Posadas es tan cuadriculada que la mano cambia en cada bocacalle: si en una los autos vienen por la derecha, en la siguiente vendrán por la izquierda. No importan subidas o bajadas ni las irregularidades del cerro Pelón. Por eso Luchín maneja en zigzag. Pasa por la derecha las que tienen tránsito desde la izquierda y por la izquierda las que lo tienen a la derecha. No disminuye la velocidad en los cruces porque con esta artimaña es casi imposible que lo choquen. Además, así sortea al bies los badenes y cunetas que se llevan los raudales al Paraná.
Luchín usa mitones de punto y cabritilla para manejar y tiene un par en cada auto, contando el camión y la camioneta, que así llama a un engendro inmenso de la Volkswagen y a una pick up Chevrolet que usan para ir a la casa de la laguna en el Yverá. El auto de carrera era uno blanco que les dejé prestado cuando me tuve que ir de viaje unos meses a España porque el poder se ensañaba con el diario.
Un buen día nos fuimos a Ituzaingó en el Honda, que no tiene más nombre que su color colorado. Ana lo acompañaba y yo viajaba atrás. Tenía el parabrisas astillado con un impacto gordo en el lado derecho: me contaron que fue una cigüeña que casi se les mete adentro cuando venían de Corrientes. Esa mañana lloviznaba y hacía frío, pero sabíamos que mejoraría el clima a tiempo para llegar al asado en la casa de la barranca de los Caamaño. Cuando pasó un ángel en un silencio de nuestra conversación Luchín prendió al radio. Daban una linda canción en francés. Después otra. Luego una voz metálica, en francés profesional, nos explicó lo que acabábamos de oír. Siguió la cortina musical. Y la météo con voz esperanzadora y esta vez en francés ansioso: lloviznas y frío, pero se espera que escampe al mediodía. La hora que dieron era casi la misma de nuestros relojes, posiblemente descalibrados. Luchín miró el suyo sin darle importancia.
17 de octubre de 2010
12 de agosto de 2010
Asiento equivocado
Se me pasó el tiempo volando mientras esperaba el avión a Rio de Janeiro en el bar del aeropuerto de Belo Horizonte. Cuando oí el llamado por los altavoces pagué mi caipirinha y me metí en el finger ya vacío y con sensación de llegar tarde. El avión estaba casi lleno y para colmo un mineiro grandote ocupaba mi asiento lo más Pancho. Protesté a la azafata, que al ver mi boarding pass me dio toda la razón. El intruso se mudó rezongando a otra butaca que mi amiga le señaló con el dedo arqueado de tanta autoridad. Acomodé mis piernas como pude en el 27J y apoyé la cabeza en el respaldo con un sueño mortal. Fue entonces cuando la tierna voz de la azafata nos dio la bienvenida al vuelo nosecuántos a Brasilia.
20 de junio de 2010
Despertar
Los barcos son máquinas de dormir. Una cuna gigante que se mece y ronronea para los viajeros que no tienen nada que hacer. Lo comprobé la primera vez que dormí en el Vapor de la Carrera entre Montevideo y Buenos Aires. No hay despertar como el del mar y no hay luz del amanecer como en la mar. Itá Ybaté era un barco todo el día y tantos pueblos de Corrientes; un motor eterno y acompasado les daba luz. Cuando tarde y ya en la cama se apagaba el de las estancias parecía que te quedabas sordo. Pero mejor que dormir es el tiempo que lleva despertar, cuando todavía no sabe uno dónde está ni qué día es. Para Bioy Casares no había nada comparable a despertar en un camarote de tren al oír los pasos en la grava de una estación desconocida. Una vez me despertó un ratón que escarbaba entre el pelo de mi cabeza. Fue en un campo cerca de Trenquelauquen y solo a la mañana y bien despierto entendí lo que había pasado. En San Lorenzo oíamos desde la cama el ritmo de una papalota que pegaba sus alas contra el piso para darse vuelta. Se pasaba la noche a intervalos perfectos entre intentarlo y descansar. “Parece un faro” dijo el hermano de Gabriel García Márquez que oía desde la hamaca el balido circular de un cordero. En la Villa Adelaida dormíamos con un murciélago que daba vueltas a la araña del cuarto, hasta que se colgaba en su viga al amanecer. Un día lo bajamos con una toalla ajena. El sueño que más me despertaba era el de Lucas. Su padre pasaba noches enteras rezando de rodillas al lado de su cama cuando no había caso con las drogas y se había vuelto una piltrafa adolescente. No había quién lo ayudara. Solo Dios, que siempre oyó al padre de Lucas y un buen día nos lo despertó.
