29 de diciembre de 2005

Terremoto

El 22 de diciembre de 1972, a las 11,34 de la noche, Managua se estremeció como si la hubieran tirado desde 100 metros de altura. Los sueños navideños se derritieron con un grito de dolor. Donde había vida e ilusiones quedaron más de 100.000 terremotados, 20.000 muertos y la angustia amarga de las catástrofes, cuando quedar vivo puede ser peor que morir. El terremoto es la expresión más cabal de la impotencia humana. Todo lo demuele la naturaleza como si rompiera un papel viejo para tirarlo a la basura. Edificios indestructibles se hacen añicos. El hormigón armado parece mermelada y el hierro pasta de dientes. Las estrellas se vuelven el techo más preciado y la gente valora sus escasos petates por encima de las vigas y paredes de sus casas. Los muertos duermen entre cascotes mientras los vivos deambulan desconsolados con los ojos secos por la tierra y el polvo. En los grandes desastres unos cuantos aprovechan la volada para empezar nueva vida lejos de su pasado: será por eso que nunca se termina de contar a los desaparecidos. Los terremotos, además, pescan in fraganti a los tramposos y en calzoncillos a los infieles.

En el centro de la ciudad los cadáveres quedaron debajo de los escombros. La Guardia Nacional se concentró en el pillaje con profesionalismo y Anastasio Somoza engrosó sus cuentas de Miami con la ayuda que llegaba de todo el mundo. Los zopilotes terminaron el trabajo llevándose a dar un paseo los restos podridos que quedaron a la vista. Años después los sandinistas pasaron una piadosa topadora y dejaron cientos de manzanas baldías alrededor de la vieja catedral agrietada que todavía resiste como un mausoleo vacío. Los que quedaron vivos se fueron a vivir a los barrios, en casas bajas y frágiles, como para aliviar la próxima sacudida.

Desde el aire la Managua moderna es un delicioso suburbio tropical: apenas se adivinan las casas debajo de los árboles. Las calles no tienen nombre ni apellido. Me alojé en el Hostal Real del General Pancho Cabuya y su Papalota Marilla, que queda del Restaurante La Marseillaise, una cuadra al lago, una cuadra arriba, 25 varas al lago, casa # 46. Si ordenan el catastro se terminará la magia y me tocará el hotel Sheltox Express, Av. Comandante Pastora, 13.752, M37 2AT, Managua.

En el centro viejo y en ruinas levantaron estatuas de puños crispados y kalasnikof al viento, mientras los revolucionarios de los 80 se aburguesaban sin remedio. El ombligo de la ciudad se trasplantó alrededor del shopping Metrocentro. Del otro lado de la avenida, entre unas cuatro hectáreas de pastizales, el cardenal Miguel Ovando edificó la nueva catedral antisísmica, estilo elefante. Daniel Ortega, el comandante del FSLN, acumula tantas elecciones perdidas como denuncias de acoso sexual y camionetas todo terreno. Su hermano Humberto, gloria del Ejército Sandinista, moribundea en Costa Rica podrido en la plata que invirtió en Canopy Tours para gringos gay. Ernesto Cardenal, el cura poeta que ligó el reto papal en la Plaza de la Revolución, fabrica socotrocos de barro plastificado en Solentiname, el archipiélago del sur del lago de Nicaragua donde fundó una comunidad de drogadictos cristianos. Violeta, la viuda de Chamorro, ya está más para el bronce que para la política. El resto de la gente todavía habla del terremoto como si hubiera sido ayer.

Managua el 23 de diciembre de 1972

18 de noviembre de 2005

La piel de los aché

Gastamos las primeras luces del día camino al aeropuerto, congelando momentos que casi nadie ve, mientras Asunción se desperezaba al amanecer de un jueves. Volamos hacia el Norte sobre la bruma cortada por los primeros rayos. Aterrizamos rozando los árboles de la Villa Ygatimi, somnolienta, mojada por el vaho vegetal del invierno. Iba invitado la Fundación Moisés Bertoni a conocer unas escuelas en los alrededores de la reserva natural del Mbaracayú, un bosque de 150.000 hectáreas en el departamento Canindeyú, donde el límite entre Paraguay y Brasil se sube a la cresta de unos cerros, al norte del lago de Itaipú.


