15 de diciembre de 2017

12 de diciembre de 2017

La culpa del gliptodonte

Quizá quedó en los genes de los tehuelches el miedo a los gliptodontes que campaban en la llanura pampeana hace 200.000 años. O fue el mareo hereditario de los que se bajaron de los barcos para mestizarse con las hijas de los guaraníes y charrúas... Está probado que los argentinos no podemos vivir sin vías de escape. Padecemos una ansiedad genética por huir de algo que alguna vez nos puso locos.


En cualquier sociedad más o menos civilizada, los que llegan primero a una reunión eligen los lugares y quienes llegan después se quedan con lo que hay. Si es un cine, un aula de clases, un teatro o una iglesia, el lugar que primero debería ocuparse es adelante y al medio, desde donde también se ve mejor o se aprende más... porque los que llegan antes lo hacen para conseguir como premio los mejores lugares y no para quedarse con los peores. Y como es lógico cuando van a una reunión a la que asiste mucha gente, los educados del planeta llegan puntuales, usan el baño antes de entrar en la sala y se van tranquilos después de que termina la función. Como fueron a eso y quizá pagaron para asistir, ocupan su tiempo asistiendo y no zangoloteando todo el tiempo y de acá para allá como bola sin manija.

Si en la Argentina mira con un dron un teatro, una iglesia, un cine, un aula de clases… va a ver que las cabecitas dibujan el contorno de una campana vacía, más ancha en la fila uno y más estrecha en la zona central. Debe ser el complejo del gliptodonte que provoca que la gente que llega primero se quede cerca de las vías de escape, los que vienen después pasan por encima de ellos, y los siguientes por encima de dos filas hasta que es imposible pasar por encima de cuatro o cinco, así que quedan vacíos los lugares de adelante y el centro, aunque sean los mejores. Los que llegan más tarde se van agolpando en el fondo, parados porque prefieren eso a la pirueta por encima de sus congéneres, que tampoco se quejan mucho porque todos padecen la misma tara.

Los grupos humanos como la multitud, el público, la manifestación, la procesión, el piquete, los que esperan su avión en el aeropuerto... son focus groups gratuitos de nuestra inteligencia colectiva, que es algo así como la suma del coeficiente intelectual de todos los presentes dividida por la suma de su nivel de educación. Y en la Argentina da fatal.

19 de octubre de 2017

24 de septiembre de 2017

Serendipity


No es guaraní... Serendipity es inglés puro y no tuvo una versión en castellano hasta que la Real Academia Española la aceptó como serendipia, así que ya no vale decir serendipidad o cosas por el estilo. No es guaraní pero lo parece, sobre todo si se pronuncia la i griega como en Curupaity, así que seguiré ocupando serendipity en lugar de serendipia. La palabra llegó al inglés desde un topónimo ceilandés: Serendip es como llamaban los persas a la isla de Ceilán, que hoy ocupa Sri Lanka. Pero el significado de serendipity o serendipia viene de Peregrinaggio di tre giovani figliuoli del re di Serendippo, la versión veneciana (1557) de algunas leyendas persas sobre la isla de Ceilán. Llegó al inglés y al concepto actual gracias a las fábulas de Horace Walpole, tomadas de la versión veneciana y publicadas como The three princes of Serendip. En la versión de Walpole los tres protagonistas se la pasan descubriendo por accidente cosas geniales. Según la Real Academia Española quiere decir hallazgo valioso que se produce de manera accidental o casual. El diccionario Oxford la define como hechos o hallazgos positivos que ocurren por casualidad. Sea lo que sea, seguro que no es accidente con suerte, como algunos creen.

Nadie me la pidió, pero si tuviera que dar una definición de serendipity diría que es la lógica propia de los acontecimientos o de las cosas que ocurren sin nuestra intervención. Es la comprobación más empírica de que la naturaleza tiene su propio rumbo y que cuando nos empeñamos en cambiarlo termina todo peor de lo que nos proponíamos. La serendipity es altamente recomendable como actitud ante la vida, sobre todo en algunas situaciones que paso a comentarle.

El caso más evidente es el del sueño. Si a usted lo ataca seguido el insomnio lo habrá experimentado muchas veces: no hay nada peor que intentar dormir. Parece una contradicción pero no lo es. La misma ansiedad nos hace perder el sueño, así que lo mejor es relajarse y disfrutar de una buena lectura, de un sándwich rico o de una temporada entera de House of Cards. Aproveche el tiempo que le regala la falta de sueño y va a ver cómo el mismo sueño lo va a vencer, y si no es en esa noche será en la siguiente o en la otra, cuando lo agote el sueño acumulado. ¿Hay mucho drama en pasar un día con los efectos de la falta de sueño? Lo hacemos a cada rato sin insomnio, pero resulta que nos preocupa justo cuando no podemos dormirnos. No se haga drama ni le haga caso y va a ver que el insomnio se le va a de la croqueta y duerme como un bebito.

