13 de enero de 2010

Celular

El viernes a las 8.15 de la tarde dejé olvidado un maletín en el colectivo 132. Me di cuenta apenas cuatro minutos después de bajarme en la terminal de ómnibus de Retiro. Volví sobre mis pasos a toda carrera a buscar el colectivo, pero ya se había perdido en la galleta de tráfico de esa hora en Retiro. Me fui a una parada a ver si venía, pero solo encontré a un inspector. "¿Qué coche era?" preguntó y siguió "¿Tiene el boleto?". Lo tenía, ya empapado por el sudor, en el bolsillo de mi camisa. Me confirmó que el coche 28 -uno de los largos- ya estaba de nuevo en el recorrido. Mientras él buscaba al inspector de Córdoba y Florida con un Nextel yo llamé a Foncho Acuña, en El Territorio, para que avisen a la boletería de Río Uruguay en Retiro que iba a llegar con retraso al ómnibus.

Cuando el inspector me confirmó que habían encontrado mi maletín y que estaba en poder del chofer camino a la terminal del 132 en el Bajo Flores, volví corriendo a la terminal. En la boletería, dos plantas arriba, me avisaron que me esperaba en la calle, dos plantas abajo, enfrente al Carrefour. Seguí corriendo. Me dejaron subir al ómnibus por la cara ya que el ticket estaba en el maletín. Cuando hablé desde mi butaca con la terminal de Nuevos Rumbos, me advirtió cómplice Alberto Pérez que el 28 llegaría a eso de las 9.30 y que vaya a buscarlo ahora, porque "estas cosas desaparecen". Sebastián Rodríguez Loredo, el encargado de Expreso Jet en Buenos Aires, fue a buscarlo y me lo envió a la oficina cuando volvía de Posadas. Llegó con todo lo que llevaba, que no eran más que papeles, unos anteojos... y el tercer tomo de Millenium, de Stieg Larson.

Ahora tengo que recuperar páginas.

13 de noviembre de 2009

Malos perdedores

En los partidos de fútbol de mi infancia y adolescencia mis amigos futboleros elegían a los jugadores después de sortear los turnos al pan y queso. Los que armaban los cuadros avanzaban enfrentados y alternados -uno pan, el otro queso- un pié tras otro, dedos con talón, hasta que uno pisaba al otro: ese era el ganador. Por queso nunca gané ni perdí al panqueso: era el último al que elegían y para colmo fungible. Me cambiaban de equipo en mitad del partido y mentían que era para balancear fuerzas: los que perdían pedían un jugador a los que ganaban y ahí iba yo, como un desecho, del ganador al perdedor cuando ya me había encariñado con mi escuadra. Otras veces me mandaban al arco, a ver si hacía algo con las manos ya que era evidente que no tenía habilidad con las piernas. Ahí duraba hasta el primer gol que venía irremediable con el siguiente ataque contrario. Todavía me suenan los gritos de los defensores que habían dejado escapar al enemigo: "¡Salile, salile!" Era un colador...

Nunca entendí por qué era una obligación jugar al fútbol; en el colegio, en el barrio, entre mis amigos y con quien sea. Y veían fútbol en la televisión aunque fuera el partido de Sacachispas contra Sportivo Barrufaldi. En una época también íbamos los domingos a la cancha, casi siempre a ver a River o Boca. Mientras ellos miraban el partido yo me divertía con el espectáculo y surfeaba las avalanchas que ellos sufrían por estar distraídos con el fútbol (creo que no hay más avalanchas en las tribunas: ahora hacen olas).

Podía soportar casi todo de mis amigos futboleros, menos el llanto. Nunca entendí a los que se enfurecen cuando pierden. Y confieso y declaro solemne que estos tipos tan machos y aguerridos, calzados con zapatos de estoperoles y camisetas auriazules, lloraban como marranos cuando perdían y ni saludaban a sus vencedores. Nunca lo soporté y lo siento mucho por ellos, aunque sé que no lamentaron para nada que dejara las canchas para no presenciar semejante costumbre.

No entendía y no entiendo todavía a los malos perdedores y después de años de observación he descubierto que son también malos ganadores: cuando ganan se regodean más en la humillación del vencido que en la gloria de la propia victoria. Si en los deportes se gana y se pierde debería ser tan probable una cosa como la otra y supongo que se disfruta más del éxito cuando se ha conocido la derrota. Los que solo quieren ganar pretenden que los otros solo puedan perder y eso debe ser una injusticia.

