22 de julio de 2009

La hermana mayora

En el interior del Paraguay piensan en guaraní y dicen que por eso feminizan mayora y menora, sobre todo a las hermanas o a los hijos que tienen esa condición: "-aquí viene la mayora, que está para cumplir los quinces años" dice la madre (con toda lógica si nos oye decir madre superiora y hojas verdes). Y también llaman tambora al tambor, pero cuando lo busqué en el diccionario me entero de que, como casi siempre ocurre, en el campo hablan castellano rabioso.

25 de mayo de 2009

Esta gripe me enferma

En todos los aeropuertos latinoamericanos hay una monjita. A veces dos, o más todavía. En el de Buenos Aires, además, siempre hay un rabino. Bueno, yo les digo rabino, con respeto y admiración, a los judíos de traje y sombrero negros y camisa blanca y ya sé que son Lubavitch. Pero ni las monjitas ni los lubavitches se salvaron esta vez de la gripe porcina, la que se nos pegó del chancho y justo en algún lugar de México por estricta casualidad. En seguida unos castigaron a México y otros a los cerdos, que también son inocentes.

Llevo unas semanas de aviones y aeropuertos y la cosa está muy pesada. Las lindas azafatas de mostrador se han vuelto cirujanas, con barbijo y guantes y un bolígrafo para extraer apéndices y cambiar válvulas del corazón de los pasajeros. Los changarines y emplasticadores de maletas se convirtieron en bandidos asaltantes de diligencias. En la Argentina, para mantener nuestro estilo nacional, casi ningún empleado del aeropuerto tiene puesto el barbijo donde debe ser: lo llevan en el cuello, como los motoqueros llevan el casco ensartado en el brazo por la visera. Y hacen con los ojos muecas de “¡lo que tenemos que aguantar!”

Siempre hubo que rellenar un par de formularios de esos en los que hay que encajar el nombre en cuatro casilleros y el sexo en diecisiete: preguntan si uno piensa atentar contra el vicepresidente de la nación o si trae un oso polar entre sus pertenencias. Ahora han sumado otro en el que hay que consignar si le duelen los ojos, si ha sentido escalofríos adentro de los huesos y si se ha estado besando con extraños. No deben creer una palabra de la declaración jurada porque después miden la temperatura con un rayo infrarrojo de esos para encontrar vietcongs en la oscuridad. Y preguntan en qué asiento viajó y el número de celular, por las dudas haya que guardarlo en cuarentena en la Isla de los Estados.

La gripe porcina ha complicado los viajes, pero no tanto como la estupidez colectiva. Ha conseguido exacerbar la histeria generalizada de los habitantes de los aeropuertos, de los comunicólogos estupidizados y de los imbéciles consuetudinarios. Ahora sabemos que lo que se dice gripe -sin adjetivos ni nacionalidades- mata a 36.000 norteamericanos por año... sin contar a los chinos de la China o indios de la India que mueren con la misma gripe que nos toca a todos y que algunos pasan de pié sin más curas que un poco de paracetamol.

“Durará lo que dure en los informativos” leí de ojito en la contratapa de La Vanguardia en el aeropuerto de Barcelona. Dice el doctor entrevistado -un tal Amiguet- que esta gripe es más benigna de lo que imaginaba en un principio, que está resultando suave, poco contagiosa y poco peligrosa. Los cientos de miles de muertos anuales por gripe no merecen ni un segundo de televisión ni un titular de periódico, ni siquiera en Internet; pero ésta, justo ésta, merece que nos alarmen por la televisión los presidentes, reyes y primeros ministros. Y termina pidiendo que utilicemos el circuito neuronal de la razón y el sentido común humanos y que bloqueemos el centro neuronal del miedo que compartimos con los animales.

¿Habrá algún negocio detrás? Seguro, pero no son los fabricantes de barbijos o los laboratorios: esos aprovechan la volada como los vendedores de paraguas bailan cuando llueve. El negocio de la gripe no es la medicina sino la anestesia, pero la anestesia colectiva, la que duerme al pueblo. Si hay un tema en la agenda informativa que tapa los escándalos y la corrupción hay que inflarlo como un globo aerostático. Desde entonces sospecho que los funcionarios que hablan de mucho de la gripe mexicana están desviando la atención al cerdo. Y ya se sabe que la culpa no es del chancho.

