7 de diciembre de 2011

Así murió Horst Waidelich

Horst y Siger Waidelich pudieron ser unos granjeros modelos, de esos que uno se encuentra paseando una vaca feliz en la imposible campiña alemana. Pero no. Los hermanos Waidelich vivían en Misiones y su chacra lindaba con la selva azucarada del nordeste de la Argentina. Junto a sus familias ya crecidas criaban vacas y sembraban tabaco en potreros robados al monte. Aunque las vacas fueran flacas y guampudas le recordarían a las de sus abuelos, que vinieron muy jóvenes a la Argentina a principios del siglo pasado. Contando a los hijos de Horst, tres generaciones trabajaron como cosacos para domeñar esa tierra arisca y ganarle espacio a la selva. Siger, algo más joven y locuaz y solterón con ganas, vive todavía en un rancho en la misma chacra. Horst, en cambio, se mantenía enjuto y lacónico a los 72. Los dos conservaban la agilidad de los 30 gracias a la gimnasia de trabajar todos los días.


Una mañana de hace unos años los hermanos Waidelich se encontraron dos cachorros de yaguareté en el monte y decidieron que eran huérfanos, así que los criaron como mascotas. Otra mañana aparecieron siete vacas muertas en un potrero: algunas estaban despanzurradas; otras solo habían sido degolladas por un mordisco bien filoso. Uno o dos yaguaretés habían celebrado un festín en el corral a costa de sus pobres animales.

En lugar se salir afiebrados a matar tigres por la selva y a riesgo de seguir perdiendo animales, a los Waidelich se les ocurrió cazar vivos a los yaguaretés que acecharan su ganado. Pusieron carnada en el fondo de un tronco hueco y una trampa que tapaba la entrada al levantar el señuelo. Al tiempo, entre cazados y crías, machos y hembras, llegaron a cinco animales enjaulados, el más grande de 130 kilos. Pero no se vengaron los Waidelich de los verdugos de sus vacas. Se fueron al Ministerio de Ecología y pidieron permiso para mantenerlos en cautiverio y mostrarlos al público que quisiera visitarlos. Cobraban unos pesos por entrar y ganaron tanto dinero con los felinos como con los ovinos.

Siger era quien cuidaba y daba de comer a los jaguares, pero andaba renegando con una dolencia en los días que termina esta historia, así que se fue a Posadas al suplicio de los estudios y análisis. Ese jueves fue Horst a alimentar y limpiar las jaulas de Yaguaretania. Al oír los pasos, los mismos animales se trasladaban por su cuenta a un recinto un poco menor y dejaban hacer al amo y a la vez mucamo. No había necesidad de arrearlos: ellos iban solitos por el hambre y la fuerza de la costumbre. Horst trancó confiado la puerta de alambre tejido con un palo y se puso a limpiar la jaula silbando bajito.

Pero esa mañana el yaguareté no aguantó más, abrió la puerta sigiloso y lo mató de un zarpazo perfecto.

16 de noviembre de 2011

Kirchner con crema

Un estúpido notero de la televisión española le preguntó una vez a un cuidador del cementerio de Madrid si no le daba miedo pasar las noches entre los muertos. Contestó que miedo deben tener los que andan entre los vivos, porque esos sí que son peligrosos. Allí, en el cementerio de la Almudena no hay nadie peligroso: es lo más pacífico del mundo.

Quizá sea esa la razón por la que a los argentinos nos gustan los muertos más que los vivos: entre ellos no corremos ningún peligro. O será la influencia gallega, o la del sur de Italia, la razón de que nos hayamos convertido en uno de los pueblos más necrófilos del mundo. Nuestro apego a los muertos es tanguero, de llorar los unos abrazados a los otros y no de emborracharnos en honor y a la salud ya perdida del muerto. Nos gustan los camposantos para ufanarnos de la bóveda familiar que vaciamos de muertos cada tanto mientras las llenamos de palmas de bronce y ángeles regordetes, de esos que también lloran con la cara humillada entre sus manos heladas. Vamos a los velorios y los entierros porque ahí miramos y somos mirados. Y nos encanta abrazar a los deudos de los fallecidos con cara entristecida y aire compungido. Nos gustan las coronas de flores y competir en el cotillón ceniciento de sus cartelas cuaresmales. Celebramos las muertes de nuestros próceres en lugar de su nacimiento y lloramos a los que se fueron con la infinita morriña del Finisterre. En Buenos Aires y en otras ciudades de la Argentina, los cementerios son lugares turísticos tan visitados como el Museo del Prado o la Torre Eiffel. El 11 de septiembre es el Día del Maestro porque ese día de 1888 murió Domingo Faustino Sarmiento. El feriado por el Libertador José de San Martín es el 17 de agosto porque murió ese día de 1850. El 20 de junio es el Día de la Bandera porque en esa fecha de 1820 murió su creador, Manuel Belgrano. Alguien me dice que esa es una costumbre cristiana ya que la Iglesia suele celebrar a sus santos el día de su muerte, al que llama dies natalis, porque conmemoran su nacimiento a la eternidad. Les contestaba que precisamente por ser un país de mayoría cristiana deberíamos celebrar la muerte de los santos y el nacimiento de los próceres, ya que lo que valió de nuestros próceres es el tiempo que vivieron en este mundo y no el que pasan en el cielo, que es el que nos vale de los santos.