Mientras desayunamos en la casa de la Fundación en Ygatimi aparecieron dos funcionarios vestidos de Animal Planet. Eran del Fondo Francés para el Medio Ambiente Mundial y querían ver con sus ojos lo que se hace con su plata en la reserva de biosfera del Mbaracayú. Conversé largo con Sylvain durante el viaje en camioneta. Creí que sería un Indiana Jones de plástico, pero resultó un andarín porfiado del hielo de las montañas y la miel de las selvas sudamericanas.

Enjambres de chicos curiosearon nuestra presencia mientras sus profesores nos enseñaron las mejoras en las instalaciones de las escuelas de Nueva Alianza y La Morena. Como no las conocíamos de antes, pocas comparaciones podíamos hacer. Lucían de estreno los carteles anunciando a nadie que todo eso es posible gracias al dinero de los franceses. Después, en un hospitalito de dos ambientes lleno de madres embarazadas y de mocosos desnudos, aprendí que los hijos son la riqueza de los pobres y que las heladeras salvan vidas.

Sólo los profesores hablan un poco de castellano. Los chicos, compinches y curiosos, andaban descalzos por aulas y galerías. Son hijos de campesinos y hasta de algún chacarero de la colonia. La vergüenza de los mita-í se compensa con la picardía de las cuñá que hacen caras y posan coquetas cuando las apunta el fotógrafo.

De repente me acordé del éxito asegurado del ratón de trapo que me enseñó don Tino, un cura amigo de mis padres, cuando era chico. Plegué y enrollé mi pañuelo en medio de los mita-í. Salió un ratón con orejas y rabo, pero por lo blanco del pañuelo resultó un conejo coludo y desorejado que se puso a caminar entre mis manos. “Ikuãme!”, señaló divertido un pelirrojo que se dio cuenta enseguida que lo movía con el dedo por debajo de mi brazo.

El piloto me había contado que íbamos a la región de los aché, una etnia escasa que tiene la piel de terciopelo. Pedí entrar en una aldea, pero la vicepresidenta de la Fundación tenía apuro por llegar al aeropuerto de la reserva; allí la buscaba su avioncito, porque la señora no se le anima a la pista de Ygatimí. Por suerte nos cruzamos con uno que salía de la aldea Chupa Poú. Tengo una foto robada desde la camioneta.

10 de octubre de 2005

La flota fantasma

La flota completa del Mariscal López duerme en Vapor Cué desde el 18 de agosto de 1869. Siete barcos perseguidos por la infantería brasileña terminaron sus días campo adentro, cerca de Caraguatay, a 90 kilómetros de Asunción. En esos años el Paraguay peleó hasta el fin contra el Brasil, la Argentina y Uruguay. El coraje de los paraguayos no cabe en ningún relato.

Hoy la mitad de los habitantes de Caraguatay vive en Nueva York. La agencia de Western Union es más grande que el almacén y tres o cuatro chalets estilo Atlantic City avisan que ya no se codean con el resto del país porque prefieren pringarse con ketchup en el Central Park. Unos kilómetros más allá, en el bajo, asoman los vapores de la Guerra Grande, entre eucaliptos y sauces, a la orilla de un meandro endiablado del Yhaguy. El “Salto del Guayra” y el “Anhamay” conservan sus cascos de hierro y sus arboladuras. Del resto solo quedan las calderas, las quillas y pedazos metálicos de las ruedas laterales.