Los malos perdedores son sátrapas monopólicos del deporte. Malos compañeros y nada caballeros. Ahora los veo por televisión vestidos de Selección Nacional: señores grandes que hacen pucheritos porque salen segundos.

Ninguno de mis amigos futboleros llegó a político conocido, pero supongo que unos cuantos, iguales o peores que ellos, cambiaron de deporte cuando el músculo no les dió para más. En la política o como funcionarios hacen lo mismo que hacían en la cancha cuando éramos chicos. Son malos perdedores y peores ganadores. Solo quieren ganar y no saben para qué.

1 de noviembre de 2009

Libros regalados

Hurgaba en los estantes de libros usados de la librería El Río de San Isidro los sábados a la mañana cuando vivía por allí y compraba las novelas de a cinco, a muy buen precio y con descuento por cantidad. Un día apareció La guerra del fin del mundo, de Mario Vargas Llosa. La buscaba hacía tantos siglos que ya la creía en el Cementerio de los Libros Olvidados. Todavía tiene el precio escrito con lápiz en la primera página: 14 pesos, una broma. Después de pagarlo le dije al librero que valía muchísimo más que el monto ridículo que acababa de entregarle. Se encogió de hombros como si no le importara regalar sus tesoros mejor guardados. Después pensé que si los libros tuvieran sentimientos preferirían fecundar una inteligencia a quedarse para siempre en el anaquel de una librería y que eso explicaba su baratura. Desde entonces trato de prestar o regalar los libros que duermen aburridos en los estantes de mi biblioteca. En las manos de alguien les doy la oportunidad de mejorar este mundo.

19 de octubre de 2009

Esclavos de sus palabras

Algo genético, ancestral e impensado se coló de un modo misterioso en la política latinoamericana. Lo hizo como por ósmosis. ¿Será que se contagió porque los líderes de nuestros pueblos no se lavan las manos? ¿O es que lo que no se lavan es la boca? No lo sabemos, pero de repente apareció el insulto y se quedó con nosotros como una política de Estado: ahora lo que funciona es insultar al que esté adelante, sean militares, curas, periodistas, aborígenes o vecinos. Denigran lo que venga y en fila india de mayor a menor: a los comerciantes, a los empresarios, a los uruguayos, a los colombianos, a los artistas, a los árbitros, a los filósofos, a la universidad, a los profesores, a los judíos, a los españoles y a los gringos…, y no sigo porque se me agota la paciencia y me hierve la sangre, y a mí también me dan ganas de insultar a los que insultan y así caigo justo en lo que ellos quieren.

Tanto se ha colado la injuria en nuestro pueblo que me atrevo a afirmar que no tiene la culpa del contagio la falta de higiene ni la ósmosis sino el teléfono: esta gente se cuenta por línea directa a la noche cómo le fue con los insultos de ese día y después programa para el siguiente: “Mañana voy a ultrajar a los policías”, dice un mandatario malhablado de mil demonios a su colega boca sucia. “Perfecto, porque yo voy a vituperar a los embajadores de tal por cual”, le contesta el otro puteando en arameo.

Como el ejemplo cunde y ya es política de Estado internacional, los insultos se han impuesto desde el podio, el atril y el púlpito. Se insulta por televisión, por radio, por internet y hasta por megáfono. Se menta a la hermana y se carga a la madre y a la abuela y a toda la parentela incluyendo colaterales hasta el quinto grado de consanguinidad. Se mofan de tu cara y de tu estatura, se burlan de tus antepasados y se quedan tan tranquilos. Te calumnian, te maldicen y te denigran con palabras, como si las palabras no tuvieran valor ninguno.

Es que nuestros gobernantes se han vuelto nominalistas. Les da lo mismo decir una cosa por otra, total las palabras han perdido valor para ellos. Es igual mentir que decir la verdad y se han enmarañado en tal selva de fonemas que es indistinto decir bueno que malo, blanco que negro y rico que pobre. Pobres son ellos, de solemnidad intelectual, porque ni siquiera saben el aforismo elemental que dice que el hombre –el ser humano– es esclavo de sus palabras y señor de su silencio. Cuando abren la boca y salen sapos y culebras van encadenando su futuro y como los ciega la soberbia y jamás retroceden, arreglan un insulto con otro peor, como el tonto que se golpea la cabeza para olvidarse de que lo que le duele es el pie.

