11 de abril de 2007

Meninos de rua

En la Praça da Sé de San Pablo siempre hay un predicador anunciando desgracias a voz en cuello con un corro bien redondo que repite las últimas palabras de cada frase como un eco y las sella con aleluyas y amenes. El conselheiro se abanica con una Biblia flexible de tapas negras y cantos colorados y bascula entre pierna y pierna al son de sus propias palabras. Algunos transeúntes se acercan a curiosear, más por el tiempo que les sobra que por sus convicciones. Abundan también en la plaza los saltimbanquis, los vendedores de pão de queijo y de tarjetas telefónicas. Allí pasan la vida unos cuantos linyeras entreverados con los viandantes apurados y con los que no tienen nada que hacer. Homeless no son, porque llevan su casa a cuestas, como los caracoles, en carritos de un supermercado global. Las bocas del metro vomitan riadas de pasajeros a cada largísimo tren que llega a la estación Sé, en los estómagos de la plaza. El retablo de estas maravillas es la fachada de la catedral de San Pablo, gótica del siglo XX, con cúpula florentina, enclavada en el antiguo centro de la ciudad. Por allí trajinan millones de paulistanos: la sustancia misma de una de las ciudades más grandes y fascinantes del planeta.

Se nos ocurrió hacer un ejercicio práctico de fotoperiodismo sobre la Praça da Sé cuando daba clases en el Master de Periodismo del Centro de Extensão Universitária. La gracia estaba en que los alumnos no eran fotógrafos sino editores de periódicos y revistas del Brasil, pero se trataba de probarlos en sus habilidades para contar historias son imágenes: elegirlas, editarlas, cortarlas sin piedad y agrandarlas sin vergüenza. Cada uno debía presentar su reportaje fotográfico, así que una mañana nos fuimos con nuestras máquinas de fotos hasta la Sé. Fuimos caminando a la vera del barrio japonés y de la iglesia de San Gonzalo García, el mártir de Nagasaki que murió asaetado en una cruz de San Andrés después que le cortaran la oreja izquierda, a él y a otros 25 compañeros.


Mientras mis alumnos periodistas deambulaban por historias por las cinco hectáreas de la plaza, me puse a buscar también la mía; evitaba que me vieran para que no se copiaran. Unos meninos descansaban de la canícula de San Pablo jugando con agua en las piletas y cascadas rectangulares de la plaza. Era su Disneylandia en pleno centro de San Pablo. Cuando percibieron mi interés en sus diabluras las multiplicaron con una picardía insólita. Se pusieron a jugar en las escaleras mecánicas de la estación del metro: subían o bajaban a contraola, o hacían equilibrio en las barandas de caucho. Hasta que a uno se le ocurrió apretar el botón rojo de emergencia en plena estampida de pasajeros que subían desde las entrañas del metro. La escalera se paró en seco como un dibujo animado de Tom y Jerry. La bronca descomunal de los viandantes, que salían atropellados de las escaleras muertas provocó la intervención de la implacable policía Militar de San Pablo. De paso, algún alcahuete le contó a un oficial vestido de astronauta que yo estaba haciendo fotos de los meninos, mientras me señalaba con el dedo. Me salvaron de ir preso mis alumnos brasileños que aparecieron a tiempo ante el estropicio en las bocas del metro. Ellos explicaron lo que los policías no podían creer.

11 de marzo de 2007

Riña de gallos

En mi país están prohibidas las corridas de toros, pero para salvar al toro, que no al torero. También vedaron las peleas de gallos, dicen que no es por los animales ni por la violencia (ni más ni menos que una pelea de box). Parece que en los reñideros se armaban unas bataholas descomunales por culpa del aguardiente: hubieran prohibido el alcohol... Pero hay peleas magníficas en pueblos y ciudades del interior, con el vértigo de lo prohibido. Los galleros son el comisario, el juez y el cura. Un mendocino, entonces ministro de Educación de la Nación, fue el primero que me habló de su afición prohibida por los gallos de pelea. Pero recién en la costa del Ecuador vi por primera vez cómo dos gallos se matan a patadas y picotazos. De estos gallos viene el dicho “este es mi pollo” que usamos en América cuando estamos orgullos de un candidato a lo que sea y que se nos complica en España cuando se trata de una mujer.

Son razas originarias de Sumatra y de Calcuta. Pollones que parecen faisanes, elegantes y gallardos. Se vuelven temibles cuando suponen que el de enfrente les ha robado su gallina, o les veda el camino al gallinero. Por eso los tienen a palo seco, enjaulados, hasta que se ponen bien ariscos de tanto esperar. En ese tiempo el gallero les da de comer ración de batalla, les despluma muslos y patas, les recorta la cresta y los entrena en el arte de la guerra. Los gallos veteranos tienen cicatrices y mataduras para regalar. Entendí entonces porqué se oye cacarear casi en el centro de Guayaquil: los crían hasta en los pisos y terrazas de los rascacielos.

