26 de julio de 2020

Quod natura non dat

Allá por el 20 de marzo tuvimos que ponernos al día con los programas de reuniones a distancia. Muchos de nosotros solo conocíamos Skype, que usábamos ocasionalmente para videollamadas, lo mismo que WhatsApp y otros sistemas de mensajería que permiten ese tipo de conversaciones con imágenes. Enseguida aparecieron las tecnologías del encierro, entre las que se popularizó Zoom. Google llegó con Meet y Cisco con Webex Meeting. De todos los que me tocó usar, el más sorprendente fue Firestorm, una aplicación que contrató la Sociedad Interamericana de la Prensa. Allí el presentador y los asistentes entran como muñequitos de un videojuego en un salón virtual donde interactúan y conversan, igual que en Zoom pero sentados cada uno es su butaca y mirando al presentador y su pantalla. En la primera reunión una de las asistentes apareció desnuda porque no entendió que al entrar en el programa había que elegir color de piel, peinado y vestimenta...


Dos semanas después de aquel 20 de marzo nos enteramos de que esto iba a durar un poco más, que al final no fue tan poco... tanto como para hartarnos y que la cuarentena terminara con nuestra paciencia antes de tiempo. Era imposible entonces –y también ahora– medir lo que iba a pasar con el coronavirus en cada rincón de nuestro país. Tan imposible que empezamos a hablar de la nueva normalidad como si a partir de esta pandemia muchos hábitos de nuestro comportamiento colectivo cambiarían para siempre. Cuando esto se termine quizá dejemos de darnos besitos mafiosos entre varones y de compartir el mate, pero lo que no sabemos todavía es cómo encarar lo más contagioso de todo, que son las reuniones de muchas personas en locales cerrados...

Ante la necesidad de dar clases, atender las preguntas de los alumnos, tomar exámenes y hasta graduarse a distancia, surgió la pregunta que dio origen a la serie de artículos sobre la naturaleza de la universidad, que por las dudas le recuerdo que no tiene nada que ver con docentes que enseñan y alumnos que la aprenden, sea en modo presencial o a distancia. La universidad es la reunión de maestros y discípulos, el lugar donde todos estudian, empezando por los que enseñan. Y de paso le recuerdo que la universidad a distancia existe mucho antes de que existiera la tecnología que ahora nos permite algo bastante parecido a una clase presencial.

Casi todas las grandes revoluciones del pensamiento nacieron en las universidades. Bastaría con citar la demostración del heliocentrismo de Nicolás Copérnico en la Universidad de Bolonia o la Reforma de Martín Lutero en la de Wittenberg. Entre nosotros hay algunos breves reflejos de la universidad en la que todos estudian; el más notable por su impacto en la opinión pública es el informe mensual de pobreza que no emiten ni el Indec ni ninguna empresa de estadísticas sino la Universidad Católica Argentina.

En la carrera para encontrar la vacuna contra el coronavirus no van ganado los laboratorios sino las universidades. Esta semana han sido noticia por los resultados alentadores las pruebas realizadas en las universidades británicas de Oxford y de Birmingham y en el Imperial College de Londres; a esas se suma la Universidad Johns Hopkins de Baltimore (USA) por dar todos los días los datos más seguros del avance o retroceso de la peste en todo el mundo. Todas ellas son de corte medieval, por tanto no contaminadas por el espíritu profesionalista de Bonaparte que influyó decididamente en nuestro modelo de universidad.


Justo ahora deberíamos tener bien claro el principio de otra universidad medieval: Quod natura non dat, Salmantica non præstat (lo que la naturaleza no te da, Salamanca no te lo presta) Pongámoslo así: es de balde enfrentarnos con la naturaleza porque está demostrado –lo llaman inmunidad del rebaño– que los humanos vencemos a los virus cuando se contagia un porcentaje determinado y no tan grande de sus individuos. Los esfuerzos de la autoridad sanitaria procuran prolongar en el tiempo esos contagios para evitar el colapso y poder atenderlos a todos. Gracias a Dios ya pasaron varios meses y sabemos que falta menos.

19 de julio de 2020

Donde todos estudian

A raíz de esta cuarentena intercambiamos unos mensajes de WhatsApp con un buen amigo, que además es una autoridad universitaria en Posadas. Estaba preocupado con el estilo de universidad que se ha ido improvisando en estos meses de pandemia y sobre todo en los meses o años que vienen. Parece que por mucho tiempo no habrá clases presenciales, que es como las conocíamos hasta ahora, pero a la vez comprobamos que las clases a distancia por medios digitales terminan cansando, aburriendo y sobrecargando a profesores y alumnos. Además de la evidente debilidad de las clases remotas para todo lo que sea trabajos prácticos, laboratorios, talleres o seminarios, las actividades a distancia no tienen la riqueza incomparable de la comunicación presencial. Se pierde la interacción profesor-alumno, profesor-profesor y alumno-alumno, que están presentes en las clases, pero también –y sobre todo– en la convivencia de todos los involucrados en el proceso de la educación superior que se llama universidad.

Pensaba entonces que la cuarentena es una ocasión de volver al concepto fundacional de la universidad, y también pensaba que eso puede resultar un gran bien para la sociedad argentina, necesitada como nunca de la sabiduría colectiva que la saque de una vez de su interminable adolescencia.

La universidad es el invento más fabuloso de la Edad Media. La definición que todavía la explica cabalmente es de Alfonso X el Sabio (rey de Castilla en el siglo XIII) cuando la llamó en las Siete Partidas “el ayuntamiento de maestros y escolares con voluntad y entendimiento de aprender los saberes”.


Ahora le tenemos que preguntar a don Alfonso cómo hacemos para juntarnos maestros y estudiantes en época de pandemia. No nos va a contestar él sino la historia, porque desde el siglo XIII hasta nuestros días, pestes ha habido las que uno quiera y ninguna ha terminado con este ayuntamiento de académicos y de saberes.

La universidad no debe ser el lugar donde unos enseñan y otros aprenden sino donde todos estudian. El espacio geográfico no es parte de su definición, pero para conseguir que todos estudien –y estudien juntos– hace falta un lugar común que desde hace siglos se llama campus. El campus permite la interacción entre los estudiantes –maestros y discípulos– que hace avanzar el saber gracias al principio elemental de la sinergia.

