26 de febrero de 2023

Un año en guerra


La guerra cumplió un año. No hay nada que festejar, pero sí hay algo que celebrar: Ucrania sigue luchando contra un invasor temible, desproporcionado y atroz. Y no es que resista en un reducto cada vez más chico y asilado de su geografía: lo ha hecho retroceder an algunos frentes y lo contiene en las provincias separatistas y prorrusas del este. Es cierto que Rusia logró abrir un corredor al norte del mar de Azov, hasta la península de Crimea que se apropió en 2014, pero lo hizo a costa de destruir ciudades como Mariupol. Eso parece no mosquear a los ucranianos, que se muestran dispuestos a retomar la rebelde región del Dombás y también la península de Crimea en este segundo año de la guerra.

Del año que pasó queda Vladimir Putin aislado del resto del mundo ya que ni Xi Jinping está convencido de apoyar esa locura. Por el otro lado, a Ucrania la apoya gran parte de las potencias occidentales, sobre todo Estados Unidos, la NATO y la Unión Europea, que vaciaron sus arsenales de armas vencidas para ayudarlos a luchar contra el invasor; lo interesante es que ahora han empezado a entregar armas de última generación... 

Es cierto que Rusia tiene –o tenía– el segundo ejército más poderoso del mundo, pero le juegan en contra dos factores cruciales: la corrupción que campa en su logística y complica sus movimientos y las pocas ganas de sus soldados de luchar en una guerra que no mueve la aguja del patriotismo. A pesar de sus ingentes fuerzas armadas, Rusia ha tenido que contratar un ejército de mercenarios sin patria –que incluye presos sin esperanza– para sus operaciones de vanguardia.

No se puede someter a un país por mucho tiempo, a no ser que se extermine a todos sus habitantes y se arrasen todas us ciudades... y ni siquiera así. Putin creía que si instalaba un gobierno títere en Ucrania conseguiría un país vasallo, pero tuvo que retirarse de las puertas de Kiev cuando vio que solo iba a lograrlo con tierra arrasada. Entonces concentró sus esfuerzos bélicos en el corredor que une Crimea con la Madre Rusia.

Me puedo equivocar, pero todo indica que, como van las cosas, antes del 24 de febrero del 2024 se terminan los días de poder de Putin. Lo que no sabemos es si su final será en modo Nicolae Ceaușescu o Erich Honecker, los tiranos comunistas de Rumania y Alemania Oriental. El efecto dominó caerá sobre Bielorrusia y su presidente Alexander Lukashenko y otros dictadores títeres de Rusia que mandan en estados desmembrados de la antigua Unión Soviética.

El mal supremo no es tanto la guerra como la agresión. Cuando uno es agredido no le queda más remedio que luchar contra el agresor hasta vencer o morir. Es la pelea por la vida y por la libertad y no hay fuerza humana que pueda contraponerse. La guerra es un enigma, una enfermedad del proyecto humano que desde Caín y Abel –y antes también– certifica que el conflicto está en nuestra naturaleza caída. No queda otra que tratar de evitarlas y de minimizar sus consecuencias.

Los invasores armados causan desastres y se van como vinieron. En cambio, los que prosperan hace siglos son los imperios comerciales, que dominan fabricando, comprando y vendiendo Coca Cola y ChatGPT; Disneylandia y CNN; petróleo y gas; agua, litio y cobre; trigo y cebolla.... Y para completar el panorama vale la pena recordar que esos imperios no solo fabrican, compran y venden información, alimentos, energía o sueños; también tienen el monopolio de las armas.

19 de febrero de 2023

Madres rusas


Pasé unos días del invierno de 2016 en Luarca, un puerto de pescadores en la Cornisa Cantábrica. Lo bueno es que allí era verano... pero no voy a contar mi veraneo con amigos asturianos, playas escondidas entre los acantilados, delicias del mar y de la tierra y largas partidas de mus, sino de algo que se encuentra en muchos lugares de Asturias, Galicia, el País Vasco o Extremadura: las casas –a veces verdaderos palacios– de los indianos. En Luarca hay varias imponentes, pero dos están una enfrente de otra y se llaman Villa Argentina y Rosario. La Villa Argentina ahora es un hotel y Rosario sigue siendo la imponente casa señorial de una familia que hizo su fortuna en esa ciudad de Santa Fe.

Unos cuantos años antes hablé cuatro palabras con un viejo vasco que cuidaba el estacionamiento de un club de golf en el valle de Ulzama, en Navarra. Al reconocer mi acento me confesó que había emigrado a la Argentina, donde vivió varios años, pero con tan poca suerte que tuvo que regresar a España tan pobre como salió. Nunca se animó a volver a su pueblo y sus parientes seguían convencidos de que sería rico en la Argentina.

