24 de octubre de 2021

Pueblos originarios


Escribo esto pensando en los autopercibidos mapuches de la Patagonia que el miércoles incendiaron la sede del Club Andino Piltriquitrón en El Bolsón. No es lo primero que queman, y a juzgar por lo que está pasando, seguirá la escalada en Río Negro y quizá en otros lugares del sur de la Argentina –y también de Chile– por culpa de esta insurgencia okupa contra la integridad geográfica de nuestra Patria.

La tesis del título tiene dos presupuestos. Primero que es imposible encontrar hoy pueblos originarios porque estamos ya muy lejos de los orígenes y la historia ha corrido sin detenerse como pasa el agua debajo de los puentes. Pueblos originarios son los que estaban hace miles de años, los primeros humanos que habitaron el suelo, ya perdidos en la noche de la historia: todos los demás serían intrusos para la tesis de los que pretenden la propiedad de la tierra con ese argumento. El segundo es un principio elemental de la historiografía: es un grave error juzgar los hechos del pasado con estándares actuales.

Los descendientes de los pueblos originarios somos el resultado de la mezcla de los originarios con sucesivas oleadas; o los que ocupamos su lugar, por las armas, por las asimetrías, por alianzas, por la casualidad, por el hambre, por las pasiones humanas o por lo que sea. Desde Adán y Eva todas las civilizaciones se integraron con otras nuevas por alguna de esas razones, hasta conformar nuevas razas, nuevas culturas, nuevos idiomas... que aunque alguna vez hayan degradado la civilización anterior, la mayoría de ellas la enriqueció, con un resultado altamente positivo, que permite sostener que hoy estamos mucho mejor que hace decenas, cientos o miles de años. Además, siempre la polinización cruzada ha dado mejores resultados que la endogamia.

Nuestra América salió mestiza gracias a que los conquistadores eran solo varones. La América del Norte, en cambio, fue colonizada por familias. En la América española bastó que los castellanos se bajaran de los barcos para que empezara el mestizaje. En la América anglosajona esa mezcla todavía espera. Y no hay que ir muy lejos para comprobarlo: la colonización española ha hecho mestizos a los correntinos y la inmigración de familias de Europa dejó europeos a la mayoría los misioneros.

A su vez, las migraciones están convirtiendo a Europa en un continente multirracial. Basta con ver un partido de fútbol de selecciones de esos países. Francia, el último Campeón del Mundo en 2018, jugó la final contra Croacia con ocho jugadores de origen africano. Dentro de 100 años el razonamiento de los pueblos originarios expulsaría de Francia a los tataranietos de M'Bappé, Umtiti, Dembelé, Kanté y Pogba, y se quedarán con sus inmuebles, que por cierto serán los mejores de París.
 

¿De quién es la tierra entonces? ¿Del que la compró y la trabaja o del que la reclama para venderla? ¿Del vago que la mantiene improductiva o del migrante que hace grande a su nuevo país? ¿Del que la ama o del que la esquilma? Si los descendientes de los que la tenían hace 500 años somos nosotros mismos, no hay derecho que pueda superar esa posesión, que para colmo está recontradocumentada, mientras el derecho de los supuestos originarios nace de un delirio que parece encubrir un fenomenal negocio inmobiliario.

Pero hay algo mucho más peligroso en el reclamo de los supuestos mapuches: es la pureza étnica en la que basa su derecho cualquier pueblo originario, sospechosamente parecida a la doctrina que hizo delirar a Hitler y produjo la peor tragedia de la humanidad. Tanto desvarió para justificar su derecho, que mandó a buscar los orígenes de la raza aria hasta los confines del Himalaya. Es increíble que solo 80 años después estemos cayendo en la misma imbecilidad.

17 de octubre de 2021

Breve, intensa y urbana

En marzo y abril del año pasado no se hablaba todavía de vacunas y se tenía a la vista en tiempo real lo que pasaba en Europa, sobre todo en Italia y España, donde colapsaron los centros de salud a tal punto que tenían que rechazar pacientes, salvar a algunos y desahuciar a otros, generalmente a los que tenían más edad. Pasó también en algunos lugares puntuales de los Estados Unidos, como Nueva York, y en ciudades de nuestra América como Guayaquil o Manaos; y no pasó en la Argentina gracias a la cuarentena y a la conducta colectiva de los ciudadanos argentinos. Es verdad que fue larga, y también que es imposible saber qué habría pasado si se hubieran tomado otras medidas. El único modo de achatar el pico de contagios fue alargar la cuarentena por un principio físico elemental que ocurre con una montañita de arena en la playa o con la curva de contagios del covid: cuando extiende la base se aplasta la cima, y si se aplasta la cima se extiende la base.