Jorge Luis Borges, que sabía de la necrofilia argentina, pidió más de una vez a sus amigos que cuando muriera no lo convirtieran en calle. Y explicaba que después de muerto prefería seguir siendo el escritor Jorge Luis Borges y no la calle Borges. Estaba convencido de que con el tiempo, al preguntarle a la gente quién o qué era Borges, contestarían “una calle”. Al poco tiempo de la muerte del autor de El Aleph las autoridades de Buenos Aires le pusieron Borges a un tramo de la calle Serrano, en Palermo Viejo. Una lástima. Pregunte en cualquier reunión por el que le dio el nombre al revuelto Gramajo o por Rossini, el de la salsa de tomates... En la antigua Unión Soviética convirtieron a Lenín en estatua de tantas que levantaron con su nombre grabado en el pedestal de granito. Por eso todavía los rusos llaman lenín a cualquier estatua que se encuentran, aunque sea de Caperucita Roja.

En la Argentina necrófila estamos convirtiendo ahora a Kirchner en estatua, en calle, en escuela, en campeonato de fútbol y en campamento boy scout… Corren peligro las calles Riobamba, Pichincha y Ayacucho; Suipacha, Cochabamba, Talcahuano y todas las batallas que no pueden defenderse ni tienen descendientes. Pueblos, empresas, equipos de fútbol, barrios, bibliotecas, sitiales de las academias, cátedras… pueden ahora llamarse Kirchner. Sus seguidores, ahora en el poder, intentan imponer a su favor un relato que el mismo Kirchner rechazaría. Él merece las avenidas principales, las calles más largas, las plazas más grandes, los monumentos más altos, el obelisco de Buenos Aires, las cataratas del Iguazú, los glaciares del Calafate, el estrecho de Magallanes, la Pampa, la Patagonia, los Andes y el Aconcagua. El río Paraná, el Uruguay y el de la Plata. Las ciudades más bonitas, los aeropuertos más modernos, las terminales de ómnibus y las estaciones de ferrocarril. Kirchner puede desplazar a Sarmiento, a San Martín y a Belgrano, pero también a Perón, a Irigoyen y hasta a Martín Fierro y don Segundo Sombra…

Un día vamos a pedir Kirchner con Crema de postre en el restaurante Don Néstor, el de la esquina del Boulevard Presidente Kirchner con la calle Gobernador Kirchner, de la ciudad Néstor Kirchner, la capital de Kirchnerlandia… Pero nadie sabrá por qué se llaman así.

9 de octubre de 2011

Carrera de tractores

Genaro Escudero era natural de Pamplona, la capital del reino de Navarra, en España. Pero vivía en el Alto Paraná, al este del Paraguay, donde tenía una estancia con buena tierra, colorada y profunda, fértil como la bendición de un patriarca.

En 1993 don Genaro donó parte de su hacienda para fundar un pueblo que albergara los servicios y viviendas para los colonos brasileños, que cada vez eran más en esa zona del Paraguay, a 150 kilómetros de la frontera con Brasil. Escudero puso una sola condición y no dio más explicaciones: el pueblo debía llamarse Iruña.