Muchos inmigrantes, de esos que vinieron con una mano adelante y otra atrás, volvieron a Europa a mostrar su fortuna. Otros volvieron como vinieron, porque no les fue bien, porque extrañaron su tierra o porque se les dio la gana. Y otros –no conozco la proporción pero alguien la habrá estudiado– se quedaron aquí, se hicieron argentinos y hoy llevamos su sangre en nuestras venas. A veces esa vuelta a los orígenes se ha dado en la segunda, la tercera o la cuarta generación, y tiene cierto olor a fracaso del sueño de los abuelos porque ellos también vinieron a empujar a la Argentina hacia el progreso, la libertad y el bienestar que no encontraban en su tierra.

La Argentina es un país generoso: tiene los brazos abiertos a todos los hombres del mundo que quieran habitar su suelo. Lo dice el preámbulo de la Constitución, pero no solo el preámbulo. El artículo 20 establece que los extranjeros gozan de los mismos derechos que los nacionales y no están ni siquiera obligados a hacerse argentinos, pero si quieren, lo consiguen con solo vivir dos años en el país, periodo que se acorta a tres minutos si el extranjero lo solicita alegando servicios a la patria. Los constituyentes de 1853, conscientes de que había que poblar la Argentina, establecieron una curiosa preferencia por la inmigración europea, pero además quedó legislado (artículo 25) que el gobierno federal no puede restringir, limitar ni gravar con impuesto alguno la entrada en el territorio argentino de los extranjeros que traigan por objeto labrar la tierra, mejorar las industrias, e introducir y enseñar las ciencias y las artes.

Cuando llegaron nuestros abuelos nadie les preguntó si se iban a quedar mucho o poco, si iban a volverse ricos o pobres. Los funcionarios de migraciones apenas podían transcribir sus nombres de unos pasaportes maltratados. Y aquí estamos nosotros, hijos, nietos, bisnietos o tataranietos de los parias de aquellos años, que venían a buscar una nacionalidad amigable.

La generosidad y los brazos abiertos argentinos se mezclaron en estos días con cierto nacionalismo barato, cuando en los medios nacionales aparecieron con destaque cantidad de rusas embarazadas que llegan a la Argentina a parir a sus hijos solo con el fin de gozar de nuestros derechos en todo el mundo; derechos que no tienen como rusos por culpa del frenesí invasor de Vladimir Putin. Pueden enseñarnos mucho y también ayudar a levantar este país, quizá tanto como los venezolanos, los chinos o los senegaleses, que no son europeos pero eso ahora no importa tanto. Nos debería bastar con saber que son parias y que su nacionalidad es tóxica, para recibirlos con los brazos abiertos. El problema no son las madres rusas sino los que trafican con la urgencia humana.

12 de febrero de 2023

Más pena no significa más justicia


Dediqué las últimas columnas a los dos juicios orales de este verano, en Dolores (provincia de Buenos Aires) y en Santa Rosa (La Pampa). El primero por del asesinato de Fernando Báez Sosa, muerto a golpes y patadas por ocho amigos de Zárate en la salida de un boliche en Villa Gesell el 18 de enero de 2020. El segundo, por el asesinato de Lucio Dupuy, el chico de cinco años maltratado, abusado y luego muerto a golpes por su madre y la pareja de su madre el 26 de noviembre de 2021.

Los crímenes son todos repudiables, pero el de Dolores conmovió especialmente a la opinión pública debido a la autopromoción de un abogado manipulador. No critico la conmoción en sí misma, que no tiene nada reprochable, sino la exageración, la desproporción entre la culpa y la pena, omnipresente en las coberturas periodísticas desde Dolores. No es un tema fácil y puede ser que provoque reacciones airadas: no me preocupa porque provocar es la función principal del periodismo.

La pregunta que quiero plantear es la que contesto en el título: ¿Más justicia significa más pena? Pero hay otras... ¿Se puede gritar a los jueces que solo la prisión perpetua es justicia? ¿Es lícito intentarlo, sabiendo que está mal porque los jueces nunca deben dejarse influir en sus sentencias por la opinión pública? ¿Se puede tachar como injusta una sentencia porque fue más benévola de lo que nos gustaría? Y hay otra más brutal: ¿Se puede desear el mal? Creo que nadie me va a decir que sí, pero si planteara la pregunta de otro modo, quién sabe... ¿Se puede desear el mal a quien hizo el mal? ¿Se puede castigar a quienes nos hacen daño? ¿Se puede torturar a quienes nos lastiman? No se puede. De ningún modo.