Bueno, al carnaval le está pasando igual que a la pandemia, por el mismo principio, pero aplicado esta vez a las conductas colectivas. Cuando en 1976 el gobierno militar decidió anular los feriados del lunes y martes de carnaval, la fiesta se desparramó por todo el verano: empieza cuando se apagan las luces de la Navidad y termina casi en Semana Santa. En 2010 volvieron a ser feriados el lunes y martes de carnaval, pero la fiesta siguió desparramada, lánguida, devaluada... derrapando en una cantidad variable de fines de semana del verano. Es que la esencia del carnaval son esos cuatro días locos y no 25, 50 o 60. Cuatro días de locura concentrada, intensos, divertidos... con su principio y su final. Desde el sábado al martes, y le concedo el viernes a la noche, pero ni un minuto más.

Para colmo, a los cariocas se les ocurrió la pésima idea de encapsular las comparsas en un sambódromo, que luego fue copiado por cantidad de ciudades de nuestra geografía, siempre tan originales. Fue así que el carnaval no solo se desparramó en el tiempo; también se encerró en corsódromos, quizá con la sana intención de no molestar el tránsito ni la vida normal de los centros urbanos. Parece razonable, pero justamente, al volverse tan largo la molestia terminó siendo insoportable. Un poco en Río de Janeiro, pero más en sus émulos mesopotámicos y guaraníes, se empezó a perder otra condición esencial del carnaval que es poner la ciudad patas arriba esos cuatro días de cada año, con un final a toda orquesta, pero abrupto, terminante, a las 12 de la noche del martes.
 

A la estudiantina le está pasando lo mismo que al carnaval. No era buena idea trasladarla al autódromo, como tampoco lo es hacerla en la Costanera. Debería volver a la avenida Corrientes o a la plaza 9 de Julio, y que se note en la ciudad que los estudiantes están de fiesta. Pero la brevedad, también de los ensayos, debe ser una condición para esa vuelta. Un fin de semana intenso parece suficiente: quizás uno largo o extralargo, pero ni un día más. Una estudiantina corta pero intensa y en el medio de la ciudad parece mucho más recomendable que una lejana y lánguida, a la que solo asistan los padres y hermanos de los secundarios. Hasta los vendedores de panchos van a agradecerlo, porque siempre es mejor vender mil en un día que en un mes, pero además en el centro de la ciudad habrá más gente porque habrá público de verdad.

No es en contra de la estudiantina, ni del carnaval, ni de la cuarentena. Sí de la pérdida de tiempo de los estudiantes y de las molestias prolongadas a los posadeños, que estaríamos hartos del mismísimo Mozart si todos los días durante meses nos pusieran la número 40 a todo lo que da. Y muy a favor de una estudiantina que recupere la esencia original de la fiesta de los estudiantes: breve, intensa, urbana, divertida... con principio y con final tajantes, ineludibles.

10 de octubre de 2021

Dialecto inclusivo


Quizá porque no tuvieron otra cosa que hacer, han proliferado en estos años los hablantes inclusivos en la sociedad argentina. Da lo mismo el lado de la grieta, pero advierto que están casi todos en la misma vereda y déjenme suponer que es para parecer progresistas.

Dialecto inclusivo es esa jerigonza que hablan los que descubrieron que el castellano era machista. La Real Academia Española, que nunca impone nada a los hablantes, ha explicado con pura lógica, que es una pretensión inútil hablar o escribir en inclusivo y recuerda lo que todo el mundo sabe respecto del castellano: usamos el masculino como genérico cuando nos referimos a un grupo de varones o de varones y mujeres, y usamos solo el femenino cuando hablamos de personas, animales o cosas solo de género femenino. Eso no es machismo sino la constante de un idioma que se hizo hablando y se me ocurre que también adorando a las mujeres antes de que quisieran rebajarse al nivel de los varones. Lejos de excluirlas, el castellano las honra como reinas, dedicándoles un tratamiento que no tienen sus vasallos.

Pero además resulta que los que hablan en inclusivo son los que más excluyen a uno u otro sexo porque, como es imposible hablar todo el tiempo con los dos géneros, incurren en constantes exclusiones. Si empiezan saludando a todas y a todos, cuando en el mismo discurso dicen trabajadores –no trabajadores y trabajadoras– se están refiriendo a los varones y excluyen a las mujeres. Se llenan la boca con todos y todas y cuando eligen el nombre para identificar a su propia alianza le clavan Frente de Todos. Si feminizan las profesiones deben masculinizar las que están en femenino, como dentista, periodista y futbolista; si dicen jueza a la juez, deberían decir nueza a la nuez; si dicen mano y no mana están confundiendo al público, igual que cuando dicen problema, teorema, diafragma o dogma; si dicen testigos a los varones deberían decir testigas a las mujeres, si dicen fiscala, también criminala... Son solo ejemplos de miles de palabras que serán siempre motivo de confusión porque no son las vocales las que definen el femenino o el masculino, como no son el celeste o el rosa los que determinan el sexo de las personas.