Y así estamos. Como el ejemplo cunde y los ignorantes se multiplican, aparecen maleducados por doquier. Total las palabras tienen entidad y es igual mentir que decir la verdad.

¿De quién es la culpa cuando un débil mental injuria a sus semejantes? De los que le dan mal ejemplo insultando todos los días a los que tienen más cerca. Pero eso no es nada: lo que están haciendo los gobernantes que instauran el insulto como política de Estado es crispar a nuestras sociedades hasta límites de los que no se vuelve. Si no saben que son esclavos de lo que dicen, tampoco saben que se cosecha lo que se siembra y que a las palabras no se las lleva el viento: forman una bola de nieve –de mierda, con perdón– que crece hasta tornarse inllevable y aplastar al que las pronuncia.

No hay que graduarse en ninguna universidad para saberlo, que estas cosas se aprenden en la casa. Por eso decíamos en la mía cuando éramos chicos y nos tirábamos con miguitas de pan: "así empezó la Segunda Guerra Mundial".

7 de septiembre de 2009

Reunión de traficantes

Me gusta la idea de una patria sudamericana, grande, libre y hermosa; desarrollada, culta, amable y trascendente. Y amante erótica de la naturaleza. Y respetuosa y hospitalaria con todos los habitantes del mundo, con sus creencias y sus culturas y con quienes habitaron este suelo antes de venir mis abuelos a mezclarse y formar este pueblo variopinto, mestizo y caótico que ama con pasión y no gasta un segundo en el odio a sus semejantes. Me enamora una patria sudamericana tal como la soñaron nuestros libertadores y sueño yo también con que un día se hará realidad.

Como soy optimista, veo muchas veces señales súper interesantes en la política exterior de nuestros gobiernos. Pero tengo que confesar que tantas veces como me alegro por los avances, me desaliento a causa de los desencuentros. Y entonces espero que alguna vez las cosas empiecen a avanzar a buen paso: será cuando los avances superen a los retrocesos en este plan de unión de nuestra América mestiza.

Con todas estas advertencias me dispuse a ver por televisión la reunión extraordinaria de presidentes de la Unión de América del Sur. Confieso que me di un atracón de presidentes y descubrí que la televisión no es solo buena para los partidos de fútbol, las recetas de cocina o las películas nostálgicas. En algún momento me imaginé lo que hubiera ocurrido si se televisaba en vivo y en directo a Bolívar y San Martín en la primera Cumbre Sudamericana del 26 de julio de 1822 en Guayaquil: quizá se parecieran a los de ahora, peleando cada uno por sus ideales cuando la patria era inmensa y el enemigo vivía en un palacio de Madrid. A propósito, y ya que estamos, creo que Guayaquil debería reivindicar para sí la condición de primera sede de una cumbre americana y obligar en el conteo a agregar ese número a las que van contabilizadas.

Vi y oí los discursos y discusiones en el Hotel Llao Llao de Bariloche con una ansiedad desconocida. No me importaron esta vez las diferencias porque sé que tiene que haberlas. Lo único que me preocupó es caer en la cuenta de que quien divide a nuestra América es la droga que se consume en Estados Unidos y Europa. Mientras una mercancía tan pequeña valga tan cara, esto seguirá siendo un berenjenal. Y mientras quienes sufren el flagelo del consumo sigan atacando el tráfico, lo único que harán es aumentar el precio y mejorar el negocio de los traficantes: No se evitan las muertes persiguiendo al fabricante de ataúdes.

Pero eso no es nada y además es casi un lugar común: Resulta que también descubro que los países grandes y perfectos, donde se consume casi toda la droga que se produce en nuestro suelo, fabrican y venden armas eficacísimas para matarse los seres humanos, sobre todo nosotros, los que estamos lejos de ellos… y aquí no quiero nombrar a los países sudamericanos más ricos, que venden armas a sus hermanos más pobres. Si al final aquella discusión de Bariloche parecía una reunión de angelitos con traficantes de drogas y de armas, entreverados por momentos y a ratos distanciados; y que cada cual se ponga el sayo que le quepa, que no estoy yo para sastre de trajes a medida. Fue entonces cuando me pregunté con un nudo en la garganta si no hay nada más urgente en nuestra América querida.

