La Gendarmería Nacional incautó 1.600 escarabajos en la localidad de San Pedro, provincia de Misiones. El operativo se realizó sobre la ruta nacional 14, a 240 kilómetros de la ciudad de Posadas, donde se detuvo a dos chilenos, presuntos integrantes de una red de traficantes de animales. Los acusados recorrían pueblos y parajes selváticos en busca de ejemplares demandados por coleccionistas privados radicados en el exterior. Las autoridades allanaron la vivienda de los chilenos, quienes integrarían una ONG ambientalista. Mauricio Olivera, un vecino de la zona, declaró: “Todos sabíamos que esta gente pagaba hasta 150 pesos por cada cascarudo vivo”. En la provincia de Misiones está prohibida la caza de animales nativos, incluida una amplia variedad de insectos que habitan en el monte. Los escarabajos secuestrados tendrían un valor de 100.000 dólares. Palabras más, palabras menos, la noticia apareció en los periódicos de Buenos Aires; lo que no cuenta es que los escarabajos incautados eran grandes como palomas.
Soy genocida de insectos en las carreteras misioneras. Lo cometí con mi auto japonés que queda perdido de bichos estrolados en toda la carrocería. También gorriones y hasta ranas, que un verdugo remata en el lavadero con su mortífero chorro a presión. Entre la lluvia de meteoritos que atravieso de noche en la ruta me espanta algún naranjazo que se revientan contra el parabrisas: son escarabajos como los incautados por la gendarmería. También hay langostas como cigarros Montecristo número dos. He estrellado contra mi coche millones de dólares.
Además de escarabajos de oro como el de Poe, me he encontrado con insectos de porcelana china, de lapislázuli y también esmeraldas de seis patas. Los sanjorges son rubíes de fuego y carbón dispuestos a terminar con todas las arañas. Y hay dijes más baratos, como las vaquitas de San Antonio, siempre querendonas: alguien ya inventó el ámbar sintético que las petrifica para pendientes y chupetines. Los aguaciles parecen sikorskis y las luciérnagas robinsons que patrullan la noche. Los mamboretás son origamis de papel glacé que entienden castellano.
Cuando se ponen molestos, los bichos me recuerdan a mi abuelo el general. Creo que era teniente durante la guerra de África -por los años 1920 - cuando apagaban la luz para no ver los insectos que caían en el rancho: vivió hasta los 94 con unas cuantas batallas en el medio. Tampoco al Bautista le cayeron mal las langostas del desierto. Algunos insectos se comen con placer en señalados sitios de América. Hormigas culonas, chapulines y gorgojos son nutritivos y hasta curan enfermedades. Ya ordeñamos a las abejas para alimentarnos con su miel y explotamos a los niños de las mariposas para vestirnos con su seda. Comeremos ensalada de pirpintos y budín de larvas de termita. Algún día cultivar hormigas será como sembrar chauchas.
Si nos rocían un frasco entero de insecticida caemos como moscas: nos salva la proporción, pero un poco morimos cada vez que inhalamos pesticidas y repelentes. Las autoridades persiguen a dos chilenos por comprar escarabajos (o porque los incautos no aceitaron el negocio con algún gendarme), mientras protegen a los que los matan con la guerra química que deja tullidos a la mitad de los colonos que cultivan tabaco. Todo para evitar que langostas y pulgones se almuercen las hojas que otros se fuman sin ningún remordimiento.
15 de abril de 2008
2 de abril de 2008
La lluvia
La provincia de Corrientes está bañada por esteros interminables. La tierra firme es una sabana de palmeras, espinillos y pequeños bosques de monte nativo que llaman islas, isletas o capones. Cuando no hay sabana ni monte, el paisaje se vuelve una llanura de agua hasta el horizonte. Engañan los camalotes y juncales. Los embalsados son islas flotantes, tierra que viaja, con pasajeros inocentes como carpinchos y venados. Hay quienes vieron pasar ranchos con su dueño. En la Villa Adelaida el agua tiene gusto a hierro oxidado, la tierra es arena colorada y en verano hace un calor dulce y espeso: huele a dátiles, a zapallo y a choclo, como una lejana carbonada. En cuanto llegábamos a la estancia, la cocinera se ponía a hacer dulce de leche para todos; para eso instaba a su hija afuera de la cocina, al aire libre, en un fogón improvisado en el piso. Allí revolvía durante horas la olla donde se cocía la leche con azúcar. La minoría es la casa de los peones y la mayoría la del patrón. En las estancias correntinas la cocina es un edificio aparte, como un polvorín. El charque se ahúma en el techo al resguardo de las moscas.
Los chicos de la casa odiábamos la siesta porque nos obligaban a dormir. Ahora pienso que era una artimaña de los mayores para no preocuparse por nuestras diabluras mientras ellos roncaban a pata suelta. Todos los días inventábamos una fórmula para burlar la estricta custodia de María Luisa, la tía viuda por cuyo cuarto debíamos pasar para escapar a la libertad. A esas horas el calor pesaba como un muerto. Nos metíamos en los secaderos de tabaco y armábamos unos cigarros descomunales enrollando las hojas: la sensación de libertad se multiplicaba a cada pitada que dábamos con los ojos medio cerrados por el humo. Todavía me zumba en los oídos la conversación de las chicharras en la siesta correntina: cuando se callan oigo el murmullo intermitente de las palomas.
A la tardecita, cuando el sol aplacaba su castigo, nos íbamos a la laguna. Antes de meternos en el agua debíamos espantar las palometas. Removíamos el agua a pedradas desde la costa y de paso ahuyentábamos también algún yacaré que se movía perezoso hacia otro lugar donde pasar la noche. El agua estaba rica y el vértigo de ser mordidos ni nos preocupaba mientras estuviéramos en movimiento o en la balsa que no terminábamos de componer: las palometas son pirañas solitarias que muerden bravo a los animales. El resto del día lo pasábamos arriba del caballo, casi siempre acompañando a los peones en su trabajo: arrear ganado, cortar y acarrear dátiles para los chanchos, buscar sandías, pesar balas de tabaco... Un día arreamos de vuelta a casa a los gansos que habían escapado al otro lado de la laguna. Los sapos cururú son compañeros solemnes en todas las galerías correntinas y a la noche se atolondran debajo de las lamparitas a zamparse miles de insectos idiotizados por la luz.
Ese verano hubo seca. El calor apretaba y bajaba el nivel de las lagunas. Cuando la situación se volvió crítica, María Luisa nos convocó a todos a rezar el rosario para pedir agua al Cielo. Nos sentamos en círculo a la sombra de un chivato: vinieron también los hijos de los peones y del servicio de la mayoría. En el cuarto misterio cayeron las primeras lágrimas pesadas en la arena picada de verdolagas. Subía el olor narcótico de la lluvia cuando nos refugiamos en la galería del diluvio que organizamos con avemarías. Entonces María Luisa empezó el quinto misterio.
Los chicos de la casa odiábamos la siesta porque nos obligaban a dormir. Ahora pienso que era una artimaña de los mayores para no preocuparse por nuestras diabluras mientras ellos roncaban a pata suelta. Todos los días inventábamos una fórmula para burlar la estricta custodia de María Luisa, la tía viuda por cuyo cuarto debíamos pasar para escapar a la libertad. A esas horas el calor pesaba como un muerto. Nos metíamos en los secaderos de tabaco y armábamos unos cigarros descomunales enrollando las hojas: la sensación de libertad se multiplicaba a cada pitada que dábamos con los ojos medio cerrados por el humo. Todavía me zumba en los oídos la conversación de las chicharras en la siesta correntina: cuando se callan oigo el murmullo intermitente de las palomas.
