Ciudad del Este es uno de los enclaves más fascinantes del Nuevo Mundo. Se puede comprar todo, pero no es un modo de decir ni una exageración, es la versión más cabal de la abundancia. Los suspicaces de siempre mascullan que también se venden katiushkas y que es un dormitorio de las temibles células de Hezbolá. En Brasil hay tres veces más libaneses que en el Líbano y a nadie debería asombrar que los fenicios compren y vendan en este mercado superlativo. Los precios son los más bajos del mundo, alentados por una floreciente industria de la falsificación y por la ley que permite importar al Brasil 250 dólares por cada persona que cruza la frontera por el río Paraná. Así fue que un día me topé sobre el Puente de la Amistad con un ejército de sacoleiros en fila india: cada uno llevaba rodando un neumático Michelin. Era una importación lisa y llana de cubiertas, pero sin pagar impuestos: contrabando hormiga.
Allí están las mejores imprentas del Paraguay, capaces de imprimir cajas de lentes Canon, marbetes de Chanel Nº 5, etiquetas negras de Johnny Walker, y, por supuesto, las mejores carátulas de discos compactos. Con el jefe del taller del diario cruzamos el río un día de verano para husmear una inmensa rotativa instalada en el medio del campo, cerca de Encarnación. Solo en San Pablo de Brasil se puede encontrar una de ese tamaño, útil para imprimir por lo menos un millón de etiquetas en huecograbado. Un banco se había quedado con ese monstruo por la quiebra de su dueño y no sabían qué hacer con ella. Nosotros tampoco.
Otra vez volvíamos hacia Posadas después de comprar en Ciudad del Este unas cámaras Nikon para dos periodistas del diario. En la ruta nos sorprendió un cartel mal escrito que decía Iruña dentro de una flecha que señalaba a la izquierda. Venía en el coche Alfredo Triviño, natural de Potasas, así que decidimos entrar a conocer la Pamplona del Paraguay. En la desembocadura del camino había una casilla de madera destartalada y un par de campesinos que nos debían estar esperando porque aceptaron rápidamente la invitación a llevarlos. El día era bueno y soleado, pero la lluvia de la noche había vuelto de sangre la tierra colorada. Recorrimos los 24 kilómetros barreando en mi auto blanco, que por suerte tenía tracción en las cuatro ruedas. Quedó perdido de barro, pero gauchito, como coche de estanciero.
Iruña resultó una colonia medio perdida del departamento Alto Paraná. Nadie sabía porqué se llamaba así, y suponían que se trataba de un topónimo guaraní. El más memorioso, y casi el único que encontramos que hablaba castellano, recordaba que aquellas tierras habían sido de don Genaro Escudero, oriundo de Pamplona. Iruña se llamaba la finca en memoria de su tierra natal y dentro de ella se fundó el pueblo, el día de San Fermín, de 1993. Los demás habitantes que encontramos eran alemanes y hablaban portugués. Casi todos muy jóvenes y sin otro vehículo que sus inmensos tractores: ellos hirsutos, bizarros, filosos, con manos de ligustro y uñas de hierro. Ellas rubicundas y grandotas. Los mocosos muy blancos, rubios como sus madres y mal vestidos. Colorados como mi auto por la tierra que pringa como el suprabond. Nos explicaron que venían del Brasil y se instalaron allí, donde compraron tierras para sembrar soja.
Iruña es un par de calles paralelas que apenas se distinguen entre los sembrados. Algunas casas y un proyecto de plaza llena de malezas en el centro, rodeada por una iglesia a medio construir, regalo de los alemanes de Alemania a sus hermanos del Paraguay. En otro flanco un almacén y una oficina municipal con el escudo de Iruña del Paraguay y el león rampante de Pamplona en su cuartel de honor. La colonia fue declarada en 2006 municipio independiente por el senado del Paraguay. Ya tiene casi 5.000 habitantes.
11 de noviembre de 2006
11 de septiembre de 2006
Pedro Claver
Buscaba una misa ese domingo bajo el sol sin tregua de Cartagena de Indias. Caminaba despacio –como aprendí en Guayaquil– para no agregar el calor del cuerpo al que viene sin llamarlo. La encontré justo a las 11 en la iglesia de San Pedro; la suerte te toca cuando vas con buenas intenciones.

Al salir necesitaba un baño con cierta urgencia, y no para ducharme. Me acerqué a la puerta de la casa de la Compañía, pegada a la iglesia, a ver si me auxiliaban en la emergencia. Un mulato de unos 400 años, chupado y medio rengo, me acompañó al cuartito, al final del segundo patio y en la planta de arriba: no llegábamos nunca. Al salir estaba allí esperando, sentado en un tronquito de la galería alta. Medio en chiste le pregunté si había usado el baño de san Pedro Claver. No le gustó nada mi gracia, pero en lugar de enojarse me agarró del brazo y empezó a contarme la historia del santo que vivió 40 años y murió en esa casa el 8 de septiembre de 1654. Su cuerpo está allí mismo, acostado en una urna de cristal, debajo del altar mayor de la iglesia.
Pedro dormía en un cuarto mal iluminado por un ventanuco a la altura de la almohada que le solearía la cara al amanecer, en la planta alta del colegio de los jesuitas. Por encima de la muralla veía desembarcar los cargamentos de negros en el muelle de los Pegasos, por donde entraron un millón de africanos de los doce que llegaron a las Américas. Venían de Guinea, del Congo y de Angola. Allí los cazaban como monos o los compraban a los jefes de las tribus que entregaban a sus prisioneros y también a sus súbditos. Se vendían en los puertos para trabajar en el campo, en las minas y en la construcción. “Cambio mulato de 30 años, buen cocinero, sano, sin malos hábitos, por un negro, una mula, unos caballos o un carro” decía un aviso publicado en La Habana por esos tiempos: todo súper legal.
El viejito me contó que allí mismo, en la habitación del ventanuco, Pedro dijo por primera vez la frase que más se le conoce –“seré esclavo de los negros para siempre”– mientras señalaba a los que bajaban maltrechos por la jornada en las bodegas de los galeones: en el viaje moría un tercio de los embarcados. No arregló –ni lo intentó– la tragedia de la esclavitud. Ni siquiera la denunció más que con sus actos. Los cuidaba, alimentaba, curaba y ayudaba a vivir y morir con la dignidad de los hombres libres. Catequizó y bautizó a 300.000 negros que se convertían a la vez en cristianos y en americanos. Casi no dormía. Calepino y Andrés Sacabuche fueron sus más fieles asistentes y traductores. El Calepino llegó a hablar doce lenguas africanas. Pedro pasó los últimos cuatro años de su vida inválido, en la enfermería del colegio de la Compañía, olvidado hasta de los amigos y destratado por el negrito Miguel.
Aunque vinieran llorando, la alegría de los africanos se inyectó en las entrañas de América por Savannah, Nueva Orleáns, La Habana, Cartagena, Salvador y Veracruz; corrieron distinta suerte los que fueron al modelo puritano del norte. Los de aquí se hicieron americanos a la fuerza, pero con ganas. Amaron el nuevo mundo y se mezclaron con todos los colores del arco iris. En un par de generaciones heredaron los apellidos y el color de los ojos de hacendados y encomenderos; también la libertad. Pelearon como leones en las guerras de la independencia y los últimos que quedaban esclavos fueron liberados casi un siglo antes que en el Norte. Llenan nuestras vitrinas de copas y medallas y nuestros corazones de música. Trajeron la magia que nos defiende de la influencia fastidiosa del mundo civilizado, donde se pone alambradas al encanto y se deporta la alegría.
Fue en el cuarto viaje de Colón cuando llegaron los primeros negros desde la Península. Los traía Nicolás de Ovando a la Española. A los que les gusta atar los cabos de la casualidad hay que recordarles que, antes de ser genovés, el Gran Almirante era de Verdú (Lérida). Además una Colón fue la madrina de Pedrito Claver, que había nacido en Verdú el 26 de junio de 1580.