17 de junio de 2010
Ángel Anaya
Almorcé con Esteban Morán y Carlos Soria en un restaurante de la avenida de Bruselas de Madrid. Los dos eran profesores en la Universidad de Navarra cuando hacía el doctorado, hace ya unos cuantos años. Con ambos he recorrido gran parte de España entre conferencias, visitas a amigos comunes y otras aventuras académicas. Disfrutamos de comidas largas y pausadas, que ahora las interrumpe la urgencia de Esteban por volver a su casa a ocuparse de Chon, su mujer. La pobre tienen Alzheimer y a una hora en punto de la tarde la chica boliviana que la atiende debe descansar.
Esteban me preguntó por Ángel Anaya, un amigo argentino de quien hace tiempo que no tiene noticias. Se habían conocido cuando eran niños en Málaga, durante la Guerra Civil española y luego se vieron muchas veces en Madrid. Esteban es de 1923 y Anaya de 1924. Entre las historias que me contó esta vez aparecieron las de la guerra que Esteban llama Nuestra. Tenía catorce años cuando empezó y su padre había muerto cuatro años antes "por suerte, que si no, lo mataban los rojos". Su madre y sus hermanas lo mandaban a hacer las colas para conseguir alimentos y algunos días se los pasaba enteros en ello. Una vez se llevaron a uno de la fila porque alguien notó que estaba rezando con un rosario que llevaba en la mano adentro del bolsillo de la chaqueta. Bastó sacarle la mano del bolsillo y encontrar el rosario para llevárselo detenido quién sabe con qué final.
También presenció, ya terminada la guerra, la condena a muerte -luego indultada- del portero de su casa. Se lo encontró muy nacional y como si nada apenas las tropas de Franco tomaron Madrid, a donde Esteban entró con los primeros contingentes. Su casa estaba ocupada por unos catalanes a quienes les habían asignado el piso vacío. Hasta ahí todo bien, pero parece que durante los días más duros, el portero denunció a una monja que vivía escondida en uno de los pisos y se quedó con todas las pertenencias -y hasta se instaló en el piso- de un gerifalte de la marina que vivía en otro, a quien la guerra le había cogido en El Ferrol.
Cuando terminó aquel drama, Esteban empezó su carrera en la marina mercante española y Anaya volvió a la Argentina. En ambos un buen día despertó el gen del periodismo que tenían dormido en algún lugar del corazón.
El Comodoro, como lo llamamos los amigos, suponía que no conocería a Anaya por la diferencia de edades y suponía bien: solo recordaba haber visto su firma alguna vez y hace tiempo en La Nación.
Prometí buscarlo para volver a conectarlos, pero confieso -y lo dije- que no esperaba encontrarlo vivo. Ahí mismo le mandé un mensaje a Carlos Reymundo Roberts, un amigo del diario. Me contestó a la tarde, que para él era la mañana, cuando ya me había despedido de Carlos y Esteban. Lo habían enterrado hace apenas unas semanas.
Envié la noticia a Carlos y Esteban por correo electrónico. Pero como la computadora de Esteban está escacharrada hace unos días, suponía que no lo habría recibido. Hablé luego con él para comunicarle la noticia. Los tres estamos convencidos de que estas coincidencias no lo son, así que rezamos una oración por Ángel Anaya, a quien no conocí pero ya siento por él algo más grande que la amistad.
