10 de junio de 2019

Notre Dame


No recuerdo mayor repercusión de una noticia. No digo que no pueda haberla, solo que yo no la recuerdo, pero le aclaro que llevo años en esto. El incendio de la catedral medieval de Notre Dame de París está cabeza a cabeza con el ataque a las torres gemelas de Nueva York. Lo de las torres gemelas fue un shock mundial ante la violencia inaudita de los locos que convirtieron en misiles unos aviones repletos de gente. El incendio de Notre Dame, en cambio, apareció como una pérdida terrible del patrimonio de la Iglesia, de París, de Francia y de la humanidad.

No fue tan así. El fuego se ensañó con la estructura de madera que sostenía el techo, por encima de la estructura de piedra de los arcos góticos internos. Se derrumbó el techo del crucero, justo debajo de la aguja que lo coronaba. El resto de la estructura de piedra se mantiene casi intacto y la catedral se podrá reconstruir desde allí si es que no se han debilitado sus sillares, columnas y arbotantes. No es la primera catedral que se incendia ni será la última. Sin ir más lejos la de San Pablo de Londres (hoy barroca y anglicana) está construida sobre las cenizas de la gótica que había allí mismo y de la que no quedó nada en el gran incendio de 1666. Ya sabe que podemos admirar muchas catedrales, monasterios, castillos y palacios de Europa precisamente porque sucumbieron a bombardeos, incendios o terremotos y fueron reconstruidos una y otra vez, entre ellos la catedral gótica de Amberes, el monasterio de Montecasino, el Alcázar de Toledo o la Gran Place de Bruselas.

El incendio de Notre Dame es una prueba cabal de que las catedrales también se prenden fuego, como las casas, el papel de diario y la leña para el asado. Es física pura y la naturaleza actuando. Pensar que el incendio de Notre Dame anuncia el fin de la civilización occidental o cosas por el estilo, solo puede salir de mentes afiebradas, pero eso no quiere decir que no tenga consecuencias o que provoque en las personas emociones y acciones que no se hubieran dado de no ocurrir el siniestro.

De hecho, fue sorprendente la reacción de todo el mundo en aquel momento: el fuego se estaba llevando una joya mundial y mientras avanzaba por el techo de la catedral teníamos la sensación de que el daño se volvía irreparable. Francia se unió como los hijos en el velorio de su madre. El presidente Macron habló dos veces, primero para contener a los franceses y agradecer a los bomberos y segundo para anunciar que no estaba dañada su estructura y que Notre Dame se reconstruiría en cinco años con dinero aportado por suscripción pública. Ahí nomás monsieur Pinault (el marido de Salma Hayek) puso en la alcancía 100 millones de dólares de los 30.500 que tiene en el bolsillo.

Quién sabe qué otras cosas puede producir en la gente el incendio de Notre Dame. El ataque a las torres gemelas les jorobó bastante la vida a los viajeros que desde entonces son vejados por guardias de cualquier uniforme en todos los aeropuertos del mundo; y les solucionó la vida a los fabricantes de escáneres de equipajes, que deberían tener en sus casas un retrato de Bin Laden para prenderle una vela de vez en cuando…

Ya se ve que se puede incendiar lo que sea. Solo es cuestión de fuego, aire y tiempo. Pero el incendio de la catedral de París me da pie para volver sobre una idea que debería estar muy presente entre los cristianos del siglo XXI: la Iglesia con mayúscula no es de piedra, ni de madera, ni de ladrillos y por tanto no le afecta que se incendie Notre Dame o que le pongan una bomba atómica a la basílica de San Pedro; el papa no se cansa de repetir que prefiere una Iglesia accidentada antes que una Iglesia enferma por el encierro; también insiste en la imagen de la Iglesia como un hospital de campaña que recibe heridos de la batalla, a los que sería inútil preguntar por el nivel del colesterol. Las iglesias, en cambio, sí son de piedra, de cemento o de madera, pero hace tiempo que se volvió anticuado el modelo medieval del cura que toca la campana y el pueblo que se congrega en su interior. Hoy, templo es también cada uno de los cristianos que andan tratando de ser mejores por estos mundos de Dios, los que llegan con sus heridas a cuestas a ese hospital de campaña y los médicos y enfermeros que los atienden como pueden. Y la Iglesia con mayúscula es la reunión de todos ellos.