4 de marzo de 2009

Darwinion

Debe haber pocos lugares en el mundo con una geografía tan borgeana como el Barrio Parque Aguirre de San Isidro. Las calles circulares se cruzan hasta dos o tres veces entre sí o se vuelven tangentes, sin casi molestarse. Forman un laberinto en el que pocos saben cómo encontrar una casa o salir del barrio y los taxistas no quieren entrar, asustados por las horas que perderán buscando la avendia Libertador. A la noche hay que usar las piedritas de Hansel y Grettel...

Pero hay un lugar que solo se encuentra cuando uno ya está perdido: un pequeño palacio estilo art deco que nadie sabe qué hace allí. Una pesadilla para todos, pero en especial para mi madre que lo tenía por templo de una religión extraña, potenciado el misterio por la sombra pesada de las tipas y las plantas salvajes que lo rodean. En el portal unas letrotas apretadas de palo seco dicen DARWINION.

Años después Marcelo Vázquez -un amigo biólogo con quien compartimos república cuando éramos estudiantes- trabajó en el Darwinion. Entonces supe que aquello era un instituto de botánica. Después de graduarse, Marcelo investigó allí unos ficus y la avispita que los fecunda. Viajaba a la selva vestido de Indiana Jones con una ballesta de Guillermo Tell que le permitía bajar las ramas de los árboles para llevarse muestras a su herbario. Esos árboles inmensos solo pueden reproducirse si el insecto preciso que le corresponde -ninguna otra especie ni género- anida en su fruto. Por eso, me explicaba Marcelo, no se reproducen los gomeros gigantes de Buenos Aires, los que mandó traer Sarmiento de la India: las avispitas no resisten el desarraigo y se quedan en la India o se mueren por el estrés del viaje.

Volví a encontrarme con Charles Darwin en las islas Galápagos hace unos pocos días, entre el vaivén materno de las olas y el arrullo abrigado del motor: los barcos son máquinas perfectas de dormir. En mi equipaje llevaba una edición antigua de El viaje del Beagle. Se cumplían 200 años, casi día por día, de su nacimiento y el de su mellizo Abraham Lincoln. En nuestro Beagle con GPS y yaccuzi viajaban también dos matrimonios argentinos, de la casi desconocida localidad de Punta Alta. Desconocida para todo el mundo menos para Darwin, que descubrió allí más fósiles que en ningún otro sitio de su jornada alrededor del mundo: le sorprendía comparar los armadillos vivos con los gliptodontes desenterrados en la ría de Bahía Blanca. Coincidencias de la vida porque aquellos paisanos no tenían ni idea del parentesco darwiniano de las islas con su pueblo.

Un dentista de urgencias me aseguró una vez que mi generación era la última con muelas del juicio: los más jóvenes ya vienen si ellas. Justo a mi me había tocado ser la bisagra de este cambio fenomenal en la especie humana que hace dos millones de años necesitaba más muelas que ahora para desgarrar mamuts. Maldije la manía de meterse en medio del proceso: si nos hubieran dejado evolucionar tranquilos, como a los armadillos en sus pastizales, me libraba de la escabechina en cuatro ocasiones.

Con las tortugas de las islas pasa lo mismo porque crecieron a sus anchas sin las ansiedades humanas. Son las mismas del pet-shop de la esquina, pero grandes y pesadas como un becerro. Estoy seguro de que si las alimentamos unos 400 años, las de Santiago del Estero se ponen como un caballo. Por cierto, en España llamaban galápagos a las tortugas antes de que aparecieran por allí los romanos y así le dicen también a una montura tan incómoda como un carapacho.

Unos exploradores que recorrían la isla Pinta en 1972 notaron que se movían los palosantos y así se encontraron con George, sobreviviente de la subespecie aislada hacía miles de siglos y extinguida por culpa de las cabras que alguien llevó allí cuando se cansó de comer tortuga. Se lo llevaron a la reserva de Puerto Ayora, en Santa Cruz, a ver si se reproducía con unas amigas de otra subespecie que le presentaron. Cada vez que las hembras ponen huevos hay que esperar a ver si el Solitario George hizo bien su parte: hasta hoy parece que ni las toca y eso que tiene apenas unos 120 años. Quizá sea porque también le tocó la bisagra de la evolución y las tortugas que le arriman se le antojan armadillos.