Ya debe saber que las cosas que se pierden no se encuentran buscándolas sino con pura serendipity. Solo hay que pensar un poco para atrás y recordar la última vez que vimos o usamos lo que se nos perdió; ahí puede estar la clave, pero sobre todo hay que esperar que las cosas que perdemos actúen solas: ellas claman por sus dueños casi como si estuvieran vivas; en realidad es nuestra cabeza la que actúa sin darnos cuenta. Buscar sin ton ni son, atolondrados, es pura pérdida de tiempo y un obstáculo bestial a la serendipity.

Entre las cosas perdidas están los amores, el novio o la novia quiero decir, que tampoco deben buscarse para encontrarlos. El amor es como el sueño, aparece siempre cuando no se lo busca, por pura serendipity, y el empeño por conseguirlo nos lleva casi siempre a equivocarnos fiero con consecuencias terribles. Debe ser la razón por la que San Antonio es a la vez el que busca novio y el que encuentra las cosas perdidas. El trabajo también es cosa de serendipity. Hay que dejarse de hinchar con eso de pretender el empleo perfecto cuando no lo tenemos y hay que tirarse de cabeza en lo que salga por casualidad. Va a ser el mejor trabajo porque el mejor trabajo es el que se tiene y no el que uno se imagina, entre otras cosas porque siempre pensamos que somos mucho más de lo que creemos.

Tampoco conozco a nadie que haya hecho dinero a fuerza de buscarlo, como nadie encuentra un tesoro si no tiene el mapa y los mapas son todos truchos. El dinero es dinero y así como viene se va. Déjelo tranquilo que tiene su propia lógica y apenas sirve para algunas cosas poco importantes de la vida. Cuando tenga que llegar, llegará; y si se vuelve loco por conseguirlo solo va a conseguir volverse loco.

Pero lo mejor de la serendipity es que un buen día nos damos cuenta de que era mejor perder la plata, no enamorarnos de esa persona, estar despiertos cuando los demás duermen o disfrutar de unos días de vacaciones forzadas o de pobreza obligada. La serendipity es toda una actitud que le recomiendo para muchas cosas de la vida en las que terminamos metiendo la pata y que seguro saldrían mejor sin nuestra intervención.

12 de septiembre de 2017

10 de septiembre de 2017

Votar borrachos

A pesar de ser obligación, en la Argentina vota el 70% del padrón electoral. Quiere decir que aunque la ley establezca la obligatoriedad, de hecho no es obligación. Votar en la Argentina es más un derecho que un deber; un deber cívico sin consecuencias reales, ya que aunque las sanciones están previstas, nadie las aplica. Ni en Cuba ni el los Estados Unidos es obligación votar Unidos, pero los gringos votan un martes, laborable como cualquiera del año.

También puede ocurrir que los que no votan en la Argentina no voten por retobados: porque los obligan a votar. Habría que probar con el voto optativo para saber si sube o baja la cantidad de votantes. Sea lo que sea, la costumbre es una fuente del derecho, por eso las leyes se devalúan cuando la gente deja de cumplirlas sin consecuencias y eso es lo que pasa con la obligatoriedad del voto en la Argentina, sancionada por la llamada Ley Sáenz Peña en 1912, un poco después de la Edad Media.

Además del voto obligatorio, el Código Electoral establece la Ley Seca. Resulta que no se puede tomar alcohol "desde doce horas antes de iniciado el comicio hasta tres horas después de finalizado", dice la ley, pero está claro que el estado paternalista no quiere que nos emborrachemos justo cuando hay que elegir autoridades.

Es tenebroso que el Estado crea que todos somos unos borrachines en potencia, gente sin voluntad, y que por tanto es mejor evitar la venta de bebidas alcohólicas para evitar que nos emborrachemos y votemos cualquier cosa o nos desgobernemos y se nos dé por la batahola justo en el día de elecciones. Y si supone eso, también supone que los otros días del año podemos emborracharnos y armar grescas donde se nos ocurra: es decir que el problema no es la ebriedad, el desgobierno o las bataholas que afecten al resto de los ciudadanos sino sólo cuando afectan a las elecciones. Los que redactaron esa ley debían pensar que somos un pueblo de retardados mentales.