¿Y se puede arruinar la vida de unos adolescentes que no son asesinos por naturaleza, por más pavotes y culpables que sean? Sí. Se puede porque la ley lo establece, pero... ¿nos podemos alegrar por esas penas que convierten el resto de sus vidas en un infierno? Yo creo que no. ¿Y qué es peor, matar o desear la muerte? Las dos cosas son casi igual de malas...

La ley del ojo por ojo y diente por diente fue superada hace 2000 años. El cristianismo consiguió cambiarla por todo lo contrario y mejoró notablemente la vida en sociedad: el perdón, que es el remedio de verdad. Y por si hubiera alguna duda, los cristianos le pedimos a Dios que nos perdone a nosotros según nuestra propia capacidad de perdonar. Pero una cosa es el cristianismo y otra las leyes penales; una cosa es el delito y otra el pecado.

¿Alguien piensa que la cárcel arregla algo? La Constitución (artículo 18) dice que deben ser sanas y limpias y que no son para castigo de nadie, lo que hace ilegales todas las exigencias de castigo, hasta las de las Madres de Plaza de Mayo. Pero además dice que deben ser sanas y limpias, lo que hace también ilegales todas las cárceles en las que se mortifica a los presos más allá de la falta de libertad, que ya es muchísimo. Pero además todos sabemos que las cárceles argentinas no reforman a los presos sino que los vuelven peores. Y también que para reformar a un delincuente no es una buena idea hacerlo convivir entre otros delincuentes. Estoy seguro de que las generaciones futuras se horrorizarán de lo que hacemos hoy con los que cometieron delitos como ahora nos horrorizamos de la esclavitud.

Una madre, indignada con algo que escribí, me decía que me quería ver a mí con un hijo asesinado por esos monstruos, a ver qué pensaba. Pienso que intentaría perdonarlos y también que me alcanzaría con un hijo en el cementerio como para pedir que ocho más estén muertos en vida, sufriendo una tortura interminable e insoportable –completamente ilegal– en una cárcel argentina. Y también pienso que si tuviera un hijo asesino, haría lo que sea por salvarlo de esa tortura, aunque fuera tan ilegal como una cárcel argentina.

5 de febrero de 2023

El otro juicio


En Santa Rosa (La Pampa) terminó esta semana el juicio oral a las asesinas de Lucio Dupuy, el chiquito que murió el 26 de noviembre de 2021 a causa de una golpiza en su propia casa. Su madre, Magdalena Espósito, y la pareja de su madre, Abigail Páez, fueron declaradas culpables de homicidio con agravantes. En el caso de la madre los agravantes son el vínculo, la alevosía y el ensañamiento. Su, digamos novia, tiene cargos de homicidio agravado por alevosía y ensañamiento y también por el delito de abuso sexual ultrajante cometido contra el chico de cinco años. El fallo declaró solo la culpabilidad y las condenas serán dadas a conocer el 13 de febrero, pero con estos cargos se descarta que les darán prisión perpetua a las dos: 50 años en la cárcel sin ninguna posibilidad de excarcelación ni reducción de pena.

Refiriéndome a las condenas de los asesinos de Fernando Báez Sosa, que se darán a conocer mañana, decía el domingo pasado que no arreglan nada. Y repasaba una sabia garantía constitucional que establece que en la Argentina las cárceles no son para castigo de nadie sino para seguridad de los que están libres. Por eso, los jueces que dictan condenas tan graves deben estar convencidos de que esas personas serán peligrosas para la sociedad, por lo menos hasta que cumplan los 70 años, edad a la que podrán salir por otra medida humanitaria del sistema penal argentino, que supone que a esa edad ya nadie es peligroso.

¿Es mejor para la sociedad que Abigail y Magdalena pasen el resto de sus vidas en una cárcel que, para colmo y en contra de la ley, es lo más parecido a un infierno? Lo pensaba –y lo escribía– sobre los todavía sospechosos del crimen de Fernando Báez Sosa en Villa Gesell, que a todas luces parecen ser los asesinos, pero no unos perversos criminales seriales, sino unos adolescentes bastante pavotes, víctimas a su vez de una descomunal operación de opinión pública montada por el abogado querellante de los particulares damnificados, a quien le importa un comino arruinarles la vida para siempre si consigue la fama que necesita para ser candidato a gobernador de Buenos Aires.

No vale pedir justicia y después solo conformase con los fallos que nos gustan. Es intrínseco a la Justicia (ahora con mayúscula) su independencia de la opinión pública y de cualquier otra intromisión de cualquier influencia y de cualquier poder, incluidos el ejecutivo y el legislativo. Así funciona el sistema republicano, que supone la garantía esencial de igualdad ante la Ley y de desigualdad ante la Justicia, porque Justicia es la aplicación de la Ley a cada caso en particular. Ciega es la Ley, no la Justicia, que tiene los ojos bien abiertos.