En el diario me enteré que había riña en un galpón de Mapasingue Este, abajo del cerro y cerca de la vía a Daule. Costó encontrarlo porque no tenía ningún cartel, pero preguntando se llega al fin del mundo. Además alteraba la siesta la bulla de los apostadores que rebalsaba por encima del muro junto con el olor de la fritanga.

Los galleros son gritones y las galleras son los reñideros, legales y públicos en esta parte del planeta. Se paga entrada, aunque sean galpones desbaratados y mugrientos. Los palenques empiezan al mediodía de los domingos y se gastan la tarde entre gritos, cacareos y sollozos. Jugaban unos pocos dólares en una apuesta que se desempareja con la pelea y con los aullidos y abucheos. Se apuesta de palabra y se paga al terminar, de memoria. Ahí empieza la pelea entre galleros.

Les atan una espina de pescado en las patas, sobre el dedo de atrás, como una espuela; en otros lugares usan espolones de acero. El color de la cinta adhesiva con la que pegan la púa los distingue para las apuestas. Los azuzan un poco, les soplan aliento de aguardiente y los largan al ruedo bastante escupidos. Después de meses encerrados en una jaula, sin ver una gallina ni de lejos, se matan porque creen que la culpa es del otro. Son dos boxeadores mancos que se destruyen a picotazos y patadas voladoras en un ruedo de tres o cuatro metros de diámetro. Espeluznan las plumas del cuello y se miran con un odio que asusta. Vuelan para hincarle la espuela en el lomo al contrario. Si lo consiguen es un golpe mortal. Entre picotazos, cacareos y desplumes se pasa la pelea. Pierde el que muere, o queda inválido. El patrón del perdedor se lleva entre gruñidos los restos doloridos y convulsos de su pollo, que mueve las alas con espasmos para mostrar que está vivo.

El gallo ganador no sabe si sigue en este mundo o pasó a mejor vida porque su dueño lo levanta y lo abraza como los jugadores de fútbol después de un gol. Grita y lo besa y acaricia en lugar de llevarlo de una vez al gallinero o al hospital. Al final tiene su premio y vuelve a ser el amo del mundo, rodeado de su harén de gallinas pechugonas... pero por poco tiempo, hasta que se prepare la próxima pelea en la que volverá a matar o morir para la gloria o el escarnio de su señor.

11 de febrero de 2007

Air Madrid

Gasté dos días enteros en un seminario en Madrid. ¿En Madrid? Bueno, en el hotel Auditórium, en la carretera de Aragón, camino de Alcalá y pasado el aeropuerto de Barajas. Lejos de todo y cerca de nada. El hotel es una prisión para congresistas, con wifi débil, abundante catering y bastante mal gusto. Pero eso no era nada en comparación con otra realidad patente y dramática que convivía con nosotros en el presidio. Los seminaristas, casi todos nórdicos y eslavos, se perdían entre una multitud de iberoamericanos que invadían la cárcel de cinco estrellas: miles, sin exagerar, por todos lados, deambulaban por corredores y salones como zombies de una era desconocida. Formaban colas para entrar y salir, para comer y para subir al ascensor. Los descargaban de autobuses y los llamaban por número de vuelo. Salían esperanzados al aeropuerto, pero al rato volvían descorazonados a hacer otra vez la cola en el mostrador del conserje. Eran náufragos de Air Madrid. Huérfanos mansos del overbooking y la estafa. Ni un grito, ni un enojo. Es la resignación sabia de los pobres: cuando no se gana nada con protestar no hay ninguna necesidad de enojarse. Será por eso que nos asombra que en España usen la bocina del coche para insultar.


Air Madrid todavía volaba, pero ya estaba en las últimas. Dejó 100.000 pasajeros varados, casi todos latinoamericanos que solo podían viajar en una línea de bajo costo. No van a España a disfrutar de los museos ni de la buena mesa. Van a ver a sus maridos, mujeres e hijos, o a intentar quedarse para siempre. Las desigualdades y la escasez de nacimientos producen el flujo imparable. La primera vez que viajé a España los coches eran todos iguales, feos y grises; el papel higiénico raspaba, se tiraba la cadena y el teléfono tenía disco. Franco mandaba como un príncipe del Renacimiento, con guardia mora y palio en las procesiones. Los españoles todavía se escapaban, cuando podían, a los horizontes eternos de América. Joaquina, la mucama de mi infancia en Buenos Aires, era española. En 30 años todo cambió y en otros 30 volverá a cambiar. Ahora los argentinos, retobados en su patria, son serviciales en los bares de Madrid y Barcelona. Hay un hueco que llenar en lo más bajo de la pirámide y no hay dique que pueda contenerlo.