Otra realidad terrible que percibí mientras oía los chistes con segundas intenciones, las guiñadas de ojo y los cuchicheos esporádicos: nadie está dispuesto a hacer ni medio milímetro de lo que exige a su vecino. Y eso no debe ser así. Todos somos celosos para que nadie se meta en nuestros asuntos y todos nos metemos en los asuntos ajenos ¡Vaya canallada! Todos queremos que nos acepten como somos, y maldecimos al mundo porque los demás no son como queremos ¿Estamos locos? Todos queremos imponer nuestras ideas después de decir a los gritos que respetamos las ajenas ¡Muy mal!

Pasarán. Los gobiernos y las personas pasarán como pasaron los que nos precedieron y como pasaremos nosotros. Un día nuestros presidentes de hoy serán un mal o un buen recuerdo. Unos tendrán monumentos y otros una calle periférica en la Ciudad del Olvido. Nuestros países, en cambio, seguirán. Y seguirán cada día más unidos a pesar de sus diferencias. Necesitamos conversar entre nosotros y educar a nuestros pueblos. Lo demás vendrá solo.

10 de agosto de 2009

Federico Peltzer

La muerte de Federico Peltzer, que era más pariente de mi padre por sus madres que por el apellido que compartían, me hizo acordar de mi examen de Economía Política. No sería difícil conseguir la fecha ni el nombre del profesor, de los que no me acuerdo. De la nota sí que me acuerdo.

Habíamos cursado la materia en épocas locas de la Argentina y de la Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires. Ahora sé que épocas locas son casi todas las que viví, pero en aquellos años teníamos esperanzas, aunque pasábamos a los ponchazos de la izquierda montonera a la derecha legionaria. Nos acostumbramos a las asambleas y al gas lacrimógeno y a los tiroteos y a las bombas. Un día en el bar de la planta baja repartieron armas a muchos de los presentes. A José, que tomaba una coca conmigo, lo llamaron para preguntarle que hacía con ese facho.

Rendimos Economía Política con Ricardo, un uruguayo que estudiaba en Buenos Aires porque en Montevideo las cosas andaban también complicadas. La mesa estaba convocada en el Instituto, que controlaba aquella cátedra: un entrepiso al que se accedía desde el pasillo sur de la planta principal, casi llegando al hall de pasos perdidos que da a las vías de Retiro.

La sala estaba llena de estudiantes alrededor de una mesa grande. El tribunal se había instalado a un lado, sobre un estradito en el que había una mesa más chica. En la pared de sus espaldas presidía la sala un gran mapa de la República Argentina. Nos sentamos en un banco corrido, dando la espalda a la pared lateral, a mitad de la sala. De vez en cuando hacíamos comentarios, pero nos habremos puesto cargosos porque el profesor que presidía el tribunal nos miraba de vez en cuando. Entonces nos callábamos un rato. Pero volvíamos a la charla alentados por algún error del que rendía en ese momento o para contestarnos antes entre nosotros, como en los concursos de la televisión. Los exámenes orales en la facultad eran una amansadora, pero agradezco al Cielo haber ligado más de la mitad del alfabeto antes de mi apellido, porque aprendí más oyendo exámenes que en las clases o en los libros.

¡Peltzer, haga el favor de callarse! me gritó ya cansado el profesor canoso, colorado y regordete. Y dijo algunas cosas más sobre el respeto a los profesores y estudiantes que sonaban a bochazo inminente: ahora debía enfrentarme a un profesor enojado que para colmo había hecho gala de conocerme, aunque era la primera vez que lo veía.

Subí al cadalso poco después del altercado. No tuve ni tiempo de pedir perdón ni de rezar mis últimas oraciones. En cuanto me senté, aquel hombrecito me contó que gracias a mi padre acababa de ganar un juicio descomunal... A mi padre el camarista civil que había fallado a favor de su cliente en una causa complicada. Supongo que habrá dicho que el mérito era suyo y todas esas cosas que dicen los mandapartes, pero no lo recuerdo. Si, en cambio, recuerdo que expresó su amistad con Federico -mi padre, el juez- y también que hablaba con una seguridad absoluta sobre mi filiación. Intenté con timidez aclarar el error, pero el verdugo se había vuelto tan verborrágico que no me dejaba meter ni un monosílabo. Lo dejé seguir, con vértigo de muerte, hasta que nos abocamos a la ejecución.