11 de enero de 2009

Hurto famélico

Un fin de semana largo del invierno de 1967 nos fuimos de campamento a la quinta Canale de Bella Vista. Seríamos cinco o seis, de unos trece años. No curtíamos de boy scouts, pero lo éramos y de la patrulla de los Bisontes de la tropa de La Lucila. La moda entonces y creo que también ahora consistía en parecer zaparrastrosos y mal entrazados. Ninguno de nosotros tenía pinta de explorador y no usábamos, jamás, el uniforme.

Pero aquel fin de semana había que ganar puntos y por eso decidimos hacer algo. No teníamos un peso, así que nos aprovisionamos en nuestras casas según un plan bastante bien trazado para resistir en las carpas en Bella Vista y jugar a las cartas y cocinar polenta y hacer alguna tropelía por los alrededores y volver victoriosos para enrostrar a los Zorros quiénes eran los mejores. Entonces yo era el jefe de la patrulla por renuncia de mi antecesor.

Viajamos en tren. Primero el Mitre hasta Retiro y luego el San Martín hasta Bella Vista, que entonces se llamaba Teniente General Pablo Ricchieri. Desde allí caminamos varios kilómetros hasta la quinta, que quedaba un trecho largo después de pasar la calle Gaspar Campos, en medio del campo, como su nombre lo indica. Era una chacra de la familia Canale que el dueño prestaba para campamentos, igual que la chacra Gallardo o algún regimiento de Campo de Mayo. Hacía un frío de pelarse: como en todos los campamentos de invierno lo difícil era pasar la noche en una tienda con el olor arrugado y húmedo de meses de desván.

Cuando nos levantamos al día siguiente, entre la bruma congelada de la madrugada y el olor concentrado de pis de vaca, descubrimos que los chanchos de don Canale nos habían comido nuestras provisiones. Habían lamido los platos y las ollas como un lavadero a presión. No nos quedaba ni plata ni comida y había que aguantar hasta el domingo a la tarde si no queríamos perder los puntos ni caer en el ridículo absoluto. Así que nos organizamos como la banda de Jesse James y caímos sobre el pueblo de Bella Vista...

Había que conseguir, por los medios que fuera, algo para comer esos días. Valía todo porque la necesidad lo exigía, pero lo suyo era mendigar a los almaceneros alguna prepizza, arroz, fideos o leche que nos permitiera subsitir. Nos dispersamos al entrar al pueblo y nos volvimos a encontrar en la estación a una hora señalada para volver al campamento con lo que consiguiéramos. Todos, menos Jorge Fernández Alonso, nos dedicamos con esmero a robar cosillas de almacenes, quioscos y supermercados. Nada de polenta: chocolates, mantecol, latas de paté, sardinas... y ropa. Nos probamos remeras y nos las llevamos puestas. Jorge -a quien llamábamos Frito- se hizo amigo de un almacenero que le dio de comer en su casa y lo llenó de regalos. Allí fuimos con nuestro botín a recoger más vituallas.

Después aprendí lo que era el hurto famélico. En la Facultad de Derecho y en la estación Retiro de Buenos Aires.

Un día de 1971 volvía en tren de San Isidro a Buenos Aires bastante tarde. El hambre y las ganas de comer un buen pebete de jamón y queso se juntaron de repente, así que me senté en el banco de los grandes de un bar alargado del gran hall de la estación Retiro. Gente de la noche tomaba grapas o ginebras y hablaría de fútbol o de mujeres o de carreras de caballos con la curiosa experiencia sabelotodo de los porteños, siempre lista para nunca decir que no sabe y que tampoco tiene la culpa. Cuando me trajeron mi cocacola y mi sándwich, un chiquito que no había visto se lo llevó como un relámpago. Mi propia distracción me apartó del cuidado de la botella que se tomó su hermanita, despreocupada y lo más campante, mientras caminaba para el otro lado.

Bien hecho. Por las remeras de Bella Vista.

7 de noviembre de 2008

A freír buñuelos

“Adolescentes ¿ellos o nosotros?” gritaba rebelde el título de una revista que tuve en mis manos por los años 60, cuando yo lo era sin remedio. Creo que el autor era Rodolfo Patuel, un tipo que llegó a pensar mucho y que se nos murió pronto. En aquellos días éramos rebeldes a los catorce y entusiasmaba endilgarle a los mayores su condición bastante precaria, por lo pronto más que la nuestra, a juzgar por el contenido del artículo. Al final concluía que los verdaderos adolescentes son los mayores porque les pasa lo mismo que a los que lo son por derecho propio, pero multiplicado por su edad.