El campus es una piscina donde uno puede sumergirse o apenas mojar el dedo gordo del pie. En mi época de estudiante llamábamos inmersión total a la posibilidad de dedicarse full-time a la universidad durante los años de estudiante, algo que se conserva bastante intacto en la universidad anglosajona, donde son full-time tanto los profesores como los estudiantes. Materialmente esa piscina es un campus donde se juntan (ayuntamiento) los maestros y los estudiantes y donde se aprende en las clases, en los seminarios, talleres, laboratorios... pero sobre todo se aprende en la convivencia de profesores con profesores, profesores con estudiantes y estudiantes con estudiantes. En los campus de verdad son más estudiantes los profesores que los alumnos y se aprende más en una conversación de pasillo o de cantina, motivada por el verdadero interés; es la lógica de la pregunta –picada por la curiosidad intelectual– de los que se acercan al profesor al terminar la clase, mientras sale el malón de alumnos indiferentes.

***

Nuestra universidad no es hija de la Edad Media sino de Napoleón Bonaparte, que con su manía reglamentadora, la organizó en profesiones: en enseñar haceres más que saberes. Allí donde llegó la influencia de Napoleón se conserva este concepto de reunión de escuelas profesionales, que lo mismo pueden enseñar literatura contemporánea que danzas clásicas eslovacas. En el mundo anglosajón, a donde no llegó la nube de Bonaparte, se mantuvo el concepto medieval del ayuntamiento de maestros y estudiantes que hoy vemos en las universidades británicas o norteamericanas.

La vida cambió desde la época de Napoleón y esa es la razón del éxito del sistema anglosajón, donde se ha conservado el modelo medieval de universidad ligada más a los saberes que a los haceres. La universidad debe enseñar a pensar, y para eso es necesario saber. No es lo mismo ser arquitecto que saber arquitectura o construir una casa (aquí ponga cualquier profesión)

La universidad napoleónica era un lindo proyecto, pero para vidas cortas. En estos dos siglos cambió definitivamente la cantidad de años que vivimos. En aquella época (la misma de nuestra independencia) la esperanza de vida promedio era de 37 años. Es cierto que entonces se tardaba más para viajar, pero la verdad es que se vivía a gran velocidad y desde lo que hoy nos parece todavía la infancia.

Vivimos por lo menos el doble de esos años y los procesos vitales son también por lo menos el doble de largos. Quienes van hoy a la universidad después de terminar el secundario eligen profesiones cuando están lejos de poder decidir semejante cosa. Se explica entonces el éxito del modelo medieval, heredado por las universidades anglosajonas (sobre todo las británicas y norteamericanas), dedicadas a abrir la cabeza y por tanto el futuro de los estudiantes, en lugar de cerrarlo en especifidades estériles.

Quiero decir que no es una buena idea apurar la especialidad a una edad en que no se ha decidido nada importante de la vida y cuando no tenemos la más remota idea de qué será de nosotros, y en cambio sí es una buena idea formar el pensamiento y abrir la cabeza de los que llegan a la universidad. En la universidad ideal de nuestro tiempo las carreras deberían ser pocas y amplias, y dejar para el futuro la especialidad, cuando ya se ha corrido un tiempo en la vida profesional. Esto explica el auge de las maestrías, que son precisamente eso: una especialidad académica para los que ya están inmersos en la vida profesional que les ha tocado y han tomado las decisiones importantes de su juventud.

Eso no quiere decir que no se pueda aprender a hacer cosas, lo que digo es que ese no es el fin de la universidad sino de las escuelas profesionales, a donde cada uno puede asistir cuando le toque en la vida y deberían estar reguladas por los colegios profesionales, pero nunca por la universidad. Del mismo modo que no le toca a la universidad regular profesión alguna: eso es incumbencia de los mismos colegios. Así, la universidad puede dar el título genérico de licenciado (bachellor en el sistema anglosajón), por ejemplo en leyes, pero quien debería dar la matrícula de abogado y regular la profesión y sus especialidades debe ser el Colegio de Abogados. Aquí vuelva a poner la licenciatura que se le ocurra, pero la abogacía me sirve porque es una de las carreras que han reemplazado en la universidad napoleónica a las artes liberales de la universidad medieval, por eso hay tantos abogados que se dedican a las profesiones más insólitas.

***

La idea de la universidad como el conjunto de maestros y discípulos que estudian tiene por lo menos... 900 años, pero además es lógica pura, ya que no se podría enseñar lo que no se sabe. Sin embargo nuestra universidad muchas veces es un lugar incómodo, al que los profesores llegan cansados después de un largo día de trabajo, con pocas ganas de dar clases a unos alumnos que intentan conseguir un título estudiando lo menos posible.

¿Cómo fue que la idea original de universidad centrada en los saberes derivó hacia un conjunto cada vez más numeroso de escuelas que enseñan a hacer cosas cada vez más precisas? Empezó con la racionalización napoleónica, pero siguió avanzando en los últimos 200 años hasta convertirse en una feria de títulos habilitantes, tanto que el reclame publicitario de una universidad de Buenos Aires grita confianzudo a sus potenciales clientes lo contrario del concepto elemental de universidad:


Por esta misma tergiversación entendemos ahora que la relación entre las empresas y las universidades debería ser la provisión de empleados calificados. Las universidades ofrecen a sus candidatos salidas laborales rápidas, y para afinar la puntería se asocian con las industrias que demandan esos empleos. Fue así como las pasantías se convirtieron en trabajo temporal barato bajo el pretexto de la práctica laboral: las empresas prueban sin riesgos a los candidatos y los candidatos seducen a los empresarios para conseguir su primer empleo.

La relación de la empresa con la universidad es otra cosa, y por eso pongo ahora en singular a las dos partes de esta sociedad. La universidad en la que todos estudian es la que hace progresar a las ciencias. Por ejemplo –y para no perder la bisagra de la pandemia– la de Oxford va a la delantera en la invención de la vacuna contra el coronavirus. No va a ser la Universidad de Oxford la que la comercialice, sino uno o varios laboratorios que tienen la capacidad industrial. Los laboratorios ganarán muchísimo dinero y aportarán a la universidad parte de ese dinero. Así se mantiene la universidad de Oxford y casi todas las que no hacen negocio con las cuotas de sus alumnos.