Hasta 1980 los barcos mataron el tiempo encallados en el medio del campo. Lo poco que les quedaba se fue perdiendo entre saqueos y crecidas. Cuando en los largos años de Stroessner se reivindicó al Mariscal López y su guerra perdida contra la Triple Alianza, se recuperó también Vapor Cué como el sitio de una de las grandes batallas. Hasta se construyó un hotel de turismo gracioso y provinciano con vistas a los buques varados en el medio del campo. Salí a recorrer la flota a la hora de la siesta, mientras la televisión del hotel zumbaba una telenovela para nadie. Caminaba solo por la cubierta del “Salto del Guayra” cuando se abrieron las ventanas de una casita blanca con un cartel de museo. La dueña me ofreció cocacola y recuerdos de Vapor Cué. Pronunciaba Yhaguy como si estuviera afilando cuchillos.

Me contó la historia de la flota paraguaya en la Guerra Grande. De cómo el “Anhamay” fue capturado a los brasileños en el Mato Grosso. De las batallas del Riachuelo y de Corrientes... Una vez que la armada del almirante Tamandaré se animó a pasar el estrecho fortificado Humaitá, los aliados dominaron todo el río Paraguay. Acosada río arriba y río abajo, lo que quedaba de la flota paraguaya se escapó metiéndose contra corriente por el Manduvirá, cada vez más arriba y más angosto hasta que encontraron el Yhaguy crecido y siguieron por ahí su camino tierra adentro.

El 16 de agosto los brasileños atravesaron en Acosta Ñu, a sable y bayoneta, la línea de niños soldados reclutada por Bernardino Caballero para proteger la retirada de López. Los mita-í se pintaron con corcho quemado los bigotes y murieron jugando ser mayores. Cuando la infantería brasileña tomó Caraguatay ya tenía a tiro de cañón a la flota paraguaya que penaba como un convoy de carretas por el bañado del Yhaguy. El calado no daba para más y los meandros trancaban el paso, así que los marinos guaraníes vararon e incendiaron sus buques y se escondieron chapoteando entre los ranchos, amparados por las pocas mujeres que quedaban vivas cuidando sus casas.

14 de julio de 2005

Marihuana

Un mafioso de la frontera amenazó de muerte al corresponsal de diario en Salto de Guairá por decir unas cuantas verdades sobre el hermano muerto del capo de la frontera. En esa zona del Paraguay no se andan con chiquitas, así que decidimos irnos volando a ver cómo podíamos proteger a nuestro hombre en el Alto Paraná. Salimos después de cerrar el diario, a las 12 de la noche. Recorrimos 600 kilómetros, primero a Ciudad del Este, y luego hacia el norte. Llegamos al amanecer y desayunamos unas chipas gloriosas con mate cocido.

La frontera seca entre Paraguay y Brasil no puede contener el tráfico de marihuana. En Salto todo el mundo vive del cáñamo, hasta la policía. Unos lo cultivan y podan como el té o la yerba, entreverado con la mandioca. Otros lo pican, lo prensan y enladrillan en tacos apretados con bolsas de plástico y cintas de embalar. Los paseros cruzan la frontera y venden la maconha a los traficantes brasileños. La pasan escondida en autos robados que se abandonan al entregar la carga. El soborno allana el camino, abre barreras y distrae a los guardas. Caen los que no cumplen con la policía. Cuando visitaba una reserva de biosfera en Canindeyú, le pedí al chofer que me llevara a una plantación. Me contestó que podíamos ir, pero que ya no volveríamos.

Encontramos a nuestro corresponsal en su casa, sentado con los brazos cruzados por encima de la barriga. Empezaba una frase repitiendo el final de la anterior. Le acompañamos a denunciar la amenaza en el despacho del fiscal, apretados contra su escritorio por 400 kilos de marihuana confiscados esa noche. Después fuimos a la policía. El jefe Melchisedec Ramírez, ceremonioso y locuaz. Nos explicó que las sentencias de las mafias de la droga se cumplen tarde o temprano. Igual le pondría custodia, y por deferencia a nosotros le daría la posibilidad de elegir a sus propios guardaespaldas.


