9 de mayo de 2021

Covid 2121


Después de matar a unas 50 millones de personas, la gripe española desapareció del mapa de un día impensado del año 1920. En esta frase hay tres datos inciertos, pero así funciona la opinión pública y a veces también la historia. Por lo pronto la gripe no era española, pero los españoles la ligaron por inocentes y por neutrales en la Primera Guerra Mundial. La gripe nació en un cuartel de Kansas (Estados Unidos) y la llevaron a Europa los soldados norteamericanos que fueron allí a la ofensiva final. Lo de los 50 millones también es improbable porque los muertos de la peste se confundieron con los de la guerra y, a propósito, nadie quiso deslindarlos. Si no se sabe a ciencia cierta la cantidad de muertos, tampoco es posible saber cuándo terminó aquella pandemia: solo suponen los epidemiólogos que un día impreciso se alcanzó la inmunidad de rebaño.

Hace cien años no existía la OMS y tampoco se contaban los enfermos ni los muertos. Por eso, los datos que tenemos de aquella pandemia son los que consiguieron averiguar los historiadores. Así que nos podemos imaginar lo que dentro de 100 años dirá la historia de lo que pasó con la pandemia del Covid-19. Leerán las mismas estadísticas que tenemos ahora y ojalá les horrorice saber que todos los días contábamos los enfermos y los muertos en una contabilidad macabra. En 2121 ya sabrán si eran o no verdad los datos que daba cada país a la OMS en 2021. Habrán averiguado, por fin, por qué algunos se contagiaban y otros no. Se sabrá cuál de las vacunas surtió más efecto o cuáles eran medio truchelis. Investigarán si el paciente cero fue un cocinero de Wuhan que hacía puchero de murciélago o si el virus se escapó a propósito de un laboratorio, como dicen esos que encuentran complot en todo. Además podrán comparar con perspectiva los datos, que seguramente darán conclusiones sorprendentes, como que no se contagiaron los que se lavaban los dientes tres veces por día, los que tomaban dos medidas de whisky o los que tenían una planta de alcanfor en el jardín.

Del recuento de difuntos mejor ni hablar. En 1919 no los contaron porque no querían alarmar a los soldados que partían a frente y prefirieron confundirlos con los muertos provocados por el gas mostaza o por la ofensiva alemana en la segunda batalla del Marne. Hoy hay más facilidades para contar lo que sea, entre otras cosas porque cada vez hay más ojos mirando... pero si queremos vivir en paz deberíamos apearnos de la manía de contar muertos y enfermos de lo que sea. Lo que tenemos que hacer es curarnos, no contarnos.

Pero el relato de 2121 que va a ser para alquilar balcones es la historia del fin de la pandemia. Esto termina en una especie de fiesta universal, un boom de nacimientos, de consumo masivo de cosas ricas y el mundo entero celebrando la vida. Ahora faltan vacunas pero dentro de unos meses se acabarán el vino, la cerveza, el champagne y la grappa. Tan es así que la historia de la juerga de la desescalada eclipsará a la de la pandemia y sus sucesivas cuarentenas, que nos tuvieron encerrados y distanciados durante tantos meses, la que quebró a miles y miles de comerciantes, terminó con gran parte de la industria del turismo y la gastronomía, vació los restaurantes, los shoppings, los aviones, los teatros, los cines, las canchas, los corsos y los bailongos... y solo llenó de dinero las cajas fuertes de los laboratorios.

Es la historia repetida del fin de cada catástrofe, desde el diluvio universal a nuestros días. La humanidad se saca las ganas con cada arco iris después de la tormenta y actúa como una sola persona, aunque seamos miles de millones.

Dios quiera que además despierte una nueva solidaridad. Una nueva economía basada en la alegría de compartir y no en la amargura del egoísmo. Una nueva igualdad de oportunidades para todos, que no discrimine a nadie. Y una nueva hermandad entre la humanidad y el resto de la Creación.