Esteban me preguntó por Ángel Anaya, un amigo argentino de quien hace tiempo que no tiene noticias. Se habían conocido cuando eran niños en Málaga, durante la Guerra Civil española y luego se vieron muchas veces en Madrid. Esteban es de 1923 y Anaya de 1924. Entre las historias que me contó esta vez aparecieron las de la guerra que Esteban llama Nuestra. Tenía catorce años cuando empezó y su padre había muerto cuatro años antes "por suerte, que si no, lo mataban los rojos". Su madre y sus hermanas lo mandaban a hacer las colas para conseguir alimentos y algunos días se los pasaba enteros en ello. Una vez se llevaron a uno de la fila porque alguien notó que estaba rezando con un rosario que llevaba en la mano adentro del bolsillo de la chaqueta. Bastó sacarle la mano del bolsillo y encontrar el rosario para llevárselo detenido quién sabe con qué final.
También presenció, ya terminada la guerra, la condena a muerte -luego indultada- del portero de su casa. Se lo encontró muy nacional y como si nada apenas las tropas de Franco tomaron Madrid, a donde Esteban entró con los primeros contingentes. Su casa estaba ocupada por unos catalanes a quienes les habían asignado el piso vacío. Hasta ahí todo bien, pero parece que durante los días más duros, el portero denunció a una monja que vivía escondida en uno de los pisos y se quedó con todas las pertenencias -y hasta se instaló en el piso- de un gerifalte de la marina que vivía en otro, a quien la guerra le había cogido en El Ferrol.
Cuando terminó aquel drama, Esteban empezó su carrera en la marina mercante española y Anaya volvió a la Argentina. En ambos un buen día despertó el gen del periodismo que tenían dormido en algún lugar del corazón.
El Comodoro, como lo llamamos los amigos, suponía que no conocería a Anaya por la diferencia de edades y suponía bien: solo recordaba haber visto su firma alguna vez y hace tiempo en La Nación.
Prometí buscarlo para volver a conectarlos, pero confieso -y lo dije- que no esperaba encontrarlo vivo. Ahí mismo le mandé un mensaje a Carlos Reymundo Roberts, un amigo del diario. Me contestó a la tarde, que para él era la mañana, cuando ya me había despedido de Carlos y Esteban. Lo habían enterrado hace apenas unas semanas.
Envié la noticia a Carlos y Esteban por correo electrónico. Pero como la computadora de Esteban está escacharrada hace unos días, suponía que no lo habría recibido. Hablé luego con él para comunicarle la noticia. Los tres estamos convencidos de que estas coincidencias no lo son, así que rezamos una oración por Ángel Anaya, a quien no conocí pero ya siento por él algo más grande que la amistad.
1 de mayo de 2010
Malecón

Hay gente siempre y por todos lados. No turistas: cubanos que parece que no tienen nada que hacer. También iban y venían por encima del muro o lo cruzaban para meterse en el mar o pescar algo en las rocas.
Debía creerme uno de ellos cuando se me puso a la par un moreno que parecía campeón de 100 metros llanos:
Tú no sabe loquéh una cubana aldiente n la cama.
No me interesa, le contesté.
Etonse tú quiele un cubano aldiente n la cama...
24 de marzo de 2010
Volantero
Era un mestizo con nariz de águila y facha de jujeño o boliviano, pero hablaba bien porteño. Me ofreció -en Lavalle y Suipacha y a las diez de la mañana- un volantito con una chica mostrando sus tetas exuberantes.
Esta vez no me hice el desentendido: le dije que no me gustaba su trabajo para un traficante de personas.
-¿Tenés alguien que pague 130 pesos por día? me preguntó confianzudo y agregó: volanteo de día y soy portero de noche; trabajo las 24 horas.
-Pero te paga un traficante de personas... lo interrumpí moralista y con cara de Stieg Larson.
-No señor: a mi me paga la chica.
-¿Es esa? le pregunte mientras señalaba con el mentón su volante.
-¡Noooo! Estas son de internet.