La droga es un negocio sin papeles y sin tiempos. Se transa y se paga al contado rabioso. No hay deudas ni créditos, ni papeles ni obligaciones. Sus leyes son pocas e inexorables. Mientras la demanda se mantenga, cuanto más se combate el tráfico y la producción, más sube el precio. Se tienta a los colonos con otros cultivos, pero al final gana la hoja dorada del cannabis sativa. Un año trajeron semillas de algodón del Misisipi. Las sembraron soñando con capullos de nube y azúcar en la Cabaña del tío Tom, pero pasaron los días y las plantas no asomaron. Ninguna semilla gringa quiso germinar en la tierra colorada y se perdió la cosecha de todo el año. Los colonos volvieron a la marihuana de la mano del párroco.

Al toparse con la cordillera de Mbaracayú el Paraná se embalsaba y derramaba en siete grandes saltos y cientos de cascadas, pero desde 1982 las Sete Quedas están bajo el agua empantanada por la represa de Itaipú. Los salteños todavía oyen el rugido de las cataratas cuando se acercan a la orilla del lago. Junto a los saltos inundados dejamos huérfano a nuestro corresponsal esperando una sentencia infalible. No quiso irse de la ciudad, a pesar de que se lo ofrecimos.

Volvimos a Asunción con culpa, perseguidos por el diluvio universal. Viajamos 180 kilómetros de más porque no vimos un cartel. Paramos hambrientos a almorzar en un pueblo que se llama Paloma del Espíritu Santo. A las siete de la tarde estábamos de vuelta haciendo lo de siempre: el diario. Al lavar el auto el día siguiente encontraron dos ranas estampadas en el paragolpes.

13 de junio de 2005

Correr es peor

Caía la noche más larga del año, la víspera de San Juan, cuando nos escapamos a la fiesta en el club Emiliano R. Fernández, del barrio Herrera de Asunción. Había payaguá mascada, chicharrón trenzado, asaditos en palo y chorizos picantes deliciosos. Hacíamos cola para conseguir un pastel mandió o un mbeyú inmaculado que surgía milagroso entre el humo negro de un fogón. Con mandioca y maíz se preparan casi todos los platos del país: la sopa paraguaya es un pastel omnipresente de harina de maíz, queso y claras batidas. Con cebolla y choclo se convierte en el superlativo chipá guazú. La chipa es el multiforme y ubicuo maná de almidón de mandioca.

La medianoche fue llegando divertida por bailes y juegos. Con algunos colegas del diario recorrimos las carpas de ruleta y tomamos un par de cervezas. En una cancha multiuso se alternaban las piñatas, los bailes, y el fuego, aturdidos en guaraní por los parlantes que multiplicaban la voz de una animadora bastante histérica. Dos tipos debajo de un cuero con guampas encendidas representaron al toro candil, descendiente de algún animal bravo que cambió el albero del ruedo por el patio del Club Emiliano. Mágica fue la galopa: conté hasta diez botellas, una encima de otra encastradas culo con pico, y todas arriba de la cabeza de una polaca que bailaba derechita y descalza. Debe ser un magnífico ejercicio para la columna.

Los perros deambulaban callados en busca de algún recuerdo perdido entre galoperas, piñatas y botellas. Miran de reojo pidiendo perdón por alguna macana, pero nadie les da ni la hora.

A las once y media ardía una fogata monumental en una canchita de fútbol de tierra colorada. El rocío pegaba con ganas, así que me acerqué resuelto a esperar lo que venía. Se fue arrimando más gente que formó un círculo al calor del fuego. A mi lado un padre barrigón presumía su fe delante de los hijos, mientras ellos trataban de disuadirlo. A la medianoche, un petiso que hinchaba los cachetes para aguantar el calor desparramó brasas con una azada hasta formar un camino incandescente de unos cinco metros. Empezó la tensión, a ver quién se animaba. Un flaquito con la camiseta de Olimpia las atravesó descalzo, como sin darse cuenta. En seguida cruzó una mujer con las sandalias en la mano. Tercero pasó el barrigón que volvió hacia sus hijos como si le hubiera hecho un gol a Chilavert. Siguieron más. Veteranos y primerizos cumplieron promesas o probaron su inocencia. Cruzaban en trance, desafiantes, distraídos o concentrados. La barra alentaba o murmuraba. A una chica le dijeron que no pase, pero no hizo caso y se quemó.