2 de mayo de 2021

Pfizer

Buscando los motivos por los que no nos estamos aplicando la vacuna Pfizer en la Argentina llego a una conclusión tremenda: no la tenemos porque la empresa Pfizer es más poderosa que la República Argentina.
La historia es incierta porque el gobierno ha sido parco en dar información sobre el caso, probablemente por las contradicciones a las que lo sometió la cruda realidad. Lo que todos sabemos, porque lo dijeron ellos mismos, es que nos habían prometido decenas de millones de vacunas que nunca aparecieron porque el gobierno nacional se negó a conceder lo que Pfizer pedía a cambio. Y lo que pedía a cambio teníamos que buscarlo...

Según los más serios informes de prensa, Pfizer pedía inmunidad casi absoluta para su producto: no tener responsabilidad civil ni penal por ningún hipotético estrago que pudiera causar la vacuna. Pfizer no respondería ni en el caso de su propia negligencia, y la Argentina debía hacerse cargo del pago de todos los juicios que pudieran ocasionar las consecuencias adversas de la vacunación. Las cláusulas del contrato especificaban, además, que el estado argentino debía garantizar esa responsabilidad con sus bienes soberanos. Como es habitual, cualquier controversia debería dirimirse en la jurisdicción de los tribunales de Nueva York, donde Pfizer tiene sus cuarteles generales.

Después de prometer millones de vacunas y ante estas pretensiones de Pfizer, el gobierno argentino se negó a aceptar sus condiciones y nos quedamos sin las vacunas prometidas. Siguió entonces la aventura de conseguir vacunas en Rusia y en China, ya que las otras prometidas por AstraZeneca tuvieron problemas logísticos y siguen sin aparecer. Fue en este escenario que la Sputnik primero, y la Sinovac después, empezaron a llegar con cuentagotas. Hay una pregunta que queda latente: ante la emergencia... ¿no habría sido mejor aceptar las condiciones de Pfizer, traer las vacunas y después enfrentar las consecuencias como lo hemos hecho tantas veces? Al fin y al cabo, las condiciones son como el seguro: solo se cumplen si ocurre el accidente.

El punto está en otro lado. En el poder de las farmacéuticas, capaces de imponer condiciones a países soberanos y ganarles en las negociaciones. Y resulta que ese poder ha aumentado precisamente con la pandemia del Covid 19. Solo en Estados Unidos, hasta septiembre de 2020, quince laboratorios generaron más de 121 mil millones de dólares en valor de mercado. Entre enero y septiembre del año pasado, Pfizer había generado 20.000 millones de dólares de ganancias; Novavax 17.700 millones y Moderna 2.230 millones. La alemana BioNTech incrementó el valor de sus acciones en 88 % y las de la británica AstraZeneca subieron un 20 % en la bolsa de Londres. La firma Pfizer, que fue fundada en Estados Unidos en 1849 por Charles Pfizer, actualmente tiene un patrimonio de 170 mil millones de dólares.

Decía Alain Minc en La nueva edad media que nuestro mundo marcha hacia una época parecida a aquella en la que los caballeros templarios podían imponerse a un rey soberano, el poder estaba en los palacios y en los castillos, pero también y a veces mucho más, en los monasterios o en los bancos. Por momentos mandaba más un prestamista que un duque, un abad más que un rey y un conde más que el emperador.

Así es en todos los negocios, en las relaciones de poder entre países o personas físicas y jurídicas: cuando hay una negociación, siempre será difícil ganarle al más poderoso. Es la razón por la que los países chicos tienen los mejores diplomáticos: los grandes no los necesitan. Pfizer y el gobierno argentino están mostrando esa realidad. Y si seguimos por este camino, quizá la Tercera Guerra Mundial no se libre entre países sino entre laboratorios.

25 de abril de 2021

La gestión del disenso


Iñaki Gabilondo debe ser el periodista más conocido de España. Tiene 78 años y más de 50 de ejercicio de la profesión, sobre todo en radio. Muchos no conocen su aspecto pero todos los españoles reconocen su voz grave, vasca y profunda. En una entrevista, publicada hace unos días en el diario El País de Madrid, sorprendió diciendo que está empachado de la actualidad, que para hacer periodismo hay que tener fe, que él la está perdiendo y que por tanto renuncia a seguir comentando la realidad cotidiana. Le paso, textual, las razones que han hecho que Gabilondo se retire de actualidad:

