5 de junio de 2026

Consumo inteligente

No somos tan distintos los argentinos de los españoles, pero tengo la experiencia –cercana en el tiempo y en la sangre– de la relación de argentinos y españoles con el consumo. Mi padre era argentino y mi madre española, y toda su vida siguieron en la mesa estilos opuestos: mi padre dejaba algo en el plato y mi madre nada. Para mi padre era de buena educación y hasta de templanza no comerse todo como un tragaldabas. Para mi madre la buena educación era comer lo que uno se sirve y no tirar a la basura comida que puede ser preciosa para el hambre de otros. Era la muestra patente y cotidiana de la opulencia americana versus la austeridad europea.

Me acuerdo de esta escena familiar cada vez que aparece en las noticias la caída del consumo de los argentinos. Cierran cantidad de locales comerciales y quiebran industrias; los supermercados se quejan, las estadísticas marcan números alarmantes sobre la caída de la venta de combustibles, de automóviles, de carne y de otros productos de consumo masivo.


Es cierto que cayó el consumo de carne, pero se lo puedo explicar mejor: en 2025 cada argentino se comió 116 kilos de carne, de los que unos 46 son de origen vacuno. Ahora, mes a mes, en 2026 llevamos una caída del 6,8 % en la carne vacuna, la peor en 20 años. Es decir que estamos consumiendo apenas unos 43 kilos de carne vacuna. Solo para comparar, en los Estados Unidos, en 2025, los gringos comieron 38,3 kilos de carne vacuna per cápita; y los brasileños 30 kilos, además de 47 de pollo y 17 de cerdo.

Ya se ve que hay argentinos que se comen tres o cuatro vacas gordas al año... Cae el consumo, por suerte y para nuestro bien, a niveles más lógicos y saludables, pero la noticia es que cierran carnicerías y no que había demasiadas carnicerías...

También resulta que ahora hay cantidad de autos híbridos y eléctricos y la gente usa mucho más el transporte público porque prefiere ahorrar o porque el tránsito está imposible, pero la noticia es que cae el consumo de naftas. Hay muchos más, pero bastaría con la sorprendente, por lo menos en la Argentina, profusión de locales comerciales idénticos. Una farmacia en cada cuadra; exageración de maxikioskos, minisúpers, chinos, bares de tres mesas y tiendas de cuatro productos. O negocios que se ponen de moda, y como les va bien muchos otros invierten en lo mismo hasta provocar la quiebra de todos por la oferta desmedida. Luego la noticia es la crisis y no la tontería de invertir sin pensar ni un segundo en un principio elemental de la economía.

Los europeos fueron pobres porque pasaron crisis tremendas y la pobreza les enseñó mucho más que la riqueza: será por eso que ahora son ricos. La pobreza enseña a aprovechar las cosas, a cuidarlas, a comer lo que haya, a usar sin complejos la ropa gastada o ajena, apagar las luces, a zurcir las medias, arreglar los zapatos y los paraguas, pegar el jabón viejo con el nuevo, a consumir con inteligencia... Es parte del cambio cultural que necesitamos en nuestra América y no es tacañería sino señorío sobre las cosas. Es de buena educación y es lo más ecológico que hay. Y también es muy cristiano.

3 de mayo de 2026

La realidad es gris

El domingo 12 de abril hubo elecciones en dos países de Occidente: Hungría y Perú. En los dos casos se vislumbra un cambio interesante y la coincidencia de dos países tan distantes me da más esperanzas todavía. Aclaro que aunque distantes no los considero tan distintos porque cada vez está más clara la idea de un Occidente civilizado que comparten el Perú y Hungría. Y entre lo más valioso del patrimonio de Occidente está Aristóteles de Estagira, el más grande filósofo de todos los tiempos, que nos dijo hace ya unos 2.300 años que lo bueno está en el medio y no en los extremos.


Los extremos nunca son buenos entre otras cosas porque la realidad no es blanca ni negra: es gris. En defensa del gris quiero seguir estas líneas y aclaro que evito, siempre que puedo, usar los adjetivos extrema y ultra porque son prejuicios instalados por el progresismo malintencionado –o la izquierda resentida– que tacha de ultra o extrema cualquier ideología que se le oponga.

Hace año y medio escribí sobre la derecha divertida; un concepto que escuché de la boca de quien hoy es gobernador de Misiones, la provincia situada bien al nordeste de la Argentina, metida como una cuña entre Brasil y Paraguay. Fue hace casi 30 años y quería significar algo que empezaba entonces a clarear en la política argentina y del mundo. Era un modo, para mí acertado, de llamar a una derecha que no había existido hasta entonces, porque la que conocíamos era bastante troglodita. Había llegado al poder por métodos ilegales durante los gobiernos de facto de la Argentina y anestesió, durante años, cualquier reflejo electoral de la derecha, que tenía bastante consenso en la población pero no sabían cómo llegar al gobierno sin incumplir las leyes de la democracia.

Creo que estábamos de acuerdo en lo prometedor que resultaba que por fin apareciera una derecha sin complejos, democrática y para colmo divertida. Ni centroderecha, ni ultraderecha, ni derecha moderada: derecha derecha, sin más vueltas, que juegue limpio tanto en el poder como en la oposición. Una derecha que capitalice el consenso de la inmensa masa de votantes que hacía decenas de años no tenían quien los represente.

En estos últimos años el péndulo empezó desplazarse desde el lado izquierdo del arco ideológico, impulsado por el fracaso estrepitoso del socialismo. Como reacción apareció una versión fanática, que pasó de largo por la amplia gama del arco y llevó el péndulo hacia el otro extremo de la grieta. Fue así como desde la izquierda enojada, ofuscada, endogámica, rancia y recalentada, pasamos a una derecha enojada, ofuscada, endogámica, rancia y recalentada. Una u otra pueden ganar elecciones e imponernos a todos su ideología, como pasa en nuestras democracias desdibujadas, orientadas más a imponer la voluntad del vencedor sobre los vencidos que a la convivencia pacífica de los que piensan distinto. 

Esto podía terminar como la mona, pero después de las elecciones del Perú y de Hungría, parece que ya no vamos por ahí.

5 de abril de 2026

Nueva Edad Media


Que hoy la única ideología es el poder lo estamos diciendo unos cuantos y hace tiempo. La democracia ha sido parasitada por bandidos que aprendieron a usarla para fregarse en la democracia. Lo hacen para llegar al gobierno, porque el poder político es el acceso más rápido e impune a las riquezas de los Estados. Las izquierdas no predican honestidad y roban con descaro, pero tampoco han conseguido mejorar la situación de los más pobres ni la de nadie; solo la de ellos. Y las derechas tampoco han demostrado que son tan honestas como predican, ni que gobiernan mejor que las izquierdas.

La historia del derecho es la historia de los intentos de arreglar estos abusos, que ocurren desde la época de Adán y Eva. Llamamos Querella de las Investiduras a la pelea que empezó en el siglo XI por el poder entre la Iglesia y el Imperio. ¿Quién tiene más poder? ¿Quién nombra y corona a reyes y emperadores? ¿Quién elige o veta al papa y a los obispos? ¿De quién son los monasterios? ¿Quién construye las catedrales? ¿Quién dirige las cruzadas? Se arregló del todo recién en el siglo pasado, cuando se separó a la Iglesia de cualquier poder temporal.

Hoy nos podríamos preguntar cosas parecidas sobre el poder, pero me alcanza con una sola: ¿Quién manda más: Donald Trump, Elon Musk o Gianni Infantino? En un tiempo se decía que la prensa era el cuarto poder: una metáfora desgraciada que volvió insoportables a algunos periodistas. Ahora el primer poder es el fútbol, el segundo es Meta y el tercero está disputado entre YouTube y Netflix. Mientras los políticos tratan a toda costa de hacerse selfis con Messi, el periodismo apenas consigue parar sus antenas de hormiga perdida para saber qué ocurre en el mundo de los humanos.