Todavía los semiólogos discuten la etimología de la palabra. Parece que no viene de adolecer que según los diccionarios significa "...padecer alguna dolencia habitual; caer enfermo; tener o estar sujeto a vicios, pasiones o afectos, o tener malas cualidades, causar enfermedad o dolencia". Es decir que los adolescentes serían gentes a las que les faltan plata, aptitudes y hasta salud. Carestía de lo que fuera era lo que nos vendían entonces. Pero ahora resulta que entre los romanos la adolescentia no era una edad en la que se adolecía de algo o se sufriera. Dicen que en latín la palabra proviene del verbo adolesco, que no deriva de ad y doleo, sino de ad y oleo, un verbo que expresa la idea del ungido, "del crepitar de los fuegos sagrados; los que llevan y transmiten el fuego; el crecer, desarrollarse, desenvolverse la razón, el ardor". Los semiólogos son capaces de engañarnos a todos...

Sean tipos que carezcan de razón o de salud o se abrasen en el fuego sagrado, que es tres cuartos de lo mismo, se puede descubrir a un adolescente más por sus desplantes que por sus padecimientos. Son las respuestas adolescentes las que me están preocupando en nuestra América trasnochada de ideologías. Pero resulta que no son los verdaderos adolescentes los que las formulan.

Si fuéramos más pragmáticos mandaríamos a freír buñuelos a los que nos argumentan con razonamientos de teenagers aunque tengan edad para regalar. Como si la respuesta fuera suficiente y hasta sabia, nos quedamos tal cual, como antes de preguntar, porque no nos contestaron nada. Es la señal de los ideólogos latinoamericanos en casi todas las discusiones, igual en las cumbres de jefes de estado que en los abismos de la adolescencia nostálgica de pensamiento. Lo que resulta es un diálogo de sordos, o de mudos, que para el caso es lo mismo. Incoherencia fatal que vuelve estéril la reunión más pintada. Y así seguimos, sin avanzar ni retroceder.

Contesta como adolescente el sofista de barricada que se enfrenta con la policía que le exige que libere la ruta y argumenta que es más delito hambrear al pueblo con políticas neoliberales. Y el ideólogo de café y vino tinto que zafa con un “no le parece que debería hacerle esa pregunta al gobierno”. O el presidente que raja “usted es un mandado y se lo voy a demostrar” en lugar de contestar la pregunta con una respuesta adecuada a su obligación de funcionario público.

Pero resulta que últimamente muchos periodistas nos quedamos –me meto en el ruedo- con la respuesta quinceañera como si fuera buena y coherente. Y las escribimos en el diario o las difundimos por radio y televisión ¡como si fueran inteligentes! Cuando presidentes, gobernadores, diputados o intendentes salen con evasivas de adolescentes resulta que los periodistas no repreguntamos ni les exigimos que nos contesten la pregunta. Lo que indica que los periodistas nos volvemos a veces tan adolescentes como ellos. O peor: que nos tragamos los sapos de la política como se los tragan ellos... Nos cuadran estas magníficas palabras –también en primera persona- del viejo hijueputa de Allen Neuharth: “los periodistas nos vamos demasiado de copas con nuestras fuentes y acabamos convertidos en ellos, apresados en el síndrome de Estocolmo”.

Si. Deberíamos mandarlos a freír buñuelos en lugar de tomar copas con ellos.

3 de noviembre de 2008

La venganza de don Julio

El presidente de la Asociación del Fútbol Argentino se fregó en todas las opiniones y eligió a Maradona como director técnico de la selección nacional. Raro porque estaba peleado con el astro, pero no tan raro si se sabe que era el único modo de jorobarlo a Carlos Bianchi, con quien está más peleado todavía. Es decir que la elección de Diego Maradona no es para ganar el campeonato mundial de la FIFA ni la copa América: es para molestar al que realmente puede ganarlos. Parece que a don Julio Grondona no le interesa ganar otra cosa que no sea plata, mucha plata.

Hay que decirlo con todas las letras. Aunque sea el mejor jugador de fútbol que haya tenido jamás la Argentina, Diego Armando Maradona es un adicto maleducado y pendenciero.

