11 de septiembre de 2012
Buen día para naufragar
Cuento esta historia como se la oí a Pablo Mancini en un bar de Buenos Aires. Estoy seguro de que tiene los borrones del traspaso. La escribió el protagonista en Perfil y ahí pueden leer la versión de primera mano.
Un día Guillermo Piro encontró trabajo en la cocina de un buque que colocaba oleoductos abajo del agua. Era el último grumete, el que lavaba los platos; el más inexperto. El buque enfiló desde Hamburgo a Río Grande de la Tierra del Fuego y los días pasaban tristes mientras el mar servía para calmar la asfixia de la repentina muerte de su mujer, apenas casados. Ahora necesitaba ventilarse, viajar… perderse de la lástima que lo ahogaba.
Cuando tenía un rato libre se iba a cubierta a no pensar en nada, mirar el horizonte y descubrir los delfines que festejan a los barcos en altamar. Uno de esos días de mar calmo y buen sol aparecieron varios soldadores canarios en la cubierta y se pusieron a conversar acodados en la barandilla, como él. “¡Qué buen día para naufragar!” exultó uno de ellos y los demás festejaron el acuerdo.
No sabía Guillermo si había escuchado bien hasta que al día siguiente oyó lo mismo. El clima era perfecto y los tripulantes curtidos querían naufragar. Por eso el tercer día se les acercó con un reproche: “Ustedes me están cargando por novato y me quieren hacer pasar un mal rato. Les aviso que no estoy para bromas… Díganme qué quieren decir con eso de naufragar”. Entonces le explicaron que no era una broma.
“Es un día magnífico: buen sol y buena mar. Estamos a unos 300 kilómetros de Dakar. El barco tiene botes salvavidas de última generación, con motores poderosos, orientación satelital, radio y combustible suficiente. En ellos hay alimentos para 30 días y todas las comodidades. Las indemnizaciones nos harían ricos para siempre: no tendríamos que trabajar más en nuestras vidas. Lo único que tenemos que conseguir es que este barco se vaya al fondo por su cuenta… o sin que nadie sospeche de nosotros.”
Desde entonces pienso en el negocio del naufragio y me acuerdo de un viejo director de revistas de la Argentina que me contaba que los mejores años de su vida los pasó en los naufragios de las empresas para las que trabajó. También en la teoría, que ahora conocí del propio Guillermo, sobre los mineros de Chile. Se pregunta si los 33 náufragos de Copiapó no habrán dinamitado la mina para nunca más volver. Tenían comida y aire para vivir meses y sabían que los rescatarían irremediablemente porque conocían de memoria las posibilidades de hacerlo. Ni uno sufrió un rasguño. Desde el salvataje no han hecho más que disfrutar de la tragedia mientras viajan por el mundo como reyes, dando consejos sobre la dinámica de grupo y las situaciones de crisis.
Para naufragar solo hay que tener agallas y resolver cuándo es negocio y cuándo no... y que nadie se dé cuenta. A veces sale mal, como al capitán y los polizontes del Costa Concordia. Uno porque quiso disfrutar antes de tiempo de su jubilación dorada y los otros porque los descubrieron en el naufragio equivocado. Pero a los tripulantes les salió perfecto.
15 de agosto de 2012
Ladrón de amigos
Un día Nicanor Duarte Frutos y Pedro Fadul, los dos candidatos a presidente del Paraguay de la campaña 2003, pronunciaron el mismo discurso. No logro acordarme quién robó a quién, pero las cosas ocurrieron así: un asesor consiguió el discurso que iba a dar esa tarde su oponente y se lo llevó a su candidato para que tuviera esa información. El candidato se lo encontró entre las manos cuando empezaba a hablar y lo leyó como propio. Horas después lo leyó también el dueño, pero casi nadie se dio cuenta, ni los candidatos. Lo encontró un astuto observador, de esos que hay en todos los diarios, y lo contó en privado para comidilla de los periodistas. Ni siquiera salió publicado gracias al esfuerzo denodado y las amistades de los prenseros de los dos partidos. Estas cosas seguirán pasando mientras siga existiendo la industria del marketing político que fabrica candidatos como si fueran hamburguesas y les hacen decir cosas para que parezca que tienen algo en el corazón…
No es el único caso de robo de discursos que conozco. Lo hacía también un amigo mío que ya no es más mi amigo y van a ver por qué. Un día estábamos conversando de cosas serias y me salió una frase bonita sobre la verdad y la libertad. Se ve que le gustó porque unos días después, cuando nos volvimos a ver, apareció en la conversación tal como yo lo había formulado, pero la decía como propia. Cuando le aclaré que ya habíamos dicho esas cosas en la conversación anterior, me contó que él sostenía esos principios hacía años y que no se qué y que no se cuántos. Bueno, pensé, al fin y al cabo lo importante es que las ideas cundan, no importa cómo. Pero otra vez me pidió por favor que le presentara a un buen amigo por algo que estaba necesitando. Lo hice con todas las advertencias del caso y era evidente que se veían por primera vez. Al poco tiempo me cuenta una anécdota conocida de mi amigo, pero protagonizada por ellos dos hacía muchos años y por supuesto que se conocían de toda la vida...
