10 de octubre de 2005

La flota fantasma

La flota completa del Mariscal López duerme en Vapor Cué desde el 18 de agosto de 1869. Siete barcos perseguidos por la infantería brasileña terminaron sus días campo adentro, cerca de Caraguatay, a 90 kilómetros de Asunción. En esos años el Paraguay peleó hasta el fin contra el Brasil, la Argentina y Uruguay. El coraje de los paraguayos no cabe en ningún relato.

Hoy la mitad de los habitantes de Caraguatay vive en Nueva York. La agencia de Western Union es más grande que el almacén y tres o cuatro chalets estilo Atlantic City avisan que ya no se codean con el resto del país porque prefieren pringarse con ketchup en el Central Park. Unos kilómetros más allá, en el bajo, asoman los vapores de la Guerra Grande, entre eucaliptos y sauces, a la orilla de un meandro endiablado del Yhaguy. El “Salto del Guayra” y el “Anhamay” conservan sus cascos de hierro y sus arboladuras. Del resto solo quedan las calderas, las quillas y pedazos metálicos de las ruedas laterales.


Hasta 1980 los barcos mataron el tiempo encallados en el medio del campo. Lo poco que les quedaba se fue perdiendo entre saqueos y crecidas. Cuando en los largos años de Stroessner se reivindicó al Mariscal López y su guerra perdida contra la Triple Alianza, se recuperó también Vapor Cué como el sitio de una de las grandes batallas. Hasta se construyó un hotel de turismo gracioso y provinciano con vistas a los buques varados en el medio del campo. Salí a recorrer la flota a la hora de la siesta, mientras la televisión del hotel zumbaba una telenovela para nadie. Caminaba solo por la cubierta del “Salto del Guayra” cuando se abrieron las ventanas de una casita blanca con un cartel de museo. La dueña me ofreció cocacola y recuerdos de Vapor Cué. Pronunciaba Yhaguy como si estuviera afilando cuchillos.

Me contó la historia de la flota paraguaya en la Guerra Grande. De cómo el “Anhamay” fue capturado a los brasileños en el Mato Grosso. De las batallas del Riachuelo y de Corrientes... Una vez que la armada del almirante Tamandaré se animó a pasar el estrecho fortificado Humaitá, los aliados dominaron todo el río Paraguay. Acosada río arriba y río abajo, lo que quedaba de la flota paraguaya se escapó metiéndose contra corriente por el Manduvirá, cada vez más arriba y más angosto hasta que encontraron el Yhaguy crecido y siguieron por ahí su camino tierra adentro.

El 16 de agosto los brasileños atravesaron en Acosta Ñu, a sable y bayoneta, la línea de niños soldados reclutada por Bernardino Caballero para proteger la retirada de López. Los mita-í se pintaron con corcho quemado los bigotes y murieron jugando ser mayores. Cuando la infantería brasileña tomó Caraguatay ya tenía a tiro de cañón a la flota paraguaya que penaba como un convoy de carretas por el bañado del Yhaguy. El calado no daba para más y los meandros trancaban el paso, así que los marinos guaraníes vararon e incendiaron sus buques y se escondieron chapoteando entre los ranchos, amparados por las pocas mujeres que quedaban vivas cuidando sus casas.

14 de julio de 2005

Marihuana

Un mafioso de la frontera amenazó de muerte al corresponsal de diario en Salto de Guairá por decir unas cuantas verdades sobre el hermano muerto del capo de la frontera. En esa zona del Paraguay no se andan con chiquitas, así que decidimos irnos volando a ver cómo podíamos proteger a nuestro hombre en el Alto Paraná. Salimos después de cerrar el diario, a las 12 de la noche. Recorrimos 600 kilómetros, primero a Ciudad del Este, y luego hacia el norte. Llegamos al amanecer y desayunamos unas chipas gloriosas con mate cocido.

La frontera seca entre Paraguay y Brasil no puede contener el tráfico de marihuana. En Salto todo el mundo vive del cáñamo, hasta la policía. Unos lo cultivan y podan como el té o la yerba, entreverado con la mandioca. Otros lo pican, lo prensan y enladrillan en tacos apretados con bolsas de plástico y cintas de embalar. Los paseros cruzan la frontera y venden la maconha a los traficantes brasileños. La pasan escondida en autos robados que se abandonan al entregar la carga. El soborno allana el camino, abre barreras y distrae a los guardas. Caen los que no cumplen con la policía. Cuando visitaba una reserva de biosfera en Canindeyú, le pedí al chofer que me llevara a una plantación. Me contestó que podíamos ir, pero que ya no volveríamos.