Esta vez no me hice el desentendido: le dije que no me gustaba su trabajo para un traficante de personas.
-¿Tenés alguien que pague 130 pesos por día? me preguntó confianzudo y agregó: volanteo de día y soy portero de noche; trabajo las 24 horas.
-Pero te paga un traficante de personas... lo interrumpí moralista y con cara de Stieg Larson.
-No señor: a mi me paga la chica.
-¿Es esa? le pregunte mientras señalaba con el mentón su volante.
-¡Noooo! Estas son de internet.
25 de enero de 2010
Lexington
Me acordé que no había comprado nada para llevar a mi casa en el aeropuerto JFK de Nueva York. Llamaban a embarcar así que me apuré y elegí rápido unos chocolates Lindt, de esos que podría comprar en cualquier mercadito de aeropuerto del mundo. Cuando quise pagar descubrí que no tenía ni un dólar en el bolsillo y me acordé con vértigo que había tirado unos 3.000 en el hotel.
Esa mañana había comprado un saco de seersucker muy neoyorquino, a rayas celestes y blancas, en Brooks Brothers de la Quinta avenida. También en ese viaje y en plena convertibilidad -un peso un dólar- había comprado algunas otras cosillas de computadora por teléfono a una tienda virtual que te venden a tu abuela y te la mandan en cajas de buen cartón acondicionada en ñoquis de telgopor. Como la plata me molestaba en el bolsillo del pantalón puse el fajo en la bolsa de Brooks Brothers. Era el 24 de junio de 1995 y esa zona de la ciudad estaba revolucionada por la manifestación anual de los gays que le hacían pito catalán a la catedral de San Patricio rodeada de policías.
Los dólares habían quedado en el fondo de la bolsa que usé para tirar el resto de papeles y los ñoquis de spyrofoam que volaban por el cuarto o se pegaban a mi ropa en las escaramuzas de mi batalla contra la valija.
Después de pagar el hotel con tarjeta de crédito me fui caminando a Grand Central Terminal a tomar el ómnibus de alumnio que tenía contratado desde mi llegada unos días antes.
En el cuarto quedó la bolsa de Brooks Brothers con 30 retratos de Benjamín Franklin en el fondo, apilados y doblados al medio con prolijidad virginiana. Y yo en el aeropuerto con apenas unas moneditas y la urgencia de embarcar...
¡Moneditas!
Salí disparado a un teléfono y marqué el número del hotel tal como estaba en la factura. Me atendió un conserje al que le pedí hablar con el gerente. No sé con quién me dieron, pero le expliqué que estaba en sus manos y que solo quería avisarles que acabada de tirar 3.000 dólares en la habitación 314. "Hold down" me pidió, mientras el finger se comía la cola de American Airlines y la estática del teléfono me mordía la columna vertebral. "I found it" me dijo al volver, como si hubiera encontrado una alpargata abajo del ropero. Entonces me prometió que giraría esa plata con un cheque a mi dirección en Buenos Aires. No me acordaba de la cifra exacta así que le dije que se quedara con el diez por ciento. Colgué y me subí el último en el avión.
Tres meses después escribí al hotel por si se habían olvidado de mi giro. Me devolvieron copia del cheque por 2.700 dólares, ya cobrado hacia tiempo en un banco de Asunción del Paraguay. Alguien había firmado con mi nombre -y con una letra horrible- en el dorso del cheque y mi plata volvía a perderse, pero ahora en la picaresca sudamericana.
Cuando se lo conté al gerente del hotel, me dijo que no había ningún problema y que me mandaría otro cheque, pero para eso tenía que hacer una declaración en la que aseguraba que esa firma tan fea no era la mía. Me fui a la embajada en Buenos Aires y me puse en la cola de los affidavit. Firmé un juramento tremebundo en el que negaba mi rúbrica para que el banco de Asunción le devuelva mi mosca al banco de Nueva York y para que los del Lexington la recuperen y me la vuelvan a mandar...
¡Jamás!