Me señaló entonces el mapa a sus espaldas. “Si la línea de la oferta va de Salta a Bahía Blanca y la de la demanda va de Misiones a Neuquén, ¿dónde queda el precio?” preguntó. “En Córdoba” contesté y me puso un nueve.

Supongo que el punto que falta para el diez fue la penitencia por hablar con Ricardo, porque el examen fue impecable. Con el tiempo averigüé que uno de los hijos de Federico -que mi padre llamaba Marcelo- tiene mi edad y que esos Peltzer de Adrogué, aunque sean parientes lejanos, se nos parecen bastante a los de San Isidro. En la esquela de La Nación veo dos varones que deben tener más o menos mi edad, Federico y Juan Francisco: a uno de ellos le debo toda la Economía Política. A Marcelo, mi tío, lo conocí muchos años después en Posadas, cuando vino a presentar Aquel sagrado suelo.

28 de julio de 2009

El rey

Aquel día me puse un traje con chaleco. Lo odiaba porque es para barrigones: tienen que quedar muy justos para lucirlos y yo era un flaco escopeta al que toda la ropa le quedaba grande. Tenía clase en los sótanos de la Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires. No había materia ni profesor más aburridos y entonces nadie se imaginaba que alguna vez aquel abogado cordobés de apellido gallego y hablar soporífero llegaría a presidente de la Nación.

Pero no me había puesto traje por el derecho procesal. Esos días estaba en Buenos Aires el rey de España y aquella mañana le regalarían el título de doctor en nada. Un honoris causa de cortesía y para que me lo des también a mí, supongo. El chaleco aquel no me debía quedar tan mal porque entré por la puerta grande, la de las columnas dóricas monumentales al final de la escalinata y las puertas musolinianas que dan al inmenso hall de pasos perdidos. Entré como Pancho por su casa hasta el salón de actos, el del cuadro de la fundación de la universidad en la iglesia de San Ignacio. Me senté en la misma butaca de pana colorada en la que había esperado el número 605 que me tocó el día de mi examen de ingreso, cuando rendí toda la historia universal sobre aquel escenario, debajo de Martín Rodríguez y Antonio Sáenz.

En la investidura el rector se afanó con mismos y vuestros como una azafata de Aerolíneas Argentinas. Después, una voz militar leyó el acta policial que estampaba el doctorado a su majestad por sus méritos sobrados en busca de la paz y la concordia de los pueblos. Luego el rey pronunció su clase magistral, preparada por el gost-writer académico. Al final se anunciaron unos sanguchitos en la sala de profesores. Era hora de dejar a los próceres en su rutina oficial, pero al salir me topé con el director del Instituto de Cultura Hispánica, amigo de mis padres. “-¡Gonzalo!”, me llamó “¡qué suerte que te veo!” y me explicó que durante los días de la visita real preparaba temas de conversación para no quedar mudo ante su majestad. Y que uno de esos temas había sido mi abuelo el general y mi madre que vive en la Argentina desde su matrimonio con mi padre. Mi abuelo había sido director de la academia militar de Zaragoza en tiempos del príncipe cadete, que se refugiaba seguido en casa del general para escapar a ciertos amontonamientos molestos de la vida militar.

Me aleccionó en el protocolo real y en la sala de profesores me presentó a su majestad, que tenía curitas en dos o tres dedos de las manos por jugar al squash y no por los flippers de palacio, según me contó después. Creo que hice todo bien porque el rey en persona me presentó a su mujer “-ven que te voy a presentar a la reina” justo cuando le traían un libro de visitas ilustres que sus majestades firmaron como Juan Carlos, Rey y Sofía, Reina.

Cuando el rector de la Universidad decidió con audacia que había llegado el momento de mostrar el edificio al nuevo doctor, solo le señaló el camino. Los reyes se pusieron en marcha hacia la puerta que después de un vestíbulo comunica con el otro gran hall de pasos perdidos, el que mira las vías de Retiro. Esas salas estaban mugrientas y llenas de estudiantes, incluida la Campesina Rusa. Los demás señorones los seguían detrás con los hombros encogidos de espanto. Se me ocurrió entonces que un estudiante sería buen guía por aquel edificio peronista. Así que me acerqué y les pregunté qué les gustaría conocer, con la aclaración presuntuosa de que nadie conocía ese edificio como yo. “Lo que tú digas” contestó don Juan Carlos y le contesté que los llevaría a mi clase.