En el viaje de vuelta me tocó un lugar en el fondo del jumbo, solo en la fila de cuatro asientos: iba a viajar mejor que un duque en primera clase. Cuando estaba todo el mundo en su sitio, el avión se llenó de ansiedad: pasaron unos 15 minutos de silencio hasta que se abrió le puerta de atrás. Con el aire fresco del otoño madrileño entró una fila de bolivianos que ocupó los asientos libres y mi suite imperial de cuatro plazas. Eran deportados. Se los veía tranquilos y contentos: habían agotado su sueño europeo, pero volvían con pasaje gratis a sus casas y a su tierra. En Buenos Aires los acorralaron y metieron en otro avión que seguía viaje a Santa Cruz de la Sierra.

Pensé con pena en los españoles del presente, los que deportan su pasado y su futuro porque prefieren un presente sin remordimientos. Quién los cuidará cuando estén mayores. Quién paseará a los niños y les enseñará a rezar, como hacía Joaquina con nosotros. Quién les cantará canciones y les contará historias. Quién les alegrará la vida con su música y sus bailes. Quién los despertará un día del tedio del bienestar con el ritmo loco de la salsa, el tango y la marimba. Quién jugará al fútbol por ellos en el Barça, el Valencia o el Real Madrid. Quién ganará sus medallas y besará llorando sus trofeos. Quién los servirá en los restaurantes. Quién los recibirá en el portal de su casa con una sonrisa cuando llegan del trabajo o del guateque. Quién criará su ganado, trabajará su tierra, se llevará su basura, limpiará sus miasmas, hará los mandados, irá a la guerra. Quién morirá por ellos en el estacionamiento de la Terminal 4 del aeropuerto de Barajas.

11 de enero de 2007

El tercer hombre

Ramiro Tamayo era un boliviano de cara filosa y fiebre en los ojos. Algo le debía digerir la comida, que no su estómago. Un día murió de esa comezón. Me lo explicó llorando su mujer cuando recibió otra carta mía dirigida a su marido muerto y enterrado. Ramiro podía ser mi padre y lo había conocido por alguna recomendación familiar. Era un fabricante de candidatos. Un inventor de políticos, pero no de esos que venden humo. En su currículum tenía campañas en Wisconsin o Peoria, en Hermosillo y El Salvador. En Bahía y Santa Cruz de la Sierra. Había fabricado alcaldes, intendentes, gobernadores y prefectos. Nunca un presidente.

Cada vez que nos veíamos intentaba convencerme de dos cosas: las bondades de la proyección de Arno Peters y la teoría del Tercer Hombre. Peters es el inventor de una proyección plana y rectangular del globo terráqueo tan ajustada a las reales superficies, que los continentes parecen deudos del conde de Orgaz. La proyección de Mercator no se anda con sutilezas de tamaños y se adapta sin problemas al modelo documental, rectangular, de nuestros atlas, libros y periódicos: basta con saber que reproduce una esfera, aunque con distorsiones. Solo es proporcional a la tierra el globo terráqueo, pero es incómodo de llevar en la valija. A eso ya lo sabían los griegos, un califa de Bagdad de la época de Carlomagno y el Gran Almirante antes de lo del huevo.

Lo del Tercer Hombre era mucho más interesante. Ramiro buscaba a su primer presidente en la Argentina. Un hombre -varón o mujer- que no fuera de la derecha ni de la izquierda ni del centro. No andaba atrás del oficialista ni del opositor ni del tránsfuga. Era todo lo contrario, pero al explicarlo se le salían los ojos del cráneo y no conseguía terminar las frases. El tercer hombre salvaría nuestra tierra de la tiranía del primero y el segundo. Es el que puede terminar con 200 ó 500 años de reparto injusto entre dos facciones distintas pero iguales. Solía hablarme de un hombre real, con nombre y apellido, pero todavía no me atrevo ni a recordarlo, por las dudas. La muerte voraz que llevaba adentro lo encontró antes a él en Buenos Aires.

Cada vez que aparece un nuevo candidato en cualquier municipio, provincia o nación, me pregunto si no será ése el tercer hombre de Ramiro, pero tardo apenas dos días para encasillarlo donde los de siempre. Me entusiasmaba con los candidatos venidos de las artes, del deporte, de la moda, del cine y hasta de los periódicos, y soñaba con conocer por fin al Hombre, pero siempre terminé defraudado. Lo imaginaba corriendo como Forrest Gump por la ruta 9, desde La Quiaca a Buenos Aires para terminar con la corrupción y los desencuentros de la Argentina. Alguien que limpiara al país de la mordida, la coima, el arreglo y los aprietes. Demasiado le estaba pidiendo a mi tercer hombre…

Pero el año pasado por fin apareció un tercer hombre en la Tierra sin Mal, como llamaban los guaraníes a su paraíso vegetal. Joaquín Piña tiene 76 años y es de Sabadell, aunque vive en las antiguas Misiones del Guayrá hace más de 50 años. Don Joaquín no es héroe ni prócer. Es bueno como el pan y transparente como el agua. Con ese equipaje se atrevió a enfrentar el poder despótico de un gobernador mesiánico que se creía invencible. Lo derrotó en camiseta y alpargatas, como David a Goliat, y se volvió a su casa. Ahora estoy convencido: los déspotas de este mundo tienen los pies de barro: se los tumba con la audacia y la valentía de los inocentes.

