Despertar

Los barcos son máquinas de dormir. Una cuna gigante que se mece y ronronea para los viajeros que no tienen nada que hacer. Lo comprobé la primera vez que dormí en el Vapor de la Carrera entre Montevideo y Buenos Aires. No hay despertar como el del mar y no hay luz del amanecer como en la mar. Itá Ybaté era un barco todo el día y tantos pueblos de Corrientes; un motor eterno y acompasado les daba luz. Cuando tarde y ya en la cama se apagaba el de las estancias parecía que te quedabas sordo. Pero mejor que dormir es el tiempo que lleva despertar, cuando todavía no sabe uno dónde está ni qué día es. Para Bioy Casares no había nada comparable a despertar en un camarote de tren al oír los pasos en la grava de una estación desconocida. Una vez me despertó un ratón que escarbaba entre el pelo de mi cabeza. Fue en un campo cerca de Trenquelauquen y solo a la mañana y bien despierto entendí lo que había pasado. En San Lorenzo oíamos desde la cama el ritmo de una papalota que pegaba sus alas contra el piso para darse vuelta. Se pasaba la noche a intervalos perfectos entre intentarlo y descansar. “Parece un faro” dijo el hermano de Gabriel García Márquez que oía desde la hamaca el balido circular de un cordero. En la Villa Adelaida dormíamos con un murciélago que daba vueltas a la araña del cuarto, hasta que se colgaba en su viga al amanecer. Un día lo bajamos con una toalla ajena. El sueño que más me despertaba era el de Lucas. Su padre pasaba noches enteras rezando de rodillas al lado de su cama cuando no había caso con las drogas y se había vuelto una piltrafa adolescente. No había quién lo ayudara. Solo Dios, que siempre oyó al padre de Lucas y un buen día nos lo despertó.