Al salir necesitaba un baño con cierta urgencia, y no para ducharme. Me acerqué a la puerta de la casa de la Compañía, pegada a la iglesia, a ver si me auxiliaban en la emergencia. Un mulato de unos 400 años, chupado y medio rengo, me acompañó al cuartito, al final del segundo patio y en la planta de arriba: no llegábamos nunca. Al salir estaba allí esperando, sentado en un tronquito de la galería alta. Medio en chiste le pregunté si había usado el baño de san Pedro Claver. No le gustó nada mi gracia, pero en lugar de enojarse me agarró del brazo y empezó a contarme la historia del santo que vivió 40 años y murió en esa casa el 8 de septiembre de 1654. Su cuerpo está allí mismo, acostado en una urna de cristal, debajo del altar mayor de la iglesia.
Pedro dormía en un cuarto mal iluminado por un ventanuco a la altura de la almohada que le solearía la cara al amanecer, en la planta alta del colegio de los jesuitas. Por encima de la muralla veía desembarcar los cargamentos de negros en el muelle de los Pegasos, por donde entraron un millón de africanos de los doce que llegaron a las Américas. Venían de Guinea, del Congo y de Angola. Allí los cazaban como monos o los compraban a los jefes de las tribus que entregaban a sus prisioneros y también a sus súbditos. Se vendían en los puertos para trabajar en el campo, en las minas y en la construcción. “Cambio mulato de 30 años, buen cocinero, sano, sin malos hábitos, por un negro, una mula, unos caballos o un carro” decía un aviso publicado en La Habana por esos tiempos: todo súper legal.
El viejito me contó que allí mismo, en la habitación del ventanuco, Pedro dijo por primera vez la frase que más se le conoce –“seré esclavo de los negros para siempre”– mientras señalaba a los que bajaban maltrechos por la jornada en las bodegas de los galeones: en el viaje moría un tercio de los embarcados. No arregló –ni lo intentó– la tragedia de la esclavitud. Ni siquiera la denunció más que con sus actos. Los cuidaba, alimentaba, curaba y ayudaba a vivir y morir con la dignidad de los hombres libres. Catequizó y bautizó a 300.000 negros que se convertían a la vez en cristianos y en americanos. Casi no dormía. Calepino y Andrés Sacabuche fueron sus más fieles asistentes y traductores. El Calepino llegó a hablar doce lenguas africanas. Pedro pasó los últimos cuatro años de su vida inválido, en la enfermería del colegio de la Compañía, olvidado hasta de los amigos y destratado por el negrito Miguel.
Aunque vinieran llorando, la alegría de los africanos se inyectó en las entrañas de América por Savannah, Nueva Orleáns, La Habana, Cartagena, Salvador y Veracruz; corrieron distinta suerte los que fueron al modelo puritano del norte. Los de aquí se hicieron americanos a la fuerza, pero con ganas. Amaron el nuevo mundo y se mezclaron con todos los colores del arco iris. En un par de generaciones heredaron los apellidos y el color de los ojos de hacendados y encomenderos; también la libertad. Pelearon como leones en las guerras de la independencia y los últimos que quedaban esclavos fueron liberados casi un siglo antes que en el Norte. Llenan nuestras vitrinas de copas y medallas y nuestros corazones de música. Trajeron la magia que nos defiende de la influencia fastidiosa del mundo civilizado, donde se pone alambradas al encanto y se deporta la alegría.
Fue en el cuarto viaje de Colón cuando llegaron los primeros negros desde la Península. Los traía Nicolás de Ovando a la Española. A los que les gusta atar los cabos de la casualidad hay que recordarles que, antes de ser genovés, el Gran Almirante era de Verdú (Lérida). Además una Colón fue la madrina de Pedrito Claver, que había nacido en Verdú el 26 de junio de 1580.
25 de julio de 2006
La casa de los Duarte
A las tres de la madrugada Luchín Duarte se moría de hambre. Prendió fuego en su parrilla con un poco de carbón y asó un costillar que comimos una hora después. No recuerdo que día fue, pero pudo ser ayer.
Los periodistas vamos muchas veces a contramano del resto, pero Luchín debe ser algo más que el resto porque siempre está cuando se tiene necesidad de hablar después de un día a contrarreloj. Cualquier hora del día o de la noche es buena para caer y también para irse: en su casa de madera y techos de zinc, como en el Cielo, no pasa el tiempo.
En la galería que chorrea cenefas vegetales de latón disfrutamos no se cuántas noches del calor dulce, el aire denso y la lluvia colorada de Misiones. La conversación viaja por derrotas imposibles de desandar. La comida es deliciosa porque Ana es la mejor cocinera de este lado del Paraná: surubí en hojas de banano, mbeyú, kiveve... Las ollas huelen a cilantro, a aceite de oliva y a cebolla colorada. El perfume de la guayaba y el mburucuyá se mezclan con las naranjas apepú y el humo de los tabacos que remolonea entre las plantas y las lagartijas.
En la casa de los Duarte hay miles de libros y no hay televisión. De los altavoces surge lo mismo Bola de Nieve –el cubano triste que canta alegre–, el Gato Barbieri, coros búlgaros, violines estonios, gitanos de los Balcanes, Caetano Veloso o Vinicius de Moraes. Luchín tiene habilidad especial para casar la música con la comida y duerme la siesta arrullado por la misma melodía con que almorzó.
Están todos los licores, no falta ningún diccionario y no hay aparatos de aire acondicionado. El agua se bebe tibia y el mate un poco lavado para no poner nervioso a nadie. Una alberca, en el centro de la casa, refresca y relaja con su chorrito sempiterno. La bodega, debajo de la escalera, guarda botellas fechadas el día en que quedaron acostadas. Ahí esperan pacientes a que las despertemos los amigos a golpes de tirabuzón. Un día de limpieza me encontré todas las botellas encima de la mesa de billar.
En lo de Duarte reina siempre la penumbra fresca y sabia de la tierra caliente, tanto que es casi imposible adivinar los cuadros que se ríen de las visitas en todas las paredes de la casa. Una anguila negra y ciega se esconde, entre los nenúfares de la fuente, de Canaleto, el gato negro de la casa; allí comparte mosquitas y renacuajos con dos tortugas hurañas.
En el vestíbulo atropella una mesa de billar en la que nadie juega. Las luces amarillas alumbran encima del tapete objetos impensados que esperan un lugar mejor para quedarse a vivir en esa casa. Un día apareció un libro con dos cintas negras cruzadas, aprisionado por un lagarto de bronce. Cuando lo estaba por abrir me advirtió Luchín que si lo hacía llovería sin remedio. No se si por rebelde o para demostrar la superchería lo abrí a escondidas: tenía oraciones y rogativas a todos los santos para hacer llover. Antes de amanecer cayó un aguacero fenomenal, con truenos espeluznantes y rayos de neón.
Dicen las sobrinas holandesas de Ana que su tía vive mejor que una reina. Y es cierto: para vivir así en La Haya hay que tener la plata de la reina de Holanda. La pobre jamás disfrutará del calor dulce del trópico andando descalza sobre las baldosas verdes y negras de la galería de los Duarte. Tampoco puede salir de compras con el criadito que carga la canasta de mimbre con pomelos rosados, duraznos de Cerro Azul y huevos de gallinas felices. Ni ha visto jamás las hojas lustradas a mano del rododendro, ni la ha empalagado el mamón en almíbar con queso fresco.
Los periodistas vamos muchas veces a contramano del resto, pero Luchín debe ser algo más que el resto porque siempre está cuando se tiene necesidad de hablar después de un día a contrarreloj. Cualquier hora del día o de la noche es buena para caer y también para irse: en su casa de madera y techos de zinc, como en el Cielo, no pasa el tiempo.
En la galería que chorrea cenefas vegetales de latón disfrutamos no se cuántas noches del calor dulce, el aire denso y la lluvia colorada de Misiones. La conversación viaja por derrotas imposibles de desandar. La comida es deliciosa porque Ana es la mejor cocinera de este lado del Paraná: surubí en hojas de banano, mbeyú, kiveve... Las ollas huelen a cilantro, a aceite de oliva y a cebolla colorada. El perfume de la guayaba y el mburucuyá se mezclan con las naranjas apepú y el humo de los tabacos que remolonea entre las plantas y las lagartijas.
En la casa de los Duarte hay miles de libros y no hay televisión. De los altavoces surge lo mismo Bola de Nieve –el cubano triste que canta alegre–, el Gato Barbieri, coros búlgaros, violines estonios, gitanos de los Balcanes, Caetano Veloso o Vinicius de Moraes. Luchín tiene habilidad especial para casar la música con la comida y duerme la siesta arrullado por la misma melodía con que almorzó.