Esto pasa en Occidente, pero no es distinto el Cercano Oriente, donde los mulás han rebajado el islam a una ideología política sanguinaria. Mandan más Hamás, Hezbolá o los hutíes que quienes gobiernan Palestina, el Líbano o Yemen. Y en cada país de nuestra América pasa tres cuartos de lo mismo: tenemos que agradecer a los Musk, los Altman y los Bezos locales, que para proteger sus negocios nos protegen de los chiflados o de los bandidos que llegan al poder. A pesar de que nadie los eligió, ese poder ha salvado más nuestras democracias que los gobernantes, que parecen elegidos por el pueblo pero no sabemos a ciencia cierta cómo fue que pasó.

Es la nueva Edad Media que anunció Alain Minc en 1993. Hace mil años en cada ciudad mandaba más el alcalde que el rey, en el gabinete más el mayordomo del palacio que el emperador, en la Iglesia más el maestre del Temple que el papa de Roma. Mientras nos peleamos por el petróleo como cruzados en Tierra Santa, hoy Europa está llena de musulmanes que pueden quedarse hasta con las catedrales, y no los para ninguna frontera porque ya no hay. Estados Unidos reclama desde Groenlandia hasta Venezuela, pasando por Cuba y Colombia con sus mares; Rusia demuestra que ni siquiera puede ganarle a Ucrania; y China mira paciente cómo el resto del mundo tropieza en la piedra de sus propios errores.

Está claro que nuestras democracias necesitan un restyling profundo para dejar de ser presas de los bandidos que acechan el castillo. Ya es tiempo de ponernos a trabajar para arreglar todo esto, eso si no preferimos pedir asilo en el monasterio más cercano.

1 de marzo de 2026

Reyes del siglo XXI

Tres episodios relacionados con las monarquías en pleno siglo XXI han concentrado el interés de la opinión pública en los últimos días. El 19 de febrero arrestaron al expríncipe Andrés del Reino Unido por delitos que cometió siendo príncipe (ya no es príncipe porque la casa real preveía este desenlace). No hay nada nuevo porque el motivo por el que cayó preso es algo que acostumbran hacer los reyes y sus familias desde la época de Hammurabi y están descritas en la Biblia en el primer Libro de Samuel, cuando los judíos le pidieron a Dios que les diera un rey y el Señor les explicó en detalle lo que haría con sus hijos y sus hijas, con sus mujeres, su dinero y sus propiedades...


Los que tenemos más años conocimos el Reino de Irán gobernado por el Sha Mohammad Reza Pahlaví. Lo derrocó en 1979 la Revolución Islámica de los ayatolás. Ahora, ante el fracaso de la República Islámica y los nuevos aires en Occidente, ha aparecido con fuerza la figura su hijo, heredero de esa monarquía, con pretensiones bastante probables de volver a gobernar la antigua Persia de nuevo como reino. Suponemos que, en caso se prosperar, será una monarquía de estilo más europeo que las absolutas de Marruecos, Jordania, Emiratos Árabes o Arabia Saudí, otros países musulmanes que son gobernados por monarcas absolutos en pleno siglo XXI. En cualquier caso, si Reza Pahlaví hijo llega al trono de su padre, será la primera monarquía restaurada en el siglo XXI.

No es tan extraño eso de los reyes y reinas de hoy en día. Son monarquías unos cuantos de los países más avanzados del planeta: Reino Unido, España, Países Bajos, Bélgica, Dinamarca, Suecia, Noruega, Luxemburgo, Mónaco... También lo son Japón con su emperador, o Canadá y Australia, que admiten como Jefe del Estado al rey británico. Son ricas pero no tan avanzadas las monarquías árabes, o las africanas, que suman unas cuantas. Y todo eso sin contar las monarquías que no se llaman monarquías, como la dinastía que gobierna Corea del Norte con mano de hierro; el matrimonio tiránico de los Ortega en Nicaragua o la también tiranía de los Castro en Cuba, donde manda el hermano de Fidel y Marco Rubio arregla con su nieto el futuro de la isla (como en Venezuela, pactan lo que sea con tal de seguir en el poder).

El caso de Irán podría compararse al de España en 1975, cuando Juan Carlos, nieto de Alfonso XIII, volvió a reinar después de 36 años de dictadura de Francisco Franco y de dos intentos republicanos anteriores que hicieron abdicar a los reyes en 1873 y en 1931. Ahora Juan Carlos, sancionado por la opinión pública española por su conducta financiera y sexual, puede volver a España de su exilio en Abu Dabi gracias a sus méritos democráticos, certificados después de la desclasificación de documentos del golpe de estado de 1981.

Es ingenua la pregunta de si los escándalos de la corona británica o española van a causar el fin de esas monarquías. La conducta del príncipe Andrés del Reino Unido o del rey Juan Carlos de España no hacen más que confirmar que uno es hermano del rey y el otro es rey jubilado, no muy distintos de los que cometieron reyes y príncipes durante siglos y tantos jefes de estado que hoy están presos o exiliados. Por eso parece más probable que en el siglo XXI vuelvan algunas monarquías antes de que caigan otras.

1 de febrero de 2026

La muerte de Maquiavelo


El presidente Javier Milei empezó discurso de este año en el Foro Económico Mundial de Davos con una frase para impactar a su auditorio: estoy aquí, ante ustedes, para decirles de modo categórico que Maquiavelo ha muerto... En seguida salieron algunos periodistas argentinos a decir que Maquiavelo no había muerto nada y otros, los del lado derecho, aplaudieron su muerte. Lamento informarles a unos y a otros que Nicolás Maquiavelo murió en Florencia el 21 de junio de 1527. Es curioso que los hombres nos empeñemos en mantener vivos a muertos que todos sabemos que están bien muertos. Una cosa es el recuerdo y muy otra decir que están vivos Maquiavelo, el Che Guevara, Carlos Gardel, Bolívar o San Martín.

Bromas aparte, Milei no se refería a la muerte del autor de El Príncipe sino a la del maquiavelismo en la política. No sabemos si el presidente argentino ha leído a Maquiavelo, pero sí que tiene en su imaginario lo que el maquiavelismo significa, que podría resumirse en la lucha por el poder a como dé lugar, sin importar los medios ni las consecuencias. Eso es lo que está identificando hoy a la política en gran parte del mundo, cuando la única ideología es el poder. Primero conseguirlo y después conservarlo a toda costa, sea como sea. Hay muchos ejemplos cercanos y lejanos y no creo que sea una buena idea mencionarlos para no quedarnos con la anécdota o empezar a discutir éste o aquél caso.

La política se volvió la lucha por el poder, pero por el poder mismo y no para mejorar las condiciones de vida de los habitantes de nuestros países. No importa el progreso, ni el desarrollo, ni la salud, ni la seguridad, ni el patrimonio de los ciudadanos: lo que importa es el poder y nada más que el poder para la casta que vive del poder. Y como no tiene escrúpulos ni vergüenza, desde el poder mandan, engañan, mienten, roban, estafan, extorsionan, sobornan, venden privilegios, cobran retornos y mordidas, se adjudican obras a ellos y a sus primos, coimenan como locos y sobre todo atesoran billetes en sus cajas fuertes... Con tal de mantenerse en el poder se hace cualquier cosa, hasta lo más descarado. Podría hacer una lista de cada país –de los nuestros y de Europa– pero sigo con la idea de no quedarnos en la discusión de los casos, algo que gusta mucho a nuestra lógica adolescente latinoamericana.

