imprimiremos uno, lo rubricaremos como notarios de la actualidad y quedará guardado en un lugar seguro, como los protocolos de una escribanía.

No hay profesión más humana ni más cercana a los dramas de la gente, pero también es una profesión de Zeligs, porque los periodistas nos mimetizamos con nuestros interlocutores. Es una desgracia que pasemos más tiempo cerca del poder que con quienes necesitan que los amparemos de los abusos de los poderosos. Es que no somos inmunes a las mieles lícitas del poder; y tampoco a la corrupción, al dinero, a los privilegios y prebendas del poder mal entendido.

Un periodista que vende su pluma, primero vendió su alma... y ese día dejó de ser periodista.

29 de mayo de 2022

El Territorio nunca fue un diario

Los diarios –y las publicaciones periódicas aunque no sean diarias– cuentan sus años desde el primer día que salieron a la calle. Eso está bien, pero tampoco del todo, porque los diarios no son hongos: son proyectos que empezaron mucho antes, con bastante trabajo y generalmente con luchas y desvelos que ni nos imaginamos, sobre todo si pensamos en 1925. Pero ya se ve que los diarios tienen la misma condición que los humanos, que celebramos nuestro cumpleaños el día que nacimos y no el día que empezamos a ser un sueño –o una pesadilla– en la cabeza de nuestros padres.

El jueves de esta semana que empieza, el diario El Territorio va a cumplir 97 años desde el primer número, que salió a la calle el 2 de junio de 1925. El Territorio nació en Posadas y en una imprenta llamada La Lucha, que es nombre de periódico y no de imprenta, pero su fundador, el reincidente Sesostris Olmedo, había tenido antes publicaciones en otras ciudades argentinas.

Hace tiempo que venimos diciendo que El Territorio ya no es un diario. Era el título de esta misma columna el domingo 29 de mayo de 2016, cuando estaba por cumplir 91 y los días coincidían con 2022. Ahora, y por las mismas razones que exponía en 2016, me atrevo a gritar a los cuatro vientos que El Territorio nunca fue un diario. Decía entonces que si Olmedo hubiera vivido en nuestros días, no habría fundado un diario pero sí habría llamado La Lucha a lo que hacía. El diario, el papel, la imprenta, son tan circunstanciales como la radio, la televisión... el teléfono, la tablet o la computadora.

El Territorio es periodismo y el periodismo es una pasión a la que le da igual el soporte o la plataforma por la que nos llegue. Y esa pasión del periodismo no es ni más ni menos que la pasión por la verdad, algo tan necesario para vivir en sociedad como el aire para respirar. Ya sabe que los periodistas no somos los únicos que buscamos la verdad, pero sí somos los únicos que la buscamos con urgencia, porque a la sociedad le urge saber qué pasa. Por eso, la verdad del periodismo nunca es una verdad terminada: está siempre en desarrollo.

Pero hay una diferencia que puede haber distorsionado el negocio del periodismo durante todo el siglo XX. La publicidad alimentó las arcas de las empresas periodísticas hasta hacerlas ricas y poderosas: es que la gran circulación –que fue producto de un par de inventos y de la alfabetización generalizada– provocó el gran soporte publicitario que fueron los diarios impresos. Pero esa ecuación se terminó hace rato y hoy el periodismo vuelve a ser solventado por el periodismo. Es una gran noticia, porque nos da la independencia que necesitamos y que la publicidad nos podía cercenar.

En 1982, durante la guerra de las Malvinas, El Territorio llegó a al punto máximo de circulación de su historia, con unos 33.000 ejemplares. Puede multiplicarlo por cuatro, que es el número de lectores que se calculaba entonces por cada ejemplar y aún así es muy poco comparado con la cantidad de seguidores de distintas plataformas, que hoy son quince veces más: suman más de 500.000 y siguen creciendo. Sin embargo y a pesar de esos números, el gran negocio del periodismo dejó de ser la venta de publicidad que le proporcionaba la circulación de casi el único soporte que existió durante gran parte del siglo XX.

El siglo XXI hará del periodismo una actividad mucho más genuina que la del XX. Ya no habrá que comprar el diario, o suscribirse a alguna de sus versiones para leer solo una parte de lo que se paga. Llegará un día en el que se pagará solo lo que se consume, y será mucho más barato porque nada es tan caro como pagar por lo que no se usa.

25 de mayo de 2022

Cables

Paso de la Patria (Corrientes, Argentina), 25 de mayo de 2022

22 de mayo de 2022

Democracia en la cornisa

La democracia está sintiendo el vértigo que provoca la posibilidad, nada remota, de un paso en falso cuando se anda por caminos peligrosos. Y con lo de la cornisa no me refiero solo a la democracia argentina sino a toda la democracia, por el impacto tremendo que están teniendo las redes sociales en la vida pública de las naciones.


Ucrania es un caso bien actual. Allí se libra una guerra (según von Clausewitz es la continuación de la política por otros medios) relatada en tiempo real, en la que los soldados llevan una cámara en el casco y el celular en la cartuchera. Resulta que hoy podemos ver en una cuenta de Twitter a un francotirador ucraniano reventando un tanque ruso con un lanzamisiles y presenciamos la toma de Mariupol en Instagram como si fuera una Play Station.

No sabemos cómo terminará esta la guerra, pero no cabe duda de que, entre Putin y Zelenski, quien mejor maneja las redes sociales –la opinión pública– es el presidente de Ucrania, que tiene a casi todo el mundo de su lado. Es cierto que todos tendemos a defender al débil que pelea contra el poderoso, pero Zelenski tiene, además, la condición de David: puede ganar.

Lo mismo pasa en la política, digamos pacífica. Si nos preguntaran quién va a ganar las elecciones presidenciales del año que viene en la Argentina, podemos contestar que ni lo conocemos porque no es ninguno de los que aparecen hoy como candidatos. Es perfectamente posible que en junio alguien invente un candidato que gane en agosto, y después no sepa qué hacer. Y esa posibilidad, que es real y que estamos viendo en unos cuantos países del mundo, es la causa del fracaso de esos mismos gobiernos, salvo alguna excepción debida a la suerte. Es que Tik-tok puede servir para ganar elecciones pero no sirve para gobernar.

Las redes sociales son hoy la peor amenaza para los procesos electorales, que no son la esencia de la democracia pero sí un ingrediente elemental. Lógicamente el peligro no son las redes en sí mismas, que como toda cosa inerte, depende de la voluntad de quienes las usan. La impresión rápida es que el mundo será de quienes las sepan aprovechar para manipular a las masas que votan para elegir candidatos. Y da verdadero pavor pensar en esa herramienta a merced de la imbecilidad colectiva o en manos de los que tienen pretensiones despóticas, de los tiranos banderas y de los patriarcas otoñales.

Frente a esta realidad hay tres problemas que resolver.

El primero es el anacronismo de los políticos, que siguen pensando en manifestaciones multitudinarias en las que no juntan a nadie si se las compara con los números de las redes sociales. La inexperiencia anacrónica los deja desnudos frente a los que sí saben y los lleva a confiar en ellos solo para llegar al poder.

El segundo es la velocidad del cansancio social. Lo estamos viendo en la Argentina y es una de las razones por las que probablemente nadie acierte a predecir quién será próximo Presidente de la Nación ni para qué lado rumbearemos.

El tercero es la ignorancia, que es la verdadera pobreza de nuestro pueblo y de cualquiera, la que nos deja inermes a merced de cualquiera que nos quiera manipular. La educación es el remedio contra la manipulación de las redes y también contra la velocidad de los cambios sociales. Un pueblo educado sabrá elegir, pero sobre todo y más que nada, sabrá vivir en democracia, que es bastante más que elegir a las autoridades.