No puede ser que para la opinión pública sean buenos los jueces que fallan a nuestro gusto y malos los que no. Y eso no quiere decir que no haya jueces corruptos, que los hay, pero no son corruptos porque nos disgusten sus sentencias sino por otra razón, que siempre es la misma y de color verde. La República tiene sistemas para defenderse de esa corrupción: hay que confiar en ellos y perfeccionarlos cada vez más.

Finalmente algo sobre la violencia intrafamiliar. A pesar de lo que uno supondría, dicen las estadísticas que en la Argentina el castigo a los niños es endémico, permanente y creciente. Y no tiene nada que ver la condición de la madre porque no hay madre en el reino animal que mate a sus hijos, o que en caso de peligro no dé la vida por ellos. Entonces ¿cómo puede una madre matar a un hijo de cinco años? No hay respuesta de la naturaleza, pero sí intenta encontrarla la psicología humana.

Solo los humanos podemos ser egoístas. Pero tan egoístas que el amor a nosotros mismos es capaz de pudrir, y convertir en odio, hasta el amor de una madre a su propio hijo. Y lamento comunicarle que el egoísmo es una de las señales más características de este tiempo que nos toca vivir, por eso el remedio no está en las cárceles mientras en las cárceles no se enseñe a amar a los semejantes.

29 de enero de 2023

Justicia y opinión pública

Durante la últimas dos semanas hemos presenciado, casi en directo y como si fuera un espectáculo, las audiencias testimoniales del juicio oral a los ocho sospechosos del asesinato de Fernando Báez Sosa, el adolescente de 17 años que fue muerto por una patota de amigos de Zárate el 18 de enero de 2020 en Villa Gesell. Luego, ahora sí en directo, los alegatos de la fiscalía, los particulares damnificados y la defensa de los imputados. Hasta la sentencia, que será pública el 6 de febrero, no se puede aventurar la condena de la Justicia. No es el propósito de esta columna adelantar ninguna opinión sobre semejante asunto: solo me baso en el relato de los hechos, tal cual los conocemos por los medios y fueron relatados en las audiencias y alegatos del juicio oral.

Me parece una barbaridad cualquier condena y no me importa que me tachen de garantista. Quizá lo sea, como el Papa que lo acaba de afirmar de sí mismo, pero no por pensar que la culpa del delito es de una sociedad injusta –que lo es– sino porque las cárceles no arreglan nada. Me alcanza con calcular que si les dan prisión perpetua, algunos de esos chicos pueden salir a los 70 años (por cumplir 70, no por cumplir la condena). Pero además su vida será un infierno en un país cuya Constitución garantiza que las cárceles no deben ser un infierno... Y me dan escalofríos solo por pensar que alguien reclame ese castigo para un ser humano, aunque haya cometido el crimen más aberrante. Todos sabemos que a pesar de lo que diga nuestra Constitución en su artículo 18, las cárceles argentinas son incubadoras de delincuentes, cuarteles generales del crimen organizado y focos de corrupción de los servicios penitenciarios. No sirven para lo que tendrían que servir y ni siquiera cumplen con los estándares mínimos que exigen las leyes.

En todo el debate que se dio en estos días en la opinión pública, casi no se oyó otra cosa que precisamente eso: que se pudran en la cárcel. Supongamos que se lo merecen: la macana es que no arreglamos ninguna otra cosa que no sea fomentar –nunca saciar– la sed de venganza de las persona que ha sufrido la pérdida irreparable de un hijo, un hermano, un amigo... y lamento informarles que la venganza no es un sentimiento muy noble. Sí se entiende, en cambio, el principio constitucional, también consagrado en el artículo 18: la privación de la libertad para los que cometen delitos no es para castigar a nadie sino para garantizar la seguridad de los que no los cometen. Por eso los jueces que dictan una prisión perpetua tienen que estar convencidos de que quienes van a pasar el resto de sus días en la cárcel solo estarán allí porque son peligrosos para el resto de la sociedad.


Provocando ese espectáculo con la intención de mover la balanza de la opinión pública y de los jueces, aparece el abogado de los padres de la víctima (la querella de los particulares damnificados es un derecho, pero no un deber como el de la defensa de los imputados o la acusación por parte del Estado). En este caso fue el patrocinante quien eligió a sus patrocinados y lo hizo ad honorem, pero es el mismo que se enriqueció patrocinando a los asesinos de José Luis Cabezas; a los culpables de la muerte de Rodrigo Bueno; también a Horacio Conzi y a Giselle Rímolo; a Diego Maradona; a Francisco Trusso y a los gerentes de Skanska... y ahora se aprovecha de un caso que le viene al pelo para lavar su imagen ante la opinión pública. 