Con el tiempo fue colonia y luego distrito. Hoy Iruña tiene 5.000 habitantes, intendente, parroquia y escudo. La inmensa mayoría de sus habitantes son brasileños de origen alemán que hablan portugués y viven en Paraguay. Sus campos son los mejores del país, con niveles de producción altísimos gracias a la buena tierra y a las lluvias abundantes, pero sobre todo gracias al trabajo de esos colonos de pelo rubio y cogote colorado. Todos muestran su frente blanca cuando se sacan el sombrero para saludar y te revientan la mano al estrecharla con sus tenazas de carne y hueso. Las mujeres son fuertes y lindas como los lapachos rosados. Y los chicos parecen Hansel y Gretel que juegan a ensuciarse en las huellas mojadas de los tractores. La tierra es anilina pegajosa que todo lo tiñe de rojo indeleble. Dicen que una vez que se le mete a uno en el alma ya se queda para siempre.

Estuve en Iruña hace ahora unos trece años. Entonces el pueblo era una plaza apenas demarcada, la iglesia a medio construir, un ranchito para la autoridad, un almacén de ramos generales y algunas casas particulares en medio de pastizales. Entrar me costó lo suyo porque había que barrear durante doce kilómetros por la tierra recién llovida. Iba mordido por la curiosidad de ese nombre en este lugar del mundo. Ahora saben que no significa nada en guaraní: Iruña es en vasco el nombre de Pamplona, la ciudad de san Fermín, de los toros por las calles y la bota empinada; la de Genaro Escudero, a quien todavía no sé qué se le había perdido en el Paraguay.

En 1998 conté mi visita a Iruña del Paraguay para la revista Nuestro Tiempo, que se edita en Pamplona, donde pasé años de mi vida universitaria. La columna llegó a internet y dio sus vueltas por el espacio hasta que alguien de Iruña la encontró. Así que por culpa de las redes sociales llegué de nuevo a Iruña, esta vez invitado a la fiesta del pueblo que ya es tradicional aunque tiene cuatro años: bailes y chancho al espeto; feijoada y asado en estaca… y la sempiterna corte de promotores dispuestos a vender lo que sea a ricos productores amontonados y bien dispuestos por miles de litros de cerveza.

Pero eso no es nada. A las tres de la tarde y hasta bien entrada la noche la fiesta cambia de ritmo. Dejan de comer y beber, de comprar y vender, de bailar y jugar…

...y empiezan las carreras de tractores.

7 de octubre de 2011

Bethany Hamilton

Montañita, en el Pacífico ecuatoriano, es como un pueblo de La Guerra de las Galaxias: uno se puede topar a la vuelta de la esquina con un gusano gordinflón de dos cabezas que le pide fuego para encender su pipa de espuma de mar. Hace unos días volví a encontrarme con la amable sensación de que todo puede pasar en el Tatooine ecuatoriano y me quedó claro que los miembros de la Academia Sueca nunca cabalgaron por sus playas ni se comieron un cebiche de camarón y corvina en una vereda de Montañita. En estos pueblos hay más candidatos premios Nobel de la Paz que en todo el resto del mundo. Siempre pensé que quienes realmente lo merecen son el inventor de la medialuna o el que plantó los lapachos que florecen estos días en la avenida 9 de Julio de Buenos Aires. Y no entiendo por qué –salvo algunas excepciones- siempre se lo dan a personajotes fabricados por comunicólogos de cama solar y Hugo Boss.

Un día almorzábamos varios amigos en un restaurante de Montañita, de esos de caña y aire libre, en los que nadie tiene apuro y todos nos integramos, aunque sea por esas horas, a la misma tribu. Hablábamos de un tema bien a propósito del lugar: de Bethany Hamilton, la gran campeona de surf hawaiana que a los 13 años perdió su brazo izquierdo. El 31 de octubre de 2003 flotaba con dos amigos en su tablas a unos 300 metros de la costa cuando un tiburón tigre le arrancó entero el brazo que descansaba en el agua a un costado de la tabla. A los tres meses Bethany estaba surfeando de nuevo las olas de Kauai. Ahora tiene 21 y sigue entre los tiburones con un tesón que también merece el Nobel de la Paz.

La actitud Bethany Hamilton es un ejemplo cabal para los que se resisten a las nuevas tecnologías: los que insisten en proteger sus derechos de autor contra los que copian sin disimulo o los que intentan tutelar la información como un bien exclusivo que se entrega con cuentagotas, cuando se sabe que ya es de todos. Oponerse a los cambios tecnológicos y sociales  que están imponiendo las nuevas tecnologías es como intentar parar las olas con nuestras tablas. Quizá lo consigamos por un tiempo, pero al final nos superará y nuestro dique se irá al diablo. Por eso, lo mejor que podemos hacer es subirnos a la ola y surfearla, como Bethany Hamilton.