Están todos los licores, no falta ningún diccionario y no hay aparatos de aire acondicionado. El agua se bebe tibia y el mate un poco lavado para no poner nervioso a nadie. Una alberca, en el centro de la casa, refresca y relaja con su chorrito sempiterno. La bodega, debajo de la escalera, guarda botellas fechadas el día en que quedaron acostadas. Ahí esperan pacientes a que las despertemos los amigos a golpes de tirabuzón. Un día de limpieza me encontré todas las botellas encima de la mesa de billar.
En lo de Duarte reina siempre la penumbra fresca y sabia de la tierra caliente, tanto que es casi imposible adivinar los cuadros que se ríen de las visitas en todas las paredes de la casa. Una anguila negra y ciega se esconde, entre los nenúfares de la fuente, de Canaleto, el gato negro de la casa; allí comparte mosquitas y renacuajos con dos tortugas hurañas.
En el vestíbulo atropella una mesa de billar en la que nadie juega. Las luces amarillas alumbran encima del tapete objetos impensados que esperan un lugar mejor para quedarse a vivir en esa casa. Un día apareció un libro con dos cintas negras cruzadas, aprisionado por un lagarto de bronce. Cuando lo estaba por abrir me advirtió Luchín que si lo hacía llovería sin remedio. No se si por rebelde o para demostrar la superchería lo abrí a escondidas: tenía oraciones y rogativas a todos los santos para hacer llover. Antes de amanecer cayó un aguacero fenomenal, con truenos espeluznantes y rayos de neón.
Dicen las sobrinas holandesas de Ana que su tía vive mejor que una reina. Y es cierto: para vivir así en La Haya hay que tener la plata de la reina de Holanda. La pobre jamás disfrutará del calor dulce del trópico andando descalza sobre las baldosas verdes y negras de la galería de los Duarte. Tampoco puede salir de compras con el criadito que carga la canasta de mimbre con pomelos rosados, duraznos de Cerro Azul y huevos de gallinas felices. Ni ha visto jamás las hojas lustradas a mano del rododendro, ni la ha empalagado el mamón en almíbar con queso fresco.
11 de junio de 2006
Arroyo Castellanos
Como no cabíamos en la DKW de los Ponce viajamos en tren con Carlos Arturo en diciembre del 65. Creo que fue el viaje en se perdió Isabel: cuando estaban por llegar a Salta Beatriz preguntó extrañada porqué estaba tan callada; no estaba en el Autounión (viajaba en el fondo, con las valijas y solía hablar todo el tiempo). Se la habían olvidado en una estación de servicio de Tucumán. La encontraron feliz de la vida en la casa de una señora que se la pensaba quedar. En lugar de Tucumán Isabel decía Micumán, con lógica perfecta y derecho adquirido.
Pasé la Navidad en Salta. Beatriz nos predicó una noche a un montón de chicos en el jardín de una casa y comprábamos regalos en la boutique de su hermana Marisa. En la falda del cerro San Bernardo había una gran bandera argentina dibujada con piedras pintadas de blanco y azul. Arriba decía BIENVENIDO y abajo CNEL LEAL. Jorge Leal fue el primer argentino que alcanzó el polo sur el 10 de diciembre del 65 y fue recibido como un héroe por su ciudad natal. Para el desfile del 20 de febrero vino el presidente Illia, así que, rearmaron las piedras de abajo para dibujar la palabra PRESIDENTE.
En enero nos instalamos en San Lorenzo. Habían alquilado la casa de los Figueroa, sobre la ruta, en el kilómetro 11. En febrero se cambiaban con los Peltzer pero yo ya estaba ahí. Los fondos de la casa llegaban hasta el río San Lorenzo en dos potreros sucesivos donde pastaban los caballos. Los Ponce se llevaron los que habían alquilado y llegaron para nosotros de El Bordo de las Lanzas un alazán viejo y huesudo como Rocinante, que eligió Enrique, y un pinto petiso y gordinflón para mí. Tenía buen humor y galope ligero y papá decía que se parecía al caballo de Perón. Todos los días a la tarde salíamos a cabalgar con unos 200 jinetes que se iban juntando por algún lugar de San Lorenzo. A la tardecita el sol nos iluminaba recortados en la cresta de la loma Balcón, del otro lado del río.
No era ni adolescente cuando me sumergí en la precocidad de los salteños que a esa edad ya festejaban entre chicos y chicas. Daba vértigo, pero había que declararse a una niña: andar juntos, saberse gustado y mirado en las cabalgatas, en la pileta o en la misa del domingo. Ante mi demora por lo que ya todo el mundo había decidido, Agustina Escalada, nuestra vecina del otro lado de la calle, contestó mi nombre cuando le preguntaron, a propósito y en mi presencia, de quién gustaba. Como estaba en la pileta, se metió abajo del agua de la vergüenza que le dio.
Un día fuimos al río Vaqueros con Ramiro Peñalba, un tío de Carlos Arturo. Nos enseñó a asar en cancana; unos palitos pelados donde se ensarta la carne. Ramiro era un poeta convencido y apasionado que trabajaba en el diario El Tribuno. Murió hace unos cuatro años. En un momento agarró un panadero y nos preguntó si sabíamos cómo se llamaba: “Panadero”, contestamos. “No. Se llama ‘palabra de hombre’, porque vuela”. Lo sopló y salieron volando las mil semillas con sus penachitos de algodón.
Habrá sido por intentar nuestra propia cancana que un día nos fuimos a caballo al arroyo Castellanos. Teníamos once años Julio Lascano, Carlos Arturo y yo; Cristóbal Ponce no debía llegar a los nueve. Son unos cuatro kilómetros desde San Lorenzo. Era un día bueno, pero con nubes negras del lado de los cerros. El camino pasaba entre casas grandes y lejanas que mirábamos en la cima de una loma o del lado del valle. El camino se angosta cuando deja el principal al borde del Vaqueros y cruza el Castellanos hacia Lesser y los Yacones por un puente que hace pie en el medio del río. Desensillamos y nos instalamos en la orilla donde hicimos un fuego y preparamos las cancanas. Cristóbal se entretenía con la monserga milenaria de mover piedras para hacer nuestro propio dique. En los cerros empezó a tronar.
Al poco tiempo el río se puso oscuro. Cuando nos alcanzó la lluvia nos dimos cuenta de que también subía. Nos refugiamos abajo del puente, en la isla donde se apoya el pilar que lo sostiene al medio. Desde ahí vimos cómo el agua apagó el fuego y se llevó las cancanas, pero también descubrimos las monturas mojándose del otro lado del arroyo. Logramos traerlas y nos pusimos a ensillar. Olía a tierra, a churqui mojado y a caballo nervioso. Al poco tiempo los truenos salían de adentro del raudal y el abrigo se convirtió en trampa: había que salir rajando si queríamos escapar de la furia de la crecida, pero los caballos no querían dejar la isla ni a palos. Nos zambullimos en el torrente asustando a los caballos más que el agua embravecida con nuestros gritos, azotes y aspavientos de mocosos. Las piedras pegaban en los garrones de los caballos que trastabillaban y escarbaban buscando dónde apoyar sus cascos. El mío cabeceaba nervioso y abría grande los ojos cuando el raudal le llegó a la barriga. La correntada se llevó mis alpargatas y perdí los estribos. Atrás Cristóbal todavía luchaba sin fuerzas con su caballo empacado en la orilla. El agua desmadrada se lo llevaría sin remedio, así que volvimos con Carlos Arturo –que para eso es su hermano mayor– y lo trajimos agarrando las riendas por debajo del freno. Cuando subimos la barranca de la orilla casi me caigo por la cola a la correntada. Miramos para atrás y el agua había tapado la isla. Cuenta Carlos Arturo que una pared de agua bajó arrasando todo: yo no la vi.
Volvimos al paso, reponiéndonos del susto. En el camino escampó, se fueron las nubes, y nos secamos al sol mirando el arco iris que se levantó sobre San Lorenzo.
Pasé la Navidad en Salta. Beatriz nos predicó una noche a un montón de chicos en el jardín de una casa y comprábamos regalos en la boutique de su hermana Marisa. En la falda del cerro San Bernardo había una gran bandera argentina dibujada con piedras pintadas de blanco y azul. Arriba decía BIENVENIDO y abajo CNEL LEAL. Jorge Leal fue el primer argentino que alcanzó el polo sur el 10 de diciembre del 65 y fue recibido como un héroe por su ciudad natal. Para el desfile del 20 de febrero vino el presidente Illia, así que, rearmaron las piedras de abajo para dibujar la palabra PRESIDENTE.
