Escarabajos

La Gendarmería Nacional incautó 1.600 escarabajos en la localidad de San Pedro, provincia de Misiones. El operativo se realizó sobre la ruta nacional 14, a 240 kilómetros de la ciudad de Posadas, donde se detuvo a dos chilenos, presuntos integrantes de una red de traficantes de animales. Los acusados recorrían pueblos y parajes selváticos en busca de ejemplares demandados por coleccionistas privados radicados en el exterior. Las autoridades allanaron la vivienda de los chilenos, quienes integrarían una ONG ambientalista. Mauricio Olivera, un vecino de la zona, declaró: “Todos sabíamos que esta gente pagaba hasta 150 pesos por cada cascarudo vivo”. En la provincia de Misiones está prohibida la caza de animales nativos, incluida una amplia variedad de insectos que habitan en el monte. Los escarabajos secuestrados tendrían un valor de 100.000 dólares. Palabras más, palabras menos, la noticia apareció en los periódicos de Buenos Aires; lo que no cuenta es que los escarabajos incautados eran grandes como palomas.

Soy genocida de insectos en las carreteras misioneras. Lo cometí con mi auto japonés que queda perdido de bichos estrolados en toda la carrocería. También gorriones y hasta ranas, que un verdugo remata en el lavadero con su mortífero chorro a presión. Entre la lluvia de meteoritos que atravieso de noche en la ruta me espanta algún naranjazo que se revientan contra el parabrisas: son escarabajos como los incautados por la gendarmería. También hay langostas como cigarros Montecristo número dos. He estrellado contra mi coche millones de dólares.

Además de escarabajos de oro como el de Poe, me he encontrado con insectos de porcelana china, de lapislázuli y también esmeraldas de seis patas. Los sanjorges son rubíes de fuego y carbón dispuestos a terminar con todas las arañas. Y hay dijes más baratos, como las vaquitas de San Antonio, siempre querendonas: alguien ya inventó el ámbar sintético que las petrifica para pendientes y chupetines. Los aguaciles parecen sikorskis y las luciérnagas robinsons que patrullan la noche. Los mamboretás son origamis de papel glacé que entienden castellano.

Cuando se ponen molestos, los bichos me recuerdan a mi abuelo el general. Creo que era teniente durante la guerra de África -por los años 1920 - cuando apagaban la luz para no ver los insectos que caían en el rancho: vivió hasta los 94 con unas cuantas batallas en el medio. Tampoco al Bautista le cayeron mal las langostas del desierto. Algunos insectos se comen con placer en señalados sitios de América. Hormigas culonas, chapulines y gorgojos son nutritivos y hasta curan enfermedades. Ya ordeñamos a las abejas para alimentarnos con su miel y explotamos a los niños de las mariposas para vestirnos con su seda. Comeremos ensalada de pirpintos y budín de larvas de termita. Algún día cultivar hormigas será como sembrar chauchas.

Si nos rocían un frasco entero de insecticida caemos como moscas: nos salva la proporción, pero un poco morimos cada vez que inhalamos pesticidas y repelentes. Las autoridades persiguen a dos chilenos por comprar escarabajos (o porque los incautos no aceitaron el negocio con algún gendarme), mientras protegen a los que los matan con la guerra química que deja tullidos a la mitad de los colonos que cultivan tabaco. Todo para evitar que langostas y pulgones se almuercen las hojas que otros se fuman sin ningún remordimiento.