Encontramos a nuestro corresponsal en su casa, sentado con los brazos cruzados por encima de la barriga. Empezaba una frase repitiendo el final de la anterior. Le acompañamos a denunciar la amenaza en el despacho del fiscal, apretados contra su escritorio por 400 kilos de marihuana confiscados esa noche. Después fuimos a la policía. El jefe Melchisedec Ramírez, ceremonioso y locuaz. Nos explicó que las sentencias de las mafias de la droga se cumplen tarde o temprano. Igual le pondría custodia, y por deferencia a nosotros le daría la posibilidad de elegir a sus propios guardaespaldas.


La droga es un negocio sin papeles y sin tiempos. Se transa y se paga al contado rabioso. No hay deudas ni créditos, ni papeles ni obligaciones. Sus leyes son pocas e inexorables. Mientras la demanda se mantenga, cuanto más se combate el tráfico y la producción, más sube el precio. Se tienta a los colonos con otros cultivos, pero al final gana la hoja dorada del cannabis sativa. Un año trajeron semillas de algodón del Misisipi. Las sembraron soñando con capullos de nube y azúcar en la Cabaña del tío Tom, pero pasaron los días y las plantas no asomaron. Ninguna semilla gringa quiso germinar en la tierra colorada y se perdió la cosecha de todo el año. Los colonos volvieron a la marihuana de la mano del párroco.

Al toparse con la cordillera de Mbaracayú el Paraná se embalsaba y derramaba en siete grandes saltos y cientos de cascadas, pero desde 1982 las Sete Quedas están bajo el agua empantanada por la represa de Itaipú. Los salteños todavía oyen el rugido de las cataratas cuando se acercan a la orilla del lago. Junto a los saltos inundados dejamos huérfano a nuestro corresponsal esperando una sentencia infalible. No quiso irse de la ciudad, a pesar de que se lo ofrecimos.

Volvimos a Asunción con culpa, perseguidos por el diluvio universal. Viajamos 180 kilómetros de más porque no vimos un cartel. Paramos hambrientos a almorzar en un pueblo que se llama Paloma del Espíritu Santo. A las siete de la tarde estábamos de vuelta haciendo lo de siempre: el diario. Al lavar el auto el día siguiente encontraron dos ranas estampadas en el paragolpes.

13 de junio de 2005

Correr es peor

Caía la noche más larga del año, la víspera de San Juan, cuando nos escapamos a la fiesta en el club Emiliano R. Fernández, del barrio Herrera de Asunción. Había payaguá mascada, chicharrón trenzado, asaditos en palo y chorizos picantes deliciosos. Hacíamos cola para conseguir un pastel mandió o un mbeyú inmaculado que surgía milagroso entre el humo negro de un fogón. Con mandioca y maíz se preparan casi todos los platos del país: la sopa paraguaya es un pastel omnipresente de harina de maíz, queso y claras batidas. Con cebolla y choclo se convierte en el superlativo chipá guazú. La chipa es el multiforme y ubicuo maná de almidón de mandioca.

La medianoche fue llegando divertida por bailes y juegos. Con algunos colegas del diario recorrimos las carpas de ruleta y tomamos un par de cervezas. En una cancha multiuso se alternaban las piñatas, los bailes, y el fuego, aturdidos en guaraní por los parlantes que multiplicaban la voz de una animadora bastante histérica. Dos tipos debajo de un cuero con guampas encendidas representaron al toro candil, descendiente de algún animal bravo que cambió el albero del ruedo por el patio del Club Emiliano. Mágica fue la galopa: conté hasta diez botellas, una encima de otra encastradas culo con pico, y todas arriba de la cabeza de una polaca que bailaba derechita y descalza. Debe ser un magnífico ejercicio para la columna.

Los perros deambulaban callados en busca de algún recuerdo perdido entre galoperas, piñatas y botellas. Miran de reojo pidiendo perdón por alguna macana, pero nadie les da ni la hora.