En nuestro sistema de escuelas profesionales, las empresas tienen que instalar sus propios laboratorios y dedicar grandes sumas de dinero a la investigación y el desarrollo, cuando podrían aprovecharse mucho mejor esos recursos si la que investiga es la universidad y el resultado de esa investigación es aprovechado por la industria. El estudio y la investigación es el fin propio de la universidad, mientras que la producción, la logística, la comercialización... son tareas propias de las empresas. Esta cooperación convierte en eficaz y prolífica la relación entre las empresas y las universidades en una cantidad inmensa y variada de fórmulas a lo ancho del mundo. Como botón de muestra pongo el Parque Científico de la universidad de Lovaina, en Lovaina la Nueva (Bélgica), donde se han instalado los laboratorios y oficinas de empresa tecnológicas de primer nivel, que así aprovechan la masa crítica de estudiantes (maestros y discípulos estudiando). Otro botón es el Laboratorio de Medios del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT), que es parte de la organización de la universidad, pero auspiciada por empresas de medios de todo el mundo que orientan las investigaciones y tienen acceso a sus resultados.

La universidad argentina debe liberarse de su espiral decadente de profesores cansados que enseñan lo que hacen a unos alumnos que solo pretenden un título que los habilite para conseguir un trabajo.

***

En el actual territorio de la República Argentina hubo universidad más de 200 años antes de nuestra independencia. La Universidad de Córdoba y las cinco anteriores fundadas en la América española nacieron más cerca de la Edad Media que de Napoleón Bonaparte y por tanto bajo el concepto original de universidad, ese que dice que es un lugar donde todos estudian y no donde unos enseñan y otros aprenden. La universidad de Buenos Aires fue fundada en 1821, pero todavía faltaban unos cuantos años para que se colara la idea napoleónica de convertir a las universidades en agrupaciones de escuelas profesionales, donde se aprende más a hacer cosas que a dominar una ciencia.


Hasta 1885 la universidad argentina no daba títulos habilitantes: solo certificaba que esa persona había estudiado lo que fuera. Eran las profesiones las que lo daban, lo quitaban y lo regulaban. Tanto que Dalmacio Vélez Sárfield, el autor de nuestro primer código civil y a quien nadie niega su condición de gran jurista, abandonó en primer año la carrera de Derecho... Y Marcelino Ugarte, uno de los primeros juristas de Buenos Aires, consiguió muy joven el título de doctor en jurisprudencia, pero para conseguir el de abogado tuvo que trabajar en un estudio, hacer prácticas durante tres años y rendir examen ante la Academia de Jurisprudencia. Ya se ve que una cosa era ser licenciado o doctor y otra abogado, contador, arquitecto, médico, veterinario, ingeniero...

Desde esa ley de la época de Nicolás Avellaneda hasta nuestros días se ha ido exacerbando la habilitación profesional desde la universidad. Los títulos y solo los títulos dan derecho a ejercer profesiones y esta realidad llegó a pasar los límites del sentido común, tanto que durante unos cuantos años rigió una ley que establecía incumbencias profesionales para las carreras; así al registrar una nueva carrera ante el Ministerio de Educación había que listar taxativamente las incumbencias del título y si se olvidaban de alguna, los graduados nunca iban a poder profesar esa incumbencia bajo pena de ejercicio ilegal de la profesión. Las incumbencias multiplicaron las carreras porque buscaron ofertas y salidas laborales cada vez más específicas; así llegaron a inscribirse 1.500 carreras.

La ley que rige actualmente la educación superior es de 1995 (24.521), con algunas leves modificaciones posteriores. Se apeó entonces del concepto de las incumbencias, pero lo único que hizo fue borrar esa horrible palabra para establecer casi lo mismo en su artículo 42: Los títulos con reconocimiento oficial certificarán la formación académica recibida y habilitarán para el ejercicio profesional respectivo en todo el territorio nacional (...). Los conocimientos y capacidades que tales títulos certifican, así como las actividades para las que tienen competencia sus poseedores, serán fijados y dados a conocer por las instituciones universitarias, debiendo los respectivos planes de estudio respetar la carga horaria mínima que para ello fije el Ministerio de Cultura y Educación, en acuerdo con el Consejo de Universidades. Y el artículo 43 establece requisitos especiales para las carreras que otorguen títulos correspondientes a profesiones reguladas por el Estado, cuyo ejercicio pudiera comprometer el interés público poniendo en riesgo de modo directo la salud, la seguridad, los derechos, los bienes o la formación de los habitantes... solo se salvan pocas carreras, esas que siguen los poetas, los escritores y otros artistas... siempre que no sean profesorados.

Y la decadencia de nuestra educación es la causa de nuestros fracasos como país y mientras la universidad argentina no se despegue del racionalismo napoléonico seguirá sumida en su propia decadencia. La idea de que sea la universidad la que otorgue títulos habilitantes con incumbencias taxativas las convierte en tiendas de diplomas para buscadores de trabajo. Pero peor es el lobby de las profesiones, a las que les conviene que su título sea necesario para trabajar, así obligan a la industria a contratar solo afiliados al colegio profesional y así pueden mangonear a su antojo.

***

Emilio Fermín Mignone y José Luis Cantini tenían edades parecidas: uno nació en 1922 y el otro en 1924. Mignone murió en 1998 y Cantini el 28 de enero de este año. Se conocían y apreciaban porque además de ser expertos en educación, los dos ocuparon cargos semejantes en gobiernos también parecidos y fueron rectores de universidades nacionales. No pensaban para nada igual en muchas cosas, pero los dos eran inteligentes además sabios y también hombres de fe.


Mignone era un peronista católico (todo un género dentro del peronismo); un tipo con una inmensa formación y un bocho descomunal. Su vida cambió completamente el 14 de mayo de 1976 cuando un comando de la Armada se llevó a su hija Mónica por el delito de ser asistente social en una parroquia del Bajo Flores. Mónica nunca apareció a pesar de que Mignone movió cielo y tierra para encontrarla, pero sus desvelos sirvieron para salvar de la muerte a otras personas. Emilio era amigo de mi padre y conocí bien a su familia, sobre todo a otro de sus hijos con quien compartimos la misma edad y batallitas de nuestra época universitaria.

A principios de los años 90, Emilio me orientó en los trámites de acreditación de la Facultad de Ciencias de la Información de la Universidad Austral y de paso me terminó de convencer de las bondades de la universidad medieval. Ante la deriva de las viejas escuelas de periodismo hacia las ciencias de la información y de la comunicación, hacia la publicidad, las relaciones públicas, el marketing político, la acción psicológica, el diseño, la fiesta, el entretenimiento y los subibajas de la plaza de la esquina... yo pensaba que había que abrir una Escuela de Periodismo dentro de una Facultad de Letras y hasta me animé a sugerir que cabíamos entre las inexistentes Ciencias Sociales que coronaban el solemne nombre de la Facultad de Derecho recién creada, pero no logré convencer a las autoridades de la universidad, ni al consejo que me acompañaba, ni a nadie.