Así fue como un día entré en mi clase de derecho procesal con un rey de cada lado y se los presenté a Fernando de la Rúa y al resto de mis compañeros.

22 de julio de 2009

La hermana mayora

En el interior del Paraguay piensan en guaraní y dicen que por eso feminizan mayora y menora, sobre todo a las hermanas o a los hijos que tienen esa condición: "-aquí viene la mayora, que está para cumplir los quinces años" dice la madre (con toda lógica si nos oye decir madre superiora y hojas verdes). Y también llaman tambora al tambor, pero cuando lo busqué en el diccionario me entero de que, como casi siempre ocurre, en el campo hablan castellano rabioso.

25 de mayo de 2009

Esta gripe me enferma

En todos los aeropuertos latinoamericanos hay una monjita. A veces dos, o más todavía. En el de Buenos Aires, además, siempre hay un rabino. Bueno, yo les digo rabino, con respeto y admiración, a los judíos de traje y sombrero negros y camisa blanca y ya sé que son Lubavitch. Pero ni las monjitas ni los lubavitches se salvaron esta vez de la gripe porcina, la que se nos pegó del chancho y justo en algún lugar de México por estricta casualidad. En seguida unos castigaron a México y otros a los cerdos, que también son inocentes.

Llevo unas semanas de aviones y aeropuertos y la cosa está muy pesada. Las lindas azafatas de mostrador se han vuelto cirujanas, con barbijo y guantes y un bolígrafo para extraer apéndices y cambiar válvulas del corazón de los pasajeros. Los changarines y emplasticadores de maletas se convirtieron en bandidos asaltantes de diligencias. En la Argentina, para mantener nuestro estilo nacional, casi ningún empleado del aeropuerto tiene puesto el barbijo donde debe ser: lo llevan en el cuello, como los motoqueros llevan el casco ensartado en el brazo por la visera. Y hacen con los ojos muecas de “¡lo que tenemos que aguantar!”

Siempre hubo que rellenar un par de formularios de esos en los que hay que encajar el nombre en cuatro casilleros y el sexo en diecisiete: preguntan si uno piensa atentar contra el vicepresidente de la nación o si trae un oso polar entre sus pertenencias. Ahora han sumado otro en el que hay que consignar si le duelen los ojos, si ha sentido escalofríos adentro de los huesos y si se ha estado besando con extraños. No deben creer una palabra de la declaración jurada porque después miden la temperatura con un rayo infrarrojo de esos para encontrar vietcongs en la oscuridad. Y preguntan en qué asiento viajó y el número de celular, por las dudas haya que guardarlo en cuarentena en la Isla de los Estados.

La gripe porcina ha complicado los viajes, pero no tanto como la estupidez colectiva. Ha conseguido exacerbar la histeria generalizada de los habitantes de los aeropuertos, de los comunicólogos estupidizados y de los imbéciles consuetudinarios. Ahora sabemos que lo que se dice gripe -sin adjetivos ni nacionalidades- mata a 36.000 norteamericanos por año... sin contar a los chinos de la China o indios de la India que mueren con la misma gripe que nos toca a todos y que algunos pasan de pié sin más curas que un poco de paracetamol.

“Durará lo que dure en los informativos” leí de ojito en la contratapa de La Vanguardia en el aeropuerto de Barcelona. Dice el doctor entrevistado -un tal Amiguet- que esta gripe es más benigna de lo que imaginaba en un principio, que está resultando suave, poco contagiosa y poco peligrosa. Los cientos de miles de muertos anuales por gripe no merecen ni un segundo de televisión ni un titular de periódico, ni siquiera en Internet; pero ésta, justo ésta, merece que nos alarmen por la televisión los presidentes, reyes y primeros ministros. Y termina pidiendo que utilicemos el circuito neuronal de la razón y el sentido común humanos y que bloqueemos el centro neuronal del miedo que compartimos con los animales.

¿Habrá algún negocio detrás? Seguro, pero no son los fabricantes de barbijos o los laboratorios: esos aprovechan la volada como los vendedores de paraguas bailan cuando llueve. El negocio de la gripe no es la medicina sino la anestesia, pero la anestesia colectiva, la que duerme al pueblo. Si hay un tema en la agenda informativa que tapa los escándalos y la corrupción hay que inflarlo como un globo aerostático. Desde entonces sospecho que los funcionarios que hablan de mucho de la gripe mexicana están desviando la atención al cerdo. Y ya se sabe que la culpa no es del chancho.