Está prohibido el expendio de bebidas alcohólicas y no su consumo. Es decir que puede tomar alcohol en su casa pero no en el bar o el restaurante, que además estará cerrado. La noche anterior a cualquier domingo de elecciones es un delito expender alcohol en bares y restaurantes en el país que declaró al vino su bebida nacional.

Los argentinos somos así: cuando nos obligan a votar se nos van las ganas de hacerlo y cuando nos prohíben el alcohol nos dan más ganas de tomarlo. Deberíamos probar a ver qué pasa si vamos a votar todos borrachos: quizá ese día elegimos a los que nos saquen de la decadencia.

7 de agosto de 2017

Solo Venezuela salva a Venezuela


Por la historia viajan los países como si fueran vehículos en una autopista. Por ahí van autos más chicos y más grandes, más rápidos y más lentos, chatas desvencijadas, camiones pesados, motos, ómnibus… de todo y cada uno a su aire. Unos van más o menos derecho, por el medio, por la derecha o por la izquierda; otros van por la banquina y hasta alguno espera parado que lo vengan a auxiliar. También están los que van en zigzag, de un lado para el otro, haciendo slalom como esquiando o a los tumbos. Los que antes iban derechito y a buena velocidad de repente pinchan una rueda y entran a dar viracambotas. Y los que antes se hacían los tuercas, en un momento se vuelven choferes de coche fúnebre. Aunque los podemos espiar si nos ponemos a la par, en la autopista no nos preocupa lo que pasa adentro de los otros vehículos: cada uno es libre de ir como se le de la gana... hasta que choca o se pone de contramano y se vuelve un peligro para el resto.

Hoy seguimos con cuidado las maniobras de una limusina bastante grande que va por la autopista a los ponchazos. Hace rato que adentro del auto se vienen peleando duro los pasajeros. Parece que los del asiento de atrás están un poco rebeldes porque quieren ir para otro lado; el conductor, sin soltar el volante les propina manotazos para ver si los puede poner en caja, pero consigue todo lo contrario. Miramos preocupados porque en cualquier momento se pegan un palo contra el muro de hormigón de la izquierda, justo por donde van los que viajan más rápido.

Cada auto, igual que cada casa y, por supuesto, cada país, debe arreglar sus problemas sin injerencia exterior. Hasta que la situación se pone densa y amenaza con complicarle la vida a los que están afuera o los de adentro piden auxilio; o aunque no lo pidan decidimos que hay que intervenir para evitar males mayores para ellos mismos. El problema es que el límite de la intervención es tan borroso que nunca dejará contentos a todos entre otras cosas por la ley del comedido, que siempre sale mal. Y para colmo resulta que las cosas arregladas desde afuera nunca duran mucho.

Miramos asombrados y desde afuera cómo Nicolás Maduro legaliza con una constitución a medida su propia dictadura fregándose en unos derechos que no tiene. También se fregó en las mayorías porque tampoco las tiene para ganar una elección en buena ley.

Ahora el gran desafío de Venezuela es arreglárselas solos, porque cualquier intervención exterior, hasta del Papa Francisco, puede ser fatal para el futuro de la democracia venezolana. Nada legitima más a los ilegítimos que los enemigos de afuera (ahí esta Cuba, que todavía alimenta su revolución ya rancia con el odio a los gringos) Como en cualquier discusión, cuando intervienen los de afuera se pierde la legitimidad de los actos y todo puede volverse para atrás porque los que pierden legitimidad, necesitan recuperarla a cualquier costo. Por eso rige más que nunca el sabio principio del no te metas que en lenguaje diplomático se llama de no injerencia en los asuntos internos de los estados soberanos.

Pero la discreción es otro principio elemental de la diplomacia, tanto que solo se conocen las gestiones que tienen éxito y nunca nos enteraremos de los esfuerzos por arreglar las cosas que no se arreglan (o por desarreglar las que no se desarreglan). Otros se saldrán de la vaina por contarlos, pero los diplomáticos –y mucho más los de la Santa Sede– saben guardar silencio hasta la tumba. Además tienen por norma morderse la lengua si es otro el que consigue coronar una gestión iniciada por ellos: saben que lo importante es el éxito y no el crédito de las gestiones.

Hagan lo que hagan el resto de los países a favor y en contra del régimen que gobierna en Venezuela, a Nicolás Maduro y a sus amigos los fortalece que el resto del mundo los sancione, que el Papa se les enoje, que Macri les retire las condecoraciones, que Avianca deje de volar a Caracas, que Trump les congele las cuentas, les anule las visas a los bolivarianos y hasta deje de comprarle petróleo a Venezuela. Una macana porque casi todas las consecuencias de las medidas que tomen los gobiernos desde afuera harán sufrir más al pueblo venezolano.