"No me la mande señor gerente, que ya tendré ocasión de ir a Nueva York a pedírsela en propias manos" le reclamé angustiado en mi siguiente carta que por suerte llegó a tiempo.
Volví a Nueva York en agosto y en octubre de 1996 y ahora ya no recuerdo en cuál de esos viajes pasé de nuevo por el Lexington. Me habían avisado que el affidavit había resultado y que de nuevo tenían mi plata billete sobre billete. Me los entregó un sij con turbante y barba negra en un sobre que decía Taj Majal Hotels. La oficina estaba muy desordenada y llena de papeles por todos lados. Cuando le agradecí y le prometía alojarme siempre en ese hotel me contestó que no podía ser: usted llegó el último día del Lexington; desde mañana será Radisson.

Los dólares habían quedado en el fondo de la bolsa que usé para tirar el resto de papeles y los ñoquis de spyrofoam que volaban por el cuarto o se pegaban a mi ropa en las escaramuzas de mi batalla contra la valija.
Después de pagar el hotel con tarjeta de crédito me fui caminando a Grand Central Terminal a tomar el ómnibus de alumnio que tenía contratado desde mi llegada unos días antes.
En el cuarto quedó la bolsa de Brooks Brothers con 30 retratos de Benjamín Franklin en el fondo, apilados y doblados al medio con prolijidad virginiana. Y yo en el aeropuerto con apenas unas moneditas y la urgencia de embarcar...
¡Moneditas!
Salí disparado a un teléfono y marqué el número del hotel tal como estaba en la factura. Me atendió un conserje al que le pedí hablar con el gerente. No sé con quién me dieron, pero le expliqué que estaba en sus manos y que solo quería avisarles que acabada de tirar 3.000 dólares en la habitación 314. "Hold down" me pidió, mientras el finger se comía la cola de American Airlines y la estática del teléfono me mordía la columna vertebral. "I found it" me dijo al volver, como si hubiera encontrado una alpargata abajo del ropero. Entonces me prometió que giraría esa plata con un cheque a mi dirección en Buenos Aires. No me acordaba de la cifra exacta así que le dije que se quedara con el diez por ciento. Colgué y me subí el último en el avión.
Tres meses después escribí al hotel por si se habían olvidado de mi giro. Me devolvieron copia del cheque por 2.700 dólares, ya cobrado hacia tiempo en un banco de Asunción del Paraguay. Alguien había firmado con mi nombre -y con una letra horrible- en el dorso del cheque y mi plata volvía a perderse, pero ahora en la picaresca sudamericana.
Cuando se lo conté al gerente del hotel, me dijo que no había ningún problema y que me mandaría otro cheque, pero para eso tenía que hacer una declaración en la que aseguraba que esa firma tan fea no era la mía. Me fui a la embajada en Buenos Aires y me puse en la cola de los affidavit. Firmé un juramento tremebundo en el que negaba mi rúbrica para que el banco de Asunción le devuelva mi mosca al banco de Nueva York y para que los del Lexington la recuperen y me la vuelvan a mandar...
¡Jamás!
"No me la mande señor gerente, que ya tendré ocasión de ir a Nueva York a pedírsela en propias manos" le reclamé angustiado en mi siguiente carta que por suerte llegó a tiempo.
Volví a Nueva York en agosto y en octubre de 1996 y ahora ya no recuerdo en cuál de esos viajes pasé de nuevo por el Lexington. Me habían avisado que el affidavit había resultado y que de nuevo tenían mi plata billete sobre billete. Me los entregó un sij con turbante y barba negra en un sobre que decía Taj Majal Hotels. La oficina estaba muy desordenada y llena de papeles por todos lados. Cuando le agradecí y le prometía alojarme siempre en ese hotel me contestó que no podía ser: usted llegó el último día del Lexington; desde mañana será Radisson.
