6 de agosto de 2007

Mihua

En el año 1983 Sendero Luminoso comenzó a atentar contra las torres de alta tensión que alimentan de energía varias ciudades del Perú. Muchas noches Lima quedaba en tinieblas, oscura como la sombra del carbón. No solo falta la luz cuando no hay energía eléctrica: no hay televisión, ni agua, ni calor, ni frío, ni semáforos, ni radares, ni lanzaderas, ni rotativas, ni los millones de zumbidos que arrullan los oídos en las ciudades. La negrura atrapa en lugares insólitos: en la ducha, en un ascensor, en el quirófano... algunos se mueren porque la energía no les marca el paso. Las heladeras pierden sentido y la comida se echa a perder. Cierran las oficinas, las tiendas, los bares y algún vivo se roba lo que puede del supermercado. Por las calles deambulan quienes intentan volver a sus casas a tientas y tropezones. En la oscuridad absoluta no se sabe qué pasa ni qué hay que hacer. Los que están en su casa no se atreven a salir y solo les queda la zozobra de esperar al marido, a la mujer o a los hijos. No había teléfonos móviles entonces, pero sin energía en las antenas tampoco hubieran funcionado. Muchos limeños, aterrados, se hundían en la ansiedad. A las tinieblas se agregaba la explosión de algún coche bomba, los secuestros y las masacres. Sendero Luminoso asesinó a más de 31.000 personas en esos años.


Entonces la voz de Miguel Humberto Aguirre –Mihua para todo el mundo– acompañaba a los limeños desde los estudios de Radio Programas del Perú. Cuando empezaron los atentados, en RPP compraron urgente dos generadores, uno para el estudio y otro para la antena de transmisión. Así se mantuvo en el aire, y en medio de la inmensa ansiedad, Mihua acompañaba y contenía a los oyentes con simpatía y le quitaba dramatismo al apagón: lo contrario de lo que buscaba Sendero Luminoso. Hoy los limeños reconocen a Mihua cuando habla. Lo he comprobado al acompañarlo en un taxi, andando por la calle o al pedir el menú en un restaurante. Todavía le queda un dejo chileno a este periodista que vive en el Perú desde el 15 de septiembre de 1973. Por casualidad estaba afuera de su país -en Brno, entonces Checoslovaquia- cuando el golpe de Pinochet. Y ya no volvió a su patria hasta el plebiscito que en 1988 le dijo no al general. "No quería pedir permiso para entrar a mi país" se excusa restándose importancia. Entonces ya era tarde para otra mudanza familiar y se quedó en el Perú.

La voz de Miguel Humberto Aguirre en los apagones de Lima sitiada por Sendero Luminoso es un paradigma del periodismo que cambia la realidad en lugar de mirarla desde afuera. Mihua no relataba el apagón: lo sufría junto con sus oyentes a quienes animaba, contenía y calmaba. En Radio Programas del Perú estaban seguros de la misión que debían cumplir en ese momento de la historia del país, pero también sabían muy bien que una radio siempre debe estar en el aire y con potencia. Hoy es la emisora con más audiencia y más credibilidad del Perú. También la más querida por los peruanos.

2 de agosto de 2007

Iberia y Alcazarquivir

José Saramago es un provocador infatigable y entretenido: hasta cara tiene de pícaro. Acaba de profetizar la integración de España y Portugal en una divertida entrevista que publicó Diário de Noticias de Lisboa el pasado 15 de julio. El nuevo país se llamará Iberia, producto de la unión de ambos y no de la anexión de uno por el otro. Madrid, en el centro de la península, seguirá siendo la capital. Portugal mantendrá su independencia cultural, como Cataluña, Galicia o el País Vasco y convivirán juntos en el espacio común europeo. La línea aérea no tendrá que cambiar de nombre y los reyes podrán volver a Estoril. Don José piensa que sería mucho más provechoso para España y Portugal integrar un país fuerte y poderoso, que haga oír su voz y sentir su peso en Europa como Francia o Alemania. Al final, las diferencias son tanto menores que las semejanzas y la unidad geográfica de ambas naciones es incontrastable. Saramago mismo es una muestra de ello: aunque nacido portugués, vive hace catorce años en Lanzarote (Islas Canarias) y su mujer es granadina.