Maradonas hay por todos lados. Son esos astros que se malogran, mareados por el éxito y quizá por una falta congénita de resto moral para enfrentarse con el dinero y la fama. A eso se suman los malos amigos (las malas compañías se decía en mi adolescencia) que solo sirven para la diversión y el trago. Pero aunque haya muchos maradonas, hay muchos más ídolos ejemplares a quienes el éxito no se les sube a la cabeza, no se creen dioses ni desafían al planeta. Usan el dinero para ellos y para otros que lo necesitan más que ellos. Se ocupan de sus familias y de su salud. Saben que la suerte y el esfuerzo los han puesto en el pedestal de la fama y que muchos jóvenes los imitarán. Eso los alienta a comportarse como personas y no como animales (con el perdón de todos ellos).

Es fácil imaginar a don Julio Grondona haciendo migas con Alfio Basile porque son tal para cual, hasta en el modo de hablar aguardentoso y sobrador. Carlos Bianchi no encaja en ese casillero: ese estilo no le va al mejor técnico argentino, capaz de sacar campeón lo que le pongan delante. Por eso había un peligro después de la renuncia de Basile a la selección nacional. Todos lo sabíamos. Hasta el periodismo deportivo, que sabe aprovechar los exabruptos y la idiotez, hizo fuerza para que, a pesar de sus diferencias con Grondona, sea Bianchi quien reemplace a Basile. Salía primero en todas las votaciones y aporto que no sería una mala idea elegir al seleccionador nacional por el voto popular, como a los presidentes y gobernadores.

Pero ocurrió lo inevitable. No podía ser de otro modo. Es la histeria nacional que malogra nuestro futuro una y otra vez. Hace tiempo que la Argentina actúa colectivamente como si alguien le hubiera envenenado la voluntad. Elegimos el insulto en lugar de la sabiduría, el show en lugar del trabajo, la vanidad en lugar de la humildad, el alarido en lugar de la calma, la guerra en lugar de la paz... Si la selección Argentina tenía alguna posibilidad de ganar el próximo campeonato del mundo, ahora lo que tiene es la gran oportunidad de convertirse en un cabaret de primer orden. Con mercadería de la mejor calidad, de esa que sólo consiguen nuestros astros idolatrados. Diversión no va a faltar. Ni excentricidades. Ni dinero que las pague para alimentar al empobrecido público nacional. Por eso Maradona era también el candidato de los Kirchner.

Alguien dijo que no había otra salida y que nadie quiere dirigir la selección contra la opinión de Maradona, porque escorcha al más pintado con sus comentarios repetidos hasta el infinito por todos los medios del país. Es otro vicio nacional: no tener agallas para enfrentarse contra la estupidez bobalicona de los famosos.

Pero hay todavía otra explicación... terrible. Es evidente que el vértigo de la fama le hace un daño incalculable a Diego Armando Maradona. Tanto que lo ha llevado más de una vez hasta el umbral de su mausoleo, eso sí, acompañado de toda la imbecilidad nacional. Julio Grondona no puede no saberlo y a pesar de ello acaba de elegirlo en la anciana soledad de su gobierno despótico de la Asociación del Fútbol Argentino. Para nombrarlo ha tenido que hacer las paces con el astro. Algunos dicen que es la venganza de don Julio.

14 de octubre de 2008

Lorenzo

Volvíamos del colegio arrastrando las tardes perezosas de San Isidro. Mi hermano mayor decidía el camino y también las paradas: mirábamos aviones para armar en la vidriera de Marietta o robábamos sin querer algún chocolate en Bonafide y hasta rezábamos en la puerta cerrada de la catedral. Al llegar a casa tomábamos café con leche y pan con manteca en cantidades que asustan. A las cinco en punto prendíamos la radio para oír una lista impenetrable de kurnikovas y estravinskis y algún Antonio perdido de tanto en tanto. La voz solemne de Radio Nacional pedía antes y después que quienes conocieran a alguno de los nombrados dieran cuenta a un número de teléfono. Aclaraba que eran desaparecidos en las guerras y buscados por sus parientes de distintos lugares del planeta. La Guerra Mundial había terminado hacía unos 20 años.