"La política es la gestión del disenso, y el consenso es el punto final de un recorrido al que se llega o no, pero que se alcanza en algunas cosas donde establecemos lo que llamamos sentido común, el territorio compartido. Yo estaba perdiendo la fe al ver la imposibilidad de alcanzar puntos comunes en algo. Y empiezas a sentir una gran incomodidad personal al tener que salir todos los días a la palestra con un escepticismo excesivo. (...) He creído siempre que lo que hacía era algo no muy importante, pero que tenía alguna utilidad. Ahora, con las posiciones tan ultradeterminadas, defendidas de una forma teológica, como en las guerras de religión, acabas con la sensación de que lo que estás haciendo es inútil."

Por desgracia nos pasa seguido a los periodistas que tenemos que sumergirnos en la actualidad como en una cloaca. Y los que no salen asqueados es porque se sienten en la cloaca como en su casa (ya me entiende) o quizá se volvieron cínicos... pero los cínicos no sirven para este oficio, como dijo Ryszard Kapuściński, otro gran periodista, pero esta vez polaco.

Le oí decir una vez a Gabilondo que si llegaran los marcianos, al volver a su planeta nos como una especie que nace, se reproduce y pelea. Y es tal cual, porque desde Caín y Abel los humanos no paramos de pelearnos entre nosotros... y perdone que traiga a los hijos de Adán y Eva: lo hago porque hay una explicación judeocristiana de esa maldición.

La historia de la humanidad es la historia de sus luchas y también de los ensayos denodados –casi siempre estériles– de convivir pacíficamente. Así nacieron las leyes, la democracia, el sistema republicano, la división de poderes, el federalismo, las Naciones Unidas, la Unión Europea... todos intentos de vivir en paz los que pensamos distinto, ya que está claro que eso no va a dejar de pasar. Es que sabemos que donde hay dos personas habrá dos posiciones diferentes; y cuando hay cuatro, las ideas serán dos contra dos y dentro de cada pareja también uno contra uno; y así podemos multiplicar y multiplicar con el mismo resultado hasta llegar a los 7.700 millones de personas que piensan distinto y habitan hoy el planeta que tienen perplejos a los marcianos.

El diario –los medios en general– están repletos de esas diferencias y también de la violencia empleada para terminarlas por la vía contundente. En ese sentido, el periodismo no hace más que mostrar la realidad, pero eso no quiere decir que esté de acuerdo; al contrario: nada ha contribuido más a la paz que informar sobre las batallas de la humanidad, por eso quienes lucran con las guerras lo primero que hacen es censurar al periodismo para que nadie se entere de los horrores que producen.

La humanidad debe aprender a convivir en paz o estará perdida. Decía que estamos en eso desde Caín y Abel, pero ha habido momentos de grandes progresos y otros de notables retrocesos y todo pareciera indicar que nos está tocando uno para abajo. Es cierto que la división es una forma de construir poder; pero mucho mejor, más sensato y productivo, es hacerlo desde la unión porque en toda pelea aunque parece que gana uno, pierden los dos. Desde los dos lados de la grieta tenemos que salir de esas posiciones ultradeterminadas que le preocupan a Gabilondo. Para eso tenemos que reconocer fortalezas en el pensamiento ajeno y ceder un poco en el propio.

18 de abril de 2021

El inestimable valor de la vida


Dos amigos, uno de 19 y otro de 20 años, protagonizaron esta semana un hecho que tuvo conmovida a la ciudad de Posadas. Todo el mundo conoce lo que pasó, por lo que no vale la pena abundar en detalles, ni suponer emociones, ni aventurar móviles. Basta con decir que se trató de una violenta agresión de uno al otro, al parecer con toda la intención de matarlo, figura penal que hoy enmarca la causa abierta a raíz del hecho. 

Tampoco pretendo juzgar a los protagonistas: no es esa, ni de lejos, la misión del periodismo. Solo quiero llamar la atención sobre una realidad de nuestra cultura colectiva que sale a la luz en hechos como este: el escaso apego a la vida. Quiero decir que ante muchos acontecimientos como el de esta semana, y en todos los niveles de nuestra sociedad, aparece la vida como una moneda barata que se puede cambiar por unas emociones o que se puede perder sin demasiadas consecuencias.

