Semiología política

En la Argentina los próceres son militares. Las calles tienen escalafón descendente del centro a las periferias y las estatuas llevan charreteras y entorchados. Los generales desafían ecuestres la intemperie en padrillos imposibles de bronce y guano. Los almirantes otean el horizonte inmortales en columnas de granito y floripondio con sus medallas al viento. Los viejos barcos de guerra sobreviven en las dársenas muertas del antiguo puerto de Buenos Aires: allí alegran la vista de restaurantes y tenderetes de moda. Mientras aparezca algo mejor, gastan alas y fuego de cemento para celebrar las batallas de la guerra de las Malvinas. El himno, las banderas y los escudos son símbolos tan militares como los botones dorados y las lágrimas cuando izan la bandera o soplan los primeros acordes del himno nacional en sus cornetas de independencia y libertad: “Oíd mortales el grito sagrado...”

Las banderas tienen una relación secreta con las naciones... o los países vienen empaquetados con colores, olores y sabores. Quizá por eso la patria tiene colores y flor y ave y bandera y también escudo y hasta postre nacional. Los gringos se volverían brasileños si las barras fueran verdes y las estrellas amarillas y España no tendría fuego ni sol con un pabellón anaranjado. Los símbolos patrios rigen la vida, pero no tanto como las comidas o los partidos de fútbol. Boca Júniors es una religión y al argentino que no le gusta el dulce de leche se lo fusila por traidor. Símbolos tienen los clubes, los colegios y las familias. También las empresas, los obispos, los municipios, los regimientos, las academias y los barcos.

Mientras el poder peleaba por sacarle el dinero a los productores rurales, ellos le birlaron los símbolos de la patria. El matrimonio presidencial abusó de las palabras huecas y se quedó sin signos. En 100 días el gobierno perdió hasta la bandera argentina y solo usó las pletóricas de rabia de un partido. Al himno nacional se lo quedaron los opositores y lo cantaron cada diez minutos en las calles al ritmo de sus cacerolas. Las marchas militares dan grima a las autoridades setentistas y hasta los galones de los boy scouts los ponen nerviosos. Para colmo los Kirchner son de Rácing -no de River ni de Boca-, que casi se pierde en las ciénagas del descenso.

El gaucho, las botas, el poncho, el mate, las espuelas y la guitarra son de la oposición campestre que se levantó contra las retenciones exageradas a las exportaciones de granos. También la chacarera, la cueca y el chamamé y ahora resulta que cantar la zamba de la Esperanza es un delito federal porque los gauchos son golpistas. La empanada, el puchero, la mazamorra y el alfajor están desterrados porque la presidente se puso a dieta de grasas y calorías y su marido tiene a raya su colon irritable. La vaca y el caballo son del campo, también los chanchos, las ovejas, los gallinas batarazas y los perros cimarrones. Por eso son opositores el chorizo, el bife, el asado, los chinchulines y hasta el huevo quimbo. El poder perdió también los símbolos religiosos en su pelea con obispos y prelados: se quedó sin la Virgen de Luján, la del Valle y la de Itatí. Perdió la Cruz, pero también la Estrella de David por culpa de Hugo Chávez y sus amigos iraníes y ni siquiera le quedó el turbante del Profeta por que es propiedad de su antecesor y contrincante capicúa. Los ruralistas opositores llevan en sus solapas la escarapela argentina y en sus marchas pasean sin remilgos ni vergüenzas a la Inmaculada y a todo el santoral.