7 de julio de 2017

Félix


Murió Félix el martes mensajeaba hace unos días un amigo común. Agradecí que no dijera que se fue de viaje porque no tengo esa sensibilidad para entenderlo: un viaje es un viaje y la muerte es la muerte. No nos veíamos en carne y hueso hace por lo menos un año, pero sí en Facebook y la última vez que Félix subió algo fue el pasado 3 de junio: un pensamiento más o menos trascendente que cosechó algunos comentarios, hasta que los comentarios se convirtieron en adioses agradecidos, que es como ahora se despide a los muertos. Tampoco entiendo por qué mandamos mensajes por redes sociales a los muertos, justo cuando ya no están en las redes sociales. Bueno, sí, entiendo que es un modo de hablar de uno mismo, que es lo que mejor sabemos hacer los seres humanos y haré yo ahora mismo.

Éramos adolescentes cuando a Félix lo operaron del corazón. Tal como lo entendí entonces, tenía un agujero de nacimiento entre dos compartimientos y eso le daba un trabajo suplementario al músculo, como para cansarse más de la cuenta. Sabíamos y sabía él que si no lo operaban se moría, así que un día la cosa se puso urgente y nos organizamos los amigos para dar la sangre que necesitaba para una operación a corazón abierto en la que le pondrían el parche en ese agujero. Fue en el sanatorio Güemes y me acuerdo que esa mañana fuimos cuatro juntos: los otros tres se desmayaron después de dar sangre en el hall súper transitado del sanatorio y yo no estaba para ayudar a nadie, así que me senté a esperar. Lo curioso es que la gente pasaba sin darle la más mínima importancia a tres adolescentes desparramados en el piso del hall de entrada del Güemes.

Un día de 1982 naufragamos en el delta del Paraná. Acababa de terminar la guerra de las Malvinas y el que nos rescató fue el almirante Anaya que navegaba en el yate del comandante de la Armada, seguido de cerca por uno de custodia de la Prefectura. En la cubierta de ese barco tuvimos una conversación algo áspera sobre la heroicidad y la valentía, mientras Félix me hacía gestos para que me callara. El almirante decía que después del hundimiento del crucero General Belgrano mandó guardar la flota y yo sostenía que estaría más orgullosa en el fondo del mar, después de haber peleado con coraje por la recuperación de las islas. Es un principio elemental de la estrategia no dar la pelea que no se puede ganar, pero una vez empezada hay que hacer todo lo posible por ganarla, o perderla con dignidad: esconderse es pura cobardía. Parecía una barbaridad, pero 35 años después de la guerra la flota sigue inutilizada y arrumbada en el mismo puerto al que Anaya la hizo volver para no perderla en la batalla.

Félix era un grande y también era bastante grandote. Además jugaba bien al golf, un poco encorvado por su estatura, pero le pegaba lejos y derecho. Vivía entre Dallas y la ciudad argentina de Mendoza y no paraba de inventar empresas de servicios informáticos. Un buen día se casó y un mal día se quedó viudo con tres hijos. No se volvió a casar porque no le dio el tiempo: su nuevo amor llegó casi junto con el cáncer asesino que le ganó la partida al corazón. Ella lo cuidó hasta el último día.

Hace un par de años decía Félix que cada día que pasa morimos un poco. Yo le contestaba que es al revés: cada nuevo día es un día de vida que hay que disfrutar y aprovechar al máximo, pero no logré convencerlo porque también tenía razón al decir que cada nuevo día nos acerca más a la muerte. Todo depende de cómo se lo mire, pero tengo claro que después de la muerte de su mujer, Félix pensaba sin tristezas y con bastante mística que cada día podía ser el último de su vida.

Ahora que lo pienso, creo que la diferencia está en que Félix creía que morir nos da la oportunidad de terminar lo que empezamos. Morir es completar la vida como quien termina un viaje. Cuando morimos no es que nos vamos sino que llegamos; no empieza sino que termina el viaje y lo que viene más allá es cuestión de fe y es vida definitiva, pero de viaje no tiene nada. La muerte es tan parte de la vida como nacer y un día tendremos que enfrentarnos con ese momento esencial como quien se encuentra con una amiga, con una extraña o con una enemiga. O con una hermana, como la llamaba Francisco de Asís. O con la novia, como canta la Legión Extranjera española.