Los idiotas de la tierra plana


Durante la primera semana de marzo de 2019 se reunieron en un quincho de la ciudad de Colón (provincia de Buenos Aires), unas 30 personas que creen que la tierra es plana. Había unos cuantos argentinos a los que hay que sumar dos catalanes, un chileno y un paraguayo. Lo del quincho no es un chiste: el lugar de la reunión fue el cobertizo para asados de un club de la localidad. En las fotos más panorámicas de la reunión aparecen no más de 30 personas, entre las que hay que contar algunos periodistas que inexplicablemente fueron a cubrir esta tontería. Es que en esos días la reunión de los terraplanistas salía en todos los canales de televisión de Buenos Aires y en todos los diarios y programas de radio. Lo curioso es que ninguno de los periodistas decía que son cuatro gatos afiebrados convencidos de que desde la época de Ptolomeo hay un inmenso complot internacional para engañarnos a todos y son falsos hasta los eclipses. Los periodistas asistieron a la reunión y tomaron entrevistas como si se tratara de un congreso de cardiología. No importa ahora rebatir los argumentos estúpidos de los terraplanistas porque intentarlo nos pondría a su altura, como se pusieron los periodistas y los medios que dedicaron espacio y tiempo a esta imbecilidad.

Casi al mismo tiempo el periodismo mundial dio otra noticia, esta vez muy seria, de la primera fotografía de un agujero negro del espacio: un lugar del universo con tal concentración de materia que produce una gravedad extrema, casi infinita, capaz de chuparse como un inmenso inodoro todo lo que hay cerca: galaxias, planetas, estrellas… hasta la luz. No me pida más explicaciones, sólo el consuelo de que no hay ninguna posibilidad de que la tierra caiga en uno de esos inodoros del hiperespacio durante los próximos 4.000 millones de años.

Si comparamos la tierra y nuestra existencia con el resto del universo, somos apenas una pizca de polvo de esas que solo vemos porque reflejan la luz de la ventana. La tierra y el sistema solar no son nada comparados con todo el universo y estamos lejísimos todavía de saber siquiera hasta dónde llega. Sabemos que está en expansión si aceptamos el big bang, que es la más probable de todas las teorías que han intentado explicar de dónde viene el universo, con el vértigo de saber que alguien tiene que haber provocado esa explosión de una partícula ínfima donde estaba contenida toda la materia. Los científicos calculan que esto ocurrió hace unos 13.800 millones de años y también calculan que en algún momento el universo dejará de expandirse para volver a reunirse y llegar al punto primigenio del que surgió. Los locos que se reunieron en Colón aparecen a cada rato en la historia. Son gente que no puede concebir que pasen cosas importantes sin que estén ellos presentes. Siempre, en todas las generaciones, hubo quienes predijeron la cercanía del fin del mundo, igual que habrá gente que sostenga estupideces con tal de aparecer en los medios y ser protagonista. Esos son los terraplanistas de hoy en día, pero hay cientos de nombres para la imbecilidad humana a lo largo de la historia. No vale la pena ni mencionarlos... aunque yo mismo esté cayendo ahora en la trampa de los ególatras que no pueden vivir sin llamar la atención de sus congéneres con cualquier estupidez.

Justo en Colón y también en el año en que se conmemoran los cinco siglos de la gesta de Hernando de Magallanes, Juan Sebastián Elcano y los valientes navegantes que el 10 de agosto de 1519 zarparon de Sevilla en cinco naves para dar la vuelta al mundo. Lo lograron 18 de los 239 tripulantes que zarparon. Sabían ya de sobra que la tierra era una esfera y conocían de latitudes y longitudes como para no perderse: salieron a buscar un paso entre lo que hoy llamamos Atlántico y Pacífico, para llegar a las islas de las especias por el lado español del tratado de Tordesillas que dividía en dos el planeta. Pero el viaje resultó más largo y penoso de lo que se imaginaban, así que decidieron volver desde las actuales Filipinas por el camino más conocido, aunque tuvieran que hacerlo escapando de los portugueses. Llegaron de vuelta a Sevilla el 8 de septiembre de 1522, gracias a la suerte, al dulce de membrillo y al clavo de olor. Fue así como estos héroes del siglo XVI dieron por primera vez la vuelta entera a la redondez de la tierra.