Me volví a encontrar con Emilio Mignone y José Luis Cantini mientras buscaba documentación sobre las incumbencias, ese término que significaba lo peor de la acreditación de nuevas carreras universitarias y que fue anulado por la Ley de Educación Superior de 1995 (24.521). Anticipaba la semana pasada que la ley anuló unos trámites escabrosos pero no anuló la universidad napoleónica: una lástima porque Bonaparte terminó con el concepto esencial que traían hacía más de 200 años las primeras universidades americanas. Por si no leyó las columnas de los domingos anteriores, le recuerdo que la universidad original es el lugar donde todos estudian, mientras que la de Napoleón es donde unos enseñan profesiones y otros las aprenden.

Con la colaboración de Cantini y de otras personas, Mignone elaboró un sesudo documento llamado Las Incumbencias que publicó en 1994 el Centro de Estudios Avanzados de la UBA. Pero además consiguió del presidente Carlos Menem el decreto que anulaba las incumbencias para las carreras que no comprometieran el interés público y también para los aspectos que no fueran de interés público en las carreras que sí lo fueran (decreto 256/94). El concepto entró luego en la redacción de la Ley 24.521, pero esa ley amplió el criterio de interés público a la formación universitaria, así que por las dudas cualquier carrera debe establecer sus incumbencias aunque no las llame así: hay que enumerar de manera precisa y taxativa todo lo que se le permitirá hacer a los graduados, bajo pena de ejercicio ilegal de la profesión si se pasan un pelo de esa lista exhaustiva. Tan loco es lo de las incumbencias que si en la carrera de gastronomía no pusieron el budín de pan entre las incumbencias, sus graduados cometen un delito cada vez que hacen un budín de pan.

La universidad es un invento de la Iglesia medieval, así que su sostenimiento seguía entonces la lógica de los bienes eclesiásticos y de las relaciones de la Iglesia con los príncipes. Hoy está clara la ecuación económica de la universidad que enseña profesiones, que es mantenida por el estado en el caso de las públicas y por las cuotas de los alumnos en las privadas. En cambio, la universidad anglosajona, heredera directa de la medieval, se sostiene de dos recursos complementarios:
1. Las rentas del endowment de la universidad: una torta de plata que siempre se acrecienta y nunca se reduce; por eso sus presidentes no son académicos sino expertos fundraisers
2. Las donaciones de los graduados, que aportan mucho más que las cuotas de los estudiantes, porque saben que su título valdrá según el prestigio de la universidad en el presente: cualquier inversión en el alma mater es una inversión en uno mismo.
La educación es la única palanca capaz de sacar a la Argentina de su espiral de decadencia: es la inversión más necesaria, la más barata y la más urgente para conseguirlo. Mire si un día aprendemos a pensar, como querían Emilio Fermín Mignone y José Luis Cantini...

14 de junio de 2020

Las preguntas del coronavirus


Supongamos que tengo un cáncer avanzado y que no me queda mucho tiempo en este mundo. Ante una recaída me internan en la terapia intensiva de un hospital de alta complejidad. Sin querer y sin saberlo, una enfermera me contagia de coronavirus, así que me instalan en una burbuja de plástico hasta que me muero solo como loco malo. Lo reportan como muerte por Covid-19 y por eso mismo no me hacen autopsia y nadie se acerca ni siquiera a mi entierro. A los tres días llaman a mi viuda para entregarle una cajita con mis cenizas, pero nadie está seguro de que sean las mías. ¿Morí de cáncer o de Covid-19?

En los geriátricos españoles murieron dos tercios del total de los 27.139 fallecidos hasta ayer. También hasta ayer los casos de infectados llegaban a 243.209, número que cabe de sobra dentro de las 372.985 plazas distribuidas en 5.417 geriátricos. Si las cuentas no me fallan, en lo que va de la pandemia y por causa del coronavirus, murió el 4,9% de los internos en residencias de ancianos españolas. Ese porcentaje es mayor pero parecido a los de Italia, Francia, Alemania, Suecia, Gran Bretaña, Bélgica y Holanda, países que sumaban hasta ayer 161.981 muertos por el nuevo coronavirus... y estamos contando solo a la mitad de Europa. ¿Cuántos ancianos mueren un año cualquiera en todos los geriátricos del Viejo Continente?

En la cuenta total de casos argentinos el Ministerio de Salud de la Nación suma los trece contagiados de las islas Malvinas. Está claro que las Malvinas son argentinas y también que son compatriotas de pleno derecho todos los malvinenses, aunque ellos no lo sepan ni lo quieran. Pero si ni siquiera están bajo la jurisdicción sanitaria argentina... ¿Qué necesidad hay de sumar a los de las Malvinas a la cifra total de contagiados del país? ¿Contaríamos a los malvinenses si los 3.400 habitantes de las islas estuvieran infectados?

Si hiciéramos el dichoso hisopado a la totalidad de la población de cualquier ciudad de la Argentina nos asombraríamos ante la cantidad de positivos. Es la razón elemental para cuidarnos, pero sobre todo para cuidar a los demás, especialmente a la población de más riesgo, que son los ancianos y los que tienen las defensas bajas por enfermedades crónicas. El barbijo ahora es obligatorio y sirve especialmente para no contagiar al prójimo; es porque que si estamos infectados podemos contagiar a los que están cerca cuando respiramos, hablamos, tosemos o estornudamos. Entonces... ¿Por qué hay gente que todavía no usa barbijo? ¿Por qué la mayoría de los que se lo ponen, lo usan por debajo de la nariz? ¿Y por qué casi nadie respeta a rajatabla la distancia social?

El 80% de los infectados no lo sabrá nunca. Para saberlo deben hacerse el test que cuesta entre 5.000 y 6.000 pesos que ninguna obra social cubre a quien no ha presentado síntomas de coronavirus. Esta semana que pasó y después de tres meses de declarada la pandemia, la Organización Mundial de la Salud ha declarado que los asintomáticos difícilmente contagien. Lo curioso es que tanto la cuarentena, como la distancia, el barbijo y otros cuidados molestos, se deben a que los asintomáticos contagiaban. ¿Para qué hicimos la cuarentena? ¿Para qué usamos barbijo? ¿Para qué pagamos hisopados? ¿Para qué sirve la OMS?

Fue Georges Clemenceau quien dijo que la guerra es un asunto demasiado serio para dejarla en manos de los militares. Hoy diría que no hay que dejar las pandemias en manos de los médicos. Mucho más grave es dejarla en manos de los burócratas de la OMS.