Con pretensiones de pasarse a la política y conocedor del impacto que tendría en los medios, se instaló como abogado de causas justas, aunque no pudo evitar un estilo agresivo que parece innato. Él y sus socios aparecieron en los medios como si pagaran publicidad, con preguntas inducidas o pasadas de antemano a periodistas y a medios que deberían avergonzarse de vender sus plumas, sus micrófonos y sus cámaras. Y si no se vendieron o pensaron que la causa valía la pena por lo justa, sirvieron de idiotas útiles a las pretensiones políticas de un abogado sin muchos escrúpulos.

22 de enero de 2023

El sexo de los animales


Salvo casos excepcionales, en organismos muy básicos, todos los animales tienen dos sexos y se reproducen apareándose entre ellos de los modos más diversos y curiosos. Los mamíferos nos parecemos mucho, en eso como en tantas otras cosas, pero también se aparean las aves, los reptiles, los peces y hasta los insectos.

Pero lo que quiero explicar tiene más que ver con el género y pasa con las moscas y los mosquitos, con los sapos y las ranas y con todos los animales, pero se vuelve mucho más interesante en los genéricos de los más cercanos al hombre y que, precisamente por convivir cerca de nosotros hace milenios, distinguimos en la lengua su variedad y condición: caballo, yegua, potro, potrillo, potranca, montado, jamelgo, matungo, penco, redomón... vaca, toro, novillo, vaquilla, vaquillona, ternero, buey... oveja, carnero, cordero... perro, can, cuzco, cachorro, podenco, sabueso, mastín...

La jirafa y el elefante no son una hembra y un macho sino epicenos, los nombres genéricos de las jirafas y los elefantes, sean machos o hembras. El perro, el gato y el caballo son masculinos, mientras que la vaca, la oveja y la cabra son femeninos, aunque incluyan a las hembras y los machos de esas especies. Cuando nos cruzamos con una tropa de vacas, toros y terneros, decimos que son vacas y cuando comemos su carne también decimos que es de vaca, aunque sea de novillo. Si vemos caballos, no hacemos la distinción entre caballos, potros, yeguas, potrillos y potrancas. Los leones se distinguen de lejos de las leonas pero en el conjunto todos son leones, igual que los tigres y las panteras. Las gallinas son femeninas y los gansos son masculinos, como los cerdos o los pavos, pero las gallinas dan nombre hasta al gallinero, que vendría a ser el gineceo que alberga también a los gallos y a los pollos. Y el hombre –el ser humano– cayó en masculino como pudo caer en femenino y quién sabe si un día no termina siendo la hombre.

Si van a respetar la inclusión, los que ocupan el dialecto inclusivo deberían olvidarse de los epicenos y referirse a los animales con la misma distinción: no dirán más vacas ni vacuna porque son términos que discriminan a los toros; tampoco pueden decir caballos si además hay yeguas, ni abejas porque estarían dejando de lado a los zánganos, ni perros ni gatos si entre ellos hay perras y gatas; ni ballenas a las ballenas y sus maridos; o pingüinos a los pingüinos porque la mitad son pingüinas. Y así podemos repasar una por una todas las especies que entraron en el Arca de Noé. Y no le digo nada cuando un oso polar se autoperciba libélula: ahí se pudre todo.

Hace 70 años la palabra hombre incluía a los varones y las mujeres, pero hoy es casi imposible usarlo en ese sentido –como lo hice en esta columna– que es la primera acepción del diccionario. Así es el lenguaje cuando está vivo, y al paso que vamos, no falta mucho para que nos obliguen a hablar de los animales como hoy nos están forzando a hacerlo con las personas: en los insecticidas y en su publicidad habrá que anunciar que matan insectos e insectas, mosquitos y mosquitas, cucarachas y cucarachos, polillas y polillos, hormigas y hormigos, ratas, ratos, ratones y ratonas... Y el alimento para gatos y perros deberá incluir a las gatas y a las perras.

Como estas cosas van y vienen, aviso que falta un poco más de tiempo, pero no tanto, para la reacción contraria, brutal, contra toda esta tontería. Sin ir más lejos, Basta de todes es el eslogan de campaña de un candidato a gobernador de la provincia Buenos Aires. Solo hay que esperar que los que vengan del otro lado de la grieta nos dejen pensar y expresarnos como se nos dé la gana.

15 de enero de 2023

Caos en el puente


Las fronteras son de la época de mi abuelita, pero como vienen con su pedacito de poder, siguen ahí, para jorobar a los ciudadanos y beneficiar a los que aprovechan ese espacio para exprimir a los sufridos fronterizos, como los posadeños, que vivimos en una de las más transitadas del mundo. El puente San Roque González, que une y separa las ciudades de Posadas y Encarnación, está imposible desde que se volvió a abrir al tránsito general después de la pandemia y sobre todo por las asimetrías, acentuadas hace años debido al cada día más escaso valor de nuestra moneda.