15 de mayo de 2022

Casero y el silencio de los periodistas

 

El viernes de la semana pasada a Alfredo Casero se le soltó la cadena en un programa de televisión. Si no lo vio en directo, quizá lo haya visto por cualquier plataforma digital o linkeado a una red social: con tal de conseguir clics, todos se apuraron a ofrecerlo con la excusa que fuera. Igual, no importa si no lo vio porque ese no es el tema de esta columna. El tema es el silencio de los periodistas, pero voy a describirle brevemente el hecho para que entienda de qué estoy hablando.

Casero estaba sentado a la derecha de Luis Majul en su mesa de LN+ (el canal de TV de La Nación) cuando empezó a levantar presión porque Majul le preguntaba cosas pero no lo dejaba hablar, hasta que en un momento explotó y dio un fuerte puñetazo en la mesa. Ahí empezó un stand-up en el que Casero acusó a Majul y al resto de los periodistas de la mesa de ser cómplices de los políticos. A Casero no le faltan tablas como para improvisar en un set de televisión, así que el espectáculo resultó interesante y quizá también por eso fue repetido hasta el cansancio. Entre las frases que dijo hay algunas imperdibles como "lo primero que hacen es ponerse chupines y ganar plata" referidas a los periodistas críticos del gobierno que cobran buen dinero por ahondar la grieta, a la vez que pregonan a los cuatro vientos que la grieta es una desgracia nacional. Cuando Casero se iba aparatosamente del estudio, Majul le gritó que no le tenía miedo, entonces Casero volvió a la mesa y lo encaró: "cuando alguien dice no te tengo miedo es porque está cagado en las patas..."

La gota que rebalsó el vaso y provocó el puñetazo en la mesa fue una mueca –una burla con la cara– que hizo Majul cuando Casero trataba de articular sus palabras para decir algo muy serio, pero ni esa gota ni ninguna justifica la furia en vivo y en directo de Casero: el que pierde los estribos también pierde la razón porque ya no importan los argumentos ni la lógica: pasa a importar más la forma que el fondo de lo que se dice y ahí se queda todo. Una lástima porque creo que valía la pena lo que estaba diciendo.

El hecho suscitó una discusión generalizada en el ecosistema de los periodistas de todo el país, que se pusieron más del lado de Casero que de Majul. Al final, casi todos hablaron de hartazgo y de que al pobre Casero se le soltó la cadena porque el país no da más, porque la gente está repodrida y todas esas cosas absolutamente incomprobables. Puede ser que estemos un poco cansados de esta Argentina vueltera que nunca termina de llegar al fondo de la grieta, pero eso no justifica la más mínima expresión altisonante y mucho menos un ataque de furia. En realidad nada lo justifica: ser bien educados es más importante de lo que generalmente se cree en esta era dominada por el sentimentalismo a ultranza.

Hay gente que habla mucho y gente que habla poco. Es un condicionamiento de la genética, de la etnia, del carácter o de las pasiones, que no sabemos o no podemos controlar; también puede ser cosa de la voluntad y le aseguro que no es mal ejercicio. Lo malo no es hablar mucho sino hablar de uno mismo, interrumpir con la autorreferencia constante todas las conversaciones: eso es lo que cansa a los que escuchan. Por eso, hable de lo que hable, desconfíe del periodista que habla mucho, porque la obligación del periodista no es hablar sino escuchar. También oír, mirar, tocar, oler, gustar... sentir. Y para todo eso es preciso callarse la boca y contemplar la realidad con todos los sentidos. Si no, nunca sabremos decir la verdad, porque para decir la verdad primero tenemos que acercarnos a la realidad hasta que nos duela; y cuanto más nos acerquemos a la realidad, más nos acercaremos también a la verdad. Oírnos a nosotros mismos solo nos permite hablar de nosotros mismos: esos son los periodistas de las falsas verdades, subjetivos, autocomplacientes, de preguntas inducidas, que pueden gustarnos dos minutos porque piensan parecido o no gustarnos nada porque piensan al revés, pero terminan cansando a sus audiencias porque las hartan y las sobrecargan de sus propias palabras.

8 de mayo de 2022

La Constitución de 1853

El viernes la vicepresidenta nos sorprendió en el Chaco con una declaración maravillosa. Dijo que si le dan a elegir entre la Constitución de 1994 y la de 1853, prefiere la de 1853. También dijo que antes de esas dos prefiere una constitución peronista, refiriéndose seguramente a la de 1949. Y aclaró, por si alguien no se acordaba, que tanto ella como su marido fueron convencionales constituyentes en la de 1994. Sostienen los panelistas de ocasión que lo dijo para tirarle onda a Javier Milei, con la sola intención de ensalzar a quien puede sacarle votos al Juntos por el Cambio. Vaya uno a saber, pero no tengo por qué creer que lo que dijo no sea lo que piensa y no puedo estar más de acuerdo con ese pensamiento, pero por razones bien comerciales: son evidentes tanto el éxito de la de 1853 como el fracaso de la de 1994.

Antes de 1853 hubo en la Argentina otras constituciones, además de los pactos preexistentes que menciona el preámbulo que integra la Constitución desde 1853. Los precedentes más remotos son el Cabildo Abierto del 22 de mayo de 1810 y el Congreso de Tucumán de 1816, pero la primera Constitución es la de las Provincias Unidas de Sudamérica de 1819. Le siguen la Constitución de la Nación Argentina de 1826, el Pacto Federal de 1831 y el Proyecto de 1852, que convirtió a Juan Bautista Alberdi en el padre de la actual. Fue sancionada en 1853 y refrendada con escasas reformas en 1860, cuando se incorporó Buenos Aires a la Confederación Argentina. En 1898 sufrió dos modificaciones menores relacionadas con cantidades. En 1949 se sancionó la ya citada Constitución Peronista, hija de Arturo Sampay, pero fue derogada en 1956 por un gobierno de facto sin que nadie, hasta hoy, diga esta boca es mía. En 1957 se agregó el artículo 14 bis y un inciso del 67 (funciones del Congreso). La última es la de 1994, que rige actualmente. Igual que el preámbulo, en ninguna de las reformas se cambió la declaración de derechos y garantías establecidas en 1853 bajo la inspiración de Alberdi.

Desde 1810 hasta 1860 la Argentina vivió una larga temporada de guerras civiles, asesinatos políticos, encuentros y desencuentros entre unitarios y federales, caudillos provinciales que convivieron con fracasados intentos de unidad. Por fin, en 1853 y gracias a la clarividencia de Alberdi, se redactó la síntesis de esa Argentina que en pocos años pasó del desorden al orden institucional y nos rigió sin mayores problemas, por lo menos hasta el primer golpe de estado que alteró el orden constitucional en 1930, pero hay que decir que ninguno de los golpes de estado que alteraron el orden constitucional pudo contra ella, ya que volvió a levantarse una y otra vez.

La Constitución de 1853 fue un parto difícil, pero exitoso. La de 1994, en cambio, empezó con un paseo por la quinta de Olivos donde se fraguó el pacto político y terminó entre las ciudades de Santa Fe y Paraná, históricamente constitucionales. No cambió las declaraciones de derechos y garantías de 1853 –la parte que Cristina llamó pétrea, de piedra, inmodificable– pero reformó el periodo presidencial, terminó con la elección indirecta, estableció una curiosa mayoría para ganar en la primera vuelta electoral y subió a rango constitucional los tratados internacionales firmados por la Argentina: todas ideas bastante discutibles. Entre las buenas está el Consejo de la Magistratura, pero por no ponerse de acuerdo los convencionales, quedó para más adelante su conformación, cosa que todavía nos trae dolores de cabeza, especialmente en estos días.