El 4 de agosto de 1578 se libró la batalla de Alcazarquivir, cerca de Fez, en el norte de África. Es conocida también como la batalla de los Tres Reyes, porque allí murieron Sebastián de Portugal y los sultanes Muley al-Mutawajil y Abd el-Malij. Sebastián, con 24 años, había cruzado el estrecho con 16.000 hombres para auxiliar a Mutawajil en sus pretensiones al trono de Marruecos contra Malij, pero parece que andaba queriendo quedarse con una parte del reino magrebí y había prometido matar a todos los judíos de Marruecos si ganaba. Dicen que no había familia portuguesa que no tuviera un muerto en Alcazarquivir. También pelearon y murieron españoles, alemanes y franceses. Y los judíos de Marruecos todavía celebran su buena estrella.

Pero la consecuencia más interesante de la batalla de Alcazarquivir fue la unión de los reinos de España y Portugal. Felipe II, que era tío de Sebastián y nieto de Manuel II de Portugal, aprovechó el trono vacante y sin herederos para reclamar sus derechos y mandó a Lisboa al Duque de Alba con tropas suficientes para asegurarse la sucesión. Fue así que, desde 1580 hasta 1640, España y Portugal fueron un solo reino, como le gusta a Saramago. Y América también fue una sola porque se borró durante esos años la línea de Tordesillas. Todo era Iberia, desde los Pirineos a Lisboa y desde Oregón a Tierra del Fuego. Hasta el Amazonas y el País de la Canela, la indomable Nueva Andalucía, que Francisco de Orellana intentó conquistar primero desde Quito y luego desde el Atlántico.

No es la primera ni la segunda vez que España y Portugal piensan en la Unión Ibérica. Siempre existió entre ambos países un germen que tiende a juntarlos, nacido de la evidente unidad geográfica de ambas naciones y del sentido del destino común. En el siglo XIX intentaron más de una vez la unión dinástica de las coronas de España y Portugal para convertir a la península en un solo reino y hasta se creó una bandera que mezcla los colores de España y Portugal en cuatro partes iguales.

La unión de dos reinos por sucesión o por matrimonio era perfectamente natural a los contemporáneos de Felipe II y el pobre rey Sebastián. Pero si hace 50 años nos decían que iba a dejar de existir Alemania Oriental nos hubiéramos reído. Checoeslovaquia era una sola palabra, pero ahora resulta que son dos países. La Unión Soviética no solo cambió de nombre: desaparecieron la Unión y el Soviet. Ceilán ahora se llama Sri Lanka, y Birmania, Unión de Myanmar… Moldavia, Bielorusia y unos cuantos más estaban escondidos detrás de una cortina. Timor Oriental se desprendió de repente de Indonesia. Formosa figura en el mapa pero no existe para casi nadie por las presiones de China.

A la vez que se borran las fronteras entre los países se exacerban las nacionalidades más pequeñas, localistas, basadas en la tradición del propio valle, necesitadas de su folclore y del ancla en el terruño. Es un movimiento centrípeto producido por su contrario, centrífugo, de los grandes bloques continentales. Hoy pueden Portugal o el Algarbe integrar perfectamente las autonomías españolas como una más, sin que se mueva un pelo a nadie. De hecho, Cataluña es más independiente de España que Portugal, hipercolonizada por empresas españolas. Y es más probable encontrar una bandera española en Londres que en Bilbao. Vamos hacia un mundo de localismos que conviven en grandes bloques, como hace siglos ocurrió con los imperios, que cambiaban por conquista o matrimonio las fronteras anchas de sus dominios pero no las pequeñas de sus comarcas. No es una novedad para los analistas de la realidad mundial, pero es una de las más notables características de nuestra era, que cambiará el modo de ver el mundo, también en nuestro continente. Y José Saramago no es poca autoridad para anunciarlo.

3 de junio de 2007

Piedra fundamental

Con alegría de zapatos nuevos estrenaba mi oficina en pleno centro de Buenos Aires. Llevaba mi computadora y los libros que cabían en mi eterna bolsa negra con letras rojas de Clarín. Quería instalar, con la inocencia de un esquimal, el código genético de mi nueva usina. Por eso llevaba como piedra fundamental mis libros de Marshall McLuhan. Además viajaban en ese bolso Life After Television, de George Gilder, y Mind Grenades, Manifestos from the Future, la estupenda colección de las granadas con que empezaba cada número de la revista Wired en la época de Louis Rossetto y John Plunkett. También La hoja roja, de Delibes que estaba leyendo en esos días y La nueva Edad Media, de Alain Minc que necesitaba para terminar un artículo sobre la primera guerra de la segunda Edad Media para El Universo de Guayaquil.