La vida es un bien superior, esencial para todo lo demás. Solo debemos poner por encima de ella el llamado de la Patria para defender nuestra independencia, pero nada más. Sin vida no hay amor, ni sueños, ni trabajo, ni futuro, ni felicidad... por lo menos en este mundo. Y para los que tenemos fe, la vida es el don esencial de Dios, sobre el que los hombres no tenemos ningún derecho. Además, sin vida no hay posibilidad alguna de merecer el premio de la Vida que empieza con la muerte.

Pero también sorprende la falta de aprecio a las consecuencias del delito, como si no bastara con la educación elemental o con lo que enseñan los medios de comunicación, que quizá –ahora que lo pienso– puede que sea insuficiente o equivocada. No se entiende que una persona cometa un homicidio para disfrutar no se sabe de qué beneficios de ese crimen. Quizá sea solo la venganza no importa a qué precio... pero de qué venganza me hablan si el disfrute es arruinarse para siempre la propia vida y posiblemente la de toda la familia. Sin embargo, diera la impresión de que, para quienes cometen esos delitos, quitar la vida tendría las mismas consecuencias que tomarse un vaso de agua. Sí que las tiene y son tan terribles que ya no se vuelve de ese lugar, no solo psicológicamente sino también en las consecuencias tremendas, que todavía no son nada comparadas con la falta de libertad que la justicia tiene preparada para los que los cometen.

Es probable que la generación del que esto escribe haya fallado en transmitir a sus hijos o a sus nietos el valor inestimable de la vida. O puede que ese mismo valor intangible sea difícil de entender en la generación acostumbrada a la virtualidad de las pantallas. Más escalofríos causa pensar en los femicidios o en cualquier delito relacionado con las diferencias entre los sexos. Nadie, ni siquiera el estado, tiene derecho a castigar a nadie, por ningún motivo... ¿pero alguien piensa que el amor puede convertirse en odio hasta el grado de acabar con la vida de la persona amada? ¿puede ser que una persona, por más adolescente que sea, piense que puede arrebatarle a otra su novia terminando con su vida? ¿para qué?

Es tan desproporcionada la diferencia entre el mal causado comparado con cualquier vida humana, que hay que concluir que estamos haciendo algo mal colectivamente, como sociedad. Es preciso cambiar antes de que terminemos matándonos unos a otros por naderías. Y no se crea que estamos tan lejos...

11 de abril de 2021

La información como remedio

Es imposible saber con precisión cuánta gente se llevó la Peste Negra del siglo XIV: en esas épocas nadie contaba ni a los vivos ni a los muertos y mucho menos se les ocurría proyectar curvas de infectados y compararlas para ver a quién le iba mejor y a quién peor... Dicen los historiadores que fueron entre 75 y 200 millones: pongamos, redondeando para abajo, que entre los años 1345 y 1355 murió la mitad de los habitantes de Europa por la Peste Negra.

En 1918, otros o los mismos historiadores, calculan que fueron 50 millones los muertos en todo el mundo por la mal llamada Gripe Española. Ya se sabe que la gripe había llegado a Europa llevada por soldados norteamericanos que viajaron a finiquitar la Primera Guerra Mundial. Esos soldados causaron más muertes por la peste que por las armas y fue la censura la que confundió los muertos de la guerra con los del virus y también la que le dio el adjetivo de española, porque por no estar España en la guerra, nadie censuraba a sus periódicos, que sí informaban sobre la gripe, así que la humanidad entendió que esa peste era cosa de España y de los españoles.

La buena noticia es que en 100 años hemos avanzado lo suficiente como para que una gripe de la misma naturaleza haya causado hasta ayer casi tres millones de muertes en todo el mundo: el 0,04 % de sus habitantes totales. Parecen muchísimas para nuestra sensibilidad, pero tenga en cuenta que en 1918 la población del mundo era de 1.825 millones, así que los muertos fueron el 2,7 % de la población mundial.