Hace tiempo que se feminizan algunos cargos que fueron ocupados durante siglos por los varones. Esos femeninos no siguen la lógica de la antigua semántica, que dice que embajadora, generala o presidenta es la mujer del embajador, del general o del presidente. La lógica que siguen esos femeninos es la de la madre superiora, que decimos hace siglos sin feminismos ni machismos, como mayora –que he oído más de una vez en el campo– para la primera de las hijas. Y ni la madre superiora ni la hermana mayora tienen nada que ver con inclusiones o exclusiones.

Algunos inclusivistas ocupan la e para los colectivos de varones y mujeres: dicen chiques porque en pibes la e les juega en contra. Y hay que suponer que los que dicen todos, todas y todes, ponen todes para los que han decidido no ser ni varones ni mujeres, pero entonces los que dicen todas y todos excluyen a los que no quieren tener género, que se llaman no binarios pero deberían ser no binaries... Y están los que, para hacerse los progres, pero sin complicarse tanto, usan solo los artículos en inclusivo y te clavan las y los ciudadanos, o los y las alumnas, así que dicen las ciudadanos y los alumnas: una contradicción abstrusa con cualquier sustantivo que tenga género.

El idioma es lo más democrático que hay. Intentar imponerlo es uno de los reflejos más cabales del autoritarismo, así que cada uno habla como quiere. Pero por favor no excluya a nadie en nombre de la inclusión, no se olvide de ningún género y perdone a sus interlocutores si no lo entienden o si se cansan de oír sus repeticiones interminables. Tenga en cuenta que la mayoría seguimos hablando en nuestro maravilloso castellano.

3 de octubre de 2021

Pensamiento obligatorio


El mejor modo de reconocer el trabajo de un periodista es enojarse ante lo que dice y el mejor modo de no reconocerlo es ignorarlo. Es que a los periodistas nada les reconforta tanto como provocar a los lectores: para eso están. Además, las reacciones son la señal elemental de lectura y como decía un viejo profesor, ser leído es la primera obligación de todo periodista. Lo bueno es que las redes sociales son una oportunidad magnífica para el feedback. Diarios antiguos, como El Territorio, han pasado decenas de años con casi nula retroalimentación de sus lectores: corrían tiempos en los que lo que decía el diario parecía sagrado porque no había modo de corregirlo, porque era muy difícil conocer los errores cometidos en los acontecimientos informados y porque no se interactuaba con opiniones contrarias. Felizmente el periodismo se ha vuelto mucho más cercano al diálogo con las audiencias que al monólogo que lo caracterizó durante siglos.

Cuando conté 273 comentarios a la columna del domingo pasado, dejé de contestarlos (habré llegado a contestar unos 50). Ese artículo resaltaba, una vez más, la desproporción del tiempo dedicado a la estudiantina durante cada año lectivo y me serví para eso del silencio de este septiembre, igual al del año pasado: un regalo impensado que vino con la pandemia y que me parecía que valía la pena capitalizar. No estoy de acuerdo en general con las pérdidas de tiempo y tampoco con la idea de elegir reinas y reyes, por considerarlo una cosificación de las personas, que no tienen ni culpa ni mérito de ser lindos o feos. Había algunos comentarios a favor, pero la inmensa mayoría eran en contra y creo que de ellos fueron solo cuatro los que no argumentaron con un insulto al autor de la nota. Paciencia paisano, que algo estarán queriendo decir...

Digo insultos porque considero un insulto mandar a cualquiera a una isla desierta, que para el caso es lo mismo que que desearle las delicias de un campo de concentración; o sostener que el que piensa distinto es un amargado; o pretender callar al interlocutor a los gritos, con mayúsculas; o afirmar gratuitamente que quien opinó algo debió tener una adolescencia infeliz; o expresar xenofobia argumentando que el que opina carece de derechos por no ser natural de Posadas; o suponer que el paso del tiempo –ser mayor– es suficiente para discriminar a las personas... Muchos de esos insultos, proferidos con nombre y apellido, son suficientes para que el Inadi actúe de oficio, pero ya se sabe que en tiempos de pensamiento obligatorio el Inadi prefiere perseguir a los que piensan distinto en cambio de evitar la discriminación. Esos comentarios ocuparon argumentos ad hominem: a la persona y no a las ideas de la persona. Como si para descalificar el pensamiento ajeno bastara decir que quien lo expresa es un burro, un viejo, un amargado, un extranjero, un improvisado o un idiota.