18 de junio de 2017

El inglés de la cantidad

Hace años vivía en Posadas un inglés que trabajaba para la Shell y jugaba al golf en el Tacurú. En el hoyo 19 pedía la cerveza que le diera mayor cantidad por menos precio y sostenía que no había otro criterio. Todos pensábamos –probablemente sin razón– que lo que buscaba no era cantidad de cerveza sino la mayor cantidad de alcohol por menos dinero. Es que en esto de beber cerveza, o vino o lo que sea, el mundo también se divide en dos clases de personas: los que buscan cantidad sin importar la calidad y los que prefieren disfrutar de la calidad aunque sea en menor cantidad (entre otras cosas porque es más caro).

No hay ningún problema entre los partidarios de la cantidad y los de la calidad… hasta que se juntan. Entonces se abre la caja de las tempestades, así que le recomiendo alejarse despacito y haciéndose el tonto si le toca andar por ahí.

Pasa que cuando se cuela un partidario de la calidad en el club de la cantidad, la reunión termina mal porque tarde o temprano la conversación cae en la cuneta y empieza a tratarlos de amarretes, roñosos, tacaños, mugrientos y borrachines de cuarta… y resulta que eso no le gusta a nadie. Y cuando es al revés arde Troya porque el partidario de la cantidad se toma hasta el agua de los floreros sin importarle el gusto, el paladar, las redondeces, los taninos y mucho menos el precio de cada botella.

No sé si es por la billetera, por la edad o por la cultura que a medida que crecemos preferimos menor cantidad de cosas mejores que más cantidad de cosas peores. Debe ser una consecuencia de la madurez –cuando vamos cayendo en la cuenta de que el tiempo es escaso– que nos hace pensar que sólo vale la pena leer libros buenos, visitar lo que ya conocemos y tomar whisky importado. Y ya se ve que no hay mal que por bien no venga.

11 de junio de 2017

La première gorgée de bière

Imagínese que llega a su casa cansado después de un día de intenso trabajo y bastante calor. En la refrigeradora lo espera una botella de cerveza bien fría. Se la sirve en una pinta que guarda en el congelador y disfruta del primer trago como si estuviera en el cielo. La première gorgée de bière es un estándar muy francés de los placeres minúsculos y es el título de un libro de Philippe Delerm que le recomiendo, pero se lo explico porque va a ser difícil de conseguir.


Hay gente capaz de disfrutar así, como si se estuviera bebiendo el cielo, de un vaso de agua que ni siquiera está fría. Otros, en cambio, encontrarán siempre algún defecto: la cerveza tiene poca espuma, o tiene más de la cuenta, o no está tan fría, o está demasiado fría… De paso le aviso que la espuma es parte esencial de la gloria de la cerveza igual que la serendipia de tomársela como le toque, sin provocarla ni evitarla cuando se la sirven.

Cada uno tiene en esta vida su première gorgée de bière, sus hábitos, sus reflejos, sus gustos que valen toda la sed del mundo. La cerveza y la sed son apenas ejemplos: ponga la bebida que más le guste y en lugar de la sed ponga el estrés, la fatiga, el aburrimiento, la sobrecarga de trabajos o de problemas.

Aprendemos tarde en la vida que lo que importa no es la plata ni el poder. Y mire que todo el mundo lo dice y lo repite, especialmente los que tienen plata o poder y al cabo de los años no han sido felices. A pesar de esos consejos seguimos buscando la felicidad en las cajas fuertes y en las alfombras rojas en lugar de buscarla en las cosas minúsculas de las que podemos disfrutar mucho más que de los millones acumulados no se sabe para qué.