4 de marzo de 2009

Darwinion

Debe haber pocos lugares en el mundo con una geografía tan borgeana como el Barrio Parque Aguirre de San Isidro. Las calles circulares se cruzan hasta dos o tres veces entre sí o se vuelven tangentes, sin casi molestarse. Forman un laberinto en el que pocos saben cómo encontrar una casa o salir del barrio y los taxistas no quieren entrar, asustados por las horas que perderán buscando la avendia Libertador. A la noche hay que usar las piedritas de Hansel y Grettel...

Pero hay un lugar que solo se encuentra cuando uno ya está perdido: un pequeño palacio estilo art deco que nadie sabe qué hace allí. Una pesadilla para todos, pero en especial para mi madre que lo tenía por templo de una religión extraña, potenciado el misterio por la sombra pesada de las tipas y las plantas salvajes que lo rodean. En el portal unas letrotas apretadas de palo seco dicen DARWINION.

Años después Marcelo Vázquez -un amigo biólogo con quien compartimos república cuando éramos estudiantes- trabajó en el Darwinion. Entonces supe que aquello era un instituto de botánica. Después de graduarse, Marcelo investigó allí unos ficus y la avispita que los fecunda. Viajaba a la selva vestido de Indiana Jones con una ballesta de Guillermo Tell que le permitía bajar las ramas de los árboles para llevarse muestras a su herbario. Esos árboles inmensos solo pueden reproducirse si el insecto preciso que le corresponde -ninguna otra especie ni género- anida en su fruto. Por eso, me explicaba Marcelo, no se reproducen los gomeros gigantes de Buenos Aires, los que mandó traer Sarmiento de la India: las avispitas no resisten el desarraigo y se quedan en la India o se mueren por el estrés del viaje.

Volví a encontrarme con Charles Darwin en las islas Galápagos hace unos pocos días, entre el vaivén materno de las olas y el arrullo abrigado del motor: los barcos son máquinas perfectas de dormir. En mi equipaje llevaba una edición antigua de El viaje del Beagle. Se cumplían 200 años, casi día por día, de su nacimiento y el de su mellizo Abraham Lincoln. En nuestro Beagle con GPS y yaccuzi viajaban también dos matrimonios argentinos, de la casi desconocida localidad de Punta Alta. Desconocida para todo el mundo menos para Darwin, que descubrió allí más fósiles que en ningún otro sitio de su jornada alrededor del mundo: le sorprendía comparar los armadillos vivos con los gliptodontes desenterrados en la ría de Bahía Blanca. Coincidencias de la vida porque aquellos paisanos no tenían ni idea del parentesco darwiniano de las islas con su pueblo.

Un dentista de urgencias me aseguró una vez que mi generación era la última con muelas del juicio: los más jóvenes ya vienen si ellas. Justo a mi me había tocado ser la bisagra de este cambio fenomenal en la especie humana que hace dos millones de años necesitaba más muelas que ahora para desgarrar mamuts. Maldije la manía de meterse en medio del proceso: si nos hubieran dejado evolucionar tranquilos, como a los armadillos en sus pastizales, me libraba de la escabechina en cuatro ocasiones.

Con las tortugas de las islas pasa lo mismo porque crecieron a sus anchas sin las ansiedades humanas. Son las mismas del pet-shop de la esquina, pero grandes y pesadas como un becerro. Estoy seguro de que si las alimentamos unos 400 años, las de Santiago del Estero se ponen como un caballo. Por cierto, en España llamaban galápagos a las tortugas antes de que aparecieran por allí los romanos y así le dicen también a una montura tan incómoda como un carapacho.

Unos exploradores que recorrían la isla Pinta en 1972 notaron que se movían los palosantos y así se encontraron con George, sobreviviente de la subespecie aislada hacía miles de siglos y extinguida por culpa de las cabras que alguien llevó allí cuando se cansó de comer tortuga. Se lo llevaron a la reserva de Puerto Ayora, en Santa Cruz, a ver si se reproducía con unas amigas de otra subespecie que le presentaron. Cada vez que las hembras ponen huevos hay que esperar a ver si el Solitario George hizo bien su parte: hasta hoy parece que ni las toca y eso que tiene apenas unos 120 años. Quizá sea porque también le tocó la bisagra de la evolución y las tortugas que le arriman se le antojan armadillos.