En enero nos instalamos en San Lorenzo. Habían alquilado la casa de los Figueroa, sobre la ruta, en el kilómetro 11. En febrero se cambiaban con los Peltzer pero yo ya estaba ahí. Los fondos de la casa llegaban hasta el río San Lorenzo en dos potreros sucesivos donde pastaban los caballos. Los Ponce se llevaron los que habían alquilado y llegaron para nosotros de El Bordo de las Lanzas un alazán viejo y huesudo como Rocinante, que eligió Enrique, y un pinto petiso y gordinflón para mí. Tenía buen humor y galope ligero y papá decía que se parecía al caballo de Perón. Todos los días a la tarde salíamos a cabalgar con unos 200 jinetes que se iban juntando por algún lugar de San Lorenzo. A la tardecita el sol nos iluminaba recortados en la cresta de la loma Balcón, del otro lado del río.
No era ni adolescente cuando me sumergí en la precocidad de los salteños que a esa edad ya festejaban entre chicos y chicas. Daba vértigo, pero había que declararse a una niña: andar juntos, saberse gustado y mirado en las cabalgatas, en la pileta o en la misa del domingo. Ante mi demora por lo que ya todo el mundo había decidido, Agustina Escalada, nuestra vecina del otro lado de la calle, contestó mi nombre cuando le preguntaron, a propósito y en mi presencia, de quién gustaba. Como estaba en la pileta, se metió abajo del agua de la vergüenza que le dio.
Un día fuimos al río Vaqueros con Ramiro Peñalba, un tío de Carlos Arturo. Nos enseñó a asar en cancana; unos palitos pelados donde se ensarta la carne. Ramiro era un poeta convencido y apasionado que trabajaba en el diario El Tribuno. Murió hace unos cuatro años. En un momento agarró un panadero y nos preguntó si sabíamos cómo se llamaba: “Panadero”, contestamos. “No. Se llama ‘palabra de hombre’, porque vuela”. Lo sopló y salieron volando las mil semillas con sus penachitos de algodón.
Habrá sido por intentar nuestra propia cancana que un día nos fuimos a caballo al arroyo Castellanos. Teníamos once años Julio Lascano, Carlos Arturo y yo; Cristóbal Ponce no debía llegar a los nueve. Son unos cuatro kilómetros desde San Lorenzo. Era un día bueno, pero con nubes negras del lado de los cerros. El camino pasaba entre casas grandes y lejanas que mirábamos en la cima de una loma o del lado del valle. El camino se angosta cuando deja el principal al borde del Vaqueros y cruza el Castellanos hacia Lesser y los Yacones por un puente que hace pie en el medio del río. Desensillamos y nos instalamos en la orilla donde hicimos un fuego y preparamos las cancanas. Cristóbal se entretenía con la monserga milenaria de mover piedras para hacer nuestro propio dique. En los cerros empezó a tronar.
Al poco tiempo el río se puso oscuro. Cuando nos alcanzó la lluvia nos dimos cuenta de que también subía. Nos refugiamos abajo del puente, en la isla donde se apoya el pilar que lo sostiene al medio. Desde ahí vimos cómo el agua apagó el fuego y se llevó las cancanas, pero también descubrimos las monturas mojándose del otro lado del arroyo. Logramos traerlas y nos pusimos a ensillar. Olía a tierra, a churqui mojado y a caballo nervioso. Al poco tiempo los truenos salían de adentro del raudal y el abrigo se convirtió en trampa: había que salir rajando si queríamos escapar de la furia de la crecida, pero los caballos no querían dejar la isla ni a palos. Nos zambullimos en el torrente asustando a los caballos más que el agua embravecida con nuestros gritos, azotes y aspavientos de mocosos. Las piedras pegaban en los garrones de los caballos que trastabillaban y escarbaban buscando dónde apoyar sus cascos. El mío cabeceaba nervioso y abría grande los ojos cuando el raudal le llegó a la barriga. La correntada se llevó mis alpargatas y perdí los estribos. Atrás Cristóbal todavía luchaba sin fuerzas con su caballo empacado en la orilla. El agua desmadrada se lo llevaría sin remedio, así que volvimos con Carlos Arturo –que para eso es su hermano mayor– y lo trajimos agarrando las riendas por debajo del freno. Cuando subimos la barranca de la orilla casi me caigo por la cola a la correntada. Miramos para atrás y el agua había tapado la isla. Cuenta Carlos Arturo que una pared de agua bajó arrasando todo: yo no la vi.
Volvimos al paso, reponiéndonos del susto. En el camino escampó, se fueron las nubes, y nos secamos al sol mirando el arco iris que se levantó sobre San Lorenzo.
3 de mayo de 2006
Humahuaca
La boletera me advirtió al sacar la entrada que no encontraría momias en el Museo de Arqueología de Alta Montaña de Salta. Los parientes de los indiecitos enterrados en la cima de los nevados están furiosos con los profanadores de tumbas. El museo cobraba por exhibir a sus antepasados en heladeras de cristal. Antes ablandaba a los visitantes con un video a toda pared donde enseñan cómo los científicos llegaron a la cima del volcán Llullaillaco y arrancaron de la montaña a tres niños enterrados hace 500 años a 6.700 metros de altura.
Las tribus del altiplano argentino eran vasallas de los incas: ahora son súbditas de un patagónico, mitad suizo mitad croata. Viven en la quebrada de Humahuaca y en la puna. Eran buena gente, solo que de vez en cuando sacrificaban a un niño en lo alto de un cerro para aplacar las iras de la Pachamama; todo legal. Parece que, además, eran muy humanitarios, porque antes de golpearles la cabeza con una piedra contundente, les daban a mascar hojas de coca y bebían chicha de maíz.
Las dos niñas del Llullaillaco tenían seis y quince años. El niño, siete. Parecen dormidos y sus petates están impecables, como si hubieran sido comprados en una tienda étnica de la avenida Santa Fe. A la niña mayor la partió un rayo, pero no se sabe cuándo. Su sacrificio los convertía en huacas, mensajeros de los dioses, vecinos del sol. Pero sus padres se llevaban lo bueno: la ofrenda de sus hijos les merecía, por lo menos, una gobernación. La hazaña de los arqueólogos, financiada por la National Geographic Society y la Smithsonian Institution, fue encontrar un santuario intacto en 1999: la mayoría de los yacimientos incaicos de los Andes han sido reventados con dinamita por los buscadores de tesoros.
Humahuaca no es el nombre de un programa límite de la televisión francesa. Es un pueblo antiguo, colonial, en el medio de la quebrada multicolor del río Grande, en el extremo noroeste de la Argentina: calles angostas, casas de adobe y faroles de hierro negro. Y dos torres achaparradas que enmarcan la iglesia de Nuestra Señora de la Candelaria y de San Antonio desde 1615. Por las calles, el mercado y la iglesia deambulan siempre indios americanos y turistas europeos. Unos bajitos y morochos, otros gigantes rubicundos. El pelo chuzo resalta contra el crespo, el respeto entre la altanería y el susurro en la estridencia.

El Viernes Santo, al terminar los oficios, dos cholitos vestidos de Arimatea y Nicodemo, bajaron de la cruz a un Cristo articulado y lo depositaron en una caja de vidrio llena de flores. Después lo pasearon por las calles del pueblo seguido por la Dolorosa, con su corazón de plata atravesado por siete facones. Tambores y sikus los adelantaban a la luz cercana de la primera luna de otoño. Durante horas recorrieron las estaciones de la Vía Crucis construidas ese día como ermitas vegetales en esquinas señaladas de Humahuaca. Así es en todos los pueblos de la quebrada y de la puna.
Faltaban hombros. Quise poner el mío para llevar un paso al que le sobraba peso, pero mi altura lo escoraba hasta tocar las casas. Sin remedio me instalé del lado de unos turistas españoles que sacaban fotos relampagueando la noche. Pensaba que ahora los sacrificios humanos se hacen en barrigas bien alimentadas. También recordé que hace 500 años sus antepasadas parían a los aventureros que vinieron a enseñar a los indios a ser buenos cristianos.