Un viejo profesor español de derecho, don Carmelo de Diego-Lora, sostenía que la mejor constitución es la más corta. La que explica con pocas palabras los principios fundamentales del pacto de convivencia entre los que forman una misma nación. Muchos artículos –decía– no hacen más que embrollar su interpretación. Esos principios están contenidos en la parte pétrea de la Constitución Nacional, la que realmente vale y ha perdurado a pesar de las sucesivas reformas, tanto que podríamos dejar lo secundario para leyes que dicte el congreso con una mayoría calificada y nos quedamos para siempre con el preámbulo y la primera parte de la Constitución de 1853.

7 de mayo de 2022

Tacuruses

Posadas, 7 de mayo de 2022.

30 de abril de 2022

Un restyling para la democracia

Perdón por usar la expresión en inglés del título, pero es que también entre los que hablamos castellano así se significa la renovación de una marca, de una imagen, de un estilo gráfico… y todavía en castellano tenemos que usar tres o cuatro palabras para decirlo.

Y si restyling está en inglés, democracia está en griego. Señal de que es un concepto muy antiguo, que se ha ido renovando con el tiempo, porque los tiempos cambian y todo necesita cada tanto renovar su concepto, su imagen y hasta sus fundamentos. Pero en cualquier proceso de este tipo nos encontramos con un escollo difícil porque depende de la inteligencia o de la imbecilidad humanas: confundir lo esencial con lo accidental. Quiero decir que corremos el riesgo de cambiar lo que no hay que cambiar y no cambiar lo que sí había que cambiar...

La democracia es el gobierno del pueblo. Lo dice, en griego, la misma palabra, pero quien completó el concepto fue Abraham Lincoln, el 19 de noviembre de 1863 en Gettysburg: gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo. Desde antes de Aristóteles hasta Abraham Lincoln la idea de la democracia incluye necesariamente a todo el pueblo. Eso quiere decir que no es la imposición a las minorías del pensamiento de las mayorías sino la convivencia pacífica de los que piensan distinto. Supone también, necesariamente, un fin común en el que todos están de acuerdo, y que está incluido en el concepto de nación.

Insiste cada vez más la vicepresidenta en que las ideas en que se basa el sistema democrático y republicano están viejas, tanto como el barón de Montesquieu y las revoluciones americana y francesa, en ese orden. Es verdad, pero hay que aclarar lo dicho más arriba: lo que hay que renovar no es lo esencial sino el estilo, no el fondo sino la forma. Entre esos conceptos esenciales están los límites al poder en el espacio y en el tiempo, reflejados en la división de poderes y en la caducidad de los mandatos.
 

El domingo pasado hubo elecciones generales en Francia. Le ahorro la historia, solo lo traigo a colación por la portada del diario Libération del sábado: Contra la extrema derecha, votemos a Macron: hay que votar a un candidato que no nos gusta porque la alternativa es mucho peor; y lo hizo el sábado y no el domingo porque Libération no sale los domingos. ¿Le hace dudar de la democracia francesa ese mensaje que entre nosotros está absolutamente prohibido? Claro que no, porque lo que está viejo en nuestro sistema es el paternalismo electoral que trata a los electores como si fueran estúpidos, los lleva a votar como borregos por candidatos ignotos en listas interminables en las que hay entreverados grandes candidatos con payasos de circo, psicópatas, cleptómanos y tontos de capirote.

Estamos jugados en nuestra América cuando nos sorprenden gobernantes que nadie se explica cómo llegaron hasta allí, pero tampoco dudamos de que fue democráticamente, por lo menos la primera vez, cuando usaron la democracia para atentar contra la democracia. Por eso el restyling de la democracia debería incluir los cortafuegos que impidan llegar a estos extremos y uno de ellos debiera ser un test psicofísico en vivo y en directo en lugar de esos debates inútiles que son duelos de monólogos.

Europa viene haciendo restyling de la democracia desde la época de Juan Sin Tierra en el siglo XIII, si no se cuenta un antecedente en el Reino de León en el siglo XII. En esas época nació el parlamentarismo, que limitaba el poder del soberano y daba voz y voto a las minorías. Ese sistema se fue depurando, especialmente en el siglo pasado, y hoy hay tantos parlamentarismos como países en la Europa occidental y democrática. Ahí tiene el restyling para nuestras democracias sudamericanas, mucho más cercanas a las europeas que al presidencialismo norteamericano, que copiamos porque era lo que entonces estaba de moda.

24 de abril de 2022

Caídos o trasplantados

No estaba en Posadas a fines de febrero cuando me llegó la foto de un árbol caído en la bajada de la avenida Roque Pérez de Posadas. Me acordé entonces de esta ampliación de la realidad que supone que todos andemos con una cámara de fotos y filmadora en el bolsillo, que para colmo está conectada a internet, tanto que podemos hacer que todo el mundo vea lo que estamos viendo, en tiempo real, o hacer fotos de lo que pasa a nuestro alrededor. Pensaba que todo se volvió público y que, lejos de ser una debilidad de nuestra época por situarnos todo el tiempo en el ojo de todo el mundo, es un progreso notable para la transparencia de las conductas públicas que ya casi no se pueden esconder. Supongo que también fortalece el concepto mismo de intimidad, cada vez más reservado al propio hogar y a la decisión de mantenerla alejada de la mirada indiscreta de los terceros que no tienen nada que hacer allí.
 

Como solo lo he visto en fotos, por la apariencia supongo que aquel árbol era un ficus ya grande, al que la obra de una acequia de cemento que baja entre el cerro y la calle dejó sin sustento y lo tumbó cuan largo era a lo ancho de la avenida. El ficus no es autóctono y su verde es un poco tonto, pero ahí estuvo años, creciendo algo inclinado sobre la avenida a la que daba sombra. La sombra y los años son los que importan, porque no se recuperan así nomás. Y cayó por una obra que no tuvo en cuenta ni la sombra ni los años, ya que se podía transplantar a un lugar donde siguiera brindando lo mismo que nos daba, pero a unos metros de su emplazamiento original, donde hay otros árboles, entre ellos un samuhú, ahora apuntalado para que no le pase lo mismo que al ficus.

Es lo que ocurrió hace unos días en la obra de la la Travesía Urbana, sobre la avenida Quaranta y Las Heras, a la altura del acceso a la residencia del Gobernador, donde había una garita de la Policía y también un puente de curiosa arquitectura que ya desapareció. Allí daban sombra varios árboles añosos, que quedaron en el medio de la traza de la nueva colectora en la mano hacia la Rotonda. Con muy buen tino –y supongo que cumpliendo estrictas condiciones del contrato– la empresa constructora corrió uno metros los árboles para darles lugar junto a la colectora; y para que nadie se enoje al ver a sus operarios manipulado esas plantas, la empresa colocó un cartel que aclaraba que los estaban trasplantando y no talando. Bien hecho y señal de que se pueden trasplantar árboles grandes en lugar de talarlos o de socavar sus raíces hasta que caigan.

Como con otros temas en los que se sugieren mejoras en la ciudad, no es la primera vez que digo lo que sigue y supongo que tampoco será la última. Hay que insistir…

Los árboles son seres vivos, del reino vegetal. Nacen chiquitos y crecen: unos más y otros menos, unos más rápido y otros más despacio; y para crecer necesitan tierra y agua. Está muy bien plantarlos, pero no es lo único que se requiere para que crezcan: luego hay que cuidarlos hasta que se pongan grandes, se defiendan solos y lleguen con sus raíces al agua de alguna napa subterránea. Y no solo regarlos: hay que cuidarlos, con tutores para que no los tuerza el viento y vallas para protegerlos de algún desprevenido. También se mueren: de viejos, por pestes o por la misma falta de cuidados, y a veces a pesar de los cuidados; entonces hay que reemplazarlos por nuevos.