A las once y media ardía una fogata monumental en una canchita de fútbol de tierra colorada. El rocío pegaba con ganas, así que me acerqué resuelto a esperar lo que venía. Se fue arrimando más gente que formó un círculo al calor del fuego. A mi lado un padre barrigón presumía su fe delante de los hijos, mientras ellos trataban de disuadirlo. A la medianoche, un petiso que hinchaba los cachetes para aguantar el calor desparramó brasas con una azada hasta formar un camino incandescente de unos cinco metros. Empezó la tensión, a ver quién se animaba. Un flaquito con la camiseta de Olimpia las atravesó descalzo, como sin darse cuenta. En seguida cruzó una mujer con las sandalias en la mano. Tercero pasó el barrigón que volvió hacia sus hijos como si le hubiera hecho un gol a Chilavert. Siguieron más. Veteranos y primerizos cumplieron promesas o probaron su inocencia. Cruzaban en trance, desafiantes, distraídos o concentrados. La barra alentaba o murmuraba. A una chica le dijeron que no pase, pero no hizo caso y se quemó.

No tenía ni intención de pasar por encima de ese infierno que chamuscaba de estar cerca. Pero algo te va diciendo por adentro que tenés que cruzar, y empezás a sacarte los zapatos sin darte cuenta. Después te empuja el amor propio, y cuando salís de las brasas nadie te dice nada.

Correr es peor, como cuando llueve, porque al apurar el paso se pisa más fuerte. Es el secreto, aunque nadie aplica la lógica aburrida a esta ordalía perdida en el tiempo: los que tienen la conciencia intranquila se queman más por apurados que por infieles. Igual las cuentas dan lo que tienen que dar...

5 de mayo de 2005

Los ladrones y la muerte

Fue un lunes a las nueve y media de la noche. Volvía manejando a mi casa después de un día de trabajo en el diario. Detrás de mi venía un auto medio indeciso que amagaba pasarme pero luego se quedaba a mi cola. Me siguió cuando entré desde la avenida por una transversal, pero debía ser pura casualidad. Paré en la esquina para terminar de hablar por teléfono. El indeciso viajaba en un Mercedes. Me pasó y se paró adelante. Se bajó el acompañante y en lugar de preguntarme por una farmacia abierta a esa hora, sacó una pistola, abrió mi puerta y me gritó “¡bajate!” con tanta convicción que me sentí un intruso en auto ajeno. Se lo dejé sin apagar el motor. Cuando se subía le pedí mi agenda electrónica que había quedado en el asiento. Casi lo consigo. “¿Qué agenda?” me preguntó, pero cerró la puerta y salió arando como un loco por la esquina más cercana atrás de su amigo del Mercedes.

Me quedé solo en medio de la calle. Busqué un bar y me senté a sacarme el susto. Me preguntaba cosas inútiles sobre lo que tendría que haber hecho y lo que había que hacer ahora. No lograba acordarme ni del número de la patente.

En la comisaría me atendió una chica con uniforme de policía y apellido de conquistador grabado en una placa de plástico. Atrás un agente gritaba por teléfono mientras la radio pasaba partes y novedades. Empezaron a hablar de mi auto, pero ninguno le pegaba al modelo ni al color. Un tipo con aires de jefe apareció en mitad de mi declaración. Vestía camiseta, pantalones cortos y hojotas. Me preguntó si el auto tenía algo que lo distinguiera: un choque, un rayón. Nada... “¡Impecable!” sonrió, y se fue.

Unos días después empezaron a llamar desconocidos a mi oficina. Decidí no atenderles. Ya me habían contado que te piden plata por datos sobre el coche. Hay gente que les paga y se clava como una estaca. Con cobertura más que suficiente y las cuotas al día, mejor dejar las cosas en manos de la súper eficaz multinacional española del seguro. Me dicen que lo están buscando, y que ellos son los primeros en pagar rescates para librarse de una cifra mucho mayor. Si lo consiguen, lo devuelven sin importarles el estado. De paso fomentan los robos contra sus propios clientes: cuantos más robos, más seguros. Los ladrones usan el auto para un atraco, se divierten con él y cobran un buen rescate a la compañía cuando lo devuelven. Si no aparece, antes de pagar su costo, te piden el título y hasta las llaves que venden por unos dólares a los falsificadores.

La gente hace comentarios sorprendentes. Algunos te dan el pésame y nadie usa palabras como “robo” o “ladrones”; se refieren al “episodio” o a la “experiencia”. Te queda la sensación de ser culpable por tener un Toyota, por lavarlo seguido, por andar de noche, por los vidrios polarizados o por lo contrario... Hasta la compañía de seguros sospecha un arreglo y pide decenas de constancias. Al final uno se acostumbra y prefiere que su auto no aparezca, pero mientras le faltan un montón de cosas que antes eran familiares y que estaban allí. Será por eso que una noche me sorprendí buscando mi Toyota en el fondo del cajón de la mesa de luz.