2 de mayo de 2019

La patria es la lengua

Era preadolescente cuando leí la primera definición de patria; estaba en italiano bordada en la mochila de un campamentero. Decía algo así como "mi patria es allí donde voy". Como me pareció inteligente se lo señalé a mi padre, que cargaba combustible en una estación de servicio del Peloponeso. Vino a asegurarse lo que decía la mochila y a regalarme un reto memorable: "–¡La patria no se elige!"

"La patria es la infancia", dicen que dijo Rainer María Rilke, y ya se ve que es mucho mejor citar a un poeta y filósofo que a una mochila. También lo dijeron Gabriela Mistral, Luis Landriscina y millones de personas. Nos gusta lo que nos gustaba cuando éramos chicos: los olores, los sabores, el clima, las tardes, la noche, el verano… Patria son los hermanos, las peleas, las cicatrices, los chichones. Patria es el pastel y los ñoquis en la mesada de mármol enharinada de la cocina. Patria es el café con leche, el pan con manteca, el olor de las tostadas, el zapato que aprieta y la ropa que pica.

Patria es donde enterramos a los muertos y donde descansan nuestros antepasados, pero en la Argentina, esa es la madre patria: la patria de nuestros abuelos o bisabuelos, de donde vinieron a fundar una patria nueva, una que recién estaba despuntando los primeros dientes. La patria que es un proyecto de muchas generaciones y no de una sola, como quizá suponen los que se cansan de esperar que salgamos de la adolescencia colectiva.

Patria viene de padre, o de padres, que incluye a la madre, sin necesidad de dialectos inclusivos. Es que la patria es más madre que padre, como llaman los Popof a la Madre Rusia. Y por ser sobre todo madre, los deberes para con la patria son parecidos a los que tenemos con ellas.


En el Octavo Congreso de la Lengua que se celebró en Córdoba de la Nueva Andalucía los inclusivistas intentaron imponer inclusividades porque no quieren saber –autoritarios– que a la lengua la hacemos los hablantes hablando. Vinieron lingüistas, poetas, ensayistas, novelistas y noveleros. Puristas de la lengua, académicos, profesores, maestros y muchos periodistas, que somos los usuarios más urgentes de la lengua. Allí Joaquín Sabina acuñó con su voz de gintonic otro concepto de patria, que tampoco es de Sabina y que es más actual que todos los que hemos repasado:

La Patria, señoras y señores, es la Lengua.

No había que viajar a Córdoba para saber que en el mundo de hoy las fronteras son las del idioma y resulta que hay muchas más que las del mapa y la geografía, porque países hay 194 en la ONU y 211 en la FIFA; lenguas, en cambio suman unas 7.000, aunque el 90% de ellas no llega a 100.000 hablantes. Los que tenemos al castellano como lengua madre somos una patria de 600 millones y 850 si contamos a los del portugués, que es casi lo mismo.

Gracias don Cristóbal, Gran Almirante.

La igualdad desigual de los sexos

Hace apenas 50 años el teléfono se usaba para hablar con alguien que estaba lejos. Nos mandábamos cartas en sobres que era un placer rasgar. Las noticias estaban en los diarios y García Márquez era periodista. Los carros eran aparatos de gimnasio y por eso conducían los varones. Había mapas, enciclopedias y diccionarios. Para tomar una foto había que aprender a manejar una máquina complicada y mandar la película a un laboratorio para conseguir las escasas copias que salían bien. Viajábamos en avión vestidos para un cóctel y nos trataban como reyes. Conversábamos, leíamos libros y a veces intentábamos ver alguna imagen bastante borrosa en unos televisores diminutos y redondeados. En mis colegios (fui a tres, entre privados y públicos) no había mujeres; ni alumnas, ni profesoras, ni maestras, ni nada femenino. Cuando empecé a trabajar de periodista solo había una mujer en el periódico: la que hacía las notas sociales. Ir a trabajar era cosa de varones y lo hacían para llevarle dinero a sus mujeres, que también trabajaban, pero en sus casas. A las fiestas los varones iban de negro para que las mujeres pudieran lucir su belleza celestial. Hace 50 años las mujeres eran diosas a quienes los varones adorábamos…


Pero un día decidieron ser mortales. Empezaron a emular a los varones hasta hacer todo lo que ellos hacían y mostraron que lo podían hacer mejor. Primero llenaron la universidad, después llegaron a las fuerzas armadas y de seguridad. Fueron tenientes, capitanes y coroneles, también generales, almirantes y embajadores. Cirujanas, prefectas, juezas, ministras y presidentas, diputadas y senadoras, taxistas y saloneras de restaurante y barrenderas y basureras y plomeras y albañiles… Humanizaron el mundo de la medicina, de la política, de las armas, de todas las profesiones, en un mundo que hasta hace apenas 50 años era dominado por machos marcando territorio. No hubo deporte en que no se metieran, hasta el rugby, el boxeo, la halterofilia y las artes marciales… y si todavía participamos en categorías distintas debe ser para defender a los varones.