Aunque es evidente que tiene pretensiones más universales, en Davos Javier Milei hablaba de la República Argentina, que lleva ya un siglo de maquiavelismo a ultranza, y no se salvan los gobiernos de uno y otro lado del espectro ideológico, incluidos los de facto. La ideología es solo una cortina para conseguir el poder. El maquiavelismo ha parasitado los partidos, los movimientos y la democracia, pero últimamente ha sido el socialismo en sus variantes modernizadas el que no ha conseguido demostrar que detrás de ellos se escondía una manera de imponerse a los gobernados, solo y nada más que para sentarse en el poder. Sin escrúpulos y sin una pizca de vergüenza, han vaciado obscenamente las arcas del estado, se han hecho multimillonarios, han empobrecido a nuestros pueblos y los han sumido en la ignorancia, solo para asegurarse los votos en la próxima elección. Eso es maquiavelismo puro.

4 de enero de 2026

El fútbol no se toca

La corrupción de la política enseguida se contagia al periodismo. Son los que están más cerca y a quienes la política se les pega en los dedos como el Fastix. El segundo eslabón son los empresarios y la lista es larga, pero termina en los jueces. Todos se corrompen cuando nadie saca la manzana podrida del cajón, como nos contaron alguna vez en nuestra infancia. La corrupción es un capítulo fundamental del cambio cultural para salir de la crisis centenaria de la Argentina, y no es el efecto sino la causa de nuestra decadencia: durante estos largos años las ideologías han sido una mentira para robarse todo.

Si no, no se entiende porqué es pobre un país tan rico como la Argentina. Si no robaran, viviríamos todos muchísimo mejor. Habría magníficos hospitales para todos; las universidades estarían llenas de premios Nobel; seríamos uno de los países más cultos del planeta; los ancianos tendrían excelentes jubilaciones; las fuerzas armadas estarían realmente armadas; daría gusto viajar en transportes públicos; o en buenos autos y por una infraestructura sobresaliente de vías de comunicación...

En estas semanas los periodistas han descubierto –como si no lo supieran antes– que la Asociación del Fútbol Argentino es lo más corrupto que hay. Los partidos se amañan para ganar apuestas multimillonarias, las entradas nunca se venden porque se revenden más caras y se usan para lavar dinero, los árbitros también se compran y las copas se regalan. A Rosario Central le dieron un campeonato sin que haya ganado nada: se inventaron el campeonato, la copa y la fiesta... todo.


La conducción de la AFA responde a Sergio Massa, el político todoterreno que en 2022 intervino el gobierno de Alberto Fernández cuando estaba en caída libre: fue un golpe auspiciado por los mismos que pusieron a Fernández. Le dieron a Massa el ministerio de Economía con plenos poderes sobre todo el gabinete. Con emisión desenfrenada de moneda gastó miles de millones para ganar las elecciones presidenciales de 2023. Pero se quedó con las ganas. En 2024, ya con Milei de presidente, algunos integrantes de la conducción peronista intentaron un golpe institucional para acabar con su gobierno. Lo hicieron todo antes de las elecciones que cambiarían la mayoría en el Congreso a fines de octubre. Sabían que si Milei ganaba, quedaban afuera de toda posibilidad de volver al poder por unos cuantos años. A esas alturas Milei ya no conseguía sancionar leyes y tampoco vetar las que el Congreso le estaban promulgando en contra, con la idea de provocar gasto, inflación, descontento, manifestaciones, líos en la calle: peronismo de manual. Entre otras cosas, un canal de streaming, propiedad de un alto personaje de la AFA, destapó en esos días un supuesto caso de coimas con los fondos destinados a las medicinas para discapacitados que administra una agencia nacional cuyo director era cercano a Milei.

Massa está en el vértice del abanico de todos los negocios sucios que se pueden hacer con el fútbol. Ahora el presidente contraatacó y el periodismo tritura a Massa sin piedad. El fútbol no se toca.

7 de diciembre de 2025

Lo viejo es viejo


No sé si habrá visto la serie argentina El eternauta. Si no la vio, le recomiendo no perder el tiempo. Es mala, pero admito que es una opinión personal y también que no me gusta el género. Si la vio y disfrutó, pasó un buen momento y lo felicito. Quizá entonces se acuerde de la frase que identifica a la serie: lo viejo funciona.

Es una frivolidad establecer un principio desde un dicho popular, o una frase redonda que puede parecer sabia y casi nunca lo es. Sabia es la ciencia, con sus conclusiones y consecuencias, no lo que suena bien.

Lo viejo funciona en El eternauta porque una nevada letal, acompañada de una fuerte radiación, interrumpe todo lo que dependa de la electrónica. Es la vuelta al mundo sin electricidad y sin señales. No hay computadoras, ni celulares, ni controles remotos, ni autos que dependen de la electrónica. Solo funciona lo mecánico, los carros viejos y se vuelven codiciados. Y si las cosas viejas funcionan, también funcionan los mayores, que saben moverse en ese mundo que para los jóvenes es desconocido.

Es el mensaje de El eternauta: en momentos de grandes crisis hay que recurrir a lo simple, a lo que siempre funciona, como la palanca.

Bueno. Lamento defraudarlo. Lo viejo funciona solo si está bien mantenido, y funciona mal al lado de lo nuevo. Nadie se compraría un carro viejo solo para que funcione en caso de un apagón energético masivo. El mundo no vuelve para atrás: progresa y cada día a más velocidad. Eso está probado y no hace falta recurrir a la ciencia. Una persona de clase media, en Ecuador de hoy, vive mejor que el emperador Carlomagno en el año 800. Y dentro de 500 años podremos decir lo mismo de los que estamos ahora elucubrando sobre estos asuntos.

Esta cuestión tiene un correlato directo en la política. Lo viejo no está funcionando y no hay nada que hacerle. Por la velocidad a la que avanza la historia, lo nuevo se hace viejo cada vez más rápido. Piense, solamente, que en pocos años se renueva el padrón de votantes en cualquiera de nuestros países, en los que la vieja política se afana en influir con sus apolilladas estrategias, que las nuevas generaciones ni entienden ni quieren: más bien las aborrecen.

No funcionan los políticos viejos ni la vieja política. Hay otra cultura. Ya estamos en otro mundo. Diría que no funciona ni la democracia tal como la hemos conocido y que las nuevas generaciones tendrán que hacer un esfuerzo suplementario para convivir con los que piensan distinto. Esto puede ser un problema, pero confiemos en que lo conseguirán.

Hoy la mentira se huele a kilómetros y la corrupción se nota en la cara. Nada se puede esconder y todo se sabe en dos segundos. Las ideologías inventadas tampoco sirven porque nadie les cree. Se acabó la impunidad. Los delitos cometidos desde el poder se filman con celulares. Si la vieja justicia no condena, lo hará la opinión pública y al final la justicia también condenará, acosada por la vergüenza o porque por fin se redimió. Las nuevas generaciones aborrecen la mentira, la falsedad y el doble rasero. La vieja política ya no sirve, diga lo que diga El eternauta.

2 de noviembre de 2025

Milei 2 - Casta 0

El domingo pasado hubo una elección crucial en la Argentina. Se elegía la mitad de los diputados nacionales (son proporcionales a los habitantes de cada provincia) y un tercio de los senadores (hay tres por cada una de las 24 provincias). La llamamos de medio término porque se da en la mitad del mandato de cualquier presidente, en este caso de la primera presidencia de Javier Milei, cuyo período termina en 2027 pero puede ser reelecto hasta el 2031. Y es crucial porque se plebiscita el mandato: la elección de medio término es una encuesta perfecta sobre la marcha del mandato presidencial, pero además establece nuevo reparto de senadores y diputados en el Congreso, que en el caso de ser muy superiores a favor de la oposición, hacen inviable la gestión del presidente y pueden provocar su caída.