A la tardecita, cuando el sol aplacaba su castigo, nos íbamos a la laguna. Antes de meternos en el agua debíamos espantar las palometas. Removíamos el agua a pedradas desde la costa y de paso ahuyentábamos también algún yacaré que se movía perezoso hacia otro lugar donde pasar la noche. El agua estaba rica y el vértigo de ser mordidos ni nos preocupaba mientras estuviéramos en movimiento o en la balsa que no terminábamos de componer: las palometas son pirañas solitarias que muerden bravo a los animales. El resto del día lo pasábamos arriba del caballo, casi siempre acompañando a los peones en su trabajo: arrear ganado, cortar y acarrear dátiles para los chanchos, buscar sandías, pesar balas de tabaco... Un día arreamos de vuelta a casa a los gansos que habían escapado al otro lado de la laguna. Los sapos cururú son compañeros solemnes en todas las galerías correntinas y a la noche se atolondran debajo de las lamparitas a zamparse miles de insectos idiotizados por la luz.
Ese verano hubo seca. El calor apretaba y bajaba el nivel de las lagunas. Cuando la situación se volvió crítica, María Luisa nos convocó a todos a rezar el rosario para pedir agua al Cielo. Nos sentamos en círculo a la sombra de un chivato: vinieron también los hijos de los peones y del servicio de la mayoría. En el cuarto misterio cayeron las primeras lágrimas pesadas en la arena picada de verdolagas. Subía el olor narcótico de la lluvia cuando nos refugiamos en la galería del diluvio que organizamos con avemarías. Entonces María Luisa empezó el quinto misterio.
11 de febrero de 2008
Huáscar
Debió ser en enero de 1986. Visitaba el diario El Mercurio de Santiago de Chile en su nueva sede de Lo Curro. En el despacho del director –que no estaba– me quedé embobado con una maqueta bastante grande de un combate naval que adornaba la sala desde una caja de vidrio: un velero y un vapor blindado trabados en batalla. Años después visité El Mercurio de Valparaíso y entonces supe de la afición del director por las representaciones del combate de Iquique: estaban por todos lados.
El 21 de mayo de 1879 el capitán Arturo Prat, comandante de la corbeta chilena Esmeralda, abordó sable en mano el monitor peruano Huáscar en el momento mismo en que lo hincaba al medio con su espolón de proa en la bahía de Iquique. Prat fue muerto cuando avanzaba hacia la torreta de mando del almirante Miguel Grau. La Esmeralda se hundió después de la tercera arremetida del Huáscar que la partió al medio. Murieron 135 chilenos y un solo peruano que asomó la cabeza por una escotilla. Mientras el Huáscar se afanaba en rescatar del agua a los sobrevivientes de la Esmeralda, otros dos buques se enredaron en su propia escaramuza. La cañonera chilena Covadonga (había sido tomada a los españoles en 1865) y el Independencia, otro blindado peruano, que tenía órdenes de Grau de seguirla en su escapada hacia el sur. Rajaba a toda pastilla con apenas 412 toneladas, rascando el fondo, casi en la rompiente de Punta Gruesa. La Independencia era mucho más veloz y cuatro veces más pesada. Cuando estaba a punto de alcanzarla se topó con un risco que le cortó la quilla como un abrelatas. La Covadonga viró en redondo y se cebó sobre la Independencia que chapoteaba impotente, ensartada en el risco. El comandante de la Covadonga tenía dos primos peruanos en la Independencia. Después de Iquique y Punta Gruesa, el buque insignia de la armada peruana siguió su singladura de guerra al mando de Grau, pero todos dicen que la Guerra del Pacífico se ganó y perdió ese día. El 8 de octubre el Huáscar se enfrentó en Punta Angamos contra la flota chilena que lo acorraló y se lo llevó como botín de guerra antes de que los peruanos pudieran hundirlo. En plena batalla una bala de acero de 250 libras encontró a Grau en la torre de mando y lo desparramó por la misma cubierta en la que muriera Prat el 21 de mayo: era de esos militares que pelean a cuerpo gentil y sin siquiera esconder la cabeza entre los hombros.
El Huáscar flota todavía en la bahía de Concepción, al sur de Chile, cerca de la Base Naval de Talcahuano. Es un buque museo, como tantos, pero no está amarrado sino fondeado en la rada: se llega en un bote que traslada a los visitantes desde el muelle. Se lo puede ver todavía gallardo a unos 300 metros de la costa. Subí a bordo con el recuerdo intacto de mis visitas a El Mercurio. Es un monumento al coraje y a la hidalguía con que se enfrentaron hasta parientes de las marinas de guerra de Chile y el Perú. Homenaje a la hermandad singular de dos pueblos de América. Muchos de ellos habían peleado juntos contra la flota española en Valparaíso y El Callao doce años antes. Al llegar a cubierta la emoción es un cañonazo que se mete en la barriga. De los mil episodios de la Guerra del Pacífico, el Huáscar los resume a todos y es suficiente para recordar el valor con que combatieron dos pueblos y dos caballeros cuyos abuelos pasearon por los mismos malecones del mediterráneo español.
El 21 de mayo de 1879 el capitán Arturo Prat, comandante de la corbeta chilena Esmeralda, abordó sable en mano el monitor peruano Huáscar en el momento mismo en que lo hincaba al medio con su espolón de proa en la bahía de Iquique. Prat fue muerto cuando avanzaba hacia la torreta de mando del almirante Miguel Grau. La Esmeralda se hundió después de la tercera arremetida del Huáscar que la partió al medio. Murieron 135 chilenos y un solo peruano que asomó la cabeza por una escotilla. Mientras el Huáscar se afanaba en rescatar del agua a los sobrevivientes de la Esmeralda, otros dos buques se enredaron en su propia escaramuza. La cañonera chilena Covadonga (había sido tomada a los españoles en 1865) y el Independencia, otro blindado peruano, que tenía órdenes de Grau de seguirla en su escapada hacia el sur. Rajaba a toda pastilla con apenas 412 toneladas, rascando el fondo, casi en la rompiente de Punta Gruesa. La Independencia era mucho más veloz y cuatro veces más pesada. Cuando estaba a punto de alcanzarla se topó con un risco que le cortó la quilla como un abrelatas. La Covadonga viró en redondo y se cebó sobre la Independencia que chapoteaba impotente, ensartada en el risco. El comandante de la Covadonga tenía dos primos peruanos en la Independencia. Después de Iquique y Punta Gruesa, el buque insignia de la armada peruana siguió su singladura de guerra al mando de Grau, pero todos dicen que la Guerra del Pacífico se ganó y perdió ese día. El 8 de octubre el Huáscar se enfrentó en Punta Angamos contra la flota chilena que lo acorraló y se lo llevó como botín de guerra antes de que los peruanos pudieran hundirlo. En plena batalla una bala de acero de 250 libras encontró a Grau en la torre de mando y lo desparramó por la misma cubierta en la que muriera Prat el 21 de mayo: era de esos militares que pelean a cuerpo gentil y sin siquiera esconder la cabeza entre los hombros.
El Huáscar flota todavía en la bahía de Concepción, al sur de Chile, cerca de la Base Naval de Talcahuano. Es un buque museo, como tantos, pero no está amarrado sino fondeado en la rada: se llega en un bote que traslada a los visitantes desde el muelle. Se lo puede ver todavía gallardo a unos 300 metros de la costa. Subí a bordo con el recuerdo intacto de mis visitas a El Mercurio. Es un monumento al coraje y a la hidalguía con que se enfrentaron hasta parientes de las marinas de guerra de Chile y el Perú. Homenaje a la hermandad singular de dos pueblos de América. Muchos de ellos habían peleado juntos contra la flota española en Valparaíso y El Callao doce años antes. Al llegar a cubierta la emoción es un cañonazo que se mete en la barriga. De los mil episodios de la Guerra del Pacífico, el Huáscar los resume a todos y es suficiente para recordar el valor con que combatieron dos pueblos y dos caballeros cuyos abuelos pasearon por los mismos malecones del mediterráneo español.