No tenía ni intención de pasar por encima de ese infierno que chamuscaba de estar cerca. Pero algo te va diciendo por adentro que tenés que cruzar, y empezás a sacarte los zapatos sin darte cuenta. Después te empuja el amor propio, y cuando salís de las brasas nadie te dice nada.

Correr es peor, como cuando llueve, porque al apurar el paso se pisa más fuerte. Es el secreto, aunque nadie aplica la lógica aburrida a esta ordalía perdida en el tiempo: los que tienen la conciencia intranquila se queman más por apurados que por infieles. Igual las cuentas dan lo que tienen que dar...

5 de mayo de 2005

Los ladrones y la muerte

Fue un lunes a las nueve y media de la noche. Volvía manejando a mi casa después de un día de trabajo en el diario. Detrás de mi venía un auto medio indeciso que amagaba pasarme pero luego se quedaba a mi cola. Me siguió cuando entré desde la avenida por una transversal, pero debía ser pura casualidad. Paré en la esquina para terminar de hablar por teléfono. El indeciso viajaba en un Mercedes. Me pasó y se paró adelante. Se bajó el acompañante y en lugar de preguntarme por una farmacia abierta a esa hora, sacó una pistola, abrió mi puerta y me gritó “¡bajate!” con tanta convicción que me sentí un intruso en auto ajeno. Se lo dejé sin apagar el motor. Cuando se subía le pedí mi agenda electrónica que había quedado en el asiento. Casi lo consigo. “¿Qué agenda?” me preguntó, pero cerró la puerta y salió arando como un loco por la esquina más cercana atrás de su amigo del Mercedes.

Me quedé solo en medio de la calle. Busqué un bar y me senté a sacarme el susto. Me preguntaba cosas inútiles sobre lo que tendría que haber hecho y lo que había que hacer ahora. No lograba acordarme ni del número de la patente.

En la comisaría me atendió una chica con uniforme de policía y apellido de conquistador grabado en una placa de plástico. Atrás un agente gritaba por teléfono mientras la radio pasaba partes y novedades. Empezaron a hablar de mi auto, pero ninguno le pegaba al modelo ni al color. Un tipo con aires de jefe apareció en mitad de mi declaración. Vestía camiseta, pantalones cortos y hojotas. Me preguntó si el auto tenía algo que lo distinguiera: un choque, un rayón. Nada... “¡Impecable!” sonrió, y se fue.

Unos días después empezaron a llamar desconocidos a mi oficina. Decidí no atenderles. Ya me habían contado que te piden plata por datos sobre el coche. Hay gente que les paga y se clava como una estaca. Con cobertura más que suficiente y las cuotas al día, mejor dejar las cosas en manos de la súper eficaz multinacional española del seguro. Me dicen que lo están buscando, y que ellos son los primeros en pagar rescates para librarse de una cifra mucho mayor. Si lo consiguen, lo devuelven sin importarles el estado. De paso fomentan los robos contra sus propios clientes: cuantos más robos, más seguros. Los ladrones usan el auto para un atraco, se divierten con él y cobran un buen rescate a la compañía cuando lo devuelven. Si no aparece, antes de pagar su costo, te piden el título y hasta las llaves que venden por unos dólares a los falsificadores.