Dejé el coche en una playa de estacionamiento cercana y caminé hasta Viamonte y San Martín cargado con las dos valijas. Cuando llegué a la puerta del ascensor, no estaba en la planta baja, así que dejé en el suelo el bolso de los libros para llamarlo; la computadora quedó colgando del otro hombro. Una señora bajita y morocha se puso demasiado cerca y empezó a bombear el botón con insistencia, apurada. Quise explicarle que el sistema es eléctrico y no mecánico: el ascensor no sube ni baja a fuerza de golpes de botón… pero la señora desapareció enojada, insultando al loco del botón.

Desapareció con mi bolso negro de letras coloradas, con las obras completas de San Marshall, con la vida después de la televisión y con unas 30 granadas activadas para reventar algún cerebro. Un despistado estaba allí en el momento del atraco, distrayendo al portero con una pregunta pava. "Se fue para allá" me gritó señalando el lado contrario a la fuga. Después me enteré de que era un compinche; siempre es tarde cuando el padre de todos los vivos te explica cómo funciona la picaresca porteña. De paso te aseguran que no se puede andar por las calles de Buenos Aires sin prestar atención a pungas, rateros y descuidistas. Además nunca hay que dejar bolsos y maletas en el suelo y mucho menos cuando se espera el ascensor en el hall de un edificio y hay alguien merodeando... Al final el culpable es uno mismo.

Consuela pensar que la gitana que me robó se quiso cortar las venas cuando abrió el bolso negro y gastado de Clarín lleno de libros en inglés. Enfrente del portal del edificio, cruzando la calle Viamonte, miraba la escena un pordiosero que pide limosna en la verja del monasterio de Santa Catalina. Lleva siempre, como segunda piel, un anorak sucio y raído que un san Martín de saco y corbata le regaló en una fría mañana de invierno; para eso es el patrono de Buenos Aires. En las mangas de la campera, entre hombros y puños, todavía se puede leer en letras romanas de caja alta: UNIVERSIDAD DE NAVARRA.

11 de mayo de 2007

El borrego de San Juan

Entre las murallas y el mar, expuestos a la rompiente del Atlántico, descansan los muertos del cementerio de Santa María Magdalena de Pazzis. Los acompañan de cerca los vecinos del barrio La Perla, que duermen vivos al arrullo de las olas, debajo de los bastiones que unen el castillo de San Felipe del Morro con la fortaleza de San Cristóbal. A Juan Ponce de León le pareció rico el puerto que encontró en el norte de la isla de Borinquen en 1508. El Gran Almirante la había llamado San Juan para honrar al Bautista el 19 de noviembre de 1493 pero el tiempo y las personas trocaron los nombres. Ahora el puerto es santo, la isla puerto y todo el mundo cree que San Juan se llama así por Ponce de León, que, por cierto, era tripulante de Colón en aquel viaje, el segundo.


Esos baluartes conocieron aturdidos la guerra entre España y los Estados Unidos en mayo de 1898. Se oye todavía la conversación de los cañones entre el fuerte de San Cristóbal y la flota de acero inoxidable del presidente cazador de osos. No logró don Manuel Macías, el gobernador, asustarlos con una procesión de rogativa, como ahuyentó el obispo a los británicos que invadían la ciudad en 1797: armó a las mujeres y los niños con rosarios, antorchas y simpecados y los enfrentó a la invasión nocturna de guiris blanquitos que escaparon espantados ante lo que suponían un ejército en pie de guerra. Ni se agenciaron la disentería que devolvió al mar a los ingleses en 1598: después de seis semanas de fiebres y diarreas se les escapaban los ojos de la cabeza.

Cavilaba entre esas murallas y ese mar sobre San Juan y los corderos. La ciudad está llena de ellos: de bronce, de mármol, pintados, en el escudo de la ciudad, en la bandera, echados y parados, con banderín y sentados sobre siete sellos. Grandes y chiquitos: los de la plaza del Quinto Centenario son por lo menos borregos. Si el Cordero de Dios es Jesucristo y no San Juan, el cordero representaría al Salvador y no al Precursor, por más que haya sido el Bautista el que señaló al Cordero de Dios. No lo logré dilucidar esos días por mucho que me rompía la cabeza y sigo sin entender porqué representan a San Juan con un cordero que es símbolo del Cordero de Dios, que no es San Juan.

Andaba en estos pensamientos inútiles por la calle de San Miguel, en la tierra de nadie entre el barrio La Perla y el cementerio, cuando un topetón descomunal me pegó en la espalda y me tiró al suelo de bruces. Doblado y dolorido en el pavimento vi horrorizado un carnero bastante grande que se preparaba para otra embestida. Me levanté como pude, corrí hacia el muro del cementerio, que en ese lugar forma una esquina, y lo salté como un torero. Me quedé entre los muertos un buen rato mientras sopesaba mis magullones y espiaba al carnero por encima de la pared. Volví maltrecho al hotel cuando la pista quedó libre del borrego. Todavía me pregunto cómo se entrometió en mis enredos semiológicos.