Y le advierto que en este mundo la riqueza está muy mal repartida y no tiene nada que ver con el billete. Ricos son los que saben disfrutar de las cosas sencillas y pobres los que no saben disfrutar de nada. Ahora se lo abrevio: ricos son los que saben y pobres los ignorantes. Fíjese que no hay sabios ricos y no es porque no sepan sino porque no quieren.

Mire qué fácil es ser feliz con las cosas de este mundo y no le digo nada si cree en las del otro, donde se regala todo lo que de verdad tiene valor. Esos detalles son los que al final importan: ser capaces de disfrutar de los afectos, de la belleza sencilla de las cosas que nos rodean; de los olores de las plantas, del filo de las piedras, de la gravedad fugaz del agua y de los caprichos del fuego; de paisaje estremecedor de la selva o de un arbolito que crece moroso en una maceta; del sabor genético de la carne asada o de lo que nos queda en un vaso con soda de sifón; de la ópera Nabucco en la Scala de Milán o de una cumbia mal grabada mientras cocinamos fideos con manteca… y guarde manteca para una tostada mañanera: no hay nada como el olor de las tostadas mezclado con el del café del desayuno, cuando el día todavía no nos estropeó ninguna esperanza.

Decía Adolfo Bioy Casares que la sensación más placentera –la première gorgée de bière– de su vida la tuvo al despertarse en un camarote de tren y oír los pasos de alguien en la grava. Eso es la vida: nada y todo a la vez. No se la pierda.

17 de mayo de 2017

Dragón del Iberá

Cuando los españoles y portugueses llegaron a América se encontraron con dragones, leones y tigres. No existía la National Geographic Society ni había zoológicos, así que los animales eran como se los imaginaban por relatos bastante fantásticos y por alguna pintura o escultura tan dudosos como la imaginación de los conquistadores. Hasta que los conocieron de verdad y se acabó el misterio: ahí está en la Casa Botines de Gaudí, justo en León, la estatua de San Jorge chuceando por su lomo a un yacaré del Iberá.


Dragones eran los lagartos y caimanes que pueblan nuestros humedales. Tigres eran los jaguares, que es el nombre genérico de origen quechua para los felinos manchados de América (panthera onca). Leones eran los pumas, la misma especie (puma concolor) en todo el continente. El sustantivo pantera también es común a todos estos animales que, de vez en cuando, salen negros. Todavía hay confusiones con los pumas y jaguares parecidas a las de los dragones con los caimanes. Los Pumas se llama el seleccionado de rugby argentino, a pesar de que lleva un jaguar en su escudo; y leones y tigres se sigue llamando a pumas y jaguares en muchos sitios de América, especialmente en el campo. Además y para que quede constancia, están presentes en la toponimia en castellano de toda América. Leones, en la provincia de Córdoba, es la Capital Nacional del Trigo. Y Tigre, en la provincia de Buenos Aires, es el puerto y la puerta de los porteños al delta del Paraná.

Leones, tigres y yacarés vivían tranquilos en todo el continente cuando había muchísima menos gente que ahora. En realidad, había poquísimos humanos antes de la conquista, porque había menos en el mundo, pero también porque el crecimiento vegetativo de los aborígenes americanos iba a su ritmo. Quiero decir que eran pocos porque querían y no porque se los comieran los animales salvajes, con quienes convivían sin demasiados contratiempos, cuidándose los unos de los otros.

Los leones pero de verdad campeaban en toda Europa hace 4.000 años, antes de que los corrieran a flechazos los antepasados de los que ahora los protegen; la toponimia y la iconografía antigua de Europa no me dejan mentir. Son más peligrosas las leonas que los leones y mucho más parecidas a nuestros pumas por no usar melena; es que ellas son cazadoras y ellos unos vagos perdidos: su ocupación es comer lo que le traen sus parejas, fecundar todas las leonas que pueden e impedir que se acerquen otros machos a comer lo que no es de ellos, en los dos sentidos. Los leones (ellos y ellas) andan en manada, se devoran rebaños enteros y les da lo mismo si es de gacelas o de gringos con anteojos y borceguíes. Los tigres de verdad, los jaguares y los pumas, en cambio, son solitarios y cazan sigilosos, como el gato de mi casa cuando acecha una paloma incauta; y para colmo los pumas también ronronean como el pesado de Tomy. Entre un león, macho o hembra, y sus parientes pumas hay una gran diferencia de tamaño y de peso y lo mismo pasa entre los tigres de Bengala y los yaguaretés, o como se llamen en cada lugar de América.