Insultar al que opina lo contrario nunca es el modo de rebatirlo. Es más que evidente que las opiniones se retrucan con otras opiniones y que, a pesar de ser mayoría o minoría –cosa imposible porque hay tantas opiniones como personas– pueden discutirse las ideas ajenas, pero siempre respetando al que las sostiene. Si las mayorías no respetan la opinión de las minorías caemos en la dictadura del pensamiento y si son las minorías las que imponen su opinión, entonces es tiranía lisa y llana. Y si seguimos así, terminaremos matándonos a machetazos; es el método que la humanidad ha usado unas cuantas veces para terminar con las ideas ajenas.

Confieso que me asustó esa violencia verbal, no por su dirección hacia mi propia opinión –ya dije que lo tengo como un halago– sino por lo que significa como argumento del debate público de las ideas en un país necesitado con urgencia del encuentro de todos los argentinos. Pero ese encuentro jamás debe consistir en la imposición de una opinión, por mayoritaria que sea, sino en convivir todos en un país libre, en el que pensar distinto no sea una debilidad sino una fortaleza.

26 de septiembre de 2021

Lindo silencio de septiembre


El silencio es señal de paz, por eso decimos que no tienen paz los que no pueden dejar de hablar. Es que, en realidad, no pueden dejar de hablar porque prefieren el barullo exterior al silencio interior. Debe ser porque su vida interior les hace más ruido que la exterior. El silencio es necesario para salirse de uno mismo y pensar un poco en los demás, porque es imposible oír a los otros si uno está ocupado haciendo ruido. Pruebe tocar el tambor y va a ver que nadie se acerca a decirle nada.

Por eso el silencio es esencial, entre otras cosas, para ejercer el periodismo. El razonamiento es lineal: solo callándose la boca se puede oír lo que la gente tiene que decir; y a veces no es la gente sino la naturaleza, la historia, la cultura, las ciencias... A eso se llama contemplación y es una actividad elemental para los que quieren oír a los demás. También los creyentes sabemos que no hay otro modo de oír la voz de Dios, que nos habla a través de infinitos canales y con infinitos registros de voz.

Por eso, cuando vea (oiga) en una entrevista que el periodista habla más que el entrevistado, puede estar seguro de que es un mal periodista. Lo más probable es que hable de él (de ella, si es mujer) y que el protagonista sea el periodista y no el entrevistado. Hay muchos casos y muy conocidos de periodistas que tapan con su presencia la realidad que intentan entender y luego la pasan al público en forma de noticias o comentarios defectuosos.

¿Se dio cuenta de la paz que hay en Posadas este mes de septiembre? Es la paz que uno encuentra cuando sale de un ambiente con ruido, como cuando llega al campo y oye el silencio, cuando se acaba el rumor de los autos, el zumbido de las heladeras, el murmullo constante de la gente. Entonces puede oírse la conversación de los zorzales, el soplo del viento entre las hojas de los árboles o el tintineo del agua de una vertiente.

Este mes de septiembre, como el del año pasado, nos sorprendió el silencio gracias a la pandemia del covid. Es curioso que haya que agradecerle algo al coronavirus, pero sí, tenemos que agradecerle el silencio de septiembre, y de agosto, y de julio y quizá también de octubre y hasta de noviembre. Es que tenemos que agradecerle ¡dos años sin estudiantina!

Fueron dos años sin los ensayos de casi todos los días y sin los desfiles y toda la parafernalia estudiantil, pero sobre todo fueron dos años sin la pérdida de tiempo que supone pasarse las tardes tocando el tambor y ensayando pasos en lugar de estudiar. Quiero decir que los que ganaron no son solo nuestros tímpanos y la paz de nuestros espíritus, sino sobre todo el tiempo de nuestros estudiantes, ya bastante maltratado por la pandemia del coronavirus.

Me preguntaba si servirán estos dos años sin estudiantina para darnos cuenta de la necesidad de ejercitar más el cerebro que la pandereta; o de hacerla en carnaval, que es su momento apropiado y para eso cae en verano.

Está bien celebrar la juventud, pero en su justa medida: basta y sobra con un día que alguien instituyó como del estudiante. Imagínese si las secretarias celebraran su día con desfiles y escolas de samba ensayados durante meses... y las madres, los médicos, los empleados de comercio, los periodistas, los bancarios, los veterinarios y los fabricantes de alfajores...

La estudiantina se llama así por los estudiantes, pero para ser estudiante hay que estudiar; si siguen tocando el tambor en lugar de estudiar, corre el riesgo de perder su materia prima.