Las tribus del altiplano argentino eran vasallas de los incas: ahora son súbditas de un patagónico, mitad suizo mitad croata. Viven en la quebrada de Humahuaca y en la puna. Eran buena gente, solo que de vez en cuando sacrificaban a un niño en lo alto de un cerro para aplacar las iras de la Pachamama; todo legal. Parece que, además, eran muy humanitarios, porque antes de golpearles la cabeza con una piedra contundente, les daban a mascar hojas de coca y bebían chicha de maíz.
Las dos niñas del Llullaillaco tenían seis y quince años. El niño, siete. Parecen dormidos y sus petates están impecables, como si hubieran sido comprados en una tienda étnica de la avenida Santa Fe. A la niña mayor la partió un rayo, pero no se sabe cuándo. Su sacrificio los convertía en huacas, mensajeros de los dioses, vecinos del sol. Pero sus padres se llevaban lo bueno: la ofrenda de sus hijos les merecía, por lo menos, una gobernación. La hazaña de los arqueólogos, financiada por la National Geographic Society y la Smithsonian Institution, fue encontrar un santuario intacto en 1999: la mayoría de los yacimientos incaicos de los Andes han sido reventados con dinamita por los buscadores de tesoros.
Humahuaca no es el nombre de un programa límite de la televisión francesa. Es un pueblo antiguo, colonial, en el medio de la quebrada multicolor del río Grande, en el extremo noroeste de la Argentina: calles angostas, casas de adobe y faroles de hierro negro. Y dos torres achaparradas que enmarcan la iglesia de Nuestra Señora de la Candelaria y de San Antonio desde 1615. Por las calles, el mercado y la iglesia deambulan siempre indios americanos y turistas europeos. Unos bajitos y morochos, otros gigantes rubicundos. El pelo chuzo resalta contra el crespo, el respeto entre la altanería y el susurro en la estridencia.

El Viernes Santo, al terminar los oficios, dos cholitos vestidos de Arimatea y Nicodemo, bajaron de la cruz a un Cristo articulado y lo depositaron en una caja de vidrio llena de flores. Después lo pasearon por las calles del pueblo seguido por la Dolorosa, con su corazón de plata atravesado por siete facones. Tambores y sikus los adelantaban a la luz cercana de la primera luna de otoño. Durante horas recorrieron las estaciones de la Vía Crucis construidas ese día como ermitas vegetales en esquinas señaladas de Humahuaca. Así es en todos los pueblos de la quebrada y de la puna.
Faltaban hombros. Quise poner el mío para llevar un paso al que le sobraba peso, pero mi altura lo escoraba hasta tocar las casas. Sin remedio me instalé del lado de unos turistas españoles que sacaban fotos relampagueando la noche. Pensaba que ahora los sacrificios humanos se hacen en barrigas bien alimentadas. También recordé que hace 500 años sus antepasadas parían a los aventureros que vinieron a enseñar a los indios a ser buenos cristianos.
10 de abril de 2006
Los ladrones más buenos del mundo
Creía que los policías eran barrigones con bigote que dirigen el tránsito fumando. Pero a mediados de enero cambié de opinión. En pleno verano manejaba tranquilo por una calle de Acassuso cuando me topé con un móvil de la policía. Se bajaron dos agentes y me encañonaron. ¡Bájese!, me gritaron histéricos, y me bajé. ¡Váyase! Me volvieron a increpar en lugar de matarme.
Me rodeó un raudal ululante de patrulleros. Frenaban chirriando las ruedas. Se bajaban policías a los gritos, armados hasta las orejas; ninguno cerraba las puertas. Mi auto azul quedó desamparado en la puerta de un banco que estaban asaltando. Una alarma alertó a la policía que rodeó la zona en el preciso instante en que yo pasaba por allí. Los cinco ladrones decidieron atrincherarse con nueve clientes y siete empleados como rehenes. El cordón se organizó en seguida.
Al rato entró en el cerco un señor calvo y elegante como Indro Montanelli. Un corro de jefes se movía despacio en conversaciones intermitentes. El calvo entraba y salía para hablar en privado o por teléfono. Más tarde llegó un oficial de uniforme impecable, con dorados y charreteras; parecía el general San Martín. Se veía que era el mandamás, y estaba más tranquilo que el calvo. Detrás del cordón de la policía tomaron posición un millón de movileros. Cada tanto el cordón se cerraba pero los gordos fumadores los ponía en su sitio, a 300 metros del banco.
Los atracadores soltaron en seguida al custodio del banco, que salió con las manos en la nuca y su arma en la cartuchera: eran hombres de bien. Cuando el cerco estuvo seguro, empezaron los parlamentos entre un negociador oficial y el vocero de los ladrones. A las 5 de la tarde pidieron comida y les acercaron pizzas y cocacolas. A las 6 se cortó toda respuesta desde el banco. A las 7 llegaron los GOE y se metieron por las bravas en el local. No hubo ni un disparo. Salieron los rehenes en fila india.
A las 8 un grupo de bomberos intentaba abrir la tapa de una alcantarilla. Los ladrones más buenos del mundo se habían escapado de un cerco de mil policías barrigudos, del mismísimo San Martín, de Montanelli, de los GOE y de los bomberos, por un túnel que comunica el tesoro con un desagüe pluvial. Se llevaron en un gomón dinero contante y sonante y joyas que los clientes guardaban en 147 cajas de seguridad: los argentinos no depositan la plata en cuentas corrientes porque cada tanto el gobierno se la roba por decreto.
A las 9 anochecía. Apareció la brigada de explosivos con cascos y escudos de legionarios romanos. Hicieron explotar dos granadas que los premios Nobel del Atraco habían dejado en el boquete por el que escaparon. A las 10, cuando bajó la polvareda de las explosiones, entró la policía científica, con guantes blancos y maletines negros. A las 11 San Martín me preguntó qué hacía en medio del operativo. “Espero mi auto”, le contesté señalándolo. “Por ahora no nos podemos acercar ni nosotros” me contestó muy amable. Le pregunté si podía quedarme. “Siempre que no sea periodista” me advirtió riendo. Le revelé la verdad, pero ya no hizo caso: todos los diarios del país estaban titulando en sus portadas el papelón de la policía.
A las 2 de la mañana recuperé mi auto en perfectas condiciones: había dejado el techo abierto, dos Nikon del diario y hasta dinero suelto. A los quince días cayó uno de los ladrones por cambiar de novia. Al mes y medio tenían a Dimas, el jefe de la banda. Las joyas y los billetes son otro cantar.
En la América mestiza, como en el Calvario, el bien y el mal están entreverados.
Me rodeó un raudal ululante de patrulleros. Frenaban chirriando las ruedas. Se bajaban policías a los gritos, armados hasta las orejas; ninguno cerraba las puertas. Mi auto azul quedó desamparado en la puerta de un banco que estaban asaltando. Una alarma alertó a la policía que rodeó la zona en el preciso instante en que yo pasaba por allí. Los cinco ladrones decidieron atrincherarse con nueve clientes y siete empleados como rehenes. El cordón se organizó en seguida.
Al rato entró en el cerco un señor calvo y elegante como Indro Montanelli. Un corro de jefes se movía despacio en conversaciones intermitentes. El calvo entraba y salía para hablar en privado o por teléfono. Más tarde llegó un oficial de uniforme impecable, con dorados y charreteras; parecía el general San Martín. Se veía que era el mandamás, y estaba más tranquilo que el calvo. Detrás del cordón de la policía tomaron posición un millón de movileros. Cada tanto el cordón se cerraba pero los gordos fumadores los ponía en su sitio, a 300 metros del banco.
Los atracadores soltaron en seguida al custodio del banco, que salió con las manos en la nuca y su arma en la cartuchera: eran hombres de bien. Cuando el cerco estuvo seguro, empezaron los parlamentos entre un negociador oficial y el vocero de los ladrones. A las 5 de la tarde pidieron comida y les acercaron pizzas y cocacolas. A las 6 se cortó toda respuesta desde el banco. A las 7 llegaron los GOE y se metieron por las bravas en el local. No hubo ni un disparo. Salieron los rehenes en fila india.
A las 8 un grupo de bomberos intentaba abrir la tapa de una alcantarilla. Los ladrones más buenos del mundo se habían escapado de un cerco de mil policías barrigudos, del mismísimo San Martín, de Montanelli, de los GOE y de los bomberos, por un túnel que comunica el tesoro con un desagüe pluvial. Se llevaron en un gomón dinero contante y sonante y joyas que los clientes guardaban en 147 cajas de seguridad: los argentinos no depositan la plata en cuentas corrientes porque cada tanto el gobierno se la roba por decreto.