Falta mucho todavía porque esto ocurre sólo en la parte judeo-cristiana del planeta: la mayoría de la humanidad, que vive en grandes extensiones superpobladas de Asia y África, todavía considera a las mujeres como inferiores a los varones, quizá porque no leyó los primeros capítulos del Génesis, cuando el Creador fue de lo más imperfecto a lo más perfecto y coronó su obra con la mujer.

Nadie conoce el futuro. No podemos saber cómo va a ser dentro de otros 50 años, pero de este lado del mundo todos esperamos que sea igualitario. Si en las edades más lamentables de la historia los varones nos impusimos a las mujeres, habrá sido por los mecanismos sociales de la evolución y por errores colectivos que no vale la pena juzgar porque lo haríamos con parámetros distintos a los de la época en que ocurrieron.

La igualdad entre mujeres y varones debería conseguir un mundo para varones y mujeres sin ninguna discriminación. Pero volveríamos irremediablemente a la época de las cavernas si, para ser iguales, las mujeres decidieran parecerse a los varones.

21 de febrero de 2019

1 de febrero de 2019

Ni la a es femenina ni la o es masculina

Las palabras cambian de sentido con el tiempo, se inventan nuevas y otras se dejan de usar. No hablamos como nuestros abuelos y ellos tampoco hablaban como los suyos; y cuando una lengua se deja de hablar, se muere. Pueden quedar las reglas y los diccionarios, pero no la evolución de ese idioma: se congela en el tiempo y servirá solo para decir cosas que no cambian nunca: esa es la razón por la que a las religiones, a las leyes y a las ciencias les gustan las lenguas muertas. Las lenguas vivas, en cambio, evolucionan con el tiempo y con la geografía, tanto que a la vez que mueren algunas, otras nacen. Los idiomas son como las especies: unas evolucionan y otras se extinguen, algo bastante lógico por ser el resultado de convenciones constantes entre seres vivos, que también evolucionan o se extinguen.

Pretender cambiar el sentido de las palabras o inventarse nuevos términos es crear una especia de la nada, como un animal de tres cabezas (una quimera). Mucho peor si se lo intenta desde el poder: George Orwell lo explica en el epílogo de 1984, la novela escrita en 1949 sobre un mundo futuro, gobernado tiránicamente por el Hermano Mayor. En el ecosistema imaginado por Orwell la guerra es la paz, la libertad es esclavitud y la ignorancia es el poder. Piensa el tirano que si cuando decimos libertad pensamos esclavitud, ya nadie querrá ser libre…

El castellano es una de las lenguas más habladas del mundo y por tanto la que menos peligro corre. Pero además la globalización está evitando la formación de nuevos idiomas, a la vez que provoca la muerte de los que menos se hablan, así que todo parece indicar que en el futuro habrá menos idiomas pero más hablados.

La historia tiene sus sorpresas y todo puede volver al primer casillero por un error al apretar un botón en el ascensor del Pentágono, así que la evolución es impredecible, también la de los idiomas. Lo que sí es previsible es el fracaso de cualquier intento de crear un lenguaje como el que llaman inclusivo. Quiero decir que por más que algunos se propongan decir todos solo para los varones, todas solo para las mujeres y todes para incluir a los varones y las mujeres, eso no va a funcionar mientras quienes lo intenten sigan siendo cuatro gatos trasnochados que creen que la igualdad de los sexos depende de las palabras.