Durante los tres meses desde que se declaró la pandemia hemos puesto un número a cada caso. También contamos los muertos, enfermos, contagiados, sospechosos, importados, autóctonos, comunitarios, asintomáticos, testeados, encuarentenados, recuperados... Además contabilizamos los kits, las camas, los respiradores y los días que pasamos en confinamiento... Pero los únicos números que valen de verdad son los del final de esta historia, que nadie sabe cuándo llegará.

7 de junio de 2020

Los afectos y la soledad


Me propuse contestar una pregunta en esta columna. Adelanto que tengo serias dudas de lograrlo, pero antes de eso debo aclarar dos cosas. Primero, que no lo hago como médico, ni como estadístico, ni como científico de ninguna ciencia; lo intento como periodista y con ánimo de honrar nuestro día, que hoy se celebra en la Argentina. Y segundo, que tampoco tengo ninguna intención de juzgar decisiones de las autoridades: es solo un ejercicio que ojalá nos ayude a pensar a todos.

Podría formularla de otros modos, para que se entienda mejor, pero esta es la pregunta básica que quiero responder:

¿Qué cura más: los afectos o la soledad?

Se entiende lo de los afectos, pero aunque la soledad tampoco necesita explicación, se trata ahora de la soledad del encierro de la cuarentena, que sufrimos por culpa el maldito coronavirus, que ya nos tiene la paciencia al límite de la resistencia.

La cuarentena obligatoria –ahora el aislamiento– nos ha encerrado a todos en nuestras casas con la consiguiente imposibilidad de vernos los padres con sus hijos y los hijos con sus padres, los abuelos con sus nietos, los novios, los hermanos, los tíos, los sobrinos, los amigos... A medida que el confinamiento se ha ido flexibilizando, hemos podido encontrarnos con socios, compañeros de trabajo, colegas, clientes... y también ahora con nuestros afectos más cercanos; pero para oírse o verse con quienes están lejos, seguimos pendientes del locutorio carcelario de Skype, Zoom, o lo que cada uno consiga usar para vencer la distancia.

El pasado 20 de marzo hemos quedado separados unos de otros, quizá solo por una pared, por una calle, por un límite interprovincial, por un puente clausurado, por un terraplén municipal, por las fuerzas de seguridad. Dependiendo de los lugares de la Argentina en que a cada uno le ha tocado la cuarentena y gracias a certificados, salvoconductos y apps oficiales, algunos han logrado superar las barreras. Pero en la mayoría de los casos ha sido imposible, entre otras razones porque es mejor no verse para no contagiarse, ya que a pesar de que estamos bien nos han dicho que podemos estar mal y complicarle la vida hasta la muerte a quienes más queremos, hasta el extremo de que si llegaran a morirse, tampoco podríamos estar con ellos...

Además hay familias a la que la cuarentena ha sorprendido con uno o varios de sus miembros lejos de casa. Ahí estaban y están todavía tratando de volver a sus hogares, cantidad de varados en cualquier lugar del mundo. Anteayer entraron por el puente Posadas-Encarnación 198 misioneros que estaban por cumplir tres meses de espera en Paraguay.

Ya dije que no se trata de juzgar ninguna decisión de la autoridad sanitaria: solo estoy aprovechando la ocasión del coronavirus para plantear la necesidad de pelearla acompañados y de darnos tiempo para juntarnos cuando aparezca la próxima pandemia.

No despreciemos la formidable vacuna de tener cerca a los que queremos: es bueno para el alma, pero también es una incalculable fortaleza para el sistema inmune.

Pregúntele a un futbolista si es lo mismo jugar con o sin hinchada; a un ciclista si es más fácil pedalear solo o acompañado; a un piloto si se anima a correr sin escudería; a un soldado si iría a la batalla separado de su pelotón... Pregúntele a un anciano que cuenta los días más caros de su vida sin ver a sus hijos, a sus nietos o bisnietos, si prefiere la soledad o los afectos; le va a contestar que es mejor morir por el virus antes que ahogarse de tristeza.

31 de mayo de 2020

Nada llega para quedarse

A causa de la pandemia del nuevo coronavirus ahora nos lavamos las manos hasta gastarlas, pero esa buena costumbre fue una novedad que trajo la gripe española hace justo 100 años. Alguien descubrió entonces que los virus de la gripe no se bancan el agua y el jabón y que entran en nuestro cuerpo por los ojos, la nariz o la boca, pero llegan hasta ahí mayoritariamente por las manos, cuando las llevamos a la cara después de haber tocado alguna superficie con virus, generalmente la mano de una persona contagiada que también se tocó la boca, la nariz o los ojos. Así que para bajar drásticamente los contagios basta con lavarse mucho las manos y tocarse poco la cara.

Tocarse la cara nunca fue de buena educación y ahora sabemos que tampoco es una buena idea. Cuando éramos chicos nos insistían en la necesidad de lavarnos las manos antes de comer y era costumbre ofrecer a los invitados el toilette para hacerlo; lógico dado que aunque no sea de buena educación meterse la mano en la boca, es inevitable tocar la comida cuando se come.

Aunque son inventos antiguos (sobre todo el cuchillo) los cubiertos se popularizaron en occidente durante el siglo XVI. En gran parte del medio y del extremo oriente se come con la mano o con palitos. Los occidentales también comíamos con la mano antes de que se popularizaran la cuchara y el tenedor. Bueno, resulta que todas las civilizaciones que comen con la mano solo ocupan para eso la derecha, y la izquierda queda para menesteres más sucios o innobles. Es buen dato para cuando le toque andar entre beduinos del desierto: ni se le ocurra comer con la izquierda porque puede enojar bastante a sus anfitriones.

Hace miles de años que los japoneses no andan adentro de sus casas con el mismo calzado que usan para andar por la calle. No solo los japoneses lo hacen: en muchos lugares del norte de Europa los zapatos quedan en la puerta y se entra en medias a la casa. Fíjese si será antiguo, que en el relato de la Última Cena de Jesús con los doce apóstoles se cuenta en detalle la costumbre de lavarse los pies al llegar de la calle: un rito que se sigue representando el Jueves Santo en las iglesias cristianas. Y ahora resulta que algunos dicen que llegó para quedarse eso de dejar los zapatos afuera o limpiarlos bien con lavandina antes de entrar a la casa...