Esperábamos en vano que nombraran a Lorenzo Rubinstein, un vagabundo que vivía en la glorieta de los fondos de una casa de la parroquia que llamábamos La Fundación. Era uno de los linyeras de San Isidro, como el loco Pedro, que manejaba en alpargatas su camión de aire por las calles empedradas de adoquines, o María, la de los ojos azules y la boca sucia, que dirigía el tráfico con autoridad de mariscal. Decían que Lorenzo había sido mayordomo en la quinta de los Anchorena y que tenía derecho a habitar aquellos fondos al final de la barranca. Tenía mala bebida y pésimo genio. Reaccionaba con furia cuando lo provocábamos, que era uno de nuestros deportes de entonces. Hasta desbarrancó unos escombros desde arriba la loma con ganas merecidas de aplastarnos. A veces andaba con un cuchillo con el que pelaba las gallinas que le regalaba otro antiguo empleado de los Anchorena. Las cocía enteras, con la cabeza enganchada en el borde de la lata renegrida. Parece que don Peruca –que ahora era carnicero- también le prestaba el baño de su casa. Nunca supimos si era un criminal de guerra o un pobre enajenado por los desastres de la historia, pero muchas veces sospechamos que su locura era una cortina de humo.

Cuando hago el cálculo, me sale que Lorenzo debió nacer con el siglo veinte. La guerra lo habría pescado a los 40 en el peor lugar de Europa. Pudo ser oficial del ejército alemán, judío enloquecido por los horrores de la persecución o un eslavo perdido entre las ingenierías étnicas soviéticas. No pudimos sacarle más que ese nombre de mentira y unos pocos insultos en castellano. Hablaba mucho, solo o con nosotros, pero con palabras imposibles. Si éramos varios nos contaba uno por uno en troposlovaco. Tenía el pelo blanco y largo. Y la cara polaca, digo ahora, después de conocer la de Juan Pablo II.

Cada vez que ocurre una catástrofe se me ocurre que muchos sentirán la tentación de hacerse humo, mientras los servicios de inteligencia blanquean muertos que guardan en sus placares de acero inoxidable: unos se hacen los muertos y otros mueren por fin. Me recordó a Lorenzo el que se hizo pasar por cónsul de Chile para anunciar su muerte en el accidente se Spanair en Barajas. En todas las catástrofes habrá gente más o menos pirada que se libra de una vida acorralada y se convierte en Lorenzo, que vivía como hoy le gustaría a miles de turistas de la ecología, pero gratis.

3 de octubre de 2008

El Pichincha nos proteja

Camilo José Cela se divierte con la nuca espeluznada del protagonista de Madera de héroe, una buena novela sobre la similitud entre el coraje y el pánico. No sabía don Camilo de himnos y canciones patrias americanas y de nuestra emoción cuando cantamos el himno nacional, cada uno el suyo. Fueron épocas heroicas y románticas las de nuestros himnos, pletóricos de glorias inmarcesibles de laurel ceñidas, de faustas diademas y gorros triunfales... no entendíamos ni jota cuando aprendimos a cantarlos y eso que nos toca la parte abreviada. Todos nuestros himnos son largos y de una poesía esdrújula, pero a la vez son heroicos y libertarios y nos prometen la muerte antes que vivir esclavos. Los cantamos a voz en cuello como el primer día lo hicieron nuestros próceres antepasados: “¡Coronados de gloria vivamos, o juremos con gloria morir!”, gritamos los argentinos antes de enfrentarnos a una muerte segura -y sin pena ni gloria- contra la selección de bádminton de Singapur.

En la vieja Europa les debe sonar a herejía decimonónica: ellos prefieren vivir, aunque sea en pésimas condiciones. Los americanos mestizos, los del Sur, preferimos en cambio, que nos maten antes que no ser libres. Estoy seguro de que fue el mestizaje el que produjo semejante virtud y también la geografía de límites infinitos y la inmigración europea que se mezcló con la raza americana. Ellos vinieron buscando la libertad que no tenían en su patria. La conquistaron segundones y criminales y la poblaron los marginados por el hambre, la pobreza y la intolerancia. Juntos crearon las patrias que ahora integran Iberoamérica.

Quienes prefieren un hilo de vida como valor superlativo son los eternos amigos de las limitaciones, sean europeos, americanos o filipinos. Ellos aman los reglamentos y las cortapisas. Entre los libros eligen los diccionarios. Cuando van al campo disfrutan con los alambrados. En el estadio, en lugar de mirar las jugadas, siguen al árbitro. De la calle prefieren las líneas amarillas. Se sienten seguros entre barreras, peajes, cadenas y guardianes, y se abrigan con horarios y tablas periódicas.