Para los periodistas que no entienden nada, o entienden pero son funcionales a la casta de políticos enquistados en el poder, parecía que la elección en la provincia de Buenos Aires del 7 de septiembre había anticipado que Milei estaba en la cuerda floja. La provincia de Buenos Aires es casi la mitad de la Argentina en cantidad de votantes y también de diputados en el Congreso, pero la elección provincial no elegía esos diputados sino los de la legislatura provincial, además de los concejales de los 135 municipios de la provincia, donde la mayoría de los intendentes son más duques y condes que funcionarios republicanos. Comparar una elección con otra era como comparar peras con rinocerontes, pero igual muchos periodistas lo hicieron.

Es que no entienden el razonamiento más sencillo que había que hacer para prever los resultados y sin necesidad de encuesta alguna. Lo explico en tres párrafos:

Javier Milei fue votado en 2023 por la mayoría de los argentinos para terminar con la Casta que gobierna el país hace ya cien años y que nos ha llevado en declive permanente a la decadencia que ahora nos ahoga. Esos políticos profesionales, que nunca hicieron otra cosa que juntar billetes sirviéndose del poder, están en todo el arco ideológico y se concentran en ambas cámaras del Congreso de la Nación, pero también en las legislaturas provinciales y municipales y en los poderes ejecutivos de todos los niveles de la geografía política argentina.

 

Milei empezó su primer periodo presidencial de espaldas al Congreso de la Nación, al que llamó Cueva de Ratas. Y la Casta le contestó impidiendo la sanción de sus leyes para estropearle el equilibrio fiscal, con la idea artera de obligarlo a emitir dinero y provocar inflación, justo lo contrario de lo que el pueblo le pidió a Milei cuando lo votó como Presidente. Hasta se aumentaron el sueldo para fregarse en las medidas de austeridad, que rigen desde el primer día del mandato, para equilibrar las cuentas públicas y reducir la inflación drásticamente.

¿Alguien pensaba que los que lo eligieron en 2023 iban a votar en 2025 a favor de la Casta que Milei combate con una determinación ejemplar? Con una lógica adolescente la Casta sí lo esperaba. Y muchos periodistas también lo pensaron y lo publicaron, pero todavía no sabemos si es porque son tontos o ensobrados de la Casta.

5 de octubre de 2025

La plata y la deuda

No han cambiado las cosas desde el mes pasado en la Argentina, donde habrá elecciones de medio término el último domingo de este mes. Son elecciones para renovar la mitad de de la Cámara de Diputados y un tercio de la de Senadores. No creo que sea una buena idea tener elecciones cada dos años ni que el período presidencial sea espejo del de Estados Unidos, pero es lo que hay.

El gobierno nacional sigue en sus trece de equilibrar las finanzas y terminar con la inflación a como dé lugar y para eso ha dejado de emitir dinero y ha reducido drásticamente el gasto público. El mantra es no hay plata, pero... ahora hay que enfrentar unas elecciones con esa monserga. La oposición, por su parte, sigue con la única estrategia de decir que los del gobierno son iguales a ellos: mentirosos, ladrones y corruptos.

La casta política odia a Javier Milei, porque antes de ser diputado mostró a los argentinos cómo los manipulan los políticos. Si consigue a fin de mes el número suficiente de diputados y senadores para impedir que le anulen sus vetos, no habrá barreras para el avance de las reformas libertarias y se acaba la mala costumbre de enriquecerse a costa del pueblo, al que le roban con impuestos, emisión de moneda y la ilusión de igualarlos a todos, pero para abajo.

La verdad es que las medidas de Milei son lo contrario de demagógicas o electoralistas. Todos estamos sin plata y el país en el pozo en que lo dejó el populismo infantil de estos últimos... 100 años. Pero Milei ha conseguido frenar la inflación y confía en que la gente votará a sus candidatos para luego impedir que dos tercios de cada cámara legislativa le anule los vetos a las leyes que la casta sanciona solo para hacerlo caer.

Después de que no le fuera tan bien a sus candidatos en las elecciones de la provincia de Buenos Aires del 7 de septiembre pasado, Milei ha conseguido que el Tesoro de los Estados Unidos le preste el dinero que necesita para mantener el dólar en su lugar, aumentar las reservas del Banco Central y seguir evitando la inflación. Leyó bien: no es el Fondo Monetario Internacional sino el mismísimo Tesoro de los Estados Unidos, que no quiere que fracase su aliado predilecto en Nuestra América (en este sentido, para la Argentina es una suerte que en Brasil esté Lula y en Chile, Boric).

Así que ahora la oposición destituyente ha empezado con otra cantinela que repite a cada rato para que los medios llenen sus redes, sus páginas de papel y sus video walls. ¿Cuál fue el precio de este swap? ¿Qué le dio Milei a Trump a cambio? ¿Se van a llevar nuestro litio? ¿Les esta dando un área para bases militares? ¿Van poner una base naval en Ushuaia? ¿Está regalando nuestra agua dulce? ¿Se tienen que ir los chinos de su base de observación en la Patagonia?

 

Preguntas tontas, solo para una opinión pública que cada día entiende más de estas cosas y hace menos caso a los políticos. Es evidente que el pago de la deuda de ningún país se puede hacer emitiendo dólares. Al final, todo se paga con recursos naturales, con minerales, con geopolítica, con alineamientos y con alianzas. ¿Cuál sería el problema?

7 de septiembre de 2025

La casta

A los argentinos no hay que explicarles qué es la Quinta de Olivos, la residencia oficial del Presidente de la Nación, en el medio de un parque de varias hectáreas en la localidad de Olivos, al norte de la ciudad de Buenos Aires. Le decimos quinta, un sustantivo con el que los argentinos nombramos las pequeñas explotaciones agrícolas, sobre todo de árboles frutales, pero el nombre quedó para las casas de fin de semana en las afueras de las ciudades, siempre rodeadas de parque.


Hace ya unos cuantos años un buen amigo consiguió una audiencia con Carlos Menem, que lo citó en la Quinta de Olivos. Llegó con tiempo, y después de pasar los controles habituales, lo hicieron pasar a una sala para esperar a que el Presidente lo pudiera recibir. Allí un mozo de chaqueta blanca, bastante mayor y muy amable (los argentinos les decimos mozos a los camareros aunque no sean jóvenes), le ofreció algo de beber para amenizar la espera. La charla salió naturalmente sobre los años de aquel veterano en la Quinta de Olivos: el hombre había servido a unos cuantos presidentes.

–¡Qué interesante! pero además habrá conocido personajes increíbles que han pasado por aquí...
–No crea, contestó el mozo, aquí los que cambian son los presidentes; el resto son siempre los mismos.

Estoy seguro de que la anécdota se repite en cualquiera de las residencias, palacios presidenciales y casas de gobierno de nuestros países. En todas nuestras repúblicas los presidentes tienen los días contados por los límites temporales al poder, así que se tienen que ir irremediablemente cuando se termina el período para el que fueron elegidos o reelegidos. Algunos llegan hasta la presidencia después de un largo cursus honorum y otros no. Los que no, son los outsiders que hoy están de moda en nuestras repúblicas y son los que llaman casta a ese contubernio de políticos y empresarios que ocupan por turnos esos palacios o son atendidos por los saloneros que sirven café en las antesalas del poder.

Este esquema de la casta es el que permite que quienes manden en una democracia no sean quienes elige el pueblo para que los gobierne sino el ecosistema –siempre corrupto y muchas veces ligado al crimen organizado– de los concubinos del poder. Cuando se trata de los funcionarios que son parte del contubernio no hace falta corromper a nadie porque ya tienen incorporados los códigos oscuros del negocio del poder. El problema es con los outsiders, los que son nuevos en estas lides y por tanto bastante ingenuos: pueden ser una piedra muy incómoda en el zapato de la casta.