11 de abril de 2007

Meninos de rua

En la Praça da Sé de San Pablo siempre hay un predicador anunciando desgracias a voz en cuello con un corro bien redondo que repite las últimas palabras de cada frase como un eco y las sella con aleluyas y amenes. El conselheiro se abanica con una Biblia flexible de tapas negras y cantos colorados y bascula entre pierna y pierna al son de sus propias palabras. Algunos transeúntes se acercan a curiosear, más por el tiempo que les sobra que por sus convicciones. Abundan también en la plaza los saltimbanquis, los vendedores de pão de queijo y de tarjetas telefónicas. Allí pasan la vida unos cuantos linyeras entreverados con los viandantes apurados y con los que no tienen nada que hacer. Homeless no son, porque llevan su casa a cuestas, como los caracoles, en carritos de un supermercado global. Las bocas del metro vomitan riadas de pasajeros a cada largísimo tren que llega a la estación Sé, en los estómagos de la plaza. El retablo de estas maravillas es la fachada de la catedral de San Pablo, gótica del siglo XX, con cúpula florentina, enclavada en el antiguo centro de la ciudad. Por allí trajinan millones de paulistanos: la sustancia misma de una de las ciudades más grandes y fascinantes del planeta.

Se nos ocurrió hacer un ejercicio práctico de fotoperiodismo sobre la Praça da Sé cuando daba clases en el Master de Periodismo del Centro de Extensão Universitária. La gracia estaba en que los alumnos no eran fotógrafos sino editores de periódicos y revistas del Brasil, pero se trataba de probarlos en sus habilidades para contar historias son imágenes: elegirlas, editarlas, cortarlas sin piedad y agrandarlas sin vergüenza. Cada uno debía presentar su reportaje fotográfico, así que una mañana nos fuimos con nuestras máquinas de fotos hasta la Sé. Fuimos caminando a la vera del barrio japonés y de la iglesia de San Gonzalo García, el mártir de Nagasaki que murió asaetado en una cruz de San Andrés después que le cortaran la oreja izquierda, a él y a otros 25 compañeros.


Mientras mis alumnos periodistas deambulaban por historias por las cinco hectáreas de la plaza, me puse a buscar también la mía; evitaba que me vieran para que no se copiaran. Unos meninos descansaban de la canícula de San Pablo jugando con agua en las piletas y cascadas rectangulares de la plaza. Era su Disneylandia en pleno centro de San Pablo. Cuando percibieron mi interés en sus diabluras las multiplicaron con una picardía insólita. Se pusieron a jugar en las escaleras mecánicas de la estación del metro: subían o bajaban a contraola, o hacían equilibrio en las barandas de caucho. Hasta que a uno se le ocurrió apretar el botón rojo de emergencia en plena estampida de pasajeros que subían desde las entrañas del metro. La escalera se paró en seco como un dibujo animado de Tom y Jerry. La bronca descomunal de los viandantes, que salían atropellados de las escaleras muertas provocó la intervención de la implacable policía Militar de San Pablo. De paso, algún alcahuete le contó a un oficial vestido de astronauta que yo estaba haciendo fotos de los meninos, mientras me señalaba con el dedo. Me salvaron de ir preso mis alumnos brasileños que aparecieron a tiempo ante el estropicio en las bocas del metro. Ellos explicaron lo que los policías no podían creer.

11 de marzo de 2007

Riña de gallos

En mi país están prohibidas las corridas de toros, pero para salvar al toro, que no al torero. También vedaron las peleas de gallos, dicen que no es por los animales ni por la violencia (ni más ni menos que una pelea de box). Parece que en los reñideros se armaban unas bataholas descomunales por culpa del aguardiente: hubieran prohibido el alcohol... Pero hay peleas magníficas en pueblos y ciudades del interior, con el vértigo de lo prohibido. Los galleros son el comisario, el juez y el cura. Un mendocino, entonces ministro de Educación de la Nación, fue el primero que me habló de su afición prohibida por los gallos de pelea. Pero recién en la costa del Ecuador vi por primera vez cómo dos gallos se matan a patadas y picotazos. De estos gallos viene el dicho “este es mi pollo” que usamos en América cuando estamos orgullos de un candidato a lo que sea y que se nos complica en España cuando se trata de una mujer.