13 de enero de 2010
Celular
El viernes a las 8.15 de la tarde dejé olvidado un maletín en el colectivo 132. Me di cuenta apenas cuatro minutos después de bajarme en la terminal de ómnibus de Retiro. Volví sobre mis pasos a toda carrera a buscar el colectivo, pero ya se había perdido en la galleta de tráfico de esa hora en Retiro. Me fui a una parada a ver si venía, pero solo encontré a un inspector. "¿Qué coche era?" preguntó y siguió "¿Tiene el boleto?". Lo tenía, ya empapado por el sudor, en el bolsillo de mi camisa. Me confirmó que el coche 28 -uno de los largos- ya estaba de nuevo en el recorrido. Mientras él buscaba al inspector de Córdoba y Florida con un Nextel yo llamé a Foncho Acuña, en El Territorio, para que avisen a la boletería de Río Uruguay en Retiro que iba a llegar con retraso al ómnibus.
Cuando el inspector me confirmó que habían encontrado mi maletín y que estaba en poder del chofer camino a la terminal del 132 en el Bajo Flores, volví corriendo a la terminal. En la boletería, dos plantas arriba, me avisaron que me esperaba en la calle, dos plantas abajo, enfrente al Carrefour. Seguí corriendo. Me dejaron subir al ómnibus por la cara ya que el ticket estaba en el maletín. Cuando hablé desde mi butaca con la terminal de Nuevos Rumbos, me advirtió cómplice Alberto Pérez que el 28 llegaría a eso de las 9.30 y que vaya a buscarlo ahora, porque "estas cosas desaparecen". Sebastián Rodríguez Loredo, el encargado de Expreso Jet en Buenos Aires, fue a buscarlo y me lo envió a la oficina cuando volvía de Posadas. Llegó con todo lo que llevaba, que no eran más que papeles, unos anteojos... y el tercer tomo de Millenium, de Stieg Larson.
Ahora tengo que recuperar páginas.

Ahora tengo que recuperar páginas.
13 de noviembre de 2009
Malos perdedores
En los partidos de fútbol de mi infancia y adolescencia mis amigos futboleros elegían a los jugadores después de sortear los turnos al pan y queso. Los que armaban los cuadros avanzaban enfrentados y alternados -uno pan, el otro queso- un pié tras otro, dedos con talón, hasta que uno pisaba al otro: ese era el ganador. Por queso nunca gané ni perdí al panqueso: era el último al que elegían y para colmo fungible. Me cambiaban de equipo en mitad del partido y mentían que era para balancear fuerzas: los que perdían pedían un jugador a los que ganaban y ahí iba yo, como un desecho, del ganador al perdedor cuando ya me había encariñado con mi escuadra. Otras veces me mandaban al arco, a ver si hacía algo con las manos ya que era evidente que no tenía habilidad con las piernas. Ahí duraba hasta el primer gol que venía irremediable con el siguiente ataque contrario. Todavía me suenan los gritos de los defensores que habían dejado escapar al enemigo: "¡Salile, salile!" Era un colador...
Nunca entendí por qué era una obligación jugar al fútbol; en el colegio, en el barrio, entre mis amigos y con quien sea. Y veían fútbol en la televisión aunque fuera el partido de Sacachispas contra Sportivo Barrufaldi. En una época también íbamos los domingos a la cancha, casi siempre a ver a River o Boca. Mientras ellos miraban el partido yo me divertía con el espectáculo y surfeaba las avalanchas que ellos sufrían por estar distraídos con el fútbol (creo que no hay más avalanchas en las tribunas: ahora hacen olas).
Podía soportar casi todo de mis amigos futboleros, menos el llanto. Nunca entendí a los que se enfurecen cuando pierden. Y confieso y declaro solemne que estos tipos tan machos y aguerridos, calzados con zapatos de estoperoles y camisetas auriazules, lloraban como marranos cuando perdían y ni saludaban a sus vencedores. Nunca lo soporté y lo siento mucho por ellos, aunque sé que no lamentaron para nada que dejara las canchas para no presenciar semejante costumbre.