19 de septiembre de 2021

Sobrecarga de WhatsApp


WhatsApp tiene dos opciones para integrar colectivos de personas en comunicaciones grupales: las listas de difusión y los grupos de chat; los dos incluyen, como máximo, 256 participantes. En las listas de difusión solo habla el que manda los mensajes, llamado administrador. Los grupos de chat, en cambio, son de ida y vuelta: todos pueden hablar porque son una conversación (un chat). Como es lógico, las listas sirven para situaciones muy diferentes a los grupos y son ideales cuando la comunicación debe ser unilateral porque basta con un solo emisor de los mensajes colectivos. Los chats, en cambio, son multilaterales: todos pueden participar con sus aportes, sus datos y sus opiniones. Esta columna es sobre los grupos de chat y algunos de sus participantes.

La historia puede ser así y puede repetirse en situaciones infinitas: gracias a la feliz idea de uno de ellos, los padres de los alumnos de tercer grado arman un grupo de WhatsApp para pasarse noticias sobre sus hijos y el colegio. Feliz idea, digo, porque el grupo se convierte en una charla a distancia sobre intereses comunes. Lo mismo pasa con grupos familiares, de colegas, compañeros de trabajo, alumnos y exalumnos, barras de amigos, consorcios, vecinos del barrio preocupados por la seguridad, deportes en equipo... Hay para todo, pero muchos de ellos ya son imprescindibles, tienen un fin determinado y cada vez estamos en más, con la natural sobrecarga por tanto grupo. Sirven para mantener o prolongar una conversación y el tema es el que se ha establecido de antemano. Son útiles porque ahorran tiempo y facilitan la comunicación necesaria.

Como son una conversación continuada, no hay ninguna necesidad de saludar cada vez que se entra y si uno saluda no hacen falta 132 respuestas al saludo. Para felicitar por los cumpleaños están los mensajes privados, pero se entiende que alguien prefiera hacerlo en el grupo: en ese caso no es obligación que los 47 integrantes feliciten ensayando cada uno un mensaje más original que el anterior. Lo mismo con los agradecimientos: 89 gracias son un poco mucho, aunque sea con emojis de aplausos o de pulgares para arriba. Otra cosa: a los grupos mejor mandar textos que mensajes grabados; por la brevedad, pero sobre todo porque es imposible recordar el contenido de esos mensaje y en lugar de verlos de un pantallazo hay que volver a oírlos enteros cada vez, con sus saludos y sus frases inútiles y repetidas.

Pero además, en todos los grupos hay uno, dos, tres integrantes –que hoy me van a tildar de argel– que no se pueden contener y mandan opiniones políticas, chistes, consejos saludables, pornografía... Así, en el grupo de padres de tercero, el 25 de mayo uno sube una grabación de 16 minutos con el himno nacional cantado por un coro de mudos; otro día aparece un video que muestra cómo quedaron los corderos que mató un puma en La Pampa; después viene el de las gorditas haciendo strip-tease; un chamamé en el festival de Cosquín; los Simspon con diálogos sobre la actualidad económica; memes de políticos diciendo incongruencias; chistes sobre el alcohol que tomamos; sobre lo viejos que estamos; sobre maridos, mujeres y suegras; fotos de parrillas repletas y selfies de los que se están comiendo el asado... Todos los mensajes van con sus respectivos aplausos, pulgares, botellas que hacen ¡pum!, tortas, brindis y cañitas voladoras.

Este es un llamado a la solidaridad: si tiene que mandar un mensaje personal a uno de los integrantes del grupo, mándeselo directamente; los demás no tienen por qué enterarse. Pero sobre todo respete a rajatabla el fin de cada grupo. Intervenga solo cuando sea necesario y sea breve y conciso. Tenga en cuenta que cada uno de los interlocutores entenderá su mensaje de un modo distinto, y cuanto más largo y complicado, más equívoco será el mensaje.

12 de septiembre de 2021

Lo que me enseñó mi gato


Desde que me mudé de casa empecé a tener un gato, no porque lo quisiera sino porque la nueva casa vino con un gato viejo que nunca se acostumbró a nuestra presencia, entre otras cosas porque no nos pusimos de acuerdo en un dato fundamental: él pensaba que la casa era suya y yo que era mía. 

Un día el gato se murió y lo enterramos en el fondo del jardín. Ese día empezaron a rondar los ratones de un arroyo cercano, así que nos agenciamos un gatito cachorro, negro como el carbón, gracias a la generosidad de unos amigos. Venía con el consejo de castrarlo cuanto antes, además de darle algo contra los parásitos. Como no tenía ninguna experiencia con gatos, pregunté por qué había que castrarlo y me explicaron que así no andaría peleando, se quedaría tranquilo en la casa y estaría menos expuesto a enfermedades.

