Submarinos de carne y hueso

Puerto López es un rejunte de casas destartaladas recostado como un gato perezoso sobre la definición exacta de bahía. El Pacífico se instala al atardecer en el malecón, junto a las barcas que se disputan los pescadores con gaviotas y pelícanos. Los chicos venden chucherías a los gringos miradores de las ballenas jorobadas que vienen en septiembre a procrear; saben que lo logran a fuerza de cargosear y se ponen pesados hasta conseguir alguna moneda. La iglesia, como el hotel, no tiene ventanas porque no hacen falta: solo aberturas. En misa se canta Blowing in the Wind con otra letra, como en todo el mundo. El mosquitero cuelga de un dosel en los chamizos abiertos del hotel; protege de los bichos más diminutos y también de algún gallinazo intruso con problemas para distinguir el sueño profundo de la muerte cercana. Celebramos la llegada al Ecuador con spondylus, la ostra del tamaño de una hamburguesa que vive por estas playas.


Nos colamos en una expedición de alemanes llenos de cámaras y botellas de agua mineral. Al llegar a la costa nos hicieron sacar los zapatos y los metieron revueltos en una bolsa de arpillera. Hay que entrar bastante en el agua para subirse a la lancha, porque López no tiene muelle aunque sea puerto. Después de andar dos horas y media en la barca, cuando ya no se veía ni la costa, empezaron a otear ballenas. A los gritos apareció la primera: era un submarino de carne y hueso. Después otra y otra. Vimos una que saltaba como loca afuera del agua y volvía a sumergirse. Otra sacaba la cola y le pegaba con fuerza a la superficie como para salpicarnos. Son machos que quieren mostrar su fuerza a las hembras. Volvimos molidos, aturdidos por el motor de la barca, comiendo cubos de torta de chocolate con cocacola caliente.