Si no cuento mal, la humanidad ya ha conseguido fabricar unas doce vacunas contra el virus del covid, de las que se están administrando nueve o diez. En unos meses habrá de todas las marcas y nacionalidades, se podrán comprar como genioles y nos las pondrán todos los años como pasa hoy con los planes de vacunación contra la gripe o la neumonía (haga el favor de ponérselas en cuanto lleguen). Todo bien con las vacunas, pero del mismo modo que lo que disparó la Gripe Española fue la desinformación, hasta ahora lo que paró los efectos del coronavirus fue la información.

Siempre es así y cada año que pasa estamos mejor gracias a que sabemos más, a pesar de lo que digan los hermeneutas del fin del mundo. Cada nueva pandemia será más fácil de combatir si nos dejan informar a la gente lo que tiene que hacer, desde no darse la mano hasta donde hay que ir a vacunarse. Fíjese lo que Giovanni Boccaccio –algo así como un periodista de aquella época– escribía en 1348: “Y más allá llegó el mal: que no solamente el hablar y el tratar con los enfermos daba a los sanos enfermedad o motivo de muerte común, sino también el tocar los paños o cualquier otra cosa que hubiera sido tocada o usada por aquellos enfermos, que parecía llevar consigo aquella tal enfermedad hasta el que la tocaba”. Lástima que en aquella época muy pocos sabían leer...
Viendo televisión, oyendo la radio, leyendo el diario, buscando información en las redes sociales o en internet... aprendimos todo lo que hay que hacer para no contagiarse. Todavía en todo el mundo los gobernantes y las autoridades sanitarias llaman a conferencias de prensa para dar noticias y recomendaciones a sus ciudadanos. Señal clarísima de la necesidad del periodismo que con su sello certifica la verdad en un mundo cada vez más embarrado por la mentira.

Antes de que lleguen las vacunas, solo con información conseguimos reducir la mortandad en unos 200 millones de personas. La información es un derecho y por eso también es un deber, pero también un buen remedio.

4 de abril de 2021

La única elección que importa

El 6 de agosto de 1890, a los 44 años, Carlos Pellegrini sucedió en la presidencia de la República a Miguel Juárez Celman, después de su renuncia tras la Revolución del Parque. Mientras el presidente se escapaba a su estancia cerca de Arrecifes, Pellegrini, al mando de las tropas y a caballo, sofocó la Revolución que tuvo por epicentro el Parque de Artillería, en las manzanas que hoy son plazas desde la avenida Córdoba a la calle Lavalle entre Libertad y Talcahuano, de Buenos Aires.

Al renunciar Juárez Celman, Pellegrini asumió la presidencia de la Nación hasta el fin de su mandato. Pellegrini había sido el vicepresidente de la desastrosa gestión de Juárez Celman: el peso perdió valor frente al oro, la bolsa se fue al tacho, quebraron muchas empresas y aumentó una barbaridad el costo de la vida. En dos años y tres meses, Pellegrini arregló el país y entregó el poder a Luis Sáenz Peña el 12 de octubre de 1892. 
  

Los revolucionarios que se llevaron puesto a Juárez Celman hoy son ciudades y avenidas de todo el país: Leandro N. Alem, Bartolomé Mitre, Aristóbulo del Valle, Bernardo de Irigoyen... Y Carlos Pellegrini compite en monumentos con ellos y con Sarmiento o Roca, mientras que solo una estación perdida en el norte de la provincia de Córdoba se llama Juárez Celman, así, sin nombre de pila, quizá para provocar la confusión con su hermano mayor, Marcos, que fue gobernador de Córdoba y le dio su nombre –ahora sin Celman, para que tampoco lo confundan– a una linda y pujante ciudad en el sur de su provincia.

Pellegrini redujo el gasto, bajó la inflación, pagó las deudas… hizo el ajuste. Pero lo que quiero resaltar no es nada de eso sino los dos años, tres meses y seis días que duró su gobierno y que le sobraron para arreglar el desbarajuste. No le interesaba ningún otro resultado que el bien de la Patria... o quizá su propia autoestima. Tomó las medidas que había que tomar, sin vueltas ni lloriqueos. Pidió plata a propios y extraños, canceló deudas y no le mezquinó el culo a la jeringa. Pero hay una condición que quizá no tengamos en cuenta cuando ponemos a Carlos Pellegrini entre nuestros grandes presidentes: no lo condicionó nunca su reelección porque en aquellos años había un solo período de seis años sin ninguna posibilidad de reelección inmediata.