Se me ocurría que, si lo queríamos para ahuyentar ratones, mejor sería un gato entero, con carácter, que cuide su territorio y que tenga ganas de pelear con cualquier animal que se lo dispute. Pero esa no fue la verdadera razón para no castrarlo, por lo menos hasta ahora... Me pregunté si le gustaría que lo castre y la respuesta en mi conciencia fue inmediata: ¡estás loco! ¿cómo lo vas a castrar, si lo único que le importa en la vida es comer la rica comida que le regalás todos los días y andar con las gatas del vecindario? Si le dieras a elegir, preferirá un millón de veces las heridas de la pelea con otros gatos y hasta la mismísima muerte antes que perder su condición de macho de la cuadra.

Hasta aquí la historia de mi gato, que cuando caza un ratón viene a mostrarlo como un trofeo, y cada tanto desaparece un par de días para volver agotado a comer y dormir, pero con cara de galán satisfecho. La cuento para volver sobre la idea que motivó esta columna hace un par de semanas: la lección de los carpinchos de Nordelta, en el partido bonaerense de Tigre. Es cierto que ellos estaban primero, pero ese no es el punto porque los humanos debemos convivir con el resto de la Creación, entre otras cosas porque si no lo hacemos, nos extinguiremos como cualquier animal que termina con las especies que lo alimentan.

Hay dos términos de la ecuación de la supervivencia que hay que tener en cuenta: somos depredadores de animales, vegetales y minerales y también somos parte esencial de la naturaleza: quiero decir que la naturaleza cuenta con nosotros como cuenta con el sol, el hidrógeno y el oxígeno. Depredamos sin piedad el litio, la sal, el agua; quemamos las selvas, los bosques y los pastizales, arrinconamos hasta la extinción a las yacutingas, los yaguaretés y las harpías... Pero también somos capaces de cultivar cereales para alimentar a todo el mundo; de criar ganado para usar su leche, su carne y su piel; de depurar el agua contaminada para reciclarla hasta el infinito; de inventar transgénicos, vacunas y máquinas que multiplican nuestro esfuerzo para aumentar exponencialmente los frutos de la tierra. Las especies animales que menos peligro corren son las que más matamos –y también las que más castramos– como bovinos, ovinos, porcinos o gallinas. Cuando se terminen las corridas de toros se extinguirán los toros bravos; y si desaparecieran los diarios desaparecerán también inmensas extensiones de bosques que se plantan para fabricar papel prensa.

Somos parte de la naturaleza. Solo tenemos que convivir con ella porque dependemos unos de otros, los humanos, los carpinchos, los naranjos y el agua fresca. Pero por ser libres, somos, además, la única especie capaz de degradarla y a veces pareciera que estamos empeñados en ese objetivo. Eso no es inteligencia humana: es angurria, mezquindad, egoísmo... algo que no tiene ninguna otra especie animal y que mi gato me lo recuerda todos los días.

5 de septiembre de 2021

Voto obligatorio

En las elecciones provinciales del pasado 6 de junio votó alguito menos del 60 % del padrón electoral de Misiones, un 12 % menos que en las elecciones de 2019. Le recuerdo, por las dudas, que votar es una obligación, como pagar los impuestos o parar cuando el semáforo se pone rojo.

Votar es obligación en la Argentina desde la ley 8.871, sancionada en 1912 –la llamada Ley Sáenz Peña– que estableció el sufragio universal, secreto y obligatorio, pero solo para los varones entre los 18 y los 70 años. Faltaban casi 40 años para que las mujeres también pudieran votar: tuvieron que esperar hasta el 11 de noviembre de 1951. El voto fue obligatorio, entonces, desde 1912 hasta –más o menos– cuando el documento nacional de identidad se unificó con la cédula de identidad en el carnet con onda tarjeta de crédito que hoy tenemos: pienso que desde entonces, al complicarse la certificación del voto, pasó a ser una obligación de derecho pero no de hecho.

En tiempos de la Libreta de Enrolamiento o del Documento Nacional de Identidad (DNI), que también era una libreta pero más chica, cada votación constaba con el sello y la firma del presidente de mesa, que se estampaba en el último casillero vacío de unos cuantos que tenían esos documentos en sus páginas. Las libretas servían también para anotar los datos relativos al servicio militar de los varones. La de enrolamiento era más grande que un pasaporte y contenía hasta un mapa político de la Argentina, la letra completa del himno y las ilustraciones del escudo, la bandera y la escarapela nacionales. En esa época, el documento de las mujeres era más chico, y se llamaba Libreta Cívica.

Los documentos-libreta certificaban no solo la identidad y el estado militar sino también también cada voto. Si faltaba el sello de la última elección, podían complicarse algunos trámites, pero también podían impedir salir del país o cobrar una multa por no votar.

