Esta vez en la misa eran todos cañaris. Sobresalía como un metro por encima de sus cabezas. Hubo tres casamientos y tres bautismos, pero volvieron a cantar la canción de Bob Dylan. El cura daba órdenes y se multiplicaba. La iglesia es un galpón sin terminar lleno de sombreros que las indias se quitan al entrar, como los zapatos en las mezquitas.
Para visitar el templo del sol hay que dar una vuelta larga por el campo, bajar primero y subir al final: cuando falta el aire todo lo demás parece inútil. Al pasar por un rancho vimos un cartel: “ternero de 2 cabesas y 3 rabos 4 patas un solo cuerpo”. No se distinguía el precio para ver el engendro. Hicimos trato: dos dólares por cinco mayores y un menor para ver lo que quedaba del bicéfalo adentro de un cuarto medio oscuro: un cuero relleno de diarios abollados, cocido en la barriga con hilo negro. Las fotos del prodigio no estaban incluidas en la tarifa...