No sé si es una patología y la verdad es que no me interesa, pero esto de los amigos interesados se está poniendo obsceno en los tiempos que corren. Quizá sea porque las redes sociales han devaluado el concepto de amistad y se están sirviendo de un falso principio que dice que los amigos de mis amigos son mis amigos. Han degenerado la amistad y la han llenado de adjetivos mentirosos. Por eso le recomiendo que en cuanto un amigo de los de ahora intente manipular esa amistad con algún interés que no sea el afecto, huya de él como de la peste: es un ladrón de amigos.
No es el único caso de robo de discursos que conozco. Lo hacía también un amigo mío que ya no es más mi amigo y van a ver por qué. Un día estábamos conversando de cosas serias y me salió una frase bonita sobre la verdad y la libertad. Se ve que le gustó porque unos días después, cuando nos volvimos a ver, apareció en la conversación tal como yo lo había formulado, pero la decía como propia. Cuando le aclaré que ya habíamos dicho esas cosas en la conversación anterior, me contó que él sostenía esos principios hacía años y que no se qué y que no se cuántos. Bueno, pensé, al fin y al cabo lo importante es que las ideas cundan, no importa cómo. Pero otra vez me pidió por favor que le presentara a un buen amigo por algo que estaba necesitando. Lo hice con todas las advertencias del caso y era evidente que se veían por primera vez. Al poco tiempo me cuenta una anécdota conocida de mi amigo, pero protagonizada por ellos dos hacía muchos años y por supuesto que se conocían de toda la vida...
No sé si es una patología y la verdad es que no me interesa, pero esto de los amigos interesados se está poniendo obsceno en los tiempos que corren. Quizá sea porque las redes sociales han devaluado el concepto de amistad y se están sirviendo de un falso principio que dice que los amigos de mis amigos son mis amigos. Han degenerado la amistad y la han llenado de adjetivos mentirosos. Por eso le recomiendo que en cuanto un amigo de los de ahora intente manipular esa amistad con algún interés que no sea el afecto, huya de él como de la peste: es un ladrón de amigos.
Discurso equivocado
Un espía de Juan Caros Wasmosy consiguió el discurso que iba a dar esa tarde de 1992 Luis María Argaña en la interna del Partido Colorado. Wasmosy se lo encontró entre las manos cuando empezaba a hablar y lo leyó como propio. Horas después lo leyó también Argaña, pero nadie se dio cuenta, ni los candidatos. Lo encontró un astuto observador, de esos que hay en todos los periódicos y lo contó en privado para comidilla de la redacción.
22 de julio de 2012
19 de julio de 2012
Hotel Guaraní
Bajé a devolver la tarjeta de la habitación 809 del Hotel Guaraní de Corrientes porque no funcionaba.
—No abre porque usted está en la 812, me dijo el conserje con cara de usted es idiota, mientras remarcaba un 1 y un 2 encima del 0 y del 9 escritos en un sticker pegado en la tarjeta.
—¿No intentó abrir la 812?
—No.
—¿Y la 809?.
—Esa sí, es lo que le estoy diciendo...
—¡Ve! No abrió porque esta tarjeta es para la 812... y me la devolvió con su nuevo número repasado encima del viejo con una bic azul.
—No abre porque usted está en la 812, me dijo el conserje con cara de usted es idiota, mientras remarcaba un 1 y un 2 encima del 0 y del 9 escritos en un sticker pegado en la tarjeta.
—¿No intentó abrir la 812?
—No.
—¿Y la 809?.
—Esa sí, es lo que le estoy diciendo...
—¡Ve! No abrió porque esta tarjeta es para la 812... y me la devolvió con su nuevo número repasado encima del viejo con una bic azul.