El estado tiene medios para saber quiénes votaron y quiénes no y por tanto quiénes son pasibles de sanciones por no votar, pero esas sanciones hoy son una multa y tan irrisoria que ni vale la pena intentar cobrarlas. De cualquier modo, esa obligación se había vuelto irrelevante cuando, mucho antes del cambio en los documentos, los gobiernos empezaron a amnistiar a los que no votaban poco tiempo después de cada elección.
 
Es curioso que en un país donde el voto es obligatorio, los candidatos tengan que rogar a la gente que vaya a votar. Dicen los panelistas de los canales de televisión que las razones del escaso porcentaje de votantes están entre la pandemia y la apatía por la política. Puede ser. También dicen que, a nivel nacional, la abstención favorecerá al oficialismo y perjudicará a la oposición. Otro puede ser. Pero si el voto es obligatorio y la capacidad de sancionar corresponde al gobierno, sorprende que sea la oposición la que insiste con su cantinela para que vayamos a votar, mientras que el oficialismo y su aparato de campaña pasan completamente de recordar a los ciudadanos que tienen que cumplir con esa obligación cívica.
 

Nuestro porcentaje de abstención es el de cualquier país en el que no es obligación votar: más bajo que el de Francia y de Alemania, parecido al de España y un poco más alto que el de los Estados Unidos. El voto obligatorio en la Argentina cayó en desuso sin que nadie lo derogue, quizá porque no nos gusta que nos obliguen a hacer nada. Por eso estoy seguro de que en un país de retobados, como el nuestro, mejoraría la participación si el voto no fuera obligatorio.

29 de agosto de 2021

La enseñanza de los carpinchos


La puerta principal de la Casa Botines, en la ciudad de León (España), está coronada por una estatua de san Jorge matando a un yacaré. ¿Cómo que un yacaré, si san Jorge se enfrentó con un feroz dragón para salvar a una doncella en Capadocia? Bueno es que, cuando los españoles llegaron a nuestra América conocían solo por cuentos a los dragones, pero acá se encontraron con los yacarés y seguramente dijeron asombrados: ¿Ah, esto era un dragón?

La Casa Botines es un palacio diseñado por Antonio Gaudí en 1890 para una firma de tejidos de dos empresarios leoneses. Gaudí no representó a san Jorge ecuestre, hincándole a un inmenso dragón alado por su boca humeante la lanza de caballero porque no creía en la leyenda del dragón y la doncella: como buen devoto de sant Jordi, prefirió una imagen realista del patrono de Cataluña. Después de una buena restauración, sigue allí la versión pedestre de san Jorge matando a un yacaré por su lomo y con una chuza, como lo habrá hecho más de un castellano cuando se enfrentó con un dragón lento por estas playas.

Cuando españoles y portugueses llegaron a nuestra América, se encontraron con tigres, leones, dragones y otros animales que nunca habían visto pero sí conocían por sus libros de caballería, o por las historias exageradas de los que volvían de sus viajes por el Nuevo Mundo. Por eso, cuando vieron al yacaré dijeron dragón; cuando se toparon con un puma lo llamaron león; y cuando conocieron al yaguareté le pusieron tigre. Esa es la razón de tanta toponimia con tigres en nuestra América, y ya se ve que había yaguaretés por todo el actual territorio argentino. Dicen que fue un tigre el que se comió a Juan de Garay cuando exploraba el delta del Paraná. Por el Tigre, entró Santiago de Liniers y sus tropas el 4 de agosto de 1806 para reconquistar la ciudad de Buenos Aires, ocupada por los ingleses en la primera invasión. Y en Cabeza de Tigre (Córdoba) fue arcabuceado el mismísimo Liniers por orden de Juan José Castelli el 26 de agosto de 1810.

Resulta que justo viene a ser en el Tigre donde los carpinchos se están reproduciendo como conejos. La noticia ha estado en los medios de Buenos Aires toda la semana, pero también ha llegado al resto de la Argentina y al mundo, porque parece que los vecinos de Nordelta están preocupados por una invasión de carpinchos que no los deja vivir tranquilos y hasta un repartidor de pizzas estropeó su motoneta contra uno que cruzaba distraído una calle del barrio.


Nordelta es un emprendimiento inmobiliario inmenso, una ciudad entera con zonas residenciales de distinto nivel, edificios, departamentos, colegios, centros comerciales, áreas de deportes... pero sobre todo tiene mucha agua, lagunas, canales, embarcaderos... justo lo que más les gusta a los carpinchos, además de las cosas ricas que dejan los vecinos en sus tachos de basura, y comer sus tiernas plantas, y masticar troncos, muelles, puertas, que para algo son el roedor más grande del planeta.