“¡Orientales, la Patria o la tumba!/ ¡Libertad o con gloria morir!”, canta bizarro el coro del himno uruguayo, y sigue: “¡Es el voto que el alma pronuncia/ y que heroicos sabremos cumplir!”. El de Chile en una estrofa desenvaina la espada: “Si pretende el cañón extranjero/ nuestros pueblos osado invadir;/ desnudemos al punto el acero/ y sepamos vencer o morir”, y el coro responde: “Dulce Patria, recibe los votos/ con que Chile en tus aras juró/ que, o la tumba serás de los libres,/ o el asilo contra la opresión”. El coro del de Bolivia lo reafirma con otro juramento, también en el altar de la Patria: “De la Patria, el alto nombre/ en glorioso esplendor conservemos/ y, en sus aras de nuevo juremos:/ ¡morir antes que esclavos vivir!”. Brasil no se queda atrás y le anuncia a la Libertad, por si no lo sabe: “Em teu seio, ó Liberdade. Desafia o nosso peito a própria morte!”. “Paraguayos, ¡República o muerte!”, canta con bronca contenida el himno guaraní. El del Perú se pone serio y desafía al mismo sol: “Somos libres, seámoslo siempre/ y antes niegue sus luces el sol,/ que faltemos al voto solemne/ que la patria al Eterno elevó”.

Hace pocos años me hubiera costado meses conseguir las letras completas de los himnos nacionales americanos. Ahora los encontré en cinco minutos: maravillas de la red... Todas son impagables y las conocemos poco porque solo cantamos coros y estribillos. El del Ecuador es fantástico y es el resumen latinoamericano de nuestro eterno juramento:

Y si nuevas cadenas prepara
la injusticia de bárbara suerte,
¡gran Pichincha! prevén tú la muerte
de la Patria y sus hijos al fin;
hunde al punto en tus hondas entrañas
cuanto existe en tu tierra, el tirano
huelle solo cenizas y en vano
busque rastro de ser junto a ti.

No tengo dudas de que la libertad está a salvo en nuestra América. El que nos quiera esclavizar se tendrá que enfrentar hasta con la furia del Pichincha, pero sobre todo con las ansias infinitas de libertad de su pueblo soberano.

11 de septiembre de 2008

Monjita de aeropuerto


“Solicita-se a os senhores passageiros do vôo...” susurraban como una cantinela Paco Gómez Antón y Juan Antonio Giner cuando llegaron a Buenos Aires en 1986: se les había pegado en el aeropuerto de Río de Janeiro. Cuenta Paco en Desmemorias cómo les sorprendían en América las voces que seducen a los pasajeros en lugar de amenazarlos con rugidos españoles tallados a cuchillo.

Entonces en Ezeiza –el aeropuerto grande de Buenos Aires– buscaban al señor Carlos Soria a cada rato por los altavoces: para que se presente en la cabina de tráfico, en el mostrador de informaciones o en la oficina de objetos perdidos. La primera vez que oí su nombre pensé que Carlos andaría allí por casualidad, quizá de paso hacia otro destino o se le habría perdido a quien lo iba a buscar. También supuse que sería coincidencia de nombres con algún empleado local, hasta que un buen día me fui investigar al lugar donde lo requerían: “yo también estoy buscando a Carlos Soria”. Entonces me explicaron con un glup en la garganta que Carlos Soria era el nombre en clave para llamar a los agentes de Interpol que vagaban por mostradores y tenderetes de Ezeiza a la caza de algún tránsfuga. Pero recién cambiaron la clave cuando una vez se presentó el verdadero don Carlos Soria a preguntar quién lo buscaba con tanta insistencia.

Se llamen como se llamen los espías, más de una vez he pensado que debería denunciar un hecho sorprendente a la policía... o a la Guardia Suiza: en todos los aeropuertos de América latina hay una monjita. Como Zelig, tiene una formidable capacidad de mimetizarse: cambia de edad, de hábito y de lugar. A veces está sola y otras la encuentro acompañada por una banda de uniformadas. La veo antes de salir y me la vuelvo a encontrar en el destino aunque no haya viajado en mi avión. La he visto de azul y de blanco. También de gris, de marrón y hasta con guardapolvo igualitario de mucama, presumo que cuando va de superiora. En cambio, si anda de última generación va más oronda y de hábito generoso por las colas de migraciones o los escáners anti granadas. Cuando llego a un aeropuerto la busco con ansiedad: cada nuevo viaje pienso que esta vez no aparecerá. Pero no, ahí está en la fila de Taca: nunca en los bares ni el las peceras de fumadores a pesar de lo que digan algunos. Tampoco en el diutifrí perfumado por luengas azafatas de Kenzo.