16 de julio de 2012
Un lugar bien seguro
El pueblo se llama 2 de Mayo, y queda en plena la sierra de Misiones, entre montes de pinos, tabacales y la selva dulce y anaranjada que polacos y alemanes vinieron a domesticar hace ahora 100 años. Todo está siempre ordenado y nunca pasa nada... hasta que pasa. Como esa noche cuando los vecinos del pueblo oyeron una melodía bailantera que salía estridente del cementerio. Algunos valientes se acercaron hasta el portón de verja y lata del camposanto, cerrado con cadena y un gran candado y vieron luz en el panteón del que salía la música. Decidieron ir a la policía para que tome cartas en el asunto. “Señor comisario: alguien está de parranda en el
cementerio del pueblo y no nos deja dormir a los mortales. El volumen de la
jarana es como para despertar a los muertos, pero suponemos que ellos estarán también un poco cansados de semejante barullo”.
La policía fue a buscar al sepulturero, que estaba durmiendo en la casa de su novia en un pueblo vecino. Después de abrir el portón negro, fueron directo al mausoleo de donde venía la música: una casita alpina con puerta acristalada y una cruz en su pináculo. Nada fúnebre. Todo bucólico, como la casa de Heidi.
La policía fue a buscar al sepulturero, que estaba durmiendo en la casa de su novia en un pueblo vecino. Después de abrir el portón negro, fueron directo al mausoleo de donde venía la música: una casita alpina con puerta acristalada y una cruz en su pináculo. Nada fúnebre. Todo bucólico, como la casa de Heidi.
La policía se encontró adentro del panteón con una señora en pijama que disfrutaba plácidamente de la música. Tenía todo lo necesario para vivir: luz, agua, cama y despensa. Y además el ataúd bien sellado en el que descansa su marido, bien muerto hace ya dos años, por suicidio a los 23 y 20 años más joven que ella. Después de
la muerte del marido la viuda se volvió a Buenos Aires, de donde es oriunda, pero
como tenía que viajar de vez en cuando a 2 de Mayo a atender algunos negocios
que le quedaron por allí, decidió amueblar cómodamente el panteón de su marido
e instalarse como en su casa. Aquel día había comprado el equipo de música y lo
estaba probando. Parece que también viene a pasar Navidad y Año Nuevo y ahora
disimulan que no estaban borrachos los que en esas fechas vieron salir fuegos artificiales del camposanto.
“Es lo más lógico”, se me ocurre pensar, cuando me acuerdo de nuestros cementerios casi siempre compuestos de casitas pegadas, cada una más linda que la otra y aunque queden en el medio del campo o del monte. Ciudades de muertos, como le decían los clásicos, codiciadas en tiempo de okupas y homeless.
Pasan cosas de noche en los cementerios, pero no son los muertos los que las provocan sino los vivos. En el de la Piedad de Posadas hace tiempo que algunas prostitutas de la calle Santa Catalina ofrecen sus servicios en panteones sin dueño: ideal para necrófilos. Todos los que viven o trabajan en ellos, como la viuda de 2 de Mayo, cuentan que es lo más seguro y tranquilo que hay. El riesgo está afuera,
donde andan los vivos, que son los peligrosos.
9 de junio de 2012
Héctor Ruiz Núñez 1942-2012
Un día de los años 80 me llamó por teléfono. Dijo que estaba investigando para la revista Humor un largo reportaje sobre un tema en el que me involucraba.
Sabía quién era, así que no me afeité durante varios días y fui a verlo con pinta de homeless a un tugurio en la calle Venezuela de Buenos Aires que en la puerta tenía mal pegado un cartel de cartón con el logo de la revista. Casi no me preguntó nada, sólo me insistió en que llevaba gastados unos 10.000 dólares en esa investigación y que había encontrado algunas cosillas duras que saldrían en la nota. Sostenía que una institución educativa explotaba mujeres con el pretexto de dar instrucción a chicas del interior de la Argentina y aseguraba que tenía pruebas contundentes.
Una mentira asquerosa.
Se lo dije. Y también que no le compraba esa mierda.
La nota nunca salió en ningún sitio.
Después me enteré -por él mismo- que ese día había disfrazado su cueva de revista Humor y que no se esperaba nada de lo que pasó en nuestro encuentro. Con el tiempo terminamos más o menos amigos. Hasta me pidió trabajo alguna vez que andaba puado.
Me acabo de enterar de su muerte, que lamento de verdad.