11 de diciembre de 2006

Elecciones

El calor atolondraba aquel domingo de octubre en Posadas. Pasé la mañana buscando al jefe de la sección política del diario por los hospitales de la ciudad. Casi lo alcanzo en el Madariaga, pero cuando entré en la guardia de emergencias me dijo un policía que se había ido hacía cinco minutos. “¿Cómo estaba?” Le pregunté. “Vomitaba sangre”, me contestó. Salí sin rumbo, como para encontrarlo por casualidad. Otro periodista lo acompañaba desde que un guardaespaldas del gobernador le reventó la barriga de una trompada para abrirse paso hacia el colegio donde votaba. Lo llamé. “¿A dónde van?” le pregunté. “Al diario” me contestó Martín como si fuera lo más natural, y siguió: “Después de vomitar, Fernando se siente mejor”. “Dame con él” le obligué. “¡Estás loco! Te vas ya mismo a un hospital, al que más te guste”. Me explicó tosiendo que estaba bien y que no se había anotado en esta pelea para verla desde una cama. Días después el gobernador acusó a los periodistas de no dejarle ejercer sus derechos. Se plebiscitaba un cambio en la constitución para permitir la reelección eterna del Supremo y el Hombre estaba dispuesto a ganar como fuera. Todos estaban a su favor: jueces, intendentes, legisladores, ministros. Todos, menos el pueblo. Solo nuestra encuesta lo daba perdedor, las demás estaban compradas por el gobierno.

En la semana habíamos encontrado 31.000 documentos sin entregar en el Registro Provincial de las Personas; casi el diez por ciento de los que irían a las urnas. En la Argentina es obligación sacar ese documento a los 18 años. Ante los reclamos de los ciudadanos, explicaban que no habían llegado todavía de Buenos Aires. Pero no era así: durante más de 24 meses los acumularon en esa dependencia para una ocasión como esta. Estaban terminados y listos para entregar a sus dueños: solo les faltaba la foto, que lleva el interesado y se sella con una hoja autoadhesiva transparente en el momento de la entrega. Los punteros políticos pagan hasta 150 pesos por cada voto a jóvenes necesitados de dinero. Con diez fotos, cualquiera que cuadre con la edad y el sexo del documento, puede votar todas las veces que pueda y sumar un buen sueldo; después los queman. Será para permitir el fraude que los argentinos llevamos un documento que parece el salvoconducto del Doctor Zhivago. No hay voto electrónico, no se entinta el dedo de los votantes y está prohibido difundir encuestas a boca de urna hasta dos horas después de cerrados los comicios.

Almorzamos tarde y con buen vino, también prohibido en las fechas electorales. Como nuestros teléfonos estaban “pinchados”, se nos ocurrió llamarnos entre morcilla y matambre para filtrar las cifras de la encuesta de boca de urna al servicio de inteligencia del estado: la diferencia era de catorce puntos a pesar del fraude, mermado por las denuncias del diario.

Cuando terminó la votación, el Tribunal Electoral, presidido por una amiga del gobernador, empezó a difundir solo las mesas en las que había ganado el gobierno. Temíamos graves incidentes si intentaban robar la elección en el conteo, hasta que un llamado del ministerio del interior alertó al gobernador desde Buenos Aires: “Sabemos que perdés por catorce puntos. Cualquier disturbio será tu responsabilidad y te vamos a intervenir la provincia”. Lo contó inocente un periodista-espía del gobierno nacional para adjudicarse la primicia. Las causas justas siempre se ganan, pero mejor es ganarlas en serio.

11 de noviembre de 2006

Iruña del Paraguay

Ciudad del Este es uno de los enclaves más fascinantes del Nuevo Mundo. Se puede comprar todo, pero no es un modo de decir ni una exageración, es la versión más cabal de la abundancia. Los suspicaces de siempre mascullan que también se venden katiushkas y que es un dormitorio de las temibles células de Hezbolá. En Brasil hay tres veces más libaneses que en el Líbano y a nadie debería asombrar que los fenicios compren y vendan en este mercado superlativo. Los precios son los más bajos del mundo, alentados por una floreciente industria de la falsificación y por la ley que permite importar al Brasil 250 dólares por cada persona que cruza la frontera por el río Paraná. Así fue que un día me topé sobre el Puente de la Amistad con un ejército de sacoleiros en fila india: cada uno llevaba rodando un neumático Michelin. Era una importación lisa y llana de cubiertas, pero sin pagar impuestos: contrabando hormiga.


Allí están las mejores imprentas del Paraguay, capaces de imprimir cajas de lentes Canon, marbetes de Chanel Nº 5, etiquetas negras de Johnny Walker, y, por supuesto, las mejores carátulas de discos compactos. Con el jefe del taller del diario cruzamos el río un día de verano para husmear una inmensa rotativa instalada en el medio del campo, cerca de Encarnación. Solo en San Pablo de Brasil se puede encontrar una de ese tamaño, útil para imprimir por lo menos un millón de etiquetas en huecograbado. Un banco se había quedado con ese monstruo por la quiebra de su dueño y no sabían qué hacer con ella. Nosotros tampoco.