Además, una cosa es una explotación forestal y otra un parque urbano. Es la diferencia entre una plantación y un paisaje. Por eso insisto en que no hace falta poner los árboles en fila en los parques de la ciudad, como si fueran plantas de mandioca… No le vendría mal contratar un buen paisajista a la Municipalidad de Posadas, pero mientras tanto, se puede romper un poco la geometría de chacra desviándose de las líneas rectas en la reposición de los árboles que se pierden.

17 de abril de 2022

La banda, el bastón y la suerte


Hablamos de poder cuando alguien toma, adopta, una decisión y esa decisión es respetada por el conjunto de la sociedad. Eso es el poder. Que te pongan una banda y te den el bastón, un poquito es… La frase es textual de la vicepresidenta argentina, pronunciada el miércoles en su presentación ante la Asamblea Parlamentaria Europea-Latinoamericana que se realizaba en el Centro Cultural Kirchner de Buenos Aires. Faltan los gestos y un poco de contexto como para concluir que se refería a alguien en particular, pero igual el periodismo porteño se apuró a asegurar que era una alusión al Presidente, entre otras cosas porque después dijo …ni te cuento si además no se hacen las cosas que hay que hacer.

La vicepresidenta expresó el concepto de poder en el sentido más amplio y cabal. Sabe, por experiencia (también lo dijo) que el poder político no es el que tiene toda la capacidad para tomar decisiones respetadas por el conjunto de la sociedad. En este dilema se basa toda la filosofía de una parte más o menos importante del arco ideológico, en la Argentina y en el mundo. Y da igual el momento en que lo exprese: habría valido lo mismo en sus épocas de presidenta, de senadora, o retirada cuidando nietos en El Calafate. Además, esta expresión es la base de otra que usó durante sus años en la Casa Rosada, cuando decía vamos por todo… Quería decir que no le alcanzaba con el poder político: si quería cambiar la realidad necesitaba tener el poder real, el que no dura solo cuatro u ocho años; el poder que se queda para siempre en la Casa Rosada aunque los presidentes cambien.

Basta con buscar cualquier entrevista a los empleados más antiguos de la Casa Rosada o de la Quinta de Olivos. Invariablemente contarán que conocieron a muchos presidentes, todos muy distintos, pero cuando les preguntan por el resto de los que pasaron por allí, contestan que esos son siempre los mismos. Son los que tienen el poder real mientras que el de los presidentes es efímero. Cualquier cargo electivo tiene plazo de vencimiento porque nuestras leyes republicanas han establecido un límite al poder en el tiempo. En cambio, el poder real no tiene límites en el tiempo y a veces tampoco en el espacio.

Así es la historia del poder. Los reyes absolutos eran los dueños de todo: no solo de los bienes sino también de la vida de sus súbditos. Pero cuando las sucesivas revoluciones, desde la época de Robin Hood a nuestros días, fueron recortando los despotismos, el poder real (el de verdad) se corrió a personas o corporaciones que hoy mantienen su base dinástica y acumulativa, sin cortapisas ni almanaques que lo limiten.

Permítame dar una vuelta más de rosca a esta improvisada teoría ilustrada del poder. Hoy, en nuestras sociedades democráticas, el poder debe servir para cambiar la realidad, mejorar la vida de la gente de acuerdo a unos criterios que son distintos de un lado u otro del espectro ideológico, y aunque cambien las personas, ese poder se mantiene en la medida que se consiguen los objetivos. No sirve, en cambio, cuando el único fin del poder es detentarlo, mantenerlo o acrecentarlo a como dé lugar sin un proyecto, sin un objetivo o una meta. Y lamento comunicarle que algo de eso nos está pasando hoy en la Argentina y no solo en la Argentina. Es la razón de la desilusión de los jóvenes con lo que hay y también del progreso inusitado en las encuestas, sobre todo entre los mismos jóvenes, de candidatos desconocidos, pero que por lo menos dicen para dónde van.

El peligro de la falta de objetivos es que al final nos agarramos de cualquier proyecto que aunque sea vaya para algún sitio. Entonces aparecen los outsiders desconocidos, a los que votan multitudes desilusionadas con quienes prometieron mucho pero después nos acercaron más al abismo. En ese escenario dependemos de la suerte, que no es nunca un buen prospecto. ¿Quiere ejemplos? Están en toda nuestra América, Argentina incluida.

10 de abril de 2022

Autoridad, poder y lomos de burro


Los lomos de burro son la expresión más cabal de la ineficacia de la autoridad para hacer cumplir las leyes. Es la renuncia a cualquier política civilizada para conseguir que los conductores reduzcan la velocidad y para eso se apela a la violencia contra los conductores y sus vehículos, a veces ante una bocacalle, otras delante de un colegio y otras no se sabe bien por qué. Se supone que la velocidad permitida en calles y avenidas es de 60 kilómetros por hora, pero si los pasa a esa velocidad, los nuevos reductores metálicos que están instalando en Posadas le arruinarán el tren delantero a la cuatro por cuatro más pintada.

Mutatis mutandis (y por favor perdonen la comparación, pero creo que es solo una cuestión de escala) lo que hace el estado con nosotros es como Rusia invadiendo Ucrania: si no puede conseguir que haga lo que quiere, la somete, la sojuzga y la viola. Es usar la violencia para conseguir un fin que se supone que es un bien, por lo menos para algunos ya que no lo es para los propietarios de los autos rotos por esas instalaciones. Y todo con el supuesto fin de mejorarle la vida a la gente, pero a fuerza de empeorarla por otro lado, y con saldo negativo en el balance final de este tira y afloja, porque nos acostumbrará a cumplir las leyes solo por temor a la violencia física y no para respetar los derechos de los demás.

Se puede ir un poquito más allá todavía en este razonamiento y concluir que es completamente absurdo pavimentar las calles de una ciudad para que los autos viajen sin contratiempos y después agregar –a propósito y unilateralmente– los contratiempos. Es como asfaltar una calle y después romperla. La lógica pura indica que sería mejor no pavimentar las calles, ya que de ese modo los conductores tendrían que reducir la velocidad a la fuerza, que es lo que se pretende con los lomos de burro o de toro, vigilantes dormidos, policías acostados, túmulos, rompemuelles, lomadas y lombadas (en toda nuestra América se repite el flagelo aunque cambien los nombres). Unos son filosos, otros romos. Unos parecen colinas, otros mesetas. Unos semejan una procesión de tortugas, otros son filas de tachuelas gigantes, pero todos coinciden en hacer daño al que pase inadvertido a velocidades permitidas.

Es tan ilógico poner obstáculos en las calles de la ciudad como construir una autovía para que los autos no puedan sobrepasar los 60 kilómetros por hora. Un acceso que es una contradicción en sí misma ya que se supone que se agregaron carriles para permitir el sobrepaso y mejorar la entrada y salida más transitada de la ciudad, pero después se impide sobrepasar hasta a los camiones más lentos con ese ridículo límite de velocidad.

Y no ocurre solo con la velocidad máxima en la autovía que va desde Garupá a San José. Cada retén de la policía con sus conos anaranjados en un atentando a las millonarias inversiones en vías de comunicación: para qué queremos dobles trochas o rutas más anchas si después las obstaculizan a cada rato con piquetes de la Policía Provincial, de la Gendarmería Nacional, de la Prefectura Naval, de la Policía Federal y hasta de la Policía de Seguridad Aeroportuaria… que nos paran para preguntarnos a dónde vamos o miran sus celulares a la vera del camino.

Los lomos de burro y el resto de los obstáculos son una comprobación empírica de lo que es el poder sin autoridad. Como no hay autoridad que consiga que cumplamos las leyes, se ejerce solo el poder de rompernos los autos, jorobarnos el tiempo del viaje, o simplemente mostrarnos quién manda en la carretera.