Los que cruzan la frontera juegan a la lotería, aunque tengan que hacerlo como parte de un largo viaje, por una emergencia, por trabajo, por su salud, por estudios... Nunca se sabe si habrá cola ni cuánto tiempo se perderá para pasar. Es mejor cruzar en colectivo o en tren, pero todo depende del viaje o lo que uno vaya a hacer al otro lado y de los horarios muy limitados del transporte público. Las lanchas no estaban sometidas al tráfico del puente pero desaparecieron cuando llegó el tren. Y el tren cuando no es acosado por la codicia de un concejal encarnaceno, no circula por paro de la UTA y tampoco rueda los fines de semana. En auto pueden tocarle hasta seis horas de cola y más todavía, con trámites oxidados en las dos cabeceras del puente, ya que hay que pasar por migraciones y aduana del lado argentino y paraguayo, tanto a la ida como a la vuelta. Las casillas rara vez dan abasto y no siempre coinciden las habilitadas con la afluencia de autos, porque se ocupan según el reglamento redactado por unos burócratas lejos de las fronteras que nunca conocieron.

Mientras uno espera en la cola sempiterna, ve pasar contrabandistas que se friegan en todas las leyes... impunemente, descaradamente. No hay que ser Sherlock Holmes para deducir que algunos controles son cómplices del contrabando. Y un razonamiento con un poco de lógica concluye que a los paseros les convienen las colas y las esperas porque así encarecen sus servicios. Los que están flojos de papeles no pasan por donde se controlan en serio los papeles y el contrabando no se hace a escondidas, se hace coimenado.

Los controles solo sirven a los controladores, para sacar una tajada o quizá solamente para disfrutar de un minuto de poder multiplicado por miles de veces. Es una generalización injusta, pero estoy exagerando a propósito, hiperbólicamente, para contraponer estos argumentos a la desmesura del caos en el puente, que nadie quiere arreglar porque todos se lavan las manos.

Hay tecnología más que suficiente y al alcance de la mano para solucionar todo esto. Hoy podemos pasar casi todos los peajes de la Argentina con un dispositivo pegado en el parabrisas. Ahí quedan registrados todos los datos de los que pasan, que también pueden servir a migraciones o a las fuerzas de seguridad. No puede ser que haya que pasar por una casilla para que un funcionario haga lo que puede hacer un scanner con el sticker del parabrisas, sin que sea necesario ni disminuir la velocidad del auto. Esos datos pueden ir a migraciones, tanto de un país como del otro, ya que en ambas fronteras se hace la mismísima operación con el documento (cosa que hace rato podría hacerse en un centro de frontera unificado, pero ni eso hemos conseguido).

Algo paralelo pasa con las aduanas, que en el mundo globalizado son tan antiguas y tan inútiles como las fronteras. El contrabando no se persigue esperando que pase un avivado con dos botellas de Johny Walker; se persigue con inteligencia y sobre todo deben perseguirse el narcotráfico y la trata de personas, y no a los sufridos vecinos de Encarnación o de Posadas, solo para mantener la economía informal y el derrame de los que delinquen impunemente aprovechándose de los que sufrimos las asimetrías de nuestra frontera.

8 de enero de 2023

Benito 16


A fin de año los medios también hacen cuentas y balances de lo que pasó. Por la misma exigencia de la edición queda en el tintero lo que ocurre en la última semana y siempre son noticias importantes, que no aparecen en los anuarios y hasta es probable que tampoco entren en el del año que empieza porque ya son del que pasó. Esta vez fueron las muertes de Pelé el 29 y de Benedicto XVI el 31 de diciembre.

Benedicto fue enterrado el jueves en la cripta de la Basílica de San Pedro de Roma, donde acompaña los restos de la mayoría de los Papas, desde san Pedro a san Juan Pablo II. Lo curioso es que esta vez un papa enterró a otro papa, cosa que no suele suceder. Sí hay un caso de un papa que fue desenterrado por otro papa, pero esa es otra historia...

Lo de la renuncia de Benedicto XVI también es otra historia. No ocurría desde 1415, cuando Gregorio XII abdicó para terminar con el llamado Cisma de Occidente. Fue una abdicación política y obligada, ya que si no renunciaba lo borraban de la lista. Antes que él, quien renunció, como Ratzinger, por sentirse sin fuerzas para gobernar la Iglesia, fue Celestino V en 1294. Se llamaba Pietro da Morrone y no tuvo una vida fácil después de su renuncia: murió en la cárcel en 1296 y fue canonizado en 1313; sus restos no descansan en San Pedro sino en L'Aquila.