Otra vez volvíamos hacia Posadas después de comprar en Ciudad del Este unas cámaras Nikon para dos periodistas del diario. En la ruta nos sorprendió un cartel mal escrito que decía Iruña dentro de una flecha que señalaba a la izquierda. Venía en el coche Alfredo Triviño, natural de Potasas, así que decidimos entrar a conocer la Pamplona del Paraguay. En la desembocadura del camino había una casilla de madera destartalada y un par de campesinos que nos debían estar esperando porque aceptaron rápidamente la invitación a llevarlos. El día era bueno y soleado, pero la lluvia de la noche había vuelto de sangre la tierra colorada. Recorrimos los 24 kilómetros barreando en mi auto blanco, que por suerte tenía tracción en las cuatro ruedas. Quedó perdido de barro, pero gauchito, como coche de estanciero.

Iruña resultó una colonia medio perdida del departamento Alto Paraná. Nadie sabía porqué se llamaba así, y suponían que se trataba de un topónimo guaraní. El más memorioso, y casi el único que encontramos que hablaba castellano, recordaba que aquellas tierras habían sido de don Genaro Escudero, oriundo de Pamplona. Iruña se llamaba la finca en memoria de su tierra natal y dentro de ella se fundó el pueblo, el día de San Fermín, de 1993. Los demás habitantes que encontramos eran alemanes y hablaban portugués. Casi todos muy jóvenes y sin otro vehículo que sus inmensos tractores: ellos hirsutos, bizarros, filosos, con manos de ligustro y uñas de hierro. Ellas rubicundas y grandotas. Los mocosos muy blancos, rubios como sus madres y mal vestidos. Colorados como mi auto por la tierra que pringa como el suprabond. Nos explicaron que venían del Brasil y se instalaron allí, donde compraron tierras para sembrar soja.

Iruña es un par de calles paralelas que apenas se distinguen entre los sembrados. Algunas casas y un proyecto de plaza llena de malezas en el centro, rodeada por una iglesia a medio construir, regalo de los alemanes de Alemania a sus hermanos del Paraguay. En otro flanco un almacén y una oficina municipal con el escudo de Iruña del Paraguay y el león rampante de Pamplona en su cuartel de honor. La colonia fue declarada en 2006 municipio independiente por el senado del Paraguay. Ya tiene casi 5.000 habitantes.

11 de septiembre de 2006

Pedro Claver

Buscaba una misa ese domingo bajo el sol sin tregua de Cartagena de Indias. Caminaba despacio –como aprendí en Guayaquil– para no agregar el calor del cuerpo al que viene sin llamarlo. La encontré justo a las 11 en la iglesia de San Pedro; la suerte te toca cuando vas con buenas intenciones.


Al salir necesitaba un baño con cierta urgencia, y no para ducharme. Me acerqué a la puerta de la casa de la Compañía, pegada a la iglesia, a ver si me auxiliaban en la emergencia. Un mulato de unos 400 años, chupado y medio rengo, me acompañó al cuartito, al final del segundo patio y en la planta de arriba: no llegábamos nunca. Al salir estaba allí esperando, sentado en un tronquito de la galería alta. Medio en chiste le pregunté si había usado el baño de san Pedro Claver. No le gustó nada mi gracia, pero en lugar de enojarse me agarró del brazo y empezó a contarme la historia del santo que vivió 40 años y murió en esa casa el 8 de septiembre de 1654. Su cuerpo está allí mismo, acostado en una urna de cristal, debajo del altar mayor de la iglesia.

Pedro dormía en un cuarto mal iluminado por un ventanuco a la altura de la almohada que le solearía la cara al amanecer, en la planta alta del colegio de los jesuitas. Por encima de la muralla veía desembarcar los cargamentos de negros en el muelle de los Pegasos, por donde entraron un millón de africanos de los doce que llegaron a las Américas. Venían de Guinea, del Congo y de Angola. Allí los cazaban como monos o los compraban a los jefes de las tribus que entregaban a sus prisioneros y también a sus súbditos. Se vendían en los puertos para trabajar en el campo, en las minas y en la construcción. “Cambio mulato de 30 años, buen cocinero, sano, sin malos hábitos, por un negro, una mula, unos caballos o un carro” decía un aviso publicado en La Habana por esos tiempos: todo súper legal.