Los japoneses también se saludan sin tocarse hace miles y miles de años. Apenas una reverencia y desde lejos, los varones con las manos a los costados del cuerpo y las mujeres las entrelazan adelante. La extraña costumbre argentina de toquetearse y darse besos entre desconocidos es bastante poco común en el resto del mundo. Cundió sobre todo en Buenos Aires y entre hombres en la década de los 90 y al principio la practicaban solo los funcionarios del gobierno de Carlos Saúl Menem, pero también hay que decir que las mujeres argentinas siempre se besaron al saludarse y también besan a los varones en el mismo momento en que los presentan: bueno, no lo haga en el resto del mundo porque no les va a gustar, como tampoco les gustará que ofrezca chupar la bombilla del mate después de usarla usted. Y hasta en la Argentina sigue siendo una pésima costumbre tomar agua del pico de las botellas, compartir con desconocidos platos, cubiertos, vasos, peines, toallas, ropa, sábanas...


Los shoppings de hoy son iguales a los mercados de la antigüedad, pero con aire acondicionado y calefacción; ahí se concentra la gente y también se contagia, pero recién ahora descubrimos que lo sano es el mercado al aire libre, como las ferias francas, que son exactamente iguales a como eran hace más de cuatro mil años. Y llamamos delivery a lo que hacía mi abuelita en 1930, cuando compraba por teléfono y le llevaban a su casa toda la provisión de la semana en los almacenes Spotorno de la avenida Santa Fe de Buenos Aires.

Ya se sabe que el hombre es el único animal que tropieza en la misma piedra, por eso me atrevo a asegurar que nada llega para quedarse: la historia enseña que volveremos a hacer las mismas estupideces todo el tiempo.

24 de mayo de 2020

La nueva normalidad


Debo suponer que el gobernador de Buenos Aires no pensó lo que estaba diciendo cuando esta semana soltó que la normalidad no existe más. Seguro que quiso decir que ya no será la misma, porque la normalidad existirá siempre, igual que la anormalidad. Puede cambiar, eso sí, y lo que es normal hoy quizá deje de serlo mañana, y lo que es anormal ahora se puede volver normal la semana que viene.

Van algunas ocurrencias sobre esta nueva normalidad:

-Ya no habrá besitos menemistas. Confieso que los que más me molestaban son los que se daban los porteños entre hombres maduros; por ejemplo dos sindicalistas pesados cuando se encontraban en la puerta de la CGT; o dos policías barrigones al llegar a la comisaría 17ª.

-Dejaremos de tocarnos y saludaremos solo agitando la mano, como los bebitos.

-Cada uno con su mate: por fin nadie se quejará de la temperatura del agua, de la yerba, del remedio, de lo corta que quedó la cebada o porque lo saltearon en la ronda...

-Compraremos casi todo on-line, pero eso supone otras dos novedades: el pago por medios también on-line (ya existe en la Argentina) y la devolución de lo que no nos queda bien, de lo que no nos gusta o nos arrepentimos de comprar (estamos muy lejos todavía).

-Pueden terminarse los autoservicios, ya que eso de tocar la mercadería será mal visto por todos. El pago se hará sin tocar plata y se acabó la firma inútil de los tickets de las tarjetas.

-Los malls y los shoppings parecerán Chernobyl. Vuelven el antiguo mercado al aire libre que dio ágora a las ciudades y nombres a tiendas, plazas y bancos.

-Se terminarán los geriátricos tal como los conocemos, y quizá también las guarderías.

-Las casas deberán ser más grandes, para alojar a los niños y a los viejos. Es bastante más barato tener una casa un poquito más grande y que los abuelos se ocupen de los nietos cuando no están los padres, que pagar baby-sitter, la cuota del geriátrico, de la guardería y cantidad de estupideces que hacíamos hasta ahora para sentirnos independientes.

-Saldrá la AUP (Asignación Universal para Padres). Tenemos para los hijos, pero no para los padres que dependen de nosotros y que son tanto o más necesitados que los niños.

-No usaremos dentro de las casas el mismo calzado con que anduvimos por la calle.

-Habrá cada vez más descartables: vajilla, cubiertos, repasadores, toallas, botellas...

-Al banco no iremos nunca más. Ahora descubrimos que todo se podía hacer a distancia (esta semana me ofrecieron una cuenta y dos tarjetas sin firmar nada de nada).

-Estaremos más sanos. Los médicos son los héroes del momento, pero por estar concentrados en la pandemia y sus pacientes imposibilitados de salir, nos hemos enfermando mucho menos. Al final puede ser verdad eso que algunos sospechamos hace tiempo: lo que más enferma es ir al médico.

-En las iglesias se complican la comunión, el agua bendita y andar toqueteando y besando a la gente y a las estatuas.

-El fútbol puede dejar de ser un espectáculo y volver a ser un deporte de caballeros. Ganan los deportes en los que la gente no se toca, por eso son un problema los que se juegan en equipo y los que usan implementos que todos tocan: se puede jugar al tenis, pero hay que usar 400 tubos de pelotas por partido... El golf gana lejos entre los deportes del futuro.

-Las mascotas tendrán que adaptarse a las nuevas medidas: no puede ser que nosotros nos cuidemos y después andemos acariciando perros y gatos que quién sabe qué anduvieron haciendo por ahí.

17 de mayo de 2020

Lo malo es morirse solo


Recordaba el domingo pasado que bastante más de la mitad de los muertos por el coronavirus en España han muerto en geriátricos. Le refresco los números hasta ayer (que es cuando esto escribo): van 27.563 muertos por coronavirus, de los que 18.354 fallecieron en residencias de ancianos (el 66,5%). Números parecidos dan Italia, Francia, Alemania, Bélgica, Holanda y Gran Bretaña, países con pirámides de población bastante envejecidas gracias a que viven mucho y nacen pocos. Me preguntaba entonces: ¿vale la pena vivir tanto para pasar los últimos años en un geriátrico y morir solo? Es que lo malo no es morirse viejo; lo malo es morirse solo.

Pedía entonces y sigo pidiendo ahora que nos ocupemos de nuestros viejos. Y los llamo viejos y ancianos convencido de que no es una buena idea evitar los términos más castizos para referirnos a quienes han pasado la edad de jubilarse, han perdido la fortaleza de sus músculos o quizá la cordura de sus cerebros. Evitar decirles viejos es un modo de ignorarlos.