Al final el coche es como la chaqueta; extrañaba más una pluma Parker gastada que me duró 35 años, la agenda, la novela que estaba leyendo, unos cd con música inencontrable de Doménico Zípoli... Las cosas no deberían valer nada hasta que no estén en la cabeza o entre pecho y espalda. Valen los libros leídos, no los de la biblioteca. El vino tomado vale más que el de la bodega. El cine, el teatro y los partidos de fútbol deberían pagarse al salir y no al entrar. También habría que agradecer a los ladrones que te arrimen uno poco la muerte, cuando no te queda más que el avío del alma.

15 de febrero de 2005

Antigua Guatemala

En 1541 a Pedro de Alvarado, Adelantado, Capitán General y Gobernador de Guatemala, se le cayó encima el caballo del escribano Montoya que venía rodando desbarrancado por una ladera de las sierras Molucas, en la Nueva Galicia, al sur de México. Murió a los pocos días confesado y comulgado. Doña Beatriz de la Cueva, su tercera mujer, se vistió de luto, pintó de negro su palacio y tomó el poder con el nombre de Lasinventura. A los dos meses exactos un deslave de agua y barro arrasó su negro palacio, que no era más que un rancho. El alud se desprendió de la boca llena de agua del volcán que domina el valle de Santiago de los Caballeros, recién fundado por su marido a 2.000 metros de altura. Murieron Lasinventura y 30 castellanos. Desde entonces el volcán se llama de Agua y es uno de los tres que adornan el escudo y el paisaje de la Antigua Guatemala. El de Fuego fuma sin parar desde que se tiene memoria y muy seguido chisporrotea enojado. El Acatenango es el más alto, pero el que menos se ve.

Fuimos a la Antigua varios periodistas y profesores que dictábamos un taller en la Nueva Guatemala. Conocimos, guiados como reyes por rector de la Universidad del Istmo, el monasterio de las clarisas, el convento de Santo Domingo, la Universidad de San Carlos, la tumba del Hermano Pedro y la vieja catedral, todavía en ruinas.

Se refundó Santiago, donde ahora está la Antigua Guatemala. Pero en 1773 un terremoto feroz cansó la paciencia del gobernador que la abandonó y estableció la Nueva Guatemala de la Asunción 30 kilómetros más abajo, en contra de la opinión del obispo. Por eso el Gobernador consiguió de Carlos III autoridad para ajusticiar a todo el que pretendiera reconstruir sus casas o iglesias. Contra el real decreto la Antigua siguió viva, aunque sus edificios agonizaran arruinados.

La tozudez del obispo mantuvo viva a la ciudad. La catedral ocupó el primer tramo, transversal, que quedó en pie, acostado sobre la plaza de armas de la ciudad. Más allá solo hay columnas y cascotes colosales, desparramados donde cayeron en 1773. La mayoría de las iglesias, palacios y casas están en pie y han aguantado los terremotos que la sacuden cada 50 años. En Guatemala se impuso el estilo temblor: barroco o neoclásico pero achaparrado y fortachón.

Las casas tienen frentes anchos y amplios, con portal y zaguán al medio. Tres patios con galerías corridas se suceden de mayor a menor. El primero para los padres, el segundo para los hijos y el trasero para los empleados, algunas plantas y animales. Los más pobres tienen dos, o uno. Mírese por donde se mire aparece el volcán de Agua, amenazante, cónico y verde.

San Pedro de Betancourt era un lego franciscano tinerfeño que fundó un cotolengo para enfermos desgraciados. Por todas las esquinas se los ve al sol delicioso del trópico, remolcados en carros por monjitas de todas las ganaderías o voluntarias rubicundas del norte de América y del de Europa. El hermano Pedro está allí enterrado, en el convento de San Francisco, y lo visitan miles de personas por día para robarle favores y milagros.

Los solares son los más caros de Guatemala porque se ha puesto de moda tener casa en la Antigua. Todo se construye y reconstruye en el estilo original. La temperatura es luminosa. Hay librerías mágicas, bares y restaurantes para soñar y un hotel de siete habitaciones donde te despiertan las herraduras de un caballito en el empedrado.