En castellano el masculino incluye a los varones, pero también a los varones y a las mujeres en los sustantivos colectivos y en los plurales. Si digo la palabra ciudadanos puedo estar refiriéndome solo a varones o también a varones y mujeres; y si digo ciudadanas solo estoy hablando de mujeres. El problema de hablar o escribir en lenguaje inclusivo es que una vez que empezamos no podemos salir de la regla, y esa regla –dice la Real Academia– es imposible de cumplir. Si decimos “buenos días a todos y a todas” o “buenos días a todes” ya no podremos equivocarnos porque cada vez que digamos ciudadanos, o enfermos, o dentistas, o periodistas… nos estaremos refiriendo solo a un género y no a los dos; y cuando digamos animales o estudiantes estaremos incluyendo, seguramente sin pretenderlo, a los machos y las hembras, los varones y las mujeres.

Lo sorprendente de esta pretensión es que quienes la sostienen piensen que la a es femenina y la o masculina, y todavía más grave es que crean que la e es neutra y plural. Minusvaloran lo femenino quienes lo reducen a una letra. También el masculino, pero lamento comprobar que lo promueve un feminismo que cree que la igualdad consiste en parecerse a los varones.

La igualdad es una realidad muchísimo más importante que la a o la o, y en todo caso el modo de hablar deberá ser el que resulte de la evolución de esa igualdad y no al revés. La jueza no es más igual por no llamarse juez y el juez no es desigual por no llamarse juezo. La fiscal no es más igual por llamarse fiscala, ni la concejal por llamarse concejala, del mismo modo que no decimos fiscalos a los varones que ejercen ese cargo, ni criminalas a las mujeres que cometen crímenes… y podemos seguir así hasta el infinito.

29 de enero de 2019

Radiestesia

Dicen que está disminuyendo la venta de fuegos artificiales gracias a que por fin nos damos cuenta del sufrimiento que producen en las mascotas. Debería ponernos locos a nosotros –animales al fin– pero por el misterio de nuestra libertad hemos sido capaces de convertir el estruendo de los petardos en una diversión.


La sensibilidad de los animales es la sabiduría del instinto que los humanos perdimos por alejarnos de la naturaleza. Les hace prever cantidad de episodios que a nosotros se nos pasan de largo, como los meteorológicos. Los animales son capaces de prever esos fenómenos y también los terremotos o maremotos, porque están atentos a señales de la naturaleza. Dicen que no hay animales muertos en los tsunamis porque se ponen a salvo antes de que aparezca la ola que sí mata a los humanos. Lo mismo ocurre con los terremotos: si estuviéramos atentos por lo menos a las reacciones de los animales que tenemos más cerca, sabríamos qué nos quieren decir antes de un evento que nos puede afectar. Lo único que atinamos a hacer es buscar el celular para averiguar lo que está pasando, pero llegamos tarde porque en esas circunstancias lo primero que se pierde es la señal.

Oír y ver las cosas, las plantas y los animales, estar en contacto más directo con la naturaleza y leer sus señales es mucho más importante que estar atento al WhatsApp. Respetar la voz y los tiempos de la naturaleza es ecología en estado puro.

Se me ocurría este razonamiento después de reencontrarme con un viejo amigo zahorí. Zahoríes o rabdomantes son personas con radiestesia, que es la sensibilidad para percibir ciertos estímulos que emiten las cosas, como una corriente de agua o un mineral que están debajo de la tierra. Y me cuenta el zahorí que además es meteoro-sensible y que lo nota cuando hay inestabilidad atmosférica, truenos y relámpagos. Le pasa lo que a los perros o los gatos: se pone loco, no puede dormir y termina molido.

Se me ocurría que los humanos fuimos todos zahoríes cuando éramos un poco más animales, hasta que un día nos quisimos escapar de nuestra condición de seres finitos: de animales racionales, pero animales al fin. Quizá la nueva relación de la humanidad con los animales –esta cercanía con quienes nos acompañan en el Arca de Noé que es el Planeta– nos vuelta a todos zahoríes.

22 de enero de 2019

Género


Todo se complicó el día en que los españoles –los que hablan castellano en España– empezaron a llamar hombre al varón. Antes lo opuesto a mujer era varón, y mujeres y varones participábamos de la condición de hombres, de seres humanos quiero decir. Todavía es la primera acepción del Diccionario de la Real Academia, que dice que hombre es todo “ser animado racional, varón o mujer”... Y todavía sobrevive el viejo concepto hombre en dichos como el perro es el mejor amigo del hombre o en la liturgia de la Iglesia cuando dice fruto de la tierra y del trabajo del hombre.