Son razas originarias de Sumatra y de Calcuta. Pollones que parecen faisanes, elegantes y gallardos. Se vuelven temibles cuando suponen que el de enfrente les ha robado su gallina, o les veda el camino al gallinero. Por eso los tienen a palo seco, enjaulados, hasta que se ponen bien ariscos de tanto esperar. En ese tiempo el gallero les da de comer ración de batalla, les despluma muslos y patas, les recorta la cresta y los entrena en el arte de la guerra. Los gallos veteranos tienen cicatrices y mataduras para regalar. Entendí entonces porqué se oye cacarear casi en el centro de Guayaquil: los crían hasta en los pisos y terrazas de los rascacielos.

En el diario me enteré que había riña en un galpón de Mapasingue Este, abajo del cerro y cerca de la vía a Daule. Costó encontrarlo porque no tenía ningún cartel, pero preguntando se llega al fin del mundo. Además alteraba la siesta la bulla de los apostadores que rebalsaba por encima del muro junto con el olor de la fritanga.

Los galleros son gritones y las galleras son los reñideros, legales y públicos en esta parte del planeta. Se paga entrada, aunque sean galpones desbaratados y mugrientos. Los palenques empiezan al mediodía de los domingos y se gastan la tarde entre gritos, cacareos y sollozos. Jugaban unos pocos dólares en una apuesta que se desempareja con la pelea y con los aullidos y abucheos. Se apuesta de palabra y se paga al terminar, de memoria. Ahí empieza la pelea entre galleros.

Les atan una espina de pescado en las patas, sobre el dedo de atrás, como una espuela; en otros lugares usan espolones de acero. El color de la cinta adhesiva con la que pegan la púa los distingue para las apuestas. Los azuzan un poco, les soplan aliento de aguardiente y los largan al ruedo bastante escupidos. Después de meses encerrados en una jaula, sin ver una gallina ni de lejos, se matan porque creen que la culpa es del otro. Son dos boxeadores mancos que se destruyen a picotazos y patadas voladoras en un ruedo de tres o cuatro metros de diámetro. Espeluznan las plumas del cuello y se miran con un odio que asusta. Vuelan para hincarle la espuela en el lomo al contrario. Si lo consiguen es un golpe mortal. Entre picotazos, cacareos y desplumes se pasa la pelea. Pierde el que muere, o queda inválido. El patrón del perdedor se lleva entre gruñidos los restos doloridos y convulsos de su pollo, que mueve las alas con espasmos para mostrar que está vivo.

El gallo ganador no sabe si sigue en este mundo o pasó a mejor vida porque su dueño lo levanta y lo abraza como los jugadores de fútbol después de un gol. Grita y lo besa y acaricia en lugar de llevarlo de una vez al gallinero o al hospital. Al final tiene su premio y vuelve a ser el amo del mundo, rodeado de su harén de gallinas pechugonas... pero por poco tiempo, hasta que se prepare la próxima pelea en la que volverá a matar o morir para la gloria o el escarnio de su señor.

11 de febrero de 2007

Air Madrid

Gasté dos días enteros en un seminario en Madrid. ¿En Madrid? Bueno, en el hotel Auditórium, en la carretera de Aragón, camino de Alcalá y pasado el aeropuerto de Barajas. Lejos de todo y cerca de nada. El hotel es una prisión para congresistas, con wifi débil, abundante catering y bastante mal gusto. Pero eso no era nada en comparación con otra realidad patente y dramática que convivía con nosotros en el presidio. Los seminaristas, casi todos nórdicos y eslavos, se perdían entre una multitud de iberoamericanos que invadían la cárcel de cinco estrellas: miles, sin exagerar, por todos lados, deambulaban por corredores y salones como zombies de una era desconocida. Formaban colas para entrar y salir, para comer y para subir al ascensor. Los descargaban de autobuses y los llamaban por número de vuelo. Salían esperanzados al aeropuerto, pero al rato volvían descorazonados a hacer otra vez la cola en el mostrador del conserje. Eran náufragos de Air Madrid. Huérfanos mansos del overbooking y la estafa. Ni un grito, ni un enojo. Es la resignación sabia de los pobres: cuando no se gana nada con protestar no hay ninguna necesidad de enojarse. Será por eso que nos asombra que en España usen la bocina del coche para insultar.