A las 9 anochecía. Apareció la brigada de explosivos con cascos y escudos de legionarios romanos. Hicieron explotar dos granadas que los premios Nobel del Atraco habían dejado en el boquete por el que escaparon. A las 10, cuando bajó la polvareda de las explosiones, entró la policía científica, con guantes blancos y maletines negros. A las 11 San Martín me preguntó qué hacía en medio del operativo. “Espero mi auto”, le contesté señalándolo. “Por ahora no nos podemos acercar ni nosotros” me contestó muy amable. Le pregunté si podía quedarme. “Siempre que no sea periodista” me advirtió riendo. Le revelé la verdad, pero ya no hizo caso: todos los diarios del país estaban titulando en sus portadas el papelón de la policía.
A las 2 de la mañana recuperé mi auto en perfectas condiciones: había dejado el techo abierto, dos Nikon del diario y hasta dinero suelto. A los quince días cayó uno de los ladrones por cambiar de novia. Al mes y medio tenían a Dimas, el jefe de la banda. Las joyas y los billetes son otro cantar.
En la América mestiza, como en el Calvario, el bien y el mal están entreverados.
27 de marzo de 2006
Aleijadinho
En el Nuevo Mundo el oro provoca una enfermedad hereditaria: castellanos y portugueses vinieron tan atraídos por los metales que prefirieron morir de hambre antes de cultivar la tierra con sus propias manos. Cuando terminaba el siglo XVII unos bandeirantes paulistas exploraban el sertão del río San Francisco a la caza de esmeraldas, cuando al buscar agua para beber, encontraron unos granitos negros que escondían oro de gran calidad. Como siempre, la gripe del oro contagió la turba de mineros y dio origen a la Vila Rica de Albuquerque que hoy es Ouro Preto, la ciudad más barroca del mundo.
Por el remordimiento de los bandeirantes –que cazaban a los indios para sus encomiendas– solo los capellanes amigos podían adentrarse en el Brasil, así que no hay fundaciones de órdenes ni congregaciones en la ciudad; pero sí terceras órdenes y cofradías. Agrupados entre ellos o por cuenta propia, los mineros construyeron y dotaron capillas y ermitas en agradecimiento al santo preferido, por cada veta o pepita descubierta.
De lejos la villa parece un nacimiento de canto, cal y tejas sembrado de iglesitas. La matriz del Pilar, en lo más bajo del barrio alto, es una ópera rodeada de palcos dorados y luces de cristal. La parroquia del otro barrio, de Antônio Dias, es la Concepción, también teatral y radiante. Con el santuario del Bom Jesus de Congonhas, son 22 iglesias, sin contar ermitas, oratorios, fuentes, palacios... En la del Carmen, azul y terracota, los días de fiesta acicalan con ángeles de carne y hueso las hornacinas de su retablo: desde allí cantan a la Virgen meninas de túnica blanca y alas emplumadas. Ellas no pierden el resuello cuando suben y bajan las cuestas interminables de la villa. Tampoco los estudiantes de la Escuela de Minas que van y vienen de sus repúblicas.
Entre ellos deambula la sombra contrahecha de O Aleijadinho. Antonio Francisco Lisboa murió allí mismo en 1814. Era mulato, hijo de una esclava de su padre. Desde los 35 años, Lisboa comenzó jorobarse. Mientras la giba crecía, se le atrofiaban los dedos de las manos y los pies; alguno se lo cortó de un saque –un martillazo en unas tijeras– para suprimir el dolor. También perdía la vista, y el carácter se le aturdía. No se andaba la gente con líos de corrección política, así que, como era lisiado y petiso, le llamaban el Lisiadito. Aunque la parálisis le carcomía el cuerpo, siguió tallando la piedra y la madera. Los santos le salían cortos de brazos y culibajos, con un vértigo sagrado y apocalíptico. Con ojos achinados pasman hoy a los turistas de plástico desde los pedestales de Ouro Preto y Congonhas do Campo. Dicen los entendidos que los profetas de la escalinata del santuario del Bom Jesus fueron esculpidos por un hombre sin manos.
Fui a Ouro Preto el año en que trabajaba para Estado de Minas, el periódico de Belo Horizonte. Un mal día mi notebook se empacó como un burro. Llamé ansioso a los sabelotodos informáticos, con la esperanza de que tuviera remedio. Cuando la inspeccionó Miriam, la polaca de Sistemas, me soltó sin preámbulos y con cara de lástima que mi computer estaba aleijadinho.
Por el remordimiento de los bandeirantes –que cazaban a los indios para sus encomiendas– solo los capellanes amigos podían adentrarse en el Brasil, así que no hay fundaciones de órdenes ni congregaciones en la ciudad; pero sí terceras órdenes y cofradías. Agrupados entre ellos o por cuenta propia, los mineros construyeron y dotaron capillas y ermitas en agradecimiento al santo preferido, por cada veta o pepita descubierta.
De lejos la villa parece un nacimiento de canto, cal y tejas sembrado de iglesitas. La matriz del Pilar, en lo más bajo del barrio alto, es una ópera rodeada de palcos dorados y luces de cristal. La parroquia del otro barrio, de Antônio Dias, es la Concepción, también teatral y radiante. Con el santuario del Bom Jesus de Congonhas, son 22 iglesias, sin contar ermitas, oratorios, fuentes, palacios... En la del Carmen, azul y terracota, los días de fiesta acicalan con ángeles de carne y hueso las hornacinas de su retablo: desde allí cantan a la Virgen meninas de túnica blanca y alas emplumadas. Ellas no pierden el resuello cuando suben y bajan las cuestas interminables de la villa. Tampoco los estudiantes de la Escuela de Minas que van y vienen de sus repúblicas.
Entre ellos deambula la sombra contrahecha de O Aleijadinho. Antonio Francisco Lisboa murió allí mismo en 1814. Era mulato, hijo de una esclava de su padre. Desde los 35 años, Lisboa comenzó jorobarse. Mientras la giba crecía, se le atrofiaban los dedos de las manos y los pies; alguno se lo cortó de un saque –un martillazo en unas tijeras– para suprimir el dolor. También perdía la vista, y el carácter se le aturdía. No se andaba la gente con líos de corrección política, así que, como era lisiado y petiso, le llamaban el Lisiadito. Aunque la parálisis le carcomía el cuerpo, siguió tallando la piedra y la madera. Los santos le salían cortos de brazos y culibajos, con un vértigo sagrado y apocalíptico. Con ojos achinados pasman hoy a los turistas de plástico desde los pedestales de Ouro Preto y Congonhas do Campo. Dicen los entendidos que los profetas de la escalinata del santuario del Bom Jesus fueron esculpidos por un hombre sin manos.
Fui a Ouro Preto el año en que trabajaba para Estado de Minas, el periódico de Belo Horizonte. Un mal día mi notebook se empacó como un burro. Llamé ansioso a los sabelotodos informáticos, con la esperanza de que tuviera remedio. Cuando la inspeccionó Miriam, la polaca de Sistemas, me soltó sin preámbulos y con cara de lástima que mi computer estaba aleijadinho.
6 de enero de 2006
Filibusteros
En Nicaragua los volcanes se aprietan al poniente, entre el Pacífico y dos inmensos lagos que desaguan en el Caribe. La Costa Mosquito es un relleno pantanoso y desierto que Gran Bretaña pretendió para sostener un reino amigo en el istmo, cuando las grandes potencias se peleaban por cumplir el viejo sueño de Carlos V de abrir una brecha entre los océanos. Norteamericanos y europeos remontaban esos ríos y lagos y cruzaban entre los volcanes para llegar a California cuando todos suponían que el tajo se abriría por allí. Pero un día desafortunado los nicaragüenses acuñaron una estampilla con el Momotombo eructando lava sobre el lago de Nicaragua: una maravilla de la naturaleza. La aprovechó el lobby panameño para asustar a los inversores norteamericanos.