Los humanos adultos ahuyentamos a los pumas y a casi todos los animales, que no son tan tontos como para acercarse a un depredador de buen tamaño que anda en manadas, con palos y a los gritos. Los pumas no tienen la culpa de ser pumas, ni los jaguares, ni los caimanes… Ningún animal la tiene y tampoco nosotros. Y si fuéramos un poco más humanos aprenderíamos a convivir con ellos como aprendimos a convivir entre nosotros, que somos mucho más peligrosos; respetaríamos su hábitat y buscaríamos el modo de compartir el planeta en el que navegamos juntos, como en el Arca de Noé.

17 de abril de 2017

El puma asesino


Unos 20 minutos después de las seis de la tarde del domingo 21 de septiembre de 1997 un puma se llevó a Ignacio, el hijo de año y medio del guardaparques tucumano que vivía en una casa cercana a los circuitos turísticos de las cataratas del Iguazú. Una hora después encontraron el cuerpo de Ignacio en la selva, no muy lejos de la casa. Estaba destrozado por las garras y los dientes del puma. El martes los guardaparques mataron a una hembra vieja que no tenía nada que ver con el episodio y el intendente del parque tuvo que parar la cacería porque los pumas no tienen la culpa de ser pumas.

Era evidente que los responsables de la muerte de Ignacio eran sus padres, que ya tenían suficiente penitencia: la muerte de un hijo agravada con la propia responsabilidad. Pero en los días que duró viva la noticia en la agenda informativa, la televisión de Buenos Aires mandaba puma asesino en sus títulos. No se les ocurría que es imposible que un animal asesine a nadie porque no es sujeto de derecho y no tiene responsabilidad ni libertad para serlo. Además no había que preguntarse qué hacía el puma cerca de la casa del guardaparques sino qué hacemos los humanos en la selva. Unos días después me enteré de que el puma aparecía seguido a buscar la comida que el guardaparques le dejaba con la idea de hacerse amigo del animal...

En marzo de 2017 apareció otro puma en las cataratas. Debe ser nieto o bisnieto del que atacó a Ignacio. Y durante una semana entera se escandalizaron los medios de Buenos Aires porque conocieron la orden del jefe de guardaparques de reducirlo vivo o muerto. Las instrucciones para encontrar al puma autorizaban a los funcionarios a dispararle para proteger su propia vida o la de los visitantes del parque, un caso evidente de defensa propia… solo que, como decía, el puma no tiene la culpa de ser puma.

El puma es uno de los animales más versátiles de América. La mismísima especie –puma concolor– habita desde Alaska a Tierra del Fuego. Vive un promedio de ocho a doce años y pesa entre 50 y 70 kilos (las hembras son más chicas). Ahora me entero de que no rugen como los otros grandes felinos y sí ronronean, como los gatitos. Y también como a los gatitos no les gusta nada que les invadan la casa. Son tímidos y se dejan ver poco por animales más grandes como nosotros.

No estaría de más decirles a los turistas que no pensamos matar al puma porque ellos quieran ver cómo caen millones de litros de agua en los saltos del Iguazú. Y lo que estaría genial –y seguro que atraería a muchos más– es la ruleta rusa del puma. Bastaría con poner carteles que lo adviertan: “Usted puede ser atacado por un puma”. Sería una acción de marketing sensacional y de paso les explicamos a los paseantes que somos nosotros los que molestamos al puma y no el puma el que nos estropea la visita a las cataratas.