La gente hace comentarios sorprendentes. Algunos te dan el pésame y nadie usa palabras como “robo” o “ladrones”; se refieren al “episodio” o a la “experiencia”. Te queda la sensación de ser culpable por tener un Toyota, por lavarlo seguido, por andar de noche, por los vidrios polarizados o por lo contrario... Hasta la compañía de seguros sospecha un arreglo y pide decenas de constancias. Al final uno se acostumbra y prefiere que su auto no aparezca, pero mientras le faltan un montón de cosas que antes eran familiares y que estaban allí. Será por eso que una noche me sorprendí buscando mi Toyota en el fondo del cajón de la mesa de luz.

Al final el coche es como la chaqueta; extrañaba más una pluma Parker gastada que me duró 35 años, la agenda, la novela que estaba leyendo, unos cd con música inencontrable de Doménico Zípoli... Las cosas no deberían valer nada hasta que no estén en la cabeza o entre pecho y espalda. Valen los libros leídos, no los de la biblioteca. El vino tomado vale más que el de la bodega. El cine, el teatro y los partidos de fútbol deberían pagarse al salir y no al entrar. También habría que agradecer a los ladrones que te arrimen uno poco la muerte, cuando no te queda más que el avío del alma.

15 de febrero de 2005

Antigua Guatemala

En 1541 a Pedro de Alvarado, Adelantado, Capitán General y Gobernador de Guatemala, se le cayó encima el caballo del escribano Montoya que venía rodando desbarrancado por una ladera de las sierras Molucas, en la Nueva Galicia, al sur de México. Murió a los pocos días confesado y comulgado. Doña Beatriz de la Cueva, su tercera mujer, se vistió de luto, pintó de negro su palacio y tomó el poder con el nombre de Lasinventura. A los dos meses exactos un deslave de agua y barro arrasó su negro palacio, que no era más que un rancho. El alud se desprendió de la boca llena de agua del volcán que domina el valle de Santiago de los Caballeros, recién fundado por su marido a 2.000 metros de altura. Murieron Lasinventura y 30 castellanos. Desde entonces el volcán se llama de Agua y es uno de los tres que adornan el escudo y el paisaje de la Antigua Guatemala. El de Fuego fuma sin parar desde que se tiene memoria y muy seguido chisporrotea enojado. El Acatenango es el más alto, pero el que menos se ve.

Fuimos a la Antigua varios periodistas y profesores que dictábamos un taller en la Nueva Guatemala. Conocimos, guiados como reyes por rector de la Universidad del Istmo, el monasterio de las clarisas, el convento de Santo Domingo, la Universidad de San Carlos, la tumba del Hermano Pedro y la vieja catedral, todavía en ruinas.

Se refundó Santiago, donde ahora está la Antigua Guatemala. Pero en 1773 un terremoto feroz cansó la paciencia del gobernador que la abandonó y estableció la Nueva Guatemala de la Asunción 30 kilómetros más abajo, en contra de la opinión del obispo. Por eso el Gobernador consiguió de Carlos III autoridad para ajusticiar a todo el que pretendiera reconstruir sus casas o iglesias. Contra el real decreto la Antigua siguió viva, aunque sus edificios agonizaran arruinados.

La tozudez del obispo mantuvo viva a la ciudad. La catedral ocupó el primer tramo, transversal, que quedó en pie, acostado sobre la plaza de armas de la ciudad. Más allá solo hay columnas y cascotes colosales, desparramados donde cayeron en 1773. La mayoría de las iglesias, palacios y casas están en pie y han aguantado los terremotos que la sacuden cada 50 años. En Guatemala se impuso el estilo temblor: barroco o neoclásico pero achaparrado y fortachón.

Las casas tienen frentes anchos y amplios, con portal y zaguán al medio. Tres patios con galerías corridas se suceden de mayor a menor. El primero para los padres, el segundo para los hijos y el trasero para los empleados, algunas plantas y animales. Los más pobres tienen dos, o uno. Mírese por donde se mire aparece el volcán de Agua, amenazante, cónico y verde.

San Pedro de Betancourt era un lego franciscano tinerfeño que fundó un cotolengo para enfermos desgraciados. Por todas las esquinas se los ve al sol delicioso del trópico, remolcados en carros por monjitas de todas las ganaderías o voluntarias rubicundas del norte de América y del de Europa. El hermano Pedro está allí enterrado, en el convento de San Francisco, y lo visitan miles de personas por día para robarle favores y milagros.