Las residencias de ancianos no son establecimientos de salud. Son actividades comerciales asimiladas a la industria de la hospitalidad, parecidas a un hotel o un club… y se inscriben como tales. A revés que los hospitales y sanatorios, donde la hotelería es secundaria, los geriátricos son primariamente hotelería y la salud es secundaria, y es lógico porque la vejez, igual que la infancia o los embarazos, no son enfermedades aunque necesiten algunas ayudas. Para los viejos hay fórmulas de todo tipo: urbanizaciones enteras, barrios cerrados, cadenas de hoteles para ancianos o veteranos de las fuerzas armadas, instituciones de caridad, residencias de día (como una guardería para niños), hogares de congregaciones religiosas como las Hermanitas de los Ancianos Desamparados o las Hijas de San Camilo…

Todo bien con las residencias de ancianos. Aunque las hay de todos los colores y algunas dejan mucho que desear, cubren una demanda que es la verdadera responsable de lo que pasó. Y lo que pasó es que el nuevo coronavirus entró en los geriátricos como el fuego en un pajonal seco: lo llevaron los mismos empleados, que andan por la calle y usan medios de transporte públicos. Basta con imaginarse qué pasa si uno solo de los empleados de un geriátrico llega con síntomas de coronavirus: no solo contagia a los ancianos sino que además obliga al personal a encuaretenarse en sus casas por dos semanas. La situación obligó a intervenir a la autoridad sanitaria española, que por verse desbordada en el pico de los contagios, debía elegir entre salvar a jóvenes o a viejos… y descartaba a los viejos.

Quizá con este panorama dejemos de quejarnos por la cuarentena prolongada. Es una ley de la física que cuando se achata una curva también se la alarga. En eso estamos: evitando los picos que nos pueden llevar a situaciones que nadie quiere, pero sobre todo protegiendo a nuestros ancianos, no de la muerte sino de la muerte solitaria.

También necesitamos de los adultos desde que nacemos hasta la mayoría de edad. Quizá por eso me pareció increíble una normativa española de estos días que prohibe hasta septiembre abrir establecimientos para niños de cero a seis años. Caí en la cuenta de que quizá la misma gente que abandona a sus ancianos en geriátricos, deja a sus hijos en guarderías ya antes de cumplir un año y hasta los seis. Los hijos, igual que los viejos, están para quererlos; no para dejar que los cuiden otros.

No se pierda lo más lindo de la vida por amarse a usted mismo. Por algo el Papa avisa a cada rato, con angustia, que nuestra sociedad civilizada está descartando a los ancianos y a los niños.

10 de mayo de 2020

Los viejitos


Vengo a denunciar la desaparición de los viejos. En su lugar se instalaron los adultos mayores, a quienes de vez en cuando les dicen abuelos aunque no tengan nietos (sería como decirle yacaré al carpincho). Ya nadie llama viejos a los viejos ni ancianos a los ancianos, como si fuera un insulto hablar en castellano o decir la verdad. No tiene nada de malo llegar a viejo; es al revés: una señal clara de buena suerte. Los manuales de estilo de los diarios discuten desde cuándo una persona es anciana, pero quienes no discuten son los epidemiólogos, que han situado en el grupo de riesgo del nuevo coronavirus a todos los que tienen más de 65. A esa edad se pueden tener canas, ser jubilado y hasta bisabuelo, pero le aseguro que de anciano no tenemos un pelo.

El pasado 23 de abril la Organización Mundial de la Salud dio el dato con dramatismo: más del 50% de las 110 mil muertes por Covid 19 que sumaba Europa ese día, habían ocurrido en geriátricos. A su vez reclamaba a las autoridades sanitarias mayor atención para las residencias de ancianos y para los viejos en general, a quienes llamó los grandes olvidados. Muchísimos de los viejitos de la Europa civilizada y democrática, viven en geriátricos, residencias, hogares… o como quiera llamarlos (es que también desaparecieron los asilos). Salvo en el caso de algunas congregaciones religiosas o entidades de bien público, cuidar a los viejos es una industria, un negocio para sus dueños y una fuente laboral para sus empleados.

Los ancianos que no viven con sus familias viven en esos geriátricos privados, que son un negocio respetable, necesario y floreciente, dada la demanda: la verdadera responsable de lo que pasa. Los hay de todo tamaño, tipo y color. En esas casas los viejitos son atendidos por profesionales de la salud y personal de servicio; unos y otros los cuidan –vamos a suponer que siempre muy bien y con inmenso cariño– pero antes y después hacen sus vidas: van y vuelven a sus casas en transporte público, salen de compras, interactúan con otras personas y, sin darse cuenta, buscan el virus y lo llevan al geriátrico, donde está concentrada la población de más riesgo de esta pandemia.

Pasó en todos los países donde la autoridad sanitaria –con toda la razón del mundo– obligó a encerrarse a los ciudadanos para achatar la curva de los contagios, también en la Argentina y especialmente en los barrios más ricos de Buenos Aires. De un día para el otro y sin tiempo de reacción, se quedaron cada uno en su casa y cientos de miles de ancianos en los geriátricos; juntos, pero cada uno más solo que un náufrago.

La pandemia ha desnudado –entre otras cosas– el egoísmo atómico de occidente y los ancianos han sido las primeras víctimas. Lo tremendo es que es un vicio de los países con mejor nivel de vida y también donde se vive más tiempo aunque así no valga la pena vivir. Les damos besitos a los hijos, amigos, colegas y vecinos pero descartamos a nuestros viejos en asilos. Tenemos lugar para guardar bajo techo vehículos de todo tipo y una inmensa cantidad de cosas inútiles y no tenemos una cama y una mesa de luz para nuestros viejos. Convivimos con perros y gatos pero despreciamos a nuestros propios padres. Desechamos por comodidad uno de los tesoros más valiosos de la vida familiar que es la relación entre abuelos y nietos.

Ya sé que puede haber casos difíciles o que requieran atención especial, pero así y todo deberíamos pensarlo más de cuatro veces. Abandonar a un viejo es tan grave como abandonar a un niño y sin embargo los dejamos en geriátricos que anestesian nuestra conciencia. Algo habrá que cambiar en las leyes, en la justicia, en la política sanitaria y previsional, en la arquitectura de las casas y en el sentimentalismo idiota de quienes, con los hechos, aman más a sus mascotas que a sus ancianos.

1 de mayo de 2020

El cisne negro


Estamos metidos en uno de esos torbellinos que hacen avanzar la historia a gran velocidad. Dentro de unos meses el mundo no será el mismo y nosotros tampoco. Hoy no es el mismo que hace apenas 60 días. Algunas tecnologías habrán muerto y otras nacerán. Lo que en febrero era negocio quizá no lo sea más en junio. Hace dos meses nos relacionábamos de una forma que dentro de otros dos meses nos parecerá de la época de Carlomagno.