21 de enero de 2005

El Gran Cacao

El chicozapote es un árbol de corteza arrugada y clara como el alcornoque, pero mucho más alto. Crece desde México hasta el norte de Sudamérica. Su madera es buena y el fruto un níspero magro. La savia, que se usa para hacer chicles, es un látex pringoso que recogen lastimando la corteza como jinetas en las mangas de un sargento.

En 1848 los bosques se explotaban como las minas y no existía el desarrollo sustentable. Un chiclero andaba ese año buscando vetas de chicozapotes por el Petén, en el norte de Guatemala, que entonces confundía sus fronteras con la actual Belice y los estados mexicanos de Chiapas y Tabasco. Se extrañó de la simetría entre algunos montecitos tapados por ceibas y ramones. Cuando escarbó entre las raíces se encontró con una piedra cúbica, tallada como un ladrillo, después otra y así hasta arriba. Si hubiera llegado en globo habría visto los remates de las pirámides mayas que sobresalen todavía por encima de las copas de los árboles.

Así se descubrió Tikal, la mayor ciudad maya, residencia de Ahá Kakao, habitada entre el 771 y el 900: los arqueólogos nos engañan sin escrúpulos con historias precisas en años exactos sacados de unas piedras mordidas por el tiempo y la selva. Los mayas se extinguieron para siempre por culpa de los imperialistas genocidas de la época que eran los aztecas.

A las cinco de la mañana nos pasó a buscar la combi para llevarnos al aeropuerto. Habían advertido que lleváramos zapatillas, camisa de mangas largas y sombrero. En esa zona el calor es de plomo y los mosquitos no respetan mangas ni pantalones. Para evitar que los pilotos estrellen el avión contra alguna pirámide nos revisaron como si entráramos en la cárcel de Sin Sin. Después del madrugón tuvimos que esperar turno para subir al avión en la sala abarrotada, en ayunas, con unas tarjetas azules que nos entregaron. Cuando llamaron a nuestro color nos lanzamos raudos a la puerta, pero Charles Atlas nos aclaró que eran turquesas. Al final asaltamos los asientos del fondo del avión y tratamos de dormir algo de lo que nos faltaba de esa noche.

Los mayas no tenían vértigo. Las escaleras de las pirámides son tan empinadas que las piernas mal dormidas se me volvían de gominola. Las manos me ardían de agarrarme a las barandas y casi pierdo los anteojos que se me escapaban por el sudor y el viento. El año pasado una turista gringa se agregó rodando a las ofrendas al Gran Cacao, pero nuestro grupo salió ileso. Las escalas de Tikal parecían las laderas abarrotadas de garimpeiros de la Serra Pelada de Pará.

En la época de Carlomagno los mayas construían pirámides, templos y canchas de fútbol. Las pirámides servían para ver la salida y la puesta del sol o la luna encima de los árboles. Así inventaron un calendario al que le sobraban unos 20 días por año. El verano se les volvía invierno cada tanto, pero en el trópico eso no es problema. Los templos son iguales a las pirámides, pero en lugar de mirar astros, servían para ceremonias. Todos aseguran que los que sacrificaban doncellas y niños eran los malvados aztecas. Los mayas apenas se comían a sus enemigos, pero por las proteínas.

Jugaban a la pelota entre dos pirámides. Los equipos trataban de meter una bola de chicle en argollas de piedra. Dicen que el deporte era ritual y que no ganaba el mejor sino el más buenito. Pero también se sabe que el Gran Cacao jugaba muy bien y medía casi dos metros. Ya se ve que comía más enemigos que chocolate.

19 de noviembre de 2004

Ingapirca

Ingapirca es un templo del sol elíptico, a 3.800 metros, en la provincia del Cañar. Entra el sol por un agujero y sale por otro algún día del año que no era el nuestro. De noche el frío del páramo se mete sin avisar hasta los tuétanos, como un descorchador helado que se hinca en los huesos cuando todavía la piel está caliente por el sol del día. Dormimos en una hacienda convertida en posada, bien puesta y limpia. Mareaba el suelo de madera, desparejo y ondulado. Comimos bien, rico y abundante, pegados a una chimenea. Cuando pregunté si había agua caliente, el cholo que nos servía la mesa de poncho y sombrero, contestó “¡obligado!”. Treinta segundos duró el agua tibia a la mañana, suficiente para llegar a enjabonarme; ya no había retorno. En el desayuno, todavía temblando, insinué el problema. “Es que hay que abrir la llave del todo” me explicó. Después agregó que todo el mundo se queja por lo mismo.