Nunca abandonaron los nicaragüenses las esperanzas de abrir su propio atajo. Lo que no se logró en el siglo XIX lo pueden conseguir ahora, cuando las exclusas de Panamá no pueden contener las inmensas necesidades del tráfico con barcos imposibles de imaginar en 1900. El Momotombo algún día no muy lejano será un espectáculo para las tripulaciones que naveguen por las aguas mansas del Gran Canal de Nicaragua.
Desde mediados del XIX los Estados Unidos también intentaba poner una pica en el istmo. En esa época los demócratas de León andaban ofendidos contra los legitimistas de Granada cuando se enteraron de que William Walker, un gringo periodista y aventurero, estaba ocioso después de fracasar su invasión al estado mexicano de Sonora para anexarlo a la Unión. Se agarraron del clavo ardiendo mientras Walker agradecía al cielo su buena fortuna. Llegó a Nicaragua con 57 filibusteros y la excusa perfecta para adueñarse del país. El 12 de julio de 1856 se declaró presidente de Nicaragua. Antes se había hecho católico para cumplir con la constitución y se instaló en la mejor casa de Granada. Pero las pretensiones del tío Billy iban en contra de las británicas que también querían una parte o toda Nicaragua para su proyecto de canal. Perseguido por los británicos, el 1 de mayo de 1857 se entregó a un capitán norteamericano en la bahía de San Juan del Sur. Volvió a los Estados Unidos como un héroe y hasta lo recibió el presidente Buchanan. Regresó dos veces más a Nicaragua con intenciones de rescatar lo perdido, pero agotó la paciencia de los británicos que lo capturaron y lo entregaron a los hondureños. Fue fusilado y enterrado en Trujillo el 12 de septiembre de 1860. Había cumplido 36 años.
Las dos ciudades antiguas y antagónicas de la época española se calmaron solo cuando eligieron para capital un pueblo a orillas del lago de Managua. Así nació en 1857 la nueva capital, con promesas de paz y prosperidad, equidistante de las dos antiguas ciudades coloniales. Fue fácil rehacerla después del terremoto de 1931 porque no había crecido mucho a pesar de albergar el poder y unas pocas misiones extranjeras. A partir de 1940 la dinastía Somoza trazó la moderna Managua: construyó el nuevo palacio legislativo, la casa de gobierno, la estación de trenes, el hospital de la Guardia Nacional, hoteles, bancos... hasta que los destrozó el terremoto de 1972.
No desaparecieron los retratos de William Walker a pesar de sus crímenes y desventuras. En Nicaragua lo cuentan entre sus presidentes aunque lo traten de filibustero y celebren su fiesta nacional el aniversario de la batalla de San Jacinto, cuando el General Estrada lo batió en 1857. No es ingenuidad; es sabiduría: la verdad es la verdad, aunque duela y más vale respetarla con nobleza y sencillez. Son los cínicos desarrollados del primer mundo los que creen que pueden cambiar la historia para cuadrarla a su gusto.
Nunca abandonaron los nicaragüenses las esperanzas de abrir su propio atajo. Lo que no se logró en el siglo XIX lo pueden conseguir ahora, cuando las exclusas de Panamá no pueden contener las inmensas necesidades del tráfico con barcos imposibles de imaginar en 1900. El Momotombo algún día no muy lejano será un espectáculo para las tripulaciones que naveguen por las aguas mansas del Gran Canal de Nicaragua.
Desde mediados del XIX los Estados Unidos también intentaba poner una pica en el istmo. En esa época los demócratas de León andaban ofendidos contra los legitimistas de Granada cuando se enteraron de que William Walker, un gringo periodista y aventurero, estaba ocioso después de fracasar su invasión al estado mexicano de Sonora para anexarlo a la Unión. Se agarraron del clavo ardiendo mientras Walker agradecía al cielo su buena fortuna. Llegó a Nicaragua con 57 filibusteros y la excusa perfecta para adueñarse del país. El 12 de julio de 1856 se declaró presidente de Nicaragua. Antes se había hecho católico para cumplir con la constitución y se instaló en la mejor casa de Granada. Pero las pretensiones del tío Billy iban en contra de las británicas que también querían una parte o toda Nicaragua para su proyecto de canal. Perseguido por los británicos, el 1 de mayo de 1857 se entregó a un capitán norteamericano en la bahía de San Juan del Sur. Volvió a los Estados Unidos como un héroe y hasta lo recibió el presidente Buchanan. Regresó dos veces más a Nicaragua con intenciones de rescatar lo perdido, pero agotó la paciencia de los británicos que lo capturaron y lo entregaron a los hondureños. Fue fusilado y enterrado en Trujillo el 12 de septiembre de 1860. Había cumplido 36 años.
Las dos ciudades antiguas y antagónicas de la época española se calmaron solo cuando eligieron para capital un pueblo a orillas del lago de Managua. Así nació en 1857 la nueva capital, con promesas de paz y prosperidad, equidistante de las dos antiguas ciudades coloniales. Fue fácil rehacerla después del terremoto de 1931 porque no había crecido mucho a pesar de albergar el poder y unas pocas misiones extranjeras. A partir de 1940 la dinastía Somoza trazó la moderna Managua: construyó el nuevo palacio legislativo, la casa de gobierno, la estación de trenes, el hospital de la Guardia Nacional, hoteles, bancos... hasta que los destrozó el terremoto de 1972.
No desaparecieron los retratos de William Walker a pesar de sus crímenes y desventuras. En Nicaragua lo cuentan entre sus presidentes aunque lo traten de filibustero y celebren su fiesta nacional el aniversario de la batalla de San Jacinto, cuando el General Estrada lo batió en 1857. No es ingenuidad; es sabiduría: la verdad es la verdad, aunque duela y más vale respetarla con nobleza y sencillez. Son los cínicos desarrollados del primer mundo los que creen que pueden cambiar la historia para cuadrarla a su gusto.
29 de diciembre de 2005
Terremoto
El 22 de diciembre de 1972, a las 11,34 de la noche, Managua se estremeció como si la hubieran tirado desde 100 metros de altura. Los sueños navideños se derritieron con un grito de dolor. Donde había vida e ilusiones quedaron más de 100.000 terremotados, 20.000 muertos y la angustia amarga de las catástrofes, cuando quedar vivo puede ser peor que morir. El terremoto es la expresión más cabal de la impotencia humana. Todo lo demuele la naturaleza como si rompiera un papel viejo para tirarlo a la basura. Edificios indestructibles se hacen añicos. El hormigón armado parece mermelada y el hierro pasta de dientes. Las estrellas se vuelven el techo más preciado y la gente valora sus escasos petates por encima de las vigas y paredes de sus casas. Los muertos duermen entre cascotes mientras los vivos deambulan desconsolados con los ojos secos por la tierra y el polvo. En los grandes desastres unos cuantos aprovechan la volada para empezar nueva vida lejos de su pasado: será por eso que nunca se termina de contar a los desaparecidos. Los terremotos, además, pescan in fraganti a los tramposos y en calzoncillos a los infieles.
En el centro de la ciudad los cadáveres quedaron debajo de los escombros. La Guardia Nacional se concentró en el pillaje con profesionalismo y Anastasio Somoza engrosó sus cuentas de Miami con la ayuda que llegaba de todo el mundo. Los zopilotes terminaron el trabajo llevándose a dar un paseo los restos podridos que quedaron a la vista. Años después los sandinistas pasaron una piadosa topadora y dejaron cientos de manzanas baldías alrededor de la vieja catedral agrietada que todavía resiste como un mausoleo vacío. Los que quedaron vivos se fueron a vivir a los barrios, en casas bajas y frágiles, como para aliviar la próxima sacudida.
Desde el aire la Managua moderna es un delicioso suburbio tropical: apenas se adivinan las casas debajo de los árboles. Las calles no tienen nombre ni apellido. Me alojé en el Hostal Real del General Pancho Cabuya y su Papalota Marilla, que queda del Restaurante La Marseillaise, una cuadra al lago, una cuadra arriba, 25 varas al lago, casa # 46. Si ordenan el catastro se terminará la magia y me tocará el hotel Sheltox Express, Av. Comandante Pastora, 13.752, M37 2AT, Managua.