¿Quién son los invasores? ¿Los carpinchos o los vecinos de Nordelta? Si no hay yacarés ni yaguaretés que se los coman y para colmo hay comida más que suficiente, los carpinchos se reproducen a sus anchas; y si no dejamos a los humanos depredar a los carpinchos, resulta que vamos a tener que llamar a los yaguaretés; pero los yaguaretés se comen a los humanos como se lo comieron a Garay...

Los seres humanos somos parte de la naturaleza. Pero además somos los peores depredadores de todo lo que nos rodea, y como buenos depredadores tenemos que convivir con lo que depredamos, porque si se nos termina lo que depredemos, nos depredamos a nosotros mismos. Los carpinchos de Nordelta nos están dando un mensaje para el que hay que parar la oreja: o convivimos con el resto de la naturaleza o nos estamos suicidando en masa.

22 de agosto de 2021

Milicianos de Managua en Kabul


Pedro Joaquín Chamorro Cardenal fue acribillado a balazos el 10 de enero de 1978 desde un auto que se puso al lado de su Saab descapotable cuando iba a su trabajo, como todos los días, a las 8 de la mañana. El día anterior Chamorro se había reunido con fuerzas de la oposición al dictador Anastasio Somoza con la idea de mediar entre la insurgencia sandinista y la dictadura. Don Pedro era el director-propietario de La Prensa de Managua, el mismo diario que el pasado 12 de agosto se vio obligado a suspender indefinidamente su edición en papel al ser ocupado por la policía del actual dictador, Daniel Ortega, que fue uno de los jefes de aquella revolución que terminó derrocando a Tachito Somoza.

La opinión pública de Nicaragua entendió que fue Somoza quien dio la orden, por ser Chamorro su principal oponente desde las páginas de La Prensa. Pero lo cierto es que ese asesinato fue lo que faltaba para que el pueblo nicaragüense apoyara las columnas del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) que tomaron Managua 18 meses después. Somoza abandonó Nicaragua el 17 de julio de 1979, y luego de pasar por Miami, Bahamas y Guatemala, se instaló en Asunción al amparo de su amigo Alfredo Stroessner. No le sirvió de mucho a Tachito la protección del Rubio: fue asesinado, también en su auto, el 17 de septiembre de 1980 en la avenida España (que entonces se llamaba Generalísimo Francisco Franco). El comando que cumplió el encargo estaba integrado por siete argentinos que habían luchado en Nicaragua junto al FSLN, comandados por Enrique Gorriarán Merlo. El plan era dispararle con una bazooka antitanque al Mercedes-Benz de Somoza. Pero a Hugo Irurzún se le trabó el proyectil, así que Gorriarán vació el cargador de su M-16 contra el parabrisas del Mercedes –que no estaba blindado– y después Irurzún consigue destrabar su bazooka y encajarle un rocket que también entró por el parabrisas. Murieron Somoza, su asesor financiero, que lo acompañaba en ese momento, y el chofer que voló por el aire destrozado.

Volvamos a Managua. Los sandinistas entraron en la capital de Nicaragua el 20 de julio de 1979. Ante la caída inminente, la ciudad había sido abandonada el día anterior por la plana mayor del gobierno y por la Guardia Nacional, que dejó cantidad de armas en los parapetos y en los cuarteles. Esa noche apareció en la historia el concepto Milicianos de Managua. Resulta que muchos de los que permanecían escondidos en sus casas, salieron a la calle, se adueñaron de las armas abandonadas y se pasaron la noche disparando al aire. Al llegar las columnas del FSLN que entraban en la ciudad se confundieron con ellos. Desde aquel episodio se llama Milicianos de Managua a los aprovechados que capitalizan para ellos una insurrección de la que no participaron.

Pensaba estos días en los milicianos, pero no de Managua sino de Kabul. La situación es parecida a aquella de 1979, solo que los talibanes son los trogloditas de Afganistán y los sandinistas iban a liberar a Nicaragua de otro troglodita. Después resulta que todo se da vuelta... pero el hecho de ahora es la toma de Kabul el domingo pasado por fuerzas insurgentes que se hacen con el poder. Los que pueden, huyen para vivir tranqui en otros países y dejan a la buena de Dios a los que los acompañaron por afinidad ideológica o porque había que comer. Se van los ministros pero quedan los secretarios y subsecretarios. Se van los embajadores pero quedan los empleados locales. Se van los responsables y quedan los inocentes que buscan desesperados subirse a los aviones para evitar las represalias de los nuevos amos.

Mejor que intentar el escape casi imposible es agenciarse un fusil de asalto bien grande y vestirse de talibán para pasar inadvertidos. Se me ocurre que muchos de los barbudos armados hasta los dientes que hoy vemos en las fotos de Kabul, son en realidad Milicianos de Managua: afganos asustados convertidos en talibanes el domingo pasado.