No estábamos tirando fuegos artificiales por lo bien que nos iba y por tanto cualquiera de estos cambios será para mejor. Las crisis afilan el talento; tomamos decisiones que la prudencia jamás hubiera permitido en tiempos normales. Probamos lo improbable. Nos animamos a muchísimo más. Así funciona la audacia siempre. Por eso, la primera lección que tenemos que aprender es que es una tontería esperar a que las crisis nos expriman el talento. Con el tiempo el coronavirus habrá sido un cisne negro. Se llaman así a los hechos imprevistos que cambian el rumbo de la historia. La metáfora fue acuñada por el economista y matemático de origen libanés –y profesor en New York University– Nassim Taleb, y está basada en la rareza de los cisnes negros, pero sobre todo en una gran verdad que la historia no hace más que comprobar: por más que intentemos adelantarnos a los hechos con escenarios de todo tipo, siempre aparecerá un imprevisto que rompe todos los pronósticos; tenemos Plan A, Plan B y Plan C, hasta que aparece el cisne negro para dar por tierra hasta con el Plan Z.

Pero no hay que ser científico ni profesor en NYU para decir estas cosas tan obvias. La teoría del cisne negro explica mucho más: dice Taleb que la historia posterior termina acomodando su relato a los cisnes negros hasta parecernos natural y lógico lo que pasó. Y tan natural y lógico nos termina pareciendo que seguimos cometiendo el inmenso error de predecir el futuro basados en hechos del pasado. Ahí caen como moscas los políticos, los economistas, los estrategas, los consultores, los analistas… y los panelistas de ocasión que pululan omnipresentes en los canales de televisión, en las radios y en las columnas de los diarios, como esta.

Taleb nos dice que siempre, siempre, siempre, el futuro nos va a sorprender como nos sorprendió la pandemia en este 2020. Por eso hay que estar preparados de un modo mucho más borroso que preciso. No debemos disponernos para uno, tres o diez escenarios sino para enfrentar lo imprevisto. Entrenarnos en el cambio y sobre todo en la velocidad para adaptarnos al cambio. Abrir bien la cabeza. Leer a los clásicos. Ampliar horizontes. Volver a las fuentes. Basarnos en patrones seguros.

Ahora toca buscar cómo salir sin consecuencias graves del ojo del huracán. No va a ser fácil porque hay que encontrar el rumbo esquivando chapas voladoras, árboles sacados de cuajo, animales llevados por el viento, junto con plantas y pedazos de mampostería… pero saldremos porque si algo está claro, aunque sea del pasado, es que siempre salimos, con cara de velocidad y contando las bajas, pero salimos.

Sigamos el consejo de Taleb y no miremos el pasado para saber qué vendrá en el futuro inmediato. De esta vamos a salir mirando para adelante, estrujando el cerebro, afinando el talento… y trabajando, pero sobre todo animándonos a lo que venga, que ya le decía que estoy seguro de que va a ser mucho mejor, aunque no pueda usar ningún argumento del pasado para demostrarlo.

Y tenga en cuenta siempre que, por más raros que parezcan, los cisnes negros son plaga.

29 de abril de 2020

Dejemos trabajar a la historia

“Se podría aniquilar este coronavirus con una luz ultravioleta que metemos dentro del cuerpo, a través de la piel o de otra manera. También está el desinfectante, que noquea al virus en un minuto, podríamos inyectarlo como si fuera una limpieza general; y si se pudiera introducir en los pulmones, seguro que lo haría muy bien”, algo así dijo Donald Trump el viernes en su habitual briefing con la prensa en la Casa Blanca. Cuando los periodistas se le fueron al humo tuvo que aclarar que era un comentario sarcástico para jorobarlos.

Jajajajaajaja, que divertido, habrá escrito alguno en WhatsApp, pero lo cierto es que la compañía productora de Lysol (el desinfectante más popular en los Estados Unidos) tuvo que salir urgente a pedir a los usuarios que no se les ocurra tomarlo ni inyectárselo por ninguna vía.


Luc Montagnier es el descubridor del VIH, el virus del Sida. Le dieron el premio Nobel de Medicina en 2008 por abrir el camino a la cura de este durísimo flagelo. Bueno: el jueves 16, en el programa L’Heure des Pros del canal CNews de la televisión francesa, le preguntaron al profesor Montagnier unas cuantas cosas sobre el Covid 19. Y entre otras respondió que ve la cura del nuevo coronavirus en las ondas electromagnéticas. Montagnier no es ningún improvisado, pero también es de los antivacuna y de los que cree que el virus se escapó de un laboratorio chino.

Como estas dos, tengo una colección interminable de videitos con curas del Covid 19, todos grabados por médicos diplomados y con cara de sabios (lo que no entiendo es por qué se visten de médicos para grabar un video). Uno dice que esto se cura con inhalaciones de eucalipto. Un farmacéutico peruano asegura que solo hay que modificar el PH de la garganta haciendo gárgaras de sal cuatro veces al día durante siete días. Al principio de la cuarentena nos decían que ni se nos ocurra usar barbijos si no estábamos contagiados y te trabajaban la moral con que si comprabas uno se lo estabas sacando a un médico. Semanas después nos obligaron a todos a usar barbijos, pero les cambiaron el nombre para disimular. Hay un video que asegura que dos medidas de whisky al día te salvan del virus y te alegran la tardecita; parece lógico que si el alcohol deshace el virus de las manos también lo aniquile en la boca y faringe. Anteayer me aseguraron que la mayoría de los fumadores no se infectan; cosa rara porque los fumadores siempre tienen mayores complicaciones en cualquier enfermedad pulmonar, pero aproveché y me fumé un charuto.

Después están los amigos de la cloroquina –o hidroxicloroquina– , auspiciada por otro francés, medio hippie, que se llama Didier Raoult. La cloroquina es un derivado de la quinina, remedio habitual para paliar los efectos del paludismo. El problema de la cloroquina es que puede producir arritmias cardíacas, hipoglucemia y efectos neuropsiquiátricos como agitación, confusión, alucinaciones y paranoia. Además las sobredosis de cloroquina son altamente tóxicas, causan convulsiones, coma y paro cardíaco. Para colmo nadie está seguro todavía si sirven o no para el coronavirus.

Lo que está bien claro es que todavía no se sabe casi nada del coronavirus. Y si no sabemos nada, no improvisemos y hagamos caso a las autoridades sanitarias, que aunque sepan poco, son prudentes y no andan inventando tonterías.

Y ahora aplique la misma receta a la economía, también repleta de gurúes en todo el arco ideológico. Es tan inédita la situación en la historia de la humanidad que es inútil pensar la economía para el mundo poscoronavirus con estándares precoronavirus. Mejor dejemos trabajar a la historia.