Lo que acabo de describir no es ni más ni menos que lo que pasa hoy en la Argentina. Un outsider que se metió como una cuña en el corazón de la casta y la casta intentando por todos los medios terminar con quienes quieren terminar con ellos. Para eso usan todos los recursos que están a su alcance y a como dé lugar. Y el que tienen más a mano, el que más conocen, es la corrupción, no para alegar que los outsiders son malos y ellos buenos, sino para convencernos de que son tan corruptos como ellos.

3 de agosto de 2025

Occidente


Hace 50 años ni se nos ocurría que podía caer el Telón de Acero, esa frontera imposible que separaba a los otrora aliados que habían vencido a Hitler en 1945. De lado oriental de Europa los países del llamado Pacto de Varsovia, satélites de la Unión Soviética, y del otro los regímenes bastante democráticos de Occidente; los que habían quedado aliados de los Estados Unidos y Gran Bretaña después del inmenso esfuerzo bélico en los campos de batalla de Europa, pero también en el Pacífico. La Guerra Mundial había dejado esas marcas y también esa grieta entre el comunismo por un lado y las democracias liberales por el otro.

Bastaron unos días de 1989 para que el mundo oriental se desmoronara como la estatua de Nabucodonosor. Un país dejó de existir de la noche a la mañana y aparecieron nuevos que antes eran, con suerte, provincias de otros. Hace apenas 36 años había dos Alemanias separadas por alambradas y Berlín tenía un muro en el medio para impedir que los del lado esclavo se pasen al mundo libre. Esta realidad muestra algo que ya es casi un lugar común en las explicaciones de la historia reciente: los procesos son cada vez más rápidos y las cosas ocurren mucho antes de lo que pensábamos. La historia avanza como un resorte, en círculos cada vez más rápidos. Los atlas y los globos terráqueos se marchitan como las flores y ni nos acordamos que hace poco pensábamos que nada cambiaría.

Nada es para siempre. Todo cambia y antes de tiempo. El péndulo de la historia vuelve ahora para el otro lado, a gran velocidad y con un vértigo que impresiona. No sabemos hasta dónde llegará, pero está claro que va para el lado contrario al de las ideologías que nos hartaron con monsergas de corrección política, nos trataron como anormales por ser normales y para colmo nos sermoneaban en dialecto inclusivo.

Esta semana la marca de jeans American Eagle lanzó en Estados Unidos su nueva campaña publicitaria con la actriz Sydney Sweeney: blanca, rubia, de ojos azules, ni gorda ni flaca y sin un solo tatuaje... Pero el anuncio va más allá porque juega con la palabra genes, que en inglés se pronuncia igual que jeans: Sweeney tiene buenos genes y buenos jeans y unos ojazos del mismo color que los American Eagle. Las ventas y las acciones de American Eagle se fueron a las nubes y los ideólogos del mundo woke se pusieron locos. No es la única marca que se adelanta hacia el otro lado del péndulo, mientras las agencias de la avenida Madison de Nueva York caen en la cuenta de que ellos también son rehenes de la ideología manejada por unos pocos, que no vende porque no sintoniza con el 95 % de la gente.

El péndulo está volviendo hacia Occidente, ese crisol milenario de filosofía griega, derecho romano y cristianismo. Es nuestra casa, donde todos somos iguales y libres. Y no es Occidente el que sigue a Trump, Meloni o Milei. Ellos y muchos otros son parte de ese mundo y son políticos astutos que saben leer a la sociedad.

Y a los los herederos de las ideologías que hace apenas 36 años separaban con muros y cercos electrificados el mundo libre del comunista les está quedando un solo recurso: acusarnos a todos de nazis.

6 de julio de 2025

La conciencia de los periodistas


Para que se entienda el contexto, copio el primer párrafo de una larga nota que apareció este miércoles en el diario La Nación de Buenos Aires.
La furia de Javier Milei contra el periodismo viene en oleadas. Se activa y se atenúa, al ritmo de la intensidad de la agenda política. Antes del último fin de semana arrancó una de sus mayores escaladas: solo entre el viernes y la tarde del martes emitió en sus redes sociales casi 200 mensajes con ataques a la prensa, le dedicó insultos y apodos agraviantes a una veintena de profesionales, validó campañas de acoso en redes y recurrió a información manipulada para desprestigiar a voces críticas.
He escrito hace unos meses que el presidente argentino no hace estas cosas por maleducado sino como estrategia. Tiene bien medido que cada vez que maltrata a los periodistas sube su popularidad. Y curiosamente en esto coincide 100 % con la oposición kirchnerista, porque tanto ellos como Milei han elegido cuidadosamente a los mismísimos enemigos: los pocos periodistas de verdad sumados a los del extremo opuesto de la grieta.

Se podría hablar siglos de este tema, pero quiero remarcar hoy la novedad que distingue a unos de otros –a Javier Milei de Cristina Fernández de Kirchner– porque, sacando del razonamiento la tendencia común de los dos a la inmadurez argentina, creo que para uno es estrategia política y para la otra es odio a la verdad.

Lo común en ambos casos es una consecuencia a la que no quería llegar: los dos lucran con el desprestigio del periodismo en general y de casi todos los periodistas en particular. Y pongo en bastardillas la palabra periodistas porque no sé si caben dentro de la descripción habitual de los profesionales de la verdad urgente; es que cualquiera que ponga la ideología por encima de la realidad, es un estafador y no es un periodista.

¿Y cómo hemos llegado a ese desprestigio? Tomando copas con el poder y abandonando nuestro servicio a las audiencias.

Hace mucho que los periodistas nos dejamos seducir por las mieles de los poderosos y a fuerza de intimidad nos hemos convertido en sus primos carnales. Empezaron dándonos sanguchitos cuando nos convocaban a ruedas de prensa y terminaron haciéndonos cómplices de sus fechorías a cambio de dinero, privilegios, bienestar, viajes, alfombras, autos de alta gama y hoteles de lujo. Un día, cuando ya era tarde, nos dimos cuenta de que para respetar la verdad –que es la única relación honesta con la realidad– tendríamos que haber renunciado a todo eso y convertirnos en próceres o en mártires.

El poder en todas sus formas sabe bien de qué estoy hablando. Y los políticos son los que más saben, por eso nos insultan con los más variados epítetos, como la hace Javier Milei cada vez que puede. Los periodistas también lo sabemos, aunque miremos para otro lado y nos quejemos a la SIP. Los que se dejaron corromper prefieren seguir allí porque ya están manchados: corrupción es podredumbre y de allí no se vuelve. Los que pelean por su honestidad, en cambio, saben que el poder intentará corromperlos y que nunca van a ser ricos, pero viven y mueren con la conciencia tranquila.

6 de junio de 2025

León no es Prevost


Hace un mes decía que Bergoglio no era Francisco. Entonces acababa de morir el papa y ahora lleva unas semanas León XIV en el trono de Pedro. Me lamentaba entonces, con el papa recién muerto, de algo que ocurrió en la Argentina durante todo su pontificado: los argentinos no lo dejamos ser Francisco porque siempre fue uno de los nuestros que había llegado lejos, y como tal le exigimos pensar y actuar como si estuviera todavía en Buenos Aires, ocupándose de nuestros asuntitos domésticos: la política, la inflación, los sindicatos, el peronismo, el fútbol, San Lorenzo de Almagro...

Para confirmar que Francisco ya no era Bergoglio está el testimonio de los que lo habían conocido como jesuita u obispo en Buenos Aires y luego volvían a verlo ya como papa en Roma. Todos decían que estaba irreconocible hasta en su humor y que se había convertido en otra persona. Se había vuelta hasta chistoso el que era bastante serio antes de ser papa.

Hay que volver atrás en la historia para comprender cabalmente este fenómeno. Cuando Jesús instituye el primado de los papas en Cesárea de Filipo, le cambia el nombre a Simón, el hijo de Jonás, por Pedro, porque le cambia la misión. Aunque sea la misma persona, Pedro dejó de ser Simón y ese cambio se aplica desde entonces a todos los papas que sucedieron a Pedro, hasta el 267° que se llamaba y era Robert Prevost y ahora se llama y es León XIV.