Me hacía ver un amigo en estos días que casi a la par del puma de Iguazú apareció un aguará guazú paseando por una calle de Santo Tomé. El aguará es un zorro orejudo y grandote de patas largas que habita los esteros de Corrientes. Quizá algún científico haya estudiado la nueva conducta de los animales silvestres, que se aplica a todas las especies y sobre todo a los pájaros de las ciudades, cada día más atrevidos. Mientras, me aventuro a lanzar una hipótesis esperanzadora: los animales se nos acercan porque nos hemos vuelto más humanos.

Pero ojo, que aunque nosotros seamos más humanos los pumas nunca dejarán de ser pumas.


La fotos del puma y del aguará fueron tomadas por quienes los vieron.

6 de marzo de 2017

Carnaval desparramado


Le dije a un amigo que nos veíamos después de Carnaval y quedó loco porque no se le ocurría cuándo sería. Le tuve que aclarar que este año Carnaval cae el 27 y 28 de febrero, así que después de Carnaval es marzo. Pero mi amigo quedó loco porque para él el Carnaval dura un tiempo indeterminado que va desde que sacamos el arbolito de Navidad hasta que empieza a llegar el otoño y la Semana Santa.

No le voy a seguir contando el diálogo con mi amigo, solo quiero volver sobre la esencia del Carnaval: cuatro días locos en los que todo se trastoca, todo se hace al revés o todo vale, desde mojarse mutuamente por las calles a bailar con máscaras para que no sepan quiénes somos y así poder encarar las tropelías más audaces, casi siempre con el otro sexo.

Cuatro días locos son cuatro días locos, ni uno más ni uno menos. Porque si en lugar de cuatro los días locos son 40 o 50 la locura pasa a ser parte de la normalidad y el Carnaval se lleva el 20% del año.

Algo pasó cuando un gobierno de esos que tuvimos hace años decidió suprimir el Carnaval. Les parecía que había demasiados feriados así que anularon de un plumazo unos cuantos, entre ellos el de Carnaval, que es un feriado XXL en un buen momento del año, cuarenta días antes de la Semana Santa que cae siempre, siempre, siempre, en la primera luna llena de otoño (de primavera en el hemisferio norte). Por eso, por culpa de los caprichos de la luna, el Carnaval cambia cada año de fechas, unas veces más temprano y otras más tarde.

Los que se cargaron al Carnaval no pensaron que pasaría lo que pasa en estos casos: la gente se fregó en su decisión y siguió con el Carnaval, pero ya no había feriados para orientarse, así que el Carnaval se salió de madre y se desparramó por gran parte del verano y ahora resulta que no hay modo de volver a ponerlo en su cauce –en sus cuatro días locos– en el país que todo el año quiere carnaval.

Además de desparramarse el Carnaval se devaluó: no hay cuerpo que aguante tanta comparsa ni disfraz que se lo banque. Hasta lo efímero del Carnaval se vuelve en contra, porque una cosa es un disfraz para cuatro días y otra uno para dos meses de murga ininterrumpida. Entonces terminan desfilando con los trajes raídos, en comparsas alargadas y carrozas desvencijadas por avenidas o corsódromos mal iluminados. Imitan los carnavales de Río de Janeiro pero no imitan justo lo más importante: duran cuatro días exactos que son los cuatro días de locura que vale la pena vivir alguna vez en la vida, por la locura y por Río de Janeiro.

Los corsódromos son otra historia de la pavada del Carnaval. La ciudad de Río de Janeiro construyó en 1984 el Sambódormo Marqués de Sapucaí y luego, como para no ser menos, lo imitaron hasta en el último pueblo de Corrientes y de Entre Ríos. También en Paraguay y especialmente en Encarnación. Una lástima de construcción inútil gran parte del año, pero como ya la tenemos resulta que hay que amortizarla con carnavales largos y tendidos.