31 de enero de 2008
Naufragio
El canal Vinculación une los ríos San Antonio y Luján en el Delta del Paraná, apenas a 50 kilómetros del centro de Buenos Aires. Es el camino obligado para los yates, barcos y lanchas que salen de los puertos de San Fernando y Tigre hacia las islas del Delta: un inmenso laberinto de ríos y arroyos que forman el Paraná y el Uruguay antes de convertirse en el Plata, que los conquistadores llamaron Mar Dulce porque no podían creer que esa enormidad fuera un río. El Delta es otro mundo surcado por embarcaciones: lanchas veloces, yates de crema pastelera con señores solemnes tocados de capitán, chinchorros, balandros, veleros al viento con sus spinakers, genoas, foques y mayores. El espectáculo del Vinculación en las mañanas soleadas de los fines de semana es para alquilar balcones (o cubiertas): ahí navega con sus gallardetes al viento la flor y nata de la crisis argentina. El canal es un concurso de estelas que provocan una marejada capaz de hundir al Poseidón.
Una linda mañana de domingo de agosto de 1982, salí a remar con Félix Racca, un amigo poco náutico pero bastante aventurero. A pesar de ser pleno invierno no hacía frío. Entonces era socio del Rowing Club, un club de regatas muy inglés, situado sobre el río Luján, en el Tigre. Salimos en un doble par con timón, pero no llevábamos timonel. Es que también íbamos con una agenda secreta y prohibida: en esos días ensayaba una vela de quita y pon para travesías más largas por el Delta del Paraná. Para eso necesitaba el timón y toleteras que me permitieran fijar los obenques. El palo estaba desarmado en segmentos que se encastraban y cabía, junto con la vela, en un bolso en el que también llevaba algo de comida y un abrigo.
A pesar del buen tiempo ni se nos ocurrió que aquel domingo saldría tanta gente a navegar. Quizá por eso nos metimos en el Vinculación en lugar de remar por riachos más calmos rumbo al estuario del San Antonio, que era nuestro destino. El canal se llenaba de barcos y la marejada entraba por las bordas sin darnos tiempo a achicar. En segundos el bote se llenó de agua y se dio vuelta. Flotaba pesado y desarmado entre las estelas y los barcos que surcaban el Vinculación sin siquiera mirarnos. Por fin un yate se acercó: el piloto nos echó un salvavidas atado a un cabo del que se agarró Félix, mientras yo intentaba recuperar las partes del bote que flotaban por el agua: remos, carritos móviles, timón, bichero... temía el reto que me daría el capitán del club si perdía algo. A duras penas conseguí darlo vuelta y meter todo adentro del casco anegado. Llegué hasta la orilla como un condenado a trabajos forzados. En la isla achiqué el agua y lo volví a armar. El bote se salvó completo, pero la vela, la ropa y los sandwiches se fueron a pique. Volví al agua a reunirme con Félix que esperaba tomando algo caliente en el yate que había fondeado cerquita.
Amarré el bote al yate y subí a cubierta. Félix me hacía gestos con los ojos pero no lograba descifrar su mensaje. Nuestro anfitrión era el Jefe de la Armada Argentina que paseaba con su mujer; un barco de la Prefectura lo custodiaba discreto. La Guerra de las Malvinas había terminado dos meses antes y el almirante había sido el principal impulsor de la reconquista de las islas: una gesta que abusó del sentimiento de los argentinos para perpetuar una dictadura en retirada. El General Galtieri le había comprado la estrategia que, si salía bien, lo subiría al panteón de los próceres y lo mantendría en el sillón de Rivadavia por unos cuantos años. Con papas fritas de paquete y un vinito reparador el almirante nos contó que, después del hundimiento del viejo crucero General Belgrano, decidió guardar la flota en puerto. Confirmé entonces que habíamos peleado una guerra naval mezquinando la flota para no hundirla. Para colmo el almirante nos dijo también que habíamos estado a punto de ganar la guerra: ahora sabía que si aguantábamos unas horas más los ingleses se retiraban vencidos...
El único que seguro no gana la lotería es el que no compra billetes. No usé esta metáfora, pero dije algo parecido y cambiamos de tema para no arruinar la hospitalidad. El almirante no podía ignorar que las guerras se ganan matando y muriendo. Al final de las batallas los valientes que pierden y sus buques están más cómodos en el fondo del mar que en la vergüenza del puerto. Casi no quedaron aviones de combate en la Argentina al final de la guerra, mientras que la Armada solo perdió un crucero que se había salvado de Pearl Harbor en 1941 y un pequeño aviso. El almirante lo sabía 40 años antes, cuando preparó el primer plan de recuperación de las Malvinas. ¿Porqué guardó la flota? Muchos sospechan, pero ya nadie lo sabrá porque murió el 9 de enero de 2008.
Igual le debo el salvataje. La ropa que nos prestó se la devolvimos limpia con un ramo de flores para su mujer unos días después del naufragio.
Una linda mañana de domingo de agosto de 1982, salí a remar con Félix Racca, un amigo poco náutico pero bastante aventurero. A pesar de ser pleno invierno no hacía frío. Entonces era socio del Rowing Club, un club de regatas muy inglés, situado sobre el río Luján, en el Tigre. Salimos en un doble par con timón, pero no llevábamos timonel. Es que también íbamos con una agenda secreta y prohibida: en esos días ensayaba una vela de quita y pon para travesías más largas por el Delta del Paraná. Para eso necesitaba el timón y toleteras que me permitieran fijar los obenques. El palo estaba desarmado en segmentos que se encastraban y cabía, junto con la vela, en un bolso en el que también llevaba algo de comida y un abrigo.
A pesar del buen tiempo ni se nos ocurrió que aquel domingo saldría tanta gente a navegar. Quizá por eso nos metimos en el Vinculación en lugar de remar por riachos más calmos rumbo al estuario del San Antonio, que era nuestro destino. El canal se llenaba de barcos y la marejada entraba por las bordas sin darnos tiempo a achicar. En segundos el bote se llenó de agua y se dio vuelta. Flotaba pesado y desarmado entre las estelas y los barcos que surcaban el Vinculación sin siquiera mirarnos. Por fin un yate se acercó: el piloto nos echó un salvavidas atado a un cabo del que se agarró Félix, mientras yo intentaba recuperar las partes del bote que flotaban por el agua: remos, carritos móviles, timón, bichero... temía el reto que me daría el capitán del club si perdía algo. A duras penas conseguí darlo vuelta y meter todo adentro del casco anegado. Llegué hasta la orilla como un condenado a trabajos forzados. En la isla achiqué el agua y lo volví a armar. El bote se salvó completo, pero la vela, la ropa y los sandwiches se fueron a pique. Volví al agua a reunirme con Félix que esperaba tomando algo caliente en el yate que había fondeado cerquita.
Amarré el bote al yate y subí a cubierta. Félix me hacía gestos con los ojos pero no lograba descifrar su mensaje. Nuestro anfitrión era el Jefe de la Armada Argentina que paseaba con su mujer; un barco de la Prefectura lo custodiaba discreto. La Guerra de las Malvinas había terminado dos meses antes y el almirante había sido el principal impulsor de la reconquista de las islas: una gesta que abusó del sentimiento de los argentinos para perpetuar una dictadura en retirada. El General Galtieri le había comprado la estrategia que, si salía bien, lo subiría al panteón de los próceres y lo mantendría en el sillón de Rivadavia por unos cuantos años. Con papas fritas de paquete y un vinito reparador el almirante nos contó que, después del hundimiento del viejo crucero General Belgrano, decidió guardar la flota en puerto. Confirmé entonces que habíamos peleado una guerra naval mezquinando la flota para no hundirla. Para colmo el almirante nos dijo también que habíamos estado a punto de ganar la guerra: ahora sabía que si aguantábamos unas horas más los ingleses se retiraban vencidos...