Air Madrid todavía volaba, pero ya estaba en las últimas. Dejó 100.000 pasajeros varados, casi todos latinoamericanos que solo podían viajar en una línea de bajo costo. No van a España a disfrutar de los museos ni de la buena mesa. Van a ver a sus maridos, mujeres e hijos, o a intentar quedarse para siempre. Las desigualdades y la escasez de nacimientos producen el flujo imparable. La primera vez que viajé a España los coches eran todos iguales, feos y grises; el papel higiénico raspaba, se tiraba la cadena y el teléfono tenía disco. Franco mandaba como un príncipe del Renacimiento, con guardia mora y palio en las procesiones. Los españoles todavía se escapaban, cuando podían, a los horizontes eternos de América. Joaquina, la mucama de mi infancia en Buenos Aires, era española. En 30 años todo cambió y en otros 30 volverá a cambiar. Ahora los argentinos, retobados en su patria, son serviciales en los bares de Madrid y Barcelona. Hay un hueco que llenar en lo más bajo de la pirámide y no hay dique que pueda contenerlo.

En el viaje de vuelta me tocó un lugar en el fondo del jumbo, solo en la fila de cuatro asientos: iba a viajar mejor que un duque en primera clase. Cuando estaba todo el mundo en su sitio, el avión se llenó de ansiedad: pasaron unos 15 minutos de silencio hasta que se abrió le puerta de atrás. Con el aire fresco del otoño madrileño entró una fila de bolivianos que ocupó los asientos libres y mi suite imperial de cuatro plazas. Eran deportados. Se los veía tranquilos y contentos: habían agotado su sueño europeo, pero volvían con pasaje gratis a sus casas y a su tierra. En Buenos Aires los acorralaron y metieron en otro avión que seguía viaje a Santa Cruz de la Sierra.

Pensé con pena en los españoles del presente, los que deportan su pasado y su futuro porque prefieren un presente sin remordimientos. Quién los cuidará cuando estén mayores. Quién paseará a los niños y les enseñará a rezar, como hacía Joaquina con nosotros. Quién les cantará canciones y les contará historias. Quién les alegrará la vida con su música y sus bailes. Quién los despertará un día del tedio del bienestar con el ritmo loco de la salsa, el tango y la marimba. Quién jugará al fútbol por ellos en el Barça, el Valencia o el Real Madrid. Quién ganará sus medallas y besará llorando sus trofeos. Quién los servirá en los restaurantes. Quién los recibirá en el portal de su casa con una sonrisa cuando llegan del trabajo o del guateque. Quién criará su ganado, trabajará su tierra, se llevará su basura, limpiará sus miasmas, hará los mandados, irá a la guerra. Quién morirá por ellos en el estacionamiento de la Terminal 4 del aeropuerto de Barajas.

11 de enero de 2007

El tercer hombre

Ramiro Tamayo era un boliviano de cara filosa y fiebre en los ojos. Algo le debía digerir la comida, que no su estómago. Un día murió de esa comezón. Me lo explicó llorando su mujer cuando recibió otra carta mía dirigida a su marido muerto y enterrado. Ramiro podía ser mi padre y lo había conocido por alguna recomendación familiar. Era un fabricante de candidatos. Un inventor de políticos, pero no de esos que venden humo. En su currículum tenía campañas en Wisconsin o Peoria, en Hermosillo y El Salvador. En Bahía y Santa Cruz de la Sierra. Había fabricado alcaldes, intendentes, gobernadores y prefectos. Nunca un presidente.

Cada vez que nos veíamos intentaba convencerme de dos cosas: las bondades de la proyección de Arno Peters y la teoría del Tercer Hombre. Peters es el inventor de una proyección plana y rectangular del globo terráqueo tan ajustada a las reales superficies, que los continentes parecen deudos del conde de Orgaz. La proyección de Mercator no se anda con sutilezas de tamaños y se adapta sin problemas al modelo documental, rectangular, de nuestros atlas, libros y periódicos: basta con saber que reproduce una esfera, aunque con distorsiones. Solo es proporcional a la tierra el globo terráqueo, pero es incómodo de llevar en la valija. A eso ya lo sabían los griegos, un califa de Bagdad de la época de Carlomagno y el Gran Almirante antes de lo del huevo.

Lo del Tercer Hombre era mucho más interesante. Ramiro buscaba a su primer presidente en la Argentina. Un hombre -varón o mujer- que no fuera de la derecha ni de la izquierda ni del centro. No andaba atrás del oficialista ni del opositor ni del tránsfuga. Era todo lo contrario, pero al explicarlo se le salían los ojos del cráneo y no conseguía terminar las frases. El tercer hombre salvaría nuestra tierra de la tiranía del primero y el segundo. Es el que puede terminar con 200 ó 500 años de reparto injusto entre dos facciones distintas pero iguales. Solía hablarme de un hombre real, con nombre y apellido, pero todavía no me atrevo ni a recordarlo, por las dudas. La muerte voraz que llevaba adentro lo encontró antes a él en Buenos Aires.