Esta vez en la misa eran todos cañaris. Sobresalía como un metro por encima de sus cabezas. Hubo tres casamientos y tres bautismos, pero volvieron a cantar la canción de Bob Dylan. El cura daba órdenes y se multiplicaba. La iglesia es un galpón sin terminar lleno de sombreros que las indias se quitan al entrar, como los zapatos en las mezquitas.

Para visitar el templo del sol hay que dar una vuelta larga por el campo, bajar primero y subir al final: cuando falta el aire todo lo demás parece inútil. Al pasar por un rancho vimos un cartel: “ternero de 2 cabesas y 3 rabos 4 patas un solo cuerpo”. No se distinguía el precio para ver el engendro. Hicimos trato: dos dólares por cinco mayores y un menor para ver lo que quedaba del bicéfalo adentro de un cuarto medio oscuro: un cuero relleno de diarios abollados, cosido en la barriga con hilo negro. Las fotos del prodigio no estaban incluidas en la tarifa...

18 de octubre de 2004

Submarinos de carne y hueso

Puerto López es un rejunte de casas destartaladas recostado como un gato perezoso sobre la definición exacta de bahía. El Pacífico se instala al atardecer en el malecón, junto a las barcas que se disputan los pescadores con gaviotas y pelícanos. Los chicos venden chucherías a los gringos miradores de las ballenas jorobadas que vienen en septiembre a procrear; saben que lo logran a fuerza de cargosear y se ponen pesados hasta conseguir alguna moneda. La iglesia, como el hotel, no tiene ventanas porque no hacen falta: solo aberturas. En misa se canta Blowing in the Wind con otra letra, como en todo el mundo. El mosquitero cuelga de un dosel en los chamizos abiertos del hotel; protege de los bichos más diminutos y también de algún gallinazo intruso con problemas para distinguir el sueño profundo de la muerte cercana. Celebramos la llegada al Ecuador con spondylus, la ostra del tamaño de una hamburguesa que vive por estas playas.


Nos colamos en una expedición de alemanes llenos de cámaras y botellas de agua mineral. Al llegar a la costa nos hicieron sacar los zapatos y los metieron revueltos en una bolsa de arpillera. Hay que entrar bastante en el agua para subirse a la lancha, porque López no tiene muelle aunque sea puerto. Después de andar dos horas y media en la barca, cuando ya no se veía ni la costa, empezaron a otear ballenas. A los gritos apareció la primera: era un submarino de carne y hueso. Después otra y otra. Vimos una que saltaba como loca afuera del agua y volvía a sumergirse. Otra sacaba la cola y le pegaba con fuerza a la superficie como para salpicarnos. Son machos que quieren mostrar su fuerza a las hembras. Volvimos molidos, aturdidos por el motor de la barca, comiendo cubos de torta de chocolate con cocacola caliente.

27 de abril de 2004

Kapawi

No pude desayunar en el hotel de Quito por que tenía que comprar repelente y crema para el sol que nunca usé. Por suerte me convidaron empanaditas de atún en un hangar del aeropuerto. Cuando llegó la última gringa despistada -una química voluntaria del zoológico de Chicago- subimos a la avioneta de vidrios sucios y asientos sobados. Nos dieron un paquete de papas fritas a cada uno y nos despidieron haciendo gimnasia con palitos pintados. Llevaba un poco de ropa y mi traje de baño en un maletín de congreso con letras grandes y rojas del diario Clarín. En Kapawi me armaron de un poncho impermeable con capucha, botas de goma y una linterna.

El piloto enfiló hacia el sur entre los volcanes Ilinizas y Cotopaxi. Antes de chocar con el Tungurahua viró a la izquierda y siguió al Oriente encima del río Pastaza. Al poco tiempo la cordillera se convirtió en un océano vegetal surcado de vez en cuando por ríos colorados, negros y verdes. Las nubes se desenganchaban del bosque como penachos de azúcar. Cuando el avión empezó a bajar nos quitamos todo lo que pudimos y una hora después se zambulló en una pista abierta en la selva, rodeada de chozas; una aldea indígena en las orillas del río Capahuari que se llama Wayusentza. Un indio nos arreó enseguida hacia la barranca del río donde esperaba la canoa. Casi dos horas después estábamos en Kapawi cerca del Pastaza y del límite con el Perú.