Hay corsódromos de sobra en todas las ciudades: basta con cortar por cuatro días una avenida o una plaza, cosa que hacen a cada rato y para cualquier nimiedad. También se puede ocupar un estadio, el autódromo o el hipódromo de la ciudad que ya tiene el dromo incorporado. Inexplicablemente resulta que hacemos corsódromos para Carnaval pero no hacemos manifestódromos, desfilódromos, piquetódromos, procesionódromos, rockódromos y otros dromos por el estilo. En Río de Janeiro no encierran el Carnaval en el sambódromo porque el Carnaval es mucho más que los corsos; toda la ciudad está de carnaval, precisamente por ser cuatro días locos: si fueran más, ni se enterarían.

19 de febrero de 2017

Trump y los Pilgrim Fathers


El inexorable fin del poder político es la lección implícita de El otoño del patriarca, la novela sin puntos de Gabriel García Márquez. Mire por dónde las expresiones “no hay mal que dure cien años” y “gobierno de turno” se conjugan perfectamente. Por más longevos que sean los que nos gobiernan, llegará sin remedio el momento de dejar el poder, aunque sea con los pies para adelante, que al fin y al cabo es un modo de dejarlo... Aunque se sucedan las reelecciones y los cargos vitalicios, la salud o la paciencia tienen sus límites y por muchos años que sean nunca serán ni 50, que no son nada comparado con la historia de un país.

Y las naciones tienen una identidad que supera el tiempo, pero sobre todo supera los gobiernos circunstanciales que se turnan en el poder. Será por eso Gran Bretaña ha decidido volver a ser una isla, cosa que está en el mismo código genético del Reino Unido. Los británicos son isleños y se portan como lo que son; su permanencia en una organización continental fue siempre a contrapelo y así terminó. El Reino Unido no duró ni 50 años en la Unión Europea y 50 años tampoco es nada en la vida del Reino Unido.

Estados Unidos no es Gran Bretaña, ni Mongolia, y tampoco es Suiza. Quiero decir que Estados Unidos no es una isla, ni un país aislado por sus vecinos y tampoco es un país endogámico, o neutral, prescindente de lo que pasa del otro lado de la frontera. Lógicamente Estados Unidos es Estados Unidos y tiene su propio código genético en el que está incluida su esencia democrática y de inmigrantes desde que los Pilgrim Fathers desembarcaron del Mayflower en Massachusetts en 1620. Los Padres Peregrinos o Fundadores escapaban del autoritarismo de Jacobo I, que no los dejaba practicar libremente su religión. Ellos trajeron al continente el embrión de la revolución que declaró la independencia en 1776. La Revolución norteamericana anticipó la Revolución francesa de 1789 y las de todas las colonias de la América española en las primeras décadas del siglo XIX.

Estados Unidos es un país genéticamente abierto, en el que conviven democráticamente diversos pensamientos. Entienden que la expresión más cabal de la democracia es esa convivencia y no la posibilidad de elegir a los gobernantes cada cuatro años. No fue fácil en su historia conjugar el puritanismo teocéntrico y la libertad de pensamiento de los Pilgrim Fathers pero siempre se impuso ese código genético de libertad dentro de la ley. Todo parece indicar que la llegada de Trump al poder los ha puesto de nuevo en otra de esas encrucijadas de la historia, como en la época de la esclavitud, de la segregación racial o de la ley seca.

Ahora hay que esperar a que se active el código genético de los Pilgrim Fathers.

13 de febrero de 2017

Ruinas presas


La ciudad de San Isidro, en la provincia de Buenos Aires, tiene más de 300 años y aunque hoy está integrada en el llamado Gran Buenos Aires, en tiempos de su fundación era un pueblo de campo como otro cualquiera. Allí tuvieron sus estancias los Pueyrredón y los Márquez y entre las dos se fundó el pueblo que hoy es ciudad y suburbio en la rivera del Río de la Plata, unos 20 kilómetros al norte del centro de Buenos Aires.

Como estaba en el litoral fluvial, San Isidro siempre tuvo puerto, tanto que era más fácil llegar en barco que en carreta, igual que a todos los pueblos litorales la Mesopotamia en tiempos en que los caminos y los medios de transporte eran bastante complicados, sobre todo por los bajos y las crecidas de ríos y arroyos que desembocan en el Paraná y el Uruguay.