Cada vez que aparece un nuevo candidato en cualquier municipio, provincia o nación, me pregunto si no será ése el tercer hombre de Ramiro, pero tardo apenas dos días para encasillarlo donde los de siempre. Me entusiasmaba con los candidatos venidos de las artes, del deporte, de la moda, del cine y hasta de los periódicos, y soñaba con conocer por fin al Hombre, pero siempre terminé defraudado. Lo imaginaba corriendo como Forrest Gump por la ruta 9, desde La Quiaca a Buenos Aires para terminar con la corrupción y los desencuentros de la Argentina. Alguien que limpiara al país de la mordida, la coima, el arreglo y los aprietes. Demasiado le estaba pidiendo a mi tercer hombre…

Pero el año pasado por fin apareció un tercer hombre en la Tierra sin Mal, como llamaban los guaraníes a su paraíso vegetal. Joaquín Piña tiene 76 años y es de Sabadell, aunque vive en las antiguas Misiones del Guayrá hace más de 50 años. Don Joaquín no es héroe ni prócer. Es bueno como el pan y transparente como el agua. Con ese equipaje se atrevió a enfrentar el poder despótico de un gobernador mesiánico que se creía invencible. Lo derrotó en camiseta y alpargatas, como David a Goliat, y se volvió a su casa. Ahora estoy convencido: los déspotas de este mundo tienen los pies de barro: se los tumba con la audacia y la valentía de los inocentes.

11 de diciembre de 2006

Elecciones

El calor atolondraba aquel domingo de octubre en Posadas. Pasé la mañana buscando al jefe de la sección política del diario por los hospitales de la ciudad. Casi lo alcanzo en el Madariaga, pero cuando entré en la guardia de emergencias me dijo un policía que se había ido hacía cinco minutos. “¿Cómo estaba?” Le pregunté. “Vomitaba sangre”, me contestó. Salí sin rumbo, como para encontrarlo por casualidad. Otro periodista lo acompañaba desde que un guardaespaldas del gobernador le reventó la barriga de una trompada para abrirse paso hacia el colegio donde votaba. Lo llamé. “¿A dónde van?” le pregunté. “Al diario” me contestó Martín como si fuera lo más natural, y siguió: “Después de vomitar, Fernando se siente mejor”. “Dame con él” le obligué. “¡Estás loco! Te vas ya mismo a un hospital, al que más te guste”. Me explicó tosiendo que estaba bien y que no se había anotado en esta pelea para verla desde una cama. Días después el gobernador acusó a los periodistas de no dejarle ejercer sus derechos. Se plebiscitaba un cambio en la constitución para permitir la reelección eterna del Supremo y el Hombre estaba dispuesto a ganar como fuera. Todos estaban a su favor: jueces, intendentes, legisladores, ministros. Todos, menos el pueblo. Solo nuestra encuesta lo daba perdedor, las demás estaban compradas por el gobierno.

En la semana habíamos encontrado 31.000 documentos sin entregar en el Registro Provincial de las Personas; casi el diez por ciento de los que irían a las urnas. En la Argentina es obligación sacar ese documento a los 18 años. Ante los reclamos de los ciudadanos, explicaban que no habían llegado todavía de Buenos Aires. Pero no era así: durante más de 24 meses los acumularon en esa dependencia para una ocasión como esta. Estaban terminados y listos para entregar a sus dueños: solo les faltaba la foto, que lleva el interesado y se sella con una hoja autoadhesiva transparente en el momento de la entrega. Los punteros políticos pagan hasta 150 pesos por cada voto a jóvenes necesitados de dinero. Con diez fotos, cualquiera que cuadre con la edad y el sexo del documento, puede votar todas las veces que pueda y sumar un buen sueldo; después los queman. Será para permitir el fraude que los argentinos llevamos un documento que parece el salvoconducto del Doctor Zhivago. No hay voto electrónico, no se entinta el dedo de los votantes y está prohibido difundir encuestas a boca de urna hasta dos horas después de cerrados los comicios.

Almorzamos tarde y con buen vino, también prohibido en las fechas electorales. Como nuestros teléfonos estaban “pinchados”, se nos ocurrió llamarnos entre morcilla y matambre para filtrar las cifras de la encuesta de boca de urna al servicio de inteligencia del estado: la diferencia era de catorce puntos a pesar del fraude, mermado por las denuncias del diario.