El único que seguro no gana la lotería es el que no compra billetes. No usé esta metáfora, pero dije algo parecido y cambiamos de tema para no arruinar la hospitalidad. El almirante no podía ignorar que las guerras se ganan matando y muriendo. Al final de las batallas los valientes que pierden y sus buques están más cómodos en el fondo del mar que en la vergüenza del puerto. Casi no quedaron aviones de combate en la Argentina al final de la guerra, mientras que la Armada solo perdió un crucero que se había salvado de Pearl Harbor en 1941 y un pequeño aviso. El almirante lo sabía 40 años antes, cuando preparó el primer plan de recuperación de las Malvinas. ¿Porqué guardó la flota? Muchos sospechan, pero ya nadie lo sabrá porque murió el 9 de enero de 2008.
Igual le debo el salvataje. La ropa que nos prestó se la devolvimos limpia con un ramo de flores para su mujer unos días después del naufragio.
25 de diciembre de 2007
Bote de pimientos
La anteúltima vez que estuve en casa de los Ramírez en Madrid comimos pimientos rellenos. Los cocinó Pablo mientras Mica cuidaba de Gabriela, recién nacida. Tanta habrá sido mi admiración que Pablo me regaló un bote ahí mismo. Era un frasco de conserva, cilíndrico y con tapa de latón, lleno de pimientos del Piquillo apretujados en aceite de oliva.
En ese mismo viaje almorcé con Carlos Soria en Puente la Reina, donde probé, una vez más, esas lenguas de Lenín y terciopelo acomodadas en el plato como una flor de Navidad. En Tarragona me volví a encontrar con los pimientos cuando cené con Toni Piqué en un gracioso restaurante que no tiene cocina sino abrelatas y sacacorchos: solo dan comidas en conserva con estupendos vinos de la tierra. Llegué de nuevo a Madrid con el tiempo justo para subirme a un Easy Jet que me dejó en Londres. Los pimientos de Pablo siguieron viaje en el fondo de la maleta y me acordé de ellos cuando desempaqué en casa de Alfredo Triviño.
Olvidé el frasco en un cajón, debajo de una cama sofá que tienen en la sala de estar. Allí los había puesto al llegar, al abrigo de los juegos que sus niños, que entonces eran dos. Me di cuenta en Buenos Aires cuando los eché de menos unos días después de llegar. Le advertí a Alfredo que allí seguirían para que dieran cuenta de ellos, pero al ver la fecha de vencimiento decidió que había tiempo para comerlos juntos en otro viaje.
A fines de noviembre regresé a Londres sólo por unas horas para ver a Pelle Tornberg. Perdí casi todo el tiempo en volver por un paraguas prestado que dejé en el guardarropa de la National Gallery, donde me refugié del aguacero de las once. También perdí mi teléfono: lo recuperé en la catedral de Westminster cuando volvía a la estación Victoria a tomar el tren a Gatwick. Me esperaba custodiado por un guardia que en ese momento almorzaba un estupendo sandwich a dos manos en su oficina debajo de la torre. Me señaló con el dedo meñique el cajón de su escritorio donde guardaba objetos perdidos, casi todos anteojos que claman por sus dueños como mascotas desamparadas.
Volvía con los pimientos en mi mochila. Pero en Gatwick resolvieron que era una peligrosa bomba de tiempo. En lugar de fusilarme, me mostraron un gran cesto donde podía dejar el bote para que algún artificiero de la policía secreta británica arriesgara su vida entre pomos de crema antiage y desodorantes en aerosol. No pensaba desprenderme de los pimientos ni en broma, así que volví sobre mis pasos para despacharlos como equipaje en el mostrador de Easy Jet. Improvisé el embalaje con unos pedazos de cartón de una caja vieja y el pegote para identificar las maletas. Una azafata mofletuda y anaranjada me entregó el resguardo entre solemne y divertida y dejó mi bote en la cinta transportadora. Llegué al avión cuando cerraban la puerta y me senté como pude entre dos gordas que comían galletitas sin parar. En Madrid me reencontré con mis pimientos, que ni explotaron ni se convirtieron en Allien: aparecieron entre unas maletas en las que cabía Bin Laden en carne mortal.
Todavía faltaba la prueba de fuego: el aeropuerto de Ezeiza, en Buenos Aires. Unos perritos bastante ridículos de la temible Senasa -la Stasi de la bromatología local- correteaban entre las maletas a contracorriente de la cinta giratoria. Descubrieron butifarras y ensaimadas que los agentes secuestraron implacables ante el llanto de sus dueños. Después vino el escáner de la aduana, buscador de tecnología de punta mal habida. Un fisgón de pantalla encontró el frasco escondido entre mi ropa arrugada y me ordenó que abriera la valija. Fue directo al bote con su mano enguantada de paramédico y me lo mostró con aire pícaro y hambre de pimientos. Le conté la historia y me perdonó la vida. Un buen día nos los comimos en mi casa de Buenos Aires rellenos de carnecita y bechamel.
En ese mismo viaje almorcé con Carlos Soria en Puente la Reina, donde probé, una vez más, esas lenguas de Lenín y terciopelo acomodadas en el plato como una flor de Navidad. En Tarragona me volví a encontrar con los pimientos cuando cené con Toni Piqué en un gracioso restaurante que no tiene cocina sino abrelatas y sacacorchos: solo dan comidas en conserva con estupendos vinos de la tierra. Llegué de nuevo a Madrid con el tiempo justo para subirme a un Easy Jet que me dejó en Londres. Los pimientos de Pablo siguieron viaje en el fondo de la maleta y me acordé de ellos cuando desempaqué en casa de Alfredo Triviño.
Olvidé el frasco en un cajón, debajo de una cama sofá que tienen en la sala de estar. Allí los había puesto al llegar, al abrigo de los juegos que sus niños, que entonces eran dos. Me di cuenta en Buenos Aires cuando los eché de menos unos días después de llegar. Le advertí a Alfredo que allí seguirían para que dieran cuenta de ellos, pero al ver la fecha de vencimiento decidió que había tiempo para comerlos juntos en otro viaje.
A fines de noviembre regresé a Londres sólo por unas horas para ver a Pelle Tornberg. Perdí casi todo el tiempo en volver por un paraguas prestado que dejé en el guardarropa de la National Gallery, donde me refugié del aguacero de las once. También perdí mi teléfono: lo recuperé en la catedral de Westminster cuando volvía a la estación Victoria a tomar el tren a Gatwick. Me esperaba custodiado por un guardia que en ese momento almorzaba un estupendo sandwich a dos manos en su oficina debajo de la torre. Me señaló con el dedo meñique el cajón de su escritorio donde guardaba objetos perdidos, casi todos anteojos que claman por sus dueños como mascotas desamparadas.
Volvía con los pimientos en mi mochila. Pero en Gatwick resolvieron que era una peligrosa bomba de tiempo. En lugar de fusilarme, me mostraron un gran cesto donde podía dejar el bote para que algún artificiero de la policía secreta británica arriesgara su vida entre pomos de crema antiage y desodorantes en aerosol. No pensaba desprenderme de los pimientos ni en broma, así que volví sobre mis pasos para despacharlos como equipaje en el mostrador de Easy Jet. Improvisé el embalaje con unos pedazos de cartón de una caja vieja y el pegote para identificar las maletas. Una azafata mofletuda y anaranjada me entregó el resguardo entre solemne y divertida y dejó mi bote en la cinta transportadora. Llegué al avión cuando cerraban la puerta y me senté como pude entre dos gordas que comían galletitas sin parar. En Madrid me reencontré con mis pimientos, que ni explotaron ni se convirtieron en Allien: aparecieron entre unas maletas en las que cabía Bin Laden en carne mortal.