Todavía no sé si es por la mezquina oportunidad de ser rebelde o por la altruista ocasión de defender la libertad de los venezolanos, que tengo unas ganas locas de agenciarme un casco de moto y una máscara antigás para sumarme a la desobediencia civil en las calles de Caracas o de cualquier otra ciudad de Venezuela. Hoy es hoy y es cuando ellos están a punto de cambiar la historia de Venezuela con la fórmula con que Mahatma Gandhi cambió la de la India: ojalá tengan la paciencia de los indios para que les vaya tan bien como a ellos y se vuelvan una democracia adulta (para no decir madura) como la de la India. Todos lo necesitamos, pero sobre todos los americanos del sur.

6 de agosto de 2017

En tren al pasado


Inauguraron por fin el tren a Mar del Plata. Sale de Constitución y el viaje tarda casi siete horas. La noticia podría ser de hace 150 años pero no, es de esta misma semana, la primera de julio de 2017. Le aviso que hace 60 años, ir a Mar del Plata en tren tomaba cinco horas y así fue hasta que un día amargo de nuestra historia un presidente y su ministro de economía decidieron que los ferrocarriles no son una inversión sino un negocio y como no son un negocio desamortizamos en dos patadas una inversión de 150 años: quedaron abandonados miles y miles de kilómetros de vías con sus sistemas de señales, estaciones, talleres, silos, puentes, terraplenes, barreras... que habían civilizado la geografía argentina entre 1850 y 1990. Bueno, algunos trenes sobrevivieron, pero porque los subsidios eran negocio para los degenerados que los explotaron fregándose en los usuarios, y para los señores feudales de los dos sindicatos que se quedaron con varios de esos negocios subsidiados y hasta con antiguos talleres para construir shoppings y clubes privados.

El pasaje de primera clase a Mar del Plata sale 200 pesos de lunes a jueves y 450 de viernes a domingos. Todo bien y no es tan caro, pero a pesar de su nombre la primera clase es la última. La primera de verdad se llama pullman y es más cara, porque ya se sabe que hay un mundo mejor cuando hay más plata. El tren tiene bar y comedor y está nuevecito, recién traído de la China. Lo que se pregunta todo el mundo es porqué un tren cero kilómetro, con vías, balasto y durmientes nuevos, es más lento que hace 60 años. Le explico:

Después de unas dosis de corrupción, en el segundo intento consiguieron durmientes que no se doblan y vías en condiciones para los nuevos trenes, que no son de alta velocidad aunque podrían llegar a Mar del Plata en poco menos de tres horas. Renovaron todo, pero no cambiaron la traza que hace 155 años une Mar del Plata con Buenos Aires (y conste que solo había que elevarla un poco en algunos tramos). Hoy hay 300 veces más autos que hace 60 años y hace 155 solo cruzaba las vías algún carro tirado por caballos y tres gauchos sureños de vez en cuando. El trayecto actual tiene 114 pasos a nivel que obligan al maquinista a reducir la velocidad por si algún distraído cruza wasapeando desde su celular. Además el tren para en doce estaciones, cosa muy cómoda porque usted puede subirse en Chascomús y bajarse en Viboratá.

Está buenísimo que haya vuelto el tren a Mar del Plata, pero no me diga que no es para llorar. A estas alturas tendríamos que estar viajando desde Posadas a Mar del Plata en siete horas, en trenes que surcan unas vías casi sin curvas ni cuestas empinadas a 300 kilómetros por hora. Es increíble como aún haciendo esfuerzos para llegar al futuro, los argentinos conseguimos volver al pasado…

Pero si la historia de los trenes es para llorar, la del metrobús da escalofríos. Metrobús se llama a los carriles exclusivos para colectivos que se van extendiendo por toda la ciudad de Buenos Aires y sus alrededores. Resulta que hace 55 años había un metrobús que se llamaba tranvía, solo que era eléctrico y rodaba sobre rieles con sus ruedas de acero como las del ferrocarril. Es decir que no contaminaba nada. Ahora resulta que estamos descubriendo la pólvora con unas líneas de asfalto en las que unos armatostes a gasoil queman cubiertas y nos fumigan con el humo de su combustible fósil. Hace 55 años nos vendieron la jubilación de los tranvías como un progreso y resulta que fue un regreso a la era de las cavernas: pasamos de viajar en simpáticos vagones que ni ruido hacían a embutirnos en unos camiones inhumanos que andan por la ciudad corriendo carreras, acelerando y frenando como energúmenos. Aquello también fue una batalla de sindicatos y como siempre perdió la gente. Para colmo señalamos al colectivo como uno de los grandes inventos argentinos, que por suerte ahora tiende a desaparecer entre los carriles del metrobús y las carrocerías de autobuses como la gente que existían en el mundo bastante antes que el colectivo.