Dirán que no hay otro modo de lograr que la gente maneje más despacio porque son todos unos maleducados. Toda una confesión… de la falta de enseñanza, de igualar para abajo a los buenos y a los malos y de la escasa autoridad de los que gobiernan, a quienes no les queda otra que recurrir al poder y a la violencia sobre los gobernados.

3 de abril de 2022

Semáforos de Posadas


El sábado de la semana pasada se inauguró la mano única en otras dos avenidas de Posadas. Santa Catalina ahora corre de norte a sur, desde Urquiza hacia la terminal de ómnibus y la estación de transferencia de la avenida Quaranta; y Lavalle, al revés, va de sur a norte, desde Quaranta hacia Urquiza. Se está imponiendo un esquema más funcional de tránsito en la ciudad, pero sobre todo más racional. Y no solo eso: los comerciantes, que al principio de quejaban, ahora están bastante más conformes.

Pero la nuevas manos únicas de las avenidas dejan todavía pendientes dos reformas que pueden servir para mejorar toda la circulación de la ciudad, y aclaro que a las dos me he referido otras veces, pero me consta que hay que repetirlas para que al fin alguien caiga en la cuenta y se anime a encararlas. A veces se rechazan las sugerencias solo porque se les ocurrieron a otros, quizá para que esos otros no se adjudiquen los beneficios de los cambios. Lástima, porque es evidente no es un criterio sano para decidir nada.

Las bicisendas de Posadas no son bicisendas: son el antiguo cordón cuneta más un metro de avenida, delimitados por pintura y señalización vertical. Impiden el estacionamiento en uno de los lados, que es lo que sí molesta a los comerciantes que no cuentan con estacionamiento en sus locales. Toda la obra que se ha hecho es pintar ese carril, que es precisamente el que usaban los automovilistas para estacionar. La mitad de la bicisenda es cordón cuneta, casi imposible de transitar en bicicleta, lo que vuelve difícil cruzarse con otro ciclista. Pero además están las alcantarillas, las bajadas de autos que invaden el carril y cantidad de obstáculos que nadie se atrevió a modificar, no se sabe si por desidia o por la urgencia de parecernos a Amsterdam. Solo la avenida Tomás Guido tiene algo parecido una bicisenda de verdad y es el ejemplo de lo que sí hay que hacer. Esa avenida, en forma de paseo, nació como una compensación por la línea de 132.000 voltios que la recorre hacia la estación transformadora de la avenida Centenario. Al ser Tomás Guido doble mano, mantiene, además, los semáforos para ambos lados de circulación, cosa que no ocurre en las avenidas que se han vuelto de una sola mano, aunque sus bicisendas sean de ida y vuelta: en esas, los ciclistas que van a contramano de la circulación de los automóviles, tienen que pasar las bocacalles sin saber si tienen o no tienen el paso liberado por el semáforo. Solución: construir bicisendas de verdad, ponerlas en las avenidas de doble mano, o hacerlas pasar por calles internas y no por las avenidas. Es que, al final, las bicisendas son un obstáculo a la circulación más rápida de las avenidas.

Los semáforos siguen siendo un suplicio en Posadas, sobre todo a quienes por la edad ya no tenemos las articulaciones del cuello tan flexibles como los más jóvenes. Salvo en muy contadas excepciones están antes de la arteria que hay que cruzar, lo que obliga a los conductores de las primeras filas ha hacer contorsiones imposibles para verlos desde el lugar donde hay que detenerse. Hacer contorsiones imposibles o esperar a que uno de los de atrás toque la bocina impaciente cuando deja de mirar el celular y se da cuenta de que la luz del semáforo se puso verde.

Pero hay otro defecto –muy notable y muy aprovechable para los simples mortales que somos objeto de multas peregrinas– que las autoridades municipales deberían tener en cuenta: es imposible probar con fotos la infracción por pasar una semáforo en rojo cuando está antes de la calle que impide cruzar con la luz roja, ya que siempre el conductor podrá alegar que cuando la cruzó no estaba en rojo.

Por pura serendipia, al cambiar las manos de las avenidas y girar los semáforos sin modificar su emplazamiento, ya hay unos cuantos cruces que tienen semáforo del lado que tienen que estar. Pero no es una buena idea dejar que esas cosas ocurran por casualidad.

27 de marzo de 2022

El futuro es lo que vale


Dice Andrés Calamaro que no se puede vivir del amor. Es discutible y conste que soy de los que piensan que sí que se puede, no porque el amor sirva para comérselo o bebérselo sino porque es la única fuerza que consigue todo en este mundo.

De lo que estoy seguro que no se puede es de vivir del pasado. No lo puede hacer ni una persona ni un conjunto de ellas que forman una persona jurídica tan grande como una provincia, o un conjunto de provincias que forman una nación precisamente por ser un proyecto común, aunque puedan compartir también algún pasado. Fíjese que no tenemos el mismo pasado Tierra del Fuego que Misiones o Misiones que Mendoza o Mendoza que Formosa y sin embargo nos une el futuro porque tenemos el mismo destino desde que formamos las Provincias Unidas del Río de la Plata, que tenía vocación de incorporar todos los territorios del antiguo virreinato.

También ese futuro se llama destino, que no es lo que la suerte nos depara sino el que nos forjamos colectivamente. Ese destino es lo que nos define y describe, mucho más que el pasado.

Concentrarnos en el pasado no es una buena idea, entre otras cosas porque nos puede desviar del futuro. Es lo que ocurre hoy entre Rusia y Ucrania. Rusia tiene pasado y Ucrania futuro. Rusia quiere volver a la grandeza de la época de los zares y Ucrania está peleando su guerra de independencia en pleno siglo XXI. Ucrania tiene más pasado que Rusia, pero mira al futuro, a su propio futuro como nación independiente y con un destino común. Y Rusia, que tiene menos pasado que Ucrania –o un pasado común– se está aferrando a no perder lo que tenía. La situación es perfectamente comparable con la independencia de toda América, cuando los imperios europeos trataron de aferrarse a su pasado inmenso y glorioso, con una fuerza descomunal y desproporcionada, pero que nada pudo hacer contra la pasión libertaria de quienes habían decidido independizarse de la Metrópoli, con ejércitos desharrapados, en territorios casi desiertos y desde ciudades que eran apenas rancheríos confundidos con el barro de sus calles.

No sabemos todavía lo que pasará en Ucrania. Anticipé hace un par de columnas que saldría unida y victoriosa a pesar de las pérdidas de la guerra y también dije que a Vladimir Putin y Aleksandr Lukashenko les espera un destino parecido al de Nicolae Ceaușescu o Erich Honecker, los dictadores comunistas de Rumania y Alemania Oriental. No hay que ser muy suspicaz para sostenerlo: solo hay que tener memoria para comprobarlo el día que suceda.

Pero creo que es hora de que los argentinos nos apliquemos en serio la lección del pasado y del futuro. El viernes un diario de Buenos Aires titulaba CON LA MEMORIA DE BANDERA, y me hacía pensar que un país que establece las heridas de su pasado como bandera y que las revuelve todos los días para evitar que cicatricen, es un país enfermo de memoria. Un país que mira a sus próceres y a sus villanos, a sus tragedias y a sus apoteosis más que a sus sueños, es un país que va para atrás y no para adelante. Un país que se revuelca en sus errores con placer onanista, está perdido en el tiempo. Un país cuyos ciudadanos son incapaces de perdonarse y mirar para adelante, no tiene destino. No es fácil olvidar pero siempre se puede perdonar, por eso no digo que debemos olvidar pero sí que tenemos que perdonar.