Una vez dije esta es la mía, aquí no habrá monjita. Llegaba a una pista abierta como un tajo en la selva de la Amazonía ecuatoriana. Ya nos habíamos subido a la avioneta de seis plazas que nos llevaría a Shell cuando el piloto dejó de mover clavijas y se apoltronó en el asiento con un resoplido. Le pregunté qué pasaba y me contestó que esperaba a la monjita. Me quedé loco y empecé a mirar para todos lados: selva y sol y nubes y al fondo las chozas de los achuar. Siempre que viene un avión –me explicó el piloto- las monjitas aprovechan para mandar correo a Quito. ¿Qué monjitas? pregunté seguro de que en la selva no podía haber de ninguna ganadería. Aquella, me mostró y venía una blanquísima caminando por el medio de la pista; con un sobre manila se protegía del sol del mediodía. Y siguió el piloto: son hermanitas peruanas muy buenas que se ocupan de mantener cristianos a los pueblos donde no llegan los curas...

20 de julio de 2008

Semiología política

En la Argentina los próceres son militares. Las calles tienen escalafón descendente del centro a las periferias y las estatuas llevan charreteras y entorchados. Los generales desafían ecuestres la intemperie en padrillos imposibles de bronce y guano. Los almirantes otean el horizonte inmortales en columnas de granito y floripondio con sus medallas al viento. Los viejos barcos de guerra sobreviven en las dársenas muertas del antiguo puerto de Buenos Aires: allí alegran la vista de restaurantes y tenderetes de moda. Mientras aparezca algo mejor, gastan alas y fuego de cemento para celebrar las batallas de la guerra de las Malvinas. El himno, las banderas y los escudos son símbolos tan militares como los botones dorados y las lágrimas cuando izan la bandera o soplan los primeros acordes del himno nacional en sus cornetas de independencia y libertad: “Oíd mortales el grito sagrado...”

Las banderas tienen una relación secreta con las naciones... o los países vienen empaquetados con colores, olores y sabores. Quizá por eso la patria tiene colores y flor y ave y bandera y también escudo y hasta postre nacional. Los gringos se volverían brasileños si las barras fueran verdes y las estrellas amarillas y España no tendría fuego ni sol con un pabellón anaranjado. Los símbolos patrios rigen la vida, pero no tanto como las comidas o los partidos de fútbol. Boca Júniors es una religión y al argentino que no le gusta el dulce de leche se lo fusila por traidor. Símbolos tienen los clubes, los colegios y las familias. También las empresas, los obispos, los municipios, los regimientos, las academias y los barcos.

Mientras el poder peleaba por sacarle el dinero a los productores rurales, ellos le birlaron los símbolos de la patria. El matrimonio presidencial abusó de las palabras huecas y se quedó sin signos. En 100 días el gobierno perdió hasta la bandera argentina y solo usó las pletóricas de rabia de un partido. Al himno nacional se lo quedaron los opositores y lo cantaron cada diez minutos en las calles al ritmo de sus cacerolas. Las marchas militares dan grima a las autoridades setentistas y hasta los galones de los boy scouts los ponen nerviosos. Para colmo los Kirchner son de Rácing -no de River ni de Boca-, que casi se pierde en las ciénagas del descenso.

El gaucho, las botas, el poncho, el mate, las espuelas y la guitarra son de la oposición campestre que se levantó contra las retenciones exageradas a las exportaciones de granos. También la chacarera, la cueca y el chamamé y ahora resulta que cantar la zamba de la Esperanza es un delito federal porque los gauchos son golpistas. La empanada, el puchero, la mazamorra y el alfajor están desterrados porque la presidente se puso a dieta de grasas y calorías y su marido tiene a raya su colon irritable. La vaca y el caballo son del campo, también los chanchos, las ovejas, los gallinas batarazas y los perros cimarrones. Por eso son opositores el chorizo, el bife, el asado, los chinchulines y hasta el huevo quimbo. El poder perdió también los símbolos religiosos en su pelea con obispos y prelados: se quedó sin la Virgen de Luján, la del Valle y la de Itatí. Perdió la Cruz, pero también la Estrella de David por culpa de Hugo Chávez y sus amigos iraníes y ni siquiera le quedó el turbante del Profeta por que es propiedad de su antecesor y contrincante capicúa. Los ruralistas opositores llevan en sus solapas la escarapela argentina y en sus marchas pasean sin remilgos ni vergüenzas a la Inmaculada y a todo el santoral.