Como Carlos Correa, Héctor Ruiz Núñez también curtía de periodista, pero en este caso su interés no era la política...
Sabía quién era, así que no me afeité durante varios días y fui a verlo con pinta de homeless a un tugurio en la calle Venezuela de Buenos Aires que en la puerta tenía mal pegado un cartel de cartón con el logo de la revista. Casi no me preguntó nada, sólo me insistió en que llevaba gastados unos 10.000 dólares en esa investigación y que había encontrado algunas cosillas duras que saldrían en la nota. Sostenía que una institución educativa explotaba mujeres con el pretexto de dar instrucción a chicas del interior de la Argentina y aseguraba que tenía pruebas contundentes.
Una mentira asquerosa.
Se lo dije. Y también que no le compraba esa mierda.
La nota nunca salió en ningún sitio.
Después me enteré -por él mismo- que ese día había disfrazado su cueva de revista Humor y que no se esperaba nada de lo que pasó en nuestro encuentro. Con el tiempo terminamos más o menos amigos. Hasta me pidió trabajo alguna vez que andaba puado.
Me acabo de enterar de su muerte, que lamento de verdad.
Como Carlos Correa, Héctor Ruiz Núñez también curtía de periodista, pero en este caso su interés no era la política...
20 de mayo de 2012
Carlos Correa 1940-2012
Esa tarde llegó más temprano el dueño del diario El Territorio de Posadas. Venía todos los días al caer la noche, pero aquella vez apareció a las cinco de la tarde y entró en el edificio como siempre, por la puerta del estacionamiento y silbando una melodía irreconocible. Lo hacía para alertar a las secretarias de su llegada, sin saber que desde la guardia avisaban en cuanto pasaba con su Renault Laguna por el portón de entrada de la planta.
“¡Gonzalo!”. Me saludó desde la puerta de mi oficina y entró. Era la rutina de todos los días, pero un poco más temprano. Se sentaba un rato del otro lado del escritorio y conversábamos de las cosas del día mientras curioseaba lo que tenía arriba de la mesa. “En un ratito viene Carlos Correa. Quiero que tengamos una reunión con él”, dijo en el momento que llegaba el otro socio del diario. Y siguió en plural: “Queremos que Correa sea subdirector del diario”. Yo era el director.
Carlos Correa curtía de periodista, pero tenía de periodista lo que yo de astronauta. Lo sabían los dueños del diario y conocían mi opinión sobre semejante elección. Había sido el vocero del amo de la provincia: un político tan seductor como enredador y un cínico contumaz. Les expliqué que era una pésima decisión, pero me hicieron saber que estaba tomada y que había razones que no pensaban revelar. Ante mi cerrazón me pidieron que asistiera a la reunión para que comprobara que Correa no era como yo pensaba. Como donde manda capitán no manda marinero y no tenía nada que perder, accedí tranquilo a enfrentarme con el lobo feroz.
Un rato después estábamos los cuatro sentados en la mesa redonda de vidrio templado del directorio. La conversación empezó cordial, como tiene que ser entre personas civilizadas. Se trataba de conocernos y de intercambiar opiniones sobre el diario. No sé cómo llegamos al punto que quiero contar, pero supongo que habíamos mencionado las presiones del poder sobre los contenidos del diario. Yo dije algo sobre mi escaso temor –temeridad pura– a esa munición: “Esas balas no me entran”; usé una expresión común para significar que algo no me afecta. “Ni las balas benditas” terció Correa, y nunca supe por qué.
Es que en ese mismo instante los ojos se le pusieron blancos y el cuerpo se volvió rígido como de mármol. Trataba de decir cosas, pero balbuceaba ininteligible. Enseguida empezó a golpearse con una furia que nos estremeció. Sentado y rígido como estaba, solo podía mover su brazo izquierdo y con él le daba unos golpes tremendos al vidrio de la mesa, desde abajo hacia arriba. A cada golpe la levantaba en vilo y en el primero su reloj se hizo añicos.
Fueron unos minutos eternos que volvimos a recordar muchos años después, cuando hace unos días nos enteramos de su muerte. Aquel ataque retrasó la entrada de Correa al diario y me dio aire para apartarme a tiempo de la chuza del poder que venía lanzada directo a mi cabeza.
Ya dije que Carlos Correa curtía de periodista, pero no era periodista. Era uno de esos políticos sucios que usan a la prensa y a los periodistas que se dejan manosear por el poder. Ya lo saben los que se enfrenten con casos semejantes: aquella vez resultó lo de las balas.