La presidencia de Carlos Pellegrini enseña que hay que trabajar duro para cumplir las metas, pero sobre todo que no hay que preocuparse por las elecciones que vienen, porque las únicas que realmente importan son las que te eligieron y te dieron mandato para hacer lo que prometiste. No importan las encuestas, los consejos de los consultores ni la retórica de la oposición.

Nunca hay que dejar para un hipotético segundo periodo el cumplimiento del mandato del pueblo. Una, porque no se sabe si llegará. Y dos, porque para que llegue, siempre lo mejor es hacer de tripas corazón y abocarse a lo que hay que hacer. No alcanza con instalarse en la Casa Rosada para que ocurra por arte de magia todo lo se prometió. Las cosas no funcionan así: hay que empujarlas con constancia y mucha fuerza para que ocurran.

Pellegrini nos enseña hoy que los presidentes tienen que inmolarse sin pensar en su reelección. Lo paradójico es que esa es le mejor manera de ser reelegido.

28 de marzo de 2021

Día de la Memoria


El 24 de marzo de 1976 un golpe militar derrocó al gobierno de Isabel Martínez de Perón. Los que recordamos aquellos años, sabemos que fue el golpe más anunciado de los que conocimos. Algunos sabían hasta el día y la hora.

Todo golpe que altera el orden constitucional es ilegal e injustificable. Lo digo por las dudas, porque en la Argentina hubo por lo menos un par que no lo alteraron: el de 1890 y el de 2001. Pero el golpe de 1975, además de ser ilegal, redobló la violencia del estado que ya traía el gobierno democrático en contra de la subversión. Sería largo y es estéril discutir sobre la calidad de esa violencia o sobre el número de los muertos y desaparecidos, que están muy claros para los que cuentan de verdad. Digo esto porque el redondeo malbarata su sacrificio y también la culpabilidad de los que mataron.

Hay otra discusión pendiente en nuestra historia que es la del partido militar, que fue refugio de la derecha durante decenios y también su modo de alternarse en el poder. Para llegar al gobierno usaron un método ilegal e ilegítimo, que también los anestesió políticamente. Deberían haberlo intentado desde un partido o en las filas de los que ya existían. Supongo que fue la ambición la que los llevó a aliarse con quienes tomaban el poder por la fuerza y necesitaban de un staff civil para gobernar. También hay que suponer que por fin eso parece estar solucionado, que ya no habrá golpes y que la alternancia en el poder será siempre democrática. Ahora falta que sea republicana: que unos y otros, al llegar al poder, respeten en pensamiento de quienes resulten minoría...

Hace tiempo que desde esta columna insisto en que es preciso que los argentinos dejemos de pelear. Por eso me preocupa que el recuerdo del golpe de 1976 se haya convertido en la reivindicación de la lucha de unos sobre los otros. Así como vamos, con el correr de los años, cada nuevo gobierno aprovechará el feriado de la memoria para recordar solo lo que les conviene. El 24 de marzo no debería ser una excusa más para pelear sino para reconciliarnos los argentinos, y también para recordar que la violencia nunca es el camino.

Pedir castigo a los culpables no arregla nada, entre otras cosas porque ya están casi todos muertos, pero además porque lo prohíbe la Constitución Nacional en su artículo 18, cuando dice que las cárceles son para seguridad y no para castigo de los reos detenidos en ellas. Nadie en la Argentina está autorizado a castigar a otro, por más culpable que sea de los delitos más horrendos. Castigar es torturar, cebarse en el daño a los enemigos. La Constitución solo nos autoriza a encerrarlos si son peligrosos, pero nunca maltratar a nadie. Y tampoco permite la venganza.

Se me ocurre que el 24 de marzo ya no debería ser el día de la memoria sino el de la reconciliación de los argentinos. Un día para ir a la casa de alguien con quien nos hemos peleado y pedirle perdón. Un día para hacerle un lindo regalo a aquellos con quienes estuvimos un poco más pesados. Un día para tomar unas copas, pero no con los amigos sino con los enemigos. Un día para aprender de los que piensan distinto, que es la verdadera forma de aprender, porque de los que piensan igual solo recibiremos lisonjas. Un día, en fin, para reconocer nuestras faltas y perdonar las ajenas... Sé que requiere una humildad que quizá no tengamos, pero es imprescindible que los argentinos nos reconciliemos y para eso todos tenemos que ceder.

