No es tan extraño eso de los reyes y reinas de hoy en día. Son monarquías unos cuantos de los países más avanzados del planeta: Reino Unido, España, Países Bajos, Bélgica, Dinamarca, Suecia, Noruega, Luxemburgo, Mónaco... También lo son Japón con su emperador, o Canadá y Australia, que admiten como Jefe del Estado al rey británico. Son ricas pero no tan avanzadas las monarquías árabes, o las africanas, que suman unas cuantas. Y todo eso sin contar las monarquías que no se llaman monarquías, como la dinastía que gobierna Corea del Norte con mano de hierro; el matrimonio tiránico de los Ortega en Nicaragua o la también tiranía de los Castro en Cuba, donde manda el hermano de Fidel y Marco Rubio arregla con su nieto el futuro de la isla (como en Venezuela, pactan lo que sea con tal de seguir en el poder).
El caso de Irán podría compararse al de España en 1975, cuando Juan Carlos, nieto de Alfonso XIII, volvió a reinar después de 36 años de dictadura de Francisco Franco y de dos intentos republicanos anteriores que hicieron abdicar a los reyes en 1873 y en 1931. Ahora Juan Carlos, sancionado por la opinión pública española por su conducta financiera y sexual, puede volver a España de su exilio en Abu Dabi gracias a sus méritos democráticos, certificados después de la desclasificación de documentos del golpe de estado de 1981.
Es ingenua la pregunta de si los escándalos de la corona británica o española van a causar el fin de esas monarquías. La conducta del príncipe Andrés del Reino Unido o del rey Juan Carlos de España no hacen más que confirmar que uno es hermano del rey y el otro es rey jubilado, no muy distintos de los que cometieron reyes y príncipes durante siglos y tantos jefes de estado que hoy están presos o exiliados. Por eso parece más probable que en el siglo XXI vuelvan algunas monarquías antes de que caigan otras.