Tanto Joseph Ratzinger como sus predecesores que eligieron el mismo nombre, desde Benedicto I (elegido en 575) hasta Benedicto XV (1914 a 1922), lo tomaron de san Benito de Nursia, el abad que inventó los monjes y los monasterios, muerto en 547; un santo muy popular, patrono de Europa, venerado también por los ortodoxos y protestantes por ser anterior a las grandes divisiones del cristianismo.

En italiano, a san Benito y también al Papa que murió, los llaman Benedetto; en inglés Benedict y en alemán Benedikt. En cambio en francés, en portugués y en catalán, tanto al santo como a Ratzinger les dicen Benoît, Bento y Benet. Lo que nunca entendí es por qué en castellano le decimos Benedicto a Benito XVI y a los otros papas que llevaron ese nombre.

Benito es apócope castellano de bendecido o bendito, el participio de bendecir. Lo mismo pasa con Benoît, Bento y Benet, cercanos a Benito, que tampoco quieren decir estrictamente bendecido, ya que en francés se usa bení, en portugués abençoado y en catalán beneït.

Algunos redichos (esos que se complican cuando hablan) le decían Paulo a Pablo VI, quizá porque se olvidan de que los nombres de los santos, de los papas y de los reyes siempre se traducen. Esos errores se impone en el idioma, como tantas cosas que decimos equivocadas pero terminan siendo aceptadas a fuerza de repetirlas. Pasa también con nombres como Santiago o Isabel, cuyas numerosas variantes ya no asociamos con el original.

No tenía buena prensa el 16º Benito, quizá por su carácter tímido, quizá por su buen gusto, o quizá por su expresión siempre un poco mefistofélica. Pienso que ahora, después de su muerte, empezará a crecer su dimensión como sabio y prudente; no solo por su inteligencia, sus escritos y su firme posición ante los abusos de algunos eclesiásticos, sino también por su humilde renuncia al papado, que ha abierto las puertas a otro modo de medir el tiempo en el gobierno de la Iglesia.

31 de diciembre de 2022

Generación tres estrellas


Brasil tiene cinco. Italia y Alemania cuatro. Nosotros tres. Siguen Francia y Uruguay con dos y luego Inglaterra y España con una.

Ya se ve que es un club exclusivo el de los campeones del mundo; que no es para cualquiera. También se ve, como en todos los clubes, que hay algún colado y hasta uno que no paga la cuota hace rato... Y todo hay que decirlo: estamos más cerca de Italia y Alemania, pero Brasil nos lleva dos estrellas de ventaja.

La Argentina tiene el carnet al día y sabemos cómo hacerlo: jugando a la pelota. No es chiste la expresión que usan casi todos los futbolistas profesionales. Pero como ganan millones y viajan en jets privados, sus vidas se parecen más a las de los artistas de Hollywood que la de unos chicos que juegan a la pelota.

Jugar a la pelota implica algo elemental en todo deporte asociado, jugado en equipo: es el esfuerzo colectivo de un grupo de personas. Y mientras eso no se entienda, es imposible ganar, por más cracks que se cuenten en el equipo. Esa es la razón del éxito de selecciones impensadas y del fracaso de algunas candidatas en cualquier Mundial. Y esa es la lección que debíamos haber aprendido cada vez que fracasamos por confiar en que nos salvaría un solo jugador, o dos.

Pasa desde la Copa América del año pasado: está claro que hay un ídolo indiscutible, pero ahí nomás están los otros. Desde que terminó el Mundial en Catar, los medios siguieron a Messi hasta Rosario, pero también al barrio de Ángel Di María, a Julián Álvarez lo siguieron hasta Calchín, a Alexis Mac Allister hasta Santa Rosa, a Lautaro Martínez hasta Bahía Blanca, a Dibu Martínez hasta Mar del Plata, a Enzo Fernández y Exequiel Palacios hasta San Martín, a Nahuel Molina hasta Embalse, a Lionel Scaloni hasta Pujato, a Chiqui Tapia a cumplir con la Difunta Correa y a Rodrigo de Paul a cumplir con Tini Stoessel... y en cada una de esas localidades se organizaron festejos parecidos. Messi no ganó solo y él lo sabe mejor que nadie.

También sabemos que el esfuerzo del conjunto no es el amontonamiento de cracks jugando a la pelota. Entre otras cosas que hay que aprender para ganar está la de saber perder: hay que reponerse de las derrotas porque en los deportes se gana, pero sobre todo se pierde y si no, pregúnteles a todas las selecciones que volvieron a sus países sin la copa o a las que ni siquiera clasificaron para jugar la última fase en Catar (de paso le recuerdo que la FIFA tiene más miembros que la ONU).