Todavía faltaba la prueba de fuego: el aeropuerto de Ezeiza, en Buenos Aires. Unos perritos bastante ridículos de la temible Senasa -la Stasi de la bromatología local- correteaban entre las maletas a contracorriente de la cinta giratoria. Descubrieron butifarras y ensaimadas que los agentes secuestraron implacables ante el llanto de sus dueños. Después vino el escáner de la aduana, buscador de tecnología de punta mal habida. Un fisgón de pantalla encontró el frasco escondido entre mi ropa arrugada y me ordenó que abriera la valija. Fue directo al bote con su mano enguantada de paramédico y me lo mostró con aire pícaro y hambre de pimientos. Le conté la historia y me perdonó la vida. Un buen día nos los comimos en mi casa de Buenos Aires rellenos de carnecita y bechamel.
11 de noviembre de 2007
Sarah Hellen
Llegué al Lima unos días después del terremoto que desparramó por el suelo a la ciudad de Pisco. Duraba en los limeños el susto tremendo de aguantar casi dos minutos de sacudón y no podían hablar de otro tema. Seguían los remezones y réplicas, que tienen también lo suyo: el más fuerte lo sentí todavía en Guayaquil, una noche en que el hotel se movió como si fuera de bambú.
Dice la enciclopedia de los sismos que el del 22 de mayo 1960 en Valdivia, Chile, fue el campeón mundial de los terremotos, con 9.5 de la escala de Richter: desaparecieron islas, otras surgieron, los ríos cambiaron de cauce y el mar se retiró por algunos minutos para volver en una ola de doce metros que destruyó lo que quedaba. Murieron 1.600, 3.000 quedaron heridos y dos millones en la calle. El maremoto provocó, además, 138 muertes en el Japón, 61 en Hawai y 32 en las Filipinas. Lo comparaba Charles Richter con una explosión de 260 millones de toneladas de TNT, pero a esas alturas da igual contar dinamita, martillos neumáticos o alfajores de dulce de leche.
Durante el terremoto se vuelven cómicas las recomendaciones reglamentarias pegadas en algunas paredes: “lugar seguro en caso de sismo”: nadie explica para qué sirve una columna de hormigón en un piso 19 cuando se desploma el edificio. Además, todo depende de a dónde a uno lo pille: siempre es peor en el Tercer Mundo que en el Primero. En Japón antes morían como moscas y ahora son bloopers para la televisión. En San Giuliano di Puglia en 2002 murieron 26 niños en una escuela mal construida. El tsunami de Sumatra de diciembre de 2004 se llevó 283.000 almas. En Pisco 150 pasaron a la otra vida durante un funeral porque se les desplomó el techo de la iglesia. Van por 517 muertos cuando esto escribo y todavía suenan móviles entre los escombros de un hotel. Además se derrumbaron todos los pabellones del cementerio porque nadie los construye antisísmicos...
Todos menos uno: el que aloja en su séptimo nivel a Sarah Hellen, una bruja inglesa que fue enterrada en Pisco porque en su tierra la despacharon como una carga radioactiva. En pleno Lancashire los civilizados ingleses ajusticiaron el 9 de julio de 1913 a tres hermanas por asesinato, brujería, vampirismo y magia negra. Una de ellas prometió resucitar 80 años después y vengarse de todos los descendientes de sus acusadores. Asustados por la amenaza prohibieron enterrarlas en el cementerio local y así empezó el calvario de su viudo que terminó en 1917 en el puerto de Pisco, donde las autoridades le dejaron enterrarla cristianamente, previo pago de cinco libras. En 1993, al cumplirse los 80 años de su asesinato, los habitantes de Pisco se organizaron para esperar a Sarah y rematarla con estacas y cruces, no fuera que al volver a la vida confundiera Pisco con Blackburn y pagaran justos por pecadores. No resucitó, y fue entonces que los pisqueños empezaron a rezarle y a pedirle favores. Hoy, después del terremoto, su tumba tiene siempre flores frescas y exvotos agradecidos. Así es la América mestiza: los ingleses se lo pierden.
Dice la enciclopedia de los sismos que el del 22 de mayo 1960 en Valdivia, Chile, fue el campeón mundial de los terremotos, con 9.5 de la escala de Richter: desaparecieron islas, otras surgieron, los ríos cambiaron de cauce y el mar se retiró por algunos minutos para volver en una ola de doce metros que destruyó lo que quedaba. Murieron 1.600, 3.000 quedaron heridos y dos millones en la calle. El maremoto provocó, además, 138 muertes en el Japón, 61 en Hawai y 32 en las Filipinas. Lo comparaba Charles Richter con una explosión de 260 millones de toneladas de TNT, pero a esas alturas da igual contar dinamita, martillos neumáticos o alfajores de dulce de leche.
Durante el terremoto se vuelven cómicas las recomendaciones reglamentarias pegadas en algunas paredes: “lugar seguro en caso de sismo”: nadie explica para qué sirve una columna de hormigón en un piso 19 cuando se desploma el edificio. Además, todo depende de a dónde a uno lo pille: siempre es peor en el Tercer Mundo que en el Primero. En Japón antes morían como moscas y ahora son bloopers para la televisión. En San Giuliano di Puglia en 2002 murieron 26 niños en una escuela mal construida. El tsunami de Sumatra de diciembre de 2004 se llevó 283.000 almas. En Pisco 150 pasaron a la otra vida durante un funeral porque se les desplomó el techo de la iglesia. Van por 517 muertos cuando esto escribo y todavía suenan móviles entre los escombros de un hotel. Además se derrumbaron todos los pabellones del cementerio porque nadie los construye antisísmicos...
Todos menos uno: el que aloja en su séptimo nivel a Sarah Hellen, una bruja inglesa que fue enterrada en Pisco porque en su tierra la despacharon como una carga radioactiva. En pleno Lancashire los civilizados ingleses ajusticiaron el 9 de julio de 1913 a tres hermanas por asesinato, brujería, vampirismo y magia negra. Una de ellas prometió resucitar 80 años después y vengarse de todos los descendientes de sus acusadores. Asustados por la amenaza prohibieron enterrarlas en el cementerio local y así empezó el calvario de su viudo que terminó en 1917 en el puerto de Pisco, donde las autoridades le dejaron enterrarla cristianamente, previo pago de cinco libras. En 1993, al cumplirse los 80 años de su asesinato, los habitantes de Pisco se organizaron para esperar a Sarah y rematarla con estacas y cruces, no fuera que al volver a la vida confundiera Pisco con Blackburn y pagaran justos por pecadores. No resucitó, y fue entonces que los pisqueños empezaron a rezarle y a pedirle favores. Hoy, después del terremoto, su tumba tiene siempre flores frescas y exvotos agradecidos. Así es la América mestiza: los ingleses se lo pierden.
17 de octubre de 2007
Día del Periodista
En la Argentina se celebra el Día del Periodista al cumplirse el aniversario de La Gaceta de Buenos Aires, el periódico fundado por Mariano Moreno el 7 de junio de 1810, días después de la Revolución de Mayo que derrocó al virrey Cisneros. Moreno era un jacobino roussoniano, un poco resentido, que estudió Leyes en Chuquisaca. Murió el 4 de marzo de 1811 en la goleta inglesa Fame cuando viajaba a Londres a buscar apoyo para la Revolución. Su hermano Manuel, que viajaba con él, siempre sospechó que el capitán del barco le dio arsénico en lugar de un vomitivo. Su cuerpo terminó en el fondo del mar envuelto en la union jack.