Mirar al pasado sin proyecto de futuro es quizá el más grave error colectivo de los argentinos: pura memoria pero nada de sueños. Entonces solo queda un plan: el poder.

20 de marzo de 2022

Mariúpol

Las ciudades habitadas son un dolor de cabeza para cualquier estratega, desde Sun Tzu hasta Erwin Rommel, pasando por Julio César y Napoleón. No se trata de la dificultad de tomar por asalto una fortaleza repleta de enemigos armados, sino una ciudad enemiga con sus habitantes, que también son enemigos, muchos de ellos con sus armas, impredecibles y con un odio visceral a quienes los están violando. Es imposible avanzar en un frente urbano sin dejar cabos sueltos si no se hace limpieza casa por casa, edificio por edificio, departamento por departamento. Así y todo, las bajas propias son inmensas porque hay que luchar contra guerrilleros profesionales o improvisados, que conocen cada rincón, como dueños de sus casas y de sus calles y lugares públicos.

En la Guerra Civil Española apareció la expresión quinta columna para expresar las fuerzas amigas en territorio enemigo: cuatro columnas el ejército de Franco avanzaban sobre Madrid, pero el general Emilio Mola llamaba quinta columna a la integrada por muchos ciudadanos de Madrid que esperaban ansiosos la liberación y que caerían sobre las tropas leales a la República cuando la desbandada. En la Segunda Guerra Mundial se usó la táctica de ciudad abierta, que consistió en rodear las ciudades sin entrar en ellas en los avances de los aliados por Europa; así, una vez que cayera toda la región y sin salida posible, los defensores de esas ciudades depondrían las armas. Había, además de la humanitaria, una razón cultural: no destruir los invaluables tesoros arquitectónicos. Se cumplió en ciudades como Roma o Florencia, cuyas poblaciones eran más afines a los aliados que avanzaban que a los alemanes que retrocedían. En cambio, unas cuantas ciudades hostiles de Alemania y Japón fueron reducidas a escombros por los bombardeos aliados, con su población civil incluida y por supuesto, con sus tesoros, sus monumentos, sus catedrales, iglesias, castillos, teatros y palacios. Aunque conocemos más las bombas atómicas de Hiroshima y Nagasaki que produjeron unos 240.000 muertos, el caso más sonado de destrucción completa de una ciudad histórica, con su población incluida, fue el bombardeo de Dresde del 13 al 15 de febrero de 1945; y hay un antecedente similar, en otra escala, en el bombardeo de la ciudad vasca de Guernica el 26 de abril de 1937 durante la Guerra Civil Española.

La táctica rusa no puede ser la de la quinta columna porque no son amigos los que están adentro de las ciudades ucranianas que pretenden conquistar. Aunque podrían haberlo elegido, tampoco es el caso de la ciudad abierta, probablemente por el inmenso negocio de la reconstrucción. Y parece que la idea de los generales de Putin tampoco es el bombardeo masivo de las ciudades, con la matanza de sus habitantes como daño colateral. Aunque ya el mundo ha reconocido los crímenes de guerra que están cometiendo las fuerzas armadas rusas en Ucrania, está claro que lo que pretenden los rusos es lo que se llama táctica de la alfombra, porque, como una alfombra que se enrolla o como un tubo de pasta de dientes, se aprieta a los civiles de las ciudades para que huyan, y una vez vacías destruirlas a fuerza de bombas. Rusia ha provocado el éxodo de ya más de tres millones de ucranianos que se abandonan sus ciudades hacia a lugares más seguros. Lo que no sabemos es si Rusia calculó que Ucrania dejaría a los combatientes en sus puestos adentro de las ciudades vacías de inocentes. Esos combatientes son los maridos (a veces con sus mujeres), los hijos o los padres de los que se van, que se quedan con el firme convencimiento de defender su tierra, sus calles, sus casas y departamentos a como dé lugar y hasta la última gota de su sangre. Es una táctica no tan nueva la de Rusia (ya la ensayó en Grozny y en Alepo) pero sí es nueva la de Ucrania y también son nuevas las armas portátiles provistas a los ucranianos, que revientan tanques y helicópteros como si fueran pichones de Plaza Francia.

Dicen que queda en pie solo el 20% de la ciudad de Mariúpol, el estratégico puerto de Ucrania sobre el Mar de Azov. Mariúpol quedará como ciudad mártir en los anales de la historia, como Guernica, Dresde, Hiroshima o Nagasaki: ciudades enteras destruidas sin sentido por la barbarie humana.

13 de marzo de 2022

Ucrania es igual

Margaryta Yakovenko nació en Ucrania hace 29 años, pero vive en España desde los siete. En su cuenta de Twitter se presenta como escritora, periodista e inmigrante. Hoy trabaja en el diario en El País de Madrid y también ha publicado una novela, Desencajada, en la que relata las angustias de las distintas generaciones de migrantes en la España de hoy. El viernes apareció en un podcast de El País, en el que otra periodista le pregunta sobre Ucrania, pero no sobre la invasión de Rusia que estos días nos tiene a todos en vilo, sino sobre cómo era la vida en Ucrania antes de la guerra.

Ucrania es independiente desde el 28 de junio de 1996. Todavía no cumplió 26 años, así que los jovencísimos padres de Margaryta emigraron a España poco después de la independencia cuando los rublos que habían ahorrado se convirtieron en papel mojado. Hay que figurarse lo que fue aquello: al caerse la antigua Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, dejó unos cuantos países libres de su protectorado, detrás de lo que llamábamos Telón de Acero. Otros, los más cercanos a Rusia, integraban la URSS. Entre ellos quedaron dentro de Europa los tres bálticos –Estonia, Letonia y Lituania–, Bielorrusia, Moldavia y Ucrania.

Después de 500 años bajo la sombra de Rusia, Ucrania se convirtió en independiente de la noche a la mañana. La bandera resultó cielo sobre trigo dorado, el típico paisaje ucraniano, y el escudo un tridente que parece moderno pero tiene mil años. Al mismo tiempo que la independencia vino la desmembración de la organización política y administrativa, la justicia, la infraestructura, la economía... y las fronteras, que ya se ve que para Rusia resultó un desgarro de lo que siempre consideraron bastante propio y empezaron a recuperar en 2014, cuando tomaron impunemente la península de Crimea.

Cuenta Margaryta que todos los ucranianos pueden hablar en ruso, muchos de ellos –ella misma– como lengua materna; al final hablan un yopará entre ruso y ucraniano como lengua franca para entenderse entre todos. También cuenta que los ucranianos son profundamente cristianos: ortodoxos rusos en el este, ortodoxos ucranianos en el centro y católicos en Galitzia, medio polaca, medio ucraniana... y bastante argentina por sus migrantes a estas playas: el obispo católico de rito ucraniano de Kiev habla en castellano con acento porteño.

Zelensky es un caso aparte. Un actor cómico famoso y rico, que se presentó a las elecciones y arrasó. Le costó gran parte de su carisma el enfrentamiento con el sistema corrupto, así que empezó a bajar su popularidad, tanto que todos pensaban que al empezar la invasión se rajaría del país. Pero entonces apareció un actor desconocido, que decide enfrentar a las rusos sin cuartel, en una guerra desigual pero que equilibra el fuego de la pasión de Ucrania contra la potencia de fuego de Rusia.