Kapawi es un refugio en el medio de la selva construido en la costa de un meandro abandonado por el Capahuari. Es tierra de los achuar, unos jíbaros nómades y cazadores, ahora bastante tranquilizados. Don Carlos Pérez Perasso, dueño de El Universo de Guayaquil, soñó hace unos 20 años con la idea de ayudar a los achuar a custodiar su propio territorio sumergiendo hombres blancos en su cultura por unos días: los gringos pagan para ver y los achuar cobran por mostrar. Las chozas, el calor, la humedad, la parsimonia, la lluvia, las sabandijas… todo es achuar. Ellos son los guías, camareros, motoristas, meseros y juglares de la selva. Lo mismo silban para que salte un delfín que iluminan de noche un alacrán a punto de picarte. Ven pájaros que nadie ve, descubren monos escondidos en la copa de los bálsamos y no se les escapa ningún camuflaje de la naturaleza: saltamontes disfrazados de hojas comidas, plantas con ojos y antenas, serpientes que parecen lianas…

No hay perros, ni gatos… ni caballos, ni vacas, ni autos, ni motos, ni radio, ni televisión, ni aire acondicionado, ni computadoras, ni teléfonos, ni vidrios en las ventanas, ni dinero, ni agua caliente, ni ventiladores… ni viento. Las camas están protegidas por mosquiteros y se duerme al arrullo vertical de la lluvia, sobresaltado de vez en cuando por las conversaciones de los murciélagos que cuelgan del alero de palma. Pero se duerme con un sopor submarino.

En la aldea cercana nos recibió un jefe de familia, siempre sentado en su tutang y recostado contra un poste de la choza. El tutang es el único asiento en Kapawi, por eso te duele la columna al final del día. Por suerte la hamaca te endereza doblándote para el otro lado. El jefe tenía una vara larga y flexible con la que pegaba a las gallinas que se acercaban. La mascota de la familia era un pavo viejo y entrometido. Nos convidaron chicha fabricada por las mujeres a fuerza de masticar y escupir yuca que después se fermenta. Me tragaba los pedacitos hasta que vi a Celestino, nuestro guía achuar, que los sacaba con los dedos de entre los labios.

No se pueden hacer fotos. Los hombres no miran a las mujeres que no sean propias y las mujeres no se meten donde conversan los hombres. El fuego, el agua y los niños son cosas de ellas; las armas de ellos. Las mujeres se ocupan de los vegetales; los varones de los animales. Envenenan las puntas de los dardos para cazar monos con cerbatana y pescan con una chuza. El secreto es acercarse a los animales sin que se espanten; para eso hay que aprender a ser estatua y dejarse a ansiedades de ciudad.

Los gringos llegan a la selva con un equipo envidiable, comprado en shoppings inmensos a tenderos expertos que nunca vieron la jungla. Tienen bolsillos con pastillas para la malaria y la fiebre amarilla. Sombreros para la noche. Charreteras y prendedores de los que cuelgan todo tipo de instrumentos. Todo es especial y adecuado al momento: zapatillas, botas, anteojos, sombrero, linterna, guantes, medias, chaleco, mochila, cinturón, caramañola, brújula… Durante los días que pasé en Kapawi ocurrió lo mismo que en la selva pavimentada: los que no fuman ni beben te lo hacen saber a cada rato, y los que beben o fuman, no paran. Además llaman bill-boat catch flyer al benteveo y en cuanto te descuidas te cuentan la historia completa del perezoso. Van por el monte con un cuaderno en el que marcan cada pájaro que ven con un palito, como los puntos del truco.

Cuando salen en canoa preguntan: we´re going up-stream or down-stream? Les preocupan cosas absurdas y se asombran por lo más trivial. Al jefe de los achuar que visitamos le preguntaron la edad, el tiempo que tardó en construir su choza, cuánto le cuesta el mantenimiento, cuántas mujeres tenía y si le gusta comer mono. El lenguaraz se reía de vergüenza: en la selva no hay cantidades de nada, ni comidas ricas o feas… Aunque el jefe usaba una camiseta vieja y desteñida que pudo ser de Ion Tiriac, se ve que son felices con muy poco y que nosotros necesitamos medir el tiempo y las cosas para estar tranquilos.

Las mujeres se levantan a las cuatro de la madrugada y preparan la guayutza para los varones. Es una infusión que les hace vomitar hasta el hígado. Los deja fuertes y despiertos para salir de caza, para volver a la chicha, para el floripondio o el cucumelo: las plantas del trópico envenenan y curan, pero sobre todo alucinan. Depende de lo que se tenga en la barriga. Al final la selva te enseña lo mismo que los ladrones: que solo vale lo que se lleva adentro.