En Posadas se hizo tradición entre los periodistas celebrar a don Mariano Moreno enfrente de un busto que lo recuerda en la avenida Mitre. Pero en estos tiempos jorobados para la libertad, aquel sencillo acto fue copado por el sindicato de los "trabajadores de prensa" de Misiones, dominado por amigos del gobierno. El día anterior llegó al diario un fax con la invitación a un extenso programa en el que figuraba el Himno Nacional, interpretado por la banda de la Policía de la Provincia que espía nuestros teléfonos, asistencia de colegios para que haya público, oración de un cura con apellido polaco. Todo regado con discursos del secretario general del sindicato, del intendente de la ciudad y del presidente de la legislatura provincial. Colocarían, además, ofrendas florales a los pies del prócer. Periodistas no aparecían por ningún lado.
En el diario decidimos anticiparnos y nos complotamos para madrugarles el acto. Nos reunimos a las ocho de la mañana, con unas flores y sin más preámbulos ni música que nuestra presencia. Con el fotógrafo sumamos nueve personas. Muertos de frío y divertidos por los chistes de dos de nosotros –humoristas gráficos– nos hicimos la foto delante del monumento a Mariano Moreno. Antes limpiamos un poco el lugar con una escoba vieja que encontramos allí mismo. Mientras esto hacíamos llegó un camión con empleados municipales a instalar los equipos de audio que retumbarían las palabras de los funcionarios una hora después: ellos fueron nuestro público. La noche anterior obreros de la intendencia pintaron de blanco el busto de Moreno: los brochazos de cada año engordan al prócer y borran sus rasgos. La placa que recuerda su nombre a los transeúntes casi no se lee por la pintura que se acumula entre sus letras.
Nos divertimos todo el día imaginando el acto de los funcionarios. Cuando llegaron, descansaba a los pies de Mariano Moreno un ramo de flores de El Territorio y otro de la revista de humor Mbarigüí. No asistió el presidente del parlamento provincial, el mismo que prohibió las reuniones de más de dos personas en la legislatura. El intendente de Posadas bramó por altoparlantes en contra del gobierno provincial. Le retrucó el subsecretario de gobierno, responsable del robo de miles de documentos para cometer un fraude flagrante en las últimas elecciones. También escupió palabras inconexas el secretario general de sindicato, en nombre y representación de su propio bolsillo... Hasta leyeron un mensaje del gobernador, un déspota que intentó modificar la constitución provincial para morir en el poder. Al final se aplaudieron con codicia y se fueron a desayunar chocolate con medialunas.
En Posadas se hizo tradición entre los periodistas celebrar a don Mariano Moreno enfrente de un busto que lo recuerda en la avenida Mitre. Pero en estos tiempos jorobados para la libertad, aquel sencillo acto fue copado por el sindicato de los "trabajadores de prensa" de Misiones, dominado por amigos del gobierno. El día anterior llegó al diario un fax con la invitación a un extenso programa en el que figuraba el Himno Nacional, interpretado por la banda de la Policía de la Provincia que espía nuestros teléfonos, asistencia de colegios para que haya público, oración de un cura con apellido polaco. Todo regado con discursos del secretario general del sindicato, del intendente de la ciudad y del presidente de la legislatura provincial. Colocarían, además, ofrendas florales a los pies del prócer. Periodistas no aparecían por ningún lado.
En el diario decidimos anticiparnos y nos complotamos para madrugarles el acto. Nos reunimos a las ocho de la mañana, con unas flores y sin más preámbulos ni música que nuestra presencia. Con el fotógrafo sumamos nueve personas. Muertos de frío y divertidos por los chistes de dos de nosotros –humoristas gráficos– nos hicimos la foto delante del monumento a Mariano Moreno. Antes limpiamos un poco el lugar con una escoba vieja que encontramos allí mismo. Mientras esto hacíamos llegó un camión con empleados municipales a instalar los equipos de audio que retumbarían las palabras de los funcionarios una hora después: ellos fueron nuestro público. La noche anterior obreros de la intendencia pintaron de blanco el busto de Moreno: los brochazos de cada año engordan al prócer y borran sus rasgos. La placa que recuerda su nombre a los transeúntes casi no se lee por la pintura que se acumula entre sus letras.
Nos divertimos todo el día imaginando el acto de los funcionarios. Cuando llegaron, descansaba a los pies de Mariano Moreno un ramo de flores de El Territorio y otro de la revista de humor Mbarigüí. No asistió el presidente del parlamento provincial, el mismo que prohibió las reuniones de más de dos personas en la legislatura. El intendente de Posadas bramó por altoparlantes en contra del gobierno provincial. Le retrucó el subsecretario de gobierno, responsable del robo de miles de documentos para cometer un fraude flagrante en las últimas elecciones. También escupió palabras inconexas el secretario general de sindicato, en nombre y representación de su propio bolsillo... Hasta leyeron un mensaje del gobernador, un déspota que intentó modificar la constitución provincial para morir en el poder. Al final se aplaudieron con codicia y se fueron a desayunar chocolate con medialunas.
22 de septiembre de 2007
La billetera
Viajé de Guayaquil a Lima a la tarde del 26 de agosto, cuando ya anochecía. Llegué a las 10 de la noche y seguí viaje a San Isidro en un carro de la radio que me fue a buscar al aeropuerto y me acercó hasta un departamento en la avenida Angamos y Francisco Tudela. Cuando llegamos, cerca de las doce de la noche, no había portero ni nadie que supiera qué hacer para entrar. El chofer era un tipo divertido y metedor, de esas personas que uno contrataría para lo que sea. Debía tener ganas de irse a dormir porque apretó sin remilgos todos los botones del intercomunicador de la puerta de calle. Solo contestó una señora que le dijo con una paciencia de santa que no había portero ni modo de abrir ese departamento que no fuera con la llave. Llamé por teléfono a la radio: en la guardia tenían un sobre con mi nombre. Fuimos para allí. Adentro del sobre de papel manila había un mapa, un juego de llaves y 400 soles. Después de varios intentos conseguí abrir la cancela y despedí al coche y a mi amigo el chofer. Pero en la puerta del 3º A, no hubo caso: no pude abrirla ni girando la llave a la inglesa o a la francesa. Por hacer palanca casi la rompo. Maldije la idea de mis anfitriones de instalarme en un piso para ahorrar un poco de plata: un hotel es tanto más hospitalario para una visita de pocos días.
Debía ser la 1.30 cuando me di por vencido y decidí buscar un hotel. No pasaba ni un alma por la calle así que me disponía a buscar en el mapa cómo llegar hasta el Olivar de San Isidro donde me alojé otra vez en un hotel muy agradable. Había caminado unas dos cuadras cuando apareció un taxi vacío: no se si fue buena o mala suerte, porque cuando me subí encontré una billetera de mujer en el asiento de atrás. Tenía dinero, documentos y tarjetas de crédito. Antes de llegar al hotel -que ahora se llama Sonesta Posada del Inca El Olivar- cometí el error de contárselo al taxista. Me porfió que debía dársela a él y que era su botín: había aparecido en su auto y por tanto era suya. Le intenté explicar que no era así: desde tiempos de los romanos las cosas son del que las encuentra solo si no son robadas ni perdidas y esa billetera clamaba por su dueña con cuatro documentos que lo certificaban. Además, en todo caso era mía por haberla encontrado, aunque fuera en su carro. Para colmo estaba seguro de mi intención de devolverla y dudaba de la del taxista. Eran las tres de la mañana cuando le pedí intervención al agente de seguridad del hotel ante el acoso del taxista que no pensaba perderse la billetera. El hombre me dio la razón y se las arregló con el chofer. Por suerte había lugar en el Sonesta, por 200 dólares que me chuparon de la Visa para dormir cuatro horas. Le encargué a la conserje que se asegurara de encontrar a la propietaria de la billetera, se la dejé y me fui a dormir agotado. A la mañana la conserje me aseguró que la habían devuelto a una empleada del casino del óvalo Gutiérrez. Ojalá sea cierto.