Es solo un consejo y para que no nos pase lo que nos pasó con Bergoglio. Un consejo para peruanos y gringos, pero también para el resto del mundo y para todos los que lo conocieron como hincha de los White Soxs de Chicago, como fraile agustino, obispo de Piura o cardenal en Roma, y sobre todo para los especialistas que conjeturan desde su ignorancia que León XIV va a hacer esto o aquello porque cuando era Prevost lo hacía así.

Lamento defraudar esas conjeturas. Todo papa es nuevo y hará lo que le parezca que tiene que hacer, sin importarle su propio pasado que ya no es ni propio, ni las presiones de este mundo, ni siquiera las de Trump, ni las de los cardenales, ni la de sus hermanos agustinos, ni la de sus parientes, si es que las hay.

Lo de los especialistas haciendo conjeturas se aplica a las que se hacen con cualquiera que llega al poder sin tener en cuenta una realidad que se repite con el 100 % de las personas: el poder siempre cambia a la gente. A algunos los cambia mucho y a otros los cambia menos; a unos los mejora y a otros los empeora; pero lo terrible es que a casi todos los pone tontos.

En el caso del poder de los papas, hay que decir que no es el de los políticos y que siempre hay que esperar que sea para bien, ya que los que lo eligen lo suelen hacer teniendo en cuenta el viejo consejo de san Bernardo cuando le preguntaron a quién elegir: que el santo rece por nosotros, que el sabio nos enseñe, pero que nos gobierne el prudente. Y si somos personas de fe, entendemos que no importa quien sea el elegido, tanto que, si los cardenales quieren al peor de todos se volverá el mejor de todos: 2000 años de historia y 267 papas lo certifican.

2 de mayo de 2025

Bergoglio o Francisco


Los argentinos no hemos dejado a Bergoglio ser Francisco. Desde que en 2013 los cardenales lo eligieron en Roma, nos sentimos con el derecho a opinar sobre el Papa como si fuera alguien de nuestra familia: básicamente debería pensar más en nosotros y no andar ocupado con las cosas que pasan en el resto del mundo.

El cambio de nombre de los Sumos Pontífices tiene la lógica que instauró Jesús cuando llamó Pedro a Simón, el hermano de Andrés, para darle una nueva identidad con la que debía enfrentar la misión que le confiaba. En ese momento, Jorge Bergoglio decidió llamarse Francisco, como el santo de Asís, por la firme determinación de orientar su misión hacia los pobres, los desheredados, los heridos, los enfermos, las periferias geográficas y existenciales. Y eso es lo que vio el mundo entero durante los más de doce años que duró su pontificado, y la razón de que su fama y su legado crezcan ahora de un modo que ni nos imaginamos.

Bueno. No el mundo entero porque para la mayoría de los argentinos Bergoglio nunca dejó de ser Bergoglio. Era apenas uno de nosotros que había llegado lejos. El resultado de esa especie de adolescencia colectiva inexplicable de los argentinos, que nos tiene sumidos hace años a ambos lados de una grieta que el arzobispo de Buenos Aires prefiere llamar herida que no conseguimos cicatrizar.

Unos y otros intentamos poner a Bergoglio de nuestro lado en lugar de imitarlo; retorcimos lo que decía hasta darnos la razón o nos enojamos con él porque no pensaba como nosotros, como si tuviéramos derecho a imponer un modo de pensar y de ver la realidad nada menos que al Sumo Pontífice de Roma. Lo criticamos por la cara que puso en una foto, por un regala a una activista que está presa, por los minutos que le dedicó a alguien o por los no le dedicó a otro. Nos hacíamos fotos con él en una audiencia multitudinaria, apurando los segundos en la plaza de San Pedro, y después la mostramos asegurando ser viejos amigos del Santo Padre.

Ahora tienen que pasar los años –no sabemos cuántos– hasta que la entrada de Francisco en la historia nos muestre su verdadera magnitud. Entonces, para los argentinos, Bergoglio, por fin, será Francisco. Nadie es profeta en su tierra y todos los próceres crecen o se achican por el efecto de la historia. Así que supongo que lo que pasó con Francisco en la Argentina, pasará también con un Papa vietnamita en Vietnam y habrá pasado con Juan Pablo II en Polonia y con Benedicto XVI en Alemania, pero lo de Bergoglio y la Argentina fue un caso tan grave que Francisco no pudo volver a su Patria durante los doce años de su pontificado y a pesar de haber hecho 47 viajes y visitado 66 países del mundo, entre ellos nuestros limítrofes americanos como Chile, Bolivia y Brasil... y al Uruguay no fue porque no podía hacerlo sin pasar por la Argentina.

Lo advierto hoy porque Francisco rompió un precinto y ya no es improbable que haya otros Papas de América Latina, donde el 75 % se declaran cristianos y el vive el 40 % de los católicos del mundo. Si algún día le toca a un ecuatoriano, por favor, déjenlo ser Papa.

5 de abril de 2025

Opinión publicada

No es una buena idea llamar cuarto poder al periodismo y tampoco jugar a que somos hermanos de los políticos. No tenemos más poder que el de los artistas o los deportistas: siempre algunos sobresalen, pero son pocos comparados con la inmensa mayoría de sufridos plumíferos. Y de los políticos mejor estar tan lejos como de la peste, pero tengo que admitir que por algo se dicen estas cosas.

Lo que pasó es que durante unos cuantos años los periodistas fuimos los altavoces del poder. Quizá por eso los políticos, tanto en el poder como en la oposición, se dedicaron afanosamente a seducirnos. Y no solo el poder político: la seducción pasó a todos los que necesitaran mejorar la opinión del púbico sobre sus personas, sus productos o sus servicios.

Al final, la publicidad retorció sus propios argumentos y la mesa del poder se equilibró con medios de ocasión que vivían más de la amistad con el poder que de la preferencia de las audiencias. Es que descubrieron que a los políticos no les importan tanto las audiencias como el equilibrio del arco político/ideológico en el ring del poder. Pero ese peso era pura ficción, que les sirvió –y quizá todavía les sirve– en sus luchas internas pero no cuando hay que pedir votos a los ciudadanos.

Las redes sociales han arreglado bastante este desequilibrio y esta ficción, y eso explica lo que está pasando en las democracias de verdad de todo el mundo.

A ver si me explico.

Pasó que la opinión pública no eran la opinión pública sino la opinión publicada. Quiero decir que los periodistas y los medios que la publicaban, no siempre –o casi nunca– eran un reflejo de las mayorías sino de sus patrocinadores.

No estoy señalando ahora a esos patrocinadores, pero baste con saber que el poder político y económico –gobiernos y organizaciones de todo tipo– corrompieron a muchos medios o sencillamente pagaron, a veces con publicidad y otras con dinero contante y sonante, a falsos periodistas y a muchos medios necesitados de esas subvenciones. Más todavía: el negocio de algunos medios que aparecieron en los últimos años no es el periodismo sino esas subvenciones. Y digo falsos periodistas porque no creo que quien venda su pluma merezca el noble nombre de quienes respetan a rajatabla la verdad.


El resultado fue la opinión publicada, esa expresión que le gustaba a don Bernardo Neustadt, seguramente porque conocía el fenómeno de primera mano aunque no llegó a conocer el efecto democratizador de las redes sociales. Hoy, con poco o nada de dinero se puede llegar a un público de miles de millones, y con un peso específico real, sobre todo para los políticos: el de los votos de esas audiencias.