Digo que todo se complicó porque lo que empezó con una confusión entre ser humano y varón nos está llevando a instalar al varón (no a la mujer) como concepto universal del humano y a confundir sexo con género. Sexo es aquel atributo con que nacemos y que nos hace a los hombres varones o mujeres, machos o hembras, como cualquier animal de la escala superior y salvo raras excepciones que la medicina intenta corregir. Género, en cambio, es una elaboración cultural que puede cambiar –y de hecho cambia– con el tiempo y en el espacio. La ideología de género nace de una confusión de conceptos bastante propia de nuestro tiempo: hay otros conceptos tanto o más importantes que el sexo y el género que también confundimos, por ignorancia y por manosearlos demasiado, hasta que termina dándonos lo mismo decir –y pensar– una cosa que otra y eso no es tan sano para nuestra inteligencia colectiva.

Y cuando se nos ocurrió llamar amor al sexo se fue todo al garete. El juego de la seducción, indispensable para que dos personas se conozcan y se amen, se convirtió en el juego del sexo. Nos volvimos más animales: nos atraemos y nos seducimos para tener sexo y no para amarnos. Y así devaluamos el amor, que es la fuerza más grande de la humanidad.

Aunque pueda ser la expresión más cabal del amor, el sexo no es amor sino algo que también hacen los animales, que no tienen ni idea de lo que es el amor entre los hombres, varones y mujeres.

14 de enero de 2019

La juntada anual de la SIP


Había decidido no ir. Ni en broma iba a gastar tiempo y dinero en asistir este año a la Asamblea Anual de la Sociedad Interamericana de la Prensa. Y el razonamiento era más o menos así: Voy a ver a los vejetes que hablan de las mismas cosas hace 75 años; unos veteranos que se desviven por la política interna de una asociación internacional de medios y periodistas, que intrigan por el poder efímero de la SIP como si estuvieran en el senado del imperio romano. Si a mí no me interesa nada esa política, ni ocupar esos cargos, ni tampoco elegirlos...

Pero fui, porque después de estas razonadas intelectuales aparecen las sentimentales, que al final pesan más que la sobrecarga de los veteranos hablando de lo mismo hace 75 años. La verdad es que tenía ganas de verlos porque resulta que son mis amigos. Será que ya soy veterano (mi periódico en la Argentina tiene casi 20 años más que la SIP y ha participado en gran parte de sus asambleas) y que al fin y al cabo me divierte pasar unos días de simpática camaradería con colegas de todo el continente, desde el estrecho de Bering hasta el canal de Beagle. Así que me fui a la ciudad de Salta, en el noroeste de la Argentina, un fin de semana con su viernes y su lunes.

Está claro que no me atraen las discusiones repetidas sobre el estado de la libertad de prensa en las Américas: informes país por país, algunos para celebrar y otros para lamentarse. Ni me atrae la política apolillada del asociacionismo. Tampoco me atraen los paneles y talleres sobre periodismo o tecnologías: nada que no sepamos… Eso es lo aburrido, lo de casi siempre.

Lo realmente bueno es la juntada de los amigos. Para que se entienda, la asamblea anual de la SIP es como un casamiento de cuatro días. El viernes cenamos en el patio del convento de San Francisco después de una función de la orquesta sinfónica de Salta, que tocó para nosotros. El almuerzo del sábado llegó con cata de vinos de los valles calchaquíes y cenamos –invitados por el gobernador y su linda mujer– en el club que conmemora la batalla de Salta y que para celebrarlo organiza un baile que se repite cada 20 de febrero hace 205 años. El domingo almorzamos en el Hotel Sheraton y cenamos en el antiguo cabildo de la ciudad, invitados esta vez por el intendente. El lunes ya estábamos agotados, pero igual todos nos animamos al fin de fiesta con el Presidente de la Nación y un asado monumental en el Salta Polo Club que terminó a las seis de la tarde…

Todos los años es lo mismo: digo que no voy y después voy. Pasa que empezamos a mandarnos mensajes entre nosotros: uno del Ecuador, otro de México y otro de Uruguay:

 –¿Vas a la SIP?

Cuando faltan varios meses, la respuesta es parecida:

 –No creo, tengo mucho trabajo, y va a ser lo mismo de siempre…

Pero cuando se acerca la fecha los mensajes cambian:

 –Vamos, va a estar buena...