Al día siguiente saqué mis cosas del hotel y volví al departamento. Me recibió la dueña que ya estaba adentro y a quienes habían advertido de mi percance. Aseguró que la puerta se abrió sin problemas, pero nunca le creí: pudo entrar por la puerta de servicio de la que yo no tenía llave. Una traba de hierro que cruzaba de lado a lado estaba levantada. La señora había abierto todas las ventanas y corría un viento helado por adentro del piso. Cuando empecé a cerrar las ventanas se molestó un poco. Por fin, cuando se fue, terminé de cerrarlas. Entonces me di cuenta de que el departamento olía a pis de gato.
Debía ser la 1.30 cuando me di por vencido y decidí buscar un hotel. No pasaba ni un alma por la calle así que me disponía a buscar en el mapa cómo llegar hasta el Olivar de San Isidro donde me alojé otra vez en un hotel muy agradable. Había caminado unas dos cuadras cuando apareció un taxi vacío: no se si fue buena o mala suerte, porque cuando me subí encontré una billetera de mujer en el asiento de atrás. Tenía dinero, documentos y tarjetas de crédito. Antes de llegar al hotel -que ahora se llama Sonesta Posada del Inca El Olivar- cometí el error de contárselo al taxista. Me porfió que debía dársela a él y que era su botín: había aparecido en su auto y por tanto era suya. Le intenté explicar que no era así: desde tiempos de los romanos las cosas son del que las encuentra solo si no son robadas ni perdidas y esa billetera clamaba por su dueña con cuatro documentos que lo certificaban. Además, en todo caso era mía por haberla encontrado, aunque fuera en su carro. Para colmo estaba seguro de mi intención de devolverla y dudaba de la del taxista. Eran las tres de la mañana cuando le pedí intervención al agente de seguridad del hotel ante el acoso del taxista que no pensaba perderse la billetera. El hombre me dio la razón y se las arregló con el chofer. Por suerte había lugar en el Sonesta, por 200 dólares que me chuparon de la Visa para dormir cuatro horas. Le encargué a la conserje que se asegurara de encontrar a la propietaria de la billetera, se la dejé y me fui a dormir agotado. A la mañana la conserje me aseguró que la habían devuelto a una empleada del casino del óvalo Gutiérrez. Ojalá sea cierto.
Al día siguiente saqué mis cosas del hotel y volví al departamento. Me recibió la dueña que ya estaba adentro y a quienes habían advertido de mi percance. Aseguró que la puerta se abrió sin problemas, pero nunca le creí: pudo entrar por la puerta de servicio de la que yo no tenía llave. Una traba de hierro que cruzaba de lado a lado estaba levantada. La señora había abierto todas las ventanas y corría un viento helado por adentro del piso. Cuando empecé a cerrar las ventanas se molestó un poco. Por fin, cuando se fue, terminé de cerrarlas. Entonces me di cuenta de que el departamento olía a pis de gato.
6 de agosto de 2007
Mihua
En el año 1983 Sendero Luminoso comenzó a atentar contra las torres de alta tensión que alimentan de energía varias ciudades del Perú. Muchas noches Lima quedaba en tinieblas, oscura como la sombra del carbón. No solo falta la luz cuando no hay energía eléctrica: no hay televisión, ni agua, ni calor, ni frío, ni semáforos, ni radares, ni lanzaderas, ni rotativas, ni los millones de zumbidos que arrullan los oídos en las ciudades. La negrura atrapa en lugares insólitos: en la ducha, en un ascensor, en el quirófano... algunos se mueren porque la energía no les marca el paso. Las heladeras pierden sentido y la comida se echa a perder. Cierran las oficinas, las tiendas, los bares y algún vivo se roba lo que puede del supermercado. Por las calles deambulan quienes intentan volver a sus casas a tientas y tropezones. En la oscuridad absoluta no se sabe qué pasa ni qué hay que hacer. Los que están en su casa no se atreven a salir y solo les queda la zozobra de esperar al marido, a la mujer o a los hijos. No había teléfonos móviles entonces, pero sin energía en las antenas tampoco hubieran funcionado. Muchos limeños, aterrados, se hundían en la ansiedad. A las tinieblas se agregaba la explosión de algún coche bomba, los secuestros y las masacres. Sendero Luminoso asesinó a más de 31.000 personas en esos años.
Entonces la voz de Miguel Humberto Aguirre –Mihua para todo el mundo– acompañaba a los limeños desde los estudios de Radio Programas del Perú. Cuando empezaron los atentados, en RPP compraron urgente dos generadores, uno para el estudio y otro para la antena de transmisión. Así se mantuvo en el aire, y en medio de la inmensa ansiedad, Mihua acompañaba y contenía a los oyentes con simpatía y le quitaba dramatismo al apagón: lo contrario de lo que buscaba Sendero Luminoso. Hoy los limeños reconocen a Mihua cuando habla. Lo he comprobado al acompañarlo en un taxi, andando por la calle o al pedir el menú en un restaurante. Todavía le queda un dejo chileno a este periodista que vive en el Perú desde el 15 de septiembre de 1973. Por casualidad estaba afuera de su país -en Brno, entonces Checoslovaquia- cuando el golpe de Pinochet. Y ya no volvió a su patria hasta el plebiscito que en 1988 le dijo no al general. "No quería pedir permiso para entrar a mi país" se excusa restándose importancia. Entonces ya era tarde para otra mudanza familiar y se quedó en el Perú.
La voz de Miguel Humberto Aguirre en los apagones de Lima sitiada por Sendero Luminoso es un paradigma del periodismo que cambia la realidad en lugar de mirarla desde afuera. Mihua no relataba el apagón: lo sufría junto con sus oyentes a quienes animaba, contenía y calmaba. En Radio Programas del Perú estaban seguros de la misión que debían cumplir en ese momento de la historia del país, pero también sabían muy bien que una radio siempre debe estar en el aire y con potencia. Hoy es la emisora con más audiencia y más credibilidad del Perú. También la más querida por los peruanos.
La voz de Miguel Humberto Aguirre en los apagones de Lima sitiada por Sendero Luminoso es un paradigma del periodismo que cambia la realidad en lugar de mirarla desde afuera. Mihua no relataba el apagón: lo sufría junto con sus oyentes a quienes animaba, contenía y calmaba. En Radio Programas del Perú estaban seguros de la misión que debían cumplir en ese momento de la historia del país, pero también sabían muy bien que una radio siempre debe estar en el aire y con potencia. Hoy es la emisora con más audiencia y más credibilidad del Perú. También la más querida por los peruanos.
2 de agosto de 2007
Iberia y Alcazarquivir
José Saramago es un provocador infatigable y entretenido: hasta cara tiene de pícaro. Acaba de profetizar la integración de España y Portugal en una divertida entrevista que publicó Diário de Noticias de Lisboa el pasado 15 de julio. El nuevo país se llamará Iberia, producto de la unión de ambos y no de la anexión de uno por el otro. Madrid, en el centro de la península, seguirá siendo la capital. Portugal mantendrá su independencia cultural, como Cataluña, Galicia o el País Vasco y convivirán juntos en el espacio común europeo. La línea aérea no tendrá que cambiar de nombre y los reyes podrán volver a Estoril. Don José piensa que sería mucho más provechoso para España y Portugal integrar un país fuerte y poderoso, que haga oír su voz y sentir su peso en Europa como Francia o Alemania. Al final, las diferencias son tanto menores que las semejanzas y la unidad geográfica de ambas naciones es incontrastable. Saramago mismo es una muestra de ello: aunque nacido portugués, vive hace catorce años en Lanzarote (Islas Canarias) y su mujer es granadina.