El sistema es perverso y el negocio, circular. Tiene que demostrar a la vez la necesidad de manipulación de la opinión pública y la imposibilidad de conseguirlo, porque en cuanto lo consiga se acaba el negocio. Hay que sospechar que allá arriba es puro negocio y que podría darse cualquiera sea la ideología: socialismo existencial, progresismo woke, nacional populismo o anarco capitalismo. Digo allá arriba porque debajo hay una pléyade de eternos adolescentes –idiotas útiles diría Lenín– trabajando gratis para los que ganan millones: no hay negocio más pingüe que el poder.

Algunos han calificado esta situación como el fin del periodismo. Yo creo que es el principio de un periodismo sin adjetivos, porque lo que se está muriendo es la industria que usó al periodismo para enriquecerse. Se muere el pseudoperiodismo, el corrupto, el ensobrado, el subvencionado o como lo quieran llamar, que no es periodismo porque no sirve a la verdad.

7 de marzo de 2025

Trump el inundador

Donald Trump no ha perdido la iniciativa ni un día de los que lleva de vuelta en la Casa Blanca. Está claro que sabe lo que hace, quiero decir que no es un improvisado, a pesar de lo que quieran publicar medios y periodistas de todo el mundo. Otra cosa es estar a favor o en contra de sus ideas y de sus políticas.


En el tiempo que lleva no ha dejado de ser portada de cada revista que se edita en el mundo, una y otra vez. Nadie le gana. Las últimas por el bulliyng al que sometió al presidente de Ucrania, Volodímir Zelensky, en el Salón Oval de la Casa Blanca. Lo que todos sabemos es que prometió terminar con esa guerra y lo está consiguiendo y lo que no sabíamos es cómo lo iba a hacer. Por lo pronto lo hizo despertando a Europa de su letargo insustancial.

Trump tiene la costumbre de pegar primero. Pero pega fuerte, hasta dejarte malherido. Después empieza a negociar, como si de repente te encontrara en el suelo, sangrando y con los huesos rotos y él no tuviera nada que ver. Es una técnica vieja y da buenos resultados porque pone siempre al contrincante en nivel de inferioridad. Es la diplomacia de los fuertes y es lo contrario de lo que hacen los débiles, que es tratar de esquivar las trompadas de los fuertes y acudir a argumentos inteligentes. Tendría que haberlo sabido Zelenski antes de aventurarse a la Casa Blanca, a pesar que nadie lo había invitado.

A los lideres europeos reunidos en la conferencia de Seguridad de Múnich los dejó llorando, pero esta vez no fue Trump sino J. D. Vance, el vicepresidente, que multiplica por tres la retórica de Trump: les dijo que estaban mirando para otro lado y que habían convertido a sus países en ferias de la modernidad tóxica, ya enfrentada abiertamente contra los valores occidentales.

Con los periodistas es igual y esta vez somos nosotros los que debíamos haberlo sabido en lugar de lamernos las heridas. Trump inunda a las audiencias con información. Lo que hace se llama así, pero en inglés: flood the zone. No hay ningún día de descanso porque siempre hay una novedad distinta de las anteriores y tan rotunda como todas ellas. Satura el sistema informativo de modo que nadie tenga tiempo de analizar lo que se está diciendo o las medidas que se están tomando. Y avanza. Avanza. Avanza.

Parece que James Carville, el estratega de campaña habitual de los demócratas, les aconseja dormir la siesta. Dice que es la única actitud posible al flood the zone: flotar en una colchoneta inflable, dormidos si pueden y esperando que el que inunda se canse y pierda la iniciativa. Nadie sabe hasta cuándo puede durar esto, pero además tener a la oposición dormida puede ser justamente lo que quieren quienes inundan la zona.

Diría que lo único que está claro es que la política no es lo que era, y que con esquemas antiguos ya no se pude hacer nada, ni en el gobierno ni en la oposición. Por eso no recomendaría dormir a unos ni a otros, y sí avanzar. Son tiempos de pasos rápidos porque los cambios lo son y decididamente no conviene estar dormidos, para no perderse lo que está pasando y para no ser arrollado por los acontecimientos.

7 de febrero de 2025

El envoltorio de Milei


¿Las cajas, los paquetes, las botellas, los envoltorios... son más importantes que lo que contienen? Creo que el 100 % de los preguntados me contestarían que, lejos, lo más importante es el contenido, entre otras cosas porque el continente es apenas un vehículo para llegar hasta nosotros; un envoltorio que se bota o queda arrumbado en la parte de arriba de los placares.

No creo que sea tan así desde que casi siempre lo que impulsa la compra es el paquete más que el producto. Y si no, no nos preocuparíamos tanto de los envases cuando compramos y vendemos, y los fabricantes los harían más baratos y menos vistosos. Además, creo que en el caso de algunos productos el continente es igual o más importante que el contenido: pienso en algunos perfumes caros o en bebidas alcohólicas también caras, pero hay más casos en el mercado.

Sobre todo en el mercado de la política. Y me lo preguntaba porque cada día es más significativo el continente que el contenido de algunos personajes que están haciendo historia en el devenir de nuestra vida pública en todo el mundo, algo impensado hace pocos años.

"Hay que mirar lo que hago y no lo que digo" decía un presidente argentino que hizo todo lo contrario de lo que había prometido. Otro político argentino, que también llegó a presidente, ponía la señal para girar a la izquierda pero viraba a la derecha. Debe de haber miles de ejemplos, entre ellos el de José María Velasco Ibarra, pero como no soy ecuatoriano no me animo a juzgar. Ahora lo que me ocupa es el presidente Argentino, Javier Milei, y sus últimas declaraciones, cada vez más fuertes, más provocadoras, más enojadas... en contra de la cultura woke, el colectivo LGBT, la ideología de género, el socialismo y la izquierda en general... que horrorizaron a unos cuantos y a otros los embelesaron.

Es el continente de Milei, que, ciertamente conocíamos de antemano pero ahora algunos se sorprenden que lo siga ocupando cuando es Presidente. Y el contenido también es el que conocíamos y lo está cumpliendo a rajatabla. Pero vuelvo a la pregunta del principio: ¿qué es lo importante? ¿se puede admitir el contenido y rechazar el continente? ¿le gustaría a usted que le traigan la gaseosa en una botella de vino o los cigarros en un envoltorio de ropa interior? ¿cuán importante es, entonces, la forma sobre el fondo?

Pienso que es mucho más importante de lo que nos parece. Milei no sería Milei sin ese continente que a muchos les molesta. Y es el continente de Milei lo que permite el contenido de Milei. Tiene siempre la delantera, la iniciativa; está mostrando que no hay nada como cumplir con los votantes y es lo que está haciendo. La inmensa mayoría de ellos tienen sentido común y están encantados de que por fin alguien diga públicamente y sin complejos lo que siempre pensaron. Pero para eso hay que plantarle cara a la minoría progre que obliga a pensar como ellos y nos cancela cuando decimos lo que pensamos si no pensábamos como ellos. Creo que, al contrario de los presidentes a los que me refiero más arriba, el continente de Milei es parte de su contenido: es un activo extra de Milei.

31 de diciembre de 2024

Jorge Lanata


Ayer falleció Jorge Lanata en Buenos Aires. Baste decir ahora que tenía 64 años, que su salud era frágil hace mucho tiempo y que los meses de internación resultaron tan dañinos como los males que padecía. Y digo que basta con eso porque, aunque es toda una historia, no es la que quiero contar.

Lo que quiero contar es que el periodismo argentino salvó a la democracia argentina, y en esta tarea de próceres, Jorge Lanata tuvo, lejos, el papel más destacado entre los periodistas que lo fueron de verdad y que fueron pocos, bastante menos de los necesarios, cosa que dio a Lanata el protagonismo que tuvo, quizá sin quererlo.

A los 50 Lanata decía que ya era hora de dejar de lado los miramientos y empezó a decir por radio y televisión lo que pensaba, sin filtro. Tan sin filtro que fue el periodista que impuso el lenguaje que hoy ocupa casi todo el periodismo argentino, el que hablamos todos, aunque sea un poco zafado.