El puerto fue creciendo con el pueblo y la ciudad. Hace 50 años tenía gran actividad comercial, buenos muelles de hormigón y grandes compañías areneras que explotaban con dragas la arena y el canto rodado de los lechos de nuestros ríos. Pero con los años la navegación deportiva le fue ganando a la comercial y yates y barquitos se empezaron a entrometer entre las chatas desvencijadas varadas en el fondo del río. Así que el viejo puerto se convirtió en un caos de restos de naufragios, areneras abandonadas y barquitos okupas que nadie controlaba.

Esta semana el gobierno de la provincia de Buenos Aires le transfirió el control y la propiedad de ese puerto al municipio de San Isidro. Y el municipio de San Isidro promete hacer ahora en el antiguo puerto un gran parque ribereño que ocupe las viejas dársenas y sus muelles y parquizar donde había galpones.

¿A qué vendrá toda esta historia?

Las antiguas misiones jesuíticas que jalonan el territorio de la provincia de Misiones y le dan su nombre pertenecen a la Secretaría de Cultura de la Nación y en la provincia que reclama su identidad no hay una sola repartición que se ocupe de cuidarlas.

Y para muestra bastan las ruinas de la Candelaria, que están bajo la custodia del Servicio Penitenciario Federal...

3 de febrero de 2017

El perro de Donald Trump


Debía tener nueve o diez años cuando me mordió el perro del vecino. Yo era bastante chico y el perro bastante grande. No cuento más detalles porque prefiero no recordarlos, solo que para lavar su conciencia los dueños del perro sostuvieron que me mordió porque se dio cuenta de que yo le tenía miedo. Desde entonces aprendí que a los perros hay que mostrarles quién manda de una: tiene su vértigo pero es muy eficaz. Hay que ser convincente porque no sirve el teatro de valiente: se dan cuenta a cien metros del susto que uno lleva encima.

Donald Trump tiene bastante de perro. El tipo te muestra los dientes y si le tenés miedo te muerde. No lo digo yo, lo dice él mismo y se sabe que es uno de los principios de sus negocios: si te achicás te aplasta y si te agrandás negocia. Así funcionan muchas veces los negocios en los Estados Unidos, en la China y en el mundo.

No solo fue atacado México con la estupidez del muro, también se metió con los limones argentinos y parece que le molesta casi todo lo que importa Estados Unidos porque quiere proteger el trabajo y las industrias de los estadounidenses. Es decir que no va a dejar entrar inmigrantes de México ni del Ecuador, que son los que cosechan los limones de California, los que ajustan las tuercas de los autos en Detroit, los que se suben a los andamios en Nueva York y los que meten las hamburguesa en los pebetes de McDonald’s.

Con un gruñido, como hubiera hecho su perro, de un carpetazo Trump borró el español de los sitios oficiales de Estados Unidos: otra imbecilidad autoritaria. México y el español están tan metidos en la historia y la cultura de ese país que 9 de los 50 estados tienen nombre español; cientos de ciudades y pueblos también. Siempre ha fracasado eso de imponer los idiomas o las palabras desde el poder y bastaría con leer 1984 de George Orwell para saberlo y, también, debería saber que nada hay tan democrático como las lenguas vivas porque las votamos hablando todos los días.

Parece que el perro de Trump quisiera imponer a los blanquitos sobre los demás integrantes del pueblo norteamericano. Se olvida que los blanquitos son los que al bajarse de los barcos le hicieron asco a los que ya estaban en América hace siete millones de años y se enquistaron en un continente que no era de ellos. Mientras los más oscuritos de Castilla y Portugal prefirieron amar lo que se encontraron y procrearon a los nuevos americanitos que somos los mal llamados latinos que ocupamos el resto del continente americano y la mitad de los Estados Unidos.