El viejito me contó que allí mismo, en la habitación del ventanuco, Pedro dijo por primera vez la frase que más se le conoce –“seré esclavo de los negros para siempre”– mientras señalaba a los que bajaban maltrechos por la jornada en las bodegas de los galeones: en el viaje moría un tercio de los embarcados. No arregló –ni lo intentó– la tragedia de la esclavitud. Ni siquiera la denunció más que con sus actos. Los cuidaba, alimentaba, curaba y ayudaba a vivir y morir con la dignidad de los hombres libres. Catequizó y bautizó a 300.000 negros que se convertían a la vez en cristianos y en americanos. Casi no dormía. Calepino y Andrés Sacabuche fueron sus más fieles asistentes y traductores. El Calepino llegó a hablar doce lenguas africanas. Pedro pasó los últimos cuatro años de su vida inválido, en la enfermería del colegio de la Compañía, olvidado hasta de los amigos y destratado por el negrito Miguel.

Aunque vinieran llorando, la alegría de los africanos se inyectó en las entrañas de América por Savannah, Nueva Orleáns, La Habana, Cartagena, Salvador y Veracruz; corrieron distinta suerte los que fueron al modelo puritano del norte. Los de aquí se hicieron americanos a la fuerza, pero con ganas. Amaron el nuevo mundo y se mezclaron con todos los colores del arco iris. En un par de generaciones heredaron los apellidos y el color de los ojos de hacendados y encomenderos; también la libertad. Pelearon como leones en las guerras de la independencia y los últimos que quedaban esclavos fueron liberados casi un siglo antes que en el Norte. Llenan nuestras vitrinas de copas y medallas y nuestros corazones de música. Trajeron la magia que nos defiende de la influencia fastidiosa del mundo civilizado, donde se pone alambradas al encanto y se deporta la alegría.

Fue en el cuarto viaje de Colón cuando llegaron los primeros negros desde la Península. Los traía Nicolás de Ovando a la Española. A los que les gusta atar los cabos de la casualidad hay que recordarles que, antes de ser genovés, el Gran Almirante era de Verdú (Lérida). Además una Colón fue la madrina de Pedrito Claver, que había nacido en Verdú el 26 de junio de 1580.

25 de julio de 2006

La casa de los Duarte

A las tres de la madrugada Luchín Duarte se moría de hambre. Prendió fuego en su parrilla con un poco de carbón y asó un costillar que comimos una hora después. No recuerdo que día fue, pero pudo ser ayer.

Los periodistas vamos muchas veces a contramano del resto, pero Luchín debe ser algo más que el resto porque siempre está cuando se tiene necesidad de hablar después de un día a contrarreloj. Cualquier hora del día o de la noche es buena para caer y también para irse: en su casa de madera y techos de zinc, como en el Cielo, no pasa el tiempo.

En la galería que chorrea cenefas vegetales de latón disfrutamos no se cuántas noches del calor dulce, el aire denso y la lluvia colorada de Misiones. La conversación viaja por derrotas imposibles de desandar. La comida es deliciosa porque Ana es la mejor cocinera de este lado del Paraná: surubí en hojas de banano, mbeyú, kiveve... Las ollas huelen a cilantro, a aceite de oliva y a cebolla colorada. El perfume de la guayaba y el mburucuyá se mezclan con las naranjas apepú y el humo de los tabacos que remolonea entre las plantas y las lagartijas.

En la casa de los Duarte hay miles de libros y no hay televisión. De los altavoces surge lo mismo Bola de Nieve –el cubano triste que canta alegre–, el Gato Barbieri, coros búlgaros, violines estonios, gitanos de los Balcanes, Caetano Veloso o Vinicius de Moraes. Luchín tiene habilidad especial para casar la música con la comida y duerme la siesta arrullado por la misma melodía con que almorzó.

Están todos los licores, no falta ningún diccionario y no hay aparatos de aire acondicionado. El agua se bebe tibia y el mate un poco lavado para no poner nervioso a nadie. Una alberca, en el centro de la casa, refresca y relaja con su chorrito sempiterno. La bodega, debajo de la escalera, guarda botellas fechadas el día en que quedaron acostadas. Ahí esperan pacientes a que las despertemos los amigos a golpes de tirabuzón. Un día de limpieza me encontré todas las botellas encima de la mesa de billar.


En lo de Duarte reina siempre la penumbra fresca y sabia de la tierra caliente, tanto que es casi imposible adivinar los cuadros que se ríen de las visitas en todas las paredes de la casa. Una anguila negra y ciega se esconde, entre los nenúfares de la fuente, de Canaleto, el gato negro de la casa; allí comparte mosquitas y renacuajos con dos tortugas hurañas.

En el vestíbulo atropella una mesa de billar en la que nadie juega. Las luces amarillas alumbran encima del tapete objetos impensados que esperan un lugar mejor para quedarse a vivir en esa casa. Un día apareció un libro con dos cintas negras cruzadas, aprisionado por un lagarto de bronce. Cuando lo estaba por abrir me advirtió Luchín que si lo hacía llovería sin remedio. No se si por rebelde o para demostrar la superchería lo abrí a escondidas: tenía oraciones y rogativas a todos los santos para hacer llover. Antes de amanecer cayó un aguacero fenomenal, con truenos espeluznantes y rayos de neón.