Dios quiera que ahora Correa descanse en paz.
“¡Gonzalo!”. Me saludó desde la puerta de mi oficina y entró. Era la rutina de todos los días, pero un poco más temprano. Se sentaba un rato del otro lado del escritorio y conversábamos de las cosas del día mientras curioseaba lo que tenía arriba de la mesa. “En un ratito viene Carlos Correa. Quiero que tengamos una reunión con él”, dijo en el momento que llegaba el otro socio del diario. Y siguió en plural: “Queremos que Correa sea subdirector del diario”. Yo era el director.
Carlos Correa curtía de periodista, pero tenía de periodista lo que yo de astronauta. Lo sabían los dueños del diario y conocían mi opinión sobre semejante elección. Había sido el vocero del amo de la provincia: un político tan seductor como enredador y un cínico contumaz. Les expliqué que era una pésima decisión, pero me hicieron saber que estaba tomada y que había razones que no pensaban revelar. Ante mi cerrazón me pidieron que asistiera a la reunión para que comprobara que Correa no era como yo pensaba. Como donde manda capitán no manda marinero y no tenía nada que perder, accedí tranquilo a enfrentarme con el lobo feroz.
Un rato después estábamos los cuatro sentados en la mesa redonda de vidrio templado del directorio. La conversación empezó cordial, como tiene que ser entre personas civilizadas. Se trataba de conocernos y de intercambiar opiniones sobre el diario. No sé cómo llegamos al punto que quiero contar, pero supongo que habíamos mencionado las presiones del poder sobre los contenidos del diario. Yo dije algo sobre mi escaso temor –temeridad pura– a esa munición: “Esas balas no me entran”; usé una expresión común para significar que algo no me afecta. “Ni las balas benditas” terció Correa, y nunca supe por qué.
Es que en ese mismo instante los ojos se le pusieron blancos y el cuerpo se volvió rígido como de mármol. Trataba de decir cosas, pero balbuceaba ininteligible. Enseguida empezó a golpearse con una furia que nos estremeció. Sentado y rígido como estaba, solo podía mover su brazo izquierdo y con él le daba unos golpes tremendos al vidrio de la mesa, desde abajo hacia arriba. A cada golpe la levantaba en vilo y en el primero su reloj se hizo añicos.
Fueron unos minutos eternos que volvimos a recordar muchos años después, cuando hace unos días nos enteramos de su muerte. Aquel ataque retrasó la entrada de Correa al diario y me dio aire para apartarme a tiempo de la chuza del poder que venía lanzada directo a mi cabeza.
Ya dije que Carlos Correa curtía de periodista, pero no era periodista. Era uno de esos políticos sucios que usan a la prensa y a los periodistas que se dejan manosear por el poder. Ya lo saben los que se enfrenten con casos semejantes: aquella vez resultó lo de las balas.
Dios quiera que ahora Correa descanse en paz.
27 de abril de 2012
Me quedo con Shackleton
En 1911, cuando Roald Amundsen y Edward Scott intentaban llegar al Polo Sur, también andaba Ernest Shackleton intentándolo. Era un marino irlandés de una de las expediciones de Scott que luego se independizó para tratar de llegar con su propia empresa. Batió dos récords sucesivos, el de los 82, 16 y el de 88, 23 grados de latitud Sur. Luego de la llegada de Amundsen decidió que sería el primero en cruzar la Antártida pasando por el Polo y lo intentó en 1914. Pero su barco de madera, el Endurance, quedó atrapado entre los hielos del mar de Weddell. Cuando los hielos lo trituraron debieron abandonarlo y aventurarse por el desierto congelado para encontrar una ruta que los devolviera a sus casas. Así consiguieron llegar a la isla Elefante, en el norte de la península antártica. En trineos y luego en un bote salvavidas rescatado del Endurance, calafateado y protegido con grasa y piel de los perros que se comieron, Shackleton se largó por el mar de Drake hasta la isla de San Pedro, en las Georgias, donde sabía que había una estación ballenera. Luego de varios intentos con pilotos y barcos uruguayos y chilenos, volvió para rescatar a sus compañeros que quedaron en la isla Elefante. Lo consiguió con un escampavía chileno comandado por Luis Pardo. Los 28 que salieron volvieron triunfantes a las islas británicas en plena Guerra Mundial.