Cuando terminó la votación, el Tribunal Electoral, presidido por una amiga del gobernador, empezó a difundir solo las mesas en las que había ganado el gobierno. Temíamos graves incidentes si intentaban robar la elección en el conteo, hasta que un llamado del ministerio del interior alertó al gobernador desde Buenos Aires: “Sabemos que perdés por catorce puntos. Cualquier disturbio será tu responsabilidad y te vamos a intervenir la provincia”. Lo contó inocente un periodista-espía del gobierno nacional para adjudicarse la primicia. Las causas justas siempre se ganan, pero mejor es ganarlas en serio.

11 de noviembre de 2006

Iruña del Paraguay

Ciudad del Este es uno de los enclaves más fascinantes del Nuevo Mundo. Se puede comprar todo, pero no es un modo de decir ni una exageración, es la versión más cabal de la abundancia. Los suspicaces de siempre mascullan que también se venden katiushkas y que es un dormitorio de las temibles células de Hezbolá. En Brasil hay tres veces más libaneses que en el Líbano y a nadie debería asombrar que los fenicios compren y vendan en este mercado superlativo. Los precios son los más bajos del mundo, alentados por una floreciente industria de la falsificación y por la ley que permite importar al Brasil 250 dólares por cada persona que cruza la frontera por el río Paraná. Así fue que un día me topé sobre el Puente de la Amistad con un ejército de sacoleiros en fila india: cada uno llevaba rodando un neumático Michelin. Era una importación lisa y llana de cubiertas, pero sin pagar impuestos: contrabando hormiga.


Allí están las mejores imprentas del Paraguay, capaces de imprimir cajas de lentes Canon, marbetes de Chanel Nº 5, etiquetas negras de Johnny Walker, y, por supuesto, las mejores carátulas de discos compactos. Con el jefe del taller del diario cruzamos el río un día de verano para husmear una inmensa rotativa instalada en el medio del campo, cerca de Encarnación. Solo en San Pablo de Brasil se puede encontrar una de ese tamaño, útil para imprimir por lo menos un millón de etiquetas en huecograbado. Un banco se había quedado con ese monstruo por la quiebra de su dueño y no sabían qué hacer con ella. Nosotros tampoco.

Otra vez volvíamos hacia Posadas después de comprar en Ciudad del Este unas cámaras Nikon para dos periodistas del diario. En la ruta nos sorprendió un cartel mal escrito que decía Iruña dentro de una flecha que señalaba a la izquierda. Venía en el coche Alfredo Triviño, natural de Potasas, así que decidimos entrar a conocer la Pamplona del Paraguay. En la desembocadura del camino había una casilla de madera destartalada y un par de campesinos que nos debían estar esperando porque aceptaron rápidamente la invitación a llevarlos. El día era bueno y soleado, pero la lluvia de la noche había vuelto de sangre la tierra colorada. Recorrimos los 24 kilómetros barreando en mi auto blanco, que por suerte tenía tracción en las cuatro ruedas. Quedó perdido de barro, pero gauchito, como coche de estanciero.

Iruña resultó una colonia medio perdida del departamento Alto Paraná. Nadie sabía porqué se llamaba así, y suponían que se trataba de un topónimo guaraní. El más memorioso, y casi el único que encontramos que hablaba castellano, recordaba que aquellas tierras habían sido de don Genaro Escudero, oriundo de Pamplona. Iruña se llamaba la finca en memoria de su tierra natal y dentro de ella se fundó el pueblo, el día de San Fermín, de 1993. Los demás habitantes que encontramos eran alemanes y hablaban portugués. Casi todos muy jóvenes y sin otro vehículo que sus inmensos tractores: ellos hirsutos, bizarros, filosos, con manos de ligustro y uñas de hierro. Ellas rubicundas y grandotas. Los mocosos muy blancos, rubios como sus madres y mal vestidos. Colorados como mi auto por la tierra que pringa como el suprabond. Nos explicaron que venían del Brasil y se instalaron allí, donde compraron tierras para sembrar soja.

Iruña es un par de calles paralelas que apenas se distinguen entre los sembrados. Algunas casas y un proyecto de plaza llena de malezas en el centro, rodeada por una iglesia a medio construir, regalo de los alemanes de Alemania a sus hermanos del Paraguay. En otro flanco un almacén y una oficina municipal con el escudo de Iruña del Paraguay y el león rampante de Pamplona en su cuartel de honor. La colonia fue declarada en 2006 municipio independiente por el senado del Paraguay. Ya tiene casi 5.000 habitantes.