Dicen las sobrinas holandesas de Ana que su tía vive mejor que una reina. Y es cierto: para vivir así en La Haya hay que tener la plata de la reina de Holanda. La pobre jamás disfrutará del calor dulce del trópico andando descalza sobre las baldosas verdes y negras de la galería de los Duarte. Tampoco puede salir de compras con el criadito que carga la canasta de mimbre con pomelos rosados, duraznos de Cerro Azul y huevos de gallinas felices. Ni ha visto jamás las hojas lustradas a mano del rododendro, ni la ha empalagado el mamón en almíbar con queso fresco.

11 de junio de 2006

Arroyo Castellanos

Como no cabíamos en la DKW de los Ponce viajamos en tren con Carlos Arturo en diciembre del 65. Creo que fue el viaje en se perdió Isabel: cuando estaban por llegar a Salta Beatriz preguntó extrañada porqué estaba tan callada; no estaba en el Autounión (viajaba en el fondo, con las valijas y solía hablar todo el tiempo). Se la habían olvidado en una estación de servicio de Tucumán. La encontraron feliz de la vida en la casa de una señora que se la pensaba quedar. En lugar de Tucumán Isabel decía Micumán, con lógica perfecta y derecho adquirido.

Pasé la Navidad en Salta. Beatriz nos predicó una noche a un montón de chicos en el jardín de una casa y comprábamos regalos en la boutique de su hermana Marisa. En la falda del cerro San Bernardo había una gran bandera argentina dibujada con piedras pintadas de blanco y azul. Arriba decía BIENVENIDO y abajo CNEL LEAL. Jorge Leal fue el primer argentino que alcanzó el polo sur el 10 de diciembre del 65 y fue recibido como un héroe por su ciudad natal. Para el desfile del 20 de febrero vino el presidente Illia, así que, rearmaron las piedras de abajo para dibujar la palabra PRESIDENTE.

En enero nos instalamos en San Lorenzo. Habían alquilado la casa de los Figueroa, sobre la ruta, en el kilómetro 11. En febrero se cambiaban con los Peltzer pero yo ya estaba ahí. Los fondos de la casa llegaban hasta el río San Lorenzo en dos potreros sucesivos donde pastaban los caballos. Los Ponce se llevaron los que habían alquilado y llegaron para nosotros de El Bordo de las Lanzas un alazán viejo y huesudo como Rocinante, que eligió Enrique, y un pinto petiso y gordinflón para mí. Tenía buen humor y galope ligero y papá decía que se parecía al caballo de Perón. Todos los días a la tarde salíamos a cabalgar con unos 200 jinetes que se iban juntando por algún lugar de San Lorenzo. A la tardecita el sol nos iluminaba recortados en la cresta de la loma Balcón, del otro lado del río.


No era ni adolescente cuando me sumergí en la precocidad de los salteños que a esa edad ya festejaban entre chicos y chicas. Daba vértigo, pero había que declararse a una niña: andar juntos, saberse gustado y mirado en las cabalgatas, en la pileta o en la misa del domingo. Ante mi demora por lo que ya todo el mundo había decidido, Agustina Escalada, nuestra vecina del otro lado de la calle, contestó mi nombre cuando le preguntaron, a propósito y en mi presencia, de quién gustaba. Como estaba en la pileta, se metió abajo del agua de la vergüenza que le dio.

Un día fuimos al río Vaqueros con Ramiro Peñalba, un tío de Carlos Arturo. Nos enseñó a asar en cancana; unos palitos pelados donde se ensarta la carne. Ramiro era un poeta convencido y apasionado que trabajaba en el diario El Tribuno. Murió hace unos cuatro años. En un momento agarró un panadero y nos preguntó si sabíamos cómo se llamaba: “Panadero”, contestamos. “No. Se llama ‘palabra de hombre’, porque vuela”. Lo sopló y salieron volando las mil semillas con sus penachitos de algodón.

Habrá sido por intentar nuestra propia cancana que un día nos fuimos a caballo al arroyo Castellanos. Teníamos once años Julio Lascano, Carlos Arturo y yo; Cristóbal Ponce no debía llegar a los nueve. Son unos cuatro kilómetros desde San Lorenzo. Era un día bueno, pero con nubes negras del lado de los cerros. El camino pasaba entre casas grandes y lejanas que mirábamos en la cima de una loma o del lado del valle. El camino se angosta cuando deja el principal al borde del Vaqueros y cruza el Castellanos hacia Lesser y los Yacones por un puente que hace pie en el medio del río. Desensillamos y nos instalamos en la orilla donde hicimos un fuego y preparamos las cancanas. Cristóbal se entretenía con la monserga milenaria de mover piedras para hacer nuestro propio dique. En los cerros empezó a tronar.