Desde su independencia y con sus idas y vueltas, Ucrania intenta convertirse en un país democrático, acercarse a la Unión Europea y despegarse de la Federación Rusa, para no caer en una dictadura lamebotas de Moscú como Bielorrusia o Kazajstán. La corrupción campaba y campa todavía, en manos de los oligarcas que se quedaron con todo cuando la caída de la URSS. Los hospitales no tienen insumos ni remedios, así que los pacientes los tiene que comprar en la farmacia de la esquina. Los colegios dependen del estado, pero los pagan y arreglan los padres de los alumnos, que gastan días enteros pintando sus paredes o arreglando su calefacción. Pero Ucrania también es como la Argentina en sus fortalezas: un país joven, lleno de vida y rico en recursos, que puede levantarse con una firme voluntad colectiva y un gobierno honesto que la dirija. Hoy no tenemos perspectiva suficiente, pero estoy seguro de que tarde o temprano Ucrania se levantará de esta guerra como un país fuerte, unido e independiente. Solo ruego que la Argentina no necesite una guerra para renacer desde sus ruinas.

6 de marzo de 2022

життя переможе смерть

En ucraniano dice el título que la vida vencerá a la muerte. Se pronuncia algo así como zitia peremoze smert. Miles de hijos de ucranianos de Misiones podrán mejorarlo, si es que todavía conservan su idioma. Confieso que lo tomé, letra por letra, de la portada de la edición internacional de la revista Time de esta semana. Citan a Volodymir Zelensky, el presidente de Ucrania, que también dijo que la luz vencerá a las tinieblas. Que la luz vence a la oscuridad lo experimentamos cada vez que la prendemos, pero para quienes creen que la muerte es el final, la vida pierde siempre porque a todos nos alcanza, por mucho que corramos.
No deja de sorprender que en pleno siglo XXI un país haya invadido a otro. Pero más sorprende que lo haga a sangre y fuego, destruyendo todo lo que encuentra a su paso, que es una señal de castigo y no un acto posesorio (algún oligarca ruso estará calculando los negocios de la reconstrucción). Se entiende ahora la ordalía, el juicio de Dios, al que se sometían a veces los reyes de la antigüedad y hasta la Edad Media. ¿Porqué hacer sufrir a los pueblos si los que están peleados son sus gobernantes? ¡Mátense entre ustedes y déjennos en paz! al final, nos da lo mismo que nos mande uno u otro: son todos muy parecidos...

Cualquier manual de estrategia explica que solo se puede atacar de frente al enemigo cuando la superioridad es aplastante. De ese modo se ahorra tiempo, que puede ser un factor clave. En cambio, la estrategia de la aproximación indirecta establece que siempre hay que buscar los flancos del enemigo: derrotarlo en escaramuzas, dejarlo sin suministros, matar al cacique... En el ataque de frente las pérdidas serán cuantiosas; en cambio por los flancos se pierde tiempo pero se ahorran combatientes y armamento. Aquí se terminó mi ciencia de la estrategia, pero diría, por las noticias que sigo, que las tropas rusas están intentando el ataque frontal amparadas en su enorme superioridad y que no pretenden quedarse en Ucrania: solo someterla como un violador a su víctima. Mala idea, que está dejando a Putin y a Rusia en soledad frente a un mundo consternado por la violencia atroz de su avance por un país que nunca fue enemigo. Ahora está claro que más que la defensa de los prorrusos del Dombás, lo que Putin quiere es convertir a Ucrania en un protectorado, con un presidente títere como Aleksandr Lukashenko en Bielorrusia.

Putin eligió la guerra sin cuartel –o la violación– del siglo XIV y se puede decir que ya perdió solo porque estamos en el siglo XXI. Podrá matar a millones de ucranianos como lo hizo Stalin, podrá destruir sus ciudades como lo hizo con Grozny o con Alepo, pero ¿para qué? ¿para convertir a Ucrania en la cárcel de los ucranianos? ¿por cuánto tiempo? En el caso hipotético de que termine ocupando todo el país, necesitará un carcelero ruso por cada ucraniano o deberá matarlos a todos. Antes de eso veremos a Putin colgado en la Plaza Roja por sus propios camaradas.

Como están las cosas daría la impresión de que solo China puede arreglar los tantos de este conflicto, desatado más en oriente que en occidente, aunque todo ocurra en el este de Europa, que es una península de Asia, como dice Oswald Spengler. Con Estados Unidos sin recursos morales para defender el orden económico mundial, China no quiere destruirlo: lo quiere gobernar; y el mundo le está sirviendo en bandeja a Vladimir Putin asado y con una manzana en la boca.

Zelensky consiguió unir al mundo en contra de Rusia usando solo la bomba atómica de su carisma y la voluntad inquebrantable de un pueblo dispuesto a morir defendiendo su patria. Ni hoy ni nunca se puede vivir en contra de todo el mundo y mucho menos declararle la guerra así como así.

27 de febrero de 2022

Cuarto jinete


Primero fue la peste. Después el fuego. Y ahora la guerra...

Cualquiera que lo pensara con un poco de tremendismo diría que se están abatiendo sobre el mundo las plagas de Egipto sumadas a las del Apocalipsis. Pero para que nadie se llame al engaño integrista, hay que decir que lo mismo habrá pensado cada generación desde que los humanos habitamos el planeta. Siempre están los que presumen que el fin del mundo no puede a ocurrir sin que ellos estén presentes: son los ególatras que se creen el centro de la historia, aunque la historia pasa sin acordarse de ellos.

Todas las cosas que vemos ocurrieron ya alguna vez, y si no las experimentamos porque no estábamos todavía entre los vivos, las leímos en novelas o las vimos en el cine. Hay miles de historias que desafían a los tiempos: la última, rodada en plena pandemia, refleja un mundo distraído por la superficialidad de la opinión pública mientras se abate la peor catástrofe posible, y hace acordar a la frivolidad de las noticias más leídas de cualquier diario o portal: farándula, bloopers y recetas...

Siempre habrá pestes, guerras y catástrofes en el mundo. A algunas las podemos evitar y a otras las podemos prever para minimizarlas, pero no hay caso: nos siguen y nos seguirán maltratando... Es parte de nuestra condición y parece que no podemos salir de esa espiral que nos muestra inválidos a los ojos de cualquier extraterrestre, pero no hace falta ser marciano para confirmar esta característica peculiar de la condición humana. El cristianismo explica que somos una naturaleza caída y que no queda otra que acercarse a Dios y cumplir sus mandamientos. Pero no todos tienen fe, así que pueden ir los Putin del momento a decirle al Papa que vivirán en paz y al día siguiente invadir a sangre y fuego a sus vecinos sin que se les mueva un pelo.

Quizá no podamos escaparle a nuestra naturaleza, o no tengamos ni medio gramo de confianza en el proyecto humano; pero a pesar de eso, las guerras, las pestes y las catástrofes deberían ser un llamado constante a mejorar colectivamente. Cada año que pasa, cada día, cada minuto, debería ser mejor que el anterior, y en la resultante final lo deberíamos comprobar. Puede ser que nos toquen tiempos oscuros de la historia, pero siempre la humanidad se ha superado y hemos terminado mejores que antes. También es cierto que todavía queda mucho por recorrer y quién sabe lo que nos tocará a nosotros, a nuestros hijos y nietos. Por lo pronto podemos agradecer al cielo y a nuestros antepasados lo que ya nos tocó: un lugar pacífico y amable del mundo, donde apenas sentimos alguna diferencia entre nosotros que no nos impide vivir en paz unos con otros.

Nadie sabe bien qué representan los cuatro jinetes del capítulo sexto del Apocalipsis. Hay uno negro, otro rojo y otro amarillo. Se supone que traen la guerra, el hambre y la muerte. El cuarto es blanco; en realidad es el primero y debería ser el que termine con esos flagelos. Hay que ver las películas de Bergman o de Tarkovsky para empezar a desentrañarlo. Y se puede leer a Tolkien o a Robert Hugh Benson y de paso sumar alguna interpretación estrafalaria de Leonardo Castellani. La mitología fantástica de Game of Thrones también se inspira en estas profecías. La tradición cristiana sostiene, con algunas dudas, que el jinete del caballo blanco es Jesucristo, pero habrá que esperar milenios para saberlo.