Mientras nuestra conversación discurría entre estas y otras consideraciones por el estilo y al mismo tiempo que aparecían los cebiches, las papas fritas y las cervezas, se nos arrimó una perrita con la cara tristona de todos los perros que mendigan una caricia o un poco de comida. A la perrita también le faltaba el brazo izquierdo…

12 de septiembre de 2011

El animal que hace fila

Aquel año hacía fila cada quince días en el Banco del Pacífico de la avenida Víctor Emilio Estrada de Guayaquil, para cobrar mi salario. Era imposible prever la cantidad de gente que habría en la cola, pero debían ser unas 50 personas, todas embretadas entre esas cintas retráctiles que seguro inventó un pervertido en un sótano oscuro de Estocolmo. Pero más que la habilidad del pervertido me asombraba la de los minotauros bancarios expertos en laberintos de plasticurri expandido en salas de seis por cuatro. Todo a propósito para que no nos colemos los que aguzamos nuestra libertad en estas situaciones límite, apretados por las cornadas del hambre. Nos ponen uno detrás del otro como fichas de dominó en una serpentina zigzagueante de la que no nos podemos escapar. Así avanzamos, como un tren del que caen los vagones al abismo a medida que alcanzan el filo del precipicio.

El hombre es un animal que hace filas, así que esos días me vestía de psicólogo social y me preparaba para divertirme como un marciano que observa a los humanos desde una cámara Gesell. La genética me hizo bastante alto, por lo que podía ver a todo el mundo desde mi atalaya fortificada con anteojos bifocales.

Un día un vecino de cola me preguntó si era extranjero... Estaba claro que era un personaje extraño en ese colectivo, pero no tanto por mi altura como por mi facha de sapo de otro pozo. No tenía ni idea de cómo comportarme y no conocía los códigos de acero de los profesionales de la fila: tipos a sueldo solo para estos menesteres. Algunos cobraban por ocupar el lugar hasta que, al llegar al final, los reemplazaba un Master del Universo de traje brillante y zapatos puntiagudos.

Una vez me llevé una novelita fácil para aprovechar el tiempo mientras avanzaba la cola con su cadencia de pan y queso. Me concentré en la lectura hasta que los 25 que estaban adelante dieron un paso hacia la meta y quedó un espacio de medio metro que llenó de ansiedad a los 25 de atrás. “¡Siga!” me gritaron a coro con un estruendo. Cuando los miré extrañado me preguntó furioso uno que abusaba de su segundo de autoridad: “¿usted lee o hace la fila?” Tuve claro desde ese momento que la fila es cosa seria y que requiere toda la concentración del caso. Tan atentos hay que estar que no se puede permitir la menor distracción ni propia ni ajena, como en los semáforos.

Recuerdo también un episodio que ocurrió entre dos que hacían la cola más atrás, a barlovento de las cajas. En un momento preciso uno de ellos, bien irritado, le preguntó al vecino: “¿qué le pasa? ¿es maricón?” El otro, entre atónito y furioso apenas atinó a balbucear “¿q q qué?”. “¡Me está tocando todo el tiempo!” le contestó el toqueteado que debía tener algunos complejos en el placard. Los demás esperábamos una buena pelea que terminó en nada; aborregada como todas las filas que conozco.

14 de agosto de 2011

Fiebre del oro en Posadas

Orlando Dos Reis es uno más de miles de seres humanos que han desatado fiebres del oro en la historia de la humanidad y lo hizo con un avisito publicado en El Territorio de Posadas, en el nordeste de Argentina. En el anuncio un señor pedía “una retroexcavadora 320 oruga para extraer un tesoro” y ofrecía un buen porcentaje de lo que encontrara al dueño de la máquina. El aviso terminaba con una advertencia: “Personas incrédulas y burlonas, abstenerse de llamar”.

Dos Reis está seguro de que debajo de su casa de Garupá, una ciudad contigua a Posadas, hay oro en cantidades ingentes, así que anda rascando el suelo con lo que tiene. Empezó por la tierra, roja como la sangre, hasta que se encontró con el escudo basáltico misionero.


Pero eso no es tan extraño en las cálidas tierras de fronteras entre Paraguay y Argentina. Allí nomás corre el río Paraná, inmenso y manso, que une y divide a dos países tan hermanos que se pelean seguido por asuntos de familia. Desde la expulsión de los jesuitas en 1770, los guaraníes, bandeirantes y colonos buscan los tesoros que habrían dejado escondidos antes de que se los llevaran prisioneros de vuelta a Europa. Y cien años después, desde la Guerra de la Triple Alianza se habla de entierros en estos parajes de selva subtropical y lluvias interminables. Luego vinieron los polacos, ucranianos y alemanes que cambiaron sus estepas heladas por la selva dulzona de Misiones.