Después de la pelea del Grupo Clarín con los Kirchner, allá por marzo de 2008, Lanata tuvo el espacio y el capital que necesitaba para investigar la corrupción en el poder. Lo aprovechó al máximo en una emisora de radio y un canal de televisión del grupo. Pero tampoco importa ahora ese u otro programa de televisión o de radio, los diarios o las revistas que fundó, o los libros que publicó. Ni importa –no me importó nunca– cuál era el pensamiento político de Lanata y si coincidía o no coincidía con el mío.

Como todo ser humano, Jorge Lanata fue cambiando durante sus 64 años. Digan lo que digan de él, en la etapa de su vida que se quiera recortar, Lanata fue siempre fiel a lo que le dictaba su conciencia, formada de contrastar la realidad con su pensamiento, aunque eso le costara cambiar su pensamiento cuando estaba equivocado. No conozco tanto de su vida como para decir que hay algo que nunca hizo, pero igual me atrevo a decir que desde que cumplió 50 años, nunca adaptó la realidad a sus caprichos. Y su modo de acercarse a la realidad era como el de los artistas: pasional, fuerte, vital, enérgico. Por eso los artistas dicen verdades que nadie más puede decir y ven siempre más allá que el resto de los mortales.

Cuando digo que el periodismo salvó la democracia argentina digo también que no la salvaron los empresarios, ni los militares, ni los sindicatos, ni los jueces, ni las universidades, ni otras instituciones que podríamos suponer que deberían intentarlo. Mucho menos los políticos. Los medios, en general, no hicieron mucho esfuerzo, pero soy injusto si no cito el compromiso de dos empresas periodísticas: La Nación y Clarín. Y para seguir siendo justo debo decir que, mientras le convino, Clarín fue socio de quienes atentaron contra nuestra democracia intentando instalar el socialismo populista en la Argentina.

La democracia argentina, pero también la de cualquier lugar del mundo, necesita periodistas apasionados por la verdad, como Lanata. Donde flaquean las instituciones, como ocurre a menudo en nuestra América, ellos son la mejor garantía para la democracia.

4 de octubre de 2024

Derecha divertida

Las fuerzas –digamos progresistas– están poniéndose cada día más nerviosas por cierta pérdida de influencia en la opinión pública. Esa influencia era, hasta hace poco, casi total. Nadie podía opinar en contra de ciertas ideas que, como los dogmas, parecían eternas; y si opinabas en contra eras cancelado o tachado de fascista, cipayo, gorila o integrista sin que medie ningún razonamiento serio o maduro. Pero además se sentían dueños de la calle, ese lugar que se ocupa con manifestaciones más o menos multitudinarias, pero siempre de minorías si se las compara con el impacto bestial de las redes sociales. Para colmo, las manifestaciones de los más radicalizados solo consiguen que vayan, con sus ajadas pancartas multiuso, los mismos que los votan; así que los que van, siempre son todos los que hay.


Curiosamente, muchos periodistas –ahora digamos honestos– no confían en las redes sociales. Dicen que es una inmensa cloaca o sostienen que son un arma de las fuerzas reaccionarias puestas al servicio de Donald Trump por Elon Musk, a quien tachan de gran manipulador de las masas de la ultraderecha norteamericana.

Esta cerrazón de cabeza de los periodistas progres aparece todos los días en la prensa española, francesa, italiana, alemana, holandesa, austriaca... Para todo ese periodismo, absolutamente mayoritario, la derecha es siempre ultra o extrema, mientras que la izquierda es moderada. Aclaro que los progres son la inmensa mayoría del periodismo porque esto es un arte y los artistas estamos siempre del lado progresista y divertido de la vida. Pero resulta que a pesar del periodismo progre en esos países de Europa están avanzando las derechas y lo confirma el veredicto incontestable de las urnas. En la Argentina pasa algo parecido, también avanza la derecha en contra de la voz casi unánime de los periodistas, y supongo que esas voces son las que enervan al presidente y provocan sus insultos casi diarios, muchas veces con razón.

Todo es mucho más espontáneo de lo que se imaginan los que ven fantasmas en Twitter (no pienso decirle X). No nos imaginamos lo que significarán las redes sociales para el avance de las ciencias y las tecnologías; mucho menos para los cambios sociales que van a producir. Imposible saber todavía la magnitud de esos cambios, pero empezamos a vislumbrarlos en una nueva especie de democracia que espanta a los que se creían dueños de las ideas de los demás.

Es de lamentar la actitud cerrada de un lado o del otro. Tachar o cancelar a los que piensan distinto no es avanzar en la historia sino retroceder. Y al final resulta que la izquierda se está volviendo conservadora y la derecha progresista; y lo que es peor para los progresistas es que ahora la izquierda aburre y la derecha divierte.

La democracia es la convivencia pacífica de los que piensan distinto y no la imposición a minorías de lo que piensan las mayorías, que por desgracia es bastante parecido a la imposición a las mayorías de lo que piensan las minorías: tal es la tiranía que desde el progresismo y la izquierda hoy imponen en nuestra América los patriarcas otoñales de Cuba, Venezuela o Nicaragua.

2 de agosto de 2024

Solo Venezuela salva a Venezuela


Miramos asombrados cómo Nicolás Maduro se robó obscenamente una elección, fregándose en las mayorías, que ya no tenía en 2018 para ganar en buena ley. Aquel año se la robó a la oposición desunida, pero lo de ahora fue descarado, violento, pornográfico. Y no se entiende como personajes de la política mundial que parecen serios avalan este asalto a la democracia. Bueno, se entiende si pensamos que son tan ladrones como Maduro. Tampoco se entiende que periodistas y medios, que también parecen serios, traten el tema con cierta equidistancia, como si la verdad fuera el promedio entre dos mentiras, o entre dos verdades ¡o entre la mentira y la verdad!

Nada legitima más a los ilegítimos que los enemigos de afuera (ahí esta Cuba, que con el odio a los gringos todavía alimenta una revolución podrida). A Nicolás Maduro y a sus secuaces los fortalece que el resto del mundo los sancione. Y para colmo es una desgracia porque casi todas las consecuencias de las medidas que tomen los gobiernos desde afuera harán sufrir más al pueblo venezolano y no a sus jerarcas multimillonarios. Por eso rige más que nunca el sabio principio del no te metas, que en lenguaje diplomático se llama de no injerencia en los asuntos internos de los estados soberanos. Hoy los venezolanos están solos frente a su destino: a ellos y solo a ellos les toca arreglarlo. Y a nosotros lo que nos toca es animarlos desde la tribuna, como en el fútbol, y rezar por ellos si tenemos fe.

El chavismo consiguió que lleguen a nuestros países cientos de miles de venezolanos que nos dan lecciones de buen humor, de educación y de trabajo, pero consiguió también el efecto cubano: librarse de opositores que podrían estar hoy junto a sus hermanos peleando por su libertad en las calles de todas las ciudades de Venezuela. Es el modelo de Cuba: el país que ha perdido el 33 % de su población desde que se instaló la tiranía comunista. Y seguirá así hasta vaciarse, porque en política la disidencia es solo cuestión de tiempo.

Lo que hizo occidente con Cuba es el modelo que no hay que seguir. Del que hay que aprender, en cambio, es del Mahatma Gandhi. No obedecer a un gobierno ilegítimo, sumergir los mercados y toda la economía, dejar de pagar impuestos, ganar las calles, aguantar los castigos y llenar las cárceles hasta colapsarlas del todo. Ojalá los venezolanos tengan la paciencia de los indios para que les vaya tan bien como a ellos y se vuelvan una democracia adulta (para no decir madura). Todo el mundo los necesita, pero sobre todos los americanos del sur.