Ahora resulta que descubrimos cómo se agregan estrellas a la camiseta de la selección. Así que hay que empezar a pensar en la cuarta para llegar con envión. Porque esa es otra condición que marcó al equipo argentino: el envión ganador, que es una cuestión psicológica, difícil de medir, pero casi tan importante como la humildad, el trabajo en equipo y la habilidad para jugar a la pelota.

La tercera estrella puede marcar el fin de la Argentina pendenciera, egoísta, agrietada, peleadora, soberbia... Ojalá lo hayamos aprendido en este año que se termina para todas nuestras actividades y sobre todo para la política, que no debe ser nunca la búsqueda del poder solo para tener poder.

El año 2023 puede ser el de la generación de las tres estrellas, marcada por esta selección de Messi, pero no solo de Messi. El fin de un estilo y el comienzo de otro. Estos acontecimientos tienen un efecto paradigmático inmenso, que aunque no se ve de un día para otro, hace que toda una sociedad cambie de era, y un día la historia le ponga nombre a ese gran cambio colectivo. Es un deseo de fin de año: mire si se cumple...

24 de diciembre de 2022

Prejuicio racista gringo

La vorágine del Mundial y todo lo que ya se dijo me exime de hablar de Messi, del ejemplo de unidad, trabajo, humildad y constancia de la selección. Ya está, ahora hay que celebrar que nuestra camiseta tiene tres estrellas y ponernos a pensar en cómo vamos a conseguir la cuarta. Fue por el Mundial que la Navidad llegó de repente, pero con un regalo que valió la pena. Que la improvisación nacional no empañe esa felicidad.

Pero de la cobertura del Mundial quedó un tema pendiente que me interesa puntualizar ahora. Es el prejuicio racista de los gringos (me gusta decirles gringos, como ocurre en casi toda nuestra América Mestiza). Y déjeme que me burle de los que se la pasan arbitrando lo que podemos decir y lo que no debemos decir; esos tienen el mismo prejuicio al que me estoy por referir: el de los gringos.


Resulta que uno de los días del Mundial, y cuando ya se perfilaba el avance de la selección argentina hacia la final, apareció una nota en el Washington Post que se preguntaba en el título por qué no había negros en la selección argentina. Después de comprobar que la nuestra es una de las pocas selecciones que no tiene integrantes negros y sus apellidos son europeos, mientras que, salvo la de Croacia, el resto de las selecciones europeas tienen jugadores de color en sus equipos. La francesa es el caso más notable, porque los blancos son la excepción.

Los argumentos con que el mismo Washington Post se contestaba la pregunta del título son entre regulares y malos, pero sobre todo son estúpidos. No importan tanto para lo que quiero decir, así que lo resumo en una sola oración: en la Argentina llaman negros a los morochos.

Es cierto que entre un descendiente de eslavos o alemanes y uno del sur de Italia o España, hay una diferencia notable de color de piel, de ojos y de pelo. Y también es cierto que en la Argentina, acostumbrados a ponerle apodo a todo el mundo, le decimos Negro, así, como sobrenombre, a cualquiera un poquitito más oscuro. Y lo decimos sin drama, sin prejuicios, sin que signifique ninguna discriminación, aunque los gringos piensen que sí lo es. También le decimos Gordo a los gordos; Flaco a los flacos; Lungo a los altos; Petiso a los bajos; Pelado a los calvos... ¿Y qué?

A fines del siglo XIX y principios del XX, la Argentina recibió una inmigración masiva de italianos y españoles y menor de otros países de Europa. Desde el día que llegaron, esos europeos se mezclaron entre ellos y se fue creando una raza mestiza bastante blanca, pero eran tantos que licuaron a los indios y a los negros (llamo indios a los habitantes de las Indias Occidentales, que no son originarios de América; y negros a los descendientes de los pocos esclavos que quedaron después de su liberación en 1813 y 1853). Para colmo, esos indios y esos negros ya se venían mezclando con europeos mucho antes de la inmigración. Y en el caso de los indios –o de las indias–, se mestizaban con los castellanos en cuanto se bajaban de los barcos. Bueno: la selección es una muestra perfecta de ese crisol de razas de la Argentina que empezó con Gaboto y con Solís.

La pregunta del Washington Post es la expresión patética del prejuicio racista gringo. Por eso creo que la respuesta más cabal al Washington Post –después de decirles que se vayan a freír espárragos– es que nadie se hace esa pregunta jamás en la Argentina porque no tenemos ningún prejuicio sobre el origen de nuestra gente. Somos felices queriéndonos entre todos y no descartamos a nadie, porque somos una cultura que se mezcló desde que se fundó. Quizá a ellos les repugne eso de mezclarse. Bueno, a nosotros no.