A la hora de la siesta hasta las cigarras duermen. Aproveché para zambullirme en el río antes de la lluvia, que llegó anunciada por un estruendo en las hojas. Antes me aseguré que no asomaban ojitos de caimanes. El agua estaba rica y suave. Celestino me advirtió del carnero, un pez muy chiquito al que le gusta el pis; hay que contenerse a la fuerza. En las lagunas negras es tan chico que se mete hasta la vejiga y ya no lo saca nadie. Peor es que se quede atrancado en el camino.

Volví a Quito en el avión que se lleva la basura a Shell, un pueblo con pista en la ladera oriental de los Andes, junto a los pozos de petróleo. Desde allí subimos la cordillera en una camioneta, ocho horas entre los mismos volcanes que atravesamos en el viaje de ida en avión. A la mañana siguiente volé a Guayaquil, a trabajar en El Universo. Cuando saqué mi ropa del bolso en el hotel Oro Verde, todavía estaba empapada.

20 de septiembre de 2003

La venganza de Colón

Oí contar hace tiempo a Carlos Soria un episodio que me acuerdo con mala memoria tal como lo relato ahora: estaba en algún lugar del sur de la Florida, en una reunión con norteamericanos entusiastas de la Universidad de Navarra. Cuando llegó el momento de comenzar la presentación, Carlos ensayó las primeras palabras en inglés. Entonces el anfitrión lo paró en castellano: “–Don Carlos, aquí todos hablamos en español... es la venganza de Colón”

Ninguna de las tres Américas ha denigrado jamás su origen colombino y español. El castellano -como llamamos hace siglos en la América hispana a nuestro idioma- es la lengua franca de todo el continente, desde Alaska a Tierra del Fuego. El portugués de Brasil no se traduce de uno ni de otro lado, al fin y al cabo es tan ibérico como el catalán o el gallego y más fácil de entender, por su suavidad, que cualquier español hablando un idioma enojado y cortante. En las ciudades más apartadas de los Estados Unidos y Canadá basta con buscar a una camarera o dependiente hispanohablante; en las grandes urbes y en las costas, se oye y se lee más castellano que inglés. Poco a poco los hispanoamericanos -que de latinos llevan solo su apellido de conquistador- suben en los créditos de las películas de Hollywood y del software de las computadoras, en las firmas de los dólares, en los gafetes de los militares, en las portadas de los discos compactos, en los afiches de las campañas políticas y los anuncios publicitarios.

Los padres fundadores de los Estados Unidos llegaron con sus familias perseguidos por la intolerancia religiosa; colonizaron su territorio trabajando y crearon un gran país europeo del otro lado del Atlántico. Españoles y portugueses llegaron solos. Alentados por el oro y las almas colonizaron su territorio con la pasión y fundaron el verdadero continente americano. El aporte imparable de los hispanoamericanos en los Estados Unidos es el triunfo de la naturaleza sobre la tecnología, las armas y el dinero.

Colón se venga con los carteles en castellano halado del metro de Nueva York, cuando poncha cubiertas, clica ratones, y convierte jonrones. Pero también se venga cuando lleva a España a Rosa y María, las ecuatorianas que pasean en silla de ruedas a las abuelas de Ichaso y Aitana; cuando la selección argentina de fútbol tiene más apellidos vascos que la Real Sociedad; cuando Tiger Woods, americano mitad africano mitad tailandés, gana el Masters de Augusta; cuando un chileno judío alemán tiene que chequear el casillero “latino” en el formulario de inmigración de los Estados Unidos, antes de que el official Mohamed Mustafá le revise con rayos equis los zapatos y el cinturón.

En América sobra espacio en la tierra y en el corazón para todos los desheredados del mundo. La pasión y la inmensidad los llena de horizontes de libertad, pero sobre todo concibe, pare y educa hijos sencillos y buenos, piadosos y pacíficos, que saben convivir a pesar de la diversidad de origen y de sus desigualdades sociales. Es la victoria de la polinización cruzada sobre la endogamia.

La verdadera América -la hispana, nativa y mestiza, dulce y sabrosa, feraz y exuberante, caótica y exótica- no pretende imponer su criterio al resto del mundo. No conquista continentes para aburrirlos con sus soluciones. No reniega de su cristianismo ni de su amor a la Madre de Dios. Sabe que su origen y su destino son comunes. Como los gatos, a veces parece que se pelean entre ellos, pero no es así: es que se están reproduciendo.