Los solares son los más caros de Guatemala porque se ha puesto de moda tener casa en la Antigua. Todo se construye y reconstruye en el estilo original. La temperatura es luminosa. Hay librerías mágicas, bares y restaurantes para soñar y un hotel de siete habitaciones donde te despiertan las herraduras de un caballito en el empedrado.

21 de enero de 2005

El Gran Cacao

El chicozapote es un árbol de corteza arrugada y clara como el alcornoque, pero mucho más alto. Crece desde México hasta el norte de Sudamérica. Su madera es buena y el fruto un níspero magro. La savia, que se usa para hacer chicles, es un látex pringoso que recogen lastimando la corteza como jinetas en las mangas de un sargento.

En 1848 los bosques se explotaban como las minas y no existía el desarrollo sustentable. Un chiclero andaba ese año buscando vetas de chicozapotes por el Petén, en el norte de Guatemala, que entonces confundía sus fronteras con la actual Belice y los estados mexicanos de Chiapas y Tabasco. Se extrañó de la simetría entre algunos montecitos tapados por ceibas y ramones. Cuando escarbó entre las raíces se encontró con una piedra cúbica, tallada como un ladrillo, después otra y así hasta arriba. Si hubiera llegado en globo habría visto los remates de las pirámides mayas que sobresalen todavía por encima de las copas de los árboles.

Así se descubrió Tikal, la mayor ciudad maya, residencia de Ahá Kakao, habitada entre el 771 y el 900: los arqueólogos nos engañan sin escrúpulos con historias precisas en años exactos sacados de unas piedras mordidas por el tiempo y la selva. Los mayas se extinguieron para siempre por culpa de los imperialistas genocidas de la época que eran los aztecas.

A las cinco de la mañana nos pasó a buscar la combi para llevarnos al aeropuerto. Habían advertido que lleváramos zapatillas, camisa de mangas largas y sombrero. En esa zona el calor es de plomo y los mosquitos no respetan mangas ni pantalones. Para evitar que los pilotos estrellen el avión contra alguna pirámide nos revisaron como si entráramos en la cárcel de Sin Sin. Después del madrugón tuvimos que esperar turno para subir al avión en la sala abarrotada, en ayunas, con unas tarjetas azules que nos entregaron. Cuando llamaron a nuestro color nos lanzamos raudos a la puerta, pero Charles Atlas nos aclaró que eran turquesas. Al final asaltamos los asientos del fondo del avión y tratamos de dormir algo de lo que nos faltaba de esa noche.

Los mayas no tenían vértigo. Las escaleras de las pirámides son tan empinadas que las piernas mal dormidas se me volvían de gominola. Las manos me ardían de agarrarme a las barandas y casi pierdo los anteojos que se me escapaban por el sudor y el viento. El año pasado una turista gringa se agregó rodando a las ofrendas al Gran Cacao, pero nuestro grupo salió ileso. Las escalas de Tikal parecían las laderas abarrotadas de garimpeiros de la Serra Pelada de Pará.

En la época de Carlomagno los mayas construían pirámides, templos y canchas de fútbol. Las pirámides servían para ver la salida y la puesta del sol o la luna encima de los árboles. Así inventaron un calendario al que le sobraban unos 20 días por año. El verano se les volvía invierno cada tanto, pero en el trópico eso no es problema. Los templos son iguales a las pirámides, pero en lugar de mirar astros, servían para ceremonias. Todos aseguran que los que sacrificaban doncellas y niños eran los malvados aztecas. Los mayas apenas se comían a sus enemigos, pero por las proteínas.

Jugaban a la pelota entre dos pirámides. Los equipos trataban de meter una bola de chicle en argollas de piedra. Dicen que el deporte era ritual y que no ganaba el mejor sino el más buenito. Pero también se sabe que el Gran Cacao jugaba muy bien y medía casi dos metros. Ya se ve que comía más enemigos que chocolate.