Para convivir sin pelearnos hay dos caminos: la humanidad ha intentado muchas veces el método de matar a los que piensan distinto, pero por ahí nos fue siempre como la mona. Ahora toca probar con el amor a los enemigos. Le aseguro que nos va a ir mucho mejor.

21 de marzo de 2021

Notre Dame de las Misiones

Usted habrá oído hablar de la catedral de Notre Dame: sin dudas la iglesia gótica más conocida de Europa. Está situada en el corazón mismo de París, en la isla de la Cité, la antigua Lutecia de los romanos. Su primera piedra ya cumplió 858 años, es decir que cuando Colón descubrió América tenía 329 y cuando Roque González andaba por estos pagos llevaba en pie más años de los que van desde las misiones a nuestros días. Para que se dé una idea de las dimensiones de Norte Dame, basta con recordar que en sus cinco naves cabían unas 9.000 personas en 1182, cuando ya prestaba servicios. Además, y como ocurre en muchas de estas antiguas catedrales europeas, se construyó sobre la anterior catedral románica, que antes fue basílica merovingia, antes templo romano dedicado a Júpiter y todavía antes lugar de ceremonias celtas... 


El 15 de abril de 2019 un incendio se llevó casi entero el techo de Notre Dame. El mundo se paró consternado para ver por televisión cómo se perdía un patrimonio de siglos y dio tiempo para ver en directo la caída de la aguja central –los franceses la llaman flèche– que coronaba el crucero de sus naves y que era un emblema de la antigua catedral desde la restauración de Viollet-le-Duc en el siglo XIX. El techo exterior de pizarra de la catedral se sostenía sobre un entramado de vigas de roble, que se apoyaban en los muros laterales, sostenidos a su vez por los arbotantes. Entre el techo interior y el exterior había un verdadero bosque de vigas de roble. Allí se originó el incendio, que todavía nadie sabe cómo fue.

Como muchas otras catedrales y monumentos de Europa, la de Notre Dame de París pasó por cantidad de reconstrucciones. Baste con recordar que sobrevivió a la Guerra de los Cien años en los siglos XIV y XV; Luis XIV la quiso más barroca que gótica; la Revolución Francesa la confiscó para depósito de alimentos y Napoleón Bonaparte la devolvió a la Iglesia y la decoró estilo imperio para su coronación el 2 de diciembre de 1804. A pesar de su historia, a nadie se le ocurrió la peregrina idea de dejar sin mantenimiento la catedral de Notre Dame, como a nadie se le ocurre dejarla sin techo después del incendio de 2019.

Muy rápido la comuna y el arzobispado de París se pusieron de acuerdo para reconstruir Notre Dame y hasta consiguieron los millones que hacen falta. Unos quieren volver a tener una iglesia emblemática de la cristiandad y otros pretenden recuperar el patrimonio que hace grande a París y la llena de turistas siempre que no haya pandemias. Por eso lanzaron un concurso de proyectos para su reconstrucción, que no debía consistir en volver al esplendor del siglo XIV sino instalarla en el XXI. Se presentaron más de 200 proyectos de 56 países y quienes ganaron fueron dos jovencísimos arquitectos chinos, ella y él, llamados Li Sibei y Cai Zeyu. 


Li y Cai basaron su proyecto en los latidos del corazón de París. El nuevo techo en forma de cruz latina será espejado y la nueva flèche proyectará al interior de la catedral las imágenes actuales de la ciudad, reflejadas en espejos como en un caleidoscopio. Además, encima de la flèche, y levitando con efectos magnéticos, se colocará una cápsula del tiempo que latirá como el corazón de París. La cápsula se abrirá cada 50 años para obtener sus registros de la historia de ese tiempo.

