2 de octubre de 2026

Las democracias ya no son lo que eran

Tras la caída del Telón de Acero y de la Unión Soviética, entre 1990 y 1991, aparecieron unos cuantos nuevos países. En plena Europa, Checoslovaquia y Yugoslavia se dividieron, uno por dos y el otro por siete. Pero hay uno, también de Europa, que dejó de existir el 3 de octubre de 1990, cuando la República Federal de Alemania lo deglutió como un pacman. No fue la unión de dos países bajo un nuevo nombre sino la desaparición de uno absorbido por el otro. Existió durante 41 años y fue consecuencia de la división de Europa –de Alemania y de Berlín– entre los aliados que ganaron la Segunda Guerra Mundial. Le decíamos Alemania Oriental, pero oficialmente se llamaba República Democrática de Alemania (RDA) y era lo menos democrático que se podía encontrar.
 

Pasa siempre con los mentirosos, que tienen que repetir todo el tiempo que dicen la verdad. Hoy se llama así, mentirosamente, la República Popular y Democrática de Corea (Corea del Norte), una tiranía absolutista en la que los ciudadanos son esclavos, gobernada desde 1948 por tres generaciones sanguinarias de la dinastía Kim.

No basta con llamarse democracia: hay que serlo de verdad, y eso está en juego en nuestro siglo por culpa de concebirla solo como una forma de elegir a los gobernantes, justo cuando puede ser elegido cualquiera que sepa manipular a las masas de votantes o tenga el dinero para contratar a quien lo sepa hacer. El pueblo, que siempre pensamos que con el tiempo aprendería a elegir, es cada día más manejable por el enjambre de mentiras, la seducción ideológica, la publicidad encubierta, las noticias inventadas... pero sobre todo por la ignorancia, que es la peor de las pobrezas.
 
En los años de la posguerra se podía pensar que las democracias liberales de Occidente nos llevarían a un mundo más libre, pero en unos cuantos de nuestros países el sistema supuso una regresión hacia autoritarismos que por lo menos nunca se llamaron democráticos. Después, el Socialismo del Siglo XXI asaltó la democracia y la corrompió hasta producir aberraciones como Venezuela o Nicaragua: lo mismo que hicieron los tiranos de la RDA y de Corea del Norte. En los países donde pierden las elecciones, tachan de antidemocráticos a los gobiernos que llegaron al poder con el mismo método que ellos: los votos de los ciudadanos.
 
Hace unos días, el gobernador de la provincia argentina de Formosa dijo que sigue en el poder (lleva 40 años) porque a él lo votan los formoseños y no los de Buenos Aires. Gran verdad, que hace pensar que Hitler no habría llegado al poder si en las elecciones alemanas de 1932 hubieran votado ingleses y no alemanes.
 
La democracia no se define como la elección de quienes nos gobiernan. Tampoco es la imposición a las minorías del pensamiento de las mayorías, y mucho menos la imposición a las mayorías de los caprichos de los parásitos de las democracias. La democracia es la convivencia pacífica de los que piensan distinto y el poder en manos de los elegidos por el pueblo debe contemplar el arco completo de todos los votantes: para eso son las elecciones y no para imponer a los que pierden la voluntad de los que ganan, sean del signo que sean.