No entendía y no entiendo todavía a los malos perdedores y después de años de observación he descubierto que son también malos ganadores: cuando ganan se regodean más en la humillación del vencido que en la gloria de la propia victoria. Si en los deportes se gana y se pierde debería ser tan probable una cosa como la otra y supongo que se disfruta más del éxito cuando se ha conocido la derrota. Los que solo quieren ganar pretenden que los otros solo puedan perder y eso debe ser una injusticia.
Los malos perdedores son sátrapas monopólicos del deporte. Malos compañeros y nada caballeros. Ahora los veo por televisión vestidos de Selección Nacional: señores grandes que hacen pucheritos porque salen segundos.
Ninguno de mis amigos futboleros llegó a político conocido, pero supongo que unos cuantos, iguales o peores que ellos, cambiaron de deporte cuando el músculo no les dió para más. En la política o como funcionarios hacen lo mismo que hacían en la cancha cuando éramos chicos. Son malos perdedores y peores ganadores. Solo quieren ganar y no saben para qué.
Nunca entendí por qué era una obligación jugar al fútbol; en el colegio, en el barrio, entre mis amigos y con quien sea. Y veían fútbol en la televisión aunque fuera el partido de Sacachispas contra Sportivo Barrufaldi. En una época también íbamos los domingos a la cancha, casi siempre a ver a River o Boca. Mientras ellos miraban el partido yo me divertía con el espectáculo y surfeaba las avalanchas que ellos sufrían por estar distraídos con el fútbol (creo que no hay más avalanchas en las tribunas: ahora hacen olas).
Podía soportar casi todo de mis amigos futboleros, menos el llanto. Nunca entendí a los que se enfurecen cuando pierden. Y confieso y declaro solemne que estos tipos tan machos y aguerridos, calzados con zapatos de estoperoles y camisetas auriazules, lloraban como marranos cuando perdían y ni saludaban a sus vencedores. Nunca lo soporté y lo siento mucho por ellos, aunque sé que no lamentaron para nada que dejara las canchas para no presenciar semejante costumbre.
No entendía y no entiendo todavía a los malos perdedores y después de años de observación he descubierto que son también malos ganadores: cuando ganan se regodean más en la humillación del vencido que en la gloria de la propia victoria. Si en los deportes se gana y se pierde debería ser tan probable una cosa como la otra y supongo que se disfruta más del éxito cuando se ha conocido la derrota. Los que solo quieren ganar pretenden que los otros solo puedan perder y eso debe ser una injusticia.
Los malos perdedores son sátrapas monopólicos del deporte. Malos compañeros y nada caballeros. Ahora los veo por televisión vestidos de Selección Nacional: señores grandes que hacen pucheritos porque salen segundos.
Ninguno de mis amigos futboleros llegó a político conocido, pero supongo que unos cuantos, iguales o peores que ellos, cambiaron de deporte cuando el músculo no les dió para más. En la política o como funcionarios hacen lo mismo que hacían en la cancha cuando éramos chicos. Son malos perdedores y peores ganadores. Solo quieren ganar y no saben para qué.
1 de noviembre de 2009
Libros regalados
Hurgaba en los estantes de libros usados de la librería El Río de San Isidro los sábados a la mañana cuando vivía por allí y compraba las novelas de a cinco, a muy buen precio y con descuento por cantidad. Un día apareció La guerra del fin del mundo, de Mario Vargas Llosa. La buscaba hacía tantos siglos que ya la creía en el Cementerio de los Libros Olvidados. Todavía tiene el precio escrito con lápiz en la primera página: 14 pesos, una broma. Después de pagarlo le dije al librero que valía muchísimo más que el monto ridículo que acababa de entregarle. Se encogió de hombros como si no le importara regalar sus tesoros mejor guardados. Después pensé que si los libros tuvieran sentimientos preferirían fecundar una inteligencia a quedarse para siempre en el anaquel de una librería y que eso explicaba su baratura. Desde entonces trato de prestar o regalar los libros que duermen aburridos en los estantes de mi biblioteca. En las manos de alguien les doy la oportunidad de mejorar este mundo.
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