19 de noviembre de 2004

Ingapirca

Ingapirca es un templo del sol elíptico, a 3.800 metros, en la provincia del Cañar. Entra el sol por un agujero y sale por otro algún día del año que no era el nuestro. De noche el frío del páramo se mete sin avisar hasta los tuétanos, como un descorchador helado que se hinca en los huesos cuando todavía la piel está caliente por el sol del día. Dormimos en una hacienda convertida en posada, bien puesta y limpia. Mareaba el suelo de madera, desparejo y ondulado. Comimos bien, rico y abundante, pegados a una chimenea. Cuando pregunté si había agua caliente, el cholo que nos servía la mesa de poncho y sombrero, contestó “¡obligado!”. Treinta segundos duró el agua tibia a la mañana, suficiente para llegar a enjabonarme; ya no había retorno. En el desayuno, todavía temblando, insinué el problema. “Es que hay que abrir la llave del todo” me explicó. Después agregó que todo el mundo se queja por lo mismo.

Esta vez en la misa eran todos cañaris. Sobresalía como un metro por encima de sus cabezas. Hubo tres casamientos y tres bautismos, pero volvieron a cantar la canción de Bob Dylan. El cura daba órdenes y se multiplicaba. La iglesia es un galpón sin terminar lleno de sombreros que las indias se quitan al entrar, como los zapatos en las mezquitas.

Para visitar el templo del sol hay que dar una vuelta larga por el campo, bajar primero y subir al final: cuando falta el aire todo lo demás parece inútil. Al pasar por un rancho vimos un cartel: “ternero de 2 cabesas y 3 rabos 4 patas un solo cuerpo”. No se distinguía el precio para ver el engendro. Hicimos trato: dos dólares por cinco mayores y un menor para ver lo que quedaba del bicéfalo adentro de un cuarto medio oscuro: un cuero relleno de diarios abollados, cosido en la barriga con hilo negro. Las fotos del prodigio no estaban incluidas en la tarifa...

18 de octubre de 2004

Submarinos de carne y hueso

Puerto López es un rejunte de casas destartaladas recostado como un gato perezoso sobre la definición exacta de bahía. El Pacífico se instala al atardecer en el malecón, junto a las barcas que se disputan los pescadores con gaviotas y pelícanos. Los chicos venden chucherías a los gringos miradores de las ballenas jorobadas que vienen en septiembre a procrear; saben que lo logran a fuerza de cargosear y se ponen pesados hasta conseguir alguna moneda. La iglesia, como el hotel, no tiene ventanas porque no hacen falta: solo aberturas. En misa se canta Blowing in the Wind con otra letra, como en todo el mundo. El mosquitero cuelga de un dosel en los chamizos abiertos del hotel; protege de los bichos más diminutos y también de algún gallinazo intruso con problemas para distinguir el sueño profundo de la muerte cercana. Celebramos la llegada al Ecuador con spondylus, la ostra del tamaño de una hamburguesa que vive por estas playas.


Nos colamos en una expedición de alemanes llenos de cámaras y botellas de agua mineral. Al llegar a la costa nos hicieron sacar los zapatos y los metieron revueltos en una bolsa de arpillera. Hay que entrar bastante en el agua para subirse a la lancha, porque López no tiene muelle aunque sea puerto. Después de andar dos horas y media en la barca, cuando ya no se veía ni la costa, empezaron a otear ballenas. A los gritos apareció la primera: era un submarino de carne y hueso. Después otra y otra. Vimos una que saltaba como loca afuera del agua y volvía a sumergirse. Otra sacaba la cola y le pegaba con fuerza a la superficie como para salpicarnos. Son machos que quieren mostrar su fuerza a las hembras. Volvimos molidos, aturdidos por el motor de la barca, comiendo cubos de torta de chocolate con cocacola caliente.