Podemos insistir con la idea de conservar las ruinas de las doce antiguas misiones jesuíticas, que cuanto más arruinadas, más ruinas son. O podemos reconstruir por lo menos una, para que se vea en todo su antiguo esplendor, pero con técnicas, materiales y conceptos modernos. Esa sería una reconstrucción cabal, que puede atraer millones de turistas a admirar la arquitectura de las antiguas misiones y también de la actual. Y a la vez, se conservaría –en serio y no a merced de las inclemencias del tiempo– nuestro incalculable patrimonio histórico.

Hasta ahora, y a la vista del estado de nuestras antiguas reducciones, si fueran misioneros los que decidieran sobre el futuro de la catedral de París, la habrían dejado sin techo...

14 de marzo de 2021

Reconstruir las misiones


Vuelvo a la carga con el tema de las misiones. Me refiero a los restos de las antiguas reducciones, que en algunos casos son escombros lisos y llanos y en otros son ruinas más o menos conservadas. Durante muchísimos años ocupamos el concepto de ruinas para referirnos a las antiguas reducciones, pero felizmente dejamos de usarlo y se lo sacó de casi toda la cartelería vial y también de los textos de los centros de interpretación. Escribía hace años, en este mismo espacio, que la provincia se llama Misiones y no Ruinas, y que por tanto había que rescatar el concepto de las misiones para referirnos a las antiguas reducciones jesuíticas que hoy jalonan el sur de la provincia.

Muy distinta suerte corrieron, después de la expulsión de los jesuitas en 1767 por orden de Carlos III, cada uno de los antiguos doce pueblos situados hoy en la provincia de Misiones. La mayoría fueron abandonados cuando los aborígenes volvieron a la selva. Luego, cuando las cosas se calmaron, crecieron nuevos pueblos a la vera de la antigua reducción, de la que siguieron usando su iglesia o su cementerio, como en Loreto, Santa Ana o San Ignacio. En el caso de Concepción de la Sierra o de Apóstoles, las ciudades actuales están asentadas en la misma traza de la misión original y los antiguos edificios sirvieron de cantera para los que se construyeron encima: ni más ni menos de lo que ocurrió en Troya, en Jerusalén o en Roma.

A pesar del tiempo y de la naturaleza, algunas de las misiones han perdurado bastante completas y las podemos admirar. Es el caso de la iglesia de San Ignacio Miní, a cuya fábrica solo le falta parte del frontispicio y el techo. Es que los techos eran de madera y se perdieron en todos los casos, por no resistir los embates del cupi'i o del fuego y a veces también de los hombres, más ávidos de leña y de vigas que de pesadas piedras.

Solía explicar entonces, y lo vuelvo a hacer ahora, que edificios mucho más antiguos que admiramos en toda Europa, han sido reconstruidos después de cada guerra. Por eso hoy nos asombran palacios, castillos, monasterios, catedrales... como fueron en su esplendor, o mejor todavía, ya que cada reconstrucción agregó los progresos del nuevo siglo, como la luz, la calefacción o el agua corriente. También hay ruinas griegas y romanas en Europa, pero son mucho más antiguas y su reconstrucción ha sido imposible entre otras cosas porque también fueron cantera para nuevos edificios, pero los que se construyeron con sus piedras son tanto o más interesantes que los que produjeron los escombros de las invasiones bárbaras.

Hoy vuelvo a insistir en la necesidad de recrear por lo menos una de las antiguas misiones, tal como están sus contemporáneas de la Chiquitanía, en Bolivia: con sus iglesias como eran hace 300 años, pero no muertas sino vivas, con curas y misas, coros y orquestas de instrumentos originales, que es el mejor modo –el único diría– de conservar a pleno un edificio. La industria hotelera puede hacer otro tanto en los barrios de viviendas de las reducciones.

Todo se puede reconstruir aprovechando fondos del BID, de la Unesco, del Instituto de Cooperación Iberoamericana, de la Corona Española o quién sabe de qué institución cuyo remordimiento por la expulsión de los jesuitas quiera remediar el daño que les hicieron sus antepasados.

No es un gasto. Es una formidable inversión en turismo y en la autoestima de los misioneros. Puede llevar tiempo, pero hay que empezar de una vez, porque, como reza el sabio dicho popular, cuanto antes empecemos, antes terminaremos.