Fue un sábado a la noche del mes de enero, pleno invierno en las Montañas Rocosas del centro de los Estados Unidos. Como la vista no me daba, me bajé del auto a mirar los horarios de misa en la cartelera de la parroquia. Para mantenerlo caliente, dejé el Chevy encendido y cerré la puerta. El auto quedó irremediablemente bloqueado y yo a la intemperie, con 14° bajo cero y apenas abrigado con un buzo, muy cómodo para manejar pero imposible para ese frío en el que iba a durar muy poco tiempo con vida. Toqué el timbre de la casa más cercana, que resulto ser la del párroco. Gracias a Dios (nunca mejor dicho) me abrió la puerta y me obligó a entrar para salvarme la vida. Pero además había que solucionar el problema del vehículo en marcha, en plena calle, bloqueado y con ese frío... El cura ya estaba abrigado y con sombrero, listo para salir, así que me mostró el teléfono (fijo, por supuesto) y me pidió que me apure, si podía...
Llamé a emergencias (debía ser el 911) y atendió una grabación de esas que tienen varias opciones. Si necesita asistencia marque el 1; si su problema es médico marque el 2; si lo están asaltando marque el 3; si está presenciando un delito marque el 4... Aunque ahora invento las opciones, porque no me acuerdo en detalle cuáles eran, le aseguro que no exagero nada.
Cuando vio mi cara, el cura me sugirió que llame a la policía y me dio el número. En el menú de la estación de policía por lo menos había la opción de ser atendido por una persona de carne y hueso, que estaría de guardia en ese momento y que, con entendible poca paciencia, me explicó que tenía que llamar a un cerrajero y no a la policía.
Buscamos el número de un cerrajero 24/7, que atendió de una. Me pasó el precio, bastante caro, y me advirtió que debía pagarlo antes porque destrabaría el carro en tres segundos. Al bueno del cura se le agotó el tiempo, así que me dejó su casa a mi disposición mientras llegaba el cerrajero, con la precaución de que cuando saliera la puerta quedara bien cerrada, cosa que me impediría volver a entrar. Allí me quedé, esperando en una ventana la llegada del cerrajero que, tal cual, tardó nada en abrir la puerta con el mismo método que usan los ladrones, supongo.
Me acuerdo de este episodio cada vez que me enfrento con un contestador automático. Suele ocurrir cuando tengo un problema con el banco, con la luz, con internet o con el servicio que sea. Opciones imposibles, que mueven a elegir la de ser atendido por un representante, pero esa opción es peor todavía: en este momento todos nuestros representantes están ocupados, aguarde un instante por favor. Pasan horas esperando en vano: los representantes no existen y no atiende nadie, nunca. Para colmo la inteligencia artificial puesta para resolver esos problemas es más inútil que la botonera de un ascensor.
La diferencia entre el cura de Boulder y el contestador automático –entre una persona de carne y hueso y el oxímoron de la IA– va a ser esencial en los próximos años de nuestra civilización. No tenga dudas: apueste siempre por las personas, por el cerebro y el talento inigualables de cualquier ser humano. Por más corto que sea de mollera, va a ser mil veces mejor que un engendro artificial.