Al poco tiempo el río se puso oscuro. Cuando nos alcanzó la lluvia nos dimos cuenta de que también subía. Nos refugiamos abajo del puente, en la isla donde se apoya el pilar que lo sostiene al medio. Desde ahí vimos cómo el agua apagó el fuego y se llevó las cancanas, pero también descubrimos las monturas mojándose del otro lado del arroyo. Logramos traerlas y nos pusimos a ensillar. Olía a tierra, a churqui mojado y a caballo nervioso. Al poco tiempo los truenos salían de adentro del raudal y el abrigo se convirtió en trampa: había que salir rajando si queríamos escapar de la furia de la crecida, pero los caballos no querían dejar la isla ni a palos. Nos zambullimos en el torrente asustando a los caballos más que el agua embravecida con nuestros gritos, azotes y aspavientos de mocosos. Las piedras pegaban en los garrones de los caballos que trastabillaban y escarbaban buscando dónde apoyar sus cascos. El mío cabeceaba nervioso y abría grande los ojos cuando el raudal le llegó a la barriga. La correntada se llevó mis alpargatas y perdí los estribos. Atrás Cristóbal todavía luchaba sin fuerzas con su caballo empacado en la orilla. El agua desmadrada se lo llevaría sin remedio, así que volvimos con Carlos Arturo –que para eso es su hermano mayor– y lo trajimos agarrando las riendas por debajo del freno. Cuando subimos la barranca de la orilla casi me caigo por la cola a la correntada. Miramos para atrás y el agua había tapado la isla. Cuenta Carlos Arturo que una pared de agua bajó arrasando todo: yo no la vi.

Volvimos al paso, reponiéndonos del susto. En el camino escampó, se fueron las nubes, y nos secamos al sol mirando el arco iris que se levantó sobre San Lorenzo.

3 de mayo de 2006

Humahuaca

La boletera me advirtió al sacar la entrada que no encontraría momias en el Museo de Arqueología de Alta Montaña de Salta. Los parientes de los indiecitos enterrados en la cima de los nevados están furiosos con los profanadores de tumbas. El museo cobraba por exhibir a sus antepasados en heladeras de cristal. Antes ablandaba a los visitantes con un video a toda pared donde enseñan cómo los científicos llegaron a la cima del volcán Llullaillaco y arrancaron de la montaña a tres niños enterrados hace 500 años a 6.700 metros de altura.

Las tribus del altiplano argentino eran vasallas de los incas: ahora son súbditas de un patagónico, mitad suizo mitad croata. Viven en la quebrada de Humahuaca y en la puna. Eran buena gente, solo que de vez en cuando sacrificaban a un niño en lo alto de un cerro para aplacar las iras de la Pachamama; todo legal. Parece que, además, eran muy humanitarios, porque antes de golpearles la cabeza con una piedra contundente, les daban a mascar hojas de coca y bebían chicha de maíz.

Las dos niñas del Llullaillaco tenían seis y quince años. El niño, siete. Parecen dormidos y sus petates están impecables, como si hubieran sido comprados en una tienda étnica de la avenida Santa Fe. A la niña mayor la partió un rayo, pero no se sabe cuándo. Su sacrificio los convertía en huacas, mensajeros de los dioses, vecinos del sol. Pero sus padres se llevaban lo bueno: la ofrenda de sus hijos les merecía, por lo menos, una gobernación. La hazaña de los arqueólogos, financiada por la National Geographic Society y la Smithsonian Institution, fue encontrar un santuario intacto en 1999: la mayoría de los yacimientos incaicos de los Andes han sido reventados con dinamita por los buscadores de tesoros.

Humahuaca no es el nombre de un programa límite de la televisión francesa. Es un pueblo antiguo, colonial, en el medio de la quebrada multicolor del río Grande, en el extremo noroeste de la Argentina: calles angostas, casas de adobe y faroles de hierro negro. Y dos torres achaparradas que enmarcan la iglesia de Nuestra Señora de la Candelaria y de San Antonio desde 1615. Por las calles, el mercado y la iglesia deambulan siempre indios americanos y turistas europeos. Unos bajitos y morochos, otros gigantes rubicundos. El pelo chuzo resalta contra el crespo, el respeto entre la altanería y el susurro en la estridencia.


El Viernes Santo, al terminar los oficios, dos cholitos vestidos de Arimatea y Nicodemo, bajaron de la cruz a un Cristo articulado y lo depositaron en una caja de vidrio llena de flores. Después lo pasearon por las calles del pueblo seguido por la Dolorosa, con su corazón de plata atravesado por siete facones. Tambores y sikus los adelantaban a la luz cercana de la primera luna de otoño. Durante horas recorrieron las estaciones de la Vía Crucis construidas ese día como ermitas vegetales en esquinas señaladas de Humahuaca. Así es en todos los pueblos de la quebrada y de la puna.

Faltaban hombros. Quise poner el mío para llevar un paso al que le sobraba peso, pero mi altura lo escoraba hasta tocar las casas. Sin remedio me instalé del lado de unos turistas españoles que sacaban fotos relampagueando la noche. Pensaba que ahora los sacrificios humanos se hacen en barrigas bien alimentadas. También recordé que hace 500 años sus antepasadas parían a los aventureros que vinieron a enseñar a los indios a ser buenos cristianos.