En el centro viejo y en ruinas levantaron estatuas de puños crispados y kalasnikof al viento, mientras los revolucionarios de los 80 se aburguesaban sin remedio. El ombligo de la ciudad se trasplantó alrededor del shopping Metrocentro. Del otro lado de la avenida, entre unas cuatro hectáreas de pastizales, el cardenal Miguel Ovando edificó la nueva catedral antisísmica, estilo elefante. Daniel Ortega, el comandante del FSLN, acumula tantas elecciones perdidas como denuncias de acoso sexual y camionetas todo terreno. Su hermano Humberto, gloria del Ejército Sandinista, moribundea en Costa Rica podrido en la plata que invirtió en Canopy Tours para gringos gay. Ernesto Cardenal, el cura poeta que ligó el reto papal en la Plaza de la Revolución, fabrica socotrocos de barro plastificado en Solentiname, el archipiélago del sur del lago de Nicaragua donde fundó una comunidad de drogadictos cristianos. Violeta, la viuda de Chamorro, ya está más para el bronce que para la política. El resto de la gente todavía habla del terremoto como si hubiera sido ayer.
En el centro de la ciudad los cadáveres quedaron debajo de los escombros. La Guardia Nacional se concentró en el pillaje con profesionalismo y Anastasio Somoza engrosó sus cuentas de Miami con la ayuda que llegaba de todo el mundo. Los zopilotes terminaron el trabajo llevándose a dar un paseo los restos podridos que quedaron a la vista. Años después los sandinistas pasaron una piadosa topadora y dejaron cientos de manzanas baldías alrededor de la vieja catedral agrietada que todavía resiste como un mausoleo vacío. Los que quedaron vivos se fueron a vivir a los barrios, en casas bajas y frágiles, como para aliviar la próxima sacudida.
Desde el aire la Managua moderna es un delicioso suburbio tropical: apenas se adivinan las casas debajo de los árboles. Las calles no tienen nombre ni apellido. Me alojé en el Hostal Real del General Pancho Cabuya y su Papalota Marilla, que queda del Restaurante La Marseillaise, una cuadra al lago, una cuadra arriba, 25 varas al lago, casa # 46. Si ordenan el catastro se terminará la magia y me tocará el hotel Sheltox Express, Av. Comandante Pastora, 13.752, M37 2AT, Managua.
En el centro viejo y en ruinas levantaron estatuas de puños crispados y kalasnikof al viento, mientras los revolucionarios de los 80 se aburguesaban sin remedio. El ombligo de la ciudad se trasplantó alrededor del shopping Metrocentro. Del otro lado de la avenida, entre unas cuatro hectáreas de pastizales, el cardenal Miguel Ovando edificó la nueva catedral antisísmica, estilo elefante. Daniel Ortega, el comandante del FSLN, acumula tantas elecciones perdidas como denuncias de acoso sexual y camionetas todo terreno. Su hermano Humberto, gloria del Ejército Sandinista, moribundea en Costa Rica podrido en la plata que invirtió en Canopy Tours para gringos gay. Ernesto Cardenal, el cura poeta que ligó el reto papal en la Plaza de la Revolución, fabrica socotrocos de barro plastificado en Solentiname, el archipiélago del sur del lago de Nicaragua donde fundó una comunidad de drogadictos cristianos. Violeta, la viuda de Chamorro, ya está más para el bronce que para la política. El resto de la gente todavía habla del terremoto como si hubiera sido ayer.
Managua el 23 de diciembre de 1972
18 de noviembre de 2005
La piel de los aché
Gastamos las primeras luces del día camino al aeropuerto, congelando momentos que casi nadie ve, mientras Asunción se desperezaba al amanecer de un jueves. Volamos hacia el Norte sobre la bruma cortada por los primeros rayos. Aterrizamos rozando los árboles de la Villa Ygatimi, somnolienta, mojada por el vaho vegetal del invierno. Iba invitado la Fundación Moisés Bertoni a conocer unas escuelas en los alrededores de la reserva natural del Mbaracayú, un bosque de 150.000 hectáreas en el departamento Canindeyú, donde el límite entre Paraguay y Brasil se sube a la cresta de unos cerros, al norte del lago de Itaipú.

Mientras desayunamos en la casa de la Fundación en Ygatimi aparecieron dos funcionarios vestidos de Animal Planet. Eran del Fondo Francés para el Medio Ambiente Mundial y querían ver con sus ojos lo que se hace con su plata en la reserva de biosfera del Mbaracayú. Conversé largo con Sylvain durante el viaje en camioneta. Creí que sería un Indiana Jones de plástico, pero resultó un andarín porfiado del hielo de las montañas y la miel de las selvas sudamericanas.
Enjambres de chicos curiosearon nuestra presencia mientras sus profesores nos enseñaron las mejoras en las instalaciones de las escuelas de Nueva Alianza y La Morena. Como no las conocíamos de antes, pocas comparaciones podíamos hacer. Lucían de estreno los carteles anunciando a nadie que todo eso es posible gracias al dinero de los franceses. Después, en un hospitalito de dos ambientes lleno de madres embarazadas y de mocosos desnudos, aprendí que los hijos son la riqueza de los pobres y que las heladeras salvan vidas.
Sólo los profesores hablan un poco de castellano. Los chicos, compinches y curiosos, andaban descalzos por aulas y galerías. Son hijos de campesinos y hasta de algún chacarero de la colonia. La vergüenza de los mita-í se compensa con la picardía de las cuñá que hacen caras y posan coquetas cuando las apunta el fotógrafo.
De repente me acordé del éxito asegurado del ratón de trapo que me enseñó don Tino, un cura amigo de mis padres, cuando era chico. Plegué y enrollé mi pañuelo en medio de los mita-í. Salió un ratón con orejas y rabo, pero por lo blanco del pañuelo resultó un conejo coludo y desorejado que se puso a caminar entre mis manos. “Ikuãme!”, señaló divertido un pelirrojo que se dio cuenta enseguida que lo movía con el dedo por debajo de mi brazo.
El piloto me había contado que íbamos a la región de los aché, una etnia escasa que tiene la piel de terciopelo. Pedí entrar en una aldea, pero la vicepresidenta de la Fundación tenía apuro por llegar al aeropuerto de la reserva; allí la buscaba su avioncito, porque la señora no se le anima a la pista de Ygatimí. Por suerte nos cruzamos con uno que salía de la aldea Chupa Poú. Tengo una foto robada desde la camioneta.

Mientras desayunamos en la casa de la Fundación en Ygatimi aparecieron dos funcionarios vestidos de Animal Planet. Eran del Fondo Francés para el Medio Ambiente Mundial y querían ver con sus ojos lo que se hace con su plata en la reserva de biosfera del Mbaracayú. Conversé largo con Sylvain durante el viaje en camioneta. Creí que sería un Indiana Jones de plástico, pero resultó un andarín porfiado del hielo de las montañas y la miel de las selvas sudamericanas.
Enjambres de chicos curiosearon nuestra presencia mientras sus profesores nos enseñaron las mejoras en las instalaciones de las escuelas de Nueva Alianza y La Morena. Como no las conocíamos de antes, pocas comparaciones podíamos hacer. Lucían de estreno los carteles anunciando a nadie que todo eso es posible gracias al dinero de los franceses. Después, en un hospitalito de dos ambientes lleno de madres embarazadas y de mocosos desnudos, aprendí que los hijos son la riqueza de los pobres y que las heladeras salvan vidas.
Sólo los profesores hablan un poco de castellano. Los chicos, compinches y curiosos, andaban descalzos por aulas y galerías. Son hijos de campesinos y hasta de algún chacarero de la colonia. La vergüenza de los mita-í se compensa con la picardía de las cuñá que hacen caras y posan coquetas cuando las apunta el fotógrafo.
De repente me acordé del éxito asegurado del ratón de trapo que me enseñó don Tino, un cura amigo de mis padres, cuando era chico. Plegué y enrollé mi pañuelo en medio de los mita-í. Salió un ratón con orejas y rabo, pero por lo blanco del pañuelo resultó un conejo coludo y desorejado que se puso a caminar entre mis manos. “Ikuãme!”, señaló divertido un pelirrojo que se dio cuenta enseguida que lo movía con el dedo por debajo de mi brazo.
El piloto me había contado que íbamos a la región de los aché, una etnia escasa que tiene la piel de terciopelo. Pedí entrar en una aldea, pero la vicepresidenta de la Fundación tenía apuro por llegar al aeropuerto de la reserva; allí la buscaba su avioncito, porque la señora no se le anima a la pista de Ygatimí. Por suerte nos cruzamos con uno que salía de la aldea Chupa Poú. Tengo una foto robada desde la camioneta.
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