Toda guerra empieza con una piedra que cruza el alambrado, o con una bolita de pan tirada desde el otro lado de la mesa. Quizá por eso deberíamos conformarnos con tenernos paciencia unos con otros. Si conseguimos que haya un poco de paz allí donde estamos, seremos cada uno el cuarto jinete en su caballo blanco.

20 de febrero de 2022

Volverá a ocurrir


A los datos del domingo pasado hay que sumar algo más de 250.000 hectáreas de campos que se quemaron en Corrientes durante esta semana. Los medios nacionales, que por fin ponen su foco en esta tragedia, resaltaban ayer un dato del INTA: las 785.000 hectáreas incendiadas hasta el viernes son el 9 % del territorio de la provincia; un dato real, pero incompleto, porque por lo menos el 25 % del territorio de la provincia de Corrientes son bañados, humedales, esteros... lo que, en una cuenta rápida, da que se han quemado ya el 20 % de las tierras productivas de la provincia. A esto hay que agregar que, si no llueve, el porcentaje seguirá creciendo a razón de unas 30.000 hectáreas por día y aumentará la dimensión de la catástrofe ambiental y económica, pública y privada de la provincia.

Para colmo y sin ánimo de compararnos, también en el sur de Misiones han aparecido nuevos focos de incendio, alguno de ellos muy cerca de la ciudad de Posadas, tanto que el viernes se estaba evacuando el campus de la Universidad Nacional de Misiones, junto con sus vecinas, la Biofábrica y la Estación de Transferencias. A la zozobra por los incendios se agregó ayer el corte de la energía eléctrica en toda la provincia de Misiones entre las 13 y las 15, por una falla en el sistema de enlace de la empresa distribuidora mayorista en la estación de Rincón Santa María. Pareciera que la falla no se debió a los incendios, pero queda una pregunta flotando en el aire: ¿toda la energía eléctrica de Misiones depende de un solo cable de 500 KV, que en caso de cortarse en cualquier parte de su trayecto deja sin energía a la provincia entera?

En la columna del domingo pasado pedía aviones bomberos de verdad, porque la Argentina no tiene todavía ni uno solo de esos grandes aviones tanques capaces de cargar miles de litros en segundos acuatizando en espejos de agua. Esos aviones son especiales para los incendios forestales y deben actuar junto con los brigadistas que trabajan en el campo, pero no son tan eficaces en los incendios de pastizales ya que el agua no apaga las brasas que corren bajo tierra por las raíces de las plantas y los viejos tocones de las talas rasas. Lo que se necesita en los casos de fuego en pastizales y plantaciones son cortafuegos hechos a fuerza de máquinas viales que remueven la tierra incandescente. Esos brigadistas y esas máquinas –de Corrientes, de Misiones, del resto del país y hasta de Brasil– trabajan a destajo estos días y estas noches en los focos activos.

Los pronósticos meteorológicos dicen que esta semana que empieza va a llover en Corrientes y en Misiones. Dios quiera que así sea. Ahora sabemos con cierta anticipación si va a llover o no, pero confieso que me gustaba más el vértigo de mi infancia, cuando nos hacían rezar para que llueva y lo conseguíamos sin mucho esfuerzo. Ahora no podemos saber si la sequía se debe a nuestra falta de fe o de oraciones, o quizá sea pura falta de previsión, ya que si sabemos que no va a llover durante dos meses en pleno verano correntino, este desastre sobrevendrá indefectiblemente.

El fuego, igual que nosotros y nuestras macanas, es parte de la naturaleza, que a veces se presenta tremenda, feroz, exuberante, imparable. Ante esos fenómenos poco podemos hacer una vez que se desatan. La sequía y el calor actúan como la erupción de un volcán. Solo podemos prever y minimizar los daños evacuando gente, asignando recursos, abriendo surcos... y evitando los errores de quienes queman campos con la buena intención de hacerlo antes de que los consuman las llamas ajenas o para hacer cortafuegos.

Probablemente las lluvias apaguen esta semana los incendios que quedan activos, pero mientras tenemos que prever que volverá a ocurrir y que por el cambio climático será más temprano que tarde. No hay que ser profeta ni agorero para asegurarlo; solo tenemos que estar preparados.

13 de febrero de 2022

Corrientes en llamas


Noticias de Corrientes dan cuenta de que se han quemado ya 520.000 hectáreas de campos productivos de la provincia. El diario El Litoral calcula que el fuego avanza a razón de unas 20.000 hectáreas por día y que, en caso de no llover, serán catastróficos los daños para las explotaciones agropecuarias y para la economía de la provincia. Para colmo, basta con ver el pronóstico, que hoy nos entrega cualquier celular, para constatar que no hay lluvias a la vista, por lo menos en los próximos diez días. La sequía no da tregua hace meses, y sumada a las altas temperaturas se volvió un combo letal porque basta un envase de plástico o un vidrio roto que haga de lupa para que se prenda fuego el pasto seco y sus llamas se propaguen a donde el viento las lleve.

Aunque hace meses que las noticias están en los medios de la provincia, las proporciones bíblicas de esos incendios llegaron recién esta semana a las tapas de los diarios de Buenos Aires. El martes fue foto de portada de Clarín y el viernes de La Nación. No solo las fotos del fuego, también se instaló en los medios nacionales la pelea adolescente entre el Gobierno de la Provincia y el Ministerio de Ambiente y Desarrollo Sostenible de la Nación: unos se quejan porque no los ayudan y los otros contestan que nunca les pidieron ayuda.

El fuego no respeta forestaciones, plantaciones, animales silvestres, ganado, alambrados, instalaciones, viviendas... Bastaría con decir que el fuego no respeta nada, pero aquí debo anticipar la razón de esta columna; algo sí respeta el fuego y en Corrientes de eso tienen tanto como campos: el agua.

Corrientes tiene unos 25.000 kilómetros cuadrados de humedales. El sistema del Iberá es el segundo más grande de América del Sur, después del Pantanal de Brasil. Quiere decir que –sin contar los ríos Paraná y Uruguay– la superficie de la provincia cubierta por el agua es poco menos que un tercio de su superficie total y todavía es mucho mayor que la extensión de los campos quemados. Por eso es una paradoja que la provincia que tiene más agua dulce de la Argentina tenga a su vez tanto fuego en sus campos.

Hace años que la humanidad lucha contra los grandes incendios aprovechando los espejos de agua cercanos. Para eso se usan aviones hidrantes de gran tamaño que permiten cargar miles y miles de litros de agua a gran velocidad porque acuatizan y sin siquiera parar cargan sus tanques para volver a subir y lanzar el agua sobre el fuego. El más popular de los hidrantes es el turbohélice Bombardier 415. Pero si –por razones obvias– no nos gusta hacer negocios con los americanos (en este caso canadienses), también hay un modelo ruso que puede mandarnos el amigo Putin: es el anfibio BE-200 Altair, un jet multipropósito con una versión hidrante de gran eficacia.

Mientras no tengamos estos aviones, seguiremos apagando incendios con los que ahora tenemos: los Dromedar o AirTractor, dos modelos concebidos para fumigaciones agrícolas y adaptados como aviones bomberos. Cargan entre 2.000 y 3.000 litros de agua, pero deben hacerlo en aeropuertos que no siempre están cerca de los incendios, y se llenan con mangueras, una tarea que puede llevar horas.

Es urgente que la Argentina compre por lo menos diez aviones hidrantes anfibios grandes, nuevos o usados, para su Plan Nacional de Manejo del Fuego. Siempre harán falta en algún lugar de nuestra geografía. Hoy Corrientes los agradecería y está claro que resulta mucho más barato tenerlos que no tenerlos.