Fue así como se impuso el adjetivo latino (natural del Lacio y por tanto de la misma raza y nacionalidad de Tito Livio o Julio César) a cualquier ciudadano de un país al sur del río Bravo. Primero fue en los Estados Unidos, pero ahora hace ya tiempo que españoles o italianos llaman latinos, sin la parte americana, a los que son americanos de verdad, como los guaraníes, los incas, los aztecas, los charrúas, los tehuelches, los araucanos o los jíbaros de la Amazonía... Pero el adjetivo ya se ha vuelto tan ilógico que obligan a poner una x en el casillero de latinos a los descendientes de alemanes, judíos o irlandeses, solo porque nacieron en países supuestamente latinoamericanos.
Ya se ve que no tiene pies ni cabeza llamar latino a Moctezuma, Atahualpa o Tupac Amaru, ni a ningún aborigen americano y sus descendientes, como tampoco llamaríamos latinos a Kylian Mbappé, Ousmane Dembélé o Dayot Upamecano, aunque sean franceses, hablen una lengua romance y estén mucho más cerca de Cicerón o de Séneca que nosotros. Eso es justamente lo que hacen quienes discriminan: solo el hecho de preguntar la raza es un acto que no podemos entender en esta parte de América, porque a nuestros antepasados nunca les interesó el origen de nadie: se enamoraron y procrearon mestizos desde que se bajaron de los barcos, primero en nuestras playas y después de nuestros puertos.
Por eso no se entiende lo que ocurrió en los días finales del Mundial de Fútbol con algunos norteamericanos, como el actor Samuel Jackson, que dijeron que la Argentina era un país racista por la homogeneidad de los integrantes de su selección. Tampoco lo debe entender Jackson porque en los Estados Unidos los negros, indios, asiáticos o latinos se agrupan conforme al desprecio por los distintos, mientras que en nuestra América esas razas –y tantas otras– están en todas las células de cada uno gracias al amor al prójimo y la igualdad esencial de cualquier ser humano, predicados y vividos por los valores cristianos de españoles y portugueses.
Nuestra América debería cambiar de nombre. Elegir uno genuino y no usar el impuesto por Napoleón III para su aventura mexicana. Me gusta llamarla nuestra, pero la segunda persona se vuelve equívoca cuando depende de los contertulios. Por eso, y mientras los falsos latinos vamos mestizando los Estados Unidos y Canadá, prefiero para nosotros el nombre que le puso William Ospina, América Mestiza, mucho más bonito, verdadero –y menos ideológico– que el invento de América Latina.