En la historia de la publicidad se cuenta el caso del anuncio
clasificado, publicado en The Times de Londres para reclutar a los
expedicionarios del Endurance: Men
wanted for hazardous journey. Low wages, bitter cold, long hours of complete
darkness. Safe return doubtful. Honour and recognition in event of success (Se
buscan hombres para peligroso viaje. Salario reducido. Frío penetrante. Largos
meses de completa oscuridad. Constante peligro. Dudoso regreso a salvo. Honor y
reconocimiento en caso de éxito). Es un mito: aunque todo el mundo habla de
este clasificado, el aviso no aparece por ningún lado y eso que el Times está
microfilmado completo hace muchos años. Hasta hay recompensas para el que lo
encuentre, pero nada. La imagen de aquí abajo no es un recorte
real: está tomada de un póster de John Hyatt alusivo a Shackleton.
Hay muy buenas fotos de la expedición de Shackelton y del Endurance encallado entre los hielos.
Las puede encontrar en Internet y conmoverse ante el coraje de estos valientes. En aquellos años de gente de acero se decía que si en la exploración del polo buscabas velocidad, tenías que llevar a
Amundsen. Si lo que quieres es ciencia, el indicado es Scott. Pero si el destino está en tu contra y las posibilidades de sobrevivir son mínimas, hay que rogarle a Dios tener cerca a Shackleton.
Quizá Schakleton sea más indicado que Amundsen y Scott para llevar los periódicos al futuro.
Quizá Schakleton sea más indicado que Amundsen y Scott para llevar los periódicos al futuro.
18 de abril de 2012
Dos directores de diarios
El 14 de diciembre de 1911 llegó al Polo Sur la expedición de Roald Amundsen. Y el 17 de enero lo logró Robert Falcon Scott, que se encontró con los saludos de Amundsen. Él y sus muchachos (cinco en total) murieron cuando volvían. Sus restos aparecieron en septiembre de 1912. Entre sus pertenencias encontraron el diario de la expedición y hasta fotos con la constancia de su llegada al polo, donde se toparon con la bandera noruega como testimonio de la conquista de Amundsen.
Dicen que fueron los perros groenlandeses de Amundsen los
que le ganaron la carrera a los caballos mongoles de Scott y además les
permitieron contar la historia. Algunos detractores de la cultura inglesa
sostienen que la expedición de Scott prefirió morir a comerse los caballos,
mientras que el grupo de Amundsen -noruego- había calculado alimentarse durante
la vuelta, ellos y sus perros, de carne de los mismos perros (hay quienes dicen
que perro no come perro para justificar que los periodistas no hablamos de
otros periodistas). Muy inteligente Amundsen, ya que había previsto que a
medida que avanzaba la expedición y se agotaban las provisiones, también
necesitarían menos perros para halarse.
No es la única historia de este estilo, ni será –espero- la última. Pero acaba de pasar sin mucho interés el centenario de esta carrera épica entre dos audaces conquistadores. Ellos lo hicieron por la gloria de ser los primeros en llegar el Polo Sur. Quizá ya casi no nos sorprende que haya gente de acero en el mundo que nos toca vivir. Nosotros llegamos por Internet al Polo, a la Luna y al fondo del mar, sin necesidad de coraje, ni audacia ni valentía. Y la gloria es apenas una palabra relacionada con el fútbol y sus mafias. Hoy somos todo y hacemos todo desde un Cyber Café o apoltronados en un buen sillón, con el mando de la Play-Station en nuestras manos. Justo cuando el mundo necesita -cada día con más urgencia- de la audacia y la valentía de Amundsen y Scott.
Necesitamos gente con los mismos genes que Roald Amundesn y
Robert Falcon Scott. Los necesitamos para dirigir nuestros países, para
terminar con la corrupción, para vencer la desidia de los tibios y las tiranías
de los voraces, para controlar el cumplimiento de las leyes, para buscar la
gloria de nuestras naciones como la buscaron y la encontraron nuestros
próceres. Necesitamos esa audacia para las fuerzas armadas, pero también para
la industria y el comercio. Y, por supuesto, hace falta para los funcionarios
públicos, hasta el último empleado del estado. Y la necesitan la Iglesia y a
las religiones para oponerse a los vicios y llevarnos al cielo. Y los
profesores y los estudiantes. Y también la necesitamos los periodistas como el
aire para respirar. Amundsen y
Scott podrían haber sido directores de diarios. Lástima que se fueran al Polo…
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