Y terminamos los mismos de siempre echando risas en la Juntada Anual de la SIP.

13 de enero de 2019

Paraguay

A mediados de agosto de 2018 me tocó volver a Asunción después de unos cuantos años y a fines de septiembre gasté unos días entre Ayolas y San Cosme gracias a la magnífica hospitalidad de unos amigos. Debo aclarar que, como a todo habitante de Posadas, el Paraguay no me resulta extraño, pero me temo que a la mayoría de los posadeños y quizá de los misioneros, lo que no nos resulta extraño es la frontera, la cáscara del Paraguay periférico. Aclaro que viví y trabajé en Asunción en 2003 y que por eso estos dos viajes me sirvieron para reencontrarme con el Paraguay en toda su plenitud: la ciudad y el campo, el Paraguay profundo y el cosmopolita. Y de estas dos visitas tan seguidas me quedó una sola impresión, fuerte, de nuestra decadencia. Como botón bastaría con una sola realidad, muy palpable: el peaje de las rutas cuesta lo mismo que entonces.

No se entiende por qué razón, estando tan cerca como estamos, los misioneros compramos dólares cuando queremos sortear la inflación de nuestra moneda. Bastaría con pasar el puente para invertir nuestros ahorros en cualquiera de los cambistas de cartera de cuero que no preguntan nada y ofrecen guaraníes a precio de plaza. En estos quince años el guaraní ni siquiera ha sufrido la depreciación del dólar, tanto que quien hubiera invertido en guaraníes y no en dólares, hoy hubiera ganado más con los billetes del doctor Francia que con los de Benjamín Franklin.

Decía que el peaje (la moneda) es solo un botón de muestra. Si es de los que conoce apenas Encarnación, usted ya se dio cuenta: la ciudad progresó como ninguna. No solo llegó hasta la misma cabecera del puente con su mercado onda Ciudad del Este; además las salidas por momentos recuerdan a La Isla Morada del camino a Key West, en la Florida. No creo que sirva la comparación, porque tampoco creo que el parecido con ciudades de Estados Unidos sea lo ideal: es pura coincidencia, pero me temo que gracias a Netflix y la serie Bloodline hemos visto más La Isla Morada y el camino a Key West que los accesos a Encarnación. Con sus altibajos políticos, con sus casos de corrupción, con sus escándalos a cuestas, el Paraguay nos pasó el trapo hace rato. Ninguna de esas realidades supera a la corrupción, los escándalos y los altibajos políticos de la Argentina. En el viaje a Asunción se extraña todavía un buen acceso a la gran ciudad; en la ruta, en cambio, se perciben por fin los bypass de algunas localidades que hacen más llevadero el viaje, pero faltan unos cuantos. “Es cierto –observaba uno de mis compañeros de viaje– que en Paraguay hay menos infraestructura, pero también hay menos impuestos... y si hay que elegir, prefiero pagar menos impuestos”. Pienso igual: en la Argentina los impuestos están ahogando toda actividad formal y no se condice la devolución del estado con la presión asfixiante de la Afip.



En el último viaje visitamos algunas de las misiones del otro lado de la frontera. Trinidad, Jesús, San Cosme y San Damián, Santa Rosa, Santa María de Fe... están perfectamente atendidas por el Senatur (la Secretaría Nacional de Turismo), con gente amable, guías siempre bien dispuestos, ambiente limpio, ganas de atender a los turistas a la hora que sea... Cada una de las misiones está en perfecto estado (si es que eso se puede decir en el caso de algunas ruinas). Ya no hay ni rastros que aquella xenofobia que se percibía hace muchos años en el Paraguay, producto al fin y al cabo de una triste guerra de hace 150 años y de la asimetría que hoy está claramente a favor de ellos.

En 2003 me robaron el auto en Asunción, pero como podrían habérmelo robado en Posadas o en Buenos Aires (de hecho, en Posadas unos bandidos que toman café en nuestros bares, me habían ofrecido robármelo por unos buenos dólares que se sumarían a la indemnización del seguro por robo total). Como se imaginará, aquel robo –el de verdad– no fue una buena experiencia. Bueno: esta semana por causa de la lluvia que impedía entrar en el campo en un vehículo que no fuera 4x4, decidí dejar mi auto en una calle de Coronel Bogado y ahí lo encontré tal como lo dejé, más de un día después con sus dos noches.