Tenemos que explicarle al perro de Trump que llegó tarde. No va a lograr imponer el idioma de los blanquitos, pero tampoco va a evitar con su muralla china que entremos los mestizos en un sitio que siempre fue americano. La misma larga estupidez con forma de muro es una prueba de que no tiene argumentos para impedirlo ¿Desde cuándo los muros detuvieron a la gente? Todavía quedan pedazos del de Berlín para recordar la imbecilidad de intentar parar las mareas humanas con barreras artificiales. Y desparramados como el mapa del cuento de Borges quedan por el mundo y para nuestra vergüenza ruinas de variadas murallas, zanjas y cortinas de acero.

Perro que ladra no muerde y sólo en las películas los asesinos les avisan a sus víctimas que las van a matar. Por eso me aventuro a adelantar que como los ladridos de su perro, estos gestos de Trump son una prueba de su debilidad y de sus complejos. La autoridad entre los humanos ya no es la del macho alfa de la jauría. No es cuestión de tamaño, ni de gruñidos sino de inteligencia y ejemplo. El perro de Trump tiene fuerza y mea más lejos que los otros de la manada, pero basta con agacharse a levantar una piedra para que se vaya al mazo con el rabo entre las patas.

24 de enero de 2017

El Dakar y nuestra adolescencia colectiva


Los participantes del Dakar son un variopinto colectivo de sacados que corren a todo lo que da en cuanto monstruo mecánico se nos ocurra. Solo en los tramos de enlace viajan por nuestras carreteras a una velocidad más o menos lógica. El resto del tiempo van como locos por nuestras selvas, sabanas, desiertos, salinas, valles, crestas, arroyos, cauces de ríos… y los hacen de goma. La inmensa mayoría de ellos son europeos que en sus países irían presos por destruir las bellezas naturales que son patrimonio de todos. Por eso el Dakar se corría en África… y ahora en Sudamérica cuando los africanos los sacaron carpiendo, hartos de que irrespeten sus culturas y su geografía.

Nosotros todavía estamos en la época en que los corredores y su circo son recibidos por presidentes y funcionarios y los ministerios de turismo ponen plata para que desvirguen nuestras bellezas naturales. Quizá alguien piense que a los turistas les gusta venir a ver huellas de camiones en el desierto… No, ni lo piensan: se ríen de nosotros.

El Dakar es una inmensa operación publicitaria europea a costa de nuestro maravilloso continente, pero sobre todo de nuestra adolescencia colectiva. A los argentinos, paraguayos o bolivianos nos apasionan los fierros, los motores, los autos de carrera, las carreras y los rallys y resulta que el Dakar les viene como anillo al dedo porque en lugar de echarlos a las patadas por hacernos pelota el continente vamos como borregos a verlos pasar, flameamos banderitas y saludamos como náufragos a los helicópteros que pasan levantando el polvo que tardó dos millones de años en juntarse. Piense solo en la resplandeciente blancura del salar de Uyuni en Bolivia, que lleva ya varios años enmugrecida por esta horda de afiebrados.

Los organizadores resaltan la participación del público con sus banderitas en todo el recorrido y ocultan los accidentes, sobre todo si involucran a espectadores. Para eso tienen la exclusiva absoluta de las imágenes: nadie más que ellos y solo ellos pueden filmar, sacar fotos y distribuirlas a los medios que pagan pilas de euros para cubrir esta versión real de Mad Max. Eso incluye la publicidad y los patrocinadores, todos para Europa. Detrás siempre aparece nuestra gente, mestiza americana, que los felicita y los aclama para que los espectadores de París o de Amsterdam compren sin remordimientos.

Somos figurantes de una inmensa campaña publicitaria que vende autos, camiones y camionetas; respuestos, cubiertas, energizantes, combustibles, lubricantes, camisetas, gorras, banderas y calcomanías… y además le vende vértigo a algunos corredores vernáculos que pagan sumas imposibles para entreverarse en el circo de los locos y matarse para conseguir su minuto de gloria.

Admito que abuso un poco de la exageración hiperbólica, pero no encuentro otro modo de expresar que el Dakar es precisamente una exageración europea que no resistiría ni un minuto en su propia geografía. Un violación francesa de nuestra tierra y también de nuestra ingenuidad.