El 4 de agosto de 1578 se libró la batalla de Alcazarquivir, cerca de Fez, en el norte de África. Es conocida también como la batalla de los Tres Reyes, porque allí murieron Sebastián de Portugal y los sultanes Muley al-Mutawajil y Abd el-Malij. Sebastián, con 24 años, había cruzado el estrecho con 16.000 hombres para auxiliar a Mutawajil en sus pretensiones al trono de Marruecos contra Malij, pero parece que andaba queriendo quedarse con una parte del reino magrebí y había prometido matar a todos los judíos de Marruecos si ganaba. Dicen que no había familia portuguesa que no tuviera un muerto en Alcazarquivir. También pelearon y murieron españoles, alemanes y franceses. Y los judíos de Marruecos todavía celebran su buena estrella.
Pero la consecuencia más interesante de la batalla de Alcazarquivir fue la unión de los reinos de España y Portugal. Felipe II, que era tío de Sebastián y nieto de Manuel II de Portugal, aprovechó el trono vacante y sin herederos para reclamar sus derechos y mandó a Lisboa al Duque de Alba con tropas suficientes para asegurarse la sucesión. Fue así que, desde 1580 hasta 1640, España y Portugal fueron un solo reino, como le gusta a Saramago. Y América también fue una sola porque se borró durante esos años la línea de Tordesillas. Todo era Iberia, desde los Pirineos a Lisboa y desde Oregón a Tierra del Fuego. Hasta el Amazonas y el País de la Canela, la indomable Nueva Andalucía, que Francisco de Orellana intentó conquistar primero desde Quito y luego desde el Atlántico.
No es la primera ni la segunda vez que España y Portugal piensan en la Unión Ibérica. Siempre existió entre ambos países un germen que tiende a juntarlos, nacido de la evidente unidad geográfica de ambas naciones y del sentido del destino común. En el siglo XIX intentaron más de una vez la unión dinástica de las coronas de España y Portugal para convertir a la península en un solo reino y hasta se creó una bandera que mezcla los colores de España y Portugal en cuatro partes iguales.
La unión de dos reinos por sucesión o por matrimonio era perfectamente natural a los contemporáneos de Felipe II y el pobre rey Sebastián. Pero si hace 50 años nos decían que iba a dejar de existir Alemania Oriental nos hubiéramos reído. Checoeslovaquia era una sola palabra, pero ahora resulta que son dos países. La Unión Soviética no solo cambió de nombre: desaparecieron la Unión y el Soviet. Ceilán ahora se llama Sri Lanka, y Birmania, Unión de Myanmar… Moldavia, Bielorusia y unos cuantos más estaban escondidos detrás de una cortina. Timor Oriental se desprendió de repente de Indonesia. Formosa figura en el mapa pero no existe para casi nadie por las presiones de China.
A la vez que se borran las fronteras entre los países se exacerban las nacionalidades más pequeñas, localistas, basadas en la tradición del propio valle, necesitadas de su folclore y del ancla en el terruño. Es un movimiento centrípeto producido por su contrario, centrífugo, de los grandes bloques continentales. Hoy pueden Portugal o el Algarbe integrar perfectamente las autonomías españolas como una más, sin que se mueva un pelo a nadie. De hecho, Cataluña es más independiente de España que Portugal, hipercolonizada por empresas españolas. Y es más probable encontrar una bandera española en Londres que en Bilbao. Vamos hacia un mundo de localismos que conviven en grandes bloques, como hace siglos ocurrió con los imperios, que cambiaban por conquista o matrimonio las fronteras anchas de sus dominios pero no las pequeñas de sus comarcas. No es una novedad para los analistas de la realidad mundial, pero es una de las más notables características de nuestra era, que cambiará el modo de ver el mundo, también en nuestro continente. Y José Saramago no es poca autoridad para anunciarlo.
El 4 de agosto de 1578 se libró la batalla de Alcazarquivir, cerca de Fez, en el norte de África. Es conocida también como la batalla de los Tres Reyes, porque allí murieron Sebastián de Portugal y los sultanes Muley al-Mutawajil y Abd el-Malij. Sebastián, con 24 años, había cruzado el estrecho con 16.000 hombres para auxiliar a Mutawajil en sus pretensiones al trono de Marruecos contra Malij, pero parece que andaba queriendo quedarse con una parte del reino magrebí y había prometido matar a todos los judíos de Marruecos si ganaba. Dicen que no había familia portuguesa que no tuviera un muerto en Alcazarquivir. También pelearon y murieron españoles, alemanes y franceses. Y los judíos de Marruecos todavía celebran su buena estrella.
Pero la consecuencia más interesante de la batalla de Alcazarquivir fue la unión de los reinos de España y Portugal. Felipe II, que era tío de Sebastián y nieto de Manuel II de Portugal, aprovechó el trono vacante y sin herederos para reclamar sus derechos y mandó a Lisboa al Duque de Alba con tropas suficientes para asegurarse la sucesión. Fue así que, desde 1580 hasta 1640, España y Portugal fueron un solo reino, como le gusta a Saramago. Y América también fue una sola porque se borró durante esos años la línea de Tordesillas. Todo era Iberia, desde los Pirineos a Lisboa y desde Oregón a Tierra del Fuego. Hasta el Amazonas y el País de la Canela, la indomable Nueva Andalucía, que Francisco de Orellana intentó conquistar primero desde Quito y luego desde el Atlántico.
No es la primera ni la segunda vez que España y Portugal piensan en la Unión Ibérica. Siempre existió entre ambos países un germen que tiende a juntarlos, nacido de la evidente unidad geográfica de ambas naciones y del sentido del destino común. En el siglo XIX intentaron más de una vez la unión dinástica de las coronas de España y Portugal para convertir a la península en un solo reino y hasta se creó una bandera que mezcla los colores de España y Portugal en cuatro partes iguales.
La unión de dos reinos por sucesión o por matrimonio era perfectamente natural a los contemporáneos de Felipe II y el pobre rey Sebastián. Pero si hace 50 años nos decían que iba a dejar de existir Alemania Oriental nos hubiéramos reído. Checoeslovaquia era una sola palabra, pero ahora resulta que son dos países. La Unión Soviética no solo cambió de nombre: desaparecieron la Unión y el Soviet. Ceilán ahora se llama Sri Lanka, y Birmania, Unión de Myanmar… Moldavia, Bielorusia y unos cuantos más estaban escondidos detrás de una cortina. Timor Oriental se desprendió de repente de Indonesia. Formosa figura en el mapa pero no existe para casi nadie por las presiones de China.
A la vez que se borran las fronteras entre los países se exacerban las nacionalidades más pequeñas, localistas, basadas en la tradición del propio valle, necesitadas de su folclore y del ancla en el terruño. Es un movimiento centrípeto producido por su contrario, centrífugo, de los grandes bloques continentales. Hoy pueden Portugal o el Algarbe integrar perfectamente las autonomías españolas como una más, sin que se mueva un pelo a nadie. De hecho, Cataluña es más independiente de España que Portugal, hipercolonizada por empresas españolas. Y es más probable encontrar una bandera española en Londres que en Bilbao. Vamos hacia un mundo de localismos que conviven en grandes bloques, como hace siglos ocurrió con los imperios, que cambiaban por conquista o matrimonio las fronteras anchas de sus dominios pero no las pequeñas de sus comarcas. No es una novedad para los analistas de la realidad mundial, pero es una de las más notables características de nuestra era, que cambiará el modo de ver el mundo, también en nuestro continente. Y José Saramago no es poca autoridad para anunciarlo.
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