Desde 1770 se han desmochado iglesias y degollado imágenes en busca del oro que nadie encontró. No es raro toparse con excavaciones como la de Dos Reis cerca de las casas viejas de la zona. A esto se suman la superstición, los manosantas y cantidad de farsantes que pueblan la zona con negocios de ocasión y oportunidades increíbles, basadas en las asimetrías de la frontera que parece un colador. Ya se sabe que la culpa del fraude es siempre la codicia de los defraudados, pero la pobreza también hace su trabajo.

Esta vez fue la madre de Orlando, de 83 años, la que oía ruidos extraños que provenían del subsuelo debajo de su propia cama. Los describía como sifones que explotaban. Después empezaron los destellos, como fogonazos, que la señora veía salir de su propio suelo. La curandera del pueblo le confirmó que había un tesoro debajo de su casa, pero además le aseguró que solo una persona podía encontrarlo: su hijo Orlando.

Orlando empezó a cavar. Primero se encontró con una especie de tatetí de piedra. Luego encontró una pirámide invertida que señalaría el lugar del entierro. Hasta que no pudo más y fue al diario a poner el aviso que desató la fiebre. No hay ni que insinuar lo que ocurre cuando un ser humano encuentra oro. Ahora hay unos cuantos afiebrados tratando de llegar primeros por los lados de la casa de la señora Dos Reis.

Me voy para allá.

18 de julio de 2011

Facundo Cabral


A dos escasas cuadras de mi antigua oficina de Buenos Aires queda el restaurante Dadá: un local chiquito y agradable, habitado siempre por gente con buena onda y pocos pero buenísimos platos para comer. El restaurante es de un arquitecto, hippie viejo, de esos que no han perdido su aire pasota: parece hijo del Sai Baba y la Madre Teresa de Calcuta.

Aquel fin de semana de hace unos meses nos pasamos trabajando sábado y domingo como si fueran miércoles y jueves. Lo bueno es que Dadá estaba abierto, así que a la hora de almorzar nos trasladamos allí con mi socio catalán y Bloody Mary, mi socia argentina, a comer algo rico y seguir en el tajo, pero de otro modo.

Solo nuestra mesa estaba ocupada: la de al lado de la ventana que mira a la calle San Martín como el compartimiento de un vagón de tren. Después y de a poco, empezaron a caer unos parroquianos que se notaba eran habituales del almuerzo de los sábados. Ahí entendimos que Dadá atiende a esas horas a los amigos del dueño y que nosotros éramos relleno. Así como llegaban, se enfrascaban en una tertulia estruendosa, un remolino del que nos fue imposible escapar.

Al poco de involucrarnos en su conversación llegó un señor mayor –mayor para nosotros- que se ayudaba con un bastón. El pelo entrecano y motudo se prolongaba en una buena barba medio gaucha medio rockera que enmarcaba su cara rematada por unas gafas oscuras y redondas, a lo John Lennon. Como sus amigos lo cargaban por los achaques, nos explicó que se estaba recuperando de una operación complicada. No preguntamos más y seguimos la conversación que tenía que ver con la decoración de Dadá, muy dadaísta, claro. “Ese mural es mío”, nos dijo señalando con el bastón la pared. “También canta, pero mal”, nos explicó una señora para no dejar de cargarlo. El mural estaba firmado por Cabral.

Ahí nomás me puse a cantar bajito "no soy de aquí ni soy de allá, no tengo edad ni porvenir y ser feliz es mi color de identidad, tralalá tararira tralará…” el estribillo mal sabido de su canción más conocida. Después –ahora– supe que era su apasionada y sufrida biografía. Facundo Cabral pasó las de Caín, pero se sobrepuso amando hasta a los que odió, como a su padre, a quien conoció recién cuando tenía 46 años. Fue mudo hasta los nueve; estuvo preso desde los 14; a los 17 se escapó de la cárcel; perdió a su mujer y a su hija a los 40… y le peleó a la muerte a brazo partido cada vez que se presentó.

Hasta el 9 de julio de 2011 en Guatemala. Lo asesinaron unos sicarios que quisieron matar al que tenía que estar sentado en su lugar. Dicen que fue por error, como si fuera un acierto matar a nadie.