20 de julio de 2017

Tres horas en el banco


Confieso que fui al banco y que me hubiera gustado asaltarlo. Pero no, fui de día y como cualquier cliente que tiene que hacer un trámite cotidiano. Lo singular de esta vez es que gasté casi tres horas encerrado para cobrar un cheque de morondanga en la sucursal del centro de la ciudad de Corrientes del Galicia (que ya no se llama Banco). No soy cliente de ese banco sino de otros, pero son todos bastante parecidos. El Galicia es un banco privado de los más grandes de la Argentina, pero a estas alturas me da lo mismo si es público o privado. Además estoy seguro de que hay muchísima gente que sufre todos los días y no de vez en cuando las incomodidades y pérdidas de tiempo que voy a relatar.

Llegué más o menos a las diez de la mañana y esta vez no se me ocurrió llevar una novela porque pensé que sería cosa de minutos. Primero tuve que hacer cola para sacar el número en una de esas pantallas que te cansan con sus preguntas: hay que poner el número de documento, la clave fiscal, la patente del auto y la vacuna antivariólica antes de rellenar las opciones que casi siempre son compatibles entre sí pero no te dejan ni preguntar.

Una vez que tuve mi numerito –el G108– impreso en un papel termonosecuanto subí una escalera hasta el primer piso… Bueno, me quedé en la mitad porque la sala estaba repleta de gente. Repleta, repleta, pero repleta. Todos los asientos estaban ocupados y el resto, otro tanto, estaban parados: seríamos unas 70 u 80 personas en total. Conseguí hacerme lugar y estiré el cuello para ver la pantalla y averiguar por qué número iban: G075. Faltaban 33 para mi letra, porque también había con la F, con la C y con la A. Solo recuerdo ahora que 45 minutos después de llegar, el número G estaba apenas en el 80: el pronóstico daba hasta las cinco de la tarde.

De tanto en tanto aparecía un nuevo número y la pantalla sonaba como un mensaje de wasap (ahora que lo pienso sería genial hacer un sorteo con número aleatorios y no por orden de llegada). Un guardia privado vestido de marrón y amarillo custodiaba para que no hiciéramos nada más que mirar la pantalla de los numeritos, donde también campaba en pantalla partida un comercial sobre el hotel Llao Llao y un campeonato de golf auspiciado por el banco para gente muuuuuy feliz. En cuanto uno de los clientes sacaba su telefonito, le gritaba: “–¡Celular!” para que lo vuelva a guardar. Después pude ver un cartel pegado a la pared que ofrecía bolsas selladas para los teléfonos: debe ser para no tentarse. Es curiosos que hoy en día no haya wifi en un lugar en el que tenemos que esperar horas. Dicen que es por seguridad, pero significa que para que no te roben el dinero, que va y viene, te roban tu tiempo que se va para siempre y es lo más caro que tenemos todos.

La sala era ciega, como son hoy todas las salas de espera de los bancos ya que también por seguridad no se puede ver lo que pasa en las cajas. Es decir que los pacientes miradores de numeritos no podemos saber si se están riendo de nosotros, están tomado mate o de vacaciones… o si el banco se está fregando en sus clientes porque no pone los empleados necesarios para atenderlos, como fue en este caso: solo había que mirar la pantalla para saber que tres de las ocho cajas no estaban activas.

A las 11.30 cerraron las puertas del banco. El horario es hasta más tarde pero cierran para que no entre más gente. La sala seguía abarrotada con clientes en la escalera hasta la planta baja. Para colmo los números G avanzaban más lerdos que los caballos de los malos en las películas de cowboys.

Después de unas dos horas pedí ir al baño. Imposible y también es por seguridad. Bueno, no hay baños para los clientes pero sí para los empleados. “–¿Cómo hago?” le pregunté al guardia: “–Tiene que salir, pero entonces ya no podrá entrar”. Sin wifi, sin baño, incomunicado y sin poder hacer otra cosa durante tres horas. Aquello era lo más parecido a un secuestro colectivo, o a una cárcel donde todo también es por seguridad. Lo curioso es que te meta preso la empresa que hace negocios con tu plata y que por eso te tendría que cuidar como un rey. Y más curiosa todavía es la paciencia de todos los que tenemos cuando naturalizamos el maltrato.

Un abogado vivo